Showing posts with label Fotografía. Show all posts
Showing posts with label Fotografía. Show all posts

Sunday, August 21, 2011

Patti Smith / El ojo de Jessica Lange

Jessica Lange
Fotografía de Simon Chaput

Patti Smith
EL OJO DE UNA ACTRIZ
BIOGRAFÍA DE JESSICA LANGE

Patti Smith, leyenda del rock y último National Book Award (“Cuando éramos niños”), repasa la faceta fotográfica de su amiga Jessica Lange, la musa de 'King Kong'. El centro Niemeyer expondrá 78 de sus imágenes.

Fotografías de Jessica Lange

Sobre una mesa hay una caja negra colocada de cualquier modo. De una habitación lejana llega un débil alboroto de risas familiares. La caja contiene unas cincuenta fotografías entresacadas de más de una década de trabajo e intrépidos viajes. Al levantar la tapa llama mi atención la imagen de una niña vestida de comunión, girando en la noche. Su cara está en sombra, sumida en la oscuridad, pero los pliegues de su vestido y los volantes de sus calcetines parecen emanar luz.
A continuación, contemplo otra de un trabajador en un parque de atracciones. El operario del tiovivo ha sido captado en movimiento, un barquero moviéndose eternamente contra el fondo de un diorama tatuado.
Las siguientes imágenes fueron captadas en Tulum, una pequeña ciudad polvorienta en Yucatán. Un aroma similar al drama, a semejanza de fotos fijas de una película que insinúa algo misterioso aunque sin malicia.
Una inocente figura andrógina en ropa interior surge de las sombras rodeada de un improvisado halo y flanqueada por una bicicleta.
Una mujer se agacha para ajustarse la tira de sus zapatos negros de tacón. No vemos su rostro pero todo en ella responde a la fuerza y sensualidad de un único gesto femenino.
Busco a la artista que está atareada en la cocina.
Me quedo en el umbral de la puerta, observándola.
¿Qué son esas fotografías?, pregunto.
Cosas, nada más.
Una cadena de nubes en el cielo de Minnesota evoca furgones extendiéndose más allá de los montículos de esquisto, disfrazados de nieve de verano.
Una niña en un parque con la cabeza oculta por un globo. Sus manitas extendidas en un gesto de sorpresa.
Un perro parece buscar el rumbo en la densa sombra.
Un niño sube las escaleras del Centro Mormón en Salt Lake City, empequeñecido por un mural panorámico del cielo.
Imágenes captadas por el ojo de Jessica Lange.
Los paisajes de su cámara son producto de sus viajes: Yucatán, Italia, África, Escandinavia, Montana, Minnesota, Nueva Escocia, Escocia, Rusia, Utah, Alabama, California, Rumanía, y el Medio Oeste.
Su cámara es una M6. Le gusta la película sensible que capta la escasez de luz. La luz de luna. La luz de bombillas. La luz que haya...
La cristalina luz de febrero en Minnesota. Y la luz del norte en pleno invierno cuando todo queda suspendido y el sol está bajo y produce una luz oblicua.
Jessica Lange nació en Cloquet, Minnesota, una ciudad escasamente poblada conocida por su espíritu hermético y al mismo tiempo comunitario, donde se encuentra la única gasolinera diseñada por Frank Lloyd Wright. De origen finlandés, es una mujer empática e independiente. No le asustan los extremos. Lleva en la sangre el sol de medianoche.
Como actriz, ha sido captada por la misma luz hacia la que ella se siente atraída. Comprende como nadie que la luz por sí misma puede sugerir el drama. Ha estudiado movimiento y mimo; sabe deslizarse tan discreta y sigilosamente en todas las situaciones, que el fotografiado ni siquiera sabe que está allí.
Una pareja joven está tumbada en la hierba junto a una señal: Cherry Chill. El calor del verano se refleja en sus caras y en sus miembros. Es moderna y sin embargo recuerda al ambiente de finales de los años cincuenta, reflejado en películas como Picnic y Esplendor en la hierba; el ambiente del Día del Trabajo cuando los niños juegan a Red Rover y los adolescentes sueñan con escabullirse.
Inocencia y anhelo en la feria estatal de Minnesota.
Un joven con los ojos cerrados desbordante de alegría.
Un vestido diáfano y una corona de papel. La piel bajo la seda. El deseo inconsciente flotando en la pista de baile.
¿Cómo conseguiste esa?
Estaban tan absortos...
Él no podía quitarle las manos de encima, dice.
La artista adora lo que fotografía y habla de ello con asombro.
Su hijo rubio y su nieta emanan un resplandor silencioso.
Suele haber un elemento de curiosidad en su proceso. La emoción de ver lo que capta la cámara y lo que deja escapar.
En otra fotografía, la cabeza sin cuerpo de un perro asoma desde un tejado como si fuera una gárgola. Un tendido eléctrico atraviesa un cielo parcialmente fundido, con la leve huella de una nube. Y sin embargo las luces de Navidad arrastrándose por una pared están notablemente detalladas. Las puntas de las orejas y de los dientes del perro son afiladas.
Hay algo en la luz de México, dice.
El sol es tan aplastante que todo parece detenerse...
En un reciente viaje a Etiopía, tomó una fotografía de los habitantes de un pueblo reuniéndose para la ceremonia inaugural de su primer pozo. El cielo arroja una luz blanca que contrasta con la brillante negrura de la reunión vecinal.
Hay algo en la luz de África, dice.
Luego, repentinamente sonríe.
Supongo que simplemente hay algo en la luz...

PATTI SMITH
El País, 21/08/2011


Sunday, July 31, 2011

Laura García / Morir de amor



Laura García
MORIR DE AMOR

Li-Wan tiene 22 años y fue la protagonista de una noticia que dio la vuelta al mundo: intentó suicidarse arrojándose al vacío desde una altura de 24 metros, vestida de novia. Ese fue el último recurso desesperado de Li porque su novio le dijo, unos pocos días antes del matrimonio, que tenía planeado casarse con otra mujer.
Las fotos que circularon por todos los diarios muestran a Li desesperada, enfundada en su vestido arrugado ya y con el brazo del rescatista rodeándole el cuello, salvándola de ella misma.
Fue una noticia bella y cruel al mismo tiempo. Quizás me atrevo a decirlo porque el final no fue del todo trágico. Y también porque entiendo tanto la reacción de Li-Wan que me estremeció como si yo misma hubiese intentado lo que ella. El problema es decir que el amor duele, que el amor puede matar, es que uno se expone al ridículo, a quedar como un cursi o, con buena suerte, como un romántico irredimible. Pero no, no es eso lo que soy ni lo que parezco. Y sí, la verdad es que sí, el amor duele. A Li-Wan la debió atravesar una espada de pecho a espalda cuando su novio le anunció que se iba a casar con otra.
Es así: uno se levanta un día pletórico de amor, y hasta puede pasar el día completo emocionado, ilusionado, idiotizado también, creyendo que la vida no es una carga pesada, que cualquier día, por malo que sea, se puede soportar gracias al amor que profesamos y que nos profesan y todo eso va bien hasta que nos pinchan. Todo es cuestión de ego y orgullo. Y miente el que lo niegue. Queremos ser el único ser en la vida de…
Creo que puedo describir exactamente lo que sintió Li-Wan. Creo que si la tuviera ahora enfrente y escuchara esto, ella asentiría a todo, porque puedo jurar que fue esto lo que le pasó: primero sintió una punzada en el pecho, un filo, una cortada, algo que pincha duro. Luego sintió una opresión brutal, una lucha del pecho por juntarse con la espalda y una voz que le resonaba por todo el cráneo, una voz muy parecida a la de su novio, quizás un poco deformada, pero que le repetía que ella ya no era la única, que allí, en donde somos más sensibles, en nuestro ego, en nuestro orgullo, él, el hombre que ella más ama, está enterrándole un cuchillo. La mató. La enloqueció en dos segundos y luego la mató. Todos alguna vez hemos muerto así.
Yo una vez me morí así y creo que después de eso todavía voy por la vida dando tumbos como alma en pena. A veces, cuando estoy optimista, pienso que sobreviví a una dura prueba, que todo ya fue, que ya pasó. Pero al final me doy cuenta de que no es así, de que la sensación es la misma que tengo después de haber pasado el terremoto acá en Chile. Uno se cree que ya lo ha vivido, que ya fue, que la experiencia no se repetirá, que el miedo se terminó cuando llegó la tranquilidad, pero no es así, el miedo se revive con cada réplica, por suave que sea. Así es morir de amor. Uno se muere un día y a los muchos días más piensa que, porque se levanta todos ellos para trabajar, porque se toma el café en las mañanas, lee el diario, conversa con los amigos, estudia, saca buenas notas, escribe este artículo, le cumple al editor, al director, deja a todos contentos, uno cree que porque camina, come y respira, está vivo y ya. Pero no. Lo que pasa es que la mente, cuyo funcionamiento para mí es un misterio, es una cosa rarísima, no le entrega la misma información a todos los cuerpos. Algunas, como Li-Wan, no pueden asumir la tragedia de saberse muerta en vida.
El dolor con el que uno muere de amor se repite con la misma intensidad con cualquier recuerdo vago. Pero uno se arriesga mucho cuando habla de estas cosas. Morir de amor se ha convertido, gracias a las novelitas cursis rosas y a los culebrones de la televisión, en un melodrama lacrimógeno. Es complicado explicar que cada individuo tiene sus obsesiones muy particulares y que la más difícil de soportar es la obsesión que deja el rechazo de un amante. Que no es ni ridículo, ni cursi, ni descabellado vestirse de novia para lanzarse desde una ventana a 24 metros de altura. Yo la entiendo a Li-Wan. Si a uno lo matan o se muere de amor un mal día, todas las ventanas le parecerán, siempre, puertas por las que se puede salir corriendo para huir del dolor insoportable.

Publicado originalmente en Hojablanca.net



Saturday, June 4, 2011

Susan Sontag / La fotografía

Susan Sontag y su hijo David, 1965
Fotografía de Diane Arbus

LA FOTOGRAFÍA
Breve Suma

1. La fotografía es, antes que nada, una manera de mirar. No es la mirada misma.
2. Es la manera ineludiblemente “moderna” de mirar: predispuesta en favor de los proyectos de descubrimiento e innovación.
3. Esta manera de mirar, que tiene ya una dilatada historia, conforma lo que buscamos y estamos habituados a notar en las fotografías.

4. La manera de mirar moderna es ver fragmentos. Se tiene la impresión de que la realidad es en esencia ilimitada y el conocimiento no tiene fin. De ello se sigue que todos los límites, todas las ideas unificadoras han de ser engañosas, demagógicas; en el mejor de los casos, provisionales; casi siempre, y a la larga, falsas. Mirar la realidad a la luz de determinadas ideas unificadoras tiene la ventaja innegable de dar contorno y forma a nuestras vivencias. Pero también —así nos instruye la manera de mirar moderna— niega la diversidad y la complejidad infinitas de lo real. Por lo tanto reprime nuestra energía, nuestro derecho, en efecto, a refundar lo que deseamos refundar: nuestra sociedad o nosotros mismos. Lo que libera, se nos dice, es notar cada vez más cosas.

5. En una sociedad moderna las imágenes realizadas por las cámaras son la entrada principal a realidades de las que no tenemos vivencia directa. Y se espera que recibamos y registremos una cantidad ilimitada de imágenes acerca de lo que no vivimos directamente. La cámara define lo que permitimos que sea “real”; y sin cesar ensancha los límites de lo real. Se admira a los fotógrafos sobre todo si revelan verdades ocultas de sí mismos o conflictos sociales no cubiertos del todo en sociedades próximas y distantes de donde vive el espectador.

6. En la manera de conocer moderna, debe haber imágenes para que algo se convierta en “real”. Las fotografías identifican acontecimientos. Las fotografías les confieren importancia a los acontecimientos y los vuelven memorables. Para que una guerra, una atrocidad, una epidemia o un denominado desastre natural sean tema de interés más amplio, han de llegar a la gente por medio de los diversos sistemas (de la televisión e internet a los periódicos y revistas) que difunden las imágenes fotográficas entre millones de personas.

7. En la manera de mirar moderna, la realidad es sobre todo apariencia, la cual resulta siempre cambiante. Una fotografía registra lo aparente. El registro de la fotografía es el registro del cambio, de la destrucción del pasado. Puesto que somos modernos (y si tenemos la costumbre de ver fotografías somos, por definición, modernos), sabemos que las identidades son construcciones. La única realidad irrefutable —y nuestro mejor indicio de identidad— es cómo aparece la gente.

8. Una fotografía es un fragmento: un vislumbre. Acopiamos vislumbres, fragmentos. Todos almacenamos mentalmente cientos de imágenes fotográficas, dispuestas para la recuperación instantánea. Todas las fotografías aspiran a la condición de ser memorables; es decir, inolvidables.

9. Según la perspectiva que nos define como modernos, hay un número infinito de detalles. Las fotografías son detalles. Por lo tanto, las fotografías se parecen a la vida. Ser moderno es vivir hechizado por la salvaje autonomía del detalle.

10. Conocer es, sobre todo, reconocer. El reconocimiento es la modalidad del conocimiento que ahora se identifica con el arte. Las fotografías de las crueldades e injusticias terribles que afligen a la mayoría de las personas en el mundo parecen decirnos —a nosotros, que somos privilegiados y estamos más o menos a salvo— que deberíamos sublevarnos, que deberíamos desear que algo se hiciera para evitar esos horrores. Hay, además, otras fotografías que parecen reclamar un tipo de atención distinto. Para este conjunto de obras en curso, la fotografía no es una suerte de agitación social o moral, cuya meta sea incitar a que sintamos algo y actuemos, sino una empresa de notación. Observamos, tomamos nota, reconocemos. Ésta es una manera más fría de mirar. La manera de mirar es lo que identificamos como arte.

11. La obra de los mejores fotógrafos comprometidos socialmente es a menudo condenada si se parece demasiado al arte. Y a la fotografía tenida por arte se le puede condenar de modo paralelo: marchita la emoción que nos llevaría a preocuparnos. Nos muestra acontecimientos y circunstancias que acaso deploremos y nos pide que mantengamos distancia. Nos puede mostrar algo en verdad horripilante y ser una prueba de lo que es capaz de tolerar nuestra mirada y que se supone que debemos aceptar. O a menudo simplemente nos invita —y esto es cierto en casi toda la fotografía contemporánea más brillante— a fijar la vista en la banalidad. Fijar la vista en la banalidad y también paladearla, recurriendo precisamente a los mismos hábitos de la ironía que se afirman mediante la surrealista yuxtaposición de consabidas fotografías en las exposiciones y libros más refinados.

12. La fotografía —insuperable modalidad del viaje, del turismo— es el principal medio moderno de ampliación del mundo. En cuanto rama del arte, la empresa fotográfica que hace más amplio el mundo tiende a especializarse en temas al parecer provocadores, transgresores. La fotografía puede estar diciéndonos: esto también existe. Y eso. Y aquello. (Y todo es “humano”.) Pero ¿qué hemos de hacer con este conocimiento, si acaso es un conocimiento, digamos, del ser, de la anormalidad, de mundos marginados, clandestinos?

13. Llámese conocimiento, llámese reconocimiento; de algo podemos estar seguros acerca de esta modalidad, singularmente moderna, de toda vivencia: la mirada, y el acopio de los fragmentos de la mirada, nunca pueden completarse.

14. No hay fotografía definitiva.

Saturday, February 26, 2011

Triunfo Arciniegas / El mundo de Chema Madoz

Fotografia de Chema Madoz

Triunfo Arciniegas
EL MUNDO DE CHEMA MADOZ

BIOGRAFÍA DE CHEMA MADOZ


Si Magritte hubiese cambiado los pinceles por la cámara, en nuestro tiempo sería Chema Madoz, un poeta de la imagen. El fotógrafo español, nacido en Madrid en 1958 y Premio Nacional de Fotografía en 2000, José María Rodríguez Madoz, más conocido  como Chema Madoz, “ilusionista y presdigitador”, cuenta con numerosas exposiciones individuales en España y en el extranjero. Además del respeto de la crítica, tiene el favor del público. A los niños sencillamente les fascina su obra. En otras palabras, se trata de un fotógrafo respetado y querido, y cada vez más conocido en el mundo. Su arte, en blanco y negro, es un ejercicio de imaginación y belleza.
A menudo su magia surge del choque entre dos objetos, según el principio del binomio fantástico de Gianni Rodari (véase La gramática de la fantasía), que tan bien funciona en la literatura. A Madoz le basta fusionar una radiografía de su propia cabeza y un cielo repleto de nubes para elaborar un autorretrato. Con la misma técnica, un árbol y una nube conforman un árbol de algodón o un árbol de nube, como se quiera, en todo caso, una bella imagen que le hacía falta al mundo. La geografía de la madera constituye la llama de un fósforo. La torre Eiffel al revés es el tacón de una zapatilla: dos dimensiones conjugadas, dos sueños, la ciudad de los deseos y el objeto de los deseos, París y una mujer. Una hojilla de afeitar sostiene las cuerdas de un violín y la cuchilla de una sierra es el sombrero de una calavera. Dos paletas y un pincel hacen una mariposa. La cuchara proyecta sobre la mesa la sombra del tenedor y un cuchillo aparta al pan de su propia imagen. Una escalera apoyada en un espejo es todo lo que Alicia necesita para trasladarse a otro mundo y un pódium construido con cubitos de hielo no es otra cosa que la fugacidad de la gloria. Un candado es la prisión de las tijeras y en una jaula de alambre de púas el encierro es más aterrador que nunca: las tijeras no abren su filosa boca ni los pájaros extienden sus poderosas alas. Así como el sifón convertido en birrete significa que la educación se fue a las aguas negras o la plata invertida no sirvió de nada, para decirlo en términos “educados”, el ataúd con reloj nos señala las horas que nos quedan o sencillamente mide el tiempo de la eternidad. Un cordón ata dos zapatos y este maridaje los vuelve inservibles. Una copa de vino es un pubis, elemental y genial. Porque lo elemental a menudo es fruto de la genialidad.
Con razón el mundo de Madoz es en blanco y negro. La paleta se ha reducido a su mínima expresión. Dice el fotógrafo madrileño: “Al utilizar el blanco y negro se hace más patente que lo que se está mostrando es una representación, una especie de reelaboración de la idea de realidad, frente a la que se marca una cierta distancia; lo mostrado queda en un territorio mucho más abstracto, más ambiguo”. Pero a la vez, nos encontramos de frente con la esencia del mundo, con su poesía. De la manzana, el sabor, y de las gardenias, su perfume, para decirlo de otra manera, en los secretos frascos de la memoria.
Picasso, quien atestaba de objetos abandonados el coche del bebé cuando salía a la calle con Françoise Gilot, hizo la cabeza de un toro con la silla de una bicicleta y con un canasto el costillar de una cabra. Algo así hace Madoz en la fotografía. Va encontrando objetos en los mercados, en el Rastro, donde sea, y va asociándolos de acuerdo a principios mágicos. Imagino su taller repleto de objetos ansiosos por atraer el ojo de la cámara. Objetos elevados a la categoría de esculturas que el artista no expone ni vende ni duplica.
Madoz se encarga de todo el proceso. Encuentra o elabora el objeto, estudia la luz, toma la foto, revela los carretes y hace una pequeña copia de prueba. Entonces ve si la imagen funciona o requiere ajuste, porque la fotografía como la literatura mantiene sus propias leyes, y los aciertos de este mundo llamado realidad no siempre funcionan en el otro. Lo demás es trabajo del laboratorio. No hay manipulación, no hay photoshop. Madoz acude de pronto a la sobreexposición o practica algún recurso clásico, un viejo truco y nada más.
Desde los años noventa, el trabajo con objetos se ha convertido en la marca del artista. Uno ya puede identificar una foto suya en el mundo. Tras veinte años de imágenes en blanco y negro, Madoz se ha ganado un nombre, un merecido respeto. Sigue trabajando con una vieja Haselblatt, creada el mismo año de su nacimiento y comprada de segunda mano. No hace retratos ni desnudos ni paisajes. Como Morandi, que se pasó toda una vida pintando una docena de botellas, Madoz continua explorando el misterio de los objetos en su estudio de Galapagar, blanco y luminoso, ordenado y limpio, con un techo alto a dos aguas.
Todo es cuestión de búsqueda y exploración. En algún momento Madoz tomó una hoja verde, la introdujo en la máquina de escribir y digitó unas cuantas palabras. Luego esperó a que la hoja se secara y se pareciera más a otra clase de hoja. Hojas de árboles y hojas de libros se confunden, nubes y árboles, grietas y llamas, tacones y torres, sombras y objetos.
Así, la hierba cubre unas pantuflas y ahora son otra cosa, casi gatos, casi vegetales, otras criaturas que buscan espacio en nuestro mundo, como las botas con dedos de Magritte. Una hoja incrustada en una manzana le basta a Madoz para crear una maravillosa foto, una de mis favoritas. Con objetos de todos los días Madoz, el poeta, inventa una imagen memorable. A menudo objetos pequeños, objetos domésticos, objetos de la vida común y silvestre. “El encontrar algo inusitado en lo cotidiano, el descubrimiento de un aspecto desconocido en lo conocido, invita en muchas ocasiones a esa sonrisa que es una primera reacción de reconocimiento”, dice el propio Madoz, feliz autor de una poética de la vida cotidiana.
La fotografía de Madoz nos hace felices. Tal vez deba su popularidad a esta propiedad tan suya. Madoz no practica el horror de tantos fotógrafos actuales ni escarba en los horrores de la condición humana como nuestros grandes pintores. No hay sangre ni vísceras derramadas ni gritos desgarradores. Madoz es elemental, genial, feliz.  

Triunfo Arciniegas
Pamplona, 26 de febrero de 2011