Tuesday, March 8, 2011

Alejo Carpentier / Cita barroca


Alejo Carpentier
CITA BARROCA

“De plata los delgados cuchillos, los finos tenedores; de plata los platos donde un árbol de plata labrada en la concavidad de sus platas recogía el jugo de los asados; de plata los platos fruteros, de tres bandejas redondas, coronadas por una granada de plata; de plata los jarros de vino amartillados por los trabajadores de la plata; de plata los platos pescaderos con su pargo de plata hinchado sobre un entrelazamiento de algas; de plata los saleros, de plata los cascanueces, de plata los cubiletes, de plata las cucharillas con adornos de iniciales… Y todo esto se iba llevando quedamente, acompasadamente, cuidando de que la plata no topara con la plata, hacia las sordas penumbras de cajas de madera, de huacales en espera, de cofres de fuertes cerrojos, bajo la vigilancia del Amo que, de bata, sólo hacía sonar la plata, de cuando en cuando, al orinar magistralmente, con chorro certero, abundoso y percutiente, en una bacinilla de plata, cuyo fondo se ornaba de un malicioso ojo de plata, pronto cegado por la espuma que de tanto reflejar la plata acaba por parecer plateada…”

Así comienza Concierto barroco, de Alejo Carpentier. Lujuria del lenguaje, pasión por la historia y banquete musical. El Amo, un hombre muy rico, cierra su casa en este primer capítulo, y luego, con su criado negro, deja el continente americano y se desordena en el carnaval de Venecia. El Ospedale della Pietá es el escenario de un delirante concierto que regocijará los sentidos de cualquier lector.

Alejo Carpentier
Concierto barroco
México, Siglo XXI, 1980, décima edición.

Monday, March 7, 2011

Rafael Narbona / La última carta de Marilyn Monroe



Rafael Narbona
LA ÚLTIMA CARTA DE MARILYN MONROE

Las buenas historias empiezan por el final. Yo quiero que en mi epitafio escriban: Marilyn Monroe, rubia. Creo que nací deseando fracasar, pero no lo descubrí hasta que leí a Freud. No llego tarde a mis citas por vanidad o para fastidiar, sino para hacer esperar a la muerte un poco más. Juego al escondite con ella, pero sé que al final me cogerá por la cintura y me levantará como un trofeo. Dicen que salgo bien en las fotos, pero yo me veo como un animal herido o enfermo. Es extraño. Tal vez será porque mis ojos sólo ven en blanco y negro. Se acostumbraron a mirar a Jean Harlow desde la primera fila de un cine de barrio y ya no son capaces de apreciar los colores. 


Algunos dicen que parezco una sonámbula, pero yo más bien creo que hago funambulismo. Dicen que mi carne quema la pantalla, pero yo me observo y tengo la sensación de tener una piel por la que sólo resbalan escalofríos. Al menos, eso es lo que siento cuando me acarician. Nunca he vivido mucho tiempo en la misma casa. Me gusta cambiar de domicilio. Creo que tengo mucho estilo cuando me despido. Es lo que mejor se me da. Decir adiós. A los otros y a mí misma. Desaparecer por una esquina. A veces miento y digo que odio decir adiós, pero no es cierto porque sé que todos se apenan cuando me marcho y eso me gusta. 


No es muy original decir que nunca he sido feliz, pero eso no impide que algunos días esté contenta. En eso me parezco a Sylvia Plath, claro que las dos somos un poco inestables y neuróticas. Ahora estamos muertas y dicen que éramos bipolares. No me desagrada la palabra. Bipolar. Suena a bañista luchando contra la corriente. Sé que es una asociación extraña, pero mi mente es distinta. Funciona de otra manera. De hecho, cuando pienso en mí, surge una combinación numérica: 94-53-89. Ese número es todo lo que soy. Bueno, sin tacones, mido 1’68. También soy eso: 1’68, pero a al lado de mi amigo Truman Capote parezco mucho más alta. Claro que el mide 1’60. Si fuera buena con las matemáticas, podría hacer malabarismos y obtener algo revelador con esos números, pero sólo sé lo elemental y no logro descifrar el acertijo. Sé que detrás de esos números, está mi alma, esperando que alguien la rescate, pero hasta ahora nadie lo ha intentado con todo su corazón. Siempre tuve la sensación de ser algo frágil, a punto de romperse. 


Me gustan los perros y los caballos. Odio a los que los maltratan. Me gusta leer, pero nunca termino los libros. Si llego al final, tendré que decir adiós, pero no se tratará de un adiós cualquiera. Ya he dicho que soy capaz de decir adiós con mucho estilo, pero en las últimas páginas de un libro se agazapa la muerte. Si me acercó hasta allí, será mi perdición. No quedará nada. Será la toma definitiva, la que me hará desaparecer para siempre. Ni siquiera seré una niña muerta. Perderé mi tumba fría desde la que observo el cielo. Será como enfrentarse a la cámara después de un prolongado insomnio. El objetivo me quemará, mi carne arderá como papel de seda. Por eso, nunca leeré la palabra fin.


Creo que sólo me quisieron los desconocidos. A los que amé, les concedí el extraño privilegio de matarme y casi lo consiguen. Es como si les hubiera consentido que se apoderaran del barómetro que todos llevamos dentro. Ya no puedo anticipar los cambios. Se acercan las tempestades y no puedo adivinar lo que se avecina. Es lo que me pasó la noche del 4 al 5 de agosto en Fifth Helena Drive. No recuerdo si descolgué el teléfono, pero me parece que una vez más dije adiós con estilo. Morir desnuda con el teléfono descolgado es muy inquietante. Me hicieron unas cuantas fotografías. En una aparezco de espaldas. No me desagrada. Las de la morgue no me gustan demasiado. La del pie y la que muestra mi rostro ladeado no están mal, pero la más conocida, donde aparezco de perfil, es horrible. Si hubiera tenido un rotulador rojo, la hubiera tachado dos veces. Dos aspas en vez de una.


No hay nada más. Eso es todo. Aunque imagino que otros seguirán escribiendo sobre mí y eso me ayudará a sentirme menos sola. Estar muerta no es tan malo. A los doce años, me acerqué a un cementerio. Unos sepultureros cavaban una fosa. Esperé a que terminaran y les pregunté si podía bajar. Se rieron y me ayudaron a descender por una escalera. Me tumbé y observé el cielo. Sentí el frío de la tierra en mi espalda, pero el cielo me pareció más hermoso que nunca. No os entristezcáis al pensar en mí. El cielo nunca ha dejado de acompañarme y el sol me reconforta a veces, bañado mi frente, mis párpados, mis mejillas. La muerte no es un lugar oscuro, sino una tibia penumbra en la que te adormeces y experimentas el placer de deslizarte por un cauce de aguas tranquilas. Algún día todos navegaremos por ese río y descubriremos que el paraíso a veces se escapa de nuestras manos, pero casi siempre regresa para acunarnos y musitar unas palabras de ternura.

http://intothewildunion.blogspot.com/2011/09/la-ultima-carta-de-marilyn-monroe.html#more



Friday, March 4, 2011

Ernesto Cardenal / Oración por Marilyn Monroe


Ernesto Cardenal
ORACIÓN POR MARILYN MONROE

Señor
recibe a esta muchacha conocida en toda la tierra con el nombre de Marilyn Monroe
aunque ese no era su verdadero nombre
(pero Tú conoces su verdadero nombre, el de la huerfanita violada a los 9 años
y la empleadita de tienda que a los 16 se había querido matar)
y que ahora se presenta ante Ti sin ningún maquillaje
sin su Agente de Prensa
sin fotógrafos y sin firmar autógrafos
sola como un astronauta frente a la noche espacial.

Ella soñó cuando niña que estaba desnuda en una iglesia (según cuenta el Time)
ante una multitud postrada, con las cabezas en el suelo
y tenía que caminar en puntillas para no pisar las cabezas.
Tú conoces nuestros sueños mejor que los psiquiatras.
Iglesia, casa, cueva, son la seguridad del seno materno
pero también algo más que eso…
Las cabezas son los admiradores, es claro
(la masa de cabezas en la oscuridad bajo el chorro de luz).
Pero el templo no son los estudios de la 20th Century-Fox.
El templo –de mármol y oro– es el templo de su cuerpo
en el que está el Hijo del Hombre con un látigo en la mano
expulsando  a los mercaderes de la 20th Century-Fox
que hicieron de Tu casa de oración una cueva de ladrones.

Señor
en este mundo contaminado de pecados y radioactividad
Tú no culparás tan sólo a una empleadita de tienda.
Que como toda empleadita de tienda soñó ser estrella de cine.
Y su sueño fue realidad (pero como la realidad del tecnicolor).
Ella no hizo sino actuar según el script que le dimos
­­­–El de nuestras propias vidas– Y era un script absurdo.
Perdónala señor y perdónanos a nosotros
por nuestra 20th Century
por esta Colosal Super-Producción en la que todos hemos trabajado.
Ella tenía hambre de amor y le ofrecimos tranquilizantes.
para la tristeza de no ser santos
se le recomendó el Psicoanálisis.
Recuerda Señor su creciente pavor a la cámara
y el odio al maquillaje –insistiendo en maquillarse en cada escena–
y cómo se fue haciendo mayor el horror
y mayor la impuntualidad a los estudios.

Como toda empleadita de tienda
soñó ser estrella de cine.
Y su vida fue irreal como un sueño que un psiquiatra interpreta y archiva.

Sus romances fueron un beso con los ojos cerrados
que cuando se abren los ojos
se descubre que fue bajo reflectores
y apagan los reflectores!
y desmontan las dos paredes del aposento (era un set cinematográfico)
mientras el Director se aleja con su libreta
porque la escena ya fue tomada.
O como una escena en yate, un beso en Singapur, un baile en Río
la recepción en la mansión del Duque y la Duquesa de Windsor
vistos en la salita de apartamento miserable.

La película terminó sin el beso final.
La hallaron muerta en su cama con la mano en el teléfono.
Y los detectives no supieron a quién iba a llamar.
Fue como alguien que ha marcado el número de la única voz amiga
y oye tan sólo la voz de un disco que le dice: WRONG NUMBER
O como alguien que herido por los gansters
alarga la mano a un teléfono desconectado.

Señor
quienquiera que haya sido el que ella iba a llamar
y no llamó (y tal vez no era nadie
o era Alguien cuyo número no está en el Directorio de Los Angeles)

contesta Tú el teléfono!





Ernesto Cardenal
Poesía de uso
Buenos Aires, El Cid Editor, 1979



Lea, además
BIOGRAFÍA DE MARILYN MONROE


Thursday, March 3, 2011

Ernesto Cardenal / Siete poemas de Getsemay, Ky

Fotografía de Anna Kharina
Ernesto Cardenal
SIETE POEMAS DE GETSEMAY, KY
1
Los automóviles van y vienen por la carretera,
frente al noviciado, como las olas del mar.
Se oye el rumor lejano que va creciendo
y creciendo más y más, el acelerar del motor,
el susurrar de las llantas sobre el asfalto mojado,
y después decrece y decrece, y no se oye más.
Y otro motor  a lo lejos vuelve a comenzar.
Como las olas del mar. Y yo corría como las olas
por carreteras asfaltadas que a ningún sitio van.
Y a veces me parece que todavía corro por ellas,
y que es un sueño que ya he llegado a algún lugar,
y no estoy viendo en paz pasar los automóviles
sino que he mirado este lugar distraídamente
desde el efímero automóvil que acaba de pasar.

2
Cuando se encienden los primeros anuncios
y se iluminan las marquesinas de los cines
aquí ya sólo se oyen las golondrinas.
A las 7 p.m. se acuestan los trapenses.
Todavía hay luz como si fuera mediodía
y una luna llena como si fuera medianoche.
Los caballos están callados en la caballeriza.
Los camiones están dormidos en los garages
y los tractores parados delante del granero.
Y sobre el tanque de agua, la luna de aluminio.

3
Es la hora en que brillan las luces de los burdeles
y las cantinas. La casa de Caifás está llena de gente.
Las luces del palacio de Somoza están prendidas.
Es la hora en que se reúnen los Consejos de Guerra
y los técnicos en torturas bajan a las prisiones.
La hora de los policías secretos y de los espías,
cuando los ladrones y los adúlteros rondan las casas
y se ocultan los cadáveres. Un bulto cae al agua.
Es la hora en que los moribundos entran en agonía.
Afuera los primeros pájaros cantan tristes,
llamando al sol. Es la hora de las tinieblas.
Y la iglesia está helada, como llena de demonios,
mientras seguimos en la noche recitando los salmos.

4
No sé quién es el que está en la nieve.
Sólo se ve en la nieve su hábito blanco,
y al principio yo no había visto a nadie:
sólo la pura blancura de nieve con sol.
El novicio en la nieve apenas se ve.
Y siento que hay Algo más en esta nieve
Que no es ni novicio ni nieve y no se ve.

5
Yo apagué la luz para poder ver la nieve.
Y vi la nieve tras el vidrio y la luna nueva.
Pero vi que la nieve y la luna eran también un vidrio
y detrás de ese vidrio Tú me estabas viendo.

6
Los árboles parecen cabelleras de muchachas pelirrojas
y rubias. Las hojas mojadas, rojas y doradas
están cayendo y cayendo, como cabelleras.
Otra vez es otoño. Ha pasado un año rápido
como el tren que pasó pitando detrás de los árboles,
y el avión de plata que pasó volando y ya no vuelve,
y los pájaros que pasan volando, hacia Hispanoamérica.

7
Como latas de cerveza vacías y colillas
de cigarrillos apagados, han sido mis días.
Como figuras que pasan por una pantalla de televisión
y desaparecen, así ha pasado mi vida.
Como los automóviles que pasaban rápidos por las carreteras
con risas de muchachas y música de radios…
Y la belleza pasó rápida, como el modelo de los autos
y las canciones de los radios que pasaron de moda.
Y no ha quedado nada de aquellos días, nada,
más que latas vacías y colillas apagadas,
risas en fotos marchitas, boletos rotos,
y el aserrín con que al amanecer barrieron los bares.

Ernesto Cardenal
Poesía de uso
Buenos Aires, El Cid Editor, 1979

Tuesday, March 1, 2011

Ernesto Cardenal / Epigramas

La muchacha del arete de perla
Vermer
Ernesto Cardenal
EPIGRAMAS

1
Cuídate, Claudia, cuando estés conmigo,
porque el gesto más leve, cualquier palabra, un suspiro
de Claudia, el menor descuido,
tal vez un día lo examinen eruditos,
y este baile de Claudia se recuerde por siglos.

Claudia, te lo aviso.

2

Si cuando fue la rebelión de abril
me hubieran matado con ellos
yo no te habría conocido:
y si ahora hubiera sido la rebelión de abril
me hubieran matado con ellos.

3

Tal vez nos casemos este año,
amor mío, y tengamos una casita.
Y tal vez se publique mi libro,
o nos vayamos los dos al extranjero.
Tal vez caiga Somoza, amor mío.

4

Si tú estás en Nueva York
En Nueva York no hay nadie más
Y si no estás en Nueva York
En Nueva York no hay nadie.

Ernesto Cardenal, Epigramas
Poesía de uso
Buenos Aires, El Cid Editor, 1979