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Monday, October 17, 2011

Cees Nooteboom / Los zorros vienen de noche


Cees Nooteboom
LOS ZORROS VIENEN DE NOCHE
Por Rafael Narbona

El cuento es un género que puede prescindir del desenlace. Cees Nooteboom (La Haya, 1933) ha reunido ocho relatos que no esconden su vocación fragmentaria. No es un simple recurso estilístico, sino una posición vital, que refleja una mezcla de escepticismo y desencanto. No son cuentos inacabados, sino historias que no concluyen porque imitan la espiral de la vida, donde nada es definitivo.



             En “Paula II”, toma la palabra un muerto, pero eso no significa que el morir constituya un tránsito hacia un estado de plenitud o podredumbre. Nooteboom no insinúa ninguna forma de trascendencia. Sus cuentos rebosan incredulidad hacia los dogmas metafísicos y políticos, sin caer en el menosprecio del ser humano. Siempre prevalecen la ternura, la tolerancia, la resistencia a realizar juicios morales y una ilimitada indulgencia hacia las debilidades que a veces nos hacen actuar con egoísmo, estupidez o arrogancia.


Notablemente traducida, la prosa de Nooteboom es de altísima calidad. Es una prosa poética, con una enorme sensibilidad para reflejar el paisaje, la materia, los cambios de luz, los matices cromáticos, el ensimismamiento, la contemplación o las pasiones, con toda su carga de turbulencia, confusión y ambigüedad. Nooteboom sortea con elegancia el riesgo de un formalismo autocomplaciente, que acumula filigranas y metáforas hasta paralizar la narración. El lenguaje nunca es el protagonista absoluto, pero en ningún momento pierde su inspiración y su exactitud. Ambientado en Venecia, “Góndolas” es el primer relato de un libro caracterizado por la nostalgia, el sentimiento de pérdida y la dolorosa conciencia sobre el paso del tiempo. El protagonista es un hombre de cierta edad que evoca a una amante de su juventud. Sabe que persigue a “un espectro” y que, a pesar de un tardío reencuentro, no logrará desprenderse del trauma de la separación. Dos personas pueden reunirse después de muchos años, pero todo ha cambiado. De hecho, mirar hacia atrás, sólo es una forma de encarar la perplejidad de ser otro.


“Tormenta” narra los desencuentros de una pareja que presencia un insólito incidente. Nooteboom habla sobre la influencia de la luz en los estados de ánimo. El atardecer o el cielo nublado pueden provocar “el abatimiento más absoluto”. No es un recurso aislado, sino una observación recurrente. Esa aflicción súbita, desencadenada por el tránsito de la claridad a la penumbra, es uno de los síntomas del trastorno bipolar. Ignoro si Nooteboom conoce ese dato, pero su capacidad de enlazar lo biológico y lo emocional, refleja una profunda comprensión de la naturaleza humana. “Heinz” es uno de los relatos más ambiciosos. Protagonizado por un cónsul honorario, aficionado al alcohol, el sexo, las bufonadas y los gestos temerarios, Nooteboom evita una vez más los juicios morales. Con una fluidez narrativa que recuerda a Graham Greene, relata una vida sin grandes acontecimientos, pero con toda la trama de narcisismo, temeridad y excesos que define a las personalidades sin miedo a consumar sus deseos. “Finales de septiembre” es una historia atípica de amor, que incluye una infidelidad, donde la pasión se confunde con la fascinación por lo canallesco. “La última tarde” se detiene en la rutina de una tortuga para simbolizar la mezcla de vulnerabilidad y misterio del ser humano. 


“Paula” y “Paula II” son otras de las piezas mayores del conjunto. Su heroína es una mujer con un notable parentesco –no sé si deliberado- con los personajes femeninos de Cortázar. Algo frívola, “desertora del mundo real”, ajena a compromisos políticos y sociales, Paula es una especie de Monica Vitti atrapada en una interminable película de Antonioni. Es una poderosa presencia que no se desvanecerá ni con la muerte. De hecho, Nooteboom le concede el don de hablar desde el otro lado, revelando que su existir fue “un susurro, un murmullo”. Desde una inexistente eternidad, Paula se compara a sí misma con “unos zorros imaginarios”, irreales y fugaces. “El punto extremo” habla de un faro y una mujer presumiblemente ahogada. Es imposible no pensar en Portrait of Jennie (1949), la excepcional película de Dieterle. Al ser el último relato, se refuerza la impresión de encontrarnos en el fin del mundo. Nooteboom es un serio candidato al Nobel. Su literatura transita por todos los géneros y nunca defrauda. Los zorros vienen de noche es un prodigio de lirismo, profundidad y sabiduría. No prodiga esperanza, pero no deplora la existencia, acotada por límites insuperables y una imperfección consustancial. Las palabras son la única trascendencia a la que puede aspirar el ser humano, pero incluso ellas desaparecerán algún día y no hay que lamentarlo. La finitud es el precio acordado por mecerse en la corriente del ser.

Rafael Narbona
Into the Wild Union

Monday, March 7, 2011

Rafael Narbona / La última carta de Marilyn Monroe



Rafael Narbona
LA ÚLTIMA CARTA DE MARILYN MONROE

Las buenas historias empiezan por el final. Yo quiero que en mi epitafio escriban: Marilyn Monroe, rubia. Creo que nací deseando fracasar, pero no lo descubrí hasta que leí a Freud. No llego tarde a mis citas por vanidad o para fastidiar, sino para hacer esperar a la muerte un poco más. Juego al escondite con ella, pero sé que al final me cogerá por la cintura y me levantará como un trofeo. Dicen que salgo bien en las fotos, pero yo me veo como un animal herido o enfermo. Es extraño. Tal vez será porque mis ojos sólo ven en blanco y negro. Se acostumbraron a mirar a Jean Harlow desde la primera fila de un cine de barrio y ya no son capaces de apreciar los colores. 


Algunos dicen que parezco una sonámbula, pero yo más bien creo que hago funambulismo. Dicen que mi carne quema la pantalla, pero yo me observo y tengo la sensación de tener una piel por la que sólo resbalan escalofríos. Al menos, eso es lo que siento cuando me acarician. Nunca he vivido mucho tiempo en la misma casa. Me gusta cambiar de domicilio. Creo que tengo mucho estilo cuando me despido. Es lo que mejor se me da. Decir adiós. A los otros y a mí misma. Desaparecer por una esquina. A veces miento y digo que odio decir adiós, pero no es cierto porque sé que todos se apenan cuando me marcho y eso me gusta. 


No es muy original decir que nunca he sido feliz, pero eso no impide que algunos días esté contenta. En eso me parezco a Sylvia Plath, claro que las dos somos un poco inestables y neuróticas. Ahora estamos muertas y dicen que éramos bipolares. No me desagrada la palabra. Bipolar. Suena a bañista luchando contra la corriente. Sé que es una asociación extraña, pero mi mente es distinta. Funciona de otra manera. De hecho, cuando pienso en mí, surge una combinación numérica: 94-53-89. Ese número es todo lo que soy. Bueno, sin tacones, mido 1’68. También soy eso: 1’68, pero a al lado de mi amigo Truman Capote parezco mucho más alta. Claro que el mide 1’60. Si fuera buena con las matemáticas, podría hacer malabarismos y obtener algo revelador con esos números, pero sólo sé lo elemental y no logro descifrar el acertijo. Sé que detrás de esos números, está mi alma, esperando que alguien la rescate, pero hasta ahora nadie lo ha intentado con todo su corazón. Siempre tuve la sensación de ser algo frágil, a punto de romperse. 


Me gustan los perros y los caballos. Odio a los que los maltratan. Me gusta leer, pero nunca termino los libros. Si llego al final, tendré que decir adiós, pero no se tratará de un adiós cualquiera. Ya he dicho que soy capaz de decir adiós con mucho estilo, pero en las últimas páginas de un libro se agazapa la muerte. Si me acercó hasta allí, será mi perdición. No quedará nada. Será la toma definitiva, la que me hará desaparecer para siempre. Ni siquiera seré una niña muerta. Perderé mi tumba fría desde la que observo el cielo. Será como enfrentarse a la cámara después de un prolongado insomnio. El objetivo me quemará, mi carne arderá como papel de seda. Por eso, nunca leeré la palabra fin.


Creo que sólo me quisieron los desconocidos. A los que amé, les concedí el extraño privilegio de matarme y casi lo consiguen. Es como si les hubiera consentido que se apoderaran del barómetro que todos llevamos dentro. Ya no puedo anticipar los cambios. Se acercan las tempestades y no puedo adivinar lo que se avecina. Es lo que me pasó la noche del 4 al 5 de agosto en Fifth Helena Drive. No recuerdo si descolgué el teléfono, pero me parece que una vez más dije adiós con estilo. Morir desnuda con el teléfono descolgado es muy inquietante. Me hicieron unas cuantas fotografías. En una aparezco de espaldas. No me desagrada. Las de la morgue no me gustan demasiado. La del pie y la que muestra mi rostro ladeado no están mal, pero la más conocida, donde aparezco de perfil, es horrible. Si hubiera tenido un rotulador rojo, la hubiera tachado dos veces. Dos aspas en vez de una.


No hay nada más. Eso es todo. Aunque imagino que otros seguirán escribiendo sobre mí y eso me ayudará a sentirme menos sola. Estar muerta no es tan malo. A los doce años, me acerqué a un cementerio. Unos sepultureros cavaban una fosa. Esperé a que terminaran y les pregunté si podía bajar. Se rieron y me ayudaron a descender por una escalera. Me tumbé y observé el cielo. Sentí el frío de la tierra en mi espalda, pero el cielo me pareció más hermoso que nunca. No os entristezcáis al pensar en mí. El cielo nunca ha dejado de acompañarme y el sol me reconforta a veces, bañado mi frente, mis párpados, mis mejillas. La muerte no es un lugar oscuro, sino una tibia penumbra en la que te adormeces y experimentas el placer de deslizarte por un cauce de aguas tranquilas. Algún día todos navegaremos por ese río y descubriremos que el paraíso a veces se escapa de nuestras manos, pero casi siempre regresa para acunarnos y musitar unas palabras de ternura.

http://intothewildunion.blogspot.com/2011/09/la-ultima-carta-de-marilyn-monroe.html#more



Friday, February 11, 2011

Robert Walser / Historias / Dos reseñas

Robert Walser
HISTORIAS

Por Rafael Narbona
El Cultural, 14 de enero de 2011


Robert Walser (Biel, Suiza, 1878-Herisau, 1956) aseguraba que debajo de un paraguas se sentía como en casa. Debajo de un paraguas, un escritor pierde cualquier rasgo de megalomanía. Walser detestaba la fantasía germánica de identificar al poeta con el genio. El verdadero poeta desprecia la gloria. Eso no significa que busque el fracaso. En sus paseos con Carl Seeling, Walser se compara con los campesinos. Su literatura sólo es una variación sobre la tarea milenaria de sembrar, segar, injertar y abonar. Walser intercambió palabras y silencios con Carl Seeling cuando ya había cumplido cincuenta años y su residencia era el sanatorio mental de Herisau, donde había ingresado voluntariamente. Walser era un gran paseante, pero no sentía ningún aprecio por viajar. Consideraba que el talento se desenvuelve mejor en un entorno pequeño, donde surge la posibilidad de apreciar la poesía de lo ínfimo e insignificante. Por eso, no se adaptaba al largo recorrido de una novela. Un crítico literario afirmó que Los hermanos Tanner sólo era una colección de notas. No es una mala forma de describir la obra de Walser. 

Robert Walser pertenece al linaje de los artistas infortunados. Al igual que Van Gogh, nunca logró adaptarse a la servidumbre de un oficio y la responsabilidad de la vida familiar. Al igual que Hölderlin, perdió la razón, pero nunca se lamentó de sus años de reclusión en un hospital psiquiátrico. No era el molino donde Hölderlin pasó las últimas décadas de su vida, pero sí un buen lugar para un hombre sin grandes ambiciones materiales. Walser no escogió un destino trágico. No es un poeta maldito, pese a su notoria afición a la bebida. Simplemente, comprendió que “la dicha no es un buen material para el escritor”. La felicidad es autosuficiente, como un erizo, y no necesita expresarse. La desgracia es una mecha que produce una explosión interior. Walser se limitó a observar su propio dolor. Hostil a cualquier forma de énfasis, anotó los estragos que le devoraban hasta el extremo de apagar el impulso de escribir. Sin embargo, nos dejó un amplio legado de manuscritos inéditos. Sus “microgramas” son fogonazos de claridad, que nos enseñan a observar lo minúsculo e irrisorio. Una caligrafía diminuta, casi indescifrable, se concierta con una sensibilidad poética que desprecia las grandes revelaciones. No hay que descifrar los secretos. Un muro de hiedra tiene “un encanto indecible”. Si miramos lo que hay detrás, desaparecerá el misterio, lo incierto. 


Historias apareció por primera vez en 1914, pero hasta ahora no se había traducido a nuestro idioma. Siruela nos regala una edición exquisita, con una traducción impecable de Juan José del Solar. No cabe sorprenderse, pues Siruela ha llevado a cabo una tarea admirable con la obra de Walser, acercándola al lector español en versiones de extraordinaria calidad. Eso sí, es curioso que haya escogido una frase de Hermann Hesse para la contraportada. Hesse afirma que “el mundo sería mejor si Walser tuviera cien mil lectores”, pero Walser se quejaba de que los editores le empujaban a imitar el estilo de Hesse para triunfar. Amante de lo modesto y pueril, Walser no simpatizaba con Hesse, que se paseaba por el mundo con “un nimbo de heroísmo y santidad”. Walser se consideraba un escritor de la llanura y lo periférico. No le atraían las cimas ni pretendía ser el centro de nada. El escritor debe ser modesto, no tener hijos y morir solo. Si hace mucho caso a su yo, acabará extraviándose en la retórica y el narcisismo. La reserva no es un gesto de prudencia, sino la esencia del trabajo literario. El escritor se hace invisible para que el mundo salga a la luz. 


La locura de Walser no se parece a la de Nietzsche. La filosofía de Nietzsche es la de un verdugo. Walser no esconde su amor a las cosas y a sus semejantes. No es un escritor de grandes declaraciones, sino un observador tranquilo, un pensador que sólo confraterniza con la belleza cuando se le ofrece amistosamente. Historias contiene algunos de los cuentos más hermosos de Walser, donde se reúnen todos los elementos de su poética y de su peculiar visión del mundo y el ser humano. Historias es un libro de formato pequeño, que apenas excede las 100 páginas. Se cita a Kafka cada vez que se recuerda a Walser, pero yo no puedo evitar pensar en Edmond Jabès. Jabès creció en unas circunstancias totalmente diferentes. Judío de origen egipcio que escribe en francés, Jabès es un exiliado incapaz de reconocer otra patria que el libro. En Un extranjero con, bajo el brazo, un libro de pequeño formato (1989) Jabès manifiesta ese afinidad por la despersonalización tan cercana a la sensibilidad de Walser. Ambos autores reivindican la aniquilación del yo para ocupar un espacio marginal. 


Al leer el prodigioso “Extraña ciudad” de Walser, la ensoñación se confunde con la banalidad. Walser sólo necesita tres páginas para urdir una utopía. Habla de una ciudad que ya no precisa de poetas, pues sus habitantes poseen “una sensibilidad fina, fluida, alerta y brillante”. Nadie sabe cómo, pero todos se expresan de una forma delicada, profunda, armónica. Walser disipa enseguida la ilusión. Esa ciudad no existe. Sólo es real el paisaje de las afueras, un parque donde el sol del mediodía salpica de manchas la hierba y el rostro de los paseantes, pero ni siquiera eso es perdurable. La lluvia lo borra todo y no queda nada. Sólo es real el manicomio de Herisau. Para Jabès, sólo es real el desierto, “una ruptura salvadora en las proximidades mismas de la ciudad”. Walser y Jabès elaboran una poética donde el hombre vive como un Extranjero en un mundo que lo repudia. 


Sólo hay espacio para comentar los cuentos más notables. “Kleist en Tun” recoge un pasaje de la vida de uno de los precursores del Romanticismo alemán, que acabaría suicidándose a orillas del lago Wansee, acompañado de su amante. Walser nos lo presenta urdiendo planes, escribiendo, planteándose el sentido de la literatura. Al igual que Walser, añora la vida sencilla del campesino. Es una nueva embestida contra el yo. En “Paganini. Variación”, surge otra vez la figura del artista que sólo logra la perfección formal al perder la conciencia de su propio existir. En “Teatro de gatos”, se interna en el enigmático mundo de los felinos, sin caer en la enseñanza ejemplarizante. Walser no es un moralista. Su escritura se conforma con captar el silencio mágico de un gato dormido o la semejanza entre los gemidos humanos y los maullidos de esas misteriosas criaturas que toleran la compañía del hombre. 


En “Una mañana”, se acerca a Kafka -al que apenas leyó- describiendo el trabajo en un banco como una dolorosa experiencia de tedio y enajenación. Su forma de describir la sucursal recuerda la oficina interminable de El apartamento, pero sin intrigas para medrar. El protagonista del relato se conformaría con pasar la mañana en la montaña, pues no concibe nada más bello que la luz resbalando por una ladera arbolada.

En "Seis historias breves" aparece la pasión por la música. Walser consideraba inaceptable que la música se convirtiera en un telón de fondo. La música no debe inmiscuirse en el silencio. El piano o el laúd no son instrumentos, sino seres vivos que nos escuchan. El poeta no se diferencia de ellos, pues sus palabras son el eco de nuestros lamentos y anhelos. Al hablar el poeta, hablamos nosotros. El poeta no es un yo, sino un nosotros. 


Walser no conoció el éxito, pero según Hesse el mundo se justifica por su obra. Murió mientras paseaba. Su cadáver quedó tendido en mitad de la nieve. Es imposible rehuir la tentación de pensar que en el último momento pasó por su mente una de sus frases más emotivas: “Sin amor, el ser humano está perdido”. Probablemente no fue así. 


http://www.elcultural.es/version_papel/LETRAS/28490/Robert_Walser-_Historias


Historias, de Robert Walser

Esta obra, recientemente reeditada por Siruela, -yo he leído la de 1989 de Alfaguara integrada en un volumen junto con Vida de poeta- incluye prosas breves y pequeños relatos que Walser publica en 1914, pero que no son sino una recopilación de textos publicados en prensa desde 1899. Por tanto, no se trata de un libro concebido de manera unitaria, sino de una mera recopilación, lo cual se observa claramente por la diferencia entre unos textos y otros, diferencias más de contenido y de extensión que de estilo, puesto que Walser mantiene una prosa definida y singular, una voz propia, casi desde el principio, si bien la va depurando con el trascurso de los años.

Sus narraciones breves recuerdan lo que serían sus novelas, es decir, vuelve siempre sobre los mismos temas.

En mi lectura puedo decir que encontré dos bloques, uno, con prosas breves y bien escritas, evocadoras y que recuerdo poco, y una segunda parte, con varios textos que se centran en el mundo del teatro o son directamente teatrales, como son Incendio en el teatro, Escena en la cárcel, Una velada teatral, Teatro de gatos, La actriz o La prueba del talento, que formarían un pequeño bloque, y una serie última donde se encuentra, a mi juicio, lo mejor del libro. Comienza este último bloque con Kleist en Thun, que evoca de una manera magistral un episodio de la vida del escritor alemán, le sigue Wenzel, que retoma el tema del teatro de una forma muy cáustica, Paganini. Variación, texto sobre el genio italiano y lo que se sentía al oírle tocar de esa manera, casi como poseído de una facultad ajena e inconsciente, al que sigue La batalla de Sempach, que, como el propio nombre indica, evoca una batalla no en su fragor precisamente, sino en ese transcurrir de los días previos, en ese aburrimiento mortal y desesperado que supone la espera de la batalla. Finaliza la obra con dos textos muy interesantes, el Diario de un alumno, que recuerda a Los cuadernos de Fritz Kocher, su primera novela, por su planteamiento, así como a Jakob von Gunten por su pesimismo subyacente, y Una mañana, extraordinaria narración sobre el mundo de la oficina, que como no, podemos relacionar con Melville y Kafka, si bien en este sentido Walser nos describe sobre todo la completa inutilidad en muchos aspectos de algunos trabajos, recordando esta vez precisamente a su segunda novela El ayudante.


EL BLOG DEL CRESTA
http://elcresta.blogspot.com/2011/02/historias-de-robert-walser.html


Robert Walser
Historias
Traducción de Juan José del Solar
Madrid, Siruela, 2010