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Saturday, August 20, 2011

Bram Stoker / Carta de bienvenida


Bram Stoker
CARTA DE BIENVENIDA
WELCOME TO THE CARPATHIANS

Mi querido amigo:
Bienvenido a los Cárpatos.
Lo estoy esperando ansiosamente.
Duerma bien esta noche. Mañana
a las tres saldrá la diligencia para Bucovina;
ya tiene un lugar reservado.
En el desfiladero de Borgo
mi carruaje lo estará esperando y lo traerá a mi casa.
Espero que su viaje desde Londres
haya transcurrido sin tropiezos,
y que disfrute de su estancia en mi bello país.
Su amigo,
Drácula.



Bram Stoker, Drácula

Tuesday, June 7, 2011

Así comienza / Madame Bovary


Gustave Flaubert
MADAME BOVARY

Nous étions à l’étude, quand le Proviseur entra, suivi d’un nouveau  habillé en bourgeois et d’un garçon de classe qui portait un grand pupitre. Ceux qui dormaient se réveillèrent, et chacun se leva, comme surpris dans son travail.
Le Proviseur nous fit signe de nous rasseoir ; puis, se tournant vers le maître d’études :
—Monsieur Roger, lui dit-il à demi-voix, voici un élève que je vous recommande, il entre en cinquième. Si son travail et sa conduite sont méritoires, il passera dans les grands, où l’appelle son âge.
Resté dans l’angle, derrière la porte, si bien qu’on l’apercevait à peine, le nouveau était un gars de la campagne, d’une quinzaine d’années environ, et plus haut de taille qu’aucun de nous tous. Il avait les cheveux coupés droit sur le front, comme un chantre de village, l’air raisonnable et fort embarrassé. Quoiqu’il ne fût pas large des épaules, son habit-veste de drap vert à boutons noirs devait le gêner aux entournures et laissait voir, par la fente des parements, des poignets rouges habitués à être nus. Ses jambes, en bas bleus, sortaient d’un pantalon jaunâtre très tiré par les bretelles. Il était chaussé de souliers forts, mal cirés, garnis de clous.
On commença la récitation des leçons. Il les écouta de toutes ses oreilles, attentif comme au sermon, n’osant même croiser les cuisses, ni s’appuyer sur le coude, et, à deux heures, quand la cloche sonna, le maître d’études fut obligé de l’avertir, pour qu’il se mît avec nous dans les rangs.    

Paris, Garnier-Flammarion, 1966.

Gustave Flaubiert
Gustave Flaubert
MADAME BOVARY
Traducción de Julio C. Acerete

Nos encontrábamos en clase cuando entró el director. Le seguían un nuevo alumno con traje dominguero y un bedel cargando con un gran pupitre. Los que dormitaban se despertaron, incorporándose y simulando haber sido sorprendidos en sus tareas escolares.
El director hizo una señal para que nos sentáramos. Y dirigiéndose al maestro, le dijo en voz baja:
—Señor Roger, le recomiendo a este alumno. Debe comenzar en la quinta clase, pero si su aplicación y su conducta son meritorias, pasará en segunda con los mayores, tal como corresponde a su edad.
El recién llegado permaneció quieto en un rincón, de tal forma, que apenas si podíamos verle. Era un chico de aspecto algo rústico, que parecía tener unos quince años, y que nos sobrepasaba en estatura a todos. Su aire era tímido y como pensativo, mientras que su cabeza, rapada a punta de tijera, parecía la de un sochantre de aldea. Aunque no era muy ancho de espaldas, su chaqueta verde con botones negros parecía molestarle en las sisas de las mangas, por cuyos extremos inferiores aparecían unas manos coloradas, acostumbradas sin duda al contacto con la naturaleza. Sus piernas, envueltas en unas medias azules y unos pantalones amarillentos, rígidamente sujetos por lo tirantes, acababan en unos gruesos zapatos, no demasiado limpios y claveteados.
El maestro dio comienzo a las lecciones. Y el nuevo alumno le siguió atentamente, como si escuchara un sermón, no atreviéndose a cruzar las piernas, ni a apoyarse sobre la mesa. A las dos, al sonar la campana que marcaba el final de la clase, el maestro se vio obligado a ordenarle que se incorporase a la fila con los demás.

Barcelona, Editorial Bruguera, 1967.


MADAME BOVARY
by Gustave Flaubert

Translated by Eleanor Marx-Aveling

We were in class when the head master came in, followed by a “new fellow,” not wearing the school uniform, and a school servant carrying a large desk. Those who had been asleep woke up, and everyone rose as if just surprised at his work.
The head master made a sign to us to sit down. Then, turning to the class master, he said to him in a low voice:
“Monsieur Roger, here is a pupil whom I recommend to your care; he’ll be in the second. If his work and conduct are satisfactory, he will go into one of the upper classes, as becomes his age.”
The “new fellow,” standing in the corner behind the door so that he could hardly be seen, was a country lad of about fifteen, and taller than any of us. His hair was cut square on his forehead like a village chorister’s; he looked sensible, but very ill at ease. Although he was not broad-shouldered, his short school jacket of green cloth with blank buttons must have been tight about the armholes, and showed at the opening of the cuffs red wrists accustomed to being bare. His legs, in blue stockings, looked out from beneath yellow trousers, drawn tight by braces. He wore stout, ill-cleaned, hob-nailed boots.
We began repeating the lesson. He listened with all his ears, as attentive as if at a sermon, not daring even to cross his legs or lean on his elbow; and when at two o’clock the bell rang, the master was obliged to tell him to fall into line with the rest of us.

London, J.M. Dent & Sons Ltd, 1957.

Wednesday, May 11, 2011

Alessandro Barico / Seda


Alessandro Barico
SEDA

59.

Permanece así, te quiero mirar, yo te he mirado tanto pero no eras para mí, ahora eres para mí, no te acerques, te lo ruego, quédate como estás, tenemos una noche para nosotros, y quiero mirarte, nunca te había visto así, tu cuerpo para mí, tu piel, cierra los ojos y acaríciate, te lo ruego, no abras los ojos si puedes, y acaríciate, son tan bellas tus manos, las he soñado tanto que ahora las quiero ver, me gusta verlas sobre tu piel, así, sigue, te lo ruego, no abras los ojos, yo estoy aquí, nadie nos puede ver y yo estoy cerca de ti, acaríciate señor amado mío, acaricia tu sexo, te lo ruego despacio, es bella tu mano sobre tu sexo, no te detengas, me gusta mirarla y mirarte, señor amado mío, no abras los ojos, no todavía, no debes tener miedo estoy cerca de ti, ¿me oyes?, estoy aquí, puedo rozarte, y esta seda, ¿la sientes?, es la seda de mi vestido, no abras los ojos y tendrás mi piel, tendrás mis labios, cuando te toque por primera vez será con mis labios, tú no sabrás dónde, en cierto momento sentirás el calor de mis labios, encima, no puedes saber dónde si no abres los ojos, no los abras, sentirás mi boca donde no sabes, de improviso, tal vez sea en tus ojos, apoyaré mi boca sobre los párpados y las cejas, sentirás el calor entrar en tu cabeza, y mis labios en tus ojos, dentro, o tal vez sea sobre tu sexo, apoyaré mis labios allí y los abriré bajando poco a poco, dejaré que tu sexo cierre a medias mi boca, entrando entre mis labios, y empujando mi lengua, mi saliva bajará por tu piel hasta tu mano, mi beso y tu mano, uno dentro de la otra, sobre tu sexo, hasta que al final te bese en el corazón, porque te quiero, morderé la piel que late sobre tu corazón, porque te quiero, y con el corazón entre mis labios tú serás mío, de verdad, con mi boca en tu corazón tú serás mío, para siempre, y si no me crees abre los ojos señor amado mío y mírame, soy yo, quién podrá borrar jamás este instante que pasa, y este mi cuerpo sin más seda, tus manos que lo tocan, tus ojos que lo miran, tus dedos en mi sexo, tu lengua sobre mis labios, tú que resbalas debajo de mí, tomas mis flancos, me levantas, me dejas deslizar sobre tu sexo, despacio, quién podrá borrar esto, tú dentro de mí moviéndote con lentitud, tus manos sobre mi rostro, tus dedos en mi boca, el placer en tus ojos, tu voz, te mueves con lentitud, pero hasta hacerme daño, mi placer, mi voz, mi cuerpo sobre el tuyo, tu espalda que me levanta, tus brazos que no me dejan ir, los golpes dentro de mí, es dulce violencia, veo tus ojos buscar en los míos, quieren saber hasta dónde hacerme daño, hasta donde tú quieras, señor amado mío, no hay fin, no finalizará, ¿lo ves?, nadie podrá cancelar este instante que pasa, para siempre echarás la cabeza hacia atrás, gritando, para siempre cerraré los ojos soltando las lágrimas de mis ojos, mi voz dentro de la tuya, tu violencia teniéndome apretada, ya no hay tiempo para huir ni fuerza para resistir, tenía que ser este instante, y este instante es, créeme, señor amado mío, este instante será, de ahora en adelante, será, hasta el fin. No nos veremos más, Señor. Lo que era para nosotros, ya lo hemos hecho y tú lo sabes. Créeme: lo hemos hecho para siempre. Conserva tu vida al margen de mí. Y no dudes ni un segundo, si es útil para tu felicidad, en olvidar a esta mujer que ahora te dice, sin remordimiento, adiós.

Alessandro Barico, Seda, capítulo 59  


Thursday, April 28, 2011

Así comienza / Lolita


LOL ITA
By Vladimir Nabokov

Lolita, light of my life, fire of my loins. My sin, my soul. Lo-lee-ta: the tip of the tongue taking a trip of three steps down the palate to tap, at there, on the teeth. Lo. Lee. Ta.
         She was Lo, plain Lo, in the morning, tanding four feet ten in one sock. She was Lola in slacks. She was Dolly at school. She was Dolores on the dotted line. But in my arms she was always Lolita.

Dominique Swain en el papel de Lolita
Vladimir Nabokov
LOLITA

Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos desde el borde del paladar para apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo.Li.Ta.
Era Lo, sencillamente Lo, por la mañana, un metro cuarenta y ocho de estatura con pies descalzos. Era Lola con pantalones. Era Dolly en la escuela. Era Dolores cuando firmaba. Pero en mis brazos era siempre Lolita.

Wednesday, April 27, 2011

Así comienza / Cien años de soledad


Gabriel García Márquez
BIOGRAFÍA
CIEN AÑOS DE SOLEDAD

Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarías con el dedo. Todos los años, por el mes de marzo, una familia de gitanos desarrapados plantaba su carpa cerca de la aldea, y con un grande alboroto de pitos y timbales daban a conocer los nuevos inventos. Primero llevaron el imán. Un gitano corpulento, de barba montaraz y manos de gorrión, que se presentó con el nombre de Melquiades, hizo una truculenta demostración pública de lo que él mismo llamaba la octava maravilla de los sabios alquimistas de Macedonia. Fue de casa en casa arrastrando dos lingotes metálicos, y todo el mundo se espantó al ver que los calderos, las pailas, las tenazas y los anafes se caían de su sitio, y las maderas crujían por la desesperación de los clavos y los tornillos tratando de desenclavarse, y aun los objetos perdidos desde hacía mucho tiempo aparecían por donde más se les había buscado, y se arrastraban en desbandada turbulenta detrás de los fierros mágicos de Melquíades.



ONE HUNDRED YEARS OF SOLITUDINE
By Gabriel García Márquez
Translated from Spanish by Gregory Rabassa

Many years later, as he faced the firing squad, Colonel Aureliano Buendía was to remember that distant afternoon when his father took him to discover ice. At that time Macondo was a village of twenty adobe houses, built on the bank of a river of clear water that ran along a bed of polished stones, which were white and enormous, like prehistoric eggs. The world was so recent that many things lacked names, and in order to indicate them it was necessary to point. Every year during the month of March a family of ragged gypsies would set up their tents near the village, and with a great uproar of pipes and kettledrums they would display new inventions. First they brought the magnet. A heavy gypsy with an untamed beard and sparrow hands, who introduced himself as Melquíades, put on a bold public demonstration of what he himself called the eighth wonder of the learned alchemists of Macedonia. He went from house to house dragging two metal ingots and everybody was amazed to see pots, pans, tongs, and braziers tumble down from their places and beams creak from the desperation of nails and screws trying to emerge, and even objects that had been lost for a long time appeared from where they had been searched for most and went dragging along in turbulent confusion behind Melquíades' magical irons. "Things have a life of their own," the gypsy proclaimed with a harsh accent. "It's simply a matter of waking up their souls." José Arcadio Buendía, whose unbridled imagination always went beyond the genius of nature and even beyond miracles and magic, thought that it would be possible to make use of that useless invention to extract gold from the bowels of the earth. Melquíades, who was an honest man, warned him: "It won't work for that." But José Arcadio Buendía at that time did not believe in the honesty of gypsies, so he traded his mule and a pair of goats for the two magnetized ingots. Úrsula Iguarán, his wife, who relied on those animals to increase their poor domestic holdings, was unable to dissuade him. "Very soon we'll have gold enough and more to pave the floors of the house," her husband replied. For several months he worked hard to demonstrate the truth of his idea. He explored every inch of the region, even the riverbed, dragging the two iron ingots along and reciting Melquíades' incantation aloud. The only thing he succeeded in doing was to unearth a suit of fifteenth-century armor which had all of its pieces soldered together with rust and inside of which there was the hollow resonance of an enormous stone-filled gourd. When José Arcadio Buendía and the four men of his expedition managed to take the armor apart, they found inside a calcified skeleton with a copper locket containing a woman's hair around its neck.

Tuesday, November 23, 2010

Thomas Lynch / El enterrador / Un diario de preguntas

Cruz de sangre
Pamplona, 2010
Fotografía de Triunfo Arciniegas
Thomas Lynch
EL ENTERRADOR
Un diario de preguntas
Por Antonio Mengs

«Recorría con la vista las lápidas vecinas de ancianos muertos hace mucho tiempo, con la misma mirada en el rostro que tiene la gente en las bibliotecas y en los museos cuando estudia las vidas y las obras de los otros para aprender sobre sí mismos». Thomas Lynch pertenece a esa estirpe de escritores norteamericanos verdaderamente internacionales, profundamente arraigados en una autenticidad libre de toda sospecha, originales desde su fortaleza y naturalidad, que nos legaran obras como Walden de Thoreau o Con destino a la gloria de Woody Wuthrie, por poner dos ejemplos. A diferencia de los citados, Lynch no es un exiliado ni un trotamundos, un agitador ni un ideólogo, sino un servidor de la comunidad, integrado en la comunidad, ocasional viajero como lo son probablemente sus vecinos, dueño de un negocio y padre de familia. Mas por encima de todo es un observador sin concesiones.
Desde la posición privilegiada de su actividad profesional —la del enterrador y la del poeta—, nos muestra la vida vista desde el oficio fúnebre con una agudeza y penetración fuera de lo común, con franco sentido del humor no exento de sensibilidad, con una virilidad moral y voluntad de servicio que repara en la debilidad humana, en la raíz existencial, en la psicología y la sociología del dolor. Pero es necesario pasar como de puntillas sobre estas palabras: la escritura de Lynch es siempre de tú a tú, directa y casi sin adorno, cordial y tan amena como puede ser el cuento de la vida diaria. Llega prácticamente siempre; sus comentarios se ajustan a la evidencia; su camaradería con hombres y mujeres, desconocidos o allegados, y con el lector, también. Cada capítulo esconde su finalmoraleja que es moral y es estética, a menudo tierna y melancólica.
Se trata, al parecer, de una compilación de ensayos: no lo creemos así. Suponemos que Lynch ha debido escribir estas páginas como ensayos dispersos sólo por fijarse un marco de trabajo: en realidad, la unidad del libro es sorprendente. Va de aquí para allá y junto a la vida y a las tristezas de los demás, cuenta las suyas y acaba siempre en nosotros. Su cuaderno de bitácora está lleno de formas de la muerte que, paradójicamente, son siempre formas de la vida. Sin eludir las más brutales, como la que se refiere a los niños o a los suicidas. Porque Lynch tiene puesta la mirada en la frontera y en la pregunta de la frontera. Y respeta la religión, la chaladura, así como cualquier otra cosa: todo es demasiado humano, y su oficio de poeta (para los poetas, afirma, que a menudo tienden a excederse en el ofrecimiento de sus versos a los demás, el amor y la muerte son los principales objetos de interés) le conduce a señalar preguntas, no a atribuirse la potestad de dar una respuesta. El enterrador es un diario de preguntas, de preguntas compartidas, lleno de historias comunes: tan comunes, que su aparición en nuestra lengua puede ser considerada como un importante acontecimiento.

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Thomas Lynch
El enterrador
La vida vista desde el oficio fúnebre.
Bogotá, Alfaguara, 1997, 264 pp.




Monday, November 22, 2010

Thomas Lynch / El enterrador / Ante las grandes preguntas


Thomas Lynch
EL ENTERRADOR
Ante las grandes preguntas
Por Camilo Jiménez

Ante las Grandes Preguntas, al enfrentarse al Delicado Momento que es la muerte de una persona cercana algunos podrán buscar consuelo o compañía en la Biblia, en el Corán, en el Tao Te King, en el Talmud, en los libros de Paulo Coelho o en los de Walter Riso o en la línea caliente de Walter Mercado. Yo sugiero leer El enterrador, de Thomas Lynch.


Como su trabajo, director de pompas fúnebres, este es un libro que trata con los muertos para acompañar a los vivos. Insiste en que lo que se haga con los muertos a los muertos no les importa, les importa a los vivos: “una vez esté muerto no hay nada que se le pueda hacer a usted o para usted o con usted o sobre usted que haga algún bien o algún mal […] Una vez esté muerto suba los pies, dé por terminado el asunto y deje que el marido o la señora o los niños o una hermana decidan si lo entierran o lo queman o lo disparan por un cañón o lo dejan secar en cualquier zanja. No será su día para verlo, porque a los muertos no les importa” (p. 31). Otro tema recurrente es que tendemos a deshacernos lo más higiénica, rápida y económicamente posible de nuestros muertos, pero aquí está su palabra para enfrentarnos de la mejor manera a lo que implica morir, a lo que representa que alguien muera.


Y cuando digo de la mejor manera es porque Lynch es tan absolutamente práctico que llega a ser cínico: “Durante su primer año de viudez se sentaba en su silla, con el corazón dolorido, a esperar que el otro zapato cayera” (p. 43); su pueblo, Milford, “Es un buen lugar para levantar una familia y para enterrarla” (p. 143); “el bon vivant flotando en su bañera necesita el cielo tanto como cualquier otro ombligo” (p. 116), “los funerales presionan las narices contra las ventanas de la fe” (p. 115)… Pero no por eso deja de ser compasivo: lleva más de veinticinco años enterrando a sus vecinos, y sabe qué decir.

En esta suerte de ensayos-memorias escribe con un ojo en la tumba y otro en la vida actual. La muerte, el oficio de enterrador, el dolor de los deudos y las buenas maneras ante el, de nuevo, Delicado Momento (la frase es de Sabina) le sirven para exponer sus casi siempre acertados comentarios sobre la América contemporánea –que por extensión, ay, es la vida contemporánea, la de todos–, sobre los centros comerciales, desarrollo urbano, dietas, formas de pago, costumbres. Él siempre está viendo más allá: “Mi esposa y yo salimos a caminar por las noches. Ella ve los detalles arquitectónicos de las casas de estilo neogriego, reina Ana, federalista y victoriano. Yo veo el garaje donde dos profesores, casados hace años y sin hijos, conocidos por sus habilidades para el baile de salón y sus esmeradas maneras, fueron encontrados asfixiados dentro de su Oldsmobile. Recuerdo la caligrafía perfecta de la nota que dejaron explicando su temor a la vejez y la enfermedad […] ella ve escenas agradables en las ventanas, la luz cálida de una habitación donde, con demasiada frecuencia, yo veo vacío y ausencia, la oscuridad donde la luz se apaga. Nos llevamos bien” (p. 145).

Podría parecer, según lo que acabo de citar, que Lynch habla siempre de negro, con sombrero y corbata de lazo. Y sí, habla como si siempre estuviera de etiqueta (es poeta y sus frases muchas veces son versos, muchas son epigramas, aforismos), pero en medio de tanta pompa destella un humor que es para quitarse el sombrero (y la imagen no quiere ser un lugar común: ¿qué hacía la gente que usaba sombrero cuando pasaba un cortejo fúnebre?): “Me alegra que no sea por experiencia personal poder decir que nada desinfla tanto un buen funeral como que el ataúd se desfonde” (p. 236); “Los féretros son los delgados, octagonales, casi siempre de madera, y corresponden muy bien a la forma humana antes del advenimiento de la era de la comida chatarra” (p. 237), “Cuando mi esposa se fue de la casa hace algunos años, mis hijos se quedaron conmigo, igual que la ropa sucia” (p. 35); “Si las mujeres a los veinte cambian favores por poemas y se entusiasman con el trabajo fácil de las musas, a los treinta se vuelven recelosas y a los cuarenta lo consideran una invasión a su privacidad y políticamente incorrecto” (p. 92); “Me senté en el muelle que daba hacia la playa. Vi pasar cuerpos firmes trotando en colores primarios o caminando con sus perros de diseño bajo la luz de la mañana” ( p. 132).

Frases tan sabias, tan bien escritas, que dibujan tan claramente una imagen, o recuperan una anécdota y la combinan con una reflexión exacta sobre los más profundos asuntos de la existencia… releo este párrafo y tiendo a pensar que estoy describiendo un libro sacro, fundacional, como la Biblia o los otros que cité al comienzo. ¿Estaré exagerando? No sé, pero si de mí dependiera yo le daría el Nobel a Thomas Lynch, así de sencillo. Y para terminar ahora sí antes de que siga dejándome llevar por el entusiasmo, debo disculparme: es que hace un buen par de años no lloraba al leer un libro. Miren por dónde, justo desde la primera vez que leí El enterrador.



Thomas Lynch 
El enterrador 
Bogotá, Alfaguara, 2004, 258 páginas.