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Monday, September 26, 2011

Isla Negra / Fotografías de Triunfo Arciniegas



Isla Negra, Chile
Casa de Pablo Neruda
Fotografías de Triunfo Arciniegas



Testimonio de Rafita

Lo conocí el año 48. Le trabajé más de veinte años, construí la mayor parte de la casa, hasta lo último que él no alcanzó a ver terminado.
            Al comienzo eran dos piezas no más: el baño y la cocina. Cada año iba haciendo un agregado, él hacía los dibujos, lo quería todo al capricho, que no fueran rectas, siempre con una curva haciendo diferentes formas.
            Le colgué los mascarones y con un formón repasé los nombres de los amigos fallecidos, que él marcaba con una tiza en las vigas del bar… fue muy bueno conmigo… me quería como un hijo… no me trataba como un maestro no más, sino como un amigo… tenía una sensibilidad de impresión para transmitir las cosas con una facilidad única.
            Ahora le cuido la casa.

Luis Poirot
NERUDA: RETRATAR LA AUSENCIA
Santiago de Chile, Hachette, Editorial Los Andes, 1991




















Sunday, September 25, 2011

Triunfo Arciniegas / Pablo Neruda en Isla Negra


Ojo de pez
Isla Negra
Fotografía de Triunfo Arciniegas

El mar de Isla Negra
Fotografía de Triunfo Arciniegas

Casa de Pablo Neruda
Isla Negra, Chile
Fotografía de Triunfo Arciniegas

Triunfo Arciniegas
PABLO NERUDA EN ISLA NEGRA
Una visita al poeta

            Te diré la verdad. “Dios me libre de inventar cosas cuando estoy cantando”, dijo el poeta. Le hablé de ti. Lo visité en su casa de piedra y madera a mitad de septiembre, mes tan amado, porque necesitaba hablar con alguien que supiera de los misterios de la tierra y la profundidad de los mares, del viento y del fuego. Como llegué temprano, el poeta me invitó a izar la bandera de Isla Negra, un trapo blanco con un pez ­-que atraviesa algo así como un ojo vertical- dentro de un círculo, y alrededor las seis letras de su apellido de poeta, tal como se aprecia en la tapa de sus libros editados por Losada. Se rió como un niño y dijo con su voz de tortuga: “El día nace en nuestras manos”. Mientras contemplábamos la bandera, la Panda, que nos había seguido, orinó el asta y concluyó la ceremonia. Conduje su auto hasta El Tabo, unos seis kilómetros al sur, para comprar tomates y cebollas, pan y periódicos. Nunca aprendió a conducir. El mago de las palabras no sabe amarrarse los zapatos. Tuve que amarrarle un cordón en el mercado. De regreso, nos detuvimos a recoger un pájaro que se había caído del nido. Como era difícil devolverlo a su alto dormitorio, decidió llevarlo. “Verde sueño, verde rama”, dijo una y otra vez hasta que llegamos a casa. Le abrió el pico al animal y le dio pan mojado por su saliva. Ya me habían hablado de su habilidad con los pájaros. Los acaba de criar, se van y vuelven. A tal punto llegan sus conocimientos que escribió Arte de pájaros. Durante el exquisito y prolongado desayuno, el poeta y Matilde, su mujer por más de dos décadas, me hablaron de la Isla de Capri, donde por los años cincuenta vivieron un amor clandestino. Entonces el poeta escribía para Matilde Los versos del capitán, uno de sus libros más hermosos, donde se combinan a la perfección el amor del hombre y la conciencia del militante, donde él es un tigre, un cóndor, un insecto en el cuerpo desnudo de la amada, donde él es un alfarero y ella es la reina. Entre risas, abrieron para mí el altar de los amores. “Teníamos un perro que se hizo famoso en la isla”, recordó Matilde. Alguna vez se les extravió y con sorpresa oyeron por la radio que lo describían como il cane del poeta Pablo Neruda y agradecían cualquier información sobre su paradero en la Cassetta d'Arturo. Llegó de noche con una corbata anudada al collar, loco de alegría y muerto de hambre. “Todavía sueño con il cane del poeta”, dijo Matilde y nos dejó solos. “Le caíste en gracia”, dijo el poeta, porque Matilde no habla con todo mundo de asuntos tan sagrados. “Te enseñaré mi territorio”, anunció. Me paseó por la casa más inverosímil que puedas imaginarte, toda de piedra y madera, mostrándome sus objetos amados con el regocijo de un niño por sus juguetes: la colección de caracolas, de mascarones de proa, de botellas, delicias recogidas en todas las partes del mundo. “Los he juntado a través de toda mi vida con el científico propósito de entretenerme solo.” Vi el hermoso caballo que conoció desde niño en Temuco, un par de ángeles, una pequeña locomotora en el centro del jardín. Vi su escritorio, una gruesa tabla abandonada por el mar frente a su casa. Luego vi la biblioteca del hombre que se compró todos los libros que durante su vida soñó tener. Palabras de Matilde. Innumerables libros de poesía, libros de botánica, libros de pájaros, de insectos, de peces. Todo el mundo sabe que el poeta ha gastado sumas astronómicas en los libros más raros del mundo, en manuscritos. Quevedo, Cervantes, Góngora, en ediciones originales, me cortaron el aliento. También Laforgue, Rimbaud, Lautrémont. Paul Eluard le regaló en París, para su cumpleaños, las dos cartas que Isabelle Rimbaud escribió a su madre desde el hospital de Marsella donde al errante poeta de Una estación en el infierno le amputaron la pierna. Ya era casi mediodía y seguíamos viendo cosas y cosas. Me pidió una pausa para escribir una carta con su endiablada letra verde y llamó a alguien para que la llevara corriendo al correo. “Vamos al grano”, dijo. Entonces, con miedo, saqué mi libro de poemas recién empastado y se lo entregué. Leyó dos o tres poemas. El tiempo se detuvo. Alguien gritó en la lejanía. Cerró el libro y lo sostuvo debajo del brazo. Matilde nos llamó al comedor. El poeta pasó por el dormitorio y regresó sin el libro. El espectáculo del almuerzo confirmaba la fama de experta cocinera de Matilde. Carne abundante: Matilde tampoco cree en los poetas vegetarianos. No disimulé el regocijo. “Espero que esté tan sabroso como lo ves”, dijo Matilde. Estaba aún más sabroso. Iluminado, sabiéndome en uno de los sueños de mi vida, les conté de mi viaje. Preguntaron por la situación política de nuestro país y por personas conocidas que no habían visto durante algún tiempo. Contaron anécdotas con escritores y pintores famosos. Luego el poeta se retiró a dormir su siesta porque no hay nada en el mundo que se lo impida.  Alabé la belleza de la casa y Matilde dijo: “Cuando se quiere buscar un sitio hermoso, hay que preguntar a un poeta”. Recogimos la mesa. “Pablo es mi alegría”, dijo Matilde, las manos sumergidas en el jabón y el agua. “Él es un niño pero yo soy su niña.” Luego, como queriendo terminar el tema: “Somos simplemente felices”. Describió los viajes que hacen en enero a lo largo de Chile, por todos los pueblos, por los mercados, por las tiendas, bebiendo la vida, hablando con todo el mundo de esto y lo otro. Señaló una serie de botellitas de agua de azúcar casi horizontales y envueltas en papeles de colores, diseminadas por todo el jardín. Los colibríes llegan por docenas a colgarse de las botellitas y se beben el néctar, como embriagándose. “Esto nos hace felices”, dijo Matilde. Se excusó para ver al poeta. Salí a caminar por la playa. Contemplé el mar y algunos pájaros. Pensé que te escribiría una carta y te contaría de este día maravilloso. Pensé que si la escribía con el dedo en el espejo de la playa tal vez las olas la llevaran a tu puerta. O en la oscura piel de las piedras que aquí abundan. Regresé casi de noche. El poeta me esperaba con una botella de vino. Soy otro colibrí en el jardín de su casa, pensé. No me atreví a preguntarle por mi libro. “No demos más vueltas, vamos al grano, viniste a hablarme de tu mujer.” Le dije que sí, así era, y le hablé de ti hasta que acabamos la botella. El poeta no decía nada, oía el mar y oía mi voz. Luego me miró con sus ojos pequeños y profundos, sonrió y me dijo: “No hay duda, quieres a esa mujer y esa mujer te quiere”. Luego, en voz baja: “Es una mujer para siempre, yo también la hubiese querido”. Había leído mi libro. “Le estás escribiendo tus versos de capitán”, dijo. “Eres un capitán sin barco pero llevas buen rumbo.”  Señaló que contigo estoy en la cuerda floja: mientras me mantenga arriba seré profundamente feliz pero si me dejo caer seré profundamente desgraciado y tal vez para siempre. “Diste con una de esas mujeres que marcan al rojo vivo.” Observó que en casos así no se sabía si envidiar o maldecir la suerte. Le dije que mi padre es herrero y  sabe de metales y de fraguas y de fuego. “¿Qué tanto sabes tú de fuegos? Mi padre era ferroviario”, dijo el poeta. Y volviendo a ti, agregó con firmeza: “Quiero que esa mujer me lea”. Se levantó y regresó con otra botella y unos libros. De uno de sus libros sacó un papel y descifró su tinta verde: “Esta mujer cabe en mis manos. Es blanca y rubia, y en mis manos la llevaría como a una cesta de magnolias...” Era apenas una hoja, elemental y bella, perfecta. “¿Verdad que escribí esta página para esa mujer tuya?” Sonreía. ¿Cómo supo que eres blanca y rubia? Quería recordar un poema de Los versos del capitán que le gusta mucho a Matilde. Cerró los ojos y citó con lentitud y dulzura: “De tus caderas a tus pies quiero hacer un largo viaje. Soy más pequeño que un insecto. Voy por estas colinas...” Dobló algunas hojas que ahora debo entregarte. “¿Quieres que te diga la verdad?  Eres afortunado, ya tienes la mitad de la dicha.” Ya estábamos borrachos cuando mencioné tus piernas. Soy un hombre de piernas, como decía Bukowski. Replicó: “Lucy es un nombre perverso”. Pero advirtió que no me preocupara, que el mundo se divide entre perversos y pendejos. Lo dijo con otras palabras pero esa es la idea. Leyó otros poemas, muchos poemas, hasta unos recién inventados. De la poesía pasamos a otras fiestas. Me mordí la lengua para no preguntarle por Josie Bliss, la pantera birmana que le espantaba las visitas a cuchillo. Le dije, en cambio, que sabía de su afición a disfrazarse con bigotes, sombrero de copa y chaleco de barman, y entonces recordó una fiesta de cumpleaños que congregó en su casa a más de doscientas personas. Él y la Patoja, como suele decirle a Matilde, se encontraron cara a cara entre tanta gente y subieron a donde estábamos conversando y se quedaron ahí el resto de la noche,  solos y felices entre tanta gente. El final de la botella me señaló el momento de la despedida. Me invitó a la cocina y comimos una cosa y otra, muertos de risa, procurando no despertar a la Patoja. Paramos de reír porque quería contarme algo, quería hablarme de su mujer en el jardín, de cómo se enterraban sus zapatos en el barro del jardín y se untaban de tierra sus manos. “Matilde canta con voz poderosa mis canciones”, dijo. “Yo le dedico cuanto escribo y cuanto tengo. No es mucho, pero ella está contenta.” Le pedí que le diera mis saludos y me acompañó hasta la puerta. Puso su mano en mi hombro y dijo: “Voy a decirte algo que ya sabes: esa mujer es la vida tuya”. Dijo que volviera cuando quisiera, que volviera contigo, si quería. Desde la carretera, volví los ojos y vi la casa iluminada, como un barco en tierra, y en una de las ventanas me pareció que el poeta todavía me decía adiós.




Thursday, December 16, 2010

Silvia Tomasa Rivera / Camino de tierra


Chíchira
21 de febrero de 2008
Fotografía de Triunfo Arciniegas

Silvia Tomasa Rivera
CAMINO DE TIERRA

En el camino de tierra está la luz
luna de siempre que habitan los fantasmas.
A veces escarcha, humedad de trigales.
El hombre solo va,
capoteando un brillo de serpiente.

Es la noche en la tierra
en el campo verdoso e infinito
es un pájaro muerto por el hambre:
escopeta cargada de silencio.
Mismo dolor de siempre, ya sin hora.
El hombre a tientas va
con la capa de espinas en sus plantas.
¿Quién no olvida el morir, quién
se lo calla?
Eco sin grito, piquete de alacrán,
con la lengua entumida mira el tiempo.

Mira el tiempo lo mismo que el abismo
como el agua corriendo entre sus piernas,
puente de piedra, fuerte en madrugada
fuga de sangre, aullido.
No se sabe de balas ni de espadas
Nada más los aviones dejan huella
y un ruido sordo sobre los techos
otra vez y apenas construidos
entre aires de ceniza.

Es hora de empezar,
la madrugada se hunde entre los poros
la paloma despierta,
una mano de lágrima la encubre.
Aquí no pasa nada
sólo los chupamirtos entorpecen
el murmullo del agua. 

Sólo si llega el sol habrá noticias
antes nada.

Las muchachas ahora se dispersan
en sus manos sostienen
el cántaro del sueño:
vayan juntas, les gritan
con una sola voz que ellas conocen.
Pero no tienen miedo las muchachas
porque el aire les sobre
porque la muerte —a veces— ni mirarla.


Lea, además
BIOGRAFÍA DE SILVIA TOMASA RIVERA


Tuesday, November 23, 2010

Thomas Lynch / El enterrador / Un diario de preguntas

Cruz de sangre
Pamplona, 2010
Fotografía de Triunfo Arciniegas
Thomas Lynch
EL ENTERRADOR
Un diario de preguntas
Por Antonio Mengs

«Recorría con la vista las lápidas vecinas de ancianos muertos hace mucho tiempo, con la misma mirada en el rostro que tiene la gente en las bibliotecas y en los museos cuando estudia las vidas y las obras de los otros para aprender sobre sí mismos». Thomas Lynch pertenece a esa estirpe de escritores norteamericanos verdaderamente internacionales, profundamente arraigados en una autenticidad libre de toda sospecha, originales desde su fortaleza y naturalidad, que nos legaran obras como Walden de Thoreau o Con destino a la gloria de Woody Wuthrie, por poner dos ejemplos. A diferencia de los citados, Lynch no es un exiliado ni un trotamundos, un agitador ni un ideólogo, sino un servidor de la comunidad, integrado en la comunidad, ocasional viajero como lo son probablemente sus vecinos, dueño de un negocio y padre de familia. Mas por encima de todo es un observador sin concesiones.
Desde la posición privilegiada de su actividad profesional —la del enterrador y la del poeta—, nos muestra la vida vista desde el oficio fúnebre con una agudeza y penetración fuera de lo común, con franco sentido del humor no exento de sensibilidad, con una virilidad moral y voluntad de servicio que repara en la debilidad humana, en la raíz existencial, en la psicología y la sociología del dolor. Pero es necesario pasar como de puntillas sobre estas palabras: la escritura de Lynch es siempre de tú a tú, directa y casi sin adorno, cordial y tan amena como puede ser el cuento de la vida diaria. Llega prácticamente siempre; sus comentarios se ajustan a la evidencia; su camaradería con hombres y mujeres, desconocidos o allegados, y con el lector, también. Cada capítulo esconde su finalmoraleja que es moral y es estética, a menudo tierna y melancólica.
Se trata, al parecer, de una compilación de ensayos: no lo creemos así. Suponemos que Lynch ha debido escribir estas páginas como ensayos dispersos sólo por fijarse un marco de trabajo: en realidad, la unidad del libro es sorprendente. Va de aquí para allá y junto a la vida y a las tristezas de los demás, cuenta las suyas y acaba siempre en nosotros. Su cuaderno de bitácora está lleno de formas de la muerte que, paradójicamente, son siempre formas de la vida. Sin eludir las más brutales, como la que se refiere a los niños o a los suicidas. Porque Lynch tiene puesta la mirada en la frontera y en la pregunta de la frontera. Y respeta la religión, la chaladura, así como cualquier otra cosa: todo es demasiado humano, y su oficio de poeta (para los poetas, afirma, que a menudo tienden a excederse en el ofrecimiento de sus versos a los demás, el amor y la muerte son los principales objetos de interés) le conduce a señalar preguntas, no a atribuirse la potestad de dar una respuesta. El enterrador es un diario de preguntas, de preguntas compartidas, lleno de historias comunes: tan comunes, que su aparición en nuestra lengua puede ser considerada como un importante acontecimiento.

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Thomas Lynch
El enterrador
La vida vista desde el oficio fúnebre.
Bogotá, Alfaguara, 1997, 264 pp.




Sunday, September 12, 2010

Juan Fernando Merino / El vecino de mis vecinos

Noticias de la niebla
Nueva York, 2012
Fotografía de Triunfo Arciniegas
Juan Fernando Merino
EL VECINO DE MIS VECINOS

Nada más crucial cuando habitas una ciudad tan impredecible y riesgosa como Nueva York que conocer minuciosamente a tus vecinos. Íntimamente. Con mayor razón cuando el destino te ha llevado a vivir en el tercio inferior de Manhattan y a comienzos del nuevo siglo.
    No me refiero por supuesto a los vecinos de oficina, fábrica o aula, a los cuerpos que te rodean en el autobús o el subway o a los individuos que usurpan tu aire y tu espacio dentro de un elevador atestado, sino a esos vecinos: los habitantes del mismo piso en el edificio que ocupas: aquellos desconocidos que comparten contigo la latitud y la longitud de tus coordenadas exactas, tu rincón mínimo en el mundo: los únicos que escuchan tus sollozos o risotadas detrás de las paredes o por entre las rendijas de los ventanales que dan al patio interior: los únicos que podrían activar la llave de gas en la cocina una de aquellas madrugadas en que se queda entreabierta la puerta de tu apartamento.
    Cuando Nueva York es tu ciudad y tus coordenadas se inscriben en los parámetros mencionados no queda más opción que conocer rigurosamente a tus compañeros de piso y determinar el grado de riesgo que corres y las precauciones que debes asumir. Confiar en las personas que te rodean podría ser al peor de tus errores. Mis experiencias fallidas en edificios de varias ciudades de Estados Unidos y en un pueblo de Chile que en aquel entonces no tenía edificios me han enseñado la importancia de la secuencia, el método y la disciplina para llevar a cabo la indagación meticulosa de tus vecinos.
    Lo más importante es la disciplina.
    Lo más importante es la supervivencia.
    Esta vez no voy a fallar.

***

Ha llegado el momento de tomar cartas en el asunto. Ya no me quedan pretextos para aplazar la tarea: el jueves a mitad del día me despidieron del trabajo. De aquella oficina en el Upper West Side a la que no había faltado un solo día laboral en los últimos diez años. Nueve años, cuatro meses y cinco días para ser precisos. Dicen los periódicos y las emisoras de radio que la mitad de la ciudad se está quedando desempleada y eso fue justamente lo que repitió el jefe de mi jefe. De mi ex jefe. Lo cual no justifica en absoluto que me hayan despedido sin darme tiempo a vaciar los cajones y borrar del computador los mensajes y las fotos que nadie más debería ver. ¡Nadie! Pero no voy a permitir que una cosa afecte la otra. Al contrario, debería pensar que se trata de un guiño del destino, de una indicación patente de que no puedo posponer un solo día la tarea de seguimiento. ¿Qué es un despido más o menos en el gran esquema de las cosas? Poco. Los trabajos van y vienen, los jefes se jubilan, los despide alguien más o se suicidan... En cambio la indagación minuciosa del vecindario podría ser tu tabla de salvación, la clave para asegurar tu supervivencia.
    Entonces, ¿por cuál de los vecinos empezar la pesquisa? ¿Por el apartamento de la izquierda inmediata? ¿El segundo de la derecha? (el contiguo está desocupado, o eso parece). ¿Por la veterana actriz de teatro off-off-Broadway que siempre me dice hello, de vez en cuando esboza una sonrisa y una vez me deseó que tuviera un buen día? ¿O por la joven analista financiera del 7-H (o ejecutiva, o empresaria o manejadora de dineros ajenos; en todo caso con suscripción al Wall Street Journal, el Financial Times y Business Week) que nunca me saluda, jamás me mira más arriba del botón medio de la camisa y una mañana de junio incluso me dio la espalda en el elevador? También podría empezar por la viuda polaca que cinco veces al día saca a pasear por la avenida al perro lanudo (y mal peinado), por el cabrón del 7-D que todos los martes de tres y media a cuatro y media recibe en el dormitorio a mujeres que no llegan a la mitad de su edad, o a un tercio, algunas ni siquiera a la edad legal. O por el suizo de la bicicleta, la coleccionista de plantas y bonsáis del 7-B, el ajedrecista búlgaro...
    Por supuesto que hubiera querido investigar en primera instancia al viejo lujurioso del 7-D. Pero antes de concretar la metodología, el seguimiento, los horarios y las coartadas de emergencia, lo pienso mejor y decido cambiar de prioridades. Empezar por la actriz. Tiene que ser así: resulta muy sospechoso que un vecino te demuestre tanta cordialidad cuando te has quedado solo y con el ánimo por el piso. Si no estaba escrito, ya lo está: desconfía de la amabilidad ajena cuando te duele hasta el alma.

***

Han pasado seis días desde que me vi obligado a conocer íntimamente a mis vecinos. En vano. Una de las pocas conclusiones útiles de esta primera parte de la misión es lo poco útil que resulta la observación directa de otros ocupantes de un edificio. Después de tres días seguidos de sus noches —con breves intervalos para dormir diez minutos aquí, veinte allá, para comer un bocado, acercar o vaciar el balde con las necesidades humanas— vigilando la sala-comedor-alcoba de la actriz veterana, el sofá-cama de la suscriptora del Wall Street Journal, y las porciones de los cuatro dormitorios que se alcanzan a divisar desde mi ángulo, la información servible que he recopilado es muy limitada. Casi desdeñable. Porque la verdad es que me tiene sin cuidado que el lituano del 7-E y la novia del empleado del mta que alquila el 7-J ensayen posiciones eróticas múltiples mientras el pobre funcionario se gana el pan diario con el sudor de la monotonía. ¿Y qué me importa que la pareja serbia del 7-M consuma algunas noches botella y media de vodka y que luego intercambien ropas, roles y accesorios sexuales? ¡No es para eso que me desvelo! ¡Desde luego que no! Tampoco me interesa que el senegalés del quinto piso, la vecina franco-canadiense del 7-E y el dominicano barbado de quién sabe qué piso y qué edificio estén tratando de formar un grupo de rock. O de fusión-electro-pop-caribe. O de lo que sea. ¡Si son malísimos! Y además no tienen en su repertorio ni una canción original.
    Tantas horas en vela, comiendo alimentos extraídos de latas o ya fríos, sin estirar las piernas al sol y tan sólo para descubrir nimiedades como éstas. Enterarme de pequeñas miserias personales, secretos que no tienen importancia fuera del recinto en que ocurren, traiciones a sí mismos, coitos interruptus o desastrosos, banalidades, tristezas... Pero ni el menor aporte a la misión de ponerme a salvo. De protegerme de tal o cual vecino y de ese otro no tanto. Ni la más mínima pista que me indique cuál de ellos tarde o temprano se va a colar en mi apartamento para dejar abierto el gas, va a tratar de envenenar la pizza a domicilio de Domino’s, a introducir cristal molido en las botellas de Coca-Cola o de jugo Tropicana que Emilio el de la minitienda de la esquina me deja junto a la puerta los martes y los viernes.
    Tantas horas de observación exhaustiva y ni siquiera he logrado aclarar quién escribió aquella nota miserable que un amanecer hace doce días apareció clavada contra mi puerta.

Si Ud. no reduce el volumen de la música después de las ocho de la noche, de la máquina de escribir después de las diez y media y no deja de hacer ruidos guturales al amanecer, nos veremos obligados a acusarlo ante el supervisor del edificio. El piso Séptimo merece consideración y respeto.

Atentamente
Grupo de vecinos responsables

¡Grupo de vecinos! ¡Eso es falso! Con seguridad que no es un grupo. Que es un solo vecino. O vecina. Detrás de esa nota había uno pero no había dos. La dificultad es que puede ser cualquiera de ellos y son doce apartamentos, algunos con dos y unos pocos con tres ocupantes (los bebés, los niños menores de 11 y los inválidos están prohibidos en estas unidades habitacionales). Cualquiera de ellos pudo haber dejado la nota infame. Menos la franco-canadiense, que hace más ruido que yo y hasta más altas horas.
    Es indispensable pasar a otra etapa de mis investigaciones. Más moderna y tecnológica.

***

Si la observación visual y directa de mis vecinos resultó deficiente, la fase tecnológica fue aún menos fructífera. A pesar del comienzo prometedor. En la primera hora y cuarto de la nueva etapa de observación por internet reuní los nombres con que aparecen mis vecinos en el listado de arrendamiento del edificio y los respectivos sitios de estudio, empleo o desempleo. Sin embargo, el posterior seguimiento electrónico resultó nefasto. Siento vergüenza ajena de sólo pensar en las estupideces que descubrí sobre mis vecinos en googlepunto, librodecara.com, romancespunto, etcéterapuntonet. Lo cual a su vez resulta poca cosa si se compara con las banalidades con que me topé al entrar a sus cuentas de correo electrónico. No sabría por dónde empezar a burlarme, a insultarlos, así que no empiezo. Ni siquiera voy a revelar la ridiculez de los mensajes que le envía Rita, la novia del funcionario de Metro Transit Authority, a Kolicius el lituano. Desde una cuenta privada y confidencial de internet que sólo los dos conocen. Cierro sus comillas.

***

Me he visto en la obligación de hacer un paréntesis. De salir del edificio y del vecindario antes de que las cosas se compliquen aún más. Es por ello que tengo alquilado desde hace día y medio un cuarto de hotel en otro condado, fuera de Manhattan, lo más lejos posible de Union Square. No me importa que sea casi un albergue de ínfima categoría, un cuarto sin ventanas en los confines más desangelados entre Brooklyn y Queens. Al menos no se encuentra demasiado cerca de ninguno de los cementerios, que abundan en esta zona. De eso me aseguré desde un principio. No me gustan los cementerios. Ni el olor de sus árboles y arbustos; menos aún las flores para sus muertos. Es un olor que siempre me pone nervioso. ¿El nombre del hotelucho? No. En las páginas que siguen no voy a escribir el nombre ni el barrio ni la ubicación aproximada. En este momento no confío ni en ti.
    La desazón de fondo, el error grave que no me deja dormir, es que al salir tan precipitadamente del apartamento me calcé un mocasín marrón en el pie izquierdo y un zapato negro de cordones negros en el derecho. Lo grave es que en la sala de mi apartamento quedaron juntos y solos un mocasín derecho y un cuero izquierdo. Espero que aquello no despierte las sospechas de los detectives, bomberos y policías que a estas horas estarán revisando todos y cada uno de los apartamentos del séptimo piso. O de sus escombros.
    ¿Tendría por fuerza que haber pasado así? No lo sé. De verdad que no lo sé. Tal vez no.
    El caso es que esta vez, al igual que me sucedió en Saint Louis, en Alburquerque y en Vilcún, las cosas no salieron como había planeado. En parte por culpa mía, sí, por mi culpa, no lo voy a negar, pero sobre todo por el cansancio. Por culpa del agotamiento después de tantos días y tantas noches de desvelo.
    Pero volvamos al día D, del desastre.

***

Había suspendido la vigilancia directa de mis vecinos, aunque con ocasionales reincidencias. La electrónica-cibernética no iba tan bien; tampoco tan mal. Avanzaba. Pero todo se complicó cuando uno de los vecinos cometió un error garrafal y entonces no me quedó más remedio que pasar a la acción. Con o contra mi voluntad.
    Ocurrió más o menos así: una tarde que tuve que bajar al sótano a arrojar mi basura y mis desperdicios —que llevaban tres días y medio acumulándose— se rompió la bolsa de plástico por su propio peso y salieron rodando escalera abajo latas de aluminio, cartones vacíos, cáscaras de huevo y cortezas de fruta. Después de agrupar en el rellano lo que alcancé a recoger, volví corriendo a mi piso en busca de nuevas bolsas.
    ¡Fue allí cuando la pillé in fraganti! Una mujer joven y rubia que llevaba de la traílla un gato persa con la pelambre recientemente peluqueada excepto por la cabeza y la cola. Tenía los ojos clavados a la altura de la mirilla, hacía gestos extraños y mascullaba algo.     Un monólogo sin sentido, una oración, una letanía... ¡No! Nada de eso. De repente lo vi claro: lo que esta mujer hacía, aprovechando mi ausencia temporal (que debería haberse prolongado diez u once minutos si hubiera bajado hasta el sótano), era un conjuro. No había duda: la vecina del 7-E estaba lanzando contra mi puerta, mi apartamento, mi persona y mis pocas pertenencias un conjuro envenenado. Una maldición por estrofas.
    ¿La vecina del 7-E?
    Sí, sí, era ella; por supuesto que era ella. La rubia alta y esbelta del 7-E, la franco-canadiense aspirante a compositora y flautista de una banda, la vecina trasnochadora que se lanzaba a cantar, entre tema y tema de rock ácido, antiguas baladas irlandesas en lengua gaélica, a la una, dos, tres de la madrugada. Sí, claro que era ella. La del 7-E. Hélène.
    ¡Hélène!
    Sólo entonces recordé que una noche congelada, cuando regresábamos muy tarde y muy ebrios de sendas fiestas (o sea, ella de una fiesta con amigos o conocidos y yo de una libación larga y solitaria), me invitó a entrar a su apartamento. No recuerdo bien lo que se dijo, pero por la razón, los impulsos o las carencias que sean, aquella noche nuestros cuerpos se encontraron y se encajaron. Tuvimos o fingimos los orgasmos, da igual, pero antes de separarnos nos dimos un beso en la boca.
    ¡Lo juro!
    Mis labios lo recordarán hasta que todo lo demás sea el pasado. O hasta que sea un tanatorio.
    Fue un beso.
    Después ella nunca volvió a invitarme, a saludarme, a mirarme. Ni siquiera respondió a la postal de Aruba (comprada en un quiosco; nunca he estado en el Caribe) ni a la nota que introduje con dos alfileres en su buzón de correos.
    La verdad es que en su momento aquello me dolió, debo confesarlo. Me dolió muchísimo. Pero todo pasa. Ahora el episodio se me había olvidado por completo. Son ya semanas, o meses, quizás incluso un año desde que pasó aquello.
    Es tan sólo una coincidencia más. Hélène y yo coincidimos una noche en la cama (en realidad el suelo) como coinciden tantas personas en este edificio, lícita o ilícitamente, con voluntad y deseo o por pura inercia. O hábito. A veces por confusiones de la noche o zancadillas del alcohol. Poco más. Y casi nunca se besan, como he podido constatar durante estos días de observación y vigilancia.
    Pero llegado a este punto de mi misión, los sentimientos y la nostalgia no tienen absolutamente nada que ver.
    Porque la pillé in fraganti. Sin vuelta de hoja. De modo que era ella el vecino que pretendía hacerme mal. Hundirme más. Acabarme.
    Las cosas salieron mal. Lo siento. De verdad que lo siento. Lo repito por última vez: lo siento. Sólo que llegados a ese punto, entre la vecina del 7-E y yo el asunto no tenía otra solución posible. Era sólo cuestión de días. O menos. Quizás sólo de horas.
    Su estufa de gas o la mía. Había que decidirlo esa misma tarde.