Thursday, February 24, 2011

Chema Madoz / Citas y fotografías


CHEMA MADOZ
BIOGRAPHY

Fotógrafo español, nacido en Madrid en 1958 y Premio Nacional de Fotografía en 2000, José María Rodríguez Madoz, más conocido  como Chema Madoz, cuenta con numerosas exposiciones individuales en España y en el extranjero. Además del respeto de la crítica, tiene el favor del público. Es decir, se trata de un fotógrafo respetado y querido. Su obra, en blanco y negro, es un ejercicio de imaginación y belleza.
“Desde hace tiempo Chema Madoz pinta ideas de plata”, dice Guillermo Velasco Páez. “Con su trabajo abre espacios insospechados, formas de gran fuerza; y todo ello nos alcanza, porque nos recuerda siempre a algo y nos empuja a reflexiones sin límites. A través de sus fotografías avanzamos a comprender lo extraño de los atributos en las formas y los ciclos que de forma machacona se producen en la naturaleza. Desde la herencia de la funcionalidad artística de los objetos surrealistas, en donde la provocación racional unida al azar, provocaba un efecto poético, muchos han sido los artistas que han continuado con este ánimo conspirador, como Granell y Brossa. Sin embargo, Chema Madoz, se distancia de ellos trabajando desde la idea, desde lo intangible. Si bien necesita objetos para la realización de sus imágenes, estos desaparecen en la propia imagen. Sus obras tienen un carácter limpio cercano a las fotografías de Man Ray, con frecuentes cambios de escala, donde el poder evocador y poético resulta de la conjunción ordenada de elementos sencillos, sin apenas manipulación, y de la aparente inmediatez con la que se ha dispuesto el escenario para la acción.”
“Chema Madoz trabaja con el sentido de las cosas como si se tratara efectivamente de materia”, continúa Velasco Páez. “La tarea de materializar el sentido es sin duda un ejercicio poético y, por ello, quisiera resaltar en primer término que se trata de una obra que produce una percepción esencialmente poética. Madoz utiliza los objetos y su representación gráfica como si fueran palabras de un vocabulario nítido. Analizando el azaroso mapa de señales que emiten las cosas desde el lugar que ocupan en el mundo, Madoz individualiza y desordena, confronta y manipula hasta conseguir mostrar un nuevo orden, una cara oculta del sentido, una nueva verdad simbólica que resalta por impacto el desorden de la lógica. Las cosas, los objetos, situados en un nuevo lugar, desnudos del entorno natural donde realizan su función, están ante la cámara emitiendo otras señales diferentes. Convertidos en signos están ahora literalmente hablando. O mejor, son imágenes que están literariamente hablando. Porque partiendo de la estética de la semejanza y la vecindad de referentes, Madoz desplaza el sentido natural de los conceptos a otras comprensiones explotando al máximo sus capacidades simbólicas y resolviendo su discurso con figuras y tropos de honda relación con el lenguaje: analogías, metáforas, paradojas o metonimias visuales que ofrecen al espectador un juego de percepción poética y le exigen una colaboración activa. La obra de Madoz tiene, por tanto, una amplia vecindad literaria. Sus composiciones se acercan al poema minimalista y a la contraposición de imágenes poéticas que produce una explosión metafórica que evocan a los haikus orientales.”


CITAS  DE CHEMA MADOZ

La Técnica

Me interesa en cuanto me permita acceder a los resultados que deseo. Luego de alguna forma hay que olvidarla, no tenerla presente.

Las Cámaras

Empecé a trabajar con una reflex 35mm, una Olympus que tuve durante 4 años hasta que me compré una Nikon F3. Después compré una Bronica para iniciarme en el formato medio. Ya había tenido antes una cámara Mamiya de 6 x 6 cm. del tipo de dos objetivos, que funcionaba bien, tenía un fuelle que permitía macro pero era muy difícil trabajar con ella porque al acercarte no veías lo que fotografiabas. Finalmente me decidí a comprarme una Hasselblad, que es con la que llevo trabajando hace ya diez años.

La Luz

Prácticamente todas mis fotografías son tomadas con luz natural. Yo creo que va evolucionando el uso que haces de la luz, aunque siga siendo luz natural. Sabes sacarle más partido. Sólo introduzco algo de luz artificial en los casos que he fotografiado una lámpara como parte del objeto o para darle un toque especial a algún detalle.

El Estudio

El estudio es algo que tengo desde hace relativamente poco. Realmente fue más por la comodidad de poder trabajar en varios proyectos de fotos a la vez. En mis primeras series trabajaba en la calle, después empecé a trabajar más con objetos y fotografiarlos en algún rincón de mi casa con luz natural de ventana. Se ve una relación entre los medios de que disponía y los tipos de fotos que construía. Trabajando en el estudio sí he notado mucho que disponer de un espacio de taller amplio me permite avanzar más rápido y cómodo. Puedo tener varias ideas en marcha e irlas depurando.

Fotógrafo o escultor

Me sigo considerando fotógrafo. La construcción de la mayoría de mis objetos está resuelta de mala manera… Bueno, me explico, quiero decir que están construidos para ser fotografiados. No tienen empaque, ni una presencia cuando los ves físicamente. No hay un acabado maravilloso, solo un aspecto de ellos que vas a fotografiar es lo que funciona. Sacados de ese contexto funcionan en contadas ocasiones. Alguna vez también me ha ocurrido lo contrario: un objeto que es muy atractivo y que no funciona al ser fotografiado. Sin embargo, lo normal es justo el caso contrario.

FOTOGRAFÍAS DE CHEMA MADOZ











 
















































Wednesday, February 23, 2011

Héctor Abad / Entrevista


Héctor Abad Faciolince
ENTREVISTA

Escritor colombiano, nacido en Medellín en 1958. Es autor de Malos pensamientos, Asuntos de un hidalgo disoluto , Tratado de culinaria para mujeres tristes, Fragmentos de amor furtivo, Basura,  Angosta, Palabras sueltas, Oriente empieza en El Cairo, El olvido que seremos, El amanecer de un marido, Traiciones de la memoria.  Estudio Lenguas y Literaturas Modernas en la Universidad de Turin y ha traducido al español a Bufalino, Eco, Clavino y Siascia, entre otros. Se ha ganado la vida ante todo como periodista. Ha sido columnista de Cromos, Cambio, El Malpensante, Semana, famosas revistas colombianas,  y de los periódicos El Espectador y El Colombiano.  Las traducciones de su obra son cada vez más numerosas. El olvido que seremos, la intensa evocación del padre, es una de las novelas más hermosas de nuestro tiempo, aquí y en cualquier parte.




Tuesday, February 22, 2011

Seems Like Old Times

Invierno
Buenos Aires, 2010
Fotografía de Triunfo Arciniegas
Seems Like Old Times
Music by Carmen Lombardo
Lyrics by John Jacob Loeb


As recorded by Guy Lombard and his Royal Canadians
November 15, 1945, in New York

Seems like old times, having you to walk with
Seems like old times, having you to talk with
And it´s still a thrill just to have my arms around you
Still the thrill that it was the day I found you

Seems like old times, dinner dates and flowers
Just like old times, staying up for hours
Making dreams come true, doing things we used to do
Seems like old times being here with you

Seems like old times, dinner dates and flowers
Just like old times, staying up for hours
Making dreams come true, doing things we used to do
Seems like old times being here with you
Being here with you
Being here with you


Sunday, February 20, 2011

Héctor Bianciotti / La muerte de Borges

Tumba de Borges
Cementerio de Plain Palais
Ginebra

Héctor Bianciotti
LA MUERTE DE BORGES

Cuando fui a verlo en el mes de abril, Borges estaba en el hospital cantonal, en cama, y sin embargo, al oírlo, cualquiera hubiera dicho que se hallaba en uno de los cafés de Saint-Germain-des-Prés que tanto le gustaba frecuentar. Si su sapiencia siempre me había impresionado, la tarde en que fui a verlo al hospital permanece como ejemplar en mi memoria, por su sencillez, por esa lección que parecía venir de los antiguos, del fondo de los siglos. Yo pensaba como él, aceptaba que nadie escapa a las leyes y a las pautas que rigen este mundo, que nuestro destino es luchar como si el mundo fuese un proyecto y nosotros sus obreros.
Si tuviera que describir brevemente la sapiencia que emanaba de él durante esas horas pasadas en su compañía, diría que consistía, ese día, en su capacidad de ignorar la enfermedad, de no aludir a ella, de vivir con dulzura, llenando su tiempo, que se había vuelto tan lento, con lo que todavía le quedaba por empezar, o por terminar; el porvenir ya no le concernía, no invadía el presente, donde ayer es todavía y mañana, ya.
Se parecía en eso a lo que tardíamente pude constatar en mi madre: ni añoranza del pasado, ni esperanza o miedo hacia el porvenir, sino una humilde atención al instante. Y la costumbre de imponerse una conducta que no suscitara la preocupación en el testigo, o su compasión: cada compromiso, como si fuese el primero y el único.
Borges trabajaba en un guión sobre Venecia, que le habían encargado, y en el prefacio a la edición de su obra en la Pléiade, que terminaría un mes más tarde, tres semanas antes de su muerte. Recitaba poemas, entre ellos una pieza de Cocteau, para comentarme que el poeta había logrado encontrar una palabra que rimaba con "sífilis", volviendo así aceptable esa palabra que la poesía no ha previsto. Nos hizo reír cuando le trajeron la cena, tres purés cuyos colores nos pidió que le describiéramos, comparándolos con la insipidez común a los tres. E imaginó un paté de conejo en su propia piel, o un fénix cocinado en su propia ceniza.
Ignoro si estos fragmentos de recuerdos, estas migajas, pueden sugerir lo que fue ese rato. A Borges le gustaba reír, aunque a menudo no reía de manera evidente, hasta cuando su risa, siempre dispuesta, ya se había extinguido para decir algo que la provocaba a su vez en el interlocutor.
Estas imágenes, como en el caso de Guibert, me parecen preciosas si no se pierden de vista las circunstancias, la muerte, que él sabía inminente. ¿Se preparaba para entrar en la muerte como se entra, conforme lo deseaba, en una fiesta, o quería permanecer fiel a uno de sus últimos poemas, en memoria del amigo ginebrino que acababa de morir?
María lo incitó a levantarse, era necesario que caminase, que se paseara. Mientras cruzábamos el umbral de la habitación y entrábamos en el vasto, interminable corredor, salió tomándonos del brazo, declamando, con esa voz que le ahuecaba el pecho, buscando la férrea música del idioma sajón, el pasaje de la "Balada de Maldon" en el que un joven soldado que ha ido a cazar, al oír de repente el llamado de su jefe, deja que el bienamado halcón vuele de su mano hacia el bosque, y él entra en la batalla.
Nos sentamos en el fondo del corredor, en la rotonda, bajo la claraboya que a esa hora de la tarde irradiaba una feroz luminosidad química. Borges advirtió su intensidad: "Ahora ya no veo más que ese horrible color violeta". Largo tiempo le había sido fiel el amarillo; al comienzo de la ceguera, distinguía el verde del azul.
Temeroso siempre de expresarme con imprecisión delante de él, de proferir trivialidades -que él cazaba al vuelo, no sin agregar, según su costumbre, esa interrogación monosilábica de cortesía, al final de una frase: "¿No?"-, debí de preguntarle algo sobre las literaturas antiguas que él amaba. Sin responder a mi pregunta, empezó a recitar, escandiendo párrafos rimados en los que creí reconocer sonidos ingleses. "Es horrible, ¿no?" Se trataba de la traducción de la Odisea perpetrada por el prerrafaelista William Morris, que pretendía extirpar del inglés todas las palabras de origen latino.
Sólo por el placer de oírlo repetir una de las frases de él que prefiero, le pregunté por qué había aprendido de memoria algo horrible. "La fealdad es tan memorable como la belleza", contestó, con un tono casi alegre.


Borges, 1963
Fotografía de Alicia D'Amico

* * *


Cuando llegamos a la callejuela sin nombre y nos detuvimos frente a la puerta sin número, comprendí por qué María había tomado la precaución de citarme en el hotel. Quince días antes, Marguerite Yourcenar había viajado a Ginebra para visitar a Borges. En espera de que la compañía de teléfonos instalara uno en su nueva pero última morada, él todavía estaba en el hotel. Le había hablado a Marguerite del departamento, pidiéndole que fuera a verlo y luego se lo describiera minuciosamente. El guardaba la llave, la tenía en el bolsillo de la bata. Exactamente un año más tarde, en el mes de junio, Marguerite Yourcenar me contará eso, en el transcurso de la única verdadera entrevista que tendremos -y no olvidó añadir que omitió mencionar el vasto espejo que, al abrir la puerta, se alzaba frente al visitante y se prolongaba a derecha e izquierda creando un pasillo: ¿cómo se hubiera atrevido ella a aludir a ese mundo de reflejos inciertos, cuando tantas páginas del poeta hablan del horror que desde la infancia ese mundo le provocaba?

Las manos de Borges

* * *

Una sucesión de habitaciones vacías pero lujosas, a juzgar por los revestimientos de roble. El silencio que parecía reinar en el departamento súbitamente se rompió al abrir la puerta: lamentos que parecían vagidos. En su cama -tan angosta como la que usaba en Buenos Aires, la de toda su vida-, sin duda Borges tenía una pesadilla. Pero María le tomó la mano: "Borges, ya estamos aquí", y de inmediato cesó su desolada queja, los rasgos distendidos, los labios entre la sonrisa y la palabra. No volvería a mostrar señales de angustia, apenas de una ansiedad intermitente, un temblor brusco y ligero, como cuando soñamos.
Nosotros permanecimos atentos al menor signo, al mínimo gesto. "Nosotros" éramos María, uno de los dos médicos que lo habían atendido en el hospital cantonal, la enfermera de día -su lectora en francés-, yo y, más tarde, la enfermera alemana. El médico, sentado al borde del lecho, la mano sobre la rodilla de Borges. Sin duda, uno muere menos solo cuando una mano tranquila y que reconocemos nos toca.
Sobre la mesita baja, junto a la cama, dos libros: una selección de cartas de Voltaire y los Fragmentos de Novalis, que le leía la enfermera de noche, la alemana. Al pie de la cama, que tocaba a la pared, una estrecha ventana contrastaba con el revestimiento de madera, reciente, cuidado. Era el 13 de junio. Hacía calor. El sol se ponía tarde. Un haz de rayos de sol se derramó sobre el lecho, iluminando el hueco en que éste se encastraba, y luego a nuestro pequeño grupo. Borges sacudió el índice sin mover la mano, como quien espanta una mosca. La sábana blanca resplandeció largo rato, pero el tiempo se llevaba consigo la luz, como quien retira un velo. Borges tenía la chaqueta del pijama, que era de color gris perla, desabrochada hasta el tercer botón. Su cuello, alisado por la posición de la cabeza, echada hacia atrás, era ancho y hasta poderoso.
En esta residencia de la ciudad vieja, donde él quería que tuviera lugar la cita con la muerte, el destino le había reservado un lugar tranquilo donde retirarse cuya pequeña ventana debía de crear un vínculo con las casas de antaño, allá lejos -un vínculo para que él muriese un poco en su casa, donde la mecedora de su madre se había inmovilizado muchos años atrás-. Puesto que no podía morir en esa Buenos Aires que, a su entender, ya no existía, quería que el gran encuentro ocurriese allí, en el barrio ginebrino donde él había despertado a la ciencia vagabunda de la literatura.
Sus médicos, que se habían convertido en sus amigos, hablaban de su alegría cuando se encontró por fin en la casa que había elegido. Había pasado el día exultante, con una euforia por momentos convulsiva, y repentinamente se alejaba, inmerso en una suerte de beatitud. ¿Había abandonado ya el universo de las palabras, donde todo ocurría para él? Estaba tranquilo, la gravedad y la dulzura pintadas en el rostro, una mano sobre el pecho, abismado en sí mismo, sustraído al tiempo -¿cara a cara con esos espacios infinitos que aterraban a Pascal?
Hay en la espera de la muerte un no sé qué de fin del mundo. Próximo a la fuente de las lágrimas, el testigo tropieza con sus propios límites, y llega a tener la sensación de hallarse en el lugar del moribundo.
En otro cantón de la Confederación, Joyce. La balsa de la noche avanzaba. Llegábamos al centro de la noche, la noche que respiraba a grandes bocanadas.
Siglos habían transcurrido cuando una luz grisácea tiñó la pequeña ventana. Una luz opaca, glauca, que viraba al amarillo. Y el sol. Adormecido en la sustancia de la muerte, el espíritu resucitaba entre la vigilia y el sueño. De pronto, un rayo de luz atravesó el vidrio, disipando un poco la penumbra. Y vi el pie de Borges que, fuera de la sábana, apuntaba con el dedo gordo hacia el techo. Ese pie que, como a él le gustaba decir, había "fatigado las calles". La desnudez del pie, tan íntima, que evocaba las palabras del poeta: "De sus pies sube entonces en él la muerte azul". De cuando en cuando, Sócrates, glorioso u oscuro, vuelve a morir sobre la Tierra. Cuántas veces habremos oído a Borges recordar que Sócrates no quiso prodigar adioses patéticos a sus amigos, a la hora de la cicuta, sino conversar con ellos tranquilamente, seguir pensando. ¿No había comentado, en el umbral mismo de la muerte, que el placer y el dolor son inseparables, puesto que si las cadenas le pesaban en la prisión, acarreando una forma de dolor, una vez que se las quitaron experimentó un feliz alivio?
También Borges, en su cama del hospital, no había hablado sino de literatura, toda una tarde. La enfermera empezó a friccionarle el pie -el pie que se ponía azul; la sangre carecía de impulso para subir hasta el corazón. Yo había convencido a María de que descansara un rato. Ahora era necesario llamarla. No tuve tiempo de dar un paso: María estaba en el vano de la puerta.
Se sentó a la cabecera de Borges, su mano en las suyas. Moví mi silla un poco hacia atrás. Yo no había advertido movimiento alguno, y sin embargo la cabeza de Borges se inclinaba ahora hacia ella.
Entre las cosas que nos ocurren, algunas son demasiado grandes para ser tan sólo un acontecimiento. El suelo de la realidad no las soporta, el espíritu las rechaza.
Borges murió muy lentamente y en silencio, como un reloj de arena que se vacía.
Era el 14 de junio, un sábado. Mi reloj marcaba las siete y cuarenta y siete.
Nunca le confesé que escribía. Está bien así.


Héctor Bianciotti
Como la huella del pájaro en el aire
Barcelona, Editorial Tusquets, 2001


Borges por Williamson

Jorge Luis Borges
Hôtel des Beaux Arts
París, 1969

Williamson: "Borges era un apasionado"


Por Juana Libedinsky


LONDRES.– ­Muchos años atrás, el biógrafo Edwin Williamson volaba a Buenos Aires, cuando su vista recayó sobre un artículo en The Times, que leía el pasajero de al lado: “Borges, a man without a life” (“Borges, un hombre sin una vida”), se titulaba la reseña. “Tanto tiempo después, ésa es la impresión que, básicamente, persiste: el escritor frígido, encerrado en su biblioteca, desconectado de la política y a quien la vida le pasaba por delante –cuenta a LA NACION el prestigioso profesor de literatura de la Universidad de Oxford–. Me pareció que debía investigarlo.”
Tras varios años de trabajo, Borges. A life, o Borges. Una vida, en su flamante traducción al castellano, editado por Planeta, es el resultado. "Es difícil imaginar que alguien pueda jamás escribir una mejor biografía del icono más elusivo del siglo XX", dijo The Independent; "Soberbia", dictaminó el Financial Times. Harold Bloom consideró: "Lleva al lector mucho más allá de cualquier punto previo en la comprensión de la vida del maestro argentino", y Mario Vargas Llosa dijo que era "una biografía absorbente y meticulosamente investigada por uno de los mejores críticos de literatura latinoamericana".
Los comentarios en contra, en particular de intelectuales argentinos, convirtieron también el libro de Williamson en la biografía más fascinante y polémica del último tiempo, que muestra al autor de "Ficciones" como a un apasionado por las mujeres, por la política y por la vida.
El interés de Williamson por Borges se remonta a comienzos de los años 70, cuando la editorial británica Penguin publicó una antología de sus cuentos y ensayos con el título  Labyrinths (Laberintos). "Se volvió un objeto de culto para mi generación", recuerda. Otro estímulo importante fue escribir Penguin History of Latin America, donde buscó relacionar la historia socioeconómica de América latina con una historia cultural más amplia. "Allí supe que mi próximo proyecto sería sobre Borges en la Argentina. Pensé que debía ser bastante irritante, como argentinos, encontrar siempre a Borges discutido como si no tuviese prácticamente nada que ver con su país. Lo que quise ver es cómo el ser argentino y sus experiencias concretas de vida lo habían influenciado como escritor."
-Una de estas grandes influencias que usted descubre son las mujeres
-Sí, hay una cita de Borges que dice: "Me pasé la vida pensando en mujeres". El solía decir que era una persona sorprendentemente emocional y apasionada, pero si uno lee sus dos colecciones de cuentos más famosas, Ficciones y El Aleph, surge como todo lo contrario, lo cual me pareció una contradicción importante, o la posibilidad de una paradoja. Si uno lee o escucha sus entrevistas, verá cómo se describe a sí mismo como "un sentimental" y habla mucho de la emoción. Que alguien así haya escrito de una manera tan magistralmente desapasionada es fascinante, y creo que encontré una clave que puede ayudar a entenderlo: en una entrevista, él confiesa que siente sus historias desde lo más profundo de su ser y que usa extraños símbolos para que la gente no se dé cuenta de que son más o menos autobiográficas. En el proceso de transformar la propia experiencia en cuentos hay un desplazamiento por el cual desaparecen las emociones que me pareció que era necesario explicar.
-¿Y cómo lo explica?
-Básicamente, por un cambio que le ocurre en la década del 30. Su trabajo anterior podría calificarse como el de un poeta expresionista, pero a partir de ese punto intenta evolucionar para ser un escritor de ficción y, al hacerlo, desarrolla una forma de escribir muy idiosincrásica que le permite, por una parte, expresar sus emociones y sentimientos en la página y, a la vez, mantenerlos escondidos de los lectores. Usa la fantasía, los símbolos, los desplazamientos en el tiempo y el contexto para que no haya una apertura confesional directa al lector por medio del texto.
- Pero usted corre esas cortinas de la intimidad y descubre dos amores de Borges, secretos hasta ahora.
-Creo que descubrí, por medio de referencias muy tempranas en su trabajo, a su primera noviecita, la chica de la que estuvo enamorado en Ginebra, antes de que la familia partiese para España, forzando el fin de la relación. Fue una introducción interesante en el tema del amor y de la pasión en su obra. Luego, el descubrimiento de su amor no retribuido por Norah Lange vino de la investigación de un período en el cual uno sospecha que algo muy doloroso le ocurrió, y, dada su confesa vulnerabilidad a las mujeres, supuse que podía estar relacionado con un affaire que no llegó a buen puerto. Distintas fuentes, inesperadamente, me dijeron que Borges había estado enamorado de Norah Lange, algo que yo no sabía, y todo fue cerrando. Lo que sabemos es que Borges mismo solía declarar bastante libremente que había estado enamorado de la hermana de Norah, Haydée Lange, pero esta relación ocurrió a fines de la década del 30, principios de los años 40, mientras que el único momento en que pudo haber estado enamorado de Norah, con algún tipo de reciprocidad, debió de haber sido entre 1924 -cuando rompe con Concepción Guerrero- y 1926, cuando Norah se enamora de Oliverio Girondo.
-¿Y esto afectó su manera de escribir?
- Sí, el rechazo de Norah Lange a favor de Girondo, su gran rival en la vanguardia argentina, lo hizo reconsiderar sus valores literarios. Como dijimos, hasta ese momento él se consideraba un poeta, no un escritor de ficción. Según su ensayo "Profesión de fe literaria", entonces él tenía la idea expresionista de que el objetivo de la escritura era dar expresión a su experiencia y sentimientos. Después de perder a Norah, comienza a revisar esta idea, y esto eventualmente lo lleva a formular el acercamiento más reticente, resguardado y crítico a la escritura, que él sentía necesario para volverse un escritor de ficción. La experiencia con Norah Lange lo cambió fundamentalmente como escritor, y he tratado de demostrar en el libro cómo hay referencias crípticas a Norah en su obra.
-En la Argentina, para muchos María Kodama es un ángel, otros la demonizan, ¿usted qué opina?

-Francamente, no lo sé. Sólo sé que Borges estuvo enamorado de ella por muchos más años de lo que comúnmente se cree, la relación fue de más de 15 años, lo cual es evidente en los poemas de amor que escribe en clave y su creciente interés en Japón y todo lo oriental.

-Otra de las sorpresas de su libro es que, más allá de su pasión por las mujeres, usted muestra a Borges como un intelectual engagé.
-La idea de que a Borges no le interesaban la política o los acontecimientos públicos, o que era un reaccionario admirador de Videla y Pinochet es otra de las que persisten y que, a medida que investigué su vida, más difícil de sostener se me volvió. Sus ideas, de joven, ya eran muy abiertas, fue un activo partidario de Yrigoyen, e incluso encontré un discurso que dio a los jóvenes nacionalistas sobre el tema de la inmigración, en el que decía que debían dejar de lado el orgullo de su ascendencia y dar la bienvenida a los inmigrantes al país, para crear un nuevo hombre que pueda llamarse argentino a partir de la mezcla de culturas. En la década del 30, por supuesto fue uno de los primeros escritores e intelectuales en pronunciarse públicamente en contra de la amenaza nazi, del antisemitismo y del fascismo en general. Borges fue muy consistente en todo eso, lo cual explica por qué se volvió tan férreo opositor a Perón: con razón o sin ella, lo veía como a un representante del nacionalismo militante. Insisto: lo que se mantiene constante en Borges es una serie de valores políticos, como la libertad, los derechos del individuo y la protección del pensamiento libre; y el camino en sus ideas políticas puede explicarse como un intento de sostener siempre al partido o movimiento que, en cada momento, él sentía que mejor iba a salvaguardar o restablecer estos valores. Así puede explicarse que haya apoyado a la dictadura militar, creyendo que iba a traer la democratización de la Argentina.
-¿Eso le costó el Nobel?
- Es posible. El hizo público su apoyo al derrocamiento de Isabel Perón y también criticó a García Lorca en España, lo cual cayó muy mal al comité que estaba estudiando la candidatura de Borges para el Nobel.
- ¿Por qué quiso morir en Ginebra?
-La última década de la vida de Borges fue un período muy duro para la Argentina, y después del gobierno militar y de los desaparecidos, Borges buscaba una manera de señalar la necesidad de convivencia de los distintos grupos y partidos en el país, y vio en el modelo suizo un ejemplo. Hay un famoso poema que escribió al final de sus días, "Los conjurados", que ya desde su título es interesante, porque remite a un discurso que dio en su juventud, cuando era partidario de Yrigoyen y tenia su propia visión de criollos e inmigrantes como conjurados en la construcción de este nuevo hombre argentino.
-Alberto Manguel ha dicho que en inglés se ha leído a Borges a pesar de las traducciones. ¿Son tan malas?
-Sólo le voy a contestar que a Borges ¡yo lo leo en castellano!

La Nación, miércoles 14 de junio de 2006

Saturday, February 19, 2011

Borges entrevistado por Vargas Llosa

Borges por Huadi

BORGES
Por Mario Vargas Llosa

En 1963, en París, la joven promesa de las letras peruanas, Mario Vargas Llosa, tuvo la oportunidad de entrevistar al escritor argentino Jorge Luis Borges. Vargas Llosa, de apenas 27 años, vivía en París con  su primera mujer, Julia Urquidi, el famoso personaje de la futura novela La tía Julia y el escribidor, y aún no le había echado los perros a su prima Patricia Llosa, con quien tendría tres hijos. Ya tenía publicado un libro de cuentos y con su primera novela, La ciudad y los perros, había obtenido el prestigioso “Premio Biblioteca Breve”. Estaba muy lejos del Premio Nobel, una distinción que los suecos le negaron a Borges, sin duda uno de los más grandes escritores de nuestro tiempo. En 1963 la fama de Borges empezaba a recorrer el mundo. Ya era el autor de Ficciones y El Aleph. Tenía 65 años y María Kodama aún no era su lazarillo.
T.A., 2011
Borges cuchillo en mano

-Discúlpeme usted, Jorge Luis Borges, pero lo único que se me ocurre para comenzar esta entrevista es una pregunta convencional: ¿cuál es la razón de su visita a Francia?
-Fui invitado a dos congresos por el Congreso por la Libertad de la Cultura, en Berlín. Fui invitado también por la Deutsche Regierum, por el gobierno alemán, y luego mi gira continuó y estuve en Holanda, en la ciudad de Amsterdam, que tenía muchas ganas de conocer. Luego mi secretaria María Esther Vázquez y yo seguimos por Inglaterra, Escocia, Suecia, Dinamarca y ahora estoy en París. El sábado iremos a Madrid, donde permaneceremos una semana. Luego, volveremos a la patria. Todo esto habrá durado poco más de dos meses.
-Tengo entendido que asistió al Coloquio que se ha celebrado recientemente en Berlín entre escritores alemanes y latinoamericanos. ¿Quiere darme su impresión de este encuentro?
-Bueno, este encuentro fue agradable en el sentido de que pude conversar con muchos colegas míos. Pero en cuanto a los resultados de esos congresos, creo que son puramente negativos. Y, además, parece que nuestra época nos obliga a ello, yo tuve que expresar mi sorpresa -no exenta de melancolía -, de que en una reunión de escritores se hablara tan poco de literatura y tanto de política, un tema que es más bien, bueno, digamos tedioso. Pero, desde luego, agradezco haber sido invitado a ese congreso, ya que para un hombre sin mayores posibilidades económicas como yo, esto me ha permitido conocer países que no conocía, llevar en mi memoria muchas imágenes inolvidables de ciudades de distintos países. Pero, en general, creo que los congresos literarios vienen a ser como una forma de turismo, ¿no?, lo cual, desde luego, no es del todo desagradable.
-En los últimos años, su obra ha alcanzado una audiencia excepcional aquí, en Francia. La "Historia universal de la infamia" y la "Historia de la eternidad" se han publicado en libros de bolsillo, y se han vendido millares de ejemplares en pocas semanas. Además de "L'Herne", otras dos revistas literarias preparan números especiales dedicados a su obra. Y ya vio usted que en el Instituto de Altos Estudios de América Latina tuvieron que colocar parlantes hasta en la calle, para las personas que no pudieron entrar el auditorio a escuchar su conferencia. ¿Qué impresión le ha causado todo esto?
-Una impresión de sorpresa. Una gran sorpresa. Imagínese, yo soy un hombre de 65 años, y he publicado muchos libros, pero al principio esos libros fueron escritos para mí, y para un pequeño grupo de amigos. Recuerdo mi sorpresa y mi alegría cuando supe, hace muchos años, que de mi libro "Historia de la eternidad" se habían vendido en un año hasta 37 ejemplares. Yo hubiera querido agradecer personalmente a cada uno de los compradores, o presentarle mis excusas. También es verdad que 37 compradores son imaginables, es decir son 37 personas que tienen rasgos personales, y biografía, domicilio, estado civil, etc. En cambio, sí uno llega a vender mil o dos mil ejemplares, ya eso es tan abstracto que es como si uno no hubiera vendido ninguno. Ahora, el hecho es que en Francia han sido extraordinariamente generosos, generosos hasta la injusticia conmigo. Una publicación como "L'Herne", por ejemplo, es algo que me ha colmado de gratitud y al mismo tiempo me ha abrumado un poco. Me he sentido indigno de una atención tan inteligente, tan perspicaz, tan minuciosa y, le repito, tan generosa conmigo. Veo que en Francia hay mucha gente que conoce mi "obra" (uso esta palabra entre comillas) mucho mejor que yo. A veces, y en estos días, me han hecho preguntas sobre tal o cual personaje: ¿por qué John Vincent Moon vaciló antes de contestar? Y luego, al cabo de un rato, he recapacitado y me he dado cuenta que John Vincent Moon es protagonista de un cuento mío y he tenido que inventar una respuesta cualquiera para no confesar que me he olvidado totalmente del cuento y que no sé exactamente las razones de tal o cual circunstancia. Todo eso me alegra y, al mismo tiempo, me produce como un ligero y agradable vértigo.
-¿Qué ha significado en su formación la cultura francesa?; ¿algún escritor francés ha ejercido una influencia decisiva en usted?
-Bueno, desde luego. Yo hice todo mi bachillerato en Ginebra, durante la primera guerra mundial. Es decir que durante muchos años, el francés fue, no diré el idioma en el que yo soñaba o en el que sacaba cuentas, porque nunca llegué a tanto, pero sí un idioma cotidiano para mí. Y, desde luego la cultura francesa ha influido en mí, como ha influido en la cultura de todos los americanos del Sur, quizá más que en la cultura de los españoles. Pero hay algunos autores que yo quisiera destacar especialmente y esos autores son Montaigne, Flaubert –quizá Flaubert más que ningún otro -, y luego un autor personalmente desagradable a través de lo que uno puede juzgar por sus libros, pero la verdad es que trataba de ser desagradable y lo consiguió: Leon Bloy. Sobre todo me interesa en Leon Bloy esa idea suya, esa idea que ya los cabalistas y el místico sueco Swedenborg tuvieron pero que sin duda él sacó de sí mismo, la idea del universo como una suerte de escritura, como una criptografía de la divinidad. Y en cuanto a la poesía, creo que usted me encontrará bastante "pompier", bastante "vieux jouer", rococó, porque mis preferencias en lo que se refiere a poesía francesa siguen siendo la Chanson de Roland, la obra de Hugo, la obra de Verlaine, y -pero ya en un plano menor- la obra de poetas como Paul-Jean Toulet, el de las "Contrerimes". Pero hay sin duda muchos autores que no nombro que han influido en mí. Es posible que en algún poema mío haya algún eco de la voz de ciertos poemas épicos de Apollinaire, eso no me sorprendería. Pero si tuviera que elegir un autor (aunque no hay absolutamente ninguna razón para elegir un autor y descartar los otros), ese autor francés sería siempre Flaubert.
-Se suele distinguir dos Flaubert: el realista de "Madame Bovary" y "La educación sentimental", y el de las grandes construcciones históricas, "Salambó" y "La tentación de San Antonio". ¿Cuál de los dos prefiere?
-Bueno, creo que tendría que referirme a un tercer Flaubert, que es un poco los dos que usted ha citado. Creo que uno de los libros que yo he leído y releído más en mi vida es el inconcluso "Bouvard y Pecuchet". Pero estoy muy orgulloso, porque en mi biblioteca, en Buenos Aires, tengo una 'editio princeps' de Salambó y otra de la Tentación. He conseguido eso en Buenos Aires y aquí me dicen que se trata de libros inhallables, ¿no? Y en Buenos Aires no sé qué feliz azar me ha puesto esos libros entre las manos. Y me conmueve pensar que yo estoy viendo exactamente lo que Flaubert vio alguna vez, esa primera edición que siempre emociona tanto a un autor.
-Usted ha escrito poemas, cuentos y ensayo. ¿Tiene predilección por alguno de esos géneros?
-Ahora, al término de la carrera literaria, tengo la impresión que he cultivado un solo género: la poesía. Salvo que mi poesía se ha expresado muchas veces en prosa y no en verso. Pero como hace unos diez años que he perdido la vista, y a mí me gusta mucho vigilar, revisar lo que escribo, ahora me he vuelto a las formas regulares del verso. Ya que un soneto, por ejemplo, puede componerse en la calle, en el subterráneo, aseando por los corredores de la Biblioteca Nacional, y la rima tiene una virtud mnemónica que usted conoce. Es decir, uno puede trabajar y pulir un soneto mentalmente y luego, cuando el soneto está más o menos maduro, entonces lo dicto, dejo pasar unos diez o doce días y luego lo retomo, lo modifico lo corrijo hasta que llega un momento en que ese soneto ya puede publicarse sin mayor deshonra para el autor.
-Para terminar, le voy a hacer otra pregunta convencional: si tuviera que pasar el resto de sus días en una isla desierta con cinco libros, ¿cuáles elegiría?
-Es una pregunta difícil, porque cinco es poco o es demasiado. Además, no sé si se trata de cinco libros o de cinco volúmenes.
-Digamos, cinco volúmenes.
-¿Cinco volúmenes? Bueno, yo creo que llevaría la "Historia de la Declinación y Caída del lmperio Romano" de Gibbons. No creo que llevaría ninguna novela, sino más bien un libro de historia. Bueno, vamos a suponer que eso sea en una edición de dos volúmenes. Luego, me gustaría llevar algún libro que yo no comprendiera del todo, para poder leerlo y releerlo, digamos la "Introducción a la Filosofía de las Matemáticas" de Russell, o algún libro de Henri Poincaré. Me gustaría llevar eso también. Ya tenemos tres volúmenes. Luego, podría llevar un volumen cualquiera, elegido el azar, de una enciclopedia. Ahí ya podría haber muchas lecturas. Sobre todo, no de una enciclopedia actual, porque las enciclopedias actuales son libros de consulta, sino de una enciclopedia publicada hacia 1910 o 1911, algún volumen de Brockhaus, o de Mayer, o de la Enciclopedia Británica, es decir cuando las enciclopedias eran todavía libros de lectura. Tenemos cuatro. Y luego, para el último, voy a hacer una trampa, voy a llevar un libro que es una biblioteca, es decir llevaría la Biblia. Y en cuanto a la poesía, que está ausente de este catálogo, eso me obligaría a encargarme yo, y entonces no leería versos. Además, mí memoria está tan poblada de versos que creo que no necesito libros. Yo mismo soy una especie de antología de muchas literaturas. Yo, que recuerdo mal las circunstancias de mi propia vida, puedo decirle indefinidamente y tediosamente versos en latín, en español, en inglés, en inglés antiguo, en francés, en italiano, en portugués. No sé si he contestado bien a su pregunta.
-Sí, muy bien, Jorge Luis Borges. Muchas gracias.