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Thursday, April 7, 2011

Patricia Highsmith / La bailarina

Fotografía de Christopher Peddecord
Patricia Highsmith 
LA BAILARINA

THE DANCER
Little Tales of Misogyny 
BIOGRAFÍA DE PATRICIA HIGHSMITH

Bailaban maravillosamente juntos, evolucionando de un lado a otro de la pista a los eróticos ritmos del tango, a veces del vals. A la edad de veinte y veintidós años respectivamente, Claudette y Rodolphe se hicieron amantes. Quisieron casarse, pero su empresario consideró que resultaban más excitantes para los clientes si no estaban casados. Así que permanecieron solteros.
La sala de fiestas donde trabajaban se llamaba «El Rendez-vous» y era conocida entre cierta clientela de hombres maduros y gastados como una cura eficaz contra la impotencia. Basta con ir a ver bailar a Claudette y Rodolphe, decían todos. Los periodistas, intentando poner un poco de picante en sus columnas, describían su número como sadomasoquista, porque a menudo parecía que Rodolphe iba a estrangular a Claudette. La asía por la garganta y avanzaba, doblándola hacia atrás, o retrocedía –daba igual– manteniendo su presa, sacudiéndola a veces por el cuello, de tal modo que su pelo se agitaba furiosamente. El público contenía el aliento, suspiraba y los contemplaba fascinado. La batería de la banda de tres músicos sonaba más alta e insistente.
Claudette dejó de acostarse con Rodolphe porque pesaba que la privación estimularía su apetito. Le resultaba fácil excitar a Rodolphe mientras bailaba con él, para luego abandonarlo con un movimiento brusco, haciendo mutis acompañada por los aplausos y, en ocasiones, las risas de los espectadores. Bien ajenos estaban al hecho de que lo abandonaba de verdad.
Claudette era caprichosa y no tenía verdaderos planes, pero empezó a salir con un hombre barrigudo llamado Charles, de buen carácter, generoso y rico. Hasta se acostó con él. Charles aplaudía con fuerza cuando Claudette y Rodolphe bailaban, él rodeando con sus manos el grácil cuello blanco, ella doblada hacia atrás. Charles podía permitirse el lujo de reír. Se la iba a llevar a la cama luego.
Como sus ganancias iban unidas, Rodolphe le planteó el asunto a Claudette: o dejaba de ver a Charles o él no volvería a actuar con ella. O, por lo menos, no actuaría con las manos alrededor de su garganta, como si fuera a ahogarla en un exceso de pasión, que era lo que venían buscando los clientes. Rodolphe lo decía en serio, así que Claudette prometió no acostarse más con Charles. Cumplió su promesa. Charles se distanció; raras veces se le veía por «El Rendez-vous»; en esas ocasiones andaba triste y abatido y, finalmente, no volvió más. Pero Rodolphe se fue dando cuenta poco a poco de que Claudette estaba viéndose con dos o tres hombres. Empezó a dormir con ellos y el negocio prosperó más que con el rico Charles, quien, después de todo, era un solo hombre, con sólo un grupo de amigos a los que poder traer a «El Rendez-vous».
Rodolphe le pidió a Claudette que terminara con los tres. Ella se lo prometió. Sin embargo, ellos, o sus mensajeros con noticias y flores, continuaron frecuentando el camerino todas las noches.
Rodolphe, que no había pasado una noche con Claudette desde hacía ya cinco meses, pero cuyo cuerpo se apretaba contra el suyo cada noche ante los ojos de doscientas personas… Rodolphe bailó un tango magnífico una noche. Se apretó contra ella como de costumbre y ella se inclinó hacia atrás.
–¡Más! ¡Más! –gritó el público, hombres en su mayoría, cuando las manos de Rodolphe oprimían la garganta de ella.
Claudette siempre fingía sufrir, amar a Rodolphe y sufrir a manos de su pasión durante la danza. Esta vez no se levantó cuando la soltó. Ni él la ayudó, como solía hacer. La había estrangulado, con tanta fuerza que ella no pudo gritar. Rodolphe salió del pequeño escenario y dejó a Claudette allí para que otros la recogieran.




Wednesday, April 6, 2011

Patricia Highsmith / Un objeto de cama transportable


Fotografía de José María Manchado

Patricia Highsmith
UN OBJETO DE CAMA TRANSPORTABLE

THE MOBILE BED-OBJECT
Little Tales of Misogyny 
BIOGRAFÍA DE PATRICIA HIGHSMITH


Hay montones de chicas como Mildred, sin hogar, pero nunca sin techo… Generalmente, el techo de una habitación de hotel; a veces, el de un apartamento de soltero; el de la cabina de un yate, si hay suerte, o el de una tienda de campaña o una caravana. Estas chicas son objetos de cama, el tipo de cosa que se compra, como una botella de agua caliente, una plancha de viaje, un cepillo eléctrico para los zapatos, o cualquier otro lujo. Saber cocinar un poco es una ventaja para ellas, pero, ciertamente, no es necesario que hablen, en ningún idioma. Son también intercambiables, como las monedas de libre circulación o los cupones de respuesta postal internacionales. Su valor sube y baja, dependiendo de su edad y de su propietario actual.
Mildred consideraba que no era una vida desagradable, y si la hubiesen entrevistado, habría contestado con toda sinceridad: «Es interesante.» Mildred nunca se reía, y únicamente sonreía cuando pensaba que debía ser educada. Medía un metro sesenta y siete, era más bien rubia, bastante esbelta, y tenía una cara agradable e inexpresiva con grandes ojos azules siempre muy abiertos. Más que andar se escabullía, con los hombros encogidos y las caderas un poco hacia adelante; la forma de andar de las modelos, según había leído en algún sitio. Esto le daba un aire lánguido y pacífico, caminando parecía una sonámbula. En la cama era un poco más vivaz, y este dato pasaba de boca en boca o, entre hombres que no hablaban el mismo idioma, se transmitía por medio de gestos y sonrisitas. Mildred conocía su trabajo y hay que reconocer que se dedicaba a él diligentemente.
Estuvo dando tumbos en la escuela hasta los catorce años, cuando todo el mundo, incluyendo a sus padres, juzgaron que no tenía sentido que continuara. Se casaría pronto, pensaron sus padres. Pero Mildred se escapó de casa, o, más bien, se la llevó un vendedor de coches cuando apenas tenía quince años. Bajo la dirección del vendedor, escribió cartas tranquilizadoras a su casa, diciendo que trabajaba como camarera en una ciudad cercana y que vivía en un piso con otras dos chicas.
A los dieciocho, Mildred ya había estado en Capri, Méjico, Paris, y hasta en Japón, y varias veces en Brasil, donde los hombres la abandonaban generalmente, ya que a menudo iban huyendo de algo. Había sido el segundo premio, por así decirlo, de un Presidente electo americano la noche de su victoria. En Londres había sido prestada durante dos días a un jeque árabe, el cual la recompensó con una copa de oro bastante rara, que ella perdió más tarde; no es que le gustara la copa, pero debía valer una fortuna, y con frecuencia lamentaba su pérdida. Si alguna vez deseaba cambiar de hombre, no tenía más que ir sola a un bar de lujo de Río o de cualquier ciudad y ligarse a otro que estaría encantado de incluirla en su cuenta de gastos, y así volvía a América, o a Alemania, o a Suecia. A Mildred le tenía sin cuidado el país en el que estaba.
Una vez la olvidaron en la mesa de un restaurante, del mismo modo que se deja un encendedor. Mildred se dio cuenta, pero Herb tardó unos treinta minutos que resultaron ligeramente inquietantes para Mildred, aunque ella nunca se preocupaba de verdad por nada. Pero se volvió al hombre que estaba sentado junto a ella –era una comida de negocios, cuatro hombres y cuatro chicas– y le dijo:
–Pensé que Herb había ido solamente al servicio…
–¿Qué? –dijo el hombre robusto, un americano–. Oh, volverá. Hemos tenido que discutir asuntos desagradables. Herb está disgustado.
El americano sonrió comprensivo. Tenía a su chica al otro lado, una a la que se había ligado la noche anterior. Las chicas no habían abierto la boca, excepto para comer.
Herb volvió y recogió a Mildred, y se fueron al hotel. Herb estaba absolutamente sombrío porque había llevado la peor parte en el trato. Esa tarde los abrazos de Mildred no consiguieron levantar el ánimo ni el orgullo de Herb, y esa noche la cambió por otra. El nuevo guardián de Mildred era Stanley, de unos treinta y cinco años y regordete, como Herb. El intercambio tuvo lugar a la hora del aperitivo, mientras Mildred sorbía con una pajita un alexander, como de costumbre. Herb se llevó a la chica de Stanley, una estúpida rubia con el pelo artificialmente rizado. El rubio también era artificial, aunque un buen trabajo, observó Mildred, que era una experta en cuestiones de maquillaje y peinados. Mildred regresó fugazmente al hotel para hacer la maleta, y luego pasó la noche con Stanley. Este apenas le dirigió la palabra, pero sonrió mucho e hizo muchas llamadas telefónicas. Esto sucedía en Des Moines.
Con Stanley, Mildred fue a Chicago, donde él tenía un pequeño piso en propiedad, más una esposa que vivía en una casa en algún sitio, según le dijo. A Mildred no le preocupaba la esposa. Solamente una vez en su vida había tenido que enfrentarse con una esposa difícil que entró violentamente en un piso. Mildred blandió un cuchillo de trinchar y la esposa huyó. Generalmente las esposas se quedaban sin habla, luego la miraban con desprecio y se marchaban, evidentemente con la intención de vengarse de sus maridos. Stanley estaba fuera todo el día y no le dejaba mucho dinero, lo cual era un fastidio. Mildred no pensaba quedarse mucho tiempo con él, si podía remediarlo. Ella había abierto una vez una cuenta de ahorros en un banco en alguna parte, pero había perdido la cartilla y había olvidado el nombre de la ciudad donde estaba el banco.
Pero antes de que Mildred pudiera hacer una hábil maniobra para apartarse de Stanley, se encontró traspasada a otro hombre. Esto fue un golpe para ella. Un economista hubiese sacado conclusiones sobre la moneda que se da, y también las sacó Mildred. Comprendió que Stanley salió ganando un poco en el trato que hizo con el hombre llamado Louis, el nuevo dueño de Mildred, y sin embargo…
Sólo tenía veintitrés años. Pero Mildred sabía que esa era la edad peligrosa y que más le valía jugar sus cartas con cuidado de ahora en adelante. Dieciocho era la edad cumbre, y ella la superaba en cinco años. ¿Y qué había conseguido en ese tiempo? Un brazalete de diamantes que los hombres miraban con codicia y que había tenido que desempeñar dos veces con ayuda de algún nuevo hijo de puta. Un abrigo de visón, la misma historia. Una maleta con un par de vestidos buenos. ¿Qué es lo que quería? Pues quería continuar con la misma vida pero con una sensación de mayor seguridad. ¿Qué haría si se encontrara realmente entre la espada y la pared? ¿Si le dieran la patada, en vez de traspasarla a otro, y tuviese que irse a un bar y aun así no pudiera conseguir más que un ligue de una noche? Bueno, tenía algunas direcciones de antiguos amigos y siempre podía escribirles y amenazarles con hablar de ellos en sus memorias, diciendo que un editor estaba interesado en ellas. Pero Mildred había hablado con chicas de veinticinco años o más que habían amenazado con escribir memorias si no les pasaban una pensión vitalicia, y sólo sabía de una que lo hubiese logrado. Generalmente, decían las chicas, lo único que sacaban era que se riesen de ellas, o un «Adelante, escríbelas», en vez de dinero.
Por lo tanto, durante unos días, Mildred sacó todo el partido posible a su estancia con el gordo y viejo Louis. El tenía un bonito gato atigrado con el que Mildred se encariñó, pero lo más aburrido era el lóbrego apartamento, de una sola habitación y una cocina estrecha. Louis tenía buen carácter, pero era tacaño. A Mildred también le resultaba incómodo tener que salir a escondidas cuando iban a cenar fuera (lo cual sucedía raras veces, porque Louis esperaba de ella que cocinara y además hiciera un poco de limpieza), y que Louis le pidiera que se ocultara en la estrecha cocina sin hacer el menor ruido cuando recibía gente para hablar de negocios. Louis vendía pianos al por mayor. Mildred ensayaba el discurso que iba a hacerle pronto: «Espero que comprendas que no tienes ningún poder sobre mí, Louis… Yo soy una chica que no está acostumbrada a trabajar, ni siquiera en la cama…»
Pero antes de que tuviese la oportunidad de soltarle su discurso, que hubiera sido fundamentalmente una petición de más dinero, porque sabía que Louis tenía mucho y bien guardado, una noche fue regalada a un joven vendedor. Después de que todos hubieran terminado de cenar en un restaurante de carretera, Louis dijo sencillamente:
–Dave, ¿por qué no te llevas a Mildred a tu casa para tomar una copa? Yo tengo que acostarme temprano –y  le hizo un guiño.
Dave sonrió, radiante. Era bastante guapo, pero vivía en una caravana. ¡Dios mío! Mildred no tenía intención de convertirse en una gitana, darse baños de esponja y soportar retretes portátiles. Estaba acostumbrada a buenos hoteles con servicio de habitación día y noche. Puede que Dave fuera joven y ardiente, pero eso a Mildred le importaba un bledo. Los hombres decían que las mujeres eran todas iguales, pero en su opinión, era aún más cierto que todos los hombres eran iguales. Todos querían la misma cosa. Las mujeres por lo menos querían abrigos de piel, buenos perfumes, unas vacaciones en las Bahamas, un crucero por alguna parte, joyas, en fin, un montón de cosas.
Una noche cuando estaba con Dave en una cena de negocios (era distribuidor de pianos, aunque nunca había visto un piano en la caravana), Mildred conoció  a un tal Mr. Zupp, a quien llamaban Sam, que había invitado a Dave a un restaurante de lujo. Inspirada por tres alexanders, Mildred coqueteó descaradamente con Sam, el cual no dejó de responder por debajo de la mesa, y Mildred anunció sencillamente que se marchaba con Sam. Dave se quedó con la boca abierta y empezó a hacer una escena, pero Sam –mayor y más seguro de sí mismo–, muy diplomáticamente, le insinuó que habría un escándalo si llegaban a las manos, y Dave se achantó.
Esto supuso un gran ascenso. Sam y Mildred volaron a París en seguida, luego a Hamburgo. Mildred se compró ropa nueva. Las habitaciones de los hoteles eran magníficas. Mildred nunca sabía de un día para otro en qué ciudad estarían.
Este sí que era un hombre cuyas memorias valdrían dinero, si ella lograse saber a qué se dedicaba. Pero cuando hablaba por teléfono lo hacía en código, o en yidish, o en ruso, o en árabe. Mildred nunca había oído unos idiomas tan desconcertantes y nunca conseguía averiguar qué era exactamente lo que vendía. La gente tenía que vender algo, ¿no? O comprar algo, y si compraban algo tenía que haber una fuente de dinero, ¿no? Así que, ¿cuál era la fuente de dinero? Algo le decía a Mildred que pronto sería su hora de retirarse. Sam Zupp parecía haber sido enviado por la Providencia. Se puso a trabajarle, intentando ser útil.
–No me importaría sentar cabeza –dijo.
–Yo no soy de los que se casan –respondió él con una sonrisa.
No era eso lo que ella quería decir. Ella quería decir un dinerito para el porvenir, y luego él podía decir adiós, si lo deseaba. Pero, ¿no harían falta unos cuantos dineritos para reunir un dinero considerable? ¿Tendría que pasar de nuevo por todo esto con futuros Sam Zupp? La mente de Mildred se tambaleó a causa del esfuerzo de contemplar un futuro tan lejano, pero no parecía haber duda de que debería aprovecharse de Mr. Zupp, por lo menos ahora que lo tenía.
Estas ideas, o planes, frágiles como telas de araña rotas, fueron barridas por los acontecimientos de los días siguientes a la mencionada conversación.
Repentinamente Sam Zupp tenía que huir. Durante unos días volaron en asientos separados, para que pareciera que no viajaban juntos. En una ocasión oyeron las sirenas de la policía tras ellos, cuando el coche con chofer alquilado por Sam ascendía a toda carrera por una carretera alpina que conducía a Ginebra. O puede que a Zurich. Mildred estaba en su elemento, asistiendo a Sam con pañuelos mojados en agua de colonia, sacando de su bolso un sandwich de jambon por si tenía hambre, o una botellita de coñac cuando él sentía el corazón agitado. Mildred se imaginaba a sí misma como una de las heroínas que había visto en las películas –buenas películas– de hombres que huían con sus chicas de la espantosa e injustamente bien armada de la policía.
Sus fantasías de aventuras románticas fueron breves. Debió ser en Holanda –la mitad del tiempo, Mildred no sabía dónde estaba–, cuando el coche conducido por el chofer se detuvo de pronto con un chirrido de frenos exactamente como en las películas, y entre el chofer y Sam envolvieron a Mildred como una momia en una rígida y pesada lona y la ataron con cuerdas. Luego la arrojaron a un canal y se ahogó.
Nadie volvió a saber nada de Mildred. Nadie la encontró nunca. Si la hubiesen encontrado no hubiese habido medios de identificación inmediata, porque Sam llevaba su pasaporte y su bolso había quedado en el coche. La habían tirado como se tira un encendedor desechable, como un libro de bolsillo que ya se ha leído y que se convierte en exceso de equipaje. Nadie se preocupó por la ausencia de Mildred. La veintena aproximada de personas que la conocían y la recordaban, también ellas repartidas por el mundo, pensaron simplemente que vivía en otro país o en otra ciudad. Un día, suponían, aparecería por algún bar, o en el vestíbulo de algún hotel. Pronto la olvidaron.

Tuesday, April 5, 2011

Patricia Highsmith / La víctima

Jenny Seville

Patricia Highsmith
LA VÍCTIMA


THE VICTIM
Little Tales of Misogyny 
BIOGRAFÍA DE PATRICIA HIGHSMITH



Empezó cuando la pequeña Catherine, rubia y gordita, tenía cuatro o cinco años; sus padres notaron que se hería, se caía o hacía algo desastroso con mucha más frecuencia que otros niños de su edad. ¿Por qué a Cathy le sangraba la nariz tan a menudo? ¿Por qué tenía las rodillas siempre arañadas? ¿Por qué lloraba tantas veces pidiendo el consuelo de su mamá? ¿Por qué se había roto un brazo dos veces antes de los ocho años? ¿Por qué, realmente? Sobre todo teniendo en cuenta que Cathy no era muy aficionada a estar en la calle. Prefería jugar en casa. Por ejemplo, le gustaba vestirse con la ropa de su madre, cuando ésta había salido. Cathy se ponía vestidos largos, tacones altos y maquillaje, que se aplicaba ante el tocador de su madre. Por dos veces, tales juegos habían sido la causa de que Cathy se enganchara los bamboleantes zapatos en la falda y se cayera por las escaleras, cuando iba camino del cuarto de estar para mirarse en el espejo grande. Esta había sido la causa de una de las fracturas del brazo.
Ahora, Cathy tenía once años, y hacía mucho tiempo que había dejado de probarse la ropa de su madre. Ya tenía sus propias botas con plataforma que la hacían parecer diez centímetros más alta, su propio tocador con lápices de labios, polvos compactos, rulos, tenacillas, reflejos para el pelo, pestañas postizas, incluso una peluca en un soporte. La peluca le había costado la asignación de tres meses, y aun así sus padres habían tenido que añadir veinte dólares para comprarla.
–No me explico por qué quiere parecer una mujer de treinta años –dijo Vic, el padre de Cathy–. Ya tendrá tiempo de sobra para eso.
–Oh, es normal a su edad –dijo su madre, Ruby, aunque ella sabía que no era completamente normal.
Cathy se quejaba de que los chicos la molestaban.
–¡No me dejan en paz! –les dijo a sus padres una tarde, no por primera vez–. ¡Miren qué cardenales!
Cathy se subió una llamativa blusa de nylon para mostrar un par de cardenales en las costillas. Se tambaleaba un poco sobre sus botas blancas con plataforma, rematadas por unas incongruentes medias amarillas hasta la rodilla, que hubieran sido más apropiadas para un explorador.
–¡Madre mía! –exclamó Vic, que estaba secando los platos–. ¡Mira esto, Ruby! No será que te caíste en algún sitio, ¿verdad, Cathy?
Junto al fregadero, Ruby no quedó muy impresionada por los cardenales de un marrón azulado. Ella había visto fracturas múltiples.
–¡Los chicos me agarran y me estrujan! –se lamentó Cathy.
Vic estuvo a punto de tirar el plato que estaba secando, pero finalmente lo puso con suavidad en lo alto de una pila en el armario.
–¿Qué esperas, Cathy, si llevas pestañas postizas para ir al colegio a las nueve de la mañana? Sabes, Ruby, es culpa suya.
Pero Vic no conseguía que Ruby estuviera de acuerdo. Ruby seguía diciendo que era normal a su edad, o algo así. Cathy le repugnaría, pensaba Vic, si él fuera un chico de trece a catorce años. Pero tenía que admitir que Cathy parecía una presa fácil, un buen revolcón para cualquier estúpido adolescente. Intentó explicárselo a Ruby, y convencerla de que ejerciera algún control sobre ella.
–Sabes, Vic, cariño, te estás portando como un padre sobreprotector. Es un síndrome muy corriente, y no deseo reprochártelo. Pero debes despreocuparte de Cathy o empeorarás las cosas –dijo Ruby.
Cathy tenía los ojos azules y redondos y las pestañas largas por naturaleza. Las comisuras de su boca en forma de corazón tendían a levantarse en una sonrisa dulce y complaciente. En el colegio era bastante en Biología, dibujando espirogiros, el sistema circulatorio de las ranas y cortes transversales de las zanahorias vistas por un microscopio. Miss Reynolds, su profesora de Biología, la apreciaba, y le prestaba panfletos y revistas trimestrales, que Cathy leía y devolvía.
Luego, en las vacaciones de verano, cuando tenía casi doce años, empezó a hacer auto-stop sin ningún motivo. Los chicos de la zona iban a un lago que estaba a quince kilómetros, donde practicaban natación, pesca y remo.
–Cathy, no hagas auto-stop, es peligroso. Hay un autobús dos veces al día, ida y vuelta –le dijo Vic.
Pero allá se iba en auto-stop, como un lemingo precipitándose hacia su destino, pensaba Vic. Uno de sus amigos, llamado Joey, de quince años y con coche, podía haberla llevado, pero Cathy prefería parar a los camioneros. Así la violaron por primera vez.
Cathy hizo una gran escena en el lago, se echó a llorar cuando llegó allí a pie, y dijo:
–¡Acaban de violarme!
Bill Owens, el guarda, le pidió a Cathy inmediatamente que le describiera al hombre y el tipo de camión que conducía.
–Era pelirrojo –dijo Cathy, llorosa–. Unos veintiocho años. Era grande y fuerte.
Bill Owens llevó a Cathy en su coche al hospital más cercano. Los periodistas le hicieron fotos a Cathy y le dieron helados. Ella les contó su historia a los periodistas y a los médicos.
Cathy se quedó en casa, mimada y contemplada, durante tres días. El misterioso violador nunca fue encontrado, aunque los médicos confirmaron que Cathy había sido violada. Luego volvió al colegio, vestida como para una fiesta: zapatos de plataforma, maquillaje compacto, esmalte de uñas, perfume, escote profundo. Consiguió más cardenales. El teléfono de su casa no paraba de sonar; los chicos querían salir con ella. La mitad de las veces Cathy salía a escondidas, la otra mitad entretenía a los chicos con promesas, por lo que ellos se quedaban esperando delante de su casa, a pie o en coche. Vic estaba asqueado. ¿Pero qué podía hacer?
–Es natural. ¡Sencillamente Cathy tiene éxito! –seguía diciendo Ruby.
Llegaron las vacaciones de Navidad y la familia se fue a Méjico. Habían pensado ir a Europa, pero Europa resultaba demasiado cara. Fueron en coche a Juárez, cruzaron la frontera y se dirigieron a Guadalajara, camino de ciudad de Méjico. Los mejicanos, hombres y mujeres indistintamente, se quedaban mirando a Cathy. Evidentemente era una niña aún y, sin embargo, iba maquillada como una mujer. Vic comprendía por qué la miraban los mejicanos, pero, al parecer, Ruby no lo entendía.
–Gente repulsiva, estos mejicanos –dijo Ruby.
Vic suspiró. Pudo haber sido durante uno de estos suspiros cuando Cathy desapareció. Vic y Ruby iban caminando por una acera estrecha, con Cathy detrás de ellos, camino del hotel, y al volverse, Cathy ya no estaba allí.
–¿No dijo que iba a comprarse un helado? –dijo Ruby, dispuesta a correr a la próxima esquina para ver si había un vendedor de helados allí.
–Yo no le oí decirlo –dijo Vic.
Miró frenéticamente en todas direcciones. No había más que hombres de negocios con traje, unos cuantos campesinos con sombreros mejicanos y pantalones blancos –generalmente llevando bultos de algún tipo– y mejicanas de aspecto respetable haciendo sus compras. ¿Dónde había un policía? En la media hora siguiente, Vic y Ruby hicieron saber su problema a un par de policías mejicanos que escuchaban atentamente y anotaron la descripción de su hija Cathy. Vic incluso sacó una foto de su cartera.
–¿Sólo doce años? ¿De veras? –dijo uno de los policías.
Vic le entregó la foto y no volvió a verla.
Cathy regresó al hotel hacia la medianoche. Estaba cansada y sucia, pero se dirigió a la habitación de sus padres. Les dijo que la habían violado. El director del hotel les había llamado unos segundos antes para decirles:
–¡Su hija ha regresado! ¡Subió directamente en el ascensor, sin hablar con nosotros!
Cathy les contó a sus padres:
–Era un hombre de aspecto agradable y hablaba inglés. Quería que yo viese un mono que decía que tenía en el coche. Yo no pensé que hubiese nada malo en él.
–¿Un mono? –dijo Vic.
–Pero no había ningún mono –dijo Cathy–, y nos fuimos en el coche.
Entonces se echó a llorar.
Vic y Ruby se sintieron desfallecer ante la perspectiva de intentar encontrar a un hombre de aspecto agradable que hablaba inglés, y de intentar tratar con los tribunales mejicanos si lo encontraban. Hicieron las maletas y se llevaron a Cathy de vuelta a los Estados Unidos, confiando en que no pasara nada, es decir, que Cathy no estuviera embarazada. No lo estaba. Le llevaron a su médico.
–Es por culpa de todos esos cosméticos que se pone –dijo el médico–. La hacen parecer mayor.
Vic lo sabía.
Un verdadero drama, sin embargo, tuvo lugar al año siguiente. Los vecinos de al lado tenían a un joven médico pasando un mes con ellos aquel verano. Se llamaba Norman y era sobrino de la señora de la casa, Marian. Cathy le dijo a Norman que quería ser enfermera y Norman le prestó libros, y pasaba horas con ella hablando de medicina y de la profesión de enfermera. Entonces una tarde Cathy entró corriendo a su casa, llorando, y le dijo a su madre que Norman llevaba semanas seduciéndola y que quería que ella se escapase con él. Había amenazado con raptarla si no aceptaba.
Ruby se quedó horrorizada… aunque no enteramente horrorizada, sino más bien azarada. Quizá Ruby hubiese preferido encerrar a Cathy en casa y no decir nada del asunto, pero Cathy ya se lo había contado a Marian.
Marian llegó dos minutos después que Cathy.
–¡No sé qué decir! ¡Es espantoso! No puedo creer tal cosa de Norman, pero debe ser cierto. Ha huido de la casa. Ha hecho su maleta en un vuelo, pero se ha dejado algunas cosas.
Esta vez las lágrimas de Cathy no cesaron, sino que continuaron corriendo durante días. Contaba historias de que Norman la había obligado a hacer cosas que no se sentía capaz de describir. El asunto se corrió por la vecindad. Norman no estaba en su apartamento de Chicago, dijo Marian, porque ella había intentado llamarle y nadie contestaba al teléfono. Se montó una caza policial… aunque nadie sabía quién la había iniciado. No había sido Vic, ni Ruby; tampoca Marian, ni su marido.
Norman fue encontrado al fin, encerrado en un hotel a cientos de kilómetros de allí. Se había registrado con su propio nombre. La policía presentó cargos en nombre de una comisión gubernativa para la protección de menores. Se inició un juicio en la ciudad de Cathy. Cathy disfrutó cada minuto del mismo. Iba al tribunal diariamente, tanto si tenía que declarar como si no, cuidadosamente vestida, sin maquillaje ni pestañas postizas, pero no pudo alisar su rizado pelo, que había empezado a crecer y mostraba las raíces oscuras contrastando con el tinte ultra-rubio. Cuando estaba en el estrado de los testigos fingía que era incapaz de relatar los espantosos hechos, por lo que el fiscal tenía que sugerírselos y Cathy murmuraba «síes», que con frecuencia le pedían que repitiera en voz más alta para que el tribunal pudiese oírlos. La gente meneaba la cabeza, silbaba a Norman y al final del juicio estaban dispuestos a lincharle. Lo único que Norman y su abogado pudieron hacer fue negar los cargos, porque no había testigos. Norman fue condenado a seis años por abusos deshonestos y por planear el rapto de una menor fuera de las fronteras del estado.
Durante un tiempo Cathy disfrutó haciendo el papel de mártir. Pero no pudo mantenerlo más que unas semanas, porque no era suficientemente feliz. La legión de sus novios se retiró un poco, aunque seguían llamándola para salir. A medida que  pasaba el tiempo, cuando Cathy se quejaba de haber sido violada, sus padres no le hacían mucho caso. Después de todo, Cathy llevaba ya varios años tomando «la píldora».
Los planes de Cathy habían cambiado y ya no quería ser enfermera. Iba a ser azafata. Tenía dieciséis años, pero podía pasar fácilmente por tener veinte o más si lo deseaba, así que dijo en las líneas aéreas que tenía dieciocho e hizo el cursillo práctico de seis semanas sobre cómo mostrarse encantadora, servir comidas y bebidas a todos con agrado, calmar a los nerviosos, administrar primeros auxilios y llevar a cabo los procedimientos de salida de emergencia en caso necesario. Cathy había nacido para todo esto. Volar a Roma, Beirut, Teherán, París, y tener citas por toda la ruta con hombres fascinantes era exactamente lo que siempre había deseado. Frecuentemente las azafatas tenían que pasar la noche en ciudades extranjeras, donde se les pagaba el hotel. Así que la vida iba sobre ruedas. Cathy tenía dinero a espuertas y una colección de los más extraños regalos, especialmente de caballeros de Oriente Medio, tales como un cepillo de dientes de oro y un narguilé portátil (también de oro), muy indicado para fumar hierba. Había tenido una fractura de nariz, gracias al chófer demente de un millonario italiano en la escarbada carretera entre Positano y Amalfi. Pero le habían arreglado bien la nariz y no estropeaba su cara bonita en lo más mínimo. En honor suyo hay que decir que Cathy enviaba dinero a sus padres regularmente, y ella misma tenía una cuenta astronómica en una caja de ahorros de Nueva York.
Luego el envío de los cheques a sus padres se interrumpió bruscamente. Las líneas aéreas se pusieron en contacto con Vic y Ruby. ¿Dónde estaba Cathy? Vic y Ruby no tenían ni idea. Podría estar en cualquier lugar del mundo, las Filipinas, Hong Kong, incluso Australia, que ellos supieran. «¿Serían las líneas aéreas tan amables de informarles tan pronto supieran algo?», pidieron sus padres.
La pista llegaba hasta Tánger y terminaba allí. Cathy le había dicho a otra azafata, al parecer, que tenía una cita en Tánger con un hombre que iba a recogerla en el aeropuerto. Evidentemente, Cathy acudió a su cita y nunca se supo más de ella.

Tuesday, January 25, 2011

Patricia Highsmith / La mano

Vestido eterno, de Flor Garduño

Patricia Highsmith

LA MANO

Traducción de Maribel de Juan

THE HAND
Little Tales of Misogyny 
BIOGRAFÍA DE PATRICIA HIGHSMITH

          Un joven le pidió a un padre la mano de su hija y la recibió en una caja; era su mano izquierda.
PADRE: Me pediste su mano y ya la tienes. Pero, en mi opinión, querías otras cosas y las tomaste.
JOVEN: ¿Qué quiere decir con eso?
PADRE: ¿Tú qué crees que quiero decir? No me negarás que soy más honrado que tú, porque tú cogiste algo de mi familia sin pedirlo, mientras que cuando me pediste la mano de mi hija, yo te la di.
En realidad, el joven no había hecho nada deshonroso. Simplemente, el padre era suspicaz y mal pensado. El padre consiguió legalmente hacer responsable al joven del mantenimiento de su hija y le exprimió económicamente. El joven no pudo negar que tenía la mano de la hija… aunque, desesperado, la había enterrado ya, después de besarla. Pero la mano iba para dos semanas.
El joven quería ver a la hija, e hizo un esfuerzo, pero se encontró bloqueado por los comerciantes que la asediaban. La hija estaba firmando cheques con la mano derecha. Lejos de haberse desangrado, estaba lanzada a toda marcha.
El joven anunció en los periódicos que ella había abandonado el domicilio conyugal. Pero tenía que probar que lo hubiera compartido antes. Aún no era “un matrimonio”, ni en el juzgado ni por la iglesia. Sin embargo, no había duda de que él tenía su mano y había firmado un recibo cuando le entregaron el paquete.
 —Su mano, ¿para qué? —preguntó el joven a la Policía, desesperado y sin un céntimo—. Su mano está enterrada en mi jardín.
 —¿Es que, encima, es un criminal?  No solamente desordenado en su manera de vivir, sino, además un sicópata. ¿No le habrá usted cortado la mano a su mujer?
—¡No! ¡Y ni siquiera es mi mujer!
—¡Tiene su mano, pero no es su mujer! —se burlaron los hombres de la ley—. ¿Qué podemos hacer con él? No es responsable, puede que incluso esté loco.
—Encerradle en un manicomio. Además, está arruinado, por tanto tendrá que ser en una institución del Estado.
Así que encerraron al joven y, una vez al mes, la chica cuya mano había recibido venía a mirarle a través de la alambrada, como una esposa sumisa. Y, como la mayoría de las esposas, no tenía nada que decirle. Pero sonreía dulcemente. El trabajo de él comportaba una pequeña pensión que ella cobraba ahora. Ocultaba su muñón en un manguito.
Debido a que el joven llegó a estar tan asqueado de ella que no podía ni mirarla, le trasladaron a una sala más desagradable, privado de libros y de compañía, y se volvió loco de verdad.
Cuando se volvió loco, todo aquello que le había sucedido, el haber pedido y recibido la mano de su amada, se le hizo inteligible. Comprendió la horrible equivocación, crimen incluso, que había cometido al pedir algo tan bárbaro como la mano de una chica.
Habló con sus captores, diciéndoles que ahora comprendía su error.
—¿Qué error? ¿Pedir la mano de una chica? Lo mismo hice yo cuando me casé.
El joven, sintiendo entonces que estaba loco sin remedio, puesto que no podía establecer contacto con nada, se negó a comer durante muchos días y, al fin, se tumbó en la cama de cara a la pared y murió.