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Thursday, April 7, 2011

Patricia Highsmith / La bailarina

Fotografía de Christopher Peddecord
Patricia Highsmith 
LA BAILARINA

THE DANCER
Little Tales of Misogyny 
BIOGRAFÍA DE PATRICIA HIGHSMITH

Bailaban maravillosamente juntos, evolucionando de un lado a otro de la pista a los eróticos ritmos del tango, a veces del vals. A la edad de veinte y veintidós años respectivamente, Claudette y Rodolphe se hicieron amantes. Quisieron casarse, pero su empresario consideró que resultaban más excitantes para los clientes si no estaban casados. Así que permanecieron solteros.
La sala de fiestas donde trabajaban se llamaba «El Rendez-vous» y era conocida entre cierta clientela de hombres maduros y gastados como una cura eficaz contra la impotencia. Basta con ir a ver bailar a Claudette y Rodolphe, decían todos. Los periodistas, intentando poner un poco de picante en sus columnas, describían su número como sadomasoquista, porque a menudo parecía que Rodolphe iba a estrangular a Claudette. La asía por la garganta y avanzaba, doblándola hacia atrás, o retrocedía –daba igual– manteniendo su presa, sacudiéndola a veces por el cuello, de tal modo que su pelo se agitaba furiosamente. El público contenía el aliento, suspiraba y los contemplaba fascinado. La batería de la banda de tres músicos sonaba más alta e insistente.
Claudette dejó de acostarse con Rodolphe porque pesaba que la privación estimularía su apetito. Le resultaba fácil excitar a Rodolphe mientras bailaba con él, para luego abandonarlo con un movimiento brusco, haciendo mutis acompañada por los aplausos y, en ocasiones, las risas de los espectadores. Bien ajenos estaban al hecho de que lo abandonaba de verdad.
Claudette era caprichosa y no tenía verdaderos planes, pero empezó a salir con un hombre barrigudo llamado Charles, de buen carácter, generoso y rico. Hasta se acostó con él. Charles aplaudía con fuerza cuando Claudette y Rodolphe bailaban, él rodeando con sus manos el grácil cuello blanco, ella doblada hacia atrás. Charles podía permitirse el lujo de reír. Se la iba a llevar a la cama luego.
Como sus ganancias iban unidas, Rodolphe le planteó el asunto a Claudette: o dejaba de ver a Charles o él no volvería a actuar con ella. O, por lo menos, no actuaría con las manos alrededor de su garganta, como si fuera a ahogarla en un exceso de pasión, que era lo que venían buscando los clientes. Rodolphe lo decía en serio, así que Claudette prometió no acostarse más con Charles. Cumplió su promesa. Charles se distanció; raras veces se le veía por «El Rendez-vous»; en esas ocasiones andaba triste y abatido y, finalmente, no volvió más. Pero Rodolphe se fue dando cuenta poco a poco de que Claudette estaba viéndose con dos o tres hombres. Empezó a dormir con ellos y el negocio prosperó más que con el rico Charles, quien, después de todo, era un solo hombre, con sólo un grupo de amigos a los que poder traer a «El Rendez-vous».
Rodolphe le pidió a Claudette que terminara con los tres. Ella se lo prometió. Sin embargo, ellos, o sus mensajeros con noticias y flores, continuaron frecuentando el camerino todas las noches.
Rodolphe, que no había pasado una noche con Claudette desde hacía ya cinco meses, pero cuyo cuerpo se apretaba contra el suyo cada noche ante los ojos de doscientas personas… Rodolphe bailó un tango magnífico una noche. Se apretó contra ella como de costumbre y ella se inclinó hacia atrás.
–¡Más! ¡Más! –gritó el público, hombres en su mayoría, cuando las manos de Rodolphe oprimían la garganta de ella.
Claudette siempre fingía sufrir, amar a Rodolphe y sufrir a manos de su pasión durante la danza. Esta vez no se levantó cuando la soltó. Ni él la ayudó, como solía hacer. La había estrangulado, con tanta fuerza que ella no pudo gritar. Rodolphe salió del pequeño escenario y dejó a Claudette allí para que otros la recogieran.




Wednesday, April 6, 2011

Patricia Highsmith / Un objeto de cama transportable


Fotografía de José María Manchado

Patricia Highsmith
UN OBJETO DE CAMA TRANSPORTABLE

THE MOBILE BED-OBJECT
Little Tales of Misogyny 
BIOGRAFÍA DE PATRICIA HIGHSMITH


Hay montones de chicas como Mildred, sin hogar, pero nunca sin techo… Generalmente, el techo de una habitación de hotel; a veces, el de un apartamento de soltero; el de la cabina de un yate, si hay suerte, o el de una tienda de campaña o una caravana. Estas chicas son objetos de cama, el tipo de cosa que se compra, como una botella de agua caliente, una plancha de viaje, un cepillo eléctrico para los zapatos, o cualquier otro lujo. Saber cocinar un poco es una ventaja para ellas, pero, ciertamente, no es necesario que hablen, en ningún idioma. Son también intercambiables, como las monedas de libre circulación o los cupones de respuesta postal internacionales. Su valor sube y baja, dependiendo de su edad y de su propietario actual.
Mildred consideraba que no era una vida desagradable, y si la hubiesen entrevistado, habría contestado con toda sinceridad: «Es interesante.» Mildred nunca se reía, y únicamente sonreía cuando pensaba que debía ser educada. Medía un metro sesenta y siete, era más bien rubia, bastante esbelta, y tenía una cara agradable e inexpresiva con grandes ojos azules siempre muy abiertos. Más que andar se escabullía, con los hombros encogidos y las caderas un poco hacia adelante; la forma de andar de las modelos, según había leído en algún sitio. Esto le daba un aire lánguido y pacífico, caminando parecía una sonámbula. En la cama era un poco más vivaz, y este dato pasaba de boca en boca o, entre hombres que no hablaban el mismo idioma, se transmitía por medio de gestos y sonrisitas. Mildred conocía su trabajo y hay que reconocer que se dedicaba a él diligentemente.
Estuvo dando tumbos en la escuela hasta los catorce años, cuando todo el mundo, incluyendo a sus padres, juzgaron que no tenía sentido que continuara. Se casaría pronto, pensaron sus padres. Pero Mildred se escapó de casa, o, más bien, se la llevó un vendedor de coches cuando apenas tenía quince años. Bajo la dirección del vendedor, escribió cartas tranquilizadoras a su casa, diciendo que trabajaba como camarera en una ciudad cercana y que vivía en un piso con otras dos chicas.
A los dieciocho, Mildred ya había estado en Capri, Méjico, Paris, y hasta en Japón, y varias veces en Brasil, donde los hombres la abandonaban generalmente, ya que a menudo iban huyendo de algo. Había sido el segundo premio, por así decirlo, de un Presidente electo americano la noche de su victoria. En Londres había sido prestada durante dos días a un jeque árabe, el cual la recompensó con una copa de oro bastante rara, que ella perdió más tarde; no es que le gustara la copa, pero debía valer una fortuna, y con frecuencia lamentaba su pérdida. Si alguna vez deseaba cambiar de hombre, no tenía más que ir sola a un bar de lujo de Río o de cualquier ciudad y ligarse a otro que estaría encantado de incluirla en su cuenta de gastos, y así volvía a América, o a Alemania, o a Suecia. A Mildred le tenía sin cuidado el país en el que estaba.
Una vez la olvidaron en la mesa de un restaurante, del mismo modo que se deja un encendedor. Mildred se dio cuenta, pero Herb tardó unos treinta minutos que resultaron ligeramente inquietantes para Mildred, aunque ella nunca se preocupaba de verdad por nada. Pero se volvió al hombre que estaba sentado junto a ella –era una comida de negocios, cuatro hombres y cuatro chicas– y le dijo:
–Pensé que Herb había ido solamente al servicio…
–¿Qué? –dijo el hombre robusto, un americano–. Oh, volverá. Hemos tenido que discutir asuntos desagradables. Herb está disgustado.
El americano sonrió comprensivo. Tenía a su chica al otro lado, una a la que se había ligado la noche anterior. Las chicas no habían abierto la boca, excepto para comer.
Herb volvió y recogió a Mildred, y se fueron al hotel. Herb estaba absolutamente sombrío porque había llevado la peor parte en el trato. Esa tarde los abrazos de Mildred no consiguieron levantar el ánimo ni el orgullo de Herb, y esa noche la cambió por otra. El nuevo guardián de Mildred era Stanley, de unos treinta y cinco años y regordete, como Herb. El intercambio tuvo lugar a la hora del aperitivo, mientras Mildred sorbía con una pajita un alexander, como de costumbre. Herb se llevó a la chica de Stanley, una estúpida rubia con el pelo artificialmente rizado. El rubio también era artificial, aunque un buen trabajo, observó Mildred, que era una experta en cuestiones de maquillaje y peinados. Mildred regresó fugazmente al hotel para hacer la maleta, y luego pasó la noche con Stanley. Este apenas le dirigió la palabra, pero sonrió mucho e hizo muchas llamadas telefónicas. Esto sucedía en Des Moines.
Con Stanley, Mildred fue a Chicago, donde él tenía un pequeño piso en propiedad, más una esposa que vivía en una casa en algún sitio, según le dijo. A Mildred no le preocupaba la esposa. Solamente una vez en su vida había tenido que enfrentarse con una esposa difícil que entró violentamente en un piso. Mildred blandió un cuchillo de trinchar y la esposa huyó. Generalmente las esposas se quedaban sin habla, luego la miraban con desprecio y se marchaban, evidentemente con la intención de vengarse de sus maridos. Stanley estaba fuera todo el día y no le dejaba mucho dinero, lo cual era un fastidio. Mildred no pensaba quedarse mucho tiempo con él, si podía remediarlo. Ella había abierto una vez una cuenta de ahorros en un banco en alguna parte, pero había perdido la cartilla y había olvidado el nombre de la ciudad donde estaba el banco.
Pero antes de que Mildred pudiera hacer una hábil maniobra para apartarse de Stanley, se encontró traspasada a otro hombre. Esto fue un golpe para ella. Un economista hubiese sacado conclusiones sobre la moneda que se da, y también las sacó Mildred. Comprendió que Stanley salió ganando un poco en el trato que hizo con el hombre llamado Louis, el nuevo dueño de Mildred, y sin embargo…
Sólo tenía veintitrés años. Pero Mildred sabía que esa era la edad peligrosa y que más le valía jugar sus cartas con cuidado de ahora en adelante. Dieciocho era la edad cumbre, y ella la superaba en cinco años. ¿Y qué había conseguido en ese tiempo? Un brazalete de diamantes que los hombres miraban con codicia y que había tenido que desempeñar dos veces con ayuda de algún nuevo hijo de puta. Un abrigo de visón, la misma historia. Una maleta con un par de vestidos buenos. ¿Qué es lo que quería? Pues quería continuar con la misma vida pero con una sensación de mayor seguridad. ¿Qué haría si se encontrara realmente entre la espada y la pared? ¿Si le dieran la patada, en vez de traspasarla a otro, y tuviese que irse a un bar y aun así no pudiera conseguir más que un ligue de una noche? Bueno, tenía algunas direcciones de antiguos amigos y siempre podía escribirles y amenazarles con hablar de ellos en sus memorias, diciendo que un editor estaba interesado en ellas. Pero Mildred había hablado con chicas de veinticinco años o más que habían amenazado con escribir memorias si no les pasaban una pensión vitalicia, y sólo sabía de una que lo hubiese logrado. Generalmente, decían las chicas, lo único que sacaban era que se riesen de ellas, o un «Adelante, escríbelas», en vez de dinero.
Por lo tanto, durante unos días, Mildred sacó todo el partido posible a su estancia con el gordo y viejo Louis. El tenía un bonito gato atigrado con el que Mildred se encariñó, pero lo más aburrido era el lóbrego apartamento, de una sola habitación y una cocina estrecha. Louis tenía buen carácter, pero era tacaño. A Mildred también le resultaba incómodo tener que salir a escondidas cuando iban a cenar fuera (lo cual sucedía raras veces, porque Louis esperaba de ella que cocinara y además hiciera un poco de limpieza), y que Louis le pidiera que se ocultara en la estrecha cocina sin hacer el menor ruido cuando recibía gente para hablar de negocios. Louis vendía pianos al por mayor. Mildred ensayaba el discurso que iba a hacerle pronto: «Espero que comprendas que no tienes ningún poder sobre mí, Louis… Yo soy una chica que no está acostumbrada a trabajar, ni siquiera en la cama…»
Pero antes de que tuviese la oportunidad de soltarle su discurso, que hubiera sido fundamentalmente una petición de más dinero, porque sabía que Louis tenía mucho y bien guardado, una noche fue regalada a un joven vendedor. Después de que todos hubieran terminado de cenar en un restaurante de carretera, Louis dijo sencillamente:
–Dave, ¿por qué no te llevas a Mildred a tu casa para tomar una copa? Yo tengo que acostarme temprano –y  le hizo un guiño.
Dave sonrió, radiante. Era bastante guapo, pero vivía en una caravana. ¡Dios mío! Mildred no tenía intención de convertirse en una gitana, darse baños de esponja y soportar retretes portátiles. Estaba acostumbrada a buenos hoteles con servicio de habitación día y noche. Puede que Dave fuera joven y ardiente, pero eso a Mildred le importaba un bledo. Los hombres decían que las mujeres eran todas iguales, pero en su opinión, era aún más cierto que todos los hombres eran iguales. Todos querían la misma cosa. Las mujeres por lo menos querían abrigos de piel, buenos perfumes, unas vacaciones en las Bahamas, un crucero por alguna parte, joyas, en fin, un montón de cosas.
Una noche cuando estaba con Dave en una cena de negocios (era distribuidor de pianos, aunque nunca había visto un piano en la caravana), Mildred conoció  a un tal Mr. Zupp, a quien llamaban Sam, que había invitado a Dave a un restaurante de lujo. Inspirada por tres alexanders, Mildred coqueteó descaradamente con Sam, el cual no dejó de responder por debajo de la mesa, y Mildred anunció sencillamente que se marchaba con Sam. Dave se quedó con la boca abierta y empezó a hacer una escena, pero Sam –mayor y más seguro de sí mismo–, muy diplomáticamente, le insinuó que habría un escándalo si llegaban a las manos, y Dave se achantó.
Esto supuso un gran ascenso. Sam y Mildred volaron a París en seguida, luego a Hamburgo. Mildred se compró ropa nueva. Las habitaciones de los hoteles eran magníficas. Mildred nunca sabía de un día para otro en qué ciudad estarían.
Este sí que era un hombre cuyas memorias valdrían dinero, si ella lograse saber a qué se dedicaba. Pero cuando hablaba por teléfono lo hacía en código, o en yidish, o en ruso, o en árabe. Mildred nunca había oído unos idiomas tan desconcertantes y nunca conseguía averiguar qué era exactamente lo que vendía. La gente tenía que vender algo, ¿no? O comprar algo, y si compraban algo tenía que haber una fuente de dinero, ¿no? Así que, ¿cuál era la fuente de dinero? Algo le decía a Mildred que pronto sería su hora de retirarse. Sam Zupp parecía haber sido enviado por la Providencia. Se puso a trabajarle, intentando ser útil.
–No me importaría sentar cabeza –dijo.
–Yo no soy de los que se casan –respondió él con una sonrisa.
No era eso lo que ella quería decir. Ella quería decir un dinerito para el porvenir, y luego él podía decir adiós, si lo deseaba. Pero, ¿no harían falta unos cuantos dineritos para reunir un dinero considerable? ¿Tendría que pasar de nuevo por todo esto con futuros Sam Zupp? La mente de Mildred se tambaleó a causa del esfuerzo de contemplar un futuro tan lejano, pero no parecía haber duda de que debería aprovecharse de Mr. Zupp, por lo menos ahora que lo tenía.
Estas ideas, o planes, frágiles como telas de araña rotas, fueron barridas por los acontecimientos de los días siguientes a la mencionada conversación.
Repentinamente Sam Zupp tenía que huir. Durante unos días volaron en asientos separados, para que pareciera que no viajaban juntos. En una ocasión oyeron las sirenas de la policía tras ellos, cuando el coche con chofer alquilado por Sam ascendía a toda carrera por una carretera alpina que conducía a Ginebra. O puede que a Zurich. Mildred estaba en su elemento, asistiendo a Sam con pañuelos mojados en agua de colonia, sacando de su bolso un sandwich de jambon por si tenía hambre, o una botellita de coñac cuando él sentía el corazón agitado. Mildred se imaginaba a sí misma como una de las heroínas que había visto en las películas –buenas películas– de hombres que huían con sus chicas de la espantosa e injustamente bien armada de la policía.
Sus fantasías de aventuras románticas fueron breves. Debió ser en Holanda –la mitad del tiempo, Mildred no sabía dónde estaba–, cuando el coche conducido por el chofer se detuvo de pronto con un chirrido de frenos exactamente como en las películas, y entre el chofer y Sam envolvieron a Mildred como una momia en una rígida y pesada lona y la ataron con cuerdas. Luego la arrojaron a un canal y se ahogó.
Nadie volvió a saber nada de Mildred. Nadie la encontró nunca. Si la hubiesen encontrado no hubiese habido medios de identificación inmediata, porque Sam llevaba su pasaporte y su bolso había quedado en el coche. La habían tirado como se tira un encendedor desechable, como un libro de bolsillo que ya se ha leído y que se convierte en exceso de equipaje. Nadie se preocupó por la ausencia de Mildred. La veintena aproximada de personas que la conocían y la recordaban, también ellas repartidas por el mundo, pensaron simplemente que vivía en otro país o en otra ciudad. Un día, suponían, aparecería por algún bar, o en el vestíbulo de algún hotel. Pronto la olvidaron.

Tuesday, April 5, 2011

Patricia Highsmith / La víctima

Jenny Seville

Patricia Highsmith
LA VÍCTIMA


THE VICTIM
Little Tales of Misogyny 
BIOGRAFÍA DE PATRICIA HIGHSMITH



Empezó cuando la pequeña Catherine, rubia y gordita, tenía cuatro o cinco años; sus padres notaron que se hería, se caía o hacía algo desastroso con mucha más frecuencia que otros niños de su edad. ¿Por qué a Cathy le sangraba la nariz tan a menudo? ¿Por qué tenía las rodillas siempre arañadas? ¿Por qué lloraba tantas veces pidiendo el consuelo de su mamá? ¿Por qué se había roto un brazo dos veces antes de los ocho años? ¿Por qué, realmente? Sobre todo teniendo en cuenta que Cathy no era muy aficionada a estar en la calle. Prefería jugar en casa. Por ejemplo, le gustaba vestirse con la ropa de su madre, cuando ésta había salido. Cathy se ponía vestidos largos, tacones altos y maquillaje, que se aplicaba ante el tocador de su madre. Por dos veces, tales juegos habían sido la causa de que Cathy se enganchara los bamboleantes zapatos en la falda y se cayera por las escaleras, cuando iba camino del cuarto de estar para mirarse en el espejo grande. Esta había sido la causa de una de las fracturas del brazo.
Ahora, Cathy tenía once años, y hacía mucho tiempo que había dejado de probarse la ropa de su madre. Ya tenía sus propias botas con plataforma que la hacían parecer diez centímetros más alta, su propio tocador con lápices de labios, polvos compactos, rulos, tenacillas, reflejos para el pelo, pestañas postizas, incluso una peluca en un soporte. La peluca le había costado la asignación de tres meses, y aun así sus padres habían tenido que añadir veinte dólares para comprarla.
–No me explico por qué quiere parecer una mujer de treinta años –dijo Vic, el padre de Cathy–. Ya tendrá tiempo de sobra para eso.
–Oh, es normal a su edad –dijo su madre, Ruby, aunque ella sabía que no era completamente normal.
Cathy se quejaba de que los chicos la molestaban.
–¡No me dejan en paz! –les dijo a sus padres una tarde, no por primera vez–. ¡Miren qué cardenales!
Cathy se subió una llamativa blusa de nylon para mostrar un par de cardenales en las costillas. Se tambaleaba un poco sobre sus botas blancas con plataforma, rematadas por unas incongruentes medias amarillas hasta la rodilla, que hubieran sido más apropiadas para un explorador.
–¡Madre mía! –exclamó Vic, que estaba secando los platos–. ¡Mira esto, Ruby! No será que te caíste en algún sitio, ¿verdad, Cathy?
Junto al fregadero, Ruby no quedó muy impresionada por los cardenales de un marrón azulado. Ella había visto fracturas múltiples.
–¡Los chicos me agarran y me estrujan! –se lamentó Cathy.
Vic estuvo a punto de tirar el plato que estaba secando, pero finalmente lo puso con suavidad en lo alto de una pila en el armario.
–¿Qué esperas, Cathy, si llevas pestañas postizas para ir al colegio a las nueve de la mañana? Sabes, Ruby, es culpa suya.
Pero Vic no conseguía que Ruby estuviera de acuerdo. Ruby seguía diciendo que era normal a su edad, o algo así. Cathy le repugnaría, pensaba Vic, si él fuera un chico de trece a catorce años. Pero tenía que admitir que Cathy parecía una presa fácil, un buen revolcón para cualquier estúpido adolescente. Intentó explicárselo a Ruby, y convencerla de que ejerciera algún control sobre ella.
–Sabes, Vic, cariño, te estás portando como un padre sobreprotector. Es un síndrome muy corriente, y no deseo reprochártelo. Pero debes despreocuparte de Cathy o empeorarás las cosas –dijo Ruby.
Cathy tenía los ojos azules y redondos y las pestañas largas por naturaleza. Las comisuras de su boca en forma de corazón tendían a levantarse en una sonrisa dulce y complaciente. En el colegio era bastante en Biología, dibujando espirogiros, el sistema circulatorio de las ranas y cortes transversales de las zanahorias vistas por un microscopio. Miss Reynolds, su profesora de Biología, la apreciaba, y le prestaba panfletos y revistas trimestrales, que Cathy leía y devolvía.
Luego, en las vacaciones de verano, cuando tenía casi doce años, empezó a hacer auto-stop sin ningún motivo. Los chicos de la zona iban a un lago que estaba a quince kilómetros, donde practicaban natación, pesca y remo.
–Cathy, no hagas auto-stop, es peligroso. Hay un autobús dos veces al día, ida y vuelta –le dijo Vic.
Pero allá se iba en auto-stop, como un lemingo precipitándose hacia su destino, pensaba Vic. Uno de sus amigos, llamado Joey, de quince años y con coche, podía haberla llevado, pero Cathy prefería parar a los camioneros. Así la violaron por primera vez.
Cathy hizo una gran escena en el lago, se echó a llorar cuando llegó allí a pie, y dijo:
–¡Acaban de violarme!
Bill Owens, el guarda, le pidió a Cathy inmediatamente que le describiera al hombre y el tipo de camión que conducía.
–Era pelirrojo –dijo Cathy, llorosa–. Unos veintiocho años. Era grande y fuerte.
Bill Owens llevó a Cathy en su coche al hospital más cercano. Los periodistas le hicieron fotos a Cathy y le dieron helados. Ella les contó su historia a los periodistas y a los médicos.
Cathy se quedó en casa, mimada y contemplada, durante tres días. El misterioso violador nunca fue encontrado, aunque los médicos confirmaron que Cathy había sido violada. Luego volvió al colegio, vestida como para una fiesta: zapatos de plataforma, maquillaje compacto, esmalte de uñas, perfume, escote profundo. Consiguió más cardenales. El teléfono de su casa no paraba de sonar; los chicos querían salir con ella. La mitad de las veces Cathy salía a escondidas, la otra mitad entretenía a los chicos con promesas, por lo que ellos se quedaban esperando delante de su casa, a pie o en coche. Vic estaba asqueado. ¿Pero qué podía hacer?
–Es natural. ¡Sencillamente Cathy tiene éxito! –seguía diciendo Ruby.
Llegaron las vacaciones de Navidad y la familia se fue a Méjico. Habían pensado ir a Europa, pero Europa resultaba demasiado cara. Fueron en coche a Juárez, cruzaron la frontera y se dirigieron a Guadalajara, camino de ciudad de Méjico. Los mejicanos, hombres y mujeres indistintamente, se quedaban mirando a Cathy. Evidentemente era una niña aún y, sin embargo, iba maquillada como una mujer. Vic comprendía por qué la miraban los mejicanos, pero, al parecer, Ruby no lo entendía.
–Gente repulsiva, estos mejicanos –dijo Ruby.
Vic suspiró. Pudo haber sido durante uno de estos suspiros cuando Cathy desapareció. Vic y Ruby iban caminando por una acera estrecha, con Cathy detrás de ellos, camino del hotel, y al volverse, Cathy ya no estaba allí.
–¿No dijo que iba a comprarse un helado? –dijo Ruby, dispuesta a correr a la próxima esquina para ver si había un vendedor de helados allí.
–Yo no le oí decirlo –dijo Vic.
Miró frenéticamente en todas direcciones. No había más que hombres de negocios con traje, unos cuantos campesinos con sombreros mejicanos y pantalones blancos –generalmente llevando bultos de algún tipo– y mejicanas de aspecto respetable haciendo sus compras. ¿Dónde había un policía? En la media hora siguiente, Vic y Ruby hicieron saber su problema a un par de policías mejicanos que escuchaban atentamente y anotaron la descripción de su hija Cathy. Vic incluso sacó una foto de su cartera.
–¿Sólo doce años? ¿De veras? –dijo uno de los policías.
Vic le entregó la foto y no volvió a verla.
Cathy regresó al hotel hacia la medianoche. Estaba cansada y sucia, pero se dirigió a la habitación de sus padres. Les dijo que la habían violado. El director del hotel les había llamado unos segundos antes para decirles:
–¡Su hija ha regresado! ¡Subió directamente en el ascensor, sin hablar con nosotros!
Cathy les contó a sus padres:
–Era un hombre de aspecto agradable y hablaba inglés. Quería que yo viese un mono que decía que tenía en el coche. Yo no pensé que hubiese nada malo en él.
–¿Un mono? –dijo Vic.
–Pero no había ningún mono –dijo Cathy–, y nos fuimos en el coche.
Entonces se echó a llorar.
Vic y Ruby se sintieron desfallecer ante la perspectiva de intentar encontrar a un hombre de aspecto agradable que hablaba inglés, y de intentar tratar con los tribunales mejicanos si lo encontraban. Hicieron las maletas y se llevaron a Cathy de vuelta a los Estados Unidos, confiando en que no pasara nada, es decir, que Cathy no estuviera embarazada. No lo estaba. Le llevaron a su médico.
–Es por culpa de todos esos cosméticos que se pone –dijo el médico–. La hacen parecer mayor.
Vic lo sabía.
Un verdadero drama, sin embargo, tuvo lugar al año siguiente. Los vecinos de al lado tenían a un joven médico pasando un mes con ellos aquel verano. Se llamaba Norman y era sobrino de la señora de la casa, Marian. Cathy le dijo a Norman que quería ser enfermera y Norman le prestó libros, y pasaba horas con ella hablando de medicina y de la profesión de enfermera. Entonces una tarde Cathy entró corriendo a su casa, llorando, y le dijo a su madre que Norman llevaba semanas seduciéndola y que quería que ella se escapase con él. Había amenazado con raptarla si no aceptaba.
Ruby se quedó horrorizada… aunque no enteramente horrorizada, sino más bien azarada. Quizá Ruby hubiese preferido encerrar a Cathy en casa y no decir nada del asunto, pero Cathy ya se lo había contado a Marian.
Marian llegó dos minutos después que Cathy.
–¡No sé qué decir! ¡Es espantoso! No puedo creer tal cosa de Norman, pero debe ser cierto. Ha huido de la casa. Ha hecho su maleta en un vuelo, pero se ha dejado algunas cosas.
Esta vez las lágrimas de Cathy no cesaron, sino que continuaron corriendo durante días. Contaba historias de que Norman la había obligado a hacer cosas que no se sentía capaz de describir. El asunto se corrió por la vecindad. Norman no estaba en su apartamento de Chicago, dijo Marian, porque ella había intentado llamarle y nadie contestaba al teléfono. Se montó una caza policial… aunque nadie sabía quién la había iniciado. No había sido Vic, ni Ruby; tampoca Marian, ni su marido.
Norman fue encontrado al fin, encerrado en un hotel a cientos de kilómetros de allí. Se había registrado con su propio nombre. La policía presentó cargos en nombre de una comisión gubernativa para la protección de menores. Se inició un juicio en la ciudad de Cathy. Cathy disfrutó cada minuto del mismo. Iba al tribunal diariamente, tanto si tenía que declarar como si no, cuidadosamente vestida, sin maquillaje ni pestañas postizas, pero no pudo alisar su rizado pelo, que había empezado a crecer y mostraba las raíces oscuras contrastando con el tinte ultra-rubio. Cuando estaba en el estrado de los testigos fingía que era incapaz de relatar los espantosos hechos, por lo que el fiscal tenía que sugerírselos y Cathy murmuraba «síes», que con frecuencia le pedían que repitiera en voz más alta para que el tribunal pudiese oírlos. La gente meneaba la cabeza, silbaba a Norman y al final del juicio estaban dispuestos a lincharle. Lo único que Norman y su abogado pudieron hacer fue negar los cargos, porque no había testigos. Norman fue condenado a seis años por abusos deshonestos y por planear el rapto de una menor fuera de las fronteras del estado.
Durante un tiempo Cathy disfrutó haciendo el papel de mártir. Pero no pudo mantenerlo más que unas semanas, porque no era suficientemente feliz. La legión de sus novios se retiró un poco, aunque seguían llamándola para salir. A medida que  pasaba el tiempo, cuando Cathy se quejaba de haber sido violada, sus padres no le hacían mucho caso. Después de todo, Cathy llevaba ya varios años tomando «la píldora».
Los planes de Cathy habían cambiado y ya no quería ser enfermera. Iba a ser azafata. Tenía dieciséis años, pero podía pasar fácilmente por tener veinte o más si lo deseaba, así que dijo en las líneas aéreas que tenía dieciocho e hizo el cursillo práctico de seis semanas sobre cómo mostrarse encantadora, servir comidas y bebidas a todos con agrado, calmar a los nerviosos, administrar primeros auxilios y llevar a cabo los procedimientos de salida de emergencia en caso necesario. Cathy había nacido para todo esto. Volar a Roma, Beirut, Teherán, París, y tener citas por toda la ruta con hombres fascinantes era exactamente lo que siempre había deseado. Frecuentemente las azafatas tenían que pasar la noche en ciudades extranjeras, donde se les pagaba el hotel. Así que la vida iba sobre ruedas. Cathy tenía dinero a espuertas y una colección de los más extraños regalos, especialmente de caballeros de Oriente Medio, tales como un cepillo de dientes de oro y un narguilé portátil (también de oro), muy indicado para fumar hierba. Había tenido una fractura de nariz, gracias al chófer demente de un millonario italiano en la escarbada carretera entre Positano y Amalfi. Pero le habían arreglado bien la nariz y no estropeaba su cara bonita en lo más mínimo. En honor suyo hay que decir que Cathy enviaba dinero a sus padres regularmente, y ella misma tenía una cuenta astronómica en una caja de ahorros de Nueva York.
Luego el envío de los cheques a sus padres se interrumpió bruscamente. Las líneas aéreas se pusieron en contacto con Vic y Ruby. ¿Dónde estaba Cathy? Vic y Ruby no tenían ni idea. Podría estar en cualquier lugar del mundo, las Filipinas, Hong Kong, incluso Australia, que ellos supieran. «¿Serían las líneas aéreas tan amables de informarles tan pronto supieran algo?», pidieron sus padres.
La pista llegaba hasta Tánger y terminaba allí. Cathy le había dicho a otra azafata, al parecer, que tenía una cita en Tánger con un hombre que iba a recogerla en el aeropuerto. Evidentemente, Cathy acudió a su cita y nunca se supo más de ella.

Friday, January 28, 2011

Patricia Highsmith / La coartada perfecta


Patricia Highsmith
LA COARTADA PERFECTA
La multitud se arrastraba como un monstruo ciego y sin mente hacia la entrada del metro. Los pies se deslizaban hacia adelante unos pocos centímetros, se paraban, volvían a deslizarse. Howard odiaba las multitudes. Le hacían sentir pánico. Su dedo estaba en el gatillo, y durante unos segundos se concentró en no permitir que lo apretara, pese a que se había convertido en un impulso casi incontrolable.
Había descosido el fondo del bolsillo de su sobretodo, y ahora sujetaba la pistola en ese bolsillo con su mano enguantada. Las bajas y anchas espaldas de George estaban a menos de medio metro frente a él, pero había un par de personas entre medio. Howard giró los hombros y se encajó en el espacio entre un hombre y una mujer, empujando ligeramente al hombre.
Ahora estaba inmediatamente detrás de George, y la parte delantera de su sobretodo desabrochado rozaba la espalda del abrigo del otro. Howard niveló la pistola en su bolsillo. Una mujer golpeó su brazo derecho, pero mantuvo firme la puntería contra la espalda de George, con los ojos fijos en su sombrero de fieltro. Una voluta del humo del cigarro del otro hombre se enroscó en las fosas nasales de Howard, familiar y nauseabunda. La entrada del metro estaba a tan sólo un par de metros. Dentro de los próximos cinco segundos, se dijo Howard, y al mismo tiempo su mano izquierda se movió para echar hacia atrás el lado derecho de su sobretodo, hizo un movimiento incompleto, y una décima de segundo más tarde la pistola disparó.
Una mujer chilló.
Howard dejó caer la pistola a través del abierto bolsillo.
La multitud había retrocedido ante la explosión del arma, arrastrando a Howard consigo. Unas cuantas personas se agitaron ante él, pero por un instante vio a George en un pequeño espacio vacío en la acera, tendido de lado, con el delgado cigarro a medio fumar aún sujeto entre sus dientes, que Howard vio desnudos por un instante, luego cubiertos por el relajarse de su boca.
-¡Le han disparado! -gritó alguien.
-¿Quién?
-¿Dónde?
La multitud inició un movimiento hacia adelante con un rugir de curiosidad, y Howard fue arrastrado hasta casi donde estaba tendido George.
-¡Échense atrás! ¡Van a pisotearlo! -gritó una voz masculina.
Howard fue hacia un lado para librarse de la multitud y bajó las escaleras del metro. El rugir de voces en la acera fue reemplazado de pronto por el zumbido de la llegada de un tren. Howard rebuscó mecánicamente algo de cambio y sacó una moneda. Nadie a su alrededor parecía haberse dado cuenta de que había un hombre muerto tendido en la parte de arriba de las escaleras. ¿No podía usar otra salida para volver a la calle e ir en busca de su coche? Lo había aparcado apresuradamente en la Treinta y cinco, cerca de Broadway. No, podía tropezar con alguien que lo hubiera visto cerca de George en la multitud. Howard era muy alto. Destacaba. Podía recoger el coche un poco más tarde. Miró su reloj. Exactamente las 5:54.
Cruzó la estación y tomó un tren hacia el norte. Sus oídos eran muy sensibles al ruido, y normalmente el chirrido del acero sobre acero era una tortura intolerable para él; pero ahora, mientras permanecía de pie sujeto a una de las correas, apenas escuchaba el insoportable ruido y se sentía agradecido por la despreocupación de los pasajeros que leían el periódico a su alrededor. Su mano derecha, aún en el bolsillo de su sobretodo, tanteó automáticamente el descosido fondo. Esta noche tenía que volver a coserlo, se recordó. Bajó la vista a la parte delantera de la prenda y vio, con un repentino shock, casi con dolor, que la bala había abierto un agujero en el sobretodo. Sacó rápidamente su mano derecha y la colocó sobre el agujero, sin dejar de mirar el panel publicitario que tenía delante.
Frunció intensamente el ceño mientras revisaba todo el asunto una vez más, intentando ver si había cometido algún error en alguna parte. Había abandonado el almacén un poco antes que de costumbre -a las 5:15- para poder estar en la calle Treinta y cuatro a las 5:30, cuando George abandonaba siempre su tienda. El señor Luther, el jefe de Howard, había dicho: «Hoy termina usted pronto, ¿eh, Howard?» Pero lo mismo había ocurrido algunas otras veces antes, y el señor Luther no pensaría en nada malo al respecto. Y había borrado todas las posibles huellas de la pistola, y también de las balas. Había comprado la pistola haría unas cinco semanas en Bennington, Vermont, y no había tenido que dar su nombre cuando lo hizo. No había vuelto a Bennington desde entonces. Creía que era realmente imposible que la policía pudiera llegar a encontrar el rastro del arma. Y nadie le había visto disparar aquel tiro, estaba seguro de ello. Había escrutado a su alrededor antes de meterse en el metro, y nadie miraba en su dirección.
Howard tenía intención de ir hacia el norte unas cuantas estaciones, luego regresar y recoger su coche; pero ahora pensó que primero debía librarse del sobretodo. Demasiado peligroso intentar que cosieran un agujero como aquél. No tenía el aspecto de la quemadura de un cigarrillo, parecía exactamente lo que era. Debía apresurarse. Su coche estaba a menos de tres manzanas de donde había disparado a George. Probablemente sería interrogado esta noche acerca de George Frizell, porque la policía interrogaría con toda seguridad a Mary, y si ella no mencionaba su nombre, sus caseras -la de ella y la de George- sí lo harían. George tenía tan pocos amigos.
Pensó en meter el sobretodo en alguna papelera en una estación del metro. Pero demasiada gente se daría cuenta de ello. ¿En una de la calle? Eso también parecía muy llamativo; después de todo, era un sobretodo casi nuevo. No, tenía que ir a casa y coger algo para envolverlo antes de poder tirarlo.
Salió en la estación de la calle Setenta y dos. Vivía en un pequeño apartamento en la planta baja de un edificio de piedra marrón en la calle Setenta y cinco Oeste, cerca de la avenida West End. Howard no vio a nadie cuando entró, lo cual era estupendo porque podía decir, si era interrogado al respecto, que había vuelto a casa a las 5:30 en vez de casi a las 6:00. Tan pronto hubo entrado en su apartamento y encendido la luz, Howard supo lo que haría con el sobretodo: quemarlo en la chimenea. Era lo más seguro.
Sacó algunas monedas y un aplastado paquete de cigarrillos del bolsillo izquierdo del sobretodo, se quitó la prenda y la tiró sobre el sofá. Entonces cogió el teléfono y marcó el número de Mary.
Respondió al tercer timbrazo.
-Hola, Mary -dijo-. Hola. Ya está hecho.
Un segundo de vacilación.
-¿Hecho? ¿De veras, Howard? No estarás…
No, no estaba bromeando. No sabía qué otra cosa decirle, qué otra cosa se atrevía a decir por teléfono.
-Te quiero. Cuídate, querida -dijo con voz ausente.
-¡Oh, Howard! -Se echó a llorar.
-Mary, probablemente la policía hablará contigo. Quizá dentro de unos pocos minutos. -Crispó la mano en el auricular, deseoso de rodear a la mujer con sus brazos, de besar sus mejillas que ahora debían estar húmedas de lágrimas-. No me menciones, querida…, simplemente no lo hagas, te pregunten lo que te pregunten. Todavía tengo que hacer algunas cosas y he de apresurarme. Si tu casera me menciona, no te preocupes por ello, puedo arreglarlo…, pero tú no lo hagas primero. ¿Has entendido? -Se daba cuenta de que le estaba hablando de nuevo como si fuera una niña, y de que eso no era bueno para ella; pero éste no era el mejor momento para estar pensando en lo que era bueno para ella y lo que no-. ¿Has entendido, Mary?
-Sí -dijo ella, con un hilo de voz.
-No estés llorando cuando venga la policía, Mary. Lávate la cara. Tienes que tranquilizarte… -Se detuvo-. Ve a ver una película, amor, ¿quieres? ¡Sal antes de que llegue la policía!
-Está bien.
-¡Prométemelo!
-De acuerdo.
Colgó y se dirigió a la chimenea. Arrugó algunas hojas de periódico, puso un poco de leña encima y encendió una cerilla.
Ahora se alegró de haber comprado algo de leña para Mary, se alegró de que a Mary le gustara el fuego de la chimenea, porque él llevaba meses viviendo allí antes de conocer a Mary y nunca había pensado en encender el fuego.
Mary vivía directamente al otro lado de la calle frente a George, en la Dieciocho Oeste. Lo primero que haría la policía sería lógicamente ir a casa de George e interrogar a su casera, porque George vivía solo y no había a nadie más a quién interrogar. La casera de George… Howard recordaba unos breves atisbos de ella inclinada fuera de su ventana el verano pasado, delgada, pelo gris, espiando con una horrible intensidad lo que hacía todo el mundo en la casa…, indudablemente le diría a la policía que había una chica al otro lado de la calle con la que el señor Frizell pasaba mucho tiempo. Howard sólo esperaba que la casera no lo mencionara inmediatamente a él, porque era lógico que supusiera que el joven con el coche que acudía a ver a Mary tan a menudo era su novio, y era lógico que sospechara la existencia de un sentimiento de celos entre él y George. Pero quizá no lo mencionara. Y quizá Mary estuviese fuera de la casa cuando llegara la policía.
Hizo una momentánea pausa, tenso, en el acto de echar más madera al fuego. Intentó imaginar exactamente lo que Mary sentía ahora, tras saber que George Frizell estaba muerto. Intentó sentir lo mismo él, a fin de poder predecir su comportamiento, a fin de poder ser capaz de confortarla mejor. ¡Confortarla! ¡Lo había liberado de un monstruo! Debería sentirse regocijada. Pero sabía que al principio se sentiría destrozada. Conocía a George desde que era una niña. George había sido el mejor amigo de su padre… pero cuál hubiera sido el comportamiento de George con otro hombre era algo que Howard sólo podía suponer; cuando el padre de ella murió, George, soltero, se había hecho cargo de Mary como si fuera su padre. Pero con la diferencia de que controlaba todos sus movimientos, la convenció de que no podía hacer nada sin él, la convenció de que no debía casarse con nadie que él desaprobara. Lo cual era todo el mundo. Howard, por ejemplo. Mary le había dicho que había habido otros dos jóvenes antes a los que George había arrojado de su vida.
Pero Howard no había sido arrojado. No había caído en las mentiras de George de que Mary estaba enferma, de que Mary estaba demasiado cansada para salir o para ver a nadie. George había llegado a llamarlo varias veces e intentado romper sus citas…, pero él había ido a su casa y la había sacado muchas tardes, pese al terror que ella sentía de la furia de George. Mary tenía veintitrés años, pero George había conseguido que siguiera siendo una niña. Mary tenía que ir con George incluso para comprar un vestido nuevo. Howard no había visto nada como aquello en su vida. Era como un mal sueño, o algo en una historia fantástica que era demasiado inverosímil para creerlo. Howard había supuesto que George estaba enamorado de ella de alguna extraña manera, y se lo había preguntado a Mary poco después de conocerla, pero ella le había dicho: «¡Oh, no! ¡Jamás me ha tocado, nunca!» Y era completamente cierto que George nunca la había tocado siquiera. En una ocasión, mientras se decían adiós, George había rozado sin querer su hombro, y había saltado hacia atrás como si acabara de quemarse y había dicho: «¡Disculpa!» Era muy extraño.
Sin embargo, era como si George hubiera encerrado la mente de Mary en alguna parte… como una prisionera de su propia mente, como si no tuviera mente propia. Howard no podía expresarlo en palabras. Mary tenía unos ojos blandos y oscuros que miraban de una forma trágica e impotente, y esto hacía que a veces se sintiera como loco al respecto, lo bastante loco como para enfrentarse a la persona que le había hecho aquello a la muchacha. Y la persona era George Frizell. Howard nunca podría olvidar la mirada que le lanzó George cuando Mary los presentó, una mirada superior, sonriente, de suficiencia, que parecía decir: «Puedes intentarlo. Sé que vas a intentarlo. Pero no vas a llegar muy lejos.»
George Frizell había sido un hombre bajo y fornido con una pesada mandíbula y densas cejas negras. Tenía una pequeña tienda en la calle Treinta y seis Oeste, donde se especializaba en reparar sillas, pero a Howard le parecía que no tenía otro interés en la vida más que Mary. Cuando estaba con ella se concentraba sólo en ella, como si estuviera ejerciendo algún poder hipnótico sobre ella, y Mary se comportaba como si estuviera hipnotizada. Estaba completamente dominada por George. Siempre estaba mirándolo, observándolo por encima del hombro para ver si aprobaba lo que estaba haciendo, aunque sólo estuviera sacando unas chuletas del horno.
Mary amaba a George y lo odiaba al mismo tiempo. Howard había sido capaz de conseguir que odiara a George, hasta cierto punto…, y luego ella se ponía de pronto a defenderlo de nuevo.
-Pero George fue tan bueno conmigo después de que mi padre muriera, cuando estaba completamente sola, Howard -protestaba. Y así habían derivado durante casi un año, con Howard intentando eludir a George y ver a Mary unas cuantas veces a la semana, con Mary vacilando entre continuar viéndolo o romper con él porque tenía la sensación de que le estaba haciendo demasiado daño.
-¡Quiero casarme contigo! -le había dicho Howard una docena de veces, cuando Mary se había sumido en sus agónicos accesos de autocondenación. Nunca había conseguido hacerle comprender que haría cualquier cosa por ella.
-Yo también te quiero, Howard -le había dicho ella muchas veces, pero siempre con una tristeza trágica que era como la tristeza de un prisionero que no puede hallar una forma de escapar. Pero había una forma de liberarla, una forma violenta y definitiva. Howard había decidido seguirla…
Ahora estaba de rodillas delante de la chimenea, intentando romper el sobretodo en trozos lo bastante pequeños como para que ardieran bien. La tela resultaba extremadamente difícil de cortar, y las costuras casi igual de difíciles de desgarrar. Intentó quemarla sin cortarla, empezando con la esquina inferior, pero las llamas trepaban por el tejido hacia sus manos, mientras que el material en sí parecía tan resistente al fuego como el asbesto.
Se dio cuenta de que tenía que cortarlo en trozos pequeños. Y el fuego debía ser más grande y más ardiente.
Howard añadió más leña. Era una chimenea pequeña con una parrilla de hierro abombada y no mucho fondo, de modo que los trozos de madera que había puesto asomaban por delante más allá del borde de la parrilla. Atacó de nuevo el sobretodo con las tijeras. Pasó varios minutos tan sólo para desprender una manga. Abrió una ventana para conseguir que el olor de la tela quemada saliera de la habitación.
El sobretodo completo le ocupó casi una hora porque no podía poner mucho a la vez sin ahogar el fuego. Contempló el último trozo empezar a humear en el centro, observó las llamas abrirse camino y lamer un círculo que se iba haciendo más grande. Estaba pensando en Mary, veía su blanco rostro dominado por el miedo cuando llegara la policía, cuando le comunicaran por segunda vez la muerte de George. Intentaba imaginar lo peor, que la policía había llegado justo después de que él hablara con ella, y que ella había cometido algún imperdonable error, había revelado a la policía lo que ya sabía de la muerte de George, pero era incapaz de decirles quién se lo había comunicado; imaginó que en su histeria pronunciaba su nombre, Howard Quinn, como el del hombre que podía haberlo hecho.
Se humedeció los labios, aterrado de pronto por el convencimiento de que no podía confiar en Mary. La amaba -estaba seguro de ello-, pero no podía confiar en ella.
Por un alocado y ciego momento, sintió deseos de correr a la calle Dieciocho Oeste para estar con ella cuando llegara la policía. Se vio a sí mismo enfrentarse desafiante a los agentes, con su brazo rodeando los hombros de Mary, respondiendo a todas las preguntas, parando cualquier sospecha. Pero eso era una locura. El simple hecho de que estuvieran allí, en el apartamento de ella, juntos…
Oyó una llamada a su puerta. Un momento antes había visto con el rabillo del ojo a alguien entrar por la puerta delantera del edificio, pero no había pensado que pudieran acudir a verlo a él. De pronto empezó a temblar.
-¿Quién es? -preguntó.
-La policía. Estamos buscando a Howard Quinn. ¿Es éste el apartamento Uno A?
Howard miró al fuego. El sobretodo había ardido por completo, del último trozo no quedaban más que unas brillantes ascuas. Y ellos no estarían interesados en la prenda, pensó. Sólo habían venido para hacerle unas preguntas, como se las habían hecho a Mary. Abrió la puerta y dijo:
-Yo soy Howard Quinn.
Eran dos policías, uno bastante más alto que el otro. Entraron en la habitación. Howard vio que ambos miraban a la chimenea. El olor a tela quemada flotaba todavía en la habitación.
-Supongo que sabe usted por qué estamos aquí -dijo el agente más alto-. Quieren verlo en comisaría. Será mejor que venga con nosotros-. Miró fijamente a Howard. No era una mirada amistosa.
Por un momento Howard creyó que iba a desvanecerse. Mary debía de habérselo contado todo, pensó; todo.
-Está bien -dijo.
El agente más bajo tenía los ojos fijos en la chimenea.
-¿Qué ha estado quemando aquí? ¿Tela?
-Sólo un viejo…, unas viejas prendas -dijo Howard.
Los policías intercambiaron una mirada, una especie de señal regocijada, y no dijeron nada. Parecían tan seguros de su culpabilidad, pensó Howard, que no necesitaban hacer preguntas. Habían supuesto que había quemado su sobretodo y por qué lo había quemado. Howard tomó su trinchera del armario y se la puso.
Salieron de la casa y bajaron los escalones delanteros hacia un coche del Departamento de Policía aparcado junto al bordillo.
Howard se preguntó qué le estaría ocurriendo a Mary ahora. No había tenido intención de traicionarlo, estaba seguro de ello. Quizás había sido un desliz accidental después de que la policía la interrogara e interrogara hasta hacer que se derrumbase. O quizás ella se había mostrado tan trastornada cuando llegaron que lo dijo todo antes de darse cuenta de que lo estaba haciendo. Howard se maldijo a sí mismo por no haber tomado más precauciones respecto a Mary, por no haberla enviado fuera de la ciudad. La noche anterior le había dicho a Mary que iba a hacerlo hoy, así que no debería haber resultado una impresión tan grande para ella. ¡Qué estúpido había sido! ¡Qué poco la comprendía realmente después de todos sus esfuerzos por conseguirlo! ¡Cuánto mejor habría sido si hubiera matado a George sin decirle a ella nada en absoluto!
El coche se detuvo, y salieron. Howard no había prestado atención al lugar al que se dirigían, y no intentó verlo ahora. Había un gran edificio delante de él, y cruzó una puerta con los dos agentes y desembocó en una habitación parecida a una pequeña sala de tribunal donde un agente de policía estaba sentado tras un alto escritorio, como un juez.
-Howard Quinn -anunció uno de los policías.
El agente en el escritorio alto lo miró desde arriba con interés.
-Howard Quinn. El joven de la prisa terrible -dijo con una sonrisa sarcástica-. ¿Es usted el Howard Quinn que conoce a Mary Purvis?
-Sí.
-¿Y a George Frizell?
-Sí -murmuró Howard.
-Eso pensé. Su dirección coincide. He estado hablando con los chicos de homicidios. Desean formularle algunas preguntas. Parece que también tiene problemas allí. Para usted ha sido una tarde ajetreada, ¿eh?
Howard no acababa de comprender. Miró a su alrededor en busca de Mary. Había otros dos policías sentados en un banco contra la pared, y un hombre con un traje raído dormitando en otro banco; pero Mary no estaba en la habitación.
-¿Sabe por qué está usted aquí esta noche, señor Quinn? -preguntó el agente en tono hostil.
-Sí -Howard miró a la base del alto escritorio. Sentía como si algo en su interior se estuviera derrumbando, un armazón que lo había sostenido durante las últimas horas, pero que había sido imaginario todo el tiempo…, su sensación de que tenía un deber que cumplir matando a George Frizell, que así liberaba a la muchacha a la que amaba y que le amaba, que liberaba al mundo de un hombre malvado, horrible y monstruoso. Ahora, bajo los fríos ojos profesionales de los tres policías, Howard podía ver lo que había hecho tal como lo veían ellos…, como el arrebatar una vida humana, ni más ni menos. ¡Y la muchacha por quien lo había hecho lo había traicionado! Lo deseara o no, Mary lo había traicionado. Howard se cubrió los ojos con una mano.
-Puede que esté trastornado por el asesinato de alguien a quien conocía, señor Quinn, pero a las seis menos cuarto no sabía usted nada de eso… ¿o sí lo sabía, por alguna casualidad? ¿Era por eso por lo que tenía tanta prisa para llegar a su casa o a donde fuera?
Howard intentó imaginar lo que el agente quería decir. Su cerebro parecía paralizado. Sabía que había disparado a George casi exactamente a las 5:43. ¿Estaba siendo sarcástico el agente? Howard lo miró. Era un hombre de unos cuarenta años, con un rostro rechoncho y alerta. Sus ojos eran desdeñosos.
-Estaba quemando alguna ropa en su chimenea cuando entramos, capitán -dijo el policía más bajo que estaba de pie al lado de Howard.
-¿Oh? -dijo el capitán-. ¿Por qué quemaba usted ropa?
Lo sabía muy bien, pensó Howard. Sabía lo que había quemado y por qué, del mismo modo que lo sabían los dos agentes de policía.
-¿Qué ropa estaba quemando? -preguntó el capitán.
Howard siguió sin decir nada. La irónica pregunta lo enfurecía y avergonzaba al mismo tiempo.
-Señor Quinn -dijo el capitán en un tono más fuerte-, a las seis menos cuarto de esta tarde atropelló usted a un hombre con su coche en la esquina de la Octava Avenida y la calle Sesenta y ocho y se dio a la fuga. ¿Es eso correcto?
Howard alzó la vista hacia él, sin comprender.
-¿Se dio cuenta usted de que había atropellado a alguien, sí o no? -preguntó el capitán, con voz más fuerte aún.
Estaba allí por otra cosa, se dio cuenta de pronto Howard. ¡Atropellar a alguien con el coche y salir huyendo!
-Yo… no…
-Su víctima no ha muerto, si eso le hace más fácil el hablar. Pero eso no es culpa suya. Ahora se halla en el hospital con una pierna rota…, un hombre viejo que no puede permitirse pagar un hospital. -El capitán le miró con el ceño fruncido-. Creo que deberíamos llevarlo a verle. Supongo que sería bueno para usted. Ha cometido uno de los delitos más vergonzosos de los que puede culparse a un hombre…, atropellar a alguien y no detenerse a auxiliarlo. De no ser por una mujer que se apresuró a tomar el número de su matrícula, tal vez no lo hubiéramos atrapado nunca.
Howard comprendió de pronto.
La mujer había cometido un error, quizá sólo un número en la matrícula…. pero le había proporcionado una coartada. Si no lo aceptaba, estaba perdido. Había demasiado contra él, aunque Mary no hubiera dicho nada…. el hecho de que hoy había abandonado el almacén antes de lo habitual, la maldita coincidencia de la llegada de la policía justo cuando estaba quemando el sobretodo. Howard alzó la vista al furioso rostro del capitán.
-Estoy dispuesto a ir a ver a ese hombre -dijo con voz contrita.
-Llévenlo al hospital -dijo el capitán a los dos policías-. Cuando vuelva, los chicos de homicidios ya estarán aquí. E incidentalmente, señor Quinn, se le exigirá una fianza de cinco mil dólares. Si no quiere pasar aquí la noche, será mejor que los consiga. ¿Quiere intentar conseguirlos esta noche?
El señor Luther, su jefe, podía conseguirlos para él aquella misma noche, pensó Howard.
-¿Puedo hacer una llamada telefónica?
El capitán hizo un gesto hacia un teléfono en una mesa contra la pared.
Howard buscó el número del señor Luther en la guía que había sobre la mesa y lo marcó. Respondió la señora Luther. Howard la conocía un poco, pero no se entretuvo en educados intercambios de banalidades y preguntó si podía hablar con el señor Luther.
-Hola, señor Luther -dijo-. Querría pedirle un favor. He tenido un mal accidente con el coche. Necesito cinco mil dólares de fianza… No, no estoy herido, pero…. ¿podría extender para mí un cheque y enviarlo con un mensajero?
-Traeré el cheque yo mismo -dijo el señor Luther-. Usted quédese tranquilo ahí. Pondré al abogado de la compañía en el asunto si necesita usted ayuda. No acepte ningún abogado que le ofrezcan, Howard. Tenemos a Lyles, ya sabe.
Howard le dio las gracias. La lealtad del señor Luther lo azoraba. Le pidió al agente de policía que estaba a su lado cuál era dirección de la comisaría y se la dio a su jefe. Luego colgó y salió con los dos policías que lo habían estado aguardando.
Se dirigieron a un hospital en la Setenta Oeste. Uno de los policías preguntó en recepción dónde estaba Louis Rosasco, luego subieron en el ascensor.
El hombre estaba en una habitación para él solo, con la cama levantada y la pierna escayolada y suspendida por cuerdas del lecho. Era un hombre canoso de unos sesenta y cinco o setenta años, con un rostro largo y curtido y oscuros y hundidos ojos que parecían extremadamente cansados.
-Señor Rosasco -dijo el agente de policía más alto-, éste es Howard Quinn, el hombre que lo atropelló.
El señor Rosasco asintió sin mucho interés, aunque clavó sus ojos en Howard.
-Lo siento mucho -dijo Howard torpemente-. Estoy dispuesto a pagar todas las facturas que le ocasione el accidente, puede estar seguro de ello. -El seguro de su coche se ocuparía de la factura del hospital, pensó. Luego estaba el asunto de la multa del tribunal…. al menos mil dólares cuando todo hubiera terminado, pero se las arreglaría con algunos préstamos.
El hombre en la cama seguía sin decir nada. Parecía atontado por los sedantes.
El agente que los había presentado se mostró insatisfecho de que no tuvieran nada que decirse el uno al otro.
-¿Reconoce a este hombre, señor Rosasco?
El señor Rosasco negó con la cabeza.
-No vi al conductor. Todo lo que vi fue un gran coche negro que se lanzaba sobre mí -dijo lentamente-. Me golpeó un lado de la pierna…
Howard encajó los dientes y aguardó. Su coche era verde, verde claro. Y no era particularmente grande.
-Era un coche verde, señor Rosasco -dijo el policía más bajo con una sonrisa. Estaba comprobando una pequeña ficha amarilla que había sacado de su bolsillo-. Un sedán Pontiac verde. Cometió usted un error.
-No, era un coche negro -dijo positivamente el señor Rosasco.
-No. Su coche es verde, ¿no es así, Quinn?
Howard asintió una sola vez, rígido.
-A las seis empezaba a ser oscuro. Probablemente no pudo verlo usted muy bien -dijo alegremente el policía al señor Rosasco.
Howard miró al señor Rosasco y contuvo el aliento. Por un momento el señor Rosasco miró a los dos agentes, con el ceño fruncido, desconcertado, y luego su cabeza cayó hacia atrás sobre la almohada. Estaba dispuesto a dejarlo correr. Howard se relajó un poco.
-Creo que será mejor que duerma un poco, señor Rosasco -dijo el agente más bajo-. No se preocupe por nada. Nosotros nos ocuparemos de todo.
Lo último que vio Howard de la habitación fue el cansado y marchito perfil del señor Rosasco en la almohada, con los ojos cerrados.
El recuerdo de su rostro permaneció con Howard mientras bajaban al vestíbulo. Su coartada…
Cuando llegaron de vuelta a la comisaría el señor Luther ya había llegado, y también un par de hombres con ropas civiles. Los hombres de homicidios, supuso Howard. El señor Luther se dirigió hacia Howard, con su redondo y sonrosado rostro preocupado.
-¿Qué es todo esto? -preguntó-. ¿Realmente atropelló usted a alguien y se dio a la fuga?
Howard asintió, con rostro avergonzado.
-No estaba seguro de haberle alcanzado. Hubiera podido pararme… pero no lo hice.
El señor Luther lo miró con ojos llenos de reproche, pero iba a permanecer leal, pensó Howard.
-Bien, ya les he dado el cheque de su fianza -dijo.
-Gracias, señor.
Uno de los hombres con ropas civiles se dirigió hacia Howard. Era un hombre esbelto, con penetrantes ojos azules y un rostro delgado.
-Tengo algunas preguntas que hacerle, señor Quinn. ¿Conoce usted a Mary Purvis y a George Frizell?
-Sí.
-¿Puedo preguntarle dónde estaba usted esta noche a las seis menos veinte?
-Estaba…, iba en mi coche hacia el norte. Desde los almacenes donde trabajo en la Cincuenta y tres y la Séptima Avenida a mi apartamento en la calle Setenta y cinco.  
-¿Y atropelló a un hombre a las seis menos cuarto?
-Lo hice -admitió Howard.
El detective asintió con la cabeza.
-¿Sabe que alguien disparó contra George Frizell esta tarde exactamente a las seis menos dieciocho minutos?
El detective sospechaba de él, pensó Howard. ¿Qué les habría dicho Mary? Si tan sólo supiera… Pero el capitán de la policía no había dicho específicamente que Frizell hubiera sido tiroteado. Howard juntó las cejas.
-No -dijo.
-Pues así fue. Hablamos con su novia. Ella dice que lo hizo usted.
El corazón de Howard se detuvo por un momento. Miró los interrogantes ojos del detective.
-Eso simplemente no es cierto.
El detective se encogió de hombros.
-Está muy histérica. Pero también está muy segura.
-¡Eso no es cierto! Salí del almacén, allí es donde trabajo, alrededor de las cinco. Tomé el coche… -Su voz se quebró. Era Mary quien lo estaba hundiendo… Mary.
-Usted es el novio de Mary Purvis, ¿no? -insistió el detective.
-Sí -respondió Howard-. No puedo…, ella tiene que estar…
-¿Quería usted apartar a Frizell del camino?
-Yo no lo maté. ¡No tengo nada que ver con ello! ¡Ni siquiera sabía que hubiera muerto! -balbuceó.
-Frizell veía a Mary muy a menudo, ¿no? Eso es lo que me han dicho las dos caseras. ¿Pensó alguna vez que podían estar enamorados el uno del otro?
-No. Por supuesto que no.
-¿No estaba usted celoso de George Frizell?
-En absoluto.
Las arqueadas cejas del detective descendieron y se juntaron en el centro. Todo su rostro fue un signo de interrogación.
-¿No? -preguntó, sarcástico.
-Escuche, Shaw -dijo el capitán de la policía, al tiempo que se ponía en pie detrás de su escritorio-. Sabemos dónde estaba Quinn a las seis menos cuarto. Puede que sepa quién lo hizo, pero no lo hizo él.
-¿Sabe usted quién lo hizo, señor Quinn? -preguntó el detective.
-No, no lo sé.
-El capitán McCaffery me dice que estaba quemando usted algunas ropas en su chimenea esta noche. ¿Estaba quemando un sobretodo?
Howard agitó la cabeza en un desesperado signo de asentimiento.
-Estaba quemando un gabán, y una chaqueta también. Estaban llenos de polillas. No los quería más tiempo en mi armario.
El detective apoyó un pie en una silla de respaldo recto y se inclinó más hacia Howard.
-Eran unos momentos más bien curiosos de quemar un gabán, ¿no cree? ¿Justo después de atropellar a un hombre con su coche y quizá matarlo? ¿Qué gabán estaba quemando ? ¿El del asesino? ¿Tal vez porque tenía un agujero de bala en él?
-No -dijo Howard.
-¿No arregló usted las cosas para que alguien matara a Frizell? ¿Alguien que le trajo ese gabán para que se desembarazara de él?
-No -Howard miró al señor Luther, que estaba escuchando atentamente. Se envaró.
-¿No mató usted a Frizell, saltó a su coche y corrió a su casa, atropellando a un hombre por el camino?
-Shaw, eso es imposible -intervino el capitán McCaffery-. Tenemos la hora exacta en que ocurrió. ¡No puedes ir de la Treinta y cuatro y la Séptima hasta la Sesenta y ocho y la Octava en tres minutos, no importa lo rápido que conduzcas! ¡Enfréntate a ello!
El detective mantuvo los ojos clavados en Howard.
-¿Trabaja usted para ese hombre? -preguntó; hizo un gesto con la cabeza hacia el señor Luther.
-Sí.
-¿A qué se dedica?
-Soy el vendedor para Long Island de Artículos Deportivos William Luther. Contacto con las escuelas en Long Island, y también coloco nuestros artículos en los almacenes de ahí fuera. Informo al almacén de Manhattan a las nueve y a las cinco. -Recitó aquello como un loro. Sentía débiles las rodillas. Pero su coartada se mantenía…, como un muro de piedra.
-Muy bien -dijo el detective. Bajó su pie de la silla y se volvió al capitán-. Todavía seguimos trabajando en el caso. La cosa aún está muy abierta para nuevas noticias, nuevos indicios. -Le sonrió a Howard, una fría sonrisa de despedida. Luego añadió-: Por cierto, ¿ha visto usted esto alguna vez antes? -Sacó su mano del bolsillo, con el pequeño revólver de Bennington en su palma.    
Howard lo miró con el ceño fruncido.
-No, nunca lo había visto antes.
El hombre volvió a guardarse el arma en el bolsillo.
-Puede que deseemos hablar de nuevo con usted -dijo, con otra débil sonrisa.
Howard sintió la mano del señor Luther sobre su brazo. Salieron a la calle.
-¿Quién es George Frizell? -preguntó el señor Luther.
Howard se humedeció los labios. Se sentía muy extraño, como si hubieran acabado de golpearle en la cabeza y su cerebro estuviera entumecido.
-Un amigo de una amiga. Un amigo de una muchacha que conozco.
-¿Y la muchacha? ¿Mary Purvis, dijo el policía? ¿Está usted enamorado de ella?
Howard no respondió. Clavó la vista en el suelo mientras andaban.
-¿Es la que lo ha acusado?
-Sí -dijo Howard.
La mano del señor Luther se apretó más alrededor de su brazo.
-Creo que le iría bien un trago. ¿Entramos?
Howard se dio cuenta de que estaban de pie frente a un bar. Abrió la puerta.
-Ella estará probablemente muy trastornada -dijo el señor Luther-. A las mujeres les ocurre eso. Fue un amigo suyo al que dispararon, ¿no es cierto?
Ahora era la lengua de Howard la que estaba paralizada, mientras que su cerebro giraba a toda velocidad. Estaba pensando que no iba a poder volver a trabajar para el señor Luther después de esto, que no podía engañar a un hombre como el señor Luther… El señor Luther seguía hablando y hablando. Howard tomó el pequeño vaso de licor y bebió la mitad de su contenido. El señor Luther le estaba diciendo que Lyles le sacaría de aquello lo más rápidamente que fuera posible.
-Tiene que ser más cuidadoso, Howard. Es usted impulsivo. Siempre he sabido eso. Tiene sus lados buenos y malos, por supuesto. Pero esta noche…, tuve la sensación de que usted sabía que podía haber disparado a ese hombre.
-Tengo que llamar por teléfono -dijo Howard-. Discúlpeme un minuto. -Se apresuró a la cabina de la parte de atrás del bar. Tenía que saber de ella. Mary tenía que estar ya en casa. Si no estaba en casa, iba a morirse allí mismo, dentro de la cabina telefónica. Estallaría.
-¿Diga? -Era la voz de Mary, apagada y carente de vida.
-Hola, Mary. Soy yo. No es posible…, ¿qué le dijiste a la policía?
-Se lo conté todo -dijo Mary lentamente-. Que tú mataste a mi amigo.
-¡Mary!
-Te odio.
-¡Mary, no lo dirás en serio! -exclamó. Pero sí lo decía en serio, y él lo sabía.
-Yo lo quería y lo necesitaba, y tú lo mataste -dijo ella-. Te odio.
Howard apretó los dientes y dejó que las palabras resonaran en su cerebro. La policía no iba a cogerlo. Ella no podría hacerle esto, al menos. Colgó.
Luego permaneció de pie allí en la barra, mientras la tranquila voz del señor Luther seguía desgranando y desgranando palabras como si no se hubiera parado mientras Howard telefoneaba.
-La gente tiene que pagar, eso es todo -estaba diciendo el señor Luther-. La gente tiene que pagar por sus errores y no cometerlos de nuevo… Ya sabe que pienso mucho en usted, Howard. Superará todo esto. -Hizo una pausa-. ¿Habló con la señorita Purvis?
-No pude comunicarme con ella -dijo Howard.
Diez minutos más tarde había dejado al señor Luther y se dirigía al centro de la ciudad en un taxi. Le había dicho al conductor que se detuviera en la Treinta y siete y la Séptima, para que en caso de ser seguido por la policía, pudiera simplemente caminar un poco desde allá hasta coger su coche.
Bajó en la calle Treinta y siete, pagó al conductor y miró a su rededor. No vio ningún coche que pareciera estar siguiéndolo.
Caminó en dirección a la calle Treinta y cinco. Los dos whiskys de centeno que se había tomado con el señor Luther le habían dado fuerzas. Caminó rápidamente, con la cabeza alzada, y sin embargo de una forma curiosa y aterradora, se sentía completamente perdido. Su Pontiac verde estaba aparcado junto al bordillo allá donde lo había dejado. Sacó las llaves y abrió la puerta.
Tenía una multa…. la vio tan pronto como se sentó detrás del volante. Sacó la mano y la cogió de debajo del limpiaparabrisas. Una multa de aparcamiento.
Un asunto insignificante, pensó, tan insignificante que sonrió. Mientras conducía hacia casa, se le ocurrió que la policía había cometido un error muy estúpido no retirándole su permiso de conducir cuando lo tuvieron en la comisaría, y empezó a reírse de ello. La multa estaba en el asiento a su lado. Parecía tan trivial, tan inocua comparada con lo que había pasado, que se rió de la multa también.
Luego, casi con la misma brusquedad, sus ojos se llenaron de lágrimas. La herida que le había causado las palabras de Mary todavía estaba abierta, y sabía que aún no había empezado a dolerle. Y, antes de que empezara a doler, intentó fortalecerse. Si Mary se obstinaba en acusarlo, él insistiría en que fuera examinada por un psiquiatra. No estaba cuerda del todo, siempre lo había sabido. Había intentado llevarla a un psiquiatra por lo de George, pero ella siempre se había negado. No tenía la menor posibilidad con sus acusaciones, porque él tenía una coartada, una coartada perfecta. Pero si ella insistía…
Había sido Mary quien en realidad lo había animado a matar a George, ahora estaba seguro de ello. Había sido ella quien había metido la idea en su cabeza con un millar de cosas que había ido insinuando. No hay salida a esta situación, Howard, a menos que él muera. Así que él lo había matado -por ella-, y Mary se había vuelto contra él. Pero la policía no iba a cogerlo.
Había un espacio para aparcar de casi cinco metros cerca de su casa y Howard deslizó el coche junto al bordillo. Lo cerró y fue a su casa.
El olor a tela quemada flotaba aún en su apartamento, y lo sorprendió, porque tenía la sensación de que había pasado mucho tiempo. Estudió la multa de aparcamiento de nuevo, ahora bajo una mejor luz.
Y supo de pronto que su coartada había desaparecido tan bruscamente como apareció.
La multa le había sido impuesta exactamente a las 5:45.