Friday, September 23, 2011

Antonio Skármeta / Los amores de Neruda

Contraluz
Paco Marcos

Antonio Skármeta
LOS AMORES DE NERUDA
El Mundo, La Revista, 8 de septiembre de 1998

HACE 25 AÑOS murió en un hospital de Santiago el poeta Pablo Neruda. Desde hacía años enfermo de cáncer, dejó su puesto de embajador en París para volver en 1972 a su refugio en la costa del Pacífico, la mítica Isla Negra, que no es isla ni negra, sino un balneario a 100 kilómetros de la capital que se doblegó de buen grado a la fantasía bautizadora del vate.
 Si al lado de ese potente mar "que dice que sí y dice que no en espuma y en galope y que se sale de sí mismo a cada rato" esperaba encontrar la paz y el cobijo natural que animara a su cuerpo para resistir a la enfermedad, lo que halló en cambio fue a su patria desangrándose en una violenta pugna entre el Gobierno de Allende y sus opositores, que habían abandonado las buenas maneras y con virulencia insurreccional invadían las calles pidiendo al ejército que derrocara al presidente socialista.
            El vate fue recibido con un acto de masas en el Estadio Nacional, pues estaba pendiente que la patria le mostrara su admiración por haber obtenido el año anterior el Premio Nobel de Literatura. Durante una década había sido el eterno candidato, tanto que en una ocasión comentó que estaba harto de verse en las listas de competidores como si fuera un caballo de carreras. De los festejos tuvo que pasar a la acción; por su enorme prestigio nacional y universal los comunistas y socialistas le pidieron que alertara al mundo sobre la inminencia de un golpe militar y acaso el brote de una guerra civil en Chile.
 Con la dolorosa experiencia vivida como diplomático y pro republicano en España, y con la angustia irrecuperable del asesinato de García Lorca, su hermano del alma, Neruda hizo fuerza de flaqueza para que la historia no se repitiera en su propio país y tomó iniciativas convocando a prestar atención a lo que sucedía en el fin del mundo, en este territorio "separado de todos los otros por la tajante geografía".
            El esfuerzo fue inútil. Había llegado la hora de los fusiles y la poesía no entraba con su prestigio a los cuarteles. El 11 de septiembre de 1973 las fuerzas armadas escenifican un impecable e implacable asalto al gobierno e instauran una junta militar encabezada por Pinochet, inaugurando su mandato con una represión brutal que consideró asesinatos, fusilamientos, desaparecidos, presos en campos de concentración, despidos de las fuentes laborales, asilo en embajadas, y un masivo exilio. Los oncólogos saben que si el cáncer se resiste con una buena disposición anímica es posible sobrevivirlo por algún tiempo. Pero tras el Golpe, Neruda en su ventana frente al mar tenía febriles alucinaciones mientras gritaba "los están matando a todos, los están matando a todos". La enfermedad encontró en la angustia el terreno abonado para aniquilar su cuerpo. Dos semanas más tarde una ambulancia lo llevaba a Santiago, deteniéndose ante insolentes y arrogantes controles militares, para ponerlo en un hospital donde muere a las pocas horas.
            Su casa de Santiago en tanto es invadida por extremistas, que la destruyen e inundan. El féretro es traído a estas ruinas por indicación expresa de su viuda Matilde: es en ese espacio donde el Premio Nobel será velado. La imagen resultará tanto más elocuente que cualquiera de las descripciones periodísticas de los horrores en circulación. A su entierro, vigilados por cientos de militares en actitud de combate, acuden sus más fieles amigos y admiradores, a sabiendas de que arriesgaban la vida.
 Casi como autoinmolándose en las cercanías del cementerio, sus compañeros más militantes cantan a viva voz La Internacional. La historia ofrecía una metáfora redonda: muere la democracia, muere el poeta.

LA POPULARIDAD
 Este desenlace es quizás el más trágico entre los muchos hitos que hicieron del poeta una cifra gigantesca del siglo XX y sin duda aumentó en el mundo la atención hacia su obra que ya había merecido el Premio Nobel. Sin embargo, un artista tan versátil como Neruda consiguió con otros textos la popularidad. Así por ejemplo el canto liviano y transparente de las odas hacia los simples asuntos de la vida cotidiana enseñaban aun hasta a la gente más sencilla a mirar el mundo en tensión poética y con ingenio metafórico. Las odas tuvieron un efecto epidémico. Se celebró el arte de vivir elevando la voz para cantar las cosas con imágenes: hasta las poco líricas alcachofas serían "bruñidos guerreros" y las cebollas parecerían "rosas de agua". Pero esta abrumadora fama ni siquiera es comparable con la idolatría que le labraron sus poemas de amor. Son miles en el mundo los románticos o pícaros que confiesan haber seducido a alguna chica susurrándole versos de los Veinte Poemas y son muchas las mujeres que encuentran una especial locuacidad en estos poemas. Los adictos a sus líneas de amor, no vacilan en creer con fe ciega que el mismo autor tiene que haberse beneficiado de la reciprocidad de sus enamoradas gracias a ellas. Y sin embargo, seguir la pista biográfica en los textos revela que en la mayoría de las ocasiones el poeta o no logró su objetivo o, merodeándolo, se vio enfrentado a alternativas muy ásperas. La mitología sobre Neruda, poeta del amor, comenzó muy temprano. Llega a la capital desde el sureño Temuco, una región del planeta húmeda y melancólica donde el muchacho pergeña las primeras letras, preferentemente en clase de Química donde, loco, se imagina que días mejores han de venir. Según su libro Cuadernos de Temuco, que recién hace un año vino a rescatar los textos iniciales del genio, Neruda casi niño se veía así: "Un muchacho que apenas tiene quince años/ que hace versos punzado por la amargura,/ que saboreó las sales del desengaño/ cuando muchos conocen risa y ternura".
En Santiago acentúa con la vestimenta los rasgos tristes. Pálido o lívido, delgado, sin sonrisas, traje de chaleco, cigarrillo entre los dedos largos y solitarios, una mano oculta dentro del saco, corona de negro sombrero con borde ancho desde donde la nariz filuda salta como un cuchillazo, y todo consagrado por una capa romántica que cae por debajo de sus rodillas, mil veces humillada por la lluvia.
            Cuando publica su segundo libro en 1924, Veinte poemas de amor y una canción desesperada, el éxito fue fulminante, cosa rara en Chile, que en general acepta a sus hijos cuando han "triunfado en el exterior". El texto desbordó el círculo de lectores y se amplió a los neófitos de la literatura y a los ávidos de amores que encontraron en él una especie de talismán mesiánico. He leído decenas de veces este libro, lo he manoseado mil noches memorizando versos para asestarlos al lóbulo de alguna amiga, y he aprendido su trama estructural y estética para enseñarlo en universidades.

TRES MUSAS
Los Veinte Poemas están nutridos por tres musas, pero los amantes que creen estos versos eficaces, se llevarán un palmo de narices. Prominente entre ellas es Albertina Rosa Azócar. Es sorprendente que el célebre me gusta cuando callas porque estás como ausente corresponda casi de un modo naturalista al estilo de esta mujer, quien a juicio de los biógrafos de Neruda, especialmente Volodia Teitelboim, era de una mudez e impenetrabilidad tan enorme, que hacía cuanto más locuaz y angustiado el trabajo del poeta. La muchacha parecía asistir impávida a los esfuerzos líricos de Neruda, y así lo prueban los poemas con sus acentos en el silencio, en la ausencia, en la lejanía, y hasta en las cartas posteriores donde el poeta le habla de "su callado nombre" y aun le reprocha una "sensación de indiferencia que me abre la curiosidad".
Es gracioso que la impertérrita heroína del chileno demostrara años más tarde que su carácter más bien escueto no había sido un contrahielo ocasional y estratégico a la fogacidad sensual de su artista, pues en una entrevista realizada en su vejez replicó así a la pregunta sobre cuál era el poema predilecto entre los que había escrito para ella: "Me hizo varios, pero no me acuerdo cuáles son".
            Una reciente edición de Veinte poemas de amor trae ilustraciones del artista murciano Pepe Yagüez, quien concibe al amante de estos versos como un minotauro: este animal fuerte y esencialmente poético extiende su cabeza desde su espeso amor hacia el universo donde la amada lo es todo. Pero en sus dibujos ella es infinita, inalcanzable, la plenitud del amor negada. Aunque los muslos de la mujer sean blancas y deliciosas colinas están en otra dimensión del tiempo y del espacio. Hay una mujer con la que Neruda vivió años, y sin embargo apenas figura en su obra y en sus memorias. La distancia que toma es tal que la evoca sólo a través del testimonio de otra escritora, que conoció bien a la pareja: Margarita Aguirre. Se trata de una dama de ascendencia holandesa, María Antonieta Hagenaar, con quien se casó en el año 1930 en Batavia, trayéndola a Chile dos años más tarde. El juicio sobre ella es lapidario: "No sabe el español y comienza a aprenderlo. Pero no hay duda de que no es sólo el idioma lo que no aprende". Neruda la evoca en un sólo verso, no menos áspero: "¿Para qué me casé en Batavia?". Quizás el dolor por la muerte de la hija de ambos debida a una deficiencia de nacimiento acentuó, como protección, la distancia.

UN IDILIO
Del tiempo en que el poeta fue cónsul chileno en Birmania, surge un idilio que excitó la curiosidad e imaginación de sus lectores y biógrafos. Prácticamente no hay testimonio de esta protagonista como no sea el directo de Neruda, su beneficiario o víctima, según se le mire. La mujer se llamaba Jossie Bliss y su inmortalidad se debe a su rol en uno de los capítulos más feroces de Residencia en la Tierra, el titulado "Tango del viudo". Dama extremadamente sensual y misteriosa, fue acechando a Neruda con los celos, hasta el extremo de pasearse alrededor del lecho donde él dormía blandiendo sonámbula un cuchillo con el que consideraba matarlo. El poeta tuvo que optar entre la fiebre sexual que le ataba a ella y su propia vida. De modo que un día, sin detenerse a llenar la valija, asume otro destino diplomático dejándola plantada. Salvar el pellejo, sin embargo, le perfeccionó la obsesión por su ausencia en imágenes pasionales:
            "Daría este viento del mar gigante por tu brusca respiración oída en largas noches sin mezcla de olvido, uniéndose a la atmósfera como el látigo a la piel del caballo. Y por oírte orinar, en la oscuridad, en el fondo de la casa, como vertiendo una miel delgada, trémula, argentina, obstinada, cuántas veces entregaría este coro de sombras que poseo...".
La persistente musa, a la cual el chileno bautizó como especie de pantera birmana ha seguido arañando la fantasía de cineastas y pintores quienes sospechan en el exotismo de esa relación una suerte de versión de El amante de Marguerite Duras. Este estímulo se refuerza con la continuación de la "anécdota" del poema que viene en Confieso que he vivido. Habiéndose fugado el vate a Colombo, en Ceylán, algún tiempo después se instala vivir en la casa del frente Jossie Bliss, quien recorre la fatigante distancia para estar cerca del amante. Sin embargo sus hábitos marciales no se han mitigado. Por el contrario atacó con un cuchillo a una muchacha que vino a visitarlo, insultó y agredió a cuantos merodeaban a su poeta, y amenazó con incendiarle la casa. Neruda comenta resignado: "Era una terrorista amorosa". Con mucho trabajo logra finalmente convencerla que vuelva a Birmania.
La carrera diplomática de Neruda lo saca del Oriente y lo lleva a Barcelona y a Madrid. Aún casado con María Antonieta conoce una noche en el departamento de Rafael Alberti, probablemente en 1933, a Delia del Carril. Esta dama oriunda de una riquísima familia de hacendados argentinos tenía una larga experiencia con la escena internacional, una aguda sensibilidad política, y se sabía casi de memoria El manifiesto comunista. Según le confiesa a su biógrafo Fernando Sáez, recuerda que encontró a Neruda por primera vez en la Cervecería Correos: "Puso su brazo alrededor de mis hombros y así nos quedamos". Ella poseía un mundo de relaciones, belleza, inteligencia, y él pese al éxito en círculos prestigiosos y pequeños, no lograba que su obra se publicara con la repercusión que merecía. Todos en el locuaz grupo de amigos, que incluía en primer lugar a García Lorca, pensaron que entre ambos había una bella amistad. Hasta que una fiel nerudiana se dio cuenta de que tras las noches de copas, la pareja venía a tomar desayuno en su casa.

REGRESO A CHILE
Un sólo detalle debiera haber augurado en ese inicio el posible fin de la relación. La pintora Delia del Carril era exactamente 24 años mayor que Pablo. En los momentos cruciales políticos fue la mujer ideal para tenerla de compañera: trabajó con su esposo para salvar republicanos españoles y enviarlos a Chile y le hizo familiar todo el mundo de sus contactos. Más tarde, de vuelta en Chile, compartió su arte, cuyo motivo preferente fue la pintura de caballos, con las tareas políticas de su esposo, que no eran menores. Neruda llega nada menos que a ser elegido Senador de la República. Desde esa función, insulta al presidente llamándolo traidor, y debe huir al exilio en un aventurero cruce de la cordillera a lomo de mula.
             Esta persecución ha de traer consecuencias para la vida sentimental del poeta. Ya desde antes ha tenido contactos emocionales muy intensos con Matilde Urrutia, quien incluso ha oficiado de enfermera en la casa de Delia y Pablo en la calle Lynch de Santiago después de que éste debiera guardar reposo por un accidente automovilístico. El destino lleva ahora al poeta a Capri donde convive clandestinamente con su amante. La musa que inspira Los Versos del Capitán es Matilde, una pelirroja de cabello tan seductor que más adelante el vate celebrará con alegre ingenio: "Otros amantes quieren vivir con ciertos ojos, yo sólo quiero ser tu peluquero". El autor chileno publica el libro como "anónimo", con la intención de no herir la sensibilidad de Delia. Vano resguardo: al mes de aparecer, todo el mundo habla del "último libro de Neruda".
En el texto que cierra el volumen el amante se despide de ella pues volverá a su tierra deseoso de incluirse en las luchas políticas para liberar a su pueblo. Si todo el libro celebra la energía de esta relación madurada en Capri, es en la coda donde se prueba que el idilio no tiene marcha atrás:
"Tal vez llegará un día en que un hombre y una mujer, iguales a nosotros, tocarán este amor, y aún tendrá fuerza para quemar las manos que lo toquen".

EL DRAMA
Previsible entonces que cuando todos los actores del drama se reúnen otra vez en Chile los problemas estallen. Durante algún tiempo, la complicidad de los amigos intenta mantener la mala noticia lejos de Delia. No se trata sólo de Los Versos del Capitán. Si Delia ha comprado hacía muchos años para Pablo el embrión de la hoy mítica casa de Isla Negra, donde se conserva parte de los trofeos del Premio Nobel, Pablo ha hecho construir en Santiago, a los pies del cerro San Cristóbal, una vivienda donde se encuentra clandestino con Matilde. La palabra chasca es una voz quechua muy popular en mi país que significa "cabello enmarañado". Neruda bautizó la nueva casa como La Chascona.
La separación de Delia resulta conflictiva y tiene un fin amargo cuando se desarman todas las tramoyas. Neruda respeta y celebra lo que ha vivido con la argentina pero la fuerza de la pasión por Matilde es arrasadora. Manda a amigos comunes como emisarios para pedir el divorcio. Con versos, consuela a la mujer abandonada en Memorial de Isla Negra:
"Amé otra vez y levantó el amor una ola en mi vida y fui llenado por el amor, sólo por el amor, sin destinar a nadie la desdicha... Está escrito en donde no se lee que el amor extinguido no es la muerte sino una forma amarga de nacer".

"Si muero sobrevíveme con tanta fuerza pura
que despiertes la furia del pálido y del frío,
de sur a sur levanta tus ojos indelebles,
de sol a sol que suene tu boca de guitarra.

No quiero que vacilen tu risa ni tus pasos
no quiero que se muera mi herencia de alegría...".

Activa en la resistencia a Pinochet, la viuda crea también la Fundación Pablo Neruda que hoy tiene su sede en la bellísima casa de La Chascona. Finalmente, con la recuperación de la democracia, se hizo posible trasladar los restos del poeta, sepultado tras el Golpe bajo la vigilancia de ojos y manos militares en una tumba transitoria, a Isla Negra. Allí frente al Océano Pacífico, Matilde Urrutia yace en su tumba al lado de Pablo. Hacia ese sitio acuden cada día cientos de adictos a la literatura y al amor dicho con vehemencia, para asentir a la vida y obra de acaso el poeta más universal del siglo.



Thursday, September 22, 2011

Pablo Neruda / El poeta casamentero

Pablo Neruda y Matilde Urrutia, 1972
Fotografía de Sara Facio
Jorge Edwards
PABLO NERUDA
ELPOETA CASAMENTERO

Pablo Neruda, que escribió algunos de los más bellos versos intimistas de la historia, sentía pasión por el Eterno Femenino. En todas sus vertientes. Poeta del amor y de los amoríos. Veneraba a su esposa, Matilde Urrutia; adoraba el fuego de su pelo y sus pechos. Pero le encantaba también cualquier pequeña intriga pasional.

Pablo Neruda en Isla Negra

A Pablo Neruda le gustaba mucho decir que era poeta casamentero. Había sido, decía, responsable de muchos casorios, instigador de incontables parejas, en toda la América de habla española y portuguesa. Llegaba a una plaza de algún pueblo de Colombia, de Perú, de México, y nunca faltaba una pareja que se le acercara y le dijera que se habían enamorado leyendo el poema 1, el poema 20, Farewell y los sollozos: “Amo el amor de los marineros que besan y se van…”. El poeta casamentero sonreía, firmaba autógrafos, dibujaba una flor con tinta verde para la señora, la Maruja, la Paquita, la Charito, que había sido bella en sus buenos tiempos y que todavía recordaba aquellos días con nostalgia, con un resto de alegría y hasta de picardía. Algunas parejas eran lícitas, consagradas por todas las leyes de este mundo y del otro, y otras, ilícitas, quizá secretas, pero el hecho es que Pablo Neruda había llegado a inventar una religión de la pareja humana. Las personas solas, los solterones, los enigmáticos, los mujeriegos no emparejados, le producían una notoria incomodidad. No los entendía ni los quería entender. Teníamos un gran amigo común: artista de talento, hombre elegante, culto, de buena figura, rodeado de mujeres atractivas, casado un par de veces y divorciado, y Neruda cavilaba y protestaba. ¿Qué le pasaría a nuestro amigo? ¿Por qué no andaba con su pareja, como cada oveja? “¡Ay del solo!”, dice el Antiguo Testamento, y Neruda, poeta en el fondo antiguo, bíblico, patriarcal, venía a decir lo mismo. Nuestro amigo, el artista, el solitario, sonreía, acariciándose la barbilla, socarrón. Después de la muerte de Neruda, se emparejó para siempre con una mujer joven, bella, encantadora. Pensé muchas veces que el poeta se habría alegrado, que les habría dado su bendición. No sé qué habría dicho, en cambio, frente a parejas del mismo sexo. En más de algún sentido era tradicional, convencional, no sólo antiguo, sino también anticuado. Pienso que habría hecho alguna broma de gusto dudoso y que habría aceptado alguna forma de convivencia, pero acotada, limitada, con reservas de toda clase.
Por encima de cualquier otra cosa, Neruda fue poeta de la naturaleza y del amor. En los Veinte poemas de amor y una canción desesperada, obra de su primera juventud, el cuerpo de la mujer forma parte del paisaje: es paisaje. “Cuerpo de mujer, blancas colinas, muslos blancos. / Te pareces al mundo en tu actitud de entrega. / Mi cuerpo de labriego salvaje te socava / y hace saltar al hijo del fondo de la tierra…”. Le pregunté una vez por la inspiradora de los Veinte poemas y me contestó que eran varias, respuesta que no me sorprendió. A Neruda le gustaba el Eterno Femenino. No se bañaba nunca en el mar, pero tenía catalejos y anteojos de larga vista en su salón de Isla Negra, detrás de mapamundis, sextantes, pisapapeles de cristal, y se dedicaba a mirar a las bañistas desde la protección de sus ventanales. Era, entre otras cosas, un voyeur decidido, un poeta mirón. Admiraba la belleza a distancia o entre sábanas muy próximas, en la penumbra, probablemente ante el resplandor del fuego de una chimenea. Era voyeur y visual, poeta del color, de la luz, de las formas, y sus mejores poemas de amor siempre tienen, por algún motivo, coloraciones rojizas. “¿En dónde te desvistes”, pregunta en su poema Las furias y las penas, “junto a un peruano rojo?”. No olvidemos que Matilde era pelirroja. No olvidemos la constante exaltación poética de la cabellera y de los pechos de Matilde, ¿rojizos también, bañados en una penumbra que venía de la cabellera?
Uno de sus amores juveniles fue Albertina Azócar, hermana del novelista, gramático, poeta circunstancial, coleccionista de enormes botellas de aguardiente, campeón del juego chileno de la rayuela, Rubén Azócar. Rubén era bajo, fuerte, de melena hirsuta. Albertina, cuando la conocí a comienzos de la década de los cincuenta, era una señora alta, apacible, que formaba parte del grupo de las inseparables de Delia del Carril, La Hormiga, y que estaba casada con un poeta de talento notable, Ángel Cruchaga Santa María. Ángel, entonces, era gravemente diabético, medio ciego, de pelo blanco y piel muy clara, y cada vez que tomaba un par de vinos, cosa no infrecuente, se ponía rojo como un tomate y entraba en un estado de locura pacífica. De la pasada relación entre Albertina y Neruda no se hablaba una palabra. Cuando el joven Neruda, que entonces todavía usaba su nombre civil de Neftalí Ricardo Reyes, fue nombrado cónsul de Chile en el Extremo Oriente, le escribió cartas plañideras a Albertina para que fuera a reunirse con él. Como no habló desde el primer momento y en forma explícita de matrimonio, Albertina se sintió ofendida. El poeta, desde la soledad de Rangún, en la ex colonia inglesa de Birmania, dio reiteradas explicaciones, pero Albertina desconfió. Pensaba, y tenía razones cercanas para pensarlo, que la gente de letras, poetas, novelistas, intelectuales, no eran personas seguras, ordenadas, estables. Se casó después con el más sensible, más delicado, más inseguro de los poetas, pero eso ya es harina de otro costal. Neruda se cansó de llamarla y conoció por aquellos días a Josie Bliss.
Todo el que haya leído el Tango del viudo, poema del amor loco, desesperado, desorbitado, heredero directo de las atmósferas extremas de Las flores del mal, pero tributario también, como su nombre indica, de la canción popular de América del Sur, sabe algo de Josie Bliss. Ella adoptaba ese nombre cuando se vestía como las inglesas y trabajaba en las oficinas coloniales, pero de noche tenía un nombre nativo, difícil de pronunciar; cocinaba comidas picantes, vagamente parecidas a las del sur de Chile, y practicaba ritos y sahumerios exóticos.Era bella, de piel oscura y ojos ardientes, desconfiada, celosa, y el poeta funcionario no tuvo más remedio que escapar en forma vergonzosa y escribirle un poema de despedida: “Oh, Maligna, ya habrás hallado la carta, ya habrás llorado de furia / y habrás insultado el recuerdo de mi madre / llamándola perra podrida y madre de perros…”. Neruda, como lo cuenta en sus memorias, nunca pudo olvidar esa separación, ese corte brusco y en carne viva. “Maligna, la verdad, qué noche tan grande, qué tierra tan sola…”. La prueba es que en los poemas de su vejez todavía menciona muchas veces a la Maligna o la Furiosa. Un día, sin pensarlo, cuando estábamos juntos en la Embajada de Chile en Francia, le conté que había conocido a una poeta francesa cuyo nombre de pila era José, detalle que no dejaba de sorprenderme.
“¡Y Josie!”, replicó el poeta de inmediato: “Josie es un diminutivo de José en inglés…”.
No tenía, en consecuencia, nada de qué extrañarme, y de paso quedaba demostrado que el poeta no olvidaba, que la herida seguía en su sitio, sin cicatrizar en forma completa.
No puedo imaginarme los amores de Neruda con Delia del Carril, a quien conoció en Madrid en 1935. Rafael Alberti, que se la había presentado, me contó que se veía pasar a Delia con el poeta, a los pocos días, en un coche descubierto, y que ella, la argentina de buena familia, para ser como él y sus amigos, por fidelidad, por amor, por lo que fuera, bebía chinchón seco del cuello de una botella. Conocí a Delia en su casa de Los Guindos, a fines de 1952, y ya era una mujer muy mayor casada con un hombre demasiado joven para ella. Pronto descubrí, por otro lado, que los amores con Matilde Urrutia eran más antiguos de lo que se creía. Matilde había sido cantante de profesión y había formado parte de un grupo de artistas jóvenes, de vanguardia, en el México de los años cuarenta. Había sido amiga, entre otros, del pintor brasileño Di Cavalcanti y de la pareja de músicos chilenos Armando Carvajal y Blanca Hauser. Parece que el poeta, en sus tiempos de cónsul general de Chile en México, conoció a Matilde en compañía de todos ellos. Cuando lo invitaban a alguna casa, siempre se las ingeniaba para pedir que también la invitaran a ella. Más tarde, en los primeros años de la década de los cincuenta, recuerdo almuerzos copiosos, abundantemente regados, en el jardín del fondo de la casa de Los Guindos. En más de alguna ocasión, el poeta, en lugar de partir a dormir su siesta habitual, desaparecía de repente en forma discreta, casi misteriosa. ¿Alguna reunión del partido, algún compromiso editorial? Después supe que La Chascona, la casa de los faldeos del cerro San Cristóbal, en la parte norte de Santiago, en el actual barrio de Bellavista, conocido en épocas anteriores como La Chimba, había sido construida para albergar sus amores secretos. Era una casa sin fachada visible, escondida en el fondo de un callejón, encaramada en el cerro, accesible por medio de un sistema de escalas difíciles de practicar. ¡Cómo habrán sido esos encuentros, esas comunicaciones en clave, esos amoríos diurnos! El poeta, acostumbrado a la persecución política, lector habitual de novelas negras, amante de los más variados misterios, teatral, lúdico, había llegado a tener necesidad de lo clandestino, de lo escondido.
Después, cuando sus amores salieron a la luz, Matilde y Pablo parecían la pareja perfecta. Andaban juntos para todos lados, se tocaban a cada rato, se miraban a los ojos. Ella le cocinaba o vigilaba la cocina de sus platos predilectos, le administraba con esmero sus botellas preferidas y, llegado el momento, se las retiraba sin que valieran protestas. Era un espectáculo divertido, algo así como una representación. Él escribía sonetos de amor en serie y cantaba las alabanzas de su amada pelirroja. ¿Podía serenarse para siempre, podía caer en la perfecta monogamia, en la completa condición doméstica, el poeta del Eterno Femenino, de la inquietud y la curiosidad insaciables? Todo indicaba que sí. Todo parecía señalar que el poeta del amor inspirado por “varias”, por la hija del boticario de un pequeño puerto del sur y a la vez por una estudiante de Santiago que era “la boina gris y el corazón en calma”, quedaba para siempre en el pasado. Confieso, sin embargo, que el asunto no me convencía del todo. Desde luego, el poeta vivía en un estado que podríamos llamar de curiosidad erótica permanente. Estaba atento a todos los amores y amoríos que se producían cerca. Se reía a carcajadas con las historias de una amiga común, mujer atractiva, emprendedora, libertaria, que durante una cena de verano había derribado una mesa, con gran estrépito y escándalo, debido a los malabarismos que realizaba con las piernas de su joven vecino.
Conocía toda la poesía de este mundo, pero amaba por encima de todo a los poetas del amor, del riesgo, de alguna forma de aventura: lord Byron, Pushkin, Lautréamont, Baudelaire. Las fotografías de su escritorio, las que formaban parte de su mundo más íntimo, eran de Baudelaire, Edgar Allan Poe, Walt Whitman, pero un poco más lejos había un Vladimir Maiakovski y un grabado de Pushkin. Conoció un día en la Embajada chilena a un descendiente directo del oficial ruso que mató a Pushkin en un duelo, un señor que tenía familia en Chile y cuyo segundo apellido era D’Anthès, como el nombre del ruso, y entró en una divertida y apasionada conversación histórico-literaria. Con el paso del tiempo, ser descendiente del asesino de Pushkin se convertía en un mérito. El personaje en cuestión quería obtener una recomendación para una empresa chilena y al comienzo estaba alarmado, pero después comprendió que cualquier relación con un gran poeta del romanticismo ruso lo favorecía. ¡Aunque fuera una relación familiar con su asesino! Al fin y al cabo, el duelo se había originado en un episodio amoroso. Otro de sus ídolos literarios, otro miembro predilecto de su constelación de grandes poetas de todos los tiempos y todos los lugares, era el conde de Villamediana, también asesinado por cuestiones de amor y por habladurías de corte.
Yo tenía la impresión de que el poeta se enamoraba de cuando en cuando y de que sus amores nuevos no excluían del todo a los amores antiguos. Eran licencias poéticas, configuraciones poéticas de la memoria. Había defectos que detestaba, como la mezquindad, la avaricia, la sequedad del alma, y sospecho que en ninguna clase de pasión amorosa encontraba verdaderos defectos. Se enamoraba de otras y mantenía alguna forma de fidelidad con la Terusa de sus años de estudiante, con la hija del boticario, con Josie Bliss, con todas ellas. Hacia mediados de los años sesenta empezamos a ver en su casa de Isla Negra a una mujer joven, rozagante, que siempre estaba sentada en un rincón del comedor o del bar y que hablaba muy poco. Se sabía que era sobrina de Matilde y que había llegado a vivir en la casa de Isla Negra con una hija suya de no más de seis o siete años de edad. Después, hacia 1970, el año de la campaña presidencial en la que Neruda fue precandidato por el partido comunista y en que ganó las elecciones Salvador Allende, desapareció de la casa. Las malas lenguas dijeron que Matilde la había sorprendido con el poeta y que la había expulsado de Isla Negra con cajas destempladas. Yo no supe nada en forma directa y no me consta nada. Fui enviado a Cuba en misión diplomática, con visible disgusto por parte de Pablo Neruda, ya que estaba empeñado en que lo acompañara a Francia como ministro consejero. Salvador Allende acababa de comunicarle su nombramiento de embajador, y él emprendía esta nueva aventura con algo de curiosidad, con un relativo entusiasmo, pero con no poca inquietud. Yo me reía. “¿Por qué te interesas tanto en que te acompañe en París?”, le pregunté. “Porque necesito un ministro consejero”, contestó, “con el que pueda decir chacha, hueviche…”. Eran palabrotas con sílabas cambiadas, ya que el poeta detestaba las palabras malsonantes.
Las cosas quedaron ahí. Cumplí una misión accidentada y me sentí contento de aterrizar una vez más, al cabo de todo el recorrido, en los salones y las oficinas del 2 de la avenida de la Motte-Picquet, a un costado de la cúpula y de los pabellones suntuosos de los Inválidos. Al tercer o cuarto día, recibía la correspondencia mientras el poeta se paseaba por mi oficina como león enjaulado.
 Ya estaba enfermo, tocado, y esto se notaba sobre todo en su color y en su mirada, que ya no era la misma de antes. Me encontré con un sobre escrito con tinta negra, dirigido a mí y que sólo indicaba la dirección, no que se trataba de la Embajada chilena. “Todos estos sobres son para mí”, me advirtió de inmediato el poeta, y se lo pasé sin comentarios. En aquellos días de 1971 hablamos de muchísimas cosas, pero nunca tocamos el tema de la misteriosa autora de aquellas cartas. El poeta, sin embargo, en algún paseo por librerías anticuarias o por el Mercado de las Pulgas, me confesó que mientras más viejo se ponía, más erotizado e inquieto con las mujeres se sentía. “Más caliente me pongo”, dijo, para ser textual y no andar con rodeos. Me encogí de hombros con una sonrisa y con tristeza disimulada. Al final de una larga mañana del mes de octubre, después de horas de asedio periodístico, el poeta supo que le habían concedido el Premio Nobel de Literatura. Se produjo una invasión inmediata en el caserón de la Motte-Picquet. Los primeros en llegar fueron Louis Aragon, Jean Marcenac y su mujer, y nuestro amigo chileno Mariano Puga Vega. Pronto se produjo una segunda avalancha: la de los telegramas, télex, llamadas por teléfono. Uno de los telegramas venía dirigido a mi nombre desde Chile y era una explosión de amor, de alegría eufórica. Entré a la sala de estar que el poeta se había arreglado en el segundo piso, llena de objetos que formaban parte de su mundo: aparatos marinos, libros, un mascarón de proa, un gran león de peluche o algo parecido, naturalezas muertas y arpilleras de las tejedoras de Isla Negra. El poeta estaba sentado en un sillón, junto a su león de mentira y a un brasero de cobre del cual ya desbordaban los telegramas y los saludos. “Esto es para ti”, le dije, y el poeta leyó y se guardó el telegrama en un bolsillo. El poeta tenía color de cera, pero supongo que las cartas semanales, unidas a ese telegrama, eran una vitamina poderosa, una ráfaga de vida profunda. ¿Cómo serán las respuestas del poeta? Deben de ser un tesoro escondido, una maravillosa correspondencia del amor otoñal. Pero no me propongo entrar en averiguaciones. Prefiero dedicarme a mis asuntos y que el tiempo disponga.
Calculo que el poeta trató de organizar un viaje de su amada a París. Me propuso varias veces que arrendáramos una garçonnière en medias, pero no le hice mayor caso. La situación chilena se complicaba a ojos vista, y la salud de Pablo Neruda, como si estuviera en consonancia con el país, declinaba. Tuvo dos operaciones en una clínica de allá y me ocupé de la Embajada como encargado de negocios. A todo esto, la correspondencia secreta no cesaba. Yo buscaba las huellas de esta historia en la poesía de aquel periodo, pero nunca me parecieron evidentes. Es probable que también haya poemas secretos, guardados en alguna parte. “¿Qué será la muerte?”, me dijo el poeta un día: “¡Qué cosa más rara!”. Había visto en un rincón de Le Figaro la noticia de la muerte del ex presidente Leoni de Venezuela de cáncer de próstata y me había dicho, pensativo: “Tenía la misma edad mía”.
No supe más, pero me imagino que el poeta regresó a Chile enamorado y murió enamorado. Como había vivido. Una tarde recibí en mi oficina una llamada desde el único teléfono que existía entonces en Isla Negra, el de la hostería Santa Elena. Me imaginé al poeta corriendo con paso tardo a la cabina y a la señora Elena, la dueña, sentada en su trono, debajo de llaves y de emblemas. “¡Vente!”, me decía la voz más animada del poeta: “¡El mar está maravilloso!”. Más no supe ni podía saber. Pero el poeta regresaba a su punto de partida; era, como dijo el mejor de sus críticos, un viajero inmóvil. Cuerpo de mujer, pensé, blancas colinas, muslos y mares…

ELPAÍS
15 de septiembre de 2002



Wednesday, September 21, 2011

Julio Cortázar / Neruda entre nosotros

NERUDA ENTRE NOSOTROS

Escrita por Julio Cortázar en Ginebra en 1973, once años antes de su propia muerte, esta semblanza es precisa ahora que se cumplen 38 años sin Neruda. Fue publicada en Bogotá por Lecturas Dominicales de El Tiempo el 17 de marzo de 2004.

Pablo Neruda en Isla Negra

Tan cercano como está en la vida y en la muerte, toda tentativa de fijarlo desde la escritura corre riesgo de cualquier fotografía, de cualquier testimonio unilateral: Neruda de perfil, Neruda poeta social, las aproximaciones usuales y casi siempre falibles. La historia, la arqueología, la biografía, coinciden en la misma terrible tarea: clavar la mariposa en el cartón. Y el único rescate que la justifica viene de la zona imaginaria de la inteligencia, de su capacidad para ver en pleno vuelo esas alas que ya son ceniza en cada pequeño ataúd de museo. Cuando entré por la última vez a su dormitorio de la Isla Negra, en febrero de este año, Pablo Neruda estaba en cama acaso ya definitivamente inmovilizado, y sin embargo sé que aquella tarde y aquella noche anduvimos juntos por playas y senderos, que llegamos aún más lejos que dos años antes, cuando él había venido a esperarme a la entrada de la casa y había querido mostrarme las tierras que pensaba donar para que a su muerte alzaran allí una residencia de escritores jóvenes.
Así, como paseando a su lado y escuchándolo, quisiera decir aquí mi palabra de latinoamericano ya viejo, porque muchas veces en el torbellino de la casi impensable aceleración histórica del siglo he sentido dolorosamente que la imagen universal de Pablo Neruda era para muchos una imagen maniquea, una estatua ya erigida que los ojos de las nuevas generaciones miraban con ese respeto mezclado de indiferencia que parece ser el destino de todo bronce en toda plaza. A esos jóvenes de cualquier país del mundo quisiera contarles, con la llaneza del que encuentra a sus amigos en el café, las razones de un amor que trasciende la poesía por sí misma, un amor que tiene otro sentido que mi amor por la poesía de John Keats o de César Vallejo o de Paul Eluard; hablarles de lo que sucedió en mis tierras latinoamericanas en esa primera mitad de un siglo que para ellos se confunde ya en la continuidad de un pasado que todo lo devora y confunde.
En el principio fue la mujer; para nosotros, Eva precedió a Adán en mi Buenos Aires de los años treinta. Éramos muy jóvenes, la poesía nos había llegado bajo el signo imperial del simbolismo y del modernismo, Mallarmé y Rubén Darío, Rimbaud y Rainer María Rilke: la poesía era gnosis, revelación, apertura órfica, desdén de la realidad convencional, aristocracia, rechazando el lirismo fatigado y rancio de tanto bardo sudamericano. Jóvenes pumas ansiosos de morder en lo más hondo de una vida profunda y secreta, de espaldas a nuestras tierras, a nuestras voces, traidores inocentes y apasionados, cerrándose en cónclaves de café y de pensiones bohemias: entonces entró Eva hablando español desde un librito de bolsillo nacido en Chile, Veinte poemas de amor y una canción desesperada. Muy pocos conocían a Neruda, a ese poeta que bruscamente nos devolvía a lo nuestro, nos arrancaba a la vaga teoría de las amadas y las musas europeas para echarnos en los brazos a una mujer inmediata y tangible, para enseñarnos que un amor de poeta latinoamericano podía darse y escribirse hic et nunc, con las simples palabras del día, con los olores de nuestras calles, con la simplicidad del que descubre la belleza sin el asentimiento de los grandes heliotropos y la divina proporción.
Pablo lo sabía, lo supo muy pronto: no opusimos resistencia a esa invasión que nos liberaba, a esa fulminante reconquista.



Por eso, cuando leímos Residencia en la tierra no éramos ya los mismos, los jóvenes pumas se lanzaban ya por su cuenta a la caza de presas tanto tiempo despreciadas. Después de Eva veíamos llegar al Demiurgo, resuelto a trastrocar un orden bíblico que no habíamos establecido los latinoamericanos; ahora íbamos a asistir a la creación verbal del continente, el pez iba a llamarse pez por boca americana, las cosas y los seres se proponían y se dibujaban desde la matriz original que nos había hecho a todos, sin la sanción tranquilizadora de los Linneo y los Cuvier y los Humboldt y los Darwin que nos habían legado paternalmente sus modelos y sus nomenclaturas. Me acuerdo, me acuerdo tanto: Rubén Darío se desplazó vertiginosamente en mi geografía poética, de la noche a la mañana pasó a ser un gran poeta lejano, como Quevedo o Shelley o Walt Whitman; en nuestra dilatada, desierta y salvaje tierra mental, que habíamos llenado de necesarias y vagorosas mitologías, Residencia se precipitó en la Argentina como antaño San Martín en Chile para liberarlo, como Bolívar picando sus águilas desde el norte; la poesía tiene su historia militar, sus conquistas y sus batallas, el verbo es legión y carga, y la vida de todo hombre sensible a la palabra guarda en su memoria incontables cicatrices de esos profundos, indecibles arreglos de cuentas entre el ayer y el hoy, entre lo artificial y lo auténtico; inútil murmurar que lo recíproco no existe, que Chile está hoy ahí para probar hasta qué punto la historia militar ignora la poesía, eso que en última instancia es lo humano en su exigencia más alta, allí donde la justicia se quita la venda que el sistema le ha puesto en los ojos y sonríe como una mujer que ve jugar a un niño.
Neruda no nos dio demasiado tiempo para recobrarnos, para tomar esa distancia que la inteligencia establece hasta con lo más amado puesto que su razón de ser está en un plus ultra incesante. Aceptar, asimilar Residencia en la tierra exigía acceder a una dimensión diferente de la lengua y, desde allí, ver americano como jamás se había visto hasta entonces. (Ya algunos de nosotros, movidos por el azar de librerías o amistades, entrábamos con el mismo asombro en una nueva faceta de esa inconcebible metamorfosis de nuestra palabra: Trilce, de César Vallejo, llegaba a Buenos Aires desde el norte, viajera secreta y temblorosa trayendo claves diferentes para un mismo reconocimiento americano). Pero Pablo no nos dio tiempo a mirar en torno, a hacer un primer balance de esa multiplicada explosión de la poesía. Vastos poemas que formarían luego parte de la tercera Residencia se sumaban tumultuosos a la primera gran cosmogonía para afinarla, especializarla, traerla cada vez más al presente y a la historia. Cuando la guerra civil española lo lleva a escribir España en el corazón, Neruda ha dado el paso final que lo desplaza del escenario a los actores, de la tierra a los hombres; su definición política, que tanto malentendido innoble haría surgir (y pudrir) en América Latina, tiene la necesidad y la llaneza del cumplimiento amoroso, de la posesión en la entrega última; y es fácil advertir que el signo ha cambiado, que a la lenta, apasionada enumeración de los frutos terrestres por boca de un hombre solitario y melancólico, sucede ahora la insistente llamada a recobrar esos frutos jamás gozados o injustamente perdidos, la proposición de una poesía de combate lentamente forjada desde la palabra y desde la acción.
En Buenos Aires, capital de la prescindencia histórica, este segundo y más terrible espolazo de Neruda bastó para hacer caer muchas máscaras; me tocó ver, testigo irónico, cómo nerudianos fanáticos repudiaban bruscamente su poesía, mientras oportunistas al viento de las reivindicaciones exaltaban una obra que les era palpablemente ininteligible salvo en sus significados más obvios. Quedaron los que lo merecían, comprometidos o no en el plano político (lo digo expresamente, puesto que a mí me faltaba aún la Revolución Cubana para despertarme), y para esos la obra de Neruda siguió siendo como un pulso, una vasta respiración americana frenética a las delicuescencias pasatistas y las fidelidades cada vez más ridículas a los cánones extranjeros.



Sé que le debo a Neruda el acceso a Vallejo, a Octavio Paz, a Lezama Lima, a Cardenal, poetas tan diferentes como unidos, tan individuales como fraternos. Pero lo repito, él no nos daba tregua, no nos dio nunca tregua; poema tras poema, libro tras libro, su imperiosa brújula exigía la revisión de nuestros rumbos, nos llamaba sin proponérselo, sin el menor paternalismo de poeta mayor, de abuelo Hugo latinoamericano; simplemente ponía otro libro sobre la mesa, y pálidos fantasmas corrían a esconderse. Cuando llegó el Canto general, el ciclo de creación entró en su último día necesario; luego seguirían muchos otros, memorables o de simple fiesta, vendrían los poemas bien ganados del que se sienta a recordar su vida con los amigos, como el entrañable Extravagario y tantos momentos del Memorial de Isla Negra; Neruda envejecía sin renunciar a su sonrisa de muchacho travieso, entraba por la fuerza de las cosas en el ciclo de las solemnidades, los paseos utilizables, la más que innecesaria consagración del Premio Nobel, último manotazo del sistema para recuperar lo irrecuperable, el aire libre, el gato en el tejado jugando con la luna.
Mucho se ha escrito sobre el Canto general, pero su sentido más hondo escapa a la crítica textual, a toda reducción solo centrada en la expresión poética. Esa obra inmensa es una monstruosidad anacrónica (se lo dije un día a Pablo, que me contestó con una de sus lentas miradas de tiburón varado), y por ello una prueba de que América Latina no solamente está fuera del tiempo histórico europeo sino que tiene el perfecto derecho y, lo que es más, la penetrante obligación de estarlo. Como, en un terreno no demasiado diferente al fin y al cabo, Paradiso, de José Lezama Lima, el Canto general decide hacer tabla rasa y empezar de nuevo; por si fuera poco, lo hace. Porque apenas se piensa en esto, es casi obvio que la poesía contemporánea de Europa y de las Américas es una empresa definitivamente limitada, una provincia, un territorio, a la vez dentro del campo de expresión verbal y dentro de la circunstancia personal del poeta.
Quiero decir que la poesía contemporánea, incluso la de intención social como la de un Aragon, un Nazim Hikmet o un Nicolás Guillén, que me vienen los primeros a la memoria y están lejos de ser los únicos, se da circunscrita a determinadas situaciones e intenciones. Más perceptible es esto todavía en la poesía no comprometida, que en nuestros tiempos y en todos los tiempos tiende a concentrarse en lo elegíaco, lo erótico o lo costumbrista. Y en ese contexto, cuya infinita riqueza y hermosura no solo no niego sino que me ha ayudado a vivir, llega un día el Canto general como una especie de absurda, prodigiosa geogonía latinoamericana, quiero decir, una empresa poética de ramos generales, un gigantesco almacén de ultramarinos, una de esas ferreterías donde todo se da, desde un tractor hasta un tornillito; con la diferencia de que Neruda rechaza soberanamente lo prefabricado en el plano de la palabra, sus museos, galerías, catálogos y ficheros que de alguna manera nos venían proponiendo un conocimiento vicario de nuestras tierras físicas y mentales, deja de lado todo lo hecho por la cultura e incluso por la naturaleza, él es un ojo insaciable retrocediendo al caos original, una lengua que lame las piedras una a una para saber de su textura y sus sabores, un oído donde empiezan a entrar los pájaros, un olfato emborrachándose de arena, de salitre, del humo de las fábricas. No otra cosa había hecho Hesíodo para acabar los cielos mitológicos y las labores rurales; no otra cosa intentó Lucrecio, y por qué no Dante, cosmonauta de almas. Como algunos de los cronistas españoles de la conquista, como Humboldt, como los viajeros ingleses del Río de la Plata, pero en el límite de lo tolerable, negándose a describir lo ya existente, dando en cada verso la impresión de que antes no había nada, de que ese pájaro no tenía ese nombre y de que esa aldea no existía. Y cuando yo le hablé de eso, él me miraba con sorna y volvía a llenarme el vaso, señal inequívoca de que estabas bastante de acuerdo, hermano viejo.
Por cosas así pienso que la obra de Neruda ha sido para los latinoamericanos de mi tiempo algo que trasciende los parámetros usuales en que dialécticamente se mueven el hacedor y el lector de poesía. Cuando pienso en ella, la palabra obra tiene para mí una consistencia arquitectónica, un peso de mampostería, porque su acción en muchos de nosotros no solo se cumplió en ese plano general de enriquecimiento ontológico que da toda gran poesía, sino en el de una toma directa de contacto con materias, formas, espacios y tiempos de nuestra América. ¿Quién podrá llegar hasta el litoral chileno y asomarse al Pacífico implacable sin que los versos de la Barcarola vuelvan desde la ya remota Residencia en la tierra, quién subirá a Machu Picchu sin sentir que Pablo lo precede en la interminable teoría de peldaños y colmenas? Lo digo con riesgo, lo digo con dolor: cuánta poesía querida se me adelgazó entre las manos después de esa terrible precipitación mineral y celular. Y lo digo también con gratitud: porque ningún poeta mata a los demás poetas, simplemente los ordena de otra manera en la trémula biblioteca de la sensibilidad y la memoria. Habíamos vivido y leído de prestado, aunque los préstamos fueran tan hermosos; habíamos amado en la poesía algo como un privilegio diplomático, una extraterritorialidad, el nepente verbal de tanta torpe tiranía y tanta insolente expoliación de nuestras vidas civiles; sin soberbia, sin jamás reprocharnos nuestras delicadas prescindencias, Neruda nos abrió la más ancha de las puertas hacia esa toma de conciencia que algún día se llamará de versos libertad. Ahora podíamos seguir leyendo a Mallarmé y a Rilke, puestos en su órbita precisa, pero ahora no podíamos negar que éramos latinoamericanos; yo sé, lo sabe lo más exigente de mi ser, que nadie salió perdiendo en esa confrontación poética.
Por eso, a los que demasiado fácilmente olvidan, los invito a releer el Canto para que a la luz (no a la tiniebla) de lo que ocurre en Chile, en Uruguay, en Bolivia complete usted mismo la lista interminable, verifiquen la implacable profecía y la invencible esperanza de uno de los hombres más lúcidos de nuestro tiempo. Imposible abarcar ese horizonte, esa rosa de los vientos que se vuelve húmedo erizo para apuntar a sus multiplicados rumbos; solo aludiré al retrato de tanto dictador, de tanto tirano que Neruda nombró y describió sin vacilar en ese libro como si supiera que iba más allá de sus miserables personas, que su denuncia abarcaba un futuro donde habría de esperarlo otra vez la pesadilla. Los invito, para no citar más que uno, a releer el poema en que González Videla es acusado de traidor a su patria; y a sustituir su nombre por el de Pinochet, a quien Allende también habría de llamar traidor antes de caer asesinado; los invito a releer los versos en que Neruda transcribe cartas y testimonios de chilenos torturados, vejados y muertos por la dictadura; habría que estar ciego y sordo para no sentir que esas páginas del Canto general fueron escritas hace dos meses, hace quince días, anoche, ahora mismo, escritas por un poeta muerto, escritas para nuestra vergüenza y acaso, si alguna vez lo merecemos, para nuestra esperanza.
Conocí muy poco al hombre Neruda, porque entre mis defectos está el de no acercarme a los escritores, preferir egoístamente la obra a la persona. Dos testimonios había tenido de su afecto por mí: un par de libros dedicados que me hizo llegar a París, sin que jamás hubiera recibido nada mío, y una página que envió a alguna revista cuyo nombre no recuerdo, y en la que generosamente trataba de aplacar una falsa, absurda polémica entre Arguedas y yo a propósito de escritores “residentes” y escritores “exiliados”. Cuando Allende asumió la presidencia en noviembre de 1970, quise estar en Santiago cerca de mis hermanos chilenos, asistir a algo que para mí era harto más que una ceremonia, la primera apertura hacia el socialismo en el sector austral del Continente. Alguien llamó a mi hotel, con una voz de lento río: “Me dicen que estás muy cansado, ven a Isla Negra y quédate unos días, ya sé que no te gusta ver gente, estaremos solos con Matilde y mi hermana, Jorge Edwards te traerá en auto, vendrán Matta y Teresa a almorzar, nadie más”.
Fui, claro y Pablo me regaló un poncho de Temuco y me mostró la casa, el mar, los solitarios campos. Como si tuviera miedo de cansarme, me dejó andar por los salones vacíos, mirar despacio y a mi gusto la caverna de Aladino, su Xanadú de interminables maravillas. Casi inmediatamente comprendí esa correspondencia rigurosa entre la poesía y las cosas, entre el verbo y la materia. Pensé en Anna de Noailles preguntándole a una amiga el nombre de una flor entrevista en un paseo, y asombrándose: “Ah, pero si es la misma que tantas veces he nombrado en mis poemas”, y sentí lo que iba de eso a un poeta que jamás nombró sin antes palpar, vivir lo nombrado. Cuánto resentido, cuánto envidioso ironizó en su día sobre los mascarones de proa, los atlas, los compases, los barcos en las botellas, las primeras ediciones, las estampas y los muñecos, sin comprender que esa casa, que todas las casas de Neruda eran también poemas, réplica y corroboración de las nomenclaturas de Residencia y del Canto, prueba de que nada, ninguna sustancia, ninguna flor había entrado en sus versos sin ser lentamente mirada y olida, sin darle y ganarse el derecho a vivir siempre en la memoria de los que recibirían en pleno pecho esa poesía de encarnación verbal, de contacto sin mediaciones.
Incluso la muerte de Neruda entre escombros y alimañas uniformadas, ¿no es un último poema de combate? Sabíamos que estaba condenado por el cáncer, que era una cuestión de tiempo y que acaso hubiera muerto el día en que murió aunque la ralea vencedora no le hubiera destrozado y saqueado la casa. Pero el destino habría de dibujarlo hasta el fin como lo que él había querido ser; voluntariamente o no, ya ajeno a lo circundante o mirando las ruinas de su casa con esos ojos de alcatraz a los que nada escapaba, su muerte es hoy su verso más terrible, el salivazo en plena cara del verdugo. Como en su día el Che Guevara, como Nguyen Van Troy, como tantos que mueren sin rendirse. Me acuerdo de la última vez que lo vi, en febrero de este año; cuando llegué a la Isla Negra me bastó ver la gran puerta cerrada para comprender, con algo que ya no eran las certidumbres de la ciencia médica, que Pablo me citaba para despedirse. Mi mujer había esperado grabar una charla con él para la radio francesa; nos miramos sin hablar, y el grabador quedó en el auto.
Matilde y la hermana de Pablo nos llevaron al dormitorio desde donde él confirmaba su diálogo con el océano, con esas olas en las que había visto los gigantescos párpados de la vida. Lúcido y esperanzado (eran las vísperas de las elecciones en las que la Unidad Popular afirmó su derecho a gobernar) nos dio su último libro. “Ya que no puedo ir a las manifestaciones ni hablarle al pueblo, quiero estar presente con estos versos que escribí en tres días”. El título lo explicaba todo: Incitación al nixonicidio y alabanza de la revolución chilena; versos para gritar en las esquinas, para que los cantores populares les pusieran música, para que los obreros y los campesinos los leyeran en sus centros y en sus casas. Un televisor a los pies de la cama lo mantenía al tanto del proceso electoral; novelas policiales, que tanto le gustaban, eran mejor sedante que las inyecciones cada vez más necesarias. Hablamos de Francia, de su último cumpleaños en la casa de Normandía adonde los amigos habíamos llegado de todas partes para que Pablo sintiera un poco menos la geométrica soledad del diplomático famoso, y donde con gorros de papel, largos tragos y música lo despedimos (él lo sabía, y nosotros sabíamos que él lo sabía). Hablamos de Allende, que había venido a visitarlo en esos días sin previo aviso, sembrando la estupefacción con un helicóptero inconcebible en la Isla Negra, y por la noche, aunque insistíamos en irnos, en que descansara, Pablo nos obligó a mirar con él un horrendo folletín de vampiros en la televisión, fascinado y divertido al mismo tiempo, abandonándose a un presente de fantasmas más reales para él que un futuro que sabía cerrado. En mi primera visita, dos años atrás, me había abrazado con un hasta pronto que habría de cumplirse en Francia; ahora nos miró un momento, sus manos en las nuestras, y dijo: “Mejor no despedirse, ¿verdad?”, los fatigados ojos ya distantes.
Era así, no había que despedirse; esto que he escrito es mi presencia junto a él y junto a Chile. Sé que un día volveremos a Isla Negra, que su pueblo entrará por esa puerta y encontrará en cada piedra, en cada hoja de árbol, en cada grito de pájaro marino, la poesía siempre viva de ese hombre que tanto lo amó.




Tuesday, September 20, 2011

Darío Jaramillo Agudelo / Diatriba y loa sobre Pablo Neruda


Darío Jaramillo Agudelo
DIATRIBA Y LOA SOBRE PABLO NERUDA

Neruda fue el último dinosaurio de la poesía en castellano. Cuando yo era poeta joven —de esto hace varias juventudes—, a los fines del decenio de 1960, Neruda representaba todo lo que yo no quería ser. Poeta oficial de la más políticamente correcta izquierda de su época, nimbada entonces por las aureolas heroicas de la guerra española y la naciente revolución cubana, poeta con partido, poeta candidato a presidente, poeta todo el tiempo, Neruda superstar. Poeta con los reflectores encima: veinte años largos antes de lo que cuento, poco después de 1940, los periódicos siguieron las andanzas de Neruda por Colombia como hoy registran las giras de los cantantes de moda. Poeta militante, poeta prolífico, poeta personaje: fue el último poeta celebridad; después del boom, el sistema de estrellas de primera página quedó reservado para los novelistas. La poesía fue salvada de los reflectores y pudo volver a sus más propias tinieblas o penumbras. Desde su muerte, y aun antes, la poesía se replegó y recuperó su carácter secreto, de ediciones que circulan milagrosamente, de lectores devotos e íntimos. Ya no hay poetas profesionales, ni poetas públicos, ni poetas políticos. Hoy los poetas son individuos que no figuran en el comercio de celebridades, pero que publican libros y que tienen lectores: y aunque —en el presente— el arquetipo del poeta está en las antípodas del personaje Neruda, la existencia actual de lectores se debe en buena parte a la poesía de Neruda. Y Neruda es, todavía hoy, la mejor puerta de entrada a la lectura de poesía; como los adolescentes de ayer, los que hoy buscan un primer libro de poemas para leer, desembocan en los Veinte poemas.
Por mi parte, tuve que esperar varios años después de su muerte para acercarme a los poemas de Pablo Neruda sin el estorbo de su figura de poeta militante. Ahora percibo que mi sensibilidad poética no es muy afín a la de Neruda, solo que antes creía que esta diferencia era un obstáculo para llegar a su poesía tan desbordada, y ahora creo que el aprendizaje menos esperado —y por lo mismo el más gratificante— es el que obtenemos de aquellos que captan el mundo desde un ángulo diferente del propio. Pasé algunos años detestando el personaje Neruda y convencido de que su valor como poeta radicaba en dos momentos de iluminación rodeados de maleza, estridencia mamerta1 y pompa narcisista. Estaba equivocado, no en cuanto a esas dos cumbres, Veinte poemas de amor y una canción desesperada y Residencia en la tierra. Porque Veinte poemas sigue siendo un hermoso libro, que ya ni siquiera es de Neruda, sino que esos poemas son ahora parte de la entraña de la educación sentimental latinoamericana; con ellos Neruda logró convertirse en clásico, destino que consiste en inventar la partitura de todos. Y Residencia es un libro fundamental de la poesía escrita en castellano durante el siglo XX. Estaba equivocado respecto del resto de su obra.
El poeta Neruda es desbordante, es una fuerza de la naturaleza. Mientras vivió, muchos poetas sucumbieron a su retórica avasallante y se convirtieron en sus epígonos; el continente entero está lleno de ecos de Neruda, poetófago, devorador de poetas, hueco negro. Su rasero es el exceso: es el mago que saca imágenes de su mollera, y sin poder detenerse, confundiéndolas, también saca bisutería. Le gusta el brillo y se sabe virtuoso; por lo mismo, no controla los peligros del virtuoso, que no siempre sirve a la poesía sino que pone la poesía a su servicio, o al de su causa o su partido. Cuando está en las antípodas del megáfono, cuando Neruda es íntimo, es el mejor Neruda, como en Odas elementales y Nuevas odas elementales. Mi gusto personal tiene que hacer un esfuerzo, ampliamente compensado por su energía arrolladora, y así puedo leer, empequeñecido por su verbo fulgurante, libros como Estravagario, Cien sonetos de amor,  Arte de pájaros y Jardín de invierno. Y mientras el poeta político trasladó su estridencia a la retórica de la arenga y al aún sobreviviente discurso veintejuliero2, el más íntimo Neruda perdurará, ya como clásico, en el corazón de todos los amorosos lectores de poesía.

Notas:

1. Mamerto: Así se designaba en los años setenta a los militantes del Partido Comunista en Colombia.

2. Veintejuliero: Término que hacer referencia al veinte de julio de 1810, fecha en que estalla en Santa Fe de Bogotá la rebelión que da lugar a la independencia de España.