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Tuesday, September 20, 2011

Darío Jaramillo Agudelo / Diatriba y loa sobre Pablo Neruda


Darío Jaramillo Agudelo
DIATRIBA Y LOA SOBRE PABLO NERUDA

Neruda fue el último dinosaurio de la poesía en castellano. Cuando yo era poeta joven —de esto hace varias juventudes—, a los fines del decenio de 1960, Neruda representaba todo lo que yo no quería ser. Poeta oficial de la más políticamente correcta izquierda de su época, nimbada entonces por las aureolas heroicas de la guerra española y la naciente revolución cubana, poeta con partido, poeta candidato a presidente, poeta todo el tiempo, Neruda superstar. Poeta con los reflectores encima: veinte años largos antes de lo que cuento, poco después de 1940, los periódicos siguieron las andanzas de Neruda por Colombia como hoy registran las giras de los cantantes de moda. Poeta militante, poeta prolífico, poeta personaje: fue el último poeta celebridad; después del boom, el sistema de estrellas de primera página quedó reservado para los novelistas. La poesía fue salvada de los reflectores y pudo volver a sus más propias tinieblas o penumbras. Desde su muerte, y aun antes, la poesía se replegó y recuperó su carácter secreto, de ediciones que circulan milagrosamente, de lectores devotos e íntimos. Ya no hay poetas profesionales, ni poetas públicos, ni poetas políticos. Hoy los poetas son individuos que no figuran en el comercio de celebridades, pero que publican libros y que tienen lectores: y aunque —en el presente— el arquetipo del poeta está en las antípodas del personaje Neruda, la existencia actual de lectores se debe en buena parte a la poesía de Neruda. Y Neruda es, todavía hoy, la mejor puerta de entrada a la lectura de poesía; como los adolescentes de ayer, los que hoy buscan un primer libro de poemas para leer, desembocan en los Veinte poemas.
Por mi parte, tuve que esperar varios años después de su muerte para acercarme a los poemas de Pablo Neruda sin el estorbo de su figura de poeta militante. Ahora percibo que mi sensibilidad poética no es muy afín a la de Neruda, solo que antes creía que esta diferencia era un obstáculo para llegar a su poesía tan desbordada, y ahora creo que el aprendizaje menos esperado —y por lo mismo el más gratificante— es el que obtenemos de aquellos que captan el mundo desde un ángulo diferente del propio. Pasé algunos años detestando el personaje Neruda y convencido de que su valor como poeta radicaba en dos momentos de iluminación rodeados de maleza, estridencia mamerta1 y pompa narcisista. Estaba equivocado, no en cuanto a esas dos cumbres, Veinte poemas de amor y una canción desesperada y Residencia en la tierra. Porque Veinte poemas sigue siendo un hermoso libro, que ya ni siquiera es de Neruda, sino que esos poemas son ahora parte de la entraña de la educación sentimental latinoamericana; con ellos Neruda logró convertirse en clásico, destino que consiste en inventar la partitura de todos. Y Residencia es un libro fundamental de la poesía escrita en castellano durante el siglo XX. Estaba equivocado respecto del resto de su obra.
El poeta Neruda es desbordante, es una fuerza de la naturaleza. Mientras vivió, muchos poetas sucumbieron a su retórica avasallante y se convirtieron en sus epígonos; el continente entero está lleno de ecos de Neruda, poetófago, devorador de poetas, hueco negro. Su rasero es el exceso: es el mago que saca imágenes de su mollera, y sin poder detenerse, confundiéndolas, también saca bisutería. Le gusta el brillo y se sabe virtuoso; por lo mismo, no controla los peligros del virtuoso, que no siempre sirve a la poesía sino que pone la poesía a su servicio, o al de su causa o su partido. Cuando está en las antípodas del megáfono, cuando Neruda es íntimo, es el mejor Neruda, como en Odas elementales y Nuevas odas elementales. Mi gusto personal tiene que hacer un esfuerzo, ampliamente compensado por su energía arrolladora, y así puedo leer, empequeñecido por su verbo fulgurante, libros como Estravagario, Cien sonetos de amor,  Arte de pájaros y Jardín de invierno. Y mientras el poeta político trasladó su estridencia a la retórica de la arenga y al aún sobreviviente discurso veintejuliero2, el más íntimo Neruda perdurará, ya como clásico, en el corazón de todos los amorosos lectores de poesía.

Notas:

1. Mamerto: Así se designaba en los años setenta a los militantes del Partido Comunista en Colombia.

2. Veintejuliero: Término que hacer referencia al veinte de julio de 1810, fecha en que estalla en Santa Fe de Bogotá la rebelión que da lugar a la independencia de España.






Monday, September 19, 2011

Darío Jaramillo Agudelo / Primero está la soledad


Guardare fouri, 1985
Alberto Sughi
Darío Jaramillo Agudelo
13

Primero está la soledad.
En las entrañas y en el centro del alma:
ésta es la esencia, el dato básico, la única certeza;
que solamente tu respiración te acompaña,
que siempre bailarás con tu sombra,
que esa tiniebla eres tú.
Tu corazón, ese fruto perplejo, no tiene que agriarse con tu sino solitario;
déjalo esperar sin esperanza
que el amor es un regalo que algún día llega por sí solo.
Pero primero está la soledad,
y tú estás solo,
tú estás solo con tu pecado original -contigo mismo-.
Acaso una noche, a las nueve,
aparece el amor y todo estalla y algo se ilumina dentro de ti,
y te vuelves otro, menos amargo, más dichoso;
pero no olvides, especialmente entonces,
cuando llegue el amor y te calcine,
que primero y siempre está tu soledad
y luego nada
y después, si ha de llegar, está el amor.


Saturday, September 17, 2011

Darío Jaramillo / Sé que el amor no existe

Fotografía de Richard Avedon

Darío Jaramillo Agudelo
14

Sé que el amor
no existe
y sé también
que te amo.



Darío Jaramillo Agudelo / Tu voz

Estella Warren

Darío Jaramillo Agudelo

6

Tu voz por el teléfono tan cerca y nosotros tan distantes,
tu voz, amor, al otro lado de la línea y yo aquí solo, sin ti, al otro lado de la luna,
tu voz por el teléfono tan cerca, apaciguándome, y tan lejos tú de mí, tan lejos,
tu voz que repasa las tareas conjuntas,
o que menciona un número mágico,
que por encima de la alharaca del mundo me habla para decir en lenguaje cifrado
                                                                                                                                  que me amas.
Tu voz aquí, a lo lejos, que le da sentido a todo,
tu voz que es la música de mi alma,
tu voz, sonido del agua, conjuro, encantamiento.




Friday, September 16, 2011

Darío Jaramillo Agudelo / Yo huelo a ti


Mistyc
Fotografía de Dennis Mecham

Darío Jaramillo Agudelo
3

Yo huelo a ti.
Me persigue tu olor, me persigue y me posee.
No es este olor un perfume sobrepuesto sobre ti,
no es el aroma que llevas como una prenda más:
es tu olor más esencial, tu halo único.
Y cuando, ausente, mi vacío te convoca,
una ráfaga de ese aliento me llega del lugar más tierno de la noche.
Yo huelo a ti
y tu olor me impregna después de estar juntos en el lecho,
y ese fino aroma me alimenta,
y ese aliento esencial me sustituye.
Yo huelo a ti.



Wednesday, September 14, 2011

Darío Jaramillo Agudelo / Tu lengua



Darío Jaramillo Agudelo

8

Tu lengua, tu sabia lengua que inventa mi piel,
tu lengua de fuego que me incendia,
tu lengua que crea el instante de demencia, el delirio del cuerpo enamorado,
tu lengua, látigo sagrado, brasa dulce,
invocación de los incendios que me saca de mí, que me transforma,
tu lengua de carne sin pudores,
tu lengua de entrega que me demanda todo, tu muy mía lengua,
tu bella lengua que electriza mis labios, que vuelve tuyo mi cuerpo por ti purificado,
tu lengua que me explora y me descubre,
tu hermosa lengua que también sabe decir que me ama.


Darío Jaramillo Agudelo / Tres poemas

Sketch
Jason Bennett

Darío Jaramillo Agudelo
TRES POEMAS

Encuentros
Arrodillado te degusto
te lamo y lamo
olfateo cada parte de ti
te aprendo con labios y nariz
te estremezco y ensalzo
subo y bajo
lengua de pezón a pubis
lengua de boca a oreja
interminable.
    

Apariciones

Posees el gozo de su risa
pero debes saber que partirá.
Te inunda su alegría
te ilumina su rotunda carcajada
con una luz muy dulce,
pero no ignores que se irá.
Ella fluye,
ella es un líquido que detesta estancarse
ella es un pájaro que anida y emigra,
ella se irá.
Ella se irá y te dejará una marca de amor
que solamente curarás con su regreso efímero.
Entonces la verás de paso
y será como tropezar con el sol de la mañana
descubrir de nuevo su alegría,
nadar en ella
plácido
hasta un próximo encuentro inesperado.


Conjuro
Que el azar me lleve hasta tu orilla,
ola o viento, que tome tu rumbo,
que hasta ti llegue y te venza mi ternura.

 


Thursday, May 26, 2011

Darío Jaramillo Agudelo / El último viaje de Lupita López, de Triunfo Arciniegas


Triunfo Arciniegas
El último viaje de Lupita López
Por Darío Jaramillo Agudelo

Cuando esta historia comienza, su protagonista, Guadalupe López, Lupita para todos en su pueblo, ya estaba vieja.
Lupita había vivido en un pequeño pueblo llamado Coyuca. No vayan a creer ustedes, adultos formalistas, despistados mayores de edad, que Coyuca es un invento del mismo que inventó la historia de Lupita López. No, Coyuca es un pueblo mexicano, de 12.445 almas, no lejos de Acapulco, 32 kilómetros al sur, siempre sobre el mar Pacífico. Allá vivió Lupita, allá se casó con Prudencio, allá lo enterró cuando murió de viejo, allá le sobrevivió al perro y al gato, allá se quedó, incluso, cuando los hijos, que de vez en cuando escribían, partieron para otros países.
El caso es Lupita no se quería mover de su Coyuca amado: “¿Y qué iba a hacer doña Lupe lejos del aire perfumado de jazmines y las calles empedradas de Coyuca?”. Llevaba años aplazando un viaje a Vistahermosa para agradecerle a la Virgen algunos milagritos que le había hecho. Pero siempre aplazaba el viaje la procastinadora Lupita. (Al fin encontré la oportunidad de usar esa palabra tan rara, procastinador, que se refiere a la persona que  siempre está aplazando las tareas. Procastinador).
Pero estaba sola y en su Coyuca encontró el remedio para la soledad, un pez llamado Vicente. Vicente era gordo, de rayas de colores, bailaba muy bien el tango y había sido payaso en un circo y animador de fiestas, oficio al que renunció por el peligro que representaban los arañazos de los gatos.
A Vicente le gustaba contarle sus vidas anteriores a Lupita, pero no para presumir, ni por nostalgia, sino por el simple gusto de conversar con ella, de acompañarla, de divertirse. La pasaban muy bien juntos, ya fuera leyendo a Felisberto o a Rulfo, ya fuera en cine, muertos de ese falso terror que no por falso deja de ser terror, que puede producirle una película como Tiburón a una vieja como Lupita o a un indefenso pez como Vicente. A él le gustaba, también, contarle a Lupita su vida en el mar. “El pez recordaba ballenas mansas, caballitos de mar y sirenas de larguísimos cabellos.”  También, por las noches, se trepaban al techo de la casa y contemplaban las estrellas “para sentirse poetas”.
Un día Lupita y Vicente se volvieron famosos porque, viniendo del mercado, un niño tropezó con ellos, pero la pecera no se rompió y Vicente hizo no sé qué piruetas, nadó  -o voló-  por el aire y volvió a descender en el líquido mientras la pobre Lupita caía patas arriba sin hacerse daño, por fortuna. El caso es que por ahí pasaba el fotógrafo del periódico del pueblo y al otro día todos vieron el accidente sin daños. Un empresario de circo fue hasta la casa de Lupita a ofrecerles trabajo como trapecistas pero ella dijo que ya no estaba para esos trotes.

Lupita segùn Henry González

Al final… No, no les voy a contar el final. Sólo les digo que tiene de tragedia, pero después tiene también de milagro. Y, por lo mismo, se lleva a cabo lo que dice el título de este libro, El último viaje de Lupita López.
En el texto, con lo breve, hay muchas más cosas que las que les he contado. Por ejemplo, hay un plomero que se llama Ramón López Velarde, tocayo de nombre y apellidos del poeta nacional de México, autor de un poema que se saben todos los niños mexicanos, a veces no todo el poema ni todos los niños, pero la mayoría de los niños sí. Y del poema. Es decir, la mayoría de los niños se saben parte del poema, no todo porque es muy largo. No todos los niños, pero casi todos. No todo el poema, pero mucha parte. Evidentemente me estoy enredando en algo tan sencillo como que hay dos Ramón López Velarde, o uno solo que llevaba una vida secreta por las alcantarillas de Coyuca como todo fontanero y en Zacatecas o en ciudad de México como un poeta que escribió la Suave patria, un poema del que casi todos los mexicanos se saben alguna estrofa, un poeta que contaba, por ejemplo, que

Yo tuve, en tierra adentro, una novia muy pobre:
ojos inusitados de sulfato de cobre.
Llamábase María; vivía en un suburbio,
y no hubo entre nosotros ni sombra de disturbio.

Hablando de poesía, ciertos momentos del cuento de Lupita parecen parte de un poema, como las frases enamoradas que le dirige Lupita a Vicente, su amado pez: “Mi Vicente del agua, mi flor de las inmensidades, mi arco iris sumergido”.

Triunfo Arciniegas y Henry Gonzàlez
Corferias, Bogotà
13 de mayo de 2011
Fotografía de Julio Caycedo

La historia de Lupita la escribió Triunfo Arciniegas y fue ilustrado por Henry González. Esta es la segunda vez que trabaja con Arciniegas este experimentado dibujante que tiene una larga historia de colaboraciones con los más conocidos autores de textos para libro ilustrado en Colombia, como Jairo Anibal Niño, Celso Román y Evelio Rosero. Con El último viaje de Lupita López, González a veces se monta en una grúa y mira a Lupita desde arriba, por ejemplo en las primeras escenas, en otras ocasiones se les acerca y captura detalles de ella o de él, de Lupita o de Vicente, y no falta la oportunidad al ilustrador de meterse dentro de las calles de Coyuca y narrar la escena como desde el ángulo de algún desprevenido habitante del pueblo.
Conozco poco a Triunfo Arciniegas y nos hemos visto pocas veces en la vida. Pero estoy aquí porque me gusta todo lo que he leído de él y me gusta por una razón que encontré en algo que él escribió recordando el montaje teatral de una obra suya, Lucy es pecosa: “Al día siguiente, camino a una escuela, acordándome de situaciones del estreno, seguía riéndome. Los niños se reían en el escenario. El público se reía. El amigo de las luces se reía. Los amigos que vieron la obra se reían. No sé con certeza qué tan bien salimos, pero nos reímos mucho. La felicidad me interesa más que la sabiduría”. Sí, esta es la razón principal que hace de Arciniegas un excepcional contador de cuentos, porque “La felicidad me interesa más que la sabiduría”.
Como sabía poco de Triunfo, con motivo de esta lectura me puse a averiguar cosas de él y descubrí otra de las cualidades de Triunfo, muy apreciable por ser meramente humana, y es la manera desenfada y reveladora con que habla de sí mismo, por ejemplo en una entrevista que le hizo Yolanda Reyes para la Revista  Espantapájaros hace ya casi veinte años: “Soy un imaginador, es mi oficio, un soñador que tropieza con la vida cotidiana, un despistado. Me inquieta el amanecer como a los vampiros, temo a la soledad y el olvido. De pocos amigos y pocas palabras, busco la niebla y los lugares solitarios. Quisiera volar de noche, tocar el saxofón y conocer París con una mujer. Soy piscis y detesto los cumpleaños. Tengo infinidad de gustos: dibujar, escribir cartas, leer historias de amor, coleccionar libros y revistas, el jugo de mandarina, el chocolate con galletas y el ron con Coca Cola, la comida de mar. Me gusta perder el tiempo. Quisiera ser un gato”.
Más tarde, cuando presentó su libro La media perdida, Triunfo Arciniegas dijo de sí mismo:  " me encantan los gatos y los unicornios, los libros y Pink Floyd, Marilyn Monroe, Woody Allen y Flaubert, la lluvia desde la ventana y las tardes de niebla, los barcos de papel y las cometas. Escribo y dibujo historias para niños. Nací en Málaga en el año del gallo, y vivo en una casita de dos pisos de las afueras de Pamplona. La encontrarán porque es amarilla con dos ventanas sin barrotes arriba y otra de hierro abajo, la más bonita de por ahí. La puerta es de madera pintada de marrón, para más señas. No lo olviden. Si escuchan el rumor de la máquina de escribir, que no debe confundirse con el vuelo de los colibríes que bajan a almorzar, aléjense en silencio porque paso a limpio mi próxima historia y, por favor, vuelvan otro día".
Triunfo Arciniegas nació en Málaga, Santander, y allí se terminó su infancia, antes de irse con su familia a Pamplona. Es maestro y ha ejercido como tal, se licenció y se doctoró en literatura en la Universidad Javeriana y ha publicado, no sé, más de 20 libros ilustrados. Dice: “Vengo de los libros, pero no de una familia de intelectuales. Mis abuelos no aprendieron a leer, mis padres no terminaron la educación primaria y fui el primero de la familia que asistió a la universidad. La timidez me hizo solitario y la soledad me hizo escritor”.
Lo interesante aquí es que ese primer oficio, el de maestro de escuela y esa vocación profunda e irrenunciable, la de escritor, lo han conducido a otros menesteres, como montar obras de teatro con niños o a ilustrar sus propios libros. A este propósito, en alguna parte dice Arciniegas que quisiera hacer algún día un libro sin palabras. Desde muy joven, Arciniegas toma fotos y es un magnífico retratista. Hablando de oficios, y dejando bajo sospecha los múltiples talentos laborales de Triunfo Arciniegas, debo añadir que también aprendió el oficio de su padre y que conoce la herrería hasta el punto de no tener azadón de palo.


A su obra escrita y dibujada se han referido personas muy conocedoras del tema. Y creo que han hecho el buen trabajo de fijar los elementos esenciales de sus narraciones, es decir, lo abstracto de su mundo tan concreto. No lo han dicho como lo voy a decir pero es lo mismo: la magia que tiene para sembrar cierta euforia en sus lectores, su mundo sin héroes, su mundo lleno de libros en donde un potro se puede llamar Felisberto Hernández, su mundo con humor. Carlos Sánchez Lozano dedica un excelente ensayo al humor en la obra de Triunfo Arciniegas, Galia Ospina escribe sobre la búsqueda de la felicidad en los personajes de sus narraciones, Carlos José Reyes estudia en un ensayo su ya extensa obra teatral y Margarita Valencia hace un estudio panorámico en donde dice: “¡Felicidad! Ese es el regusto (tan impreciso, tan inexpresable) que le queda al lector después de leer la mayoría de las obras de Triunfo Arciniegas, y que debería ser la única vara de medir la literatura infantil: un estado del ánimo que es más bien un estado de gracia y que no tiene que ver tanto con la alegría de que las cosas resulten como deberían ser, sino con la satisfacción que sentimos al descubrir que las cosas son como son, y así están bien.  Lo cierto es que la escritura de Triunfo no es particularmente alegre. Su tono es más bien melancólico —aunque en su caso el intento de uniformar es un ejercicio crítico inútil, porque lo que prevalece es la sutileza que domina particularmente bien a la hora del humor, siempre matizado, nunca caricaturesco, y que da siempre el toque final a los personajes y las atmósferas. (…). En realidad, Triunfo no nos ahorra (ni a sus lectores ni a sus personajes) ni una sola amargura, pero tampoco nos escatima el contento tonto, el de todos los días. Y puede hacer lo uno y lo otro porque ha trabajado hombro a hombro con sus lectores, ha dominado sus caprichos, ha reído con ellos, y sabe que no debe mentirles, que no puede suavizar, ni acomodar, ni endulzar si quiere que permanezcan a su lado. Por eso en sus historias no hay héroes (…), no hay niños que deban superar pruebas increíbles, (…) no hay amores perfectos (…) y no hay enemigos imbatibles”.

Bogotá, 13 de mayo de 2011