Friday, June 24, 2011

Sofocleto / Se puede ser feliz con una mujer


Fotografía de Craig Richarson
 Soflocleto
CITAS
 Nadie tiene personalidad cuando está a solas.
 La Fe es el sobregiro de la Esperanza.
Los mordaces tienen la inteligencia en la lengua.
El turismo consiste en atraer norteamericanos sin uniforme.

Todos los estómagos son gobernistas.


Las mujeres son de dos clases: las que nos hacen caso y las que nos gustan.
La música japonesa es una tortura china.
La filosofía es el refranero popular puesto en prosa.

Se puede ser feliz con una mujer, siempre que no sea la misma.
El humorismo es la puerta falsa de la verdad.
El aborto es peligroso porque, si fracasa, puede producir un niño.
Hay familias que sólo se juntan alrededor de los ataúdes.
Un crítico es al Arte lo que el ventilador es al avión.
Para los brutos, la cabeza también es una extremidad.
Las manos artificiales escriben con faltas de ortopedia.
Lo bueno del Juicio Final es que será si abogados.
A los ejércitos indecisos hay que darles un penultimátum.
Tener fe es sencillo.Lo difícil es creer en ella.
Las personas volubles no cambian jamás.
La ignorancia consiste en saberlo todo, pero de otro modo.





Thursday, June 23, 2011

Sylvia Plath / El coloso


Sylvia Plath
EL COLOSO
Dos traducciones
Por Triunfo Arciniegas

“El coloso” es un tanteo o un acercamiento al gran poema de Sylvia Plath, “Daddy”, exploración de la figura del padre.
La muerte de Otto Plath, después de una larga enfermedad, el dos de noviembre de 1940, acabó el encanto de la niñez de Sylvia, entonces de apenas ocho años. El padre es una obsesión en la obra de la poeta norteamericana. Aunque no era judía, en su imaginación veía a su padre como un hombre de negro, ario y antisemita, primero como un coloso y luego como un vampiro. El zapato negro de “Daddy” no solo significa muerte y oscuridad sino ante todo humillación. Poema duro y violento como pocos:

Every woman adores a Fascist,
The boot in the face, the brute
Brute heart of a brute like you.

En Devon, al final de su vida, Sylvia se dedica a la apicultura, antigua pasión de su padre, y en “La llegada de la caja de abejas” escribe: “Encargué esto, esta caja limpia de madera, cuadrada como una silla y casi demasiado pesada. Diría que era el ataúd de un enano o de un niño cuadrado de nos ser por el ruido que no hay en su interior…” La vital laboriosidad de las abejas contaminada por la presencia de la muerte.  
Es tan inmensa figura del padre en “El coloso”, y tan aplastante, que la poeta apenas alcanza el tamaño de su oreja. Pero es una figura resquebrajada, fragmentada, despedazada, en ruinas, de huesos estriados, de rebuznos de mula y gruñidos de cerdo. Nunca estará concluida, es decir, nunca completa, nunca las partes volverán a su sitio. Ni treinta años son suficientes para limpiar y pegar. Tanta ruina requiere más que un rayo. En realidad, todo sigue tal cual. El padre, hondo, oscuro y denso, “como foro romano”, seguirá en el corral, ruina entre las ruinas.
Tan importante es el poema que dio su título al primer libro de Sylvia Plath. En realidad, The Colossus (1960), dedicado a Ted Hughes,  fue el único libro de poemas publicado por Sylvia Plath en vida. Los demás fueron preparados y publicados por su esposo Ted Hughes y su hermana Olivia Hughes, editora de Rainbow Press. La mayoría de sus poemas de este primer libro fueron terminados en el otoño de 1959, en Yaddo, después del viaje de la pareja. La publicación póstuma de Ariel (1965), el segundo libro de poemas, despertó la atención del público de The Colossus, que fue reeditado en 1967. Sigue, con este método de cuentagotas y el sentido comercial de Hughes, Winter Trees (1971).
Sylvia Plath no sobrevivió al invierno de 1963 en Londres. La mañana del once de febrero dejó pan con mantequilla y leche en el cuarto de los niños y se encerró en la cocina. Selló las rendijas con toallas, abrió el horno y metió su cabeza. Cansada, exprimida, sola con sus dos hijos a la altura de sus treinta años, pues Ted Hughes ya vivía con otra mujer, encontró el alivio.
Su trágico final, sus deslumbrantes libros de poemas y su novela La campana de cristal hicieron de ella una figura de culto. Dice Jesús Pardo que en otros tiempos los suicidas eran enterrados en el camino real, con una estaca clavada en su corazón, como un vampiro. Y la verdad es que resulta difícil imaginar a Sylvia Plath sin esa estaca en el corazón.  
            A continuación, María Julia de Ruschi Crespo y Jesús Pardo presentan dos versiones de “The Colossus”, discutibles como toda traducción. El lector decidirá la suya o tejerá una tercera, tal vez más acertada, más personal. Si lo desea, puede acudir al poema original, en Kiss.

Triunfo Arciniegas
Pamplona, 23 de junio de 2011



Traducción María Julia de Ruschi Crespo

Nunca podré reunirte íntegramente,
Juntar, pegar, articular como corresponde.
Rebuznos de mula, gruñidos de cerdo, obscenos graznidos
Provienen de tus grandes labios.
Peor que en un corral.

Quizá te consideres un oráculo,
Portavoz de los muertos o de algún dios.
Yo llevo treinta años esforzándome
Por limpiar de fango tu garganta
Y no he aprendido nada.

Trepando escaleritas con frascos de engrudo y baldes de lisol
Me arrastro como una hormiga enlutada
Por los campos cubiertos de maleza de tus cejas
Para reparar tu inmenso cráneo y desbrozar
Los descarnados, blancos túmulos de tus ojos.

Un firmamento azul de otra Orestíada
Se cierne sobre nosotros. Oh padre, tú solo
Eres una referencia histórica tan importante como el Foro Romano.
Aquí merendando, en una colina de seres siniestros.
Las columnas de tus huesos y el acanto de tus cabellos vuelven
A su antigua anarquía esparciéndose hasta el horizonte.
Se necesita más que un rayo
Para crear tanta ruina.
Algunas noches me acurruco en la cornucopia
De tu oreja, a salvo del viento,

Y cuento estrellas rojas y estrellas color ciruela.
Sale el sol bajo el pilar de tu lengua.
Mis horas se desposan con la sombra.
Ya no escucho más el roce de la quilla
Contra las sordas piedras del desembarcadero.


Tulipanes y otros poemas
Buenos Aires, CEAL, 1988


Sylvia Plath
EL COLOSO
Traducción de Jesús Pardo

Nunca conseguiré recomponerte,
repegarte, reunirte, rejuntarte.
Mular rebuzno, cacareo obsceno,
gruñidos salen de tus vastos labios.
Peor que en un corral.

Quizás es que concebiste profeta,
portavoz de los muertos o los dioses.
Treinta años llevo trabajando
Por limpiar tu garganta de cieno.
Más todo sigue igual.

Escala arriba, con lisol, con goma
de pegar, como hormiga matutina
por los campos herbosos de tu frente
tu inmenso cráneo componiendo, el túmulo
calvo y blanco de tu ojo despejado.

Un cielo azul, como de la Orestíada
nacido, cómbase sobre nosotros.
Oh padre, solo, eres hondo y denso
como foro romano. Entre cipreses
me siento y el acanto de tu pelo

y tus huesos estriados se penetran
de su antigua anarquía hasta el borde
del horizonte. Crear tanta ruina
requiere más que un rayo. Por la noche
me agazapo en tu oreja, contra el viento,

contando estrellas rojas y ciruela.
El sol sale del fondo de tu lengua
y mis horas copulan con tu tumba.
Ya no busco el raer de quillas sobre
las piedras negras de la playa.

Sylvia Plath, Antología, Colección Visor de Poesía
Madrid, Visor Libros, s.f.




Wednesday, June 22, 2011

Sylvia Plath / Canción putesca


Sylvia Plath
CANCIÓN PUTESCA

La blanca helada se acabó,
los sueños verdes nada valen,
tras un mal día de trabajo
llega el momento de la sucia puta:
su simple fama llena nuestra calle.
Todos los hombres:
Blancos, rubicundos, negros
Derivan hacia su forma desmarañada.

Fijaos, os pido, en esa boca
hecha para bofetadas
en ese rostro costuroso
sesgado a fuerza de pintarrajos, hondones, marcas,
violado por cada hosco año.
Ningún hombre se le acerca
que sea capaz de concentrar aliento
con que corcusir fuego de amor en tan fétida mueca
como apuntan
mis castísimos ojos
saliendo de charco, zanja, trago.



Tuesday, June 21, 2011

Sylvia Plath / Suceso

Fotografìa de Brigitte Niedermair

Sylvia Plath
SUCESO

¡Cómo los elementos se endurecen!
La luz lunar, la peña como tiza,
en cuyo seno blanco ahora yacemos

espalda contra espalda. Oigo un búho
chillar desde su frío añil vocales
que en mi corazón entran insufribles.

El niño, en cuna blanca, se estremece,
suspira, abre la boca, pide algo.
Su rostro está esculpido en rojo y pena.

Y luego las estrellas: duras, arduas
de arrancar. Toco: duéleme y me quema.
No puedo ver tus ojos. Donde enfría

la noche la manzana en flor yo ando,
circular, en mi cauce hondo y amargo
de errores viejos. El amor no puede

venir aquí. Se muestra un negro abismo
en el opuesto labio.
Un alma blanca

y pequeña me llama, un blanco, un mínimo
gusano. Abandonáronme mis miembros,
¿quién nos ha desmembrado? Nos tocamos

como tullidos. La oscuridad fúndese.


Monday, June 20, 2011

Inge Feltrinelli / Antes los editores eran los psiquiatras


Leer es resistir
Feltrinelli Editore


EDITORES ANTE EL FINAL

DE LA ERA DE GUTENBERG

Inge Feltrinelli 

Presidenta de la editorial Feltrinelli

"Antes los editores eran los psiquiatras e incluso los amantes de los autores"

Por JUAN CRUZ
El País, 17/04/2011


Inge Feltrinelli y Charles Bukowski


Inge Feltrinelli, presidenta de Feltrinelli, tiene 80 años, que cumplió en noviembre, y es sin duda la gran dama de la edición europea. Ahora, el consejero delegado de Feltrinelli, su hijo Carlo, que heredó su entusiasmo, pero es mucho más tímido que ella, ingresa en el mundo editorial español, a raíz del acuerdo que ha suscrito con Jordi Herralde para hacerse cargo en unos años de la mítica editorial creada por el director de Anagrama. Pero de eso no íbamos a hablar con Inge en su despacho de Milán, sino sobre el legado que ella recibió a la muerte violenta de su marido, Giangiacomo Feltrinelli, que murió mientras manipulaba una bomba en 1972, en el tiempo en que él había combinado sus arrestos revolucionarios con su trabajo como editor. Este último suceso ensombrece la risa y la sonrisa de Inge, en la conversación y también en el DVD que Feltrinelli lanzó cuando ella cumplió la edad que tiene y a su alrededor crecieron los reconocimientos y los homenajes. La conversación tiene que ver con ese legado, y también con el porvenir del libro, que es el objeto de esta serie que hoy culmina. En el despacho de Inge hay una enorme memorabilia de los años pasados, de sus contactos con el mundo entero, pero también de un aspecto que ahora, en su cumpleaños, ella misma ha resaltado con alegría: sus años de fotógrafa, cuando retrató borracho a Hemingway en su finca de Cuba o cuando sorprendió a Greta Garbo sonándose en una calle chic de Nueva York. Inge nació en Alemania; conoció a quien sería su marido haciéndole fotos, y ahora, aquella combinación que la ausencia de Giangiacomo llenó de melancolía es lo que está detrás de este universo que Carlo, el hijo, mantiene a flote y navegando.


Inge Feltrinelli

Pregunta. ¿Cómo se siente en un mundo que ha cambiado tanto?
Respuesta. Usted me ha dicho que iba a tener en esta serie a viejos amigos, como Peter Mayer, Antoine Gallimard y Michael Krüger... Oí esos nombres y pensé que son dinosaurios. Pero es que yo soy el más viejo de los dinosaurios. Y es cierto que nuestro mundo ha cambiado mucho; ahí están los e-books, hay que afrontarlos como una novedad que marca un rumbo. Están, son el futuro, pero creo también que el libro de papel es un producto único. Porque es barato y porque es como aquellos proyectos que no se pueden mejorar; los libros son objetos incluso sensuales; se puede oler el papel, se pueden ver las gráficas, se puede tocar, se puede escribir incluso dentro del libro. El libro no puede desaparecer en absoluto...
P. ¿Y cómo ve los e-books?
R. Como juguetes interesantes, por ejemplo para las universidades. Pero el libro de papel es un objeto que permanecerá, como ha sucedido con la bicicleta cuando vino el coche, con la radio cuando vino la televisión. El libro también seguirá adelante. El libro funcionará siempre. Hemos creado más de cien librerías, y esa es una señal del optimismo que nos ayuda a seguir adelante.
P. Esas librerías son una apuesta insólita en el mundo de hoy...
R. En muchas regiones de Italia la gente tiene una verdadera necesidad de disponer de grandes librerías; en nuestro país hay muchas editoriales de libros de bolsillo que publican libros de calidad, de Faulkner, de Hemingway, de Sciascia, de Montale... Y la gente llena las librerías en busca de esa literatura de calidad cuyos ejemplares son más baratos que una pizza. ¡El libro es muy barato!
P. El libro sigue, pero el editor ha de cambiar, de todos modos.
R. He visto cambiar mucho a los grandes editores. He conocido a los gigantes: Gaston y Claude Gallimard, Knopf, Flamand... He conocido a Giulio Einaudi, a Valentino Bompiani, a Giangiacomo... Feltrinelli era entonces la nueva generación, pero él también era un hombre fuera de lo normal. Entonces se hacían pocos libros, no existían los agentes, el editor era el agente, el banquero, el enfermero, el secretario del autor. Lo era todo. Era un mundo diferente. Eran los psiquiatras y, en algunos casos, los amantes. Un buen editor publicaba 40 libros de calidad, no 150 o 200. El mundo ha cambiado. Eran personas que amaban el libro de manera pasional. Cuando Krüger advirtió que la traducción de Lolita, de Nabokov, no valía ya se retiró a un hotel con cuatro traductores y de ahí salió una traducción que le satisfizo. Era otro mundo.
P. ¿Este mundo tiene peor calidad?
R. Es otra calidad. Siempre ha habido olas, temporadas de vacas gordas y vacas flacas. Hay años en que aparece un García Márquez. Fuimos nosotros los que empezamos publicando en Italia a García Márquez y a Vargas Llosa... Publicamos a todos los grandes latinoamericanos.
P. Ha cambiado también la relación autor-editor. Ustedes tuvieron a García Márquez, se fue, a pesar de la fidelidad que se tenían.
R. García Márquez tuvo aquí su primer gran éxito en lengua extranjera. De Cien años de soledad vendimos 300.000 ejemplares. Luego se hizo muy famoso y muy caro y su agente quería el máximo de dinero. Feltrinelli estaba en una gran crisis a raíz de la muerte de Giangiacomo, queríamos reeditar todos sus libros, pero no teníamos dinero para hacerlo. Y a pesar de la gran estima y de la amistad no podíamos seguir con él, estábamos con el agua al cuello.
P. Hubo una época en la que no existían agentes. ¿Cómo era antes, cómo es hoy la relación con los autores?
R. Ahora hay más autores. Un editor ya no puede ser padre y jefe, ya no puede ser el editor protagonista que lo hace todo por su cuenta. En Feltrinelli, por ejemplo, trabajábamos en equipo, como quería Giangiacomo. Cada editor se ocupaba de una sección, y luego se reunían todos para tomar decisiones junto con Giangiacomo. Ahora Carlo recibe informes de cada uno de los editores, cada uno es independiente en su creatividad. Y todos tienen que defender sus propias selecciones. A este respecto recuerdo una anécdota del viejo Knopf. Llegó un editor con su propuesta: "Este libro no está mal". "¿Cómo que no está mal? Está bien o está mal. ¡¿Se comería usted un huevo del que le dicen no está mal?!" En todo caso, ya es materialmente imposible tener estas relaciones de amistad íntima, dialéctica, con los autores. Funciona con algunos, pero no con todos. Ahora, además, son los agentes los que se ocupan del contacto con los autores, lo hacen todo ellos. Pero lo bonito de la edición es precisamente el contacto con el autor. Hubo un tiempo en que era posible enamorarse del autor, de la persona. Esto hoy en día pasa muy raramente. Hace tiempo, un autor, sin agente, llegaba a Milán para conocer a su editor, y hoy eso ya no es necesario. Lo hace su agente y el autor recibe en su casa el libro ya publicado. Es como una bigamia, o un trío. Y existen amistades que duran toda la vida pero existen también divorcios.
P. ¿Cómo ve usted ahora la figura de Feltrinelli?
R. Pertenecía a la generación de los jóvenes de después de la guerra, los jóvenes intelectuales de izquierda que vivieron como un trauma no haber podido estar en la guerra contra Franco. Él formaba parte de los jóvenes antifascistas que querían limpiar Italia del fascismo; querían un país nuevo, y él tuvo la idea y el dinero y la condición política para intentarlo. La editorial nació con el objetivo de ayudar a cambiar este país, como un compromiso para publicar nuevos autores.
P. Decía Feltrinelli que el editor no debe, no ha de catequizar, porque en cierto modo el editor no sabe.
R. No estoy de acuerdo, eso era algo exagerado. Después de medio siglo de trabajo aquí, yo sé algo más; por ejemplo, que es importante trabajar en equipo. Antes, el editor era un gran protagonista, leía él mismo los libros, pero hoy eso ya no es así. Y he aprendido que la amistad es fundamental: hay editores, como Mayer o Krüger, que nos llaman y nos avisan de libros "que son para vosotros". En la edición hace falta mucha pasión, mucha eficiencia, pero también mucha suerte.
P. Giangiacomo decía también que el editor ha de intentar cambiar ("cambiar, cambiar y cambiar") la sociedad. ¿Ha cambiado?
R. Ha cambiado. Italia no tenía lectores. Cuando Giangiacomo murió teníamos 7 librerías, ahora tenemos 103. Ahora hay mucho más mercado, porque por fin los jóvenes empiezan a leer más, a pesar de la PlayStation y de Google. El 50% de los italianos no compra un libro en su vida. Pero hay un 11% de grandes lectores, igual que ocurre en Alemania, que lee siempre, como ocurre en Francia. Cuando Giangiacomo empezó esto era mucho peor. En este medio siglo hemos estimulado este país.
P. En algún sitio he leído que usted transformó el dolor en energía. Le quería preguntar por el dolor. El que le causó la Guerra Mundial, el que le quedó tras la muerte de su marido...
R. Yo intento olvidar enseguida las cosas feas, es un sano rechazo del mal. Hablo siempre de lo que tengo por delante. El pasado ya no me interesa. Vivimos todos de memoria, como escribía Ungaretti; todo es memoria, pero yo intento seguir adelante, soy una infantil optimista.
P. Hay episodios importantes en su memoria: esa foto de Hemingway borracho, la foto de Greta Garbo sonándose en plena avenida de Nueva York, su decisión de seguir adelante con la editorial después de la muerte de su marido...
R. Hago las mismas cosas que hacía con 18 años. Ante todo necesitaba ganar dinero porque mi familia era muy pobre, pero también quería la excelencia en la vida. Me fascinan los gigantes en la escritura, en la vida, personas extraordinarias que raramente se encuentran. Todavía hoy busco la excelencia, humana, intelectual, política. Quiero el máximo.
P. Por eso se enamoró de Feltrinelli.
R. Feltrinelli estaba fuera de cualquier tópico. No era un clásico hombre de izquierda, no era un clásico millonario, no era un clásico intelectual. Era un fuera de serie, fuera de cualquier clasificación.
P. Un romántico alemán, según usted.
R. Dijo nuestro compañero Brega: "Murió por su atormentada coherencia". Esa es una definición maravillosa: Giangiacomo estaba atormentado por su propia coherencia consigo mismo.
P. Queda el misterio de su muerte violenta...
R. Era demasiado peligroso para Italia; era hábil, hablaba cinco idiomas, hablaba bien incluso el español. Yo hablé toda mi vida con él en alemán. Era un hombre fuera de serie, pero se equivocó. No entendió que era equivocada su idea de cambiar Italia, aunque al final quizá sí que lo entendió. Estaba convencido de que existía la Operación Gladio, organizada por una especie de CIA italiana organizada por militares que estaban contra el Estado democrático, y contra ello Giangiacomo intentaba reunir a un grupo de viejos partisanos. Yo creía que estaba equivocado, y discutimos mucho.
P. Discutieron, dice usted, sobre todo después del viaje que hizo a Cuba en 1967. En la película que le han hecho a usted por sus 80 años se ve esa huella en su rostro...
R. Sí, porque Giangiacomo quería organizar un golpe contra esa situación; era ridículo, se comportaba como un romántico infantil, era una locura.
P. Hay cartas muy reveladoras de lo que pasó en Cuba, cuando se encontró con Castro.
R. En su primer encuentro con Castro, Giangiacomo fue también arrogante con él; eso le gustó a Castro, porque todos le resultaban serviles y devotos. Y Feltrinelli le reprochó que no dejara vivir a la gente libremente. Castro se puso rabioso, pero de todos modos le gustó Giangiacomo porque vio que no le tenía miedo.
P. Habla usted de los sueños. ¿Cuál ha sido su mejor sueño realizado?
R. Mi hijo. Lo digo siempre, sin falsa modestia, porque raramente un hijo de editor asume la editorial de sus padres. Muchos editores grandes no han tenido sucesores. El mundo editorial es un sistema tan nervioso, tan difícil y tan complejo, que no se puede heredar; se puede heredar la Fiat, pero no una editorial, es diferente, no funciona. Además, tener un hijo que trabaje con su madre es imposible. Y este sueño se ha cumplido. Tengo muchos sueños; me gustaría tener más éxitos para los autores, me gustaría tener 10 premios Nobel por lo menos antes de morir.


LA BIBLIOTECA DE INGE FALTRINELLI

Doctor Zivago (Pasternak). "El primer disidente".
Bajo el volcán (Lowry). "Un gran libro existencial".
El tambor de hojalata (Grass). "El primer libro fortissimo sobre el nazismo".
Cien años de soledad (García Márquez). "La gran obra del realismo mágico".
Gran sertón (Guimaraes Rosa). "Una gran saga poética".
Tierna es la noche (Scott Fitzgerald). "La gran novela romántica sobre el amor".
El segundo sexo (Beauvoir). "Mi Biblia: No se nace mujer, uno se hace mujer".
Fiesta (Hemingway). "Los gloriosos primeros años de una nueva generación tras la primera guerra".
El Gatopardo (Lampedusa). "La filosofía de los italianos: si queremos que todo quede como está es preciso que todo cambie".
Sostiene Pereira (Tabucchi). "Una bellísima novela sobre el fascismo portugués".