Monday, April 25, 2011

Gabriel García Márquez / En agosto nos vemos


Gabriel García Márquez
 BIOGRAFÍA
EN AGOSTO NOS VEMOS

Volvió a la isla el viernes 16 de agosto en el transbordador de las dos de la tarde. Llevaba una camisa de cuadros escoceses, pantalones de vaquero, zapatos sencillos de tacón bajo y sin medias, una sombrilla de raso y, como único equipaje, un maletín de playa. En la fila de taxis del muelle fue directo a un modelo antiguo carcomido por el salitre. El chófer la recibió con un saludo de antiguo conocido y la llevó dando tumbos a través del pueblo indigente, con casas de bahareque y techos de palma, y calles de arenas blancas frente a un mar ardiente. Tuvo que hacer cabriolas para sortear los cerdos impávidos y a los niños desnudos, que lo burlaban con pases de toreros. Al final del pueblo se enfiló por una avenida de palmeras reales, donde estaban las playas y los hoteles de turismo, entre el mar abierto y una laguna interior poblada de garzas azules. Por fin se detuvo en el hotel más viejo y desmerecido.
El conserje la esperaba con las llaves de la única habitación del segundo piso que daba a la laguna. Subió las escaleras con cuatro zancadas y entró en el cuarto pobre con un fuerte olor de insecticida y casi ocupado por completo con la enorme cama matrimonial. Sacó del maletín un neceser de cabritilla y un libro intenso que puso en la mesa de noche con una página marcada por el cortapapeles de marfil. Sacó una camisola de dormir de seda rosada y la puso debajo de la almohada. Sacó una pañoleta de seda con estampados de pájaros ecuatoriales, una camisa blanca de manga corta y unos zapatos de tenis muy usados, y los llevó al baño con el neceser.
Antes de arreglarse se quitó la camisa escocesa, el anillo de casada y el reloj de hombre que usaba en el brazo derecho, y se hizo abluciones rápidas en la cara para lavarse el polvo del viaje y espantar el sueño de la siesta. Cuando acabó de secarse sopesó en el espejo sus senos redondos y altivos a pesar de sus dos partos, y ya en las vísperas de la tercera edad. Se estiró las mejillas hacia atrás con los cantos de las manos para verse como había sido de joven, y vio su propia máscara con los ojos chinos, la nariz aplastada, los labios intensos. Pasó por alto las primeras arrugas del cuello, que no tenían remedio, y se mostró los dientes perfectos y bien cepillados después del almuerzo en el transbordador. Se frotó con el pomo del desodorante las axilas recién afeitadas y se puso la camisa de algodón fresco con las iniciales AMB bordadas a mano en el bolsillo. Se desenredó con el cepillo el cabello indio, largo hasta los hombros, y se hizo la cola de caballo con la pañoleta de pájaros. Para terminar, se suavizó los labios con el lápiz labial de vaselina simple, se humedeció los índices en la lengua para alisarse las cejas lineales, se dio un toque de su perfume amargo detrás de cada oreja y se enfrentó por fin al espejo con su rostro de madre otoñal. La piel, sin un rastro de cosméticos, se defendía con su color original, y los ojos de topacio no tenían edad en los oscuros párpados portugueses. Se trituró a fondo, se juzgó sin piedad y se encontró casi tan bien como se sentía. Sólo cuando se puso el anillo y el reloj se dio cuenta de su retraso: faltaban seis para las cinco. Pero se concedió un minuto de nostalgia para contemplar las garzas que planeaban inmóviles en el vapor ardiente de la laguna. Los nubarrones negros del lado del mar le aconsejaron la prudencia de llevar la sombrilla.
El taxi la esperaba bajo los platanales del portal. Se alejó por la avenida de palmeras hasta un claro de los hoteles donde había un mercado popular al aire libre, y se detuvo en un puesto de flores. Una negra grande que hacía la siesta en una silla de playa despertó sobresaltada, reconoció a la mujer en el asiento posterior del automóvil y le dio, entre risas y chácharas, el ramo de gladiolos que había encargado para ella desde la mañana. Unas cuadras más adelante el taxi torció por un sendero apenas transitable que subía por una cornisa de piedras afiladas. A través del aire enrarecido por el calor se veían los yates de placer alineados en la dársena del turismo, el trasbordador que se iba, el perfil remoto de la ciudad en la bruma del horizonte, el Caribe abierto.
En la cumbre de la colina estaba el cementerio triste de los pobres. Empujó sin esfuerzo el portón oxidado, y entró con el ramo de flores en el sendero de túmulos tragados por la maleza, con escombros de ataúdes y saldos de huesos calcinados por el sol. Las tumbas parecían iguales en el cementerio desamparado con una ceiba de grandes ramas en el centro. Las piedras afiladas hacían daño aun a través de las suelas de caucho recalentado, y el sol duro se filtraba por el raso de la sombrilla. Una iguana surgió de los matorrales, se detuvo en seco frente a ella, la miró un instante y escapó en estampida.
Había acabado de limpiar tres tumbas, y estaba exhausta y empapada de sudor cuando logró reconocer la lápida de mármol amarillento con el nombre de la madre y la fecha de su muerte, veintinueve años antes. Solía darle las noticias de la casa, la había informado con datos confidenciales para que la ayudara a decidir si se casaba, y a los pocos días creyó recibir su respuesta en un sueño que le pareció inequívoco y sabio. Algo semejante le había ocurrido cuando el hijo estuvo dos semanas entre la vida y la muerte por un accidente de tránsito, sólo que la respuesta no le llegó en sueños, sino por la conversación casual con una mujer que se le acercó en el mercado sin ningún motivo. No era supersticiosa, pero tenía la certeza racional de que la identificación perfecta con su madre continuaba después de su muerte. Así que le hizo las preguntas del año, puso las flores en la tumba, y se fue convencida de recibir las respuestas el día menos pensado.
Misión cumplida: había repetido aquel viaje por veintiocho años consecutivos cada 16 de agosto a la misma hora, en el mismo cuarto del mismo hotel, con el mismo taxi y la misma florista bajo el sol de fuego del mismo cementerio indigente, para poner un ramo de gladiolos frescos en la tumba de su madre. A partir de ese momento no tenía nada que hacer hasta las nueve de la mañana del día siguiente, cuando salía el transbordador de regreso.
Se llamaba Ana Magdalena Bach, había cumplido cincuenta y dos años de nacida y veintitrés de un matrimonio bien avenido con un hombre que la amaba, y con el cual se casó sin terminar la carrera de letras, todavía virgen y sin noviazgos anteriores. Su padre fue un maestro de música que seguía siendo director del Conservatorio Provincial a los ochenta y dos años, y su madre había sido una célebre maestra de primaria montesoriana que, a pesar de sus méritos, no quiso ser nada más hasta su último aliento.
Ana Magdalena heredó de ella la esbeltez de los ojos amarillos, la virtud de las pocas palabras y la inteligencia para disimular el temple de su carácter. La voluntad de ser enterrada en la isla la había expresado tres días antes de morir. Ana Magdalena quiso acompañarla, desde el primer viaje, pero a nadie le pareció prudente, porque ella misma no creyó que pudiera sobrevivir a su congoja. Al primer aniversario, sin embargo, su padre la llevó a la isla para poner la lápida de mármol que estaban debiéndole a la tumba. La asustó la travesía en una canoa con motor fuera de borda que demoró casi cuatro horas sin un instante de buena mar. Admiró las playas de harina dorada al borde mismo de la selva virgen, el alboroto atronador de los pájaros y el vuelo fantasmal de las garzas en el remanso de la laguna interior. Pero la deprimió la miseria de la aldea, donde tuvieron que dormir a la intemperie en una hamaca colgada entre dos cocoteros, y la cantidad de pescadores negros con el brazo mutilado por la explosión prematura de los tacos de dinamita. Por encima de todo, sin embargo, entendió la voluntad de su madre cuando vio el esplendor del mundo desde la cumbre del cementerio. Fue entonces cuando se impuso el deber de llevarle un ramo de flores todos los años mientras tuviera vida.
Agosto era el mes más caluroso del año y la estación de los aguaceros grandes, pero ella lo entendió como una obligación de su vida privada que debía cumplir sin falta y siempre sola. Fue la única condición que le impuso a su hombre antes de casarse, y él tuvo la inteligencia de admitir que era algo ajeno a su poder.
Así que Ana Magdalena había visto crecer año tras año los acantilados de cristal de los hoteles de turismo, había pasado de las canoas de indios a las lanchas de motor, y de éstas al transbordador, y creía tener motivos para sentirse como el nativo más antiguo de la aldea.
Aquella tarde, cuando volvió al hotel, se tendió en la cama sin más ropas que las bragas de encajes y reanudó la lectura del libro que había empezado durante el viaje. Era el Drácula original de Bram Stoker. Siempre fue una buena lectora. Había leído con rigor lo que más le gustaba, que eran las novelas cortas de cualquier género, como el Lazarillo de Tormes, El Viejo y el Mar, El extranjero. En los últimos años, al borde de los cincuenta, se había sumergido a fondo en las novelas sobrenaturales.
Drácula le había fascinado desde el principio, pero aquella tarde sucumbió al trueno continuo del ventilador colgado del cielo raso, y se quedó dormida con el libro en el pecho. Despertó dos horas después en las tinieblas, sudando a mares, de mal humor y sorda de hambre.
No era una excepción en su rutina de años. El bar del hotel estaba abierto hasta las diez de la noche, y varias veces había bajado a comer cualquier cosa antes de dormir. Notó que había más clientes que de costumbre a esa hora, y el mesero no le pareció el mismo de antes. Ordenó para no equivocarse un sanduiche de jamón y queso con pan tostado, y café con leche. Mientras se lo llevaban se dio cuenta de que estaba rodeada por los mismos clientes mayores de cuando el hotel era el único, o de escasos recursos, como ella. Una niña mulata cantaba boleros de moda, y el mismo Agustín Romero, ya viejo y ciego, la acompañaba bien y con amor en el mismo piano de media cola de la fiesta inaugural.
Terminó de prisa, abrumada por humillación de comer sola, pero se sintió bien con la música, que era suave y tierna, y la niña sabía cantar. Cuando volvió en sí sólo quedaban tres parejas en mesas dispersas, y justo frente a ella, un hombre distinto que no había visto entrar. Vestía de lino blanco, como en los tiempos de su padre, con el cabello metálico y el bigote de mosquetero terminado en puntas. Tenía en la mesa una botella de aguardiente y una copa a la mitad, y parecía estar solo en el mundo.
El piano inició el Claro de Luna de Debussy en un buen arreglo para bolero, y la niña mulata la cantó con amor. Conmovida, Ana Magdalena pidió una ginebra con hielo y soda, el único alcohol que se permitía de vez en cuando, y lo sobrellevaba bien. Había aprendido a disfrutarlo a solas con su esposo, un alegre bebedor social que la trataba con la cortesía y la complicidad de un amante secreto.
El mundo cambió desde el primer sorbo. Se sintió bien, pícara, alegre, capaz de todo, y embellecida por la mezcla sagrada de la música con el alcohol. Pensaba que el hombre de la mesa de enfrente no la había mirado, pero cuando ella lo miró por segunda vez después del primer sorbo de ginebra, lo sorprendió mirándola. Él se ruborizó. Ella, en cambio, le sostuvo la mirada mientras él miró el reloj de leontina, lo guardó impaciente, miró hacia la puerta, se sirvió otro vaso, ofuscado, porque ya era consciente de que ella lo miraba sin clemencia. Entonces la miró de frente. Ella le sonrió sin reservas, y él la saludó con una leve inclinación de cabeza. Entonces ella se levantó, fue hasta su mesa y lo asaltó con una estocada de hombre.
—¿Puedo invitarlo a un trago?
El hombre se resquebrajó.
—Sería un honor —dijo.
—Me bastaría con que fuera un placer —dijo ella.
No había terminado cuando ya estaba sentada a la mesa, y sirvió un trago en la copa de él, y otro para ella. Lo hizo con tanta habilidad, y tan buen estilo, que él no acertó a quitarle la botella para impedir que se sirviera ella misma. Salud, dijo ella. Él se puso a tono, y ambos se tomaron la copa de un golpe. Él se atragantó, tosió con sobresaltos de todo el cuerpo y quedó bañado en lágrimas. Sacó el pañuelo intachable con un vaho de agua de lavanda, y la miró a través del llanto. Ambos guardaron un largo silencio hasta que él se secó con el pañuelo y recobró la voz. Ella se atrevió a sentar plaza con una pregunta:
—¿Está seguro que no vendrá nadie?
—No -dijo él sin ninguna lógica—. Era un asunto de negocios, pero ya no llegará.
Ella preguntó con una expresión de incredulidad calculada: ¿Negocios? Él le respondió como hombre para que no le creyera: Ya no estoy para nada más. Y ella, con una vulgaridad que no era suya, pero bien calculada, lo remató:
—Será en su casa.
Siguió pastoreándolo con su tacto fino. Jugó a adivinarle la edad, y se equivocó por un año de más: cuarenta y seis. Jugó a descubrir su país de origen por el acento, pero no acertó en tres tentativas. Probó a adivinar la profesión, pero él se apresuró a decirle que era ingeniero civil, y ella sospechó que era una artimaña para impedir que llegara a la verdad.
Hablaron sobre la audacia de convertir en bolero una pieza sagrada de Debussy, pero él no lo había advertido. Sin duda, se dio cuenta de que ella sabía de música y él no había pasado del Danubio azul. Ella le contó que estaba leyendo Drácula. Él sólo lo había leído de niño en una versión infantil, y seguía impresionado con la idea de que el conde desembarcara en Londres transformado en perro. En el segundo trago ella sintió que el aguardiente se había encontrado con la ginebra en alguna parte de su corazón, y tuvo que concentrarse para no perder la cabeza. La música se acabó a las once, y sólo esperaban que ellos se fueran para cerrar.
A esa hora ella lo conocía ya como si hubiera vivido con él desde siempre. Sabía que era aseado, impecable en el vestir, con unas manos mudas agravadas por el esmalte natural de las uñas. Se dio cuenta de que estaba cohibido por los grandes ojos amarillos que ella no apartó de los suyos, y que era un hombre bueno y cobarde. Se sintió con el dominio suficiente para dar el paso que no se le había ocurrido ni en sueños en toda su vida, y lo dio sin misterios:
—¿Subimos?
Él dijo con una humildad ambigua:
—No vivo aquí.
Pero ella no esperó siquiera que terminara de decirlo. Se levantó, sacudió apenas la cabeza para dominar el alcohol, y sus ojos radiantes resplandecieron.
—Yo subo primero mientras usted paga, le dijo. Segundo piso, número 203, a la derecha de la escalera. No toque, empuje nada más.
Subió a la habitación arrastrada por un dulce desasosiego que no había vuelto a sentir desde su última noche de virgen. Encendió el ventilador del techo, pero no la luz; se desnudó en la oscuridad sin detenerse, y dejó el reguero de ropa en el suelo desde la puerta hasta el baño. Cuando encendió la lámpara del tocador tuvo que cerrar los ojos y aspirar hondo con un esfuerzo para regular la respiración y controlar el temblor de las manos. Se lavó a toda prisa: el sexo, las axilas, los dedos de los pies macerados por el caucho de los zapatos, pues, a pesar de los terribles sudores de la tarde, no había pensado bañarse hasta la hora de dormir. Sin tiempo de cepillarse los dientes, se puso en la lengua una pizca de pasta dentífrica, y volvió al cuarto, iluminado apenas por la luz oblicua del tocador.
No esperó a que su invitado empujara la puerta, sino que la abrió desde dentro cuando lo sintió llegar. Él se asustó: ¡Ay, mi madre! Pero ella no le dio tiempo de más en la oscuridad. Le quitó la chaqueta a zarpazos enérgicos, le quitó la corbata, la camisa, y fue tirando todo en el suelo por encima de su hombro. A medida que lo hacía, el aire se iba impregnando de un fuerte olor de agua de lavanda. Él trató de ayudarla al principio, pero ella se lo impidió con su audacia y su autoridad. Cuando lo tuvo desnudo hasta la cintura, lo sentó en la cama y se arrodilló para quitarle los zapatos y las medias. Él se soltó al mismo tiempo la hebilla del cinturón de modo que a ella le bastó con jalar los pantalones para quitárselos, sin que ninguno de los dos se preocupara por el reguero de llaves y el puñado de billetes y monedas que cayeron en el suelo. Por último, lo ayudó a sacarse el calzoncillo a lo largo de las piernas, y se dio cuenta de que no era tan bien servido como su esposo, que era el único que ella conocía, pero estaba sereno y enarbolado.
No le dejó ninguna iniciativa. Se acaballó sobre él hasta el alma y lo devoró para ella y sin pensar en él, hasta que ambos quedaron exhaustos en un caldo de sudor. Permaneció encima, luchando a solas contra las primeras dudas de su conciencia bajo el chorro caliente y el ruido sofocante del ventilador, hasta que se dio cuenta de que él no respiraba bien, abierto en cruz bajo el peso de su cuerpo. Entonces descabalgó y se tendió bocarriba a su lado. Él permaneció inmóvil hasta que pudo preguntar con el primer aliento:
—¿Por qué yo?
—Me pareció muy hombre —dijo ella.
—Viniendo de una mujer como usted —dijo él— es un honor.
—Ah —bromeó ella—. ¿No fue un placer?
Él no contestó y ambos yacieron pendientes de los ruidos de la noche. El cuarto era sedante en la penumbra de la laguna. Se oyó un aleteo cercano. Él preguntó: ¿Qué es eso? Ella le habló de los hábitos de las garzas en la noche. Al cabo de una hora larga de susurros banales, ella empezó a explorar con los dedos, muy despacio, desde el pecho hasta el bajo vientre. Lo exploró después con el tacto de sus pies a lo largo de las piernas, y comprobó que todo él estaba cubierto por un vello rizado y tierno que le recordó la hierba en abril. Luego empezó a provocarlo con besos tiernos en las orejas y en el cuello, y se besaron por primera vez en los labios. Entonces él se le reveló como un amante exquisito que la elevó sin prisa hasta el más alto grado de ebullición. Ella se sorprendió de que unas manos tan primarias fueran capaces de tanta ternura. Pero cuando él trató de inducirla al modo convencional del misionero, ella se resistió, temerosa de que se estropeara el prodigio de la primera vez. Sin embargo, él se le impuso con firmeza, la manejó a su gusto y manera, y la hizo feliz.
Habían dado las dos cuando la despertó un trueno que sacudió los estribos de la casa, y el viento forzó el pestillo de la ventana. Se apresuró a cerrarla, y en el mediodía instantáneo de otro relámpago vio la laguna encrespada, y a través de la lluvia vio la luna inmensa en el horizonte y las garzas azules aleteando sin aire en la borrasca.
De regreso a la cama se le enredaron los pies en la ropa de ambos. Dejó la suya en el suelo para recogerla después, y colgó la chaqueta de él en la silla, colgó encima la camisa y la corbata, dobló los pantalones con cuidado para no arrugarles la línea, y le puso encima las llaves, la navaja y el dinero que se le habían caído de los bolsillos. El aire del cuarto se refrescaba por la tormenta, así que se puso el camisón rosado de una seda tan pura que le erizó la piel. El hombre, dormido de costado y con las piernas encogidas, le pareció un huérfano enorme, y no pudo resistir una ráfaga de compasión. Se acostó a sus espaldas, lo abrazó por la cintura, y el vaho amoniacal de su cuerpo ensopado de sudor le llegó al alma. Él soltó un resuello áspero y empezó a roncar. Ella se durmió apenas, y despertó en el vacío del ventilador eléctrico cuando se fue la luz y el cuarto quedó en la fosforescencia verde de la laguna. Él roncaba entonces con un silbido continuo. Ella empezó a teclear en sus espaldas con la punta de los dedos por simple travesura. Él dejó de roncar con un sobresalto abrupto y su animal exhausto empezó a revivir. Ella lo abandonó por un instante y se quitó de un tirón la camisa de noche. Pero cuando volvió a él fueron inútiles sus artes, pues se dio cuenta de que se hacía el dormido para no arriesgarse por tercera vez. Así que se apartó hasta el otro lado de la cama, volvió a ponerse la camisa y se durmió a fondo de espaldas al mundo.
Su horario natural la despertó al amanecer. Yació un instante divagando con los ojos cerrados, sin atreverse a admitir el latido de dolor de sus sienes ni el mal sabor de cobre en la boca, por el desasosiego de que algo ignoto la esperaba en la vida real. Por el ruido del ventilador se dio cuenta de que había vuelto la luz y la alcoba era ya visible por el alba de la laguna.
De pronto, como el rayo de la muerte, la fulminó la conciencia brutal de que había fornicado y dormido por la primera vez en su vida con un hombre que no era el suyo. Se volvió a mirarlo asustada por encima del hombro, y no estaba. Tampoco estaba en el baño. Encendió las luces generales y vio que no estaba la ropa de él, y en cambio la suya, que había tirado por el suelo, estaba doblada y puesta casi con amor en la silla. Hasta entonces no se había dado cuenta de que no sabía nada de él, ni siquiera el nombre, y lo único que le quedaba de su noche loca era un tenue olor de lavanda en el aire purificado por la borrasca. Sólo cuando cogió el libro de la mesa de noche para guardarlo en el maletín se dio cuenta de que él le había dejado entre sus páginas de horror un billete de a veinte dólares.   

Sunday, April 24, 2011

Gabriel García Márquez / El ahogado más hermoso del mundo


Gabriel García Márquez
BIOGRAFÍA
EL AHOGADO
MÁS HERMOSO DEL MUNDO

Los primeros niños que vieron el promontorio oscuro y sigiloso que se acercaba por el mar, se hicieron la ilusión de que era un barco enemigo. Después vieron que no llevaba banderas ni arboladura, y pensaron que fuera una ballena. Pero cuando quedó varado en la playa le quitaron los matorrales de sargazos, los filamentos de medusas y los restos de cardúmenes y naufragios que llevaba encima, y sólo entonces descubrieron que era un ahogado.
         Habían jugado con él toda la tarde, enterrándolo y desenterrándolo en la arena, cuando alguien los vio por casualidad y dio la voz de alarma en el pueblo. Los hombres que lo cargaron hasta la casa más próxima notaron que pesaba más que todos los muertos conocidos, casi tanto como un caballo, y se dijeron que tal vez había estado demasiado tiempo a la deriva y el agua se le había metido dentro de los huesos. Cuando lo tendieron en el suelo vieron que había sido mucho más grande que todos los hombres, pues apenas si cabía en la casa, pero pensaron que tal vez la facultad de seguir creciendo después de la muerte estaba en la naturaleza de ciertos ahogados. Tenía el olor del mar, y sólo la forma permitía suponer que era el cadáver de un ser humano, porque su piel estaba revestida de una coraza de rémora y de lodo.
         No tuvieron que limpiarle la cara para saber que era un muerto ajeno. El pueblo tenía apenas unas veinte casas de tablas, con patios de piedras sin flores, desperdigadas en el extremo de un cabo desértico. La tierra era tan escasa, que las madres andaban con el temor de que el viento se llevara a los niños, y a los pocos muertos que les iban causando los años tenían que tirarlos en los acantilados. Pero el mar era manso y prodigo, y todos los hombres cabían en siete botes. Así que cuando encontraron el ahogado les bastó con mirarse los unos a los otros para darse cuenta de que estaban completos.
         Aquella noche no salieron a trabajar en el mar. Mientras los hombres averiguaban si no faltaba alguien en los pueblos vecinos, las mujeres se quedaron cuidando al ahogado. Le quitaron el lodo con tapones de esparto, le desenredaron del cabello los abrojos submarinos y le rasparon la rémora con fierros de desescamar pescados. A medida que lo hacían, notaron que su vegetación era de océanos remotos y de aguas profundas, y que sus ropas estaban en piltrafas, como si hubiera navegado por entre laberintos de colores. Notaron también que sobrellevaba la muerte con altivez, pues no tenía el semblante solitario de los otros ahogados del mar, ni tampoco la catadura sórdida y menesterosa de los ahogados fluviales. Pero solamente cuando acabaron de limpiarlo tuvieron conciencia de la clase de hombre que era, y entonces se quedaron sin aliento. No sólo era el más alto, el más fuerte, el más viril y el mejor armado que habían visto jamás, sino que todavía cuando lo estaban viendo no les cabía en la imaginación.
         No encontraron en el pueblo una cama bastante grande para tenderlo ni una mesa bastante sólida para velarlo. No le vinieron los pantalones de fiesta de los hombres más altos, ni las camisas dominicales de los más corpulentos, ni los zapatos del mejor plantado. Fascinadas por su desproporción y su hermosura, las mujeres decidieron entonces hacerle unos pantalones con un buen pedazo de vela cangreja, y una camisa de bramante de novia, para que pudiera continuar su muerte con dignidad. Mientras cosían sentadas en círculo, contemplando el cadáver entre puntada y puntada, les parecía que el viento no había sido nunca tan tenaz ni el Caribe había estado nunca tan ansioso como aquella noche, y suponían que esos cambios tenían algo que ver con el muerto. Pensaban que si aquel hombre magnífico hubiera vivido en el pueblo, su casa habría tenido las puertas más anchas, el techo más alto y el piso más firme, y el bastidor de su cama habría sido de cuadernas maestras con pernos de hierro, y su mujer habría sido la más feliz. Pensaban que habría tenido tanta autoridad que hubiera sacado los peces del mar con sólo llamarlos por sus nombres, y habría puesto tanto empeño en el trabajo que hubiera hecho brotar manantiales de entre las piedras más áridas y hubiera podido sembrar flores en los acantilados. Los compararon en secreto con sus propios hombres, pensando que no serían capaces de hacer en toda una vida lo que aquel era capaz de hacer en una noche, y terminaron por repudiarlos en el fondo de sus corazones como los seres más escuálidos y mezquinos de la tierra. Andaban extraviados por esos dédalos de fantasía, cuando la más vieja de las mujeres, que por ser la más vieja había contemplado al ahogado con menos pasión que compasión, suspiró:
         -Tiene cara de llamarse Esteban.
         Era verdad. A la mayoría le bastó con mirarlo otra vez para comprender que no podía tener otro nombre. Las más porfiadas, que eran las más jóvenes, se mantuvieron con la ilusión de que al ponerle la ropa, tendido entre flores y con unos zapatos de charol, pudiera llamarse Lautaro. Pero fue una ilusión vana. El lienzo resultó escaso, los pantalones mal cortados y peor cosidos le quedaron estrechos, y las fuerzas ocultas de su corazón hacían saltar los botones de la camisa. Después de la medianoche se adelgazaron los silbidos del viento y el mar cayó en el sopor del miércoles. El silencio acabó con las últimas dudas: era Esteban. Las mujeres que lo habían vestido, las que lo habían peinado, las que le habían cortado las uñas y raspado la barba no pudieron reprimir un estremecimiento de compasión, cuando tuvieron que resignarse a dejarlo tirado por los suelos. Fue entonces cuando comprendieron cuánto debió haber sido de infeliz con aquel cuerpo descomunal, si hasta después de muerto le estorbaba. Lo vieron condenado en vida a pasar de medio lado por las puertas, a descalabrarse con los travesaños, a permanecer de pie en las visitas sin saber qué hacer con sus tiernas y rosadas manos de buey de mar, mientras la dueña de casa buscaba la silla más resistente y le suplicaba muerta de miedo siéntese aquí Esteban, hágame el favor, y él recostado contra las paredes, sonriendo, no se preocupe señora, así estoy bien, con los talones en carne viva y las espaldas escaldadas de tanto repetir lo mismo en todas las visitas, no se preocupe señora, así estoy bien, sólo para no pasar la vergüenza de desbaratar la silla, y acaso sin haber sabido nunca que quienes le decían no te vayas Esteban, espérate siquiera hasta que hierva el café, eran los mismos que después susurraban ya se fue el bobo grande, qué bueno, ya se fue el tonto hermoso. Esto pensaban las mujeres frente al cadáver un poco antes del amanecer. Más tarde, cuando le taparon la cara con un pañuelo para que no le molestara la luz, lo vieron tan muerto para siempre, tan indefenso, tan parecido a sus hombres, que se les abrieron las primeras grietas de lágrimas en el corazón. Fue una de las más jóvenes la que empezó a sollozar. Las otras, alentándose entre sí, pasaron de los suspiros a los lamentos, y mientras más sollozaban más deseos sentían de llorar, porque el ahogado se les iban volviendo cada vez más Esteban, hasta que lo lloraron tanto que fue el hombre más desvalido de la tierra, el más manso y el más servicial, el pobre Esteban. Así que cuando los hombres volvieron con la noticia de que el ahogado no era tampoco de los pueblos vecinos, ellas sintieron un vacío de júbilo entre las lágrimas.
         -¡Bendito seas Dios –suspiraron-: es nuestro!
         Los hombres creyeron que aquellos aspavientos no eran más que frivolidades de mujer. Cansados de las tortuosas averiguaciones de la noche, no único que querían era quitarse de una vez el estorbo del intruso antes de que prendiera el sol bravo de aquel día árido y sin viento. Improvisaron unas angarillas con restos de trinquetes y botavaras, y las amarraron con carlingas de altura, para que resistieran el peso del cuerpo hasta los acantilados. Quisieron encadenarle a los tobillos un ancla de buque mercante para que fondera sin tropiezos en los mares más profundos donde los peces son ciegos y los buzos se mueren de nostalgia, de manera que las malas corrientes no fueran a devolverlo a la orilla, como había sucedido con otros cuerpos. Pero mientras más se apresuraban, más cosas se les ocurrían a las mujeres para perder el tiempo. Andaban como gallinas asustadas picoteando amuletos de mar en los arcones, unas estorbando aquí porque querían ponerle al ahogado los escapularios del buen viento, otras estorbando allá para abrocharle una pulsera de orientación, y al cabo de tanto quítate de ahí mujer, ponte donde no estorbes, mira que casi me haces caer sobre el difunto, a los hombres se les subieron al hígado las suspicacias, y empezaron a rezongar que con qué objeto tanta ferretería de altar mayor para un forastero, si por muchos estoperoles y calderetas que se llevara encima se lo iban a masticar los tiburones, pero ellas seguían tripotando sus reliquias de pacotilla, llevando y trayendo, tropezando, mientras se les iba en suspiros lo que no se les iba en lágrimas, así que los hombres terminaron por despotricar que de cuándo acá semejante alboroto por un muerto al garete, un ahogado de nadie, un fiambre de mierda. Una de las mujeres, mortificada por tanta índole, le quitó entonces al cadáver el pañuelo de la cara, y también los hombres se quedaron sin aliento.
         Era Esteban. No hubo que repetirlo para que lo reconocieran. Si les hubieran dicho Sir Walter Raleigh, quizás, hasta ellos se habrían impresionado con su acento de gringo, con su guacamaya en el hombro, con su arcabuz de matar caníbales, pero Esteban solamente podía ser uno en el mundo, y allí estaba tirado como un sábalo, sin botines, con unos pantalones de sietemesino y esas uñas rocallosas que sólo podían cortarse a cuchillo. Bastó con que le quitaran el pañuelo de la cara para darse cuenta de que estaba avergonzado, de que no tenía la culpa de ser tan grande, ni tan pesado ni tan hermoso, y si hubiera sabido que aquello iba a suceder habría buscado un lugar más discreto para ahogarse, en serio, me hubiera amarrado yo mismo un áncora de galeón en el cuello y hubiera trastabillado como quien no quiere la cosa en los acantilados, para no andar ahora estorbando con este muerto de miércoles, como ustedes dicen, para no molestar a nadie con esta porquería de fiambre que no tiene nada que ver conmigo. Había tanta verdad en su modo de estar, que hasta los hombres más suspicaces, los que sentían amargas las minuciosas noches del mar temiendo que sus mujeres se cansaran de soñar con ellos para soñar con los ahogados, hasta ésos, y otros más duros, se estremecieron en los tuétanos con la sinceridad de Esteban.
         Fue así como le hicieron los funerales más espléndidos que podían concebirse para ahogado expósito. Algunas mujeres que habían ido a buscar flores en los pueblos vecinos regresaron con otras que no creían lo que les contaban, y éstas se fueron por más flores cuando vieron al muerto, y llevaron más y más, hasta que hubo tantas flores y tanta gente que apenas si se podía caminar. A última hora les dolió devolverlo huérfano a las aguas, y le eligieron un padre y una madre entre los mejores, y otros se los hicieron hermanos, tíos y primos, así que a través de él todos los habitantes del pueblo terminaron por ser parientes entre sí. Algunos marineros que oyeron el llanto a la distancia perdieron la certeza del rumbo, y se supo de uno que se hizo amarrar al palo mayor, recordando antiguas fábulas de sirenas. Mientras se disputaban el privilegio de llevarlo en hombros por la pendiente escarpada de los acantilados, hombres y mujeres tuvieron conciencia por primera vez de la desolación de sus calles, la aridez de sus patios, la estrechez de sus sueños, frente al esplendor y la hermosura de su ahogado. Lo soltaron sin ancla, para que volviera si quería, y cuando lo quisiera, y todos retuvieron el aliento durante la fracción de siglos que demoró la caída del cuerpo hasta el abismo. No tuvieron necesidad de mirarse los unos a los otros para darse cuenta de que ya no estaban completos, no volverían a estarlo jamás. Pero también sabían que todo sería diferente desde entonces, que sus casas iban a tener las puertas más anchas, los techos más altos, los pisos más firmes, para que el recuerdo de Esteban pudiera andar por todas partes sin tropezar con los travesaños, y que nadie se atreviera a susurrar en el futuro ya murió el bobo grande, qué lástima, ya murió el tonto hermoso, porque ellos iban a pintar las fachadas de colores alegres para eternizar la memoria de Esteban, y se iban a romper el espinazo excavando manantiales en las piedras y sembrando flores en los acantilados, para que en los amaneceres de los años venturosos los pasajeros de los grandes barcos despertaran sofocados por un olor de jardines en altamar, y el capitán  tuviera que bajar de su alcázar con su uniforme de gala, con su astrolabio, su estrella polar y su ristra de medallas de guerra, y señalando el promontorio de rosas en el horizonte del Caribe dijera en catorce idiomas, miren allá, donde el viento es ahora tan manso que se queda a dormir debajo de las camas, allá, donde el sol brilla tanto que no saben hacia dónde girar los girasoles, sí, allá, es el pueblo de Esteban.

Saturday, April 23, 2011

Jesús Zárate Moreno / La cabra de Nubia

Cabra
Vallauris, 1950
Pablo Picasso
París, Musée Picasso

Jesús Zárate Moreno
LA CABRA DE NUBIA

—Le doy diez pesos.
—Vale quince. Ni un centavo menos.
—Diez pesos.
—Quince.
—Podríamos partir la diferencia: doce y medio.
—No; quince. Es el único precio.
El joven miró la cabra. Era un precioso animal. A pesar de su cornamenta, tenía un aspecto inofensivo y unos ojos melancólicos, que daban lástima.
—Doce y medio —volvió a decir, dando una vuelta en torno de la cabra.
Consideraba que valía quince pesos, pero pensaba insistir en doce y medio hasta el último momento. Era una cabra magnífica. La piel brillante, las ubres opulentas, todo denunciaba en ella la selección de la especie.
—Doce cincuenta —dijo por tercera vez.
—Vale quince —repitió el otro, un hombre tuerto, de largos bigotes—. Ni un centavo menos. ¿Dónde consigue usted una cabra de Nubia por ese precio? Si la vendo en eso, es porque necesito el dinero. Mi mujer va a tener un hijo... ¿Entiende? Necesito el dinero.
Al hablar así, el tuerto apuraba un vaso de aguamiel. Era forastero, según había dicho; de todos modos era la primera vez que se le veía por aquellos contornos. Había llegado un momento antes, tirando de la cabra, orgulloso de ser su dueño, exhibiéndola a los ojos de todos como un ejemplar nunca visto. Después de beber, dejó el vaso sobre el mostrador, sacó del bolsillo una moneda de cinco centavos, y pagó. El tendero se movía con languidez entre las sombras de la fonda. Recibió la moneda, dando las gracias, y se retiró al fondo del establecimiento, de donde había salido, a un sitio donde nadie lo veía y desde donde él observaba muy bien a todos los clientes.
—No hay quién le dé más de lo que yo le ofrezco —insistió el joven.
—Es una cabra de Nubia.
—Podría ser una cabra del cielo. No vale más. ¡Doce cincuenta!
—Bien... Es suya. Me ha convencido. Necesito el dinero, y no hay remedio. Puede llevársela.
El tuerto contó el dinero. Doce billetes de un peso, y cinco monedas de diez centavos. Revisó los billetes minuciosamente, uno a uno, mojándose los dedos con saliva al repasar su valor y comprobar su autenticidad.
Después los levantaba a la altura de los ojos y los examinaba al trasluz, sosteniéndolos en el aire, con cómica desconfianza.
—Son legítimos —dijo el comprador.
—No lo dudo —replicó el tuerto—. Pero es mejor estar seguros. Hay muchos falsificadores.
—¿Podría hacerme un favor?
—Con mucho gusto, si Dios quiere —dijo el tuerto.
—No puedo llevarme la cabra ahora. Vendré mañana a buscarla, en un camión. Dejo su valor y mañana a las tres vendré a llevarla. ¿En dónde vive usted?
—Aquí me encontrará.
Inmediatamente se despidieron. El joven echó una ojeada a la cabra. Estaba orgulloso con la adquisición. Le parecía que había engañado al vendedor. La cabra, sin duda, valía mucho más del precio que había pagado por ella. “Mañana, a las tres”, volvió a decir al salir. Un momento después, en la carretera, se sintió la marcha del motor del automóvil en que viajaba. El auto dejó al pasar una nube de polvo, cuyas briznas invadieron la tienda, haciendo estornudar a la cabra.
—Otro vaso de aguamiel —ordenó el tuerto cuando estuvo solo.
El propietario de la fonda emergió de la sombra, detrás del mostrador. Buscó un vaso y lo enjuagó en una olla. Luego tomó un cucharón y lo hundió en el barril burbujeante y llenó el vaso con el líquido fermentado. Después de dejarlo sobre el mostrador, volvió a perderse en la sombra.
—¿Quién es el que me ha comprado la cabra? —preguntó el tuerto.
Nadie contestó.
—¿Quién es? —insistió—. Estaba aquí, conversando con usted, cuando yo llegué. Supongo que lo conocerá.
El ventero volvió a aparecer. Mordía un terrón de azúcar. Al hablar, las palabras chirriaban en su boca, cuando los dientes chocaban contra partículas de azúcar retrasadas en la salivación calmosa.
—Es un loco —dijo.
—¿Cómo?
—Un loco.
—No lo parece. Es muy joven...
—¿Los jóvenes no pueden ser locos? ¡Qué criterio!
—No me dejó terminar. Iba a decir que es una desgracia que sea loco, siendo tan joven. Pero... ¿de dónde saca usted que sea loco?
—Su padre era muy rico. El hombre más rico de la provincia. Al morir le dejó todos sus bienes. Ahí donde usted lo ve ahora, bien vestido, con camisas de seda, con automóvil y todo, no tiene dónde caerse muerto...
En ese momento se sintieron pasos en la carretera. Era ya un poco tarde, y el sol se alejaba de la fonda rural, rodando por el campo, como una bola de fuego. En el río, bajo el puente, cerca de la construcción, se bañaban varios chiquillos. Gritaban con vivo entusiasmo, pero el viento cálido se llevaba sus palabras muy lejos; y hasta allí sólo llegaba el ceceo apagado de las voces. Los pájaros regresaban a los aleros de la casa y penetraban en sus nidos, con precisión y seguridad de flechas aladas.
Tres hombres entraron en la tienda y pidieron cerveza. Uno de ellos ocupó una silla y se dedicó a afinar la bandola que llevaba. Sus dedos acariciaban las cuerdas de la bandola y de las tripas de cobre del instrumento surgían diversos sonidos, destemplados unos, armoniosos otros, todos torpes e imprecisos.
—¡Hermoso animal! —dijo uno de los recién llegados, mirando la cabra.
Los otros la contemplaron y alabaron la elástica finura de sus miembros. El tuerto levantó la soga con que la tenía atada, tratando de atraerla. Pero la cabra se resistió y dio muestras de mal humor al verse arrastrada a la fuerza.
—¿La vende? —preguntó el hombre que había hablado antes.
—¡Veinte pesos! —respondió el tuerto.
—Quince.
—¿Quince pesos, una cabra de Nubia? Ni pensarlo.
—¿Quién dijo que ese animalejo era de Nubia?
—Se la compré al gobierno. Es de las que importó el gobierno para mejorar las razas criollas. Vale cuatro veces más, pero yo la vendo porque necesito el dinero. Mi mujer va a dar a luz... ¿Entiende? Vale veinte pesos.
—Quince.
—Bueno. Ya que insiste, se la dejaré en quince. Es suya.
El ventero lo miró, asombrado de su audacia. Luego se hundió en la penumbra, porque no le gustaba ser testigo de los negocios que se ventilaban en la tienda. Le bastaba vender, sin oír ni ser oído, ni meterse en los asuntos y discusiones de los campesinos y tratantes. Nunca salía del fondo del establecimiento, ni siquiera para comer; su mujer decía que estaba abotagado por falta de sol y ejercicio, y que un día iba a reventar como una vejiga. El de la cabra contó los billetes, esta vez sin dificultad, porque se trataba de tres billetes nuevos de cinco pesos.
—No puedo llevar hoy la cabra —dijo el nuevo comprador—. Tendré que venir mañana por ella. Es muy tarde para llevármela, y no tendría dónde dejarla esta noche. ¿Vive usted aquí?
—No: al otro lado del río. Pero no importa. Vendré mañana a las tres.
—Para seguridad de todos —propuso el hombre de la bandola— podría dejarla aquí mismo, en los corrales de la casa.
—¡De ninguna manera! —gritó el ventero desde la sombra—. Los corrales de la casa están llenos, y a mi mujer no le gusta que guarden animales en ellos sin su consentimiento...
—Mañana a las tres estaré presente —dijo el comprador—. Ha hecho usted un buen negocio: lo felicito. Quince pesos son una buena suma. ¿Cómo se llama?
—Francisco Quintana, servidor.
—Gracias. ¡Mañana, a las tres!
Los hombres se pusieron en marcha. El tuerto sacó un cigarrillo, lo partió en dos, y guardó uno de los cabos, encendiendo el otro. El ventero volvió a salir. Movía su gordura con perezosa fatiga y respiraba con dificultad, mordiendo un terroncito de azúcar.
—¿Qué ha hecho usted? —dijo el tendero.
—Me hace daño fumar mucho —replicó el tuerto—. Partiendo los cigarrillos, fumo menos.
—No me refería a eso. Le preguntaba por qué ha vendido la cabra dos veces, ante mis propios ojos. Es una porquería lo que usted ha hecho.
—¿Le parece? —alegó el tuerto con cinismo.
—No quiero saber lo que va a pasar. ¿Qué piensa hacer?
—Nada.
—¿Cómo, nada? ¿Qué es eso de nada? No me gusta meterme en lo que no me importa, pero el negocio se ha hecho en mi casa. Si los gendarmes me preguntan, se los diré todo.
El tuerto tomó el vaso de aguamiel y lo agotó de un sorbo. Se limpió los labios con un pañuelo rojo y chupó el cabo del cigarrillo.
—Ya es de noche —dijo.
—¡Qué noche ni qué diablos! —gruñó el ventero de mal humor—. Estoy hablando de otro problema. ¿Qué va a hacer mañana cuando lleguen los compradores?
—No estaré aquí. Es todo lo que digo.
—¿De dónde sacó la cabra? Porque a mí no me viene a decir que se la compró al gobierno. Diga: ¿de dónde la sacó?
—Ya lo ha oído: la compré en la granja del gobierno.
—Se la robó. Nadie me quita de la cabeza que se la robó. Desde que lo vi aparecer me di cuenta de que era usted un cuatrero. Y ahora la vende dos veces. ¿Qué va a hacer?
—Podría arreglarlo todo muy bien, trayendo mañana otra cabra igual a ésta. Pero los compradores me han tomado por un cretino, y se han ido convencidos de que me han estafado. Mañana, a las tres, les van a crecer las narices... No les quedará más recurso que contarse sus penas.
El ventero no sabía qué pensar. Había conocido muchos pillos y vagabundos, pero aquel se presentaba ante sus ojos como un completo bribón. Y no obstante su recelo, se sentía atraído por la simpatía y el descaro del cuatrero.
—¿En dónde encontró la cabra? —preguntó el ventero.
—Al otro lado del río.
—Entonces, ¿reconoce que se la robó?
—No tanto. Yo venía hacia este lugar, y ella estaba en la carretera, y balaba tristemente, muerta de hambre. Me sentí conmovido y la recogí. No la he robado.
—Eso está bien dicho. Pero no veo cómo va a salir usted del trance.
—Todo resultará bien. Tengo buena suerte. ¿No le gustaría quedarse con la cabra? Se la vendo. Muy barata.
—No compro bienes robados.
—Diez pesos. Es una ganga.
—¿Qué haría yo con ella? Mi mujer tiene muchas cabras en el corral. No necesitamos más de las que tenemos.
—Cómprela. Diez pesos: una ganga.
—Y mañana, ¿qué diría, cuando vengan los otros?
—A usted no le importa. Usted no ha negociado con ellos, y es un hombre honrado, a quien todo el mundo conoce.
—¿Diez pesos? —preguntó el ventero, tentado por la oportunidad.
—Eso. No hago rebaja.
—Mi mujer tendrá un disgusto, por hacer negocios en su ausencia. Está en el pueblo, y no tardará en llegar. Es de muy mal genio, ¿sabe?
—No pasará nada. Ella estará contenta de haber comprado una cabra en tan buenas condiciones.
Lo convenció al fin. El ventero le indicó el sitio en donde debía dejar la cabra, al otro lado de la carretera, en el corral, a cien metros de la casa. El tuerto penetró allí y amarró la cabra en una estaca, detrás de unos montones de paja. Luego, muy contento, regresó a la tienda, recibió el dinero y encendió el cabo de cigarrillo que le quedaba. Por fin se despidieron, haciendo al propietario muchas reverencias.
Avanzó silbando, por la carretera, muy despacio, como si no tuviese prisa en llegar al sitio a donde se dirigía. En el puente se detuvo y escupió sobre el río. El ventero lo veía, en el claroscuro de la noche incipiente, reclinado sobre la baranda del puente, fumando la colilla con tranquilidad meditativa.
Después lo perdió de vista. Veinte minutos después llegó el bus, y se detuvo un momento frente a la casa. Principiaba a llover. La esposa del propietario, una gorda tan perezosa y grasienta como él, se bajó del bus; y como al bajarse, antes de asentarse en la tierra, aquél siguió la marcha, la gorda rodó por la carretera, gimiendo. De la mochila que llevaba rodaron al caer botellas de ron, paquetes de velas y barras de jabón. La mujer recogió las compras, en la oscuridad, y se dirigió a la tienda, vociferando contra el conductor del bus.
—He comprado una cabra —informó el marido con notoria timidez.
—¿Dónde está?
—En el corral.
—Voy a verla. ¿Cuánto costó?
—Diez pesos.
—¿Diez pesos? ¿Una cabra?
—Es de Nubia.
—¿De qué?
—De Nubia.
—¿Qué es eso?
—Así decía el que la vendió. Debe ser la raza...
—Voy a verla.
La mujer encendió una vela, se echó sobre la cabeza un papel encerado, y se dirigió al corral, cruzando la carretera. Un momento después estalló en el corral una algarabía de dicterios y lamentaciones. El ventero sudaba sin moverse, y sin comprender lo que pasaba. Veía la luz de la vela que se agitaba en el aprisco, en una y otra dirección, y observaba cómo el viento arrastraba la llama, dándole la transparencia azulosa de un fuego fatuo.
—¿Qué ha pasado? —preguntó, cuando la mujer estuvo de regreso.
—¡Imbécil! —gritó la mujer.
—¿Quién?
—¿Quién ha de ser? ¡Tú, imbécil!
—No entiendo.
—Ya comprenderás... ¡Imbécil! Has comprado una cabra que te pertenecía. Y después de que la has comprado, te la han vuelto a robar. En el corral falta una cabra. ¡La mejor que tenía!
—No buscarías bien. Voy yo mismo...
—¿Tú, barrigón inútil, que ni siquiera sabes lo que tienes y lo que compras? Yo lo había sospechado cuando me hablaste del asunto. ¡Imbécil! ¿A quién se le ocurre comprar lo propio?
Él principiaba a comprender. No dijo una palabra más. Se sentía abatido, doblemente engañado por el desconocido. Y no se atrevía a contar a su mujer que aparte de lo que ella había descubierto, la cabra había sido vendida dos veces en su presencia.
Esa noche, en el lecho, el ventero pensaba en los caprichos de la vida.
Reconciliado con su esposa, a quien había logrado explicar su inocencia y su buena fe, sentía muy cerca la respiración de la mujer, y el copioso volumen de su opulencia carnal.
—Oye —le dijo—. Hemos debido perseguir al ladrón. No debía estar muy lejos cuando tú llegaste...
—Con esta noche no salen al campo ni los perros.
—¿Tú crees que la cabra fuera de Nubia?
—Fuera lo que fuera, ya no la tenemos. Y además, tú le has dado diez pesos al que se la robó. Es triste ser la mujer de un hombre como tú. Trabaja uno todo el año, de día y de noche, para que venga un ladrón y se robe las cabras en las propias narices del dueño. Habrá que avisar mañana a la policía. ¿Cómo era el ladrón?
—Era tuerto, vestía de dril blanco, y llevaba bigotes largos, casposos.
—¿Tuerto dices?
—Sí; ¿por qué?
—En el bus iba un hombre tal como lo describes, y llevaba una cabra. Pero no era tuerto. Debió fingir que le faltaba un ojo para que no lo reconocieran después... Subió a un kilómetro de aquí, y pagó doble pasaje, por él y por la cabra; y como no había sitio, la puso sobre sus rodillas como a una criatura...
—¿Y tú, desgraciada, te encuentras con tu propia cabra y no le echas mano al ladrón? ¿Cómo explicas eso?
—Yo no sabía que era mi cabra. ¿Cómo iba a saberlo? Ni siquiera miré al animal. Estoy ahíta de lidiar cabras. Y, sobre todo, no me hables así. El responsable de lo que ha pasado eres tú. Ni siquiera te diste cuenta de que el cuatrero no era tuerto... ¡Qué inteligencia!
El la oía murmurar, y las palabras de su esposa le daban una sensación de doliente inutilidad. Afuera llovía con extraña intensidad, y el agua de las acequias caía desde el barranco, sobre el río, con inquietante violencia. El ventero trató de buscar un recurso para atraer el sueño, y al encontrarlo, no pudo dejar de sonreír en la oscuridad. Un monótono rebaño de cabras holló los senderos aletargados de su mente, y contándolas, una a una, logró quedarse dormido, molido el cuerpo por la fatiga, limpia el alma de todo rencor.