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Sunday, April 24, 2011

Gabriel García Márquez / El ahogado más hermoso del mundo


Gabriel García Márquez
BIOGRAFÍA
EL AHOGADO
MÁS HERMOSO DEL MUNDO

Los primeros niños que vieron el promontorio oscuro y sigiloso que se acercaba por el mar, se hicieron la ilusión de que era un barco enemigo. Después vieron que no llevaba banderas ni arboladura, y pensaron que fuera una ballena. Pero cuando quedó varado en la playa le quitaron los matorrales de sargazos, los filamentos de medusas y los restos de cardúmenes y naufragios que llevaba encima, y sólo entonces descubrieron que era un ahogado.
         Habían jugado con él toda la tarde, enterrándolo y desenterrándolo en la arena, cuando alguien los vio por casualidad y dio la voz de alarma en el pueblo. Los hombres que lo cargaron hasta la casa más próxima notaron que pesaba más que todos los muertos conocidos, casi tanto como un caballo, y se dijeron que tal vez había estado demasiado tiempo a la deriva y el agua se le había metido dentro de los huesos. Cuando lo tendieron en el suelo vieron que había sido mucho más grande que todos los hombres, pues apenas si cabía en la casa, pero pensaron que tal vez la facultad de seguir creciendo después de la muerte estaba en la naturaleza de ciertos ahogados. Tenía el olor del mar, y sólo la forma permitía suponer que era el cadáver de un ser humano, porque su piel estaba revestida de una coraza de rémora y de lodo.
         No tuvieron que limpiarle la cara para saber que era un muerto ajeno. El pueblo tenía apenas unas veinte casas de tablas, con patios de piedras sin flores, desperdigadas en el extremo de un cabo desértico. La tierra era tan escasa, que las madres andaban con el temor de que el viento se llevara a los niños, y a los pocos muertos que les iban causando los años tenían que tirarlos en los acantilados. Pero el mar era manso y prodigo, y todos los hombres cabían en siete botes. Así que cuando encontraron el ahogado les bastó con mirarse los unos a los otros para darse cuenta de que estaban completos.
         Aquella noche no salieron a trabajar en el mar. Mientras los hombres averiguaban si no faltaba alguien en los pueblos vecinos, las mujeres se quedaron cuidando al ahogado. Le quitaron el lodo con tapones de esparto, le desenredaron del cabello los abrojos submarinos y le rasparon la rémora con fierros de desescamar pescados. A medida que lo hacían, notaron que su vegetación era de océanos remotos y de aguas profundas, y que sus ropas estaban en piltrafas, como si hubiera navegado por entre laberintos de colores. Notaron también que sobrellevaba la muerte con altivez, pues no tenía el semblante solitario de los otros ahogados del mar, ni tampoco la catadura sórdida y menesterosa de los ahogados fluviales. Pero solamente cuando acabaron de limpiarlo tuvieron conciencia de la clase de hombre que era, y entonces se quedaron sin aliento. No sólo era el más alto, el más fuerte, el más viril y el mejor armado que habían visto jamás, sino que todavía cuando lo estaban viendo no les cabía en la imaginación.
         No encontraron en el pueblo una cama bastante grande para tenderlo ni una mesa bastante sólida para velarlo. No le vinieron los pantalones de fiesta de los hombres más altos, ni las camisas dominicales de los más corpulentos, ni los zapatos del mejor plantado. Fascinadas por su desproporción y su hermosura, las mujeres decidieron entonces hacerle unos pantalones con un buen pedazo de vela cangreja, y una camisa de bramante de novia, para que pudiera continuar su muerte con dignidad. Mientras cosían sentadas en círculo, contemplando el cadáver entre puntada y puntada, les parecía que el viento no había sido nunca tan tenaz ni el Caribe había estado nunca tan ansioso como aquella noche, y suponían que esos cambios tenían algo que ver con el muerto. Pensaban que si aquel hombre magnífico hubiera vivido en el pueblo, su casa habría tenido las puertas más anchas, el techo más alto y el piso más firme, y el bastidor de su cama habría sido de cuadernas maestras con pernos de hierro, y su mujer habría sido la más feliz. Pensaban que habría tenido tanta autoridad que hubiera sacado los peces del mar con sólo llamarlos por sus nombres, y habría puesto tanto empeño en el trabajo que hubiera hecho brotar manantiales de entre las piedras más áridas y hubiera podido sembrar flores en los acantilados. Los compararon en secreto con sus propios hombres, pensando que no serían capaces de hacer en toda una vida lo que aquel era capaz de hacer en una noche, y terminaron por repudiarlos en el fondo de sus corazones como los seres más escuálidos y mezquinos de la tierra. Andaban extraviados por esos dédalos de fantasía, cuando la más vieja de las mujeres, que por ser la más vieja había contemplado al ahogado con menos pasión que compasión, suspiró:
         -Tiene cara de llamarse Esteban.
         Era verdad. A la mayoría le bastó con mirarlo otra vez para comprender que no podía tener otro nombre. Las más porfiadas, que eran las más jóvenes, se mantuvieron con la ilusión de que al ponerle la ropa, tendido entre flores y con unos zapatos de charol, pudiera llamarse Lautaro. Pero fue una ilusión vana. El lienzo resultó escaso, los pantalones mal cortados y peor cosidos le quedaron estrechos, y las fuerzas ocultas de su corazón hacían saltar los botones de la camisa. Después de la medianoche se adelgazaron los silbidos del viento y el mar cayó en el sopor del miércoles. El silencio acabó con las últimas dudas: era Esteban. Las mujeres que lo habían vestido, las que lo habían peinado, las que le habían cortado las uñas y raspado la barba no pudieron reprimir un estremecimiento de compasión, cuando tuvieron que resignarse a dejarlo tirado por los suelos. Fue entonces cuando comprendieron cuánto debió haber sido de infeliz con aquel cuerpo descomunal, si hasta después de muerto le estorbaba. Lo vieron condenado en vida a pasar de medio lado por las puertas, a descalabrarse con los travesaños, a permanecer de pie en las visitas sin saber qué hacer con sus tiernas y rosadas manos de buey de mar, mientras la dueña de casa buscaba la silla más resistente y le suplicaba muerta de miedo siéntese aquí Esteban, hágame el favor, y él recostado contra las paredes, sonriendo, no se preocupe señora, así estoy bien, con los talones en carne viva y las espaldas escaldadas de tanto repetir lo mismo en todas las visitas, no se preocupe señora, así estoy bien, sólo para no pasar la vergüenza de desbaratar la silla, y acaso sin haber sabido nunca que quienes le decían no te vayas Esteban, espérate siquiera hasta que hierva el café, eran los mismos que después susurraban ya se fue el bobo grande, qué bueno, ya se fue el tonto hermoso. Esto pensaban las mujeres frente al cadáver un poco antes del amanecer. Más tarde, cuando le taparon la cara con un pañuelo para que no le molestara la luz, lo vieron tan muerto para siempre, tan indefenso, tan parecido a sus hombres, que se les abrieron las primeras grietas de lágrimas en el corazón. Fue una de las más jóvenes la que empezó a sollozar. Las otras, alentándose entre sí, pasaron de los suspiros a los lamentos, y mientras más sollozaban más deseos sentían de llorar, porque el ahogado se les iban volviendo cada vez más Esteban, hasta que lo lloraron tanto que fue el hombre más desvalido de la tierra, el más manso y el más servicial, el pobre Esteban. Así que cuando los hombres volvieron con la noticia de que el ahogado no era tampoco de los pueblos vecinos, ellas sintieron un vacío de júbilo entre las lágrimas.
         -¡Bendito seas Dios –suspiraron-: es nuestro!
         Los hombres creyeron que aquellos aspavientos no eran más que frivolidades de mujer. Cansados de las tortuosas averiguaciones de la noche, no único que querían era quitarse de una vez el estorbo del intruso antes de que prendiera el sol bravo de aquel día árido y sin viento. Improvisaron unas angarillas con restos de trinquetes y botavaras, y las amarraron con carlingas de altura, para que resistieran el peso del cuerpo hasta los acantilados. Quisieron encadenarle a los tobillos un ancla de buque mercante para que fondera sin tropiezos en los mares más profundos donde los peces son ciegos y los buzos se mueren de nostalgia, de manera que las malas corrientes no fueran a devolverlo a la orilla, como había sucedido con otros cuerpos. Pero mientras más se apresuraban, más cosas se les ocurrían a las mujeres para perder el tiempo. Andaban como gallinas asustadas picoteando amuletos de mar en los arcones, unas estorbando aquí porque querían ponerle al ahogado los escapularios del buen viento, otras estorbando allá para abrocharle una pulsera de orientación, y al cabo de tanto quítate de ahí mujer, ponte donde no estorbes, mira que casi me haces caer sobre el difunto, a los hombres se les subieron al hígado las suspicacias, y empezaron a rezongar que con qué objeto tanta ferretería de altar mayor para un forastero, si por muchos estoperoles y calderetas que se llevara encima se lo iban a masticar los tiburones, pero ellas seguían tripotando sus reliquias de pacotilla, llevando y trayendo, tropezando, mientras se les iba en suspiros lo que no se les iba en lágrimas, así que los hombres terminaron por despotricar que de cuándo acá semejante alboroto por un muerto al garete, un ahogado de nadie, un fiambre de mierda. Una de las mujeres, mortificada por tanta índole, le quitó entonces al cadáver el pañuelo de la cara, y también los hombres se quedaron sin aliento.
         Era Esteban. No hubo que repetirlo para que lo reconocieran. Si les hubieran dicho Sir Walter Raleigh, quizás, hasta ellos se habrían impresionado con su acento de gringo, con su guacamaya en el hombro, con su arcabuz de matar caníbales, pero Esteban solamente podía ser uno en el mundo, y allí estaba tirado como un sábalo, sin botines, con unos pantalones de sietemesino y esas uñas rocallosas que sólo podían cortarse a cuchillo. Bastó con que le quitaran el pañuelo de la cara para darse cuenta de que estaba avergonzado, de que no tenía la culpa de ser tan grande, ni tan pesado ni tan hermoso, y si hubiera sabido que aquello iba a suceder habría buscado un lugar más discreto para ahogarse, en serio, me hubiera amarrado yo mismo un áncora de galeón en el cuello y hubiera trastabillado como quien no quiere la cosa en los acantilados, para no andar ahora estorbando con este muerto de miércoles, como ustedes dicen, para no molestar a nadie con esta porquería de fiambre que no tiene nada que ver conmigo. Había tanta verdad en su modo de estar, que hasta los hombres más suspicaces, los que sentían amargas las minuciosas noches del mar temiendo que sus mujeres se cansaran de soñar con ellos para soñar con los ahogados, hasta ésos, y otros más duros, se estremecieron en los tuétanos con la sinceridad de Esteban.
         Fue así como le hicieron los funerales más espléndidos que podían concebirse para ahogado expósito. Algunas mujeres que habían ido a buscar flores en los pueblos vecinos regresaron con otras que no creían lo que les contaban, y éstas se fueron por más flores cuando vieron al muerto, y llevaron más y más, hasta que hubo tantas flores y tanta gente que apenas si se podía caminar. A última hora les dolió devolverlo huérfano a las aguas, y le eligieron un padre y una madre entre los mejores, y otros se los hicieron hermanos, tíos y primos, así que a través de él todos los habitantes del pueblo terminaron por ser parientes entre sí. Algunos marineros que oyeron el llanto a la distancia perdieron la certeza del rumbo, y se supo de uno que se hizo amarrar al palo mayor, recordando antiguas fábulas de sirenas. Mientras se disputaban el privilegio de llevarlo en hombros por la pendiente escarpada de los acantilados, hombres y mujeres tuvieron conciencia por primera vez de la desolación de sus calles, la aridez de sus patios, la estrechez de sus sueños, frente al esplendor y la hermosura de su ahogado. Lo soltaron sin ancla, para que volviera si quería, y cuando lo quisiera, y todos retuvieron el aliento durante la fracción de siglos que demoró la caída del cuerpo hasta el abismo. No tuvieron necesidad de mirarse los unos a los otros para darse cuenta de que ya no estaban completos, no volverían a estarlo jamás. Pero también sabían que todo sería diferente desde entonces, que sus casas iban a tener las puertas más anchas, los techos más altos, los pisos más firmes, para que el recuerdo de Esteban pudiera andar por todas partes sin tropezar con los travesaños, y que nadie se atreviera a susurrar en el futuro ya murió el bobo grande, qué lástima, ya murió el tonto hermoso, porque ellos iban a pintar las fachadas de colores alegres para eternizar la memoria de Esteban, y se iban a romper el espinazo excavando manantiales en las piedras y sembrando flores en los acantilados, para que en los amaneceres de los años venturosos los pasajeros de los grandes barcos despertaran sofocados por un olor de jardines en altamar, y el capitán  tuviera que bajar de su alcázar con su uniforme de gala, con su astrolabio, su estrella polar y su ristra de medallas de guerra, y señalando el promontorio de rosas en el horizonte del Caribe dijera en catorce idiomas, miren allá, donde el viento es ahora tan manso que se queda a dormir debajo de las camas, allá, donde el sol brilla tanto que no saben hacia dónde girar los girasoles, sí, allá, es el pueblo de Esteban.

Saturday, April 23, 2011

Jesús Zárate Moreno / La cabra de Nubia

Cabra
Vallauris, 1950
Pablo Picasso
París, Musée Picasso

Jesús Zárate Moreno
LA CABRA DE NUBIA

—Le doy diez pesos.
—Vale quince. Ni un centavo menos.
—Diez pesos.
—Quince.
—Podríamos partir la diferencia: doce y medio.
—No; quince. Es el único precio.
El joven miró la cabra. Era un precioso animal. A pesar de su cornamenta, tenía un aspecto inofensivo y unos ojos melancólicos, que daban lástima.
—Doce y medio —volvió a decir, dando una vuelta en torno de la cabra.
Consideraba que valía quince pesos, pero pensaba insistir en doce y medio hasta el último momento. Era una cabra magnífica. La piel brillante, las ubres opulentas, todo denunciaba en ella la selección de la especie.
—Doce cincuenta —dijo por tercera vez.
—Vale quince —repitió el otro, un hombre tuerto, de largos bigotes—. Ni un centavo menos. ¿Dónde consigue usted una cabra de Nubia por ese precio? Si la vendo en eso, es porque necesito el dinero. Mi mujer va a tener un hijo... ¿Entiende? Necesito el dinero.
Al hablar así, el tuerto apuraba un vaso de aguamiel. Era forastero, según había dicho; de todos modos era la primera vez que se le veía por aquellos contornos. Había llegado un momento antes, tirando de la cabra, orgulloso de ser su dueño, exhibiéndola a los ojos de todos como un ejemplar nunca visto. Después de beber, dejó el vaso sobre el mostrador, sacó del bolsillo una moneda de cinco centavos, y pagó. El tendero se movía con languidez entre las sombras de la fonda. Recibió la moneda, dando las gracias, y se retiró al fondo del establecimiento, de donde había salido, a un sitio donde nadie lo veía y desde donde él observaba muy bien a todos los clientes.
—No hay quién le dé más de lo que yo le ofrezco —insistió el joven.
—Es una cabra de Nubia.
—Podría ser una cabra del cielo. No vale más. ¡Doce cincuenta!
—Bien... Es suya. Me ha convencido. Necesito el dinero, y no hay remedio. Puede llevársela.
El tuerto contó el dinero. Doce billetes de un peso, y cinco monedas de diez centavos. Revisó los billetes minuciosamente, uno a uno, mojándose los dedos con saliva al repasar su valor y comprobar su autenticidad.
Después los levantaba a la altura de los ojos y los examinaba al trasluz, sosteniéndolos en el aire, con cómica desconfianza.
—Son legítimos —dijo el comprador.
—No lo dudo —replicó el tuerto—. Pero es mejor estar seguros. Hay muchos falsificadores.
—¿Podría hacerme un favor?
—Con mucho gusto, si Dios quiere —dijo el tuerto.
—No puedo llevarme la cabra ahora. Vendré mañana a buscarla, en un camión. Dejo su valor y mañana a las tres vendré a llevarla. ¿En dónde vive usted?
—Aquí me encontrará.
Inmediatamente se despidieron. El joven echó una ojeada a la cabra. Estaba orgulloso con la adquisición. Le parecía que había engañado al vendedor. La cabra, sin duda, valía mucho más del precio que había pagado por ella. “Mañana, a las tres”, volvió a decir al salir. Un momento después, en la carretera, se sintió la marcha del motor del automóvil en que viajaba. El auto dejó al pasar una nube de polvo, cuyas briznas invadieron la tienda, haciendo estornudar a la cabra.
—Otro vaso de aguamiel —ordenó el tuerto cuando estuvo solo.
El propietario de la fonda emergió de la sombra, detrás del mostrador. Buscó un vaso y lo enjuagó en una olla. Luego tomó un cucharón y lo hundió en el barril burbujeante y llenó el vaso con el líquido fermentado. Después de dejarlo sobre el mostrador, volvió a perderse en la sombra.
—¿Quién es el que me ha comprado la cabra? —preguntó el tuerto.
Nadie contestó.
—¿Quién es? —insistió—. Estaba aquí, conversando con usted, cuando yo llegué. Supongo que lo conocerá.
El ventero volvió a aparecer. Mordía un terrón de azúcar. Al hablar, las palabras chirriaban en su boca, cuando los dientes chocaban contra partículas de azúcar retrasadas en la salivación calmosa.
—Es un loco —dijo.
—¿Cómo?
—Un loco.
—No lo parece. Es muy joven...
—¿Los jóvenes no pueden ser locos? ¡Qué criterio!
—No me dejó terminar. Iba a decir que es una desgracia que sea loco, siendo tan joven. Pero... ¿de dónde saca usted que sea loco?
—Su padre era muy rico. El hombre más rico de la provincia. Al morir le dejó todos sus bienes. Ahí donde usted lo ve ahora, bien vestido, con camisas de seda, con automóvil y todo, no tiene dónde caerse muerto...
En ese momento se sintieron pasos en la carretera. Era ya un poco tarde, y el sol se alejaba de la fonda rural, rodando por el campo, como una bola de fuego. En el río, bajo el puente, cerca de la construcción, se bañaban varios chiquillos. Gritaban con vivo entusiasmo, pero el viento cálido se llevaba sus palabras muy lejos; y hasta allí sólo llegaba el ceceo apagado de las voces. Los pájaros regresaban a los aleros de la casa y penetraban en sus nidos, con precisión y seguridad de flechas aladas.
Tres hombres entraron en la tienda y pidieron cerveza. Uno de ellos ocupó una silla y se dedicó a afinar la bandola que llevaba. Sus dedos acariciaban las cuerdas de la bandola y de las tripas de cobre del instrumento surgían diversos sonidos, destemplados unos, armoniosos otros, todos torpes e imprecisos.
—¡Hermoso animal! —dijo uno de los recién llegados, mirando la cabra.
Los otros la contemplaron y alabaron la elástica finura de sus miembros. El tuerto levantó la soga con que la tenía atada, tratando de atraerla. Pero la cabra se resistió y dio muestras de mal humor al verse arrastrada a la fuerza.
—¿La vende? —preguntó el hombre que había hablado antes.
—¡Veinte pesos! —respondió el tuerto.
—Quince.
—¿Quince pesos, una cabra de Nubia? Ni pensarlo.
—¿Quién dijo que ese animalejo era de Nubia?
—Se la compré al gobierno. Es de las que importó el gobierno para mejorar las razas criollas. Vale cuatro veces más, pero yo la vendo porque necesito el dinero. Mi mujer va a dar a luz... ¿Entiende? Vale veinte pesos.
—Quince.
—Bueno. Ya que insiste, se la dejaré en quince. Es suya.
El ventero lo miró, asombrado de su audacia. Luego se hundió en la penumbra, porque no le gustaba ser testigo de los negocios que se ventilaban en la tienda. Le bastaba vender, sin oír ni ser oído, ni meterse en los asuntos y discusiones de los campesinos y tratantes. Nunca salía del fondo del establecimiento, ni siquiera para comer; su mujer decía que estaba abotagado por falta de sol y ejercicio, y que un día iba a reventar como una vejiga. El de la cabra contó los billetes, esta vez sin dificultad, porque se trataba de tres billetes nuevos de cinco pesos.
—No puedo llevar hoy la cabra —dijo el nuevo comprador—. Tendré que venir mañana por ella. Es muy tarde para llevármela, y no tendría dónde dejarla esta noche. ¿Vive usted aquí?
—No: al otro lado del río. Pero no importa. Vendré mañana a las tres.
—Para seguridad de todos —propuso el hombre de la bandola— podría dejarla aquí mismo, en los corrales de la casa.
—¡De ninguna manera! —gritó el ventero desde la sombra—. Los corrales de la casa están llenos, y a mi mujer no le gusta que guarden animales en ellos sin su consentimiento...
—Mañana a las tres estaré presente —dijo el comprador—. Ha hecho usted un buen negocio: lo felicito. Quince pesos son una buena suma. ¿Cómo se llama?
—Francisco Quintana, servidor.
—Gracias. ¡Mañana, a las tres!
Los hombres se pusieron en marcha. El tuerto sacó un cigarrillo, lo partió en dos, y guardó uno de los cabos, encendiendo el otro. El ventero volvió a salir. Movía su gordura con perezosa fatiga y respiraba con dificultad, mordiendo un terroncito de azúcar.
—¿Qué ha hecho usted? —dijo el tendero.
—Me hace daño fumar mucho —replicó el tuerto—. Partiendo los cigarrillos, fumo menos.
—No me refería a eso. Le preguntaba por qué ha vendido la cabra dos veces, ante mis propios ojos. Es una porquería lo que usted ha hecho.
—¿Le parece? —alegó el tuerto con cinismo.
—No quiero saber lo que va a pasar. ¿Qué piensa hacer?
—Nada.
—¿Cómo, nada? ¿Qué es eso de nada? No me gusta meterme en lo que no me importa, pero el negocio se ha hecho en mi casa. Si los gendarmes me preguntan, se los diré todo.
El tuerto tomó el vaso de aguamiel y lo agotó de un sorbo. Se limpió los labios con un pañuelo rojo y chupó el cabo del cigarrillo.
—Ya es de noche —dijo.
—¡Qué noche ni qué diablos! —gruñó el ventero de mal humor—. Estoy hablando de otro problema. ¿Qué va a hacer mañana cuando lleguen los compradores?
—No estaré aquí. Es todo lo que digo.
—¿De dónde sacó la cabra? Porque a mí no me viene a decir que se la compró al gobierno. Diga: ¿de dónde la sacó?
—Ya lo ha oído: la compré en la granja del gobierno.
—Se la robó. Nadie me quita de la cabeza que se la robó. Desde que lo vi aparecer me di cuenta de que era usted un cuatrero. Y ahora la vende dos veces. ¿Qué va a hacer?
—Podría arreglarlo todo muy bien, trayendo mañana otra cabra igual a ésta. Pero los compradores me han tomado por un cretino, y se han ido convencidos de que me han estafado. Mañana, a las tres, les van a crecer las narices... No les quedará más recurso que contarse sus penas.
El ventero no sabía qué pensar. Había conocido muchos pillos y vagabundos, pero aquel se presentaba ante sus ojos como un completo bribón. Y no obstante su recelo, se sentía atraído por la simpatía y el descaro del cuatrero.
—¿En dónde encontró la cabra? —preguntó el ventero.
—Al otro lado del río.
—Entonces, ¿reconoce que se la robó?
—No tanto. Yo venía hacia este lugar, y ella estaba en la carretera, y balaba tristemente, muerta de hambre. Me sentí conmovido y la recogí. No la he robado.
—Eso está bien dicho. Pero no veo cómo va a salir usted del trance.
—Todo resultará bien. Tengo buena suerte. ¿No le gustaría quedarse con la cabra? Se la vendo. Muy barata.
—No compro bienes robados.
—Diez pesos. Es una ganga.
—¿Qué haría yo con ella? Mi mujer tiene muchas cabras en el corral. No necesitamos más de las que tenemos.
—Cómprela. Diez pesos: una ganga.
—Y mañana, ¿qué diría, cuando vengan los otros?
—A usted no le importa. Usted no ha negociado con ellos, y es un hombre honrado, a quien todo el mundo conoce.
—¿Diez pesos? —preguntó el ventero, tentado por la oportunidad.
—Eso. No hago rebaja.
—Mi mujer tendrá un disgusto, por hacer negocios en su ausencia. Está en el pueblo, y no tardará en llegar. Es de muy mal genio, ¿sabe?
—No pasará nada. Ella estará contenta de haber comprado una cabra en tan buenas condiciones.
Lo convenció al fin. El ventero le indicó el sitio en donde debía dejar la cabra, al otro lado de la carretera, en el corral, a cien metros de la casa. El tuerto penetró allí y amarró la cabra en una estaca, detrás de unos montones de paja. Luego, muy contento, regresó a la tienda, recibió el dinero y encendió el cabo de cigarrillo que le quedaba. Por fin se despidieron, haciendo al propietario muchas reverencias.
Avanzó silbando, por la carretera, muy despacio, como si no tuviese prisa en llegar al sitio a donde se dirigía. En el puente se detuvo y escupió sobre el río. El ventero lo veía, en el claroscuro de la noche incipiente, reclinado sobre la baranda del puente, fumando la colilla con tranquilidad meditativa.
Después lo perdió de vista. Veinte minutos después llegó el bus, y se detuvo un momento frente a la casa. Principiaba a llover. La esposa del propietario, una gorda tan perezosa y grasienta como él, se bajó del bus; y como al bajarse, antes de asentarse en la tierra, aquél siguió la marcha, la gorda rodó por la carretera, gimiendo. De la mochila que llevaba rodaron al caer botellas de ron, paquetes de velas y barras de jabón. La mujer recogió las compras, en la oscuridad, y se dirigió a la tienda, vociferando contra el conductor del bus.
—He comprado una cabra —informó el marido con notoria timidez.
—¿Dónde está?
—En el corral.
—Voy a verla. ¿Cuánto costó?
—Diez pesos.
—¿Diez pesos? ¿Una cabra?
—Es de Nubia.
—¿De qué?
—De Nubia.
—¿Qué es eso?
—Así decía el que la vendió. Debe ser la raza...
—Voy a verla.
La mujer encendió una vela, se echó sobre la cabeza un papel encerado, y se dirigió al corral, cruzando la carretera. Un momento después estalló en el corral una algarabía de dicterios y lamentaciones. El ventero sudaba sin moverse, y sin comprender lo que pasaba. Veía la luz de la vela que se agitaba en el aprisco, en una y otra dirección, y observaba cómo el viento arrastraba la llama, dándole la transparencia azulosa de un fuego fatuo.
—¿Qué ha pasado? —preguntó, cuando la mujer estuvo de regreso.
—¡Imbécil! —gritó la mujer.
—¿Quién?
—¿Quién ha de ser? ¡Tú, imbécil!
—No entiendo.
—Ya comprenderás... ¡Imbécil! Has comprado una cabra que te pertenecía. Y después de que la has comprado, te la han vuelto a robar. En el corral falta una cabra. ¡La mejor que tenía!
—No buscarías bien. Voy yo mismo...
—¿Tú, barrigón inútil, que ni siquiera sabes lo que tienes y lo que compras? Yo lo había sospechado cuando me hablaste del asunto. ¡Imbécil! ¿A quién se le ocurre comprar lo propio?
Él principiaba a comprender. No dijo una palabra más. Se sentía abatido, doblemente engañado por el desconocido. Y no se atrevía a contar a su mujer que aparte de lo que ella había descubierto, la cabra había sido vendida dos veces en su presencia.
Esa noche, en el lecho, el ventero pensaba en los caprichos de la vida.
Reconciliado con su esposa, a quien había logrado explicar su inocencia y su buena fe, sentía muy cerca la respiración de la mujer, y el copioso volumen de su opulencia carnal.
—Oye —le dijo—. Hemos debido perseguir al ladrón. No debía estar muy lejos cuando tú llegaste...
—Con esta noche no salen al campo ni los perros.
—¿Tú crees que la cabra fuera de Nubia?
—Fuera lo que fuera, ya no la tenemos. Y además, tú le has dado diez pesos al que se la robó. Es triste ser la mujer de un hombre como tú. Trabaja uno todo el año, de día y de noche, para que venga un ladrón y se robe las cabras en las propias narices del dueño. Habrá que avisar mañana a la policía. ¿Cómo era el ladrón?
—Era tuerto, vestía de dril blanco, y llevaba bigotes largos, casposos.
—¿Tuerto dices?
—Sí; ¿por qué?
—En el bus iba un hombre tal como lo describes, y llevaba una cabra. Pero no era tuerto. Debió fingir que le faltaba un ojo para que no lo reconocieran después... Subió a un kilómetro de aquí, y pagó doble pasaje, por él y por la cabra; y como no había sitio, la puso sobre sus rodillas como a una criatura...
—¿Y tú, desgraciada, te encuentras con tu propia cabra y no le echas mano al ladrón? ¿Cómo explicas eso?
—Yo no sabía que era mi cabra. ¿Cómo iba a saberlo? Ni siquiera miré al animal. Estoy ahíta de lidiar cabras. Y, sobre todo, no me hables así. El responsable de lo que ha pasado eres tú. Ni siquiera te diste cuenta de que el cuatrero no era tuerto... ¡Qué inteligencia!
El la oía murmurar, y las palabras de su esposa le daban una sensación de doliente inutilidad. Afuera llovía con extraña intensidad, y el agua de las acequias caía desde el barranco, sobre el río, con inquietante violencia. El ventero trató de buscar un recurso para atraer el sueño, y al encontrarlo, no pudo dejar de sonreír en la oscuridad. Un monótono rebaño de cabras holló los senderos aletargados de su mente, y contándolas, una a una, logró quedarse dormido, molido el cuerpo por la fatiga, limpia el alma de todo rencor.

Friday, April 15, 2011

Elmo Valencia / El universo humano

Europa
Luna de Júpiter
EL UNIVERSO HUMANO

Había una mujer tan bella que muy pronto quedó embarazada. Sin embargo, a nadie preocupó lo más mínimo el hecho, muy normal dentro del prodigio de la naturaleza. Pero a Cielo —que así se llamaba la mujer— le sucedió algo tan extraño que su embarazo por un momento hizo temblar las leyes biológicas de la perpetuidad de nuestra especie.
Sucedió que fueron pasando los meses y a Cielo, como es de suponerse, le crecía el vientre. ¿Por qué no? ¿Acaso no le había crecido a Eva y a Briggite Bardot? ¿Por qué entonces no le podía crecer el vientre a Cielo, también criatura de Dios y tan bella?
Pero pasaron las nueve lunas y el alumbramiento no llegó y vinieron otras lunas y a Cielo le siguió creciendo el vientre. ¿Qué hacer ante este hecho tan alarmante como desconocido? ¿Qué decían al respecto los libros sagrados de las parturientas? ¿Castigo de Dios? ¿Obra del Diablo? ¿Mal de ojo?
Sin embargo, una noche Cielo se dio cuenta de que en lugar de haber dado a luz hacia fuera, había dado a luz hacia adentro. Su hijo había nacido dentro de su propio cuerpo.
Con gran serenidad de ánimo la madre se fue adaptando al nuevo proceso involutivo, y el hijo, como si se hubiera resignado desde un comienzo a su absurda situación, comenzó a organizar su vida.
Cielo se puso a desarrollar a base de reflejos un desconocido amor maternal por ese cuerpecito que llevaba dentro y que a veces se movía como un gato. Primero lo sintió gatear, las rodillas del nene se hundían en ese blando almohadón que es la capa basal del endometrio. Luego lo sintió caminar; la cabeza le rozaba algunas vísceras, y Cielo, con la leche agriada, caía en otra estación de la vigilia. Ante su sorpresa, los pasos del niño no la lastimaban en lo más mínimo.
Pasaron los años y Cielo, atenta a sus movimientos, trataba de seguirlo, y a cada instante se preguntaba en qué meridiano de su vientre el pequeño estaría parado.
¿Como llamarlo? ¡Ícaro! ¿Por qué no? Al fin y al cabo Ícaro es un nombre hermoso. ¿Acaso Ícaro no quiso alcanzar el cielo? Así que Cielo decidió ponerle por nombre Ícaro.
Un día Cielo oyó ruidos extraños. Eran monosílabos, palabras entrecortadas. El niño quería aprender a hablar. Entonces, Cielo le enseñó a decir “mamá”, a decir “Cielo” y a decir “Ícaro”.
Desde ese momento el pequeño fue entendiendo el significado de los sonidos y una vez posesionado del esplendor de las palabras, comenzó a desarrollarse entre madre e hijo la aventura de un dialogo que no terminaría sino en la separación definitiva de uno de los dos.
- Ícaro, ¿quieres un caballito?
- Sí,  mamá.
Y Cielo se tragó un caballito de madera para que su hijo jugara con él. Y luego le envío más juguetes, llegando hasta el extremo de tragarse en diciembre un pino y las bombillitas rojas para que Ícaro tuviera también su árbol de Navidad, e Ícaro lo plantó y lo alumbró y de noche, el fabuloso vientre rosado de Cielo, parecía una lámpara iluminando el mundo. Y aunque parezca mentira, aquel diciembre el Niño Dios le trajo como regalo de Navidad un trencito eléctrico. A partir de ese momento, Cielo se acostumbró a quedarse dormida cuando el juguete comenzaba a hacer taque-taque-taque-taque.
Cuando cumplió siete años, Cielo le envío cuadernos y lápices de colores para que aprendiera a leer y escribir. Y a prendió muy bien. Su primera frase fue: “Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza”; y su primera lectura “Las aventuras de Tío Conejo”.
Y el niño fue creciendo y comenzó a indagar por todo y hasta llegó a preocuparse por el origen de las cosas: “Mamá, ¿quién hizo el mundo?”. “Mamá, ¿qué fue primero, la gallina o el huevo?”. Y Cielo le contestaba maravillosamente con la bondad en la boca.
Cuando se sintió hombre, Ícaro decidió estudiar filosofía para hallar una respuesta a la pregunta: “¿Quién soy?”; “¿Qué hago aquí encerrado?” Entonces Cielo se tragó desde La República de Platón hasta El Ser y la Nada. Al final, no encontrando en la filosofía la respuesta que buscaba, decidió ser astronauta y así se lo comunicó a su madre. La mujer escuchó su súplica y una noche, sin que la viera, se tragó un vestido espacial y un cohete.
Ícaro comenzó a prepararse para la grande aventura. Cuando llegó el momento culminante levantó vuelo y comenzó a sondear el Universo de Cielo. Recorrió su cintura; bajó varias veces por los muslos hasta el límite de los pies; estudió con detenimiento el corazón, pues le mortificaba saber que ese órgano tan lleno de bondad y sabiduría fuera tan falsamente comprendido; atravesó la vía láctea de sus senos dejando en su pecho un resplandor de luz anaranjada. Se internó por la garganta y conoció la andrómeda de sus labios; subió hasta los dos astros de sus ojos, y allí por primera vez Cielo e Ícaro se miraron mutuamente. Le dio varias vueltas al planeta del cerebro, avanzó tal vez buscando el milagro de la vida por entre los brillantes tejidos de la carne, se cercioró de la blancura de los huesos y, finalmente, embriagado de tanta belleza, cayó en el torrente circulatorio de Cielo y allí entre la espuma del tiempo y de la sangre, quedó girando y girando hasta que Ícaro se agotó como un meteoro.








Elmo Valencia nació en Cali en 1933. Obtuvo en 1967 el Premio Nadaísta de Novela por su obra Islanada.

Saturday, March 26, 2011

Harold Kremer / El prisionero de papá


En “El prisionero de papá” se evidencia la frase corta y el estilo directo, sin adornos ni hojarasca, que caracteriza la obra de Harold Kremer, sin duda alguna uno de los grandes cuentistas colombianos. Ya son tantos sus títulos memorables, premiados o no en diversos concursos, e incluidos en libros que no han tenido la circulación que se merecen: La noche más larga (1984), Rumor de mar (1989), El enano más fuerte del mundo (2004), El combate (2004), El prisionero de papá (2005), La cajita cuadrada (2007).
         Aunque el estilo es la herramienta, afilada a su manera por cada escritor y fruto de una larga paciencia, sello de marca de Kremer, “El prisionero de papá” resulta un texto memorable por sus personajes y, sobre todo, por el narrador, que nos cuenta de manera elemental y sin dramatismos una historia aterradora. Si no, sería otra noticia del periódico, un texto más sobre el secuestro, azote de la Colombia de estos días, reino de guerrilleros, paramilitares políticos corruptos y otros hampones.
         La lectura es una pasión que se refina con los años. Hay autores que definitivamente no volveré a leer, hay libros que se caen en la primera página, hay escritores cuya escritura echa a perder el más preciado tema, pero Kremer se mantiene sorpresivo y fresco, digno de numerosas lecturas. Y en una casa repleta de libros, los suyos permanecen al alcance de la mano en la mesa de noche.
         A pesar de los premios, de los periódicos y las revistas que han destacado sus cuentos, de las traducciones al alemán, el inglés, el hebreo y el portugués, Harold Kremer todavía es un escritor secreto. Un secreto que no debemos mantener, para dicha de todos. Ya es hora de que una gran editorial remedie el asunto.

Triunfo Arciniegas
Pamplona, 2011



Balthus
Harold Kremer
EL PRISIONERO DE PAPÁ


 Escuché los golpes de la pala sobre la tierra y estiré la mano para tocar a Yaira. Luego me levanté sobre los codos y en la oscuridad adiviné el bulto de mamá y Titina en la otra cama. Aún era de noche y en el patio seguían los golpes de la pala sacando la tierra. Corrí un poco la mano de Yaira y volví a acostarme. Por entre la pared de esterilla entraba la luz de la luna formando líneas sobre el piso de tierra y las camas. La pala decía chak, chak, chak. Oía también la respiración del que cavaba. Por el ruido supe que venía del lado del hueco donde Yaira y yo jugábamos a escondernos. Recordé la cajita guardada en la pared.
Me senté en la cama y volví a mirar a mamá. Luego me acerqué y vi que no estaba papá. Entonces me arrastré por el suelo hasta la pared y observé a los del patio: uno fumaba y el otro cavaba. No podía distinguirlos bien, pero al instante supe que eran papá y el Caliche. El Caliche agrandaba el hueco. A esa hora era bien de noche y yo tenía sueño. En la cajita guar­dábamos la moneda de mil pesos que le quitamos al prisionero. Me dormí y cuando desperté, el cielo empezaba a clarear. Me limpié la cara, escupí el sabor a tierra de la boca y miré por el hueco de la esterilla. Papá acomo­daba plásticos, piedras y pedazos de madera sobre el hueco tapado. Caliche le indicaba con la mano y papá se movía a tapar. Terminaron cuando ya era de día. Caliche se fue por el lado del caño y papá fue a lavarse la cara y las manos. Al desayuno dormía y roncaba en la cama.
Mamá nos decía de papá: «Trabaja hasta tarde». Llegaba borracho y mamá dejaba que se montara encima de ella. Papá respiraba fuerte y la cama parecía caerse. Luego mamá se levantaba, le esculcaba los bolsillos del pantalón y escondía el dinero en el hueco del pilar de guadua de la cocina. Cuando no llegaba, mamá no hablaba, ni preparaba la comida, ni atendía a la niña. Se sentaba con los ojos rojos en un rincón de la cocina, con una correa en la mano, y cada vez que nos acercábamos tiraba a pegarnos. A mí me daba pesar con Titina porque la agarraba a correazos. Una vez oí a mamá hablando con doña Carmen. La próxima vez la mataba, le decía, sin im­portarle que la metieran a la cárcel. Mamá decía que cuando papá no llegaba era porque se quedaba durmiendo allá donde ella. Doña Carmen andaba siempre con los vestidos apretados y la risa en la boca. Mamá decía que así se vestían y se reían las mujeres para provocar a los hombres. Con Yaira nos metía­mos por los patios y por los lados del caño para ir a verla. Una vez la vimos sentada en las piernas de papá. Tenía la boca pintada y la blusa entreabierta. Papá metía la cara entre la blusa y doña Carmen se reía. Se reía de las cosquillas que le hacía. Yaira se abrió la blusa, me mostró las teticas, y dijo:
—Chucuan-chudo chuyo chuse-chua chugran-chude chuvoy chua chuser chuco­chumo chue-chulla.
A mediamañana Yaira y yo fuimos al hueco. Papá y el Caliche lo habían rellenado. Yaira se puso a buscar las muñecas que papá le traía del Basuro y yo me asomé al caño a ver si encontraba la colección de carritos que me regaló la tía Isaura. Cuando nos acordamos del dinero quitamos los plásticos, las piedras y los pedazos de madera y luego cogimos unos pedazos de cerámica y nos pusimos a raspar la tierra. Pero la tierra estaba apretada de lo duro que le habían dado con la pala. Yaira se sentó a llorar porque quería mucho a sus muñecas. De pronto me dijo:
—¿Chuy chuel chupri-chusio-chune-churo?
Le recordé que lo habían reclamado y que a papá le iban a dar su buena recompensa. De lo pura tarada que siempre ha sido no quiso entender y volvió a llorar por las muñecas y los mil pesos.
Papá nos dijo que se encontró al niño en un parque y que como nadie aparecía para reclamarlo lo había traído a casa y lo iba a guardar hasta que aparecieran los papás y le dieran una buena recompensa. Lo que no entendíamos era por qué lo tenía amarrado con una cadena. Era del grande de nosotros y papá le daba una medicina para la enfermedad que sufría. Así se dormía y no le dolía. Cuando despertaba jugábamos a la guerra y le decíamos que esa era una cárcel y que él era el prisionero de papá.
Al mediodía cuando papá se levantó nos dijo que ya había entregado el prisionero y que le iban a dar una buena recompensa.
Por la noche no apareció. Mamá salió a buscarlo y cuando despertamos al día siguiente estaba sentada con la correa en el asiento de la cocina. A mí me despertó el llanto de Titina. Chucé a Yaira y nos salimos al patio. Titina gateaba detrás de nosotros.
La noche en que papá apareció con el prisionero lo sacó de entre las cajas, periódicos y cartones que siempre traía en la carretilla. Lo llevó al patio, lo metió al hueco y lo amarró. Nos explicó a mamá y a nosotros y dijo que debíamos tener la boca cerrada: si alguien se enteraba iba y contaba del niño y no nos daban la recompensa. También dijo que a Yaira le iba a comprar una muñeca del mismo grande de ella y a mí una colección de carros del tamaño de la carretilla. Luego se fue a fumar el zuquito con mamá.
Cuando Yaira y yo nos asomamos el pri­sionero dormía. Prendimos una vela y le esculcamos los bolsillos. Los mil pesos los encontramos cuando le quité los zapatos. La moneda cayó debajo de una tabla. Yaira los levantó, me miró, y dijo:
—Chula chumi-chutad chupa-chura chumí.
En esos momentos el prisionero se movió y yo cogí una tabla y le pegué en la cabeza. Luego corrimos por el borde del caño y nos sentamos a esperar. Me puse los zapatos y caminé para probarlos. Yaira repetía que la mitad era para ella. Yo le dije que la moneda era de los dos y que se iba a la cajita que escondíamos en la pared del hueco.
Al día siguiente el Caliche nos enseñó a taparle la boca. Dijo que nos quedáramos vigilando para que ninguno más viniera con ganas de cobrar la recompensa. Ya por la tarde despertó y le quitamos el trapo para que nos dijera cómo se llamaba, pero se puso a chillar igual a como cuando mata los marranos el Barriga de la carnicería. Yo me puse a darle con el palo y chillaba y chillaba. Entonces vino mamá y le pegó un trancazo en la cabeza y lo obligó a tomarse la medicina. Luego nos agarró a correazos por quitarle el trapo de la boca.
Por la noche papá también nos agarró a correazos y dijo que no volviéramos al hueco. Pero al otro día fuimos y ya no le quitamos el trapo de la boca. Si se despertaba corríamos a contarle a mamá y ella lo obligaba a tomarse la medicina. Papá nos dijo que era mejor que no supiéramos cómo se llamaba pero como Yaira, de lo pura tarada que es, insistía en preguntarle, papá se quedó como pensando y luego dijo que se llamaba Nadie.
Cuando ya estábamos aburridos de cuidar se nos ocurrió jugar a lo del prisionero. Cogimos unos palos y dijimos que esas eran las metralletas de los guardias y al despertar, antes de que se pusiera a chillar, le decíamos que esa era una cárcel y que él era el prisionero de papá. A veces Yaira se abría la blusa y le frotaba las teticas en la cara para ver si se reía.
Hace dos días se le torcieron los ojos y por un lado del trapo le empezó a salir una baba blanca. Mamá dijo que era por el hambre, que de tanto dormir ni comía: le preparó una sopa y se la dio a sorbos. Pero el prisionero se atragantaba y la sopa se le salía junto con la baba. Luego se puso tieso y luego se puso blando. Mamá dijo que se había dormido y que era mejor dejarlo solo. Cuando llegó papá fueron a verlo con Caliche y al rato dijeron que ya estaba bien y que esa noche iban los papás por él. Nos hicieron acostar y se pusieron a fumar el zuquito.
Esa noche oí los golpes de la pala sobre la tierra. Al día siguiente papá dijo que iba por el dinero, que ojalá se lo pagaran para comprar los regalos tan grandes que nos había pro­metido.
En la tarde, cuando mamá vio que seguíamos raspando la tierra dijo que no lo hiciéramos, que ese hueco era peligroso para Titina y que lo mejor era tenerlo tapado. A Yaira le dijo que no llorara, que no fuera tan tarada como siempre había sido y que ya llegarían más muñecas y muchas monedas de mil.
Ahora estamos sentados en el borde del caño. Mamá sigue con los ojos rojos sentada en la cocina. Titina, de tanto llorar, se quedó dormida al lado de una pila de periódicos. Pensaba en los mil pesos ya que por el hambre las tripas empezaron a sonarnos. Pero mejor no le digo nada a Yaira porque hace rato dejó de llorar por las muñecas muertas enterradas. Con los mil pesos compraríamos una coca cola y un pan. Le digo que papá le va a traer una muñeca del grande de ella y ni así me para bolas.
Yaira se levanta y coge dos palitos, los amarra con un pedazo de alambre hasta que queda una cruz y la entierra en la tierra pisada.
Luego nos sentamos a esperar a ver si papá aparece con el dinero y mamá, de la pura alegría, nos manda a comprar la carne donde el Barriga.