Wednesday, May 4, 2011

Beckett / El final


Samuel Beckett
EL FINAL

Me vistieron y me dieron dinero. Yo sabía para qué iba a servir el dinero, iba a servir para ponerme de patitas en la calle. Cuando lo hubiera gastado debería procurarme más, si quería continuar. Lo mismo los zapatos, cuando estuvieran usados debería ocuparme de que los arreglaran, o continuar descalzo, si quería continuar. Lo mismo la chaqueta y el pantalón, no necesitaban decírmelo, salvo que yo podría continuar en mangas de camisa, si quería. Las prendas—zapatos, calcetines, pantalón, camisa, chaqueta y sombrero—no eran nuevas, pero el muerto debía ser poco más o menos de mi talla. Es decir que él debió ser un poco menos alto que yo, un poco menos grueso, porque las prendas no me venían tan bien al principio como al final. Sobre todo la camisa, durante mucho tiempo no podía cerrarme el cuello, ni por consiguiente alzar el cuello postizo, ni recoger los faldones, con un imperdible, entre las piernas, como mi madre me había enseñado. Debió endomingarse para ir a la consulta, por primera vez quizá, no pudiendo más. Sea como fuere, el sombrero era hongo, en buen estado. Dije, Tengan su sombrero y devuélvanme el mío. Añadí, Devuélvanme mi abrigo. Respondieron que lo habían quemado, con mis demás prendas. Comprendí entonces que acabaría pronto, bueno, bastante pronto. Intenté a continuación cambiar el sombrero por una gorra, o un fieltro que pudiera doblarse sobre la cara, pero sin mucho éxito. Pero yo no podía pasearme con la cabeza al aire, en vista del estado de mi cráneo. El sombrero era en principio demasiado pequeño, pero luego se acostumbró. Me dieron una corbata, después de largas discusiones. Me parecía bonita, pero no me gustaba. Cuando llegó por fin estaba demasiado fatigado para devolverla. Pero acabó por serme útil. Era azul, como con estrillas. Yo no me sentía bien, pero me dijeron que estaba bastante bien. No dijeron expresamente que nunca estaría mejor que ahora, pero se sobreentendía. Yacía inerte sobre la cama e hicieron falta tres mujeres para quitarme los pantalones. No parecían interesarse mucho por mis partes que a decir verdad nada tenían de particular. Tampoco yo me interesaba mucho. Pero hubieran podido decir cualquier cosita. Cuando acabaron me levanté y acabé de vestirme solo. Me dijeron que me sentara en la cama y esperara. Toda la ropa de cama había desaparecido. Me indignaba el hecho de que no hubieran permitido esperar en el lecho familiar y no así de pie, en el frío, en estas ropas que olían a azufre. Dije, Me podían, haber dejado en mi cama hasta el último momento.
Entraron hombres con batas, con mazos en la mano. Desmontaron la cama y se llevaron las piezas. Una de las mujeres les siguió y volvió con una silla que colocó ante mí. Había hecho bien en mostrarme indignado. Pero para demostrarles hasta qué punto estaba indignado por no haberme dejado en mi cama mandé la silla a hacer puñetas de una patada. Un hombre entró y me hizo una seña para que le siguiera. En el vestíbulo me dio un papel para firmar. ¿Qué es esto, dije, un salvoconducto? Es un recibo, dijo, por la ropa y el dinero que ha recibido usted. ¿Qué dinero? Dije. Fue entonces cuando recibí el dinero. Pensar que había estado a punto de marcharme sin un céntimo en el bolsillo. La cantidad no era grande, comparada con otras cantidades, pero a mí me parecía grande. Veía los objetos familiares, compañeros de tantas horas soportables. El taburete, por ejemplo, íntimo como el que más. Las largas tardes juntos, esperando la hora de irme a la cama. Por un momento sentí que me invadía su vida de madera hasta no ser yo mismo más que un viejo pedazo de madera. Había incluso un agujero para mi quiste. Después en el cristal el sitio en donde se había raspado el esmalte y por donde en las horas de congoja yo deslizara la vista, y rara vez en vano. Se lo agradezco mucho, dije, ¿hay una ley que le impide echarme a la calle, desnudo y sin recursos? Eso nos perjudicada, a la larga, respondió él. No hay medio de que me admitan todavía un poco, dije, yo podía ser útil. Útil, dijo, ¿de verdad estaría dispuesto a ser útil? Después de un momento continuó, Si le creyeran a usted realmente dispuesto a ser útil, le admitirían, estoy seguro. Cuántas veces había dicho que iba a ser útil, no iba a empezar otra vez. ¡Qué débil me sentía! Este dinero, dije, quizá quieran recuperarlo y cobijarme todavía un poco. Somos una institución de caridad, dijo, y el dinero es un regalo que le hacemos cuando se va. Cuando lo haya gastado debe procurarse más, si quiere continuar. No vuelva nunca aquí pase lo que pase, porque ya no le admitiríamos. Nuestras sucursales le rechazarían igualmente. ¡Exelmans! exclamé. Vamos, vamos, dijo, además no se le entiende ni la décima parte de lo que dice. Soy tan viejo, dije. No tanto, dijo. ¿Me permite que me quede aquí un momentito, dije, hasta que cese la lluvia? Puede usted esperar en el claustro, dijo, la lluvia no cesará en todo el día. Puede usted esperar en el claustro hasta las seis, ya oirá la campana. Si le preguntan no tiene más que decir que tiene usted permiso para guarecerse en el claustro. ¿Qué nombre debo decir?, dije. Weir, dijo.
No llevaba mucho tiempo en el claustro cuando la lluvia cesó y el sol apareció. Estaba bajo y deduje que serían cerca de las seis, teniendo en cuenta la época del año. Me quedé allí mirando bajo la bóveda el sol que se ponía tras el claustro. Apareció un hombre y me preguntó qué hacía. ¿Qué desea? eso dijo. Muy amable. Respondí que tenía permiso del señor Weir para quedarme en el claustro hasta las seis. Se fue, pero volvió en seguida. Debió hablar con el señor Weir en el intervalo, porque dijo, No debe usted quedarse en el claustro ahora que ya no llueve.
Ahora avanzaba a través del jardín. Había esa luz extraña que cierra una jornada de lluvia persistente, cuando el sol aparece y el cielo se ilumina demasiado tarde para que sirva ya para algo. La tierra hace un ruido como de suspiros y las últimas gotas caen del cielo vaciado y sin nubes. Un niño, tendiendo las manos y levantando la cabeza hacia el cielo azul, preguntó a su madre cómo era eso posible. Vete a la mierda, dijo ella. Me acordé de pronto que había olvidado pedir al señor Weir un pedazo de pan. Seguramente me lo hubiera dado. Lo pensé, durante nuestra conversación, en el vestíbulo. Me decía, Acabemos primero lo que nos estamos diciendo, luego se lo preguntaré. Yo sabía perfectamente que no me readmitirían. A gusto hubiera desandado el camino, pero temía que uno de los guardianes me detuviera diciéndome que nunca volvería a ver al señor Weir. Lo que hubiera aumentado mi pesar. Por otra parte no me volvía nunca en esos casos.
En la calle me encontraba perdido. Hacía mucho tiempo que no había puesto los pies en esta parte de la ciudad y la encontré muy cambiada. Edificios enteros habían desaparecido, las empalizadas habían cambiado de sitio y por todas partes veía en grandes letras nombres de comerciantes que no había visto en ninguna parte y que incluso me hubiera costado pronunciar. Había calles que no recordaba haber visto en su actual emplazamiento, entre las que recordaba varias habían desaparecido y por último otras habían cambiado completamente de nombre. La impresión general era la misma de antaño. Es verdad que conocía muy mal la ciudad. Era quizás una ciudad completamente distinta. No sabía dónde se suponía que debía ir lógicamente. Tuve la enorme suerte, varias veces, de evitar que me aplastaran. Estaba siempre dispuesto a reír, con esa risa sólida y sin malicia que tan buena es para la salud. A fuerza de conservar el lado rojo del cielo lo más posible a mi derecha llegué por fin al río. Allí todo parecía, a primera vista, más o menos tal y como lo había dejado. Pero mirando con más atención hubiera descubierto muchos cambios sin duda. Eso hice más tarde. Pero el aspecto general del río, fluyendo entre sus muelles y bajo sus puentes, no había cambiado. El río en particular me daba la impresión, como siempre, de correr en el mal sentido. Todo esto son mentiras, me doy perfecta cuenta. Mi banco estaba aún en su sitio. Se le había excavado según la forma del cuerpo sentado. Se encontraba junto a un abrevadero, regalo de una tal señora Maxwell a los caballos de la ciudad, conforme la inscripción. Durante el tiempo que me quedé allí varios caballos sacaron provecho del regalo. Oía los hierros y el clic clac del arnés. Después el silencio. Era el caballo quien me miraba. Después el ruido de guijarros arrastrados en el barro que hacen los caballos al beber. Después otra vez el silencio. Era el caballo quien me miraba otra vez. Después otra vez los guijarros. Después otra vez el silencio. Hasta que el caballo hubo acabado de beber o el carretero consideró que había bebido suficiente. Los caballos no estaban tranquilos. Una vez, cuando cesó el ruido, me volví y vi el caballo que me miraba. El carretero también me miraba. La señora Maxwell se hubiera puesto muy contenta si hubiera podido ver a su abrevadero prestar tales servicios a los caballos de la ciudad. Llegada la noche, después de un crepúsculo muy largo, me quité el sombrero que me hacía daño. Deseaba estar otra vez encerrado, en un sitio hermético, vacío y caliente, con luz artificial una lámpara de petróleo a ser posible, cubierta con una pantalla rosa preferentemente. Vendría alguien de vez en cuando a asegurarse que me encontraba bien y no necesitaba nada. Hacía mucho tiempo que no había tenido verdaderas ganas de algo y el efecto sobre mí fue horrible.
En los días siguientes visité varios inmuebles, sin mucho éxito. Normalmente me cerraban la puerta en las narices, incluso cuando enseñaba mi dinero, diciendo que pagaría una semana por adelantado, o incluso dos. Ya podía yo exhibir mis mejores maneras, sonreír y hablar con toda precisión, no había acabado aún con mis cumplidos cuando me cerraban la puerta en las narices. Perfeccioné en esta época una forma de descubrirme a la vez digna y cortés, sin bajeza ni insolencia. Hacía deslizar ágilmente mi sombrero hacia delante, lo mantenía un momento colocado de tal forma que no se podía ver mi cráneo, después con el mismo deslizamiento lo volvía a poner en su sitio. Hacer esto con naturalidad, sin provocar una impresión desagradable, no es fácil. Cuando consideraba que bastaría con tocarme el sombrero, naturalmente me limitaba a tocarme el sombrero. Pero tocarse el sombrero no es fácil tampoco. Más tarde resolví el problema, de capital importancia en las épocas difíciles, llevando un viejo kepí británico y saludando a lo militar, no, falso, en fin, no lo sé, conservaba mi sombrero después de todo. Jamás cometí la falta de lleva medallas. Ciertas mujeres tenían tanta necesidad de dinero que me dejaban pasar en seguida y me enseñaban la habitación. Pero no pude entenderme con ninguna. Finalmente conseguí alojarme en un sótano. Con aquella me entendí rápidamente. Mis fantasías, ese término empleó, no le daban miedo. Insistió si embargo en hacer la cama y limpiar la habitación un vez por semana, en lugar de una vez al mes, como yo le había pedido. Me dijo que durante la limpieza, que sería rápida, podría esperar en el patinillo de al lado. Añadió, con mucha comprensión, que nunca me echaría con mal tiempo. Aquella mujer era griega, creo, o turca. Nunca hablaba de sí misma. Yo tenía en la cabeza que era viuda o al menos abandonada. Tenía un acento extraño. Y yo también, a fuerza de asimilar las vocales y suprimir las consonantes.
Ahora ya no sabía dónde estaba, tenía una vaga imagen, ni siquiera, no veía nada, de una enorme casa de cinco o seis pisos. Me parecía que formaba cuerpo con otras casas. Llegué al crepúsculo y no presté a los alrededores la atención que quizá les hubiera dedicado de sospechar que iban a cerrarse sobre mí. No debía por decirlo así esperar más. Es cierto que cuando salí de esta casa hacía un tiempo radiante, pero yo no miraba nunca hacia atrás al irme. Debí leerlo en alguna parte, cuando era pequeño y todavía leía, que valía más no volver la cabeza al marcharse. Y sin embargo me sorprendía haciéndolo. Pero incluso sin contar con esto me parece que debí ver algo al irme. ¿Pero el qué? Recuerdo solamente mis pies que salían de mi sombra uno tras otro. Los zapatos se habían resquebrajado y el sol acusaba las grietas del cuero.
Estaba bien en esta casa, debo decirlo. Aparte algunas ratas estaba solo en el sótano. La mujer observaba nuestra convivencia lo mejor posible. Traía hacia mediodía una bandeja llena de comida y se llevaba el de la víspera. Traía al mismo tiempo una palangana limpia. Tenía un asa enorme por donde metía el brazo, conservando así las dos manos libres para llevar la bandeja. Después ya no la veía sino por azar cuando asomaba la cabeza para asegurarse de que no había ocurrido nada. No necesitaba afecto afortunadamente. Desde mi cama veía los pies que iban y venían por la acera. Ciertas tardes, cuando hacía buen tiempo y me sentía con ánimos, me iba con la silla al patinillo y miraba entre las faldas de las que pasaban. Más de una pierna se me hizo así familiar. Una vez mandé a buscar una cebolla azafranada y la planté en el patinillo sombrío, en un bote viejo. Debía ser por primavera, no eran las condiciones óptimas probablemente. Dejé el bote fuera, atado a un cordel que pasaba por la ventana. Por la tarde, cuando hacía buen tiempo, un hilo de luz trepaba a lo largo del muro. Me instalaba entonces frente a la ventana y tiraba del cordel, para mantener el bote a la luz, y al calor. No debía ser muy cómodo, no acabo de entender cómo me las arreglaba. No eran las condiciones óptimas probablemente. Reverdeció, pero nunca tuvo flores, apenas un tallo macilento provisto de hojas cloróticas. Me hubiera alegrado tener un azafrán amarillo o un jacinto, pero la cosa es que no iba a cumplirse. Ella quería llevárselo, pero yo le dije que lo dejara. Quería comprarme otro, pero le dije que no quería otro. Lo que más me crispaba eran los gritos de los vendedores de periódicos. Pasaban corriendo todos los días, gritando el nombre de los periódicos e incluso las noticias sensacionales. Los ruidos que venían de la casa me crispaban menos. Una niña, ¿o era un niño? cantaba todas las tardes a la misma hora en algún lugar encima de mí. Durante mucho tiempo no conseguí coger las palabras. Extrañas palabras para una niña, o un niño. ¿Era una canción de mi espíritu, o venía sencillamente de fuera? Era una especie de nana, me parece. A mí me dormía a menudo. Era a veces una niña la que venía. Tenía largos cabellos rojos que colgaban en dos trenzas. No sabía quién era. Correteaba un poco por la habitación, después se iba sin haberme dirigido la palabra. Un día recibí la visita de una agente de policía. Dijo que estaba bajo vigilancia, sin explicarme por qué. Equívoco, eso es, me dijo que yo era equívoco. Le dejé hablar. No se atrevía a detenerme. O quizá fuera buena persona. Un cura también, un día recibí la visita de un cura. Le informé que pertenecía a una rama de la iglesia reformada. Me preguntó qué clase de pastor me gustaría ver. Se condena uno, en la iglesia reformada, sin remedio. Era quizá buena persona. Me dijo que le avisara si alguna vez necesitaba un servicio. ¡Un servicio! Se presentó y me explicó dónde podría encontrarle. Debería haberlo apuntado.
Un día la mujer me hizo una proposición. Dijo que tenía necesidad urgente de dinero en metálico y que si yo podía proporcionarle un adelanto de seis meses me reduciría el alquiler del cuarto durante este período. No creo que me equivoque mucho. Esto tenía la ventaja de hacerme ganar seis semanas (?) de estancia y el inconveniente de agotar casi todo mi pequeño capital. Pero ¿se podía llamar a esto un inconveniente? ¿No me iba a quedar de todas formas hasta el último céntimo, y más allá aún, hasta que ella me echara? Le di el dinero y me hizo un recibo.
Una mañana, poco después de la transacción, me despertó un hombre que me sacudía por el hombro. No podían ser más de las once. Me rogó que me levantara y abandonara su casa inmediatamente. Era muy pulcro, debo decirlo. Me dijo que su extrañeza sólo encontraba parangón con la mía. Era su casa. Su patrimonio. La turca se había marchado la víspera. Pero si la he visto anoche, dije. Debe estar usted en un error, dijo, porque me llevó las llaves, a mi oficina, ayer por la mañana lo más tarde. Pero si acabo de entregarle un anticipo de seis meses de alquiler, dije. Que se lo devuelva, dijo. Pero si ignoro su nombre, dije, por no hablar de sus señas. ¿Ignora usted su nombre? dijo. Debió creer que mentía. Estoy enfermo, dije, no puedo marcharme así sin previo aviso. No es para tanto, dijo. Propuso ir a buscar un taxi, o una ambulancia, si prefería. Dijo que necesitaba la habitación, inmediatamente, para su cerdo, cogiendo frío en una carretilla, ante la puerta, y vigilado únicamente por un chaval que ni siquiera conocía y que estaría probablemente haciéndole picias. Pregunté si no me podría ceder otro sitio, apenas un rincón donde poder tumbarme, el tiempo de sobreponerme y de tomar mis disposiciones. Dijo que no podía. No es que sea mala persona, añadió. Podría vivir aquí con el cerdo, dije, me ocuparía de él. ¡Largos meses de calma, deshechos en un instante! Calma, calma, dijo, no se abandone, ale, hop, de pie, basta. Después de todo aquello no le importaba. Había sido realmente paciente. Debió visitar el sótano mientras yo dormía.
Me sentía débil. Debía estarlo. La luz resplandeciente me aturdía. Un autobús me transportó, al campo. Me senté en un prado, al sol. Pero me parece que esto era mucho más tarde. Dispuse hojas bajo mi sombrero en círculo, para procurarme sombra. Acabé por encontrar un montón de estiércol. Al día siguiente reemprendí el camino de la ciudad. Me obligaron a bajarme de tres autobuses. Me senté al borde de la carretera, al sol, y me sequé la ropa. Me gustaba. Me decía, Nada, nada que hacer ahora hasta que esté seca. Cuando estuvo seca la cepillé con una especie de almohaza que encontré en un establo. Los establos me han resultado siempre acogedores. Después me llegué hasta la casa en donde mendigué un vaso de leche y pan con mantequilla. ¿Puedo descansar en el establo? dije. No, dijeron. Yo apestaba aún, pero con una fetidez que me agradaba. La prefería con mucho a la mía, que se ocultaba ahora bajo la nueva hediondez, sintiéndola sólo a vaharadas. En los días siguientes traté de recuperar mi dinero. No sé exactamente cómo sucedió, si es que no pude encontrar la dirección, o si la dirección no existía, o si la griega ya no estaba allí. Busqué el recibo en mis bolsillos, para intentar descifrar el nombre. No estaba. Ella lo había recuperado quizá mientras yo dormía. No sé durante cuánto tiempo circulé así, descansando unas veces en un sitio, otras en otro, en la ciudad y en el campo. La ciudad había sufrido cambios. El campo tampoco era ya como lo recordaba. El efecto general era el mismo. Un día vi a mi hijo. Con una cartera bajo el brazo apresuraba el paso. Se quitó el sombrero y se inclinó y vi que era calvo como un huevo. Estaba casi seguro de que era él. Me volví para seguirle con la mirada. Avanzaba a toda marcha, con sus andares de pato, ofreciendo a derecha y a izquierda saludos con el sombrero y otras muestras de servilismo. El insoportable hijo de puta.
Un día encontré a un hombre que conociera en época anterior. Vivía en una caverna al borde del mar. Tenía un burro que trotaba por el acantilado, o en los minúsculos senderos agrietados que descienden hacia el mar. Cuando hacía muy mal tiempo el burro entraba con su amo en la caverna y allí se abrigaba, mientras duraba la tempestad. Habían pasado muchas noches juntos, apretados el uno contra el otro, mientras el viento bramaba y el mar azotaba la playa. Gracias al burro podía abastecer de arena, de algas y de conchas a los habitantes de la ciudad, para sus jardincillos. No podía transportar mucha cantidad de una vez, porque el burro era viejo, pequeño también, y la ciudad estaba lejos. Pero ganaba así un poco de dinero, lo suficiente para comprar tabaco y cerillas y de vez en cuando una libra de pan. Fue en una de sus salidas cuando me encontró, en los suburbios. Estaba encantado de volver a verme, el pobre. Me suplicó que le acompañara a su casa y pasara allí la noche. Quédate todo el tiempo que quieras, dijo. ¿Qué le pasa a tu burro? dije. No le hagas caso, dijo, es que no te conoce. Le recordé que no tenía costumbre de quedarme con nadie más de dos o tres minutos seguidos y que me horrorizaba el mar. Parecía abrumado. Entonces no vienes, dijo. Pero ante mi propia extrañeza me monté en el burro y arre, a la sombra de los castaños que brotaban con furia de la acera. Me agarré a las vértebras de la cerviz, una mano luego otra. Los niños nos abucheaban y nos tiraban piedras, pero apuntaban mal porque sólo me alcanzaron una vez, en el sombrero. Un guardia nos detuvo, y nos acusó de turbar el orden público. Mi amigo le recordó que éramos tal y como la naturaleza había acabado por hacernos y que los niños estaban en el mismo caso. Era inevitable, en esas condiciones, que el orden público resultara turbado de vez en cuando. Déjenos continuar nuestro camino, dijo, y el orden se restablecerá automáticamente, en su sector. Atajamos por los caminos apacibles de la antiplanicie, blancos de polvo, con los matojos de espino y de fucsia y los linderos franjeados de hierba silvestre y de margaritas. Cayó la noche. El burro me llevó hasta la boca de la caverna, porque yo no hubiera podido seguir, en la oscuridad, el sendero que bajaba hacia el mar. Después volvió a subir a sus pastizales.
No sé cuánto tiempo me quedé allí. Se estaba bien en la caverna, debo decirlo. Me traté mis ladillas con agua de mar y algas, pero un buen número de larvas debieron sobrevivir. Me curé el cráneo con compresas de alga, lo que me hizo un bien enorme, pero pasajero. Me tumbaba en la caverna y a veces miraba hacia el horizonte. Veía por encima una gran extensión palpitante, sin islas ni promontorios. Por la noche una luz iluminaba la caverna, a intervalos regulares. Fue allí donde encontré mi frasquito, en el bolsillo. No se había roto, el cristal no era auténtico cristal. Creía que el señor Weir me lo había quitado todo. El otro estaba fuera la mayor parte del tiempo. Me daba pescado. Es fácil para un hombre, cuando lo es de verdad, vivir en una caverna, lejos de todos. Me invitó a quedarme todo el tiempo que me apeteciera. Si prefiriera estar solo me acondicionaría encantado otra caverna, un poco más lejos. Me traería comida todos los días y vendría de vez en cuando a asegurarse que marchaba bien y no necesitaba nada. Era buena persona. Yo no necesitaba bondad. ¿No conocerás por casualidad una caverna lacustre? dije. Soportaba mal el mar, sus chapoteos, temblores, mareas y convulsividad general. El viento al menos se calma a veces. Las manos y los pies me hormigueaban. El mar me impedía dormir, durante horas. Aquí pronto me voy a poner enfermo, dije, y ¿qué habré conseguido entonces? Te vas a ahogar, dijo. Sí, dije, o me arrojaré al acantilado. Y yo que no podría vivir en otra parte, dijo, en mi cabaña de la montaña era muy desgraciado. ¿Tu cabaña en la montaña? dije. Repitió la historia de su cabaña en la montaña, la había olvidado, era como si la oyera por primera vez. Le pregunté si la conservaba todavía. Respondió que no la había vuelto a ver desde el día en que salió huyendo, pero que la creía aún en el mismo sitio, un poco deteriorada sin duda. Pero cuando insistió para que cogiera la llave, me negué, diciéndole que tenía otros proyectos. Siempre me encontrarás aquí, dijo, si alguna vez me necesitas. Ah la gente. Me dio su cuchillo.
Lo que él llamaba su cabaña era una especie de barraca de madera. Había arrancado la puerta, para hacer fuego, o con cualquier otro fin. La ventana ya no tenía cristales. El techo se había hundido por varios sitios. El interior estaba dividido, por los restos de un tabique, en dos partes desiguales. Si había tenido muebles nada quedaba ya. Se habían entregado a los actos más viles, en el suelo y sobre las paredes. Excrementos poblaban el suelo, de hombre, de vaca, de perro, así como preservativos y vomitonas. En una boñiga habían trazado un corazón, atravesado por una flecha. No ofrecía sin embargo una perspectiva armónica. Descubrí vestigios de ramos abandonados. Vorazmente arrancados, arrastrados durante largas horas, acabaron por tirarlos, pesados, o ya marchitos. Esta era la habitación de la que me habían ofrecido la llave.
En su conjunto la escena era la ya familiar de grandeza y desolación.
Era a pesar de todo un techo. Descansaba sobre un jergón de helechos que yo mismo recogí con mil trabajos. Un día no pude levantarme. La vaca me salvó. Aguijoneada por la niebla glacial venía a cobijarse. No era sin duda la primera vez. No debía verme. Traté de mamarla, sin mucho éxito. Sus tetas estaban cubiertas de excrementos. Me quité el sombrero y me puse a ordeñarla dentro, acudiendo a mis últimas fuerzas. La leche se derramaba por el suelo, pero me dije, No importa, es gratis. La vaca me arrastró por la tierra, deteniéndose tan sólo de vez en cuando para propinarme una coz. No sabía que nuestras vacas podían también portarse mal. Debieron ordeñarla recientemente. Agarrándome con una mano a la teta, con la otra mantenía el sombrero en su sitio. Pero acabó por hartarse. Porque me arrastró atravesando el umbral hasta los helechos gigantes y chorreantes, donde me vi obligado a soltar la presa.
Bebiendo la leche me reproché lo que acababa de hacer. Ya no podría contar con la vaca y ella pondría a las demás al corriente. Con más control sobre mí mismo hubiera podido hacerme amigo de ella. Hubiera venido todos los días seguida quizás de otras vacas. Hubiera aprendido a hacer mantequilla, queso. Pero me dije, No, todo se andará.
Una vez en la carretera no tenía más que seguir la pendiente. Carretas pronto, pero todas me rechazaron. Si hubiera tenido otras ropas, otra cara, se me hubiera admitido quizá. Debí cambiar desde mi expulsión del sótano. La cara en especial había debido alcanzar un aspecto decididamente climatérico. La sonrisa humilde e ingenua ya no me aparecía, ni la expresión de miseria cándida, penetrada de estrellas y cohetes. Las llamaba, pero ya no venían. Máscara de viejo cuero sucio y peludo, no quería ya decir por favor y gracias y perdón. Era una lástima. ¿Con qué iba yo a bandearme, en el futuro? Tumbado al borde de la carretera me dedicaba a contorsionarme cada vez que oía venir una carreta. Para que no imaginaran que dormía, o descansaba. Trataba de gemir, ¡Socorro! Pero el tono que brotaba era el de la conversación corriente. Ya no podía gemir. La última vez que había necesitado gemir lo había hecho, bien, como siempre, y eso en la ausencia de cualquier corazón susceptible de ser partido. ¿En qué iba a convertirme? Me dije. Volveré a aprender. Me tumbé de un lado a otro del camino, en un sitio donde se estrechaba, de forma que las carretas no podían pasar sin pasarme por encima, con una rueda al menos, o con dos si tenía cuatro. Al urbanista de la barba roja, le habían quitado la vesícula biliar, una falta grave, y tres días después moría, en la flor de la edad. Pero llegó el día en que, mirando a mi alrededor, me encontré en los suburbios, y de aquí a los viejos ámbitos no había más que un paso, más allá de la estúpida esperanza de calma o de dolor más tenue.
Me tapé pues la parte baja de la cara con un trapo y fui a pedir limosna en un rincón soleado. Porque me parecía que mis ojos no se habían apagado del todo, gracias quizás a las gafas negras que mi preceptor me diera. Me había dado la Ética de Geulincz. Eran gafas de hombre, yo era un niño. Le encontraron muerto, desplomado en el W. C., con las ropas en un desorden terrible, fulminado por un infarto. Ah qué calma. La Ética llevaba su nombre (Ward) en primera página, las gafas le habían pertenecido. El puente, en aquella época, era de hilo de latón, de la clase que se emplea para sujetar los cuadros y los grandes espejos, y dos largas cintas negras servían de baranda. Las enroscaba alrededor de las orejas y las abatía bajo la barbilla, donde las ataba. Los cristales habían sufrido, a fuerza de frotarse en el bolsillo uno contra otro y contra los demás objetos que allí se encontraran. Yo creía que el señor Weir me lo había cogido todo. Pero yo ya no necesitaba esas gafas y no me las ponía más que para suavizar el resplandor del sol. No debería haber hablado de ello. El trapo me hizo mucho daño. Acabé cortándolo del forro de mi abrigo, no, ya no tenía abrigo, de mi chaqueta entonces. Era un trapo más bien gris, o incluso escocés, pero me daba por satisfecho. Hasta la tarde mantenía la cara levantada hacia el cielo del mediodía, después hacia el de poniente hasta la noche. El platillo de madera me hizo mucho daño. No podía utilizar el sombrero, por mi cráneo. En cuanto a tender la mano, ni pensarlo. Me procuré pues una lata de hierro blanco y la sujeté a un botón de mi abrigo, pero qué me pasa, de mi chaqueta, al nivel del pubis. No se mantenía derecha, se inclinaba respetuosamente hacia el transeúnte, no había más que dejar caer la moneda. Pero esto le obligaba a aproximarse mucho, se arriesgaba a tocarme. Acabé procurándome una lata más grande, una especie de gran lata, y la coloqué sobre la acera, a mis pies. Pero las gentes que dan una limosna no les agrada tirarla, ese gesto tiene algo de desprecio que repugna a los sensibles. Sin contar con que deben apuntar. Quieren dar, pero no les gusta que la moneda se escape dando vueltas bajo los pies de los transeúntes, o bajo las ruedas de los vehículos, donde cualquiera puede cogerla. En resumen: no dan. Los hay evidentemente que se agachan, pero en general a la gente que da una limosna no le agrada que ello le obligue a agacharse. Lo que realmente prefieren es ver al mendigo de lejos, preparar el penique, soltarlo en plena marcha y oír el Dios se lo pague debilitado por el alejamiento. Yo no decía eso, yo no he sido nunca muy creyente, ni nada que se le parezca, pero lanzaba de todos modos un ruido, con la boca. Acabé procurándome una especie de tablilla que me sujetaba con cordel al cuello y a la cintura. Sobresalía precisamente a la altura justa, la del bolsillo, y su borde estaba lo suficientemente apartado de mi persona para poder depositar el óbolo sin peligro. Podía verse a veces en ella flores, pétalos, espigas, y briznas de esa hierba que se aplica a las hemorroides, en fin lo que encontraba. No las buscaba, pero todas las cosas bonitas de este tipo que me caían a la mano, las guardaba para la tablilla. Se podía creer que yo amaba la naturaleza. Miraba al cielo, la mayor parte del tiempo, pero sin fijarlo. Era una mezcla normalmente de blanco, azul y gris, y por la tarde venían a añadirse otros colores. Lo sentía pesando con suavidad sobre mi cara, frotaba la cara balanceándola de un lado a otro. Pero a menudo dejaba caer la cabeza sobre el pecho. Entonces entreveía la tablilla a lo lejos, borrosa y abigarrada. Me apoyaba en la pared, pero sin el menor relajo, equilibraba mi peso de un pie al otro y me agarraba con las manos las solapas de la chaqueta. Mendigar con las manos en los bolsillos, da mal efecto, indispone a los trabajadores, sobre todo en invierno. No hay nunca tampoco que llevar guantes. Había chicos que, simulando darme una perra, arramplaban con todo lo que había ganado. Para comprarse caramelos. Me desabrochaba, discretamente, para rascarme. Me rascaba de abajo arriba, con cuatro uñas: Me hurgaba en los pelos, para calmarme. Ayudaba a pasar el tiempo, el tiempo pasaba cuando me rascaba. El verdadero rascado es superior al meneo, en mi opinión, y puede durar mucho, hasta los cincuenta, e incluso mucho después, pero acaba por convertirse en una simple costumbre. Para rascarme no tenía bastante con las dos manos. Tenía en todas partes, en mis partes, en los pelos hasta el ombligo, bajo los brazos, en el culo, placas de eczema y de psoriasis que podía poner al rojo con sólo pensar en ellas. Era en el culo donde más satisfacción obtenía. Introducía el índice, hasta el metacarpo. Si después debía defecar, me hacía un daño de perros. Pero apenas defecaba ya. De vez en cuando pasaba un avión, poco rápidamente me parecía. Me sucedía a menudo, al acabar la jornada, encontrar los bajos del pantalón mojados. Debían ser los perros. Yo ya apenas meaba. Si por azar me entraban ganas, las calmaba introduciendo un trapito en la bragueta. Una vez en mi puesto, no lo abandonaba hasta la noche. Yo ya apenas comía, Dios cuidaba de mi sustento. Después del trabajo compraba una botella de leche que bebía por la noche en la cochera. En realidad le encargaba a un chico que la comprara, siempre el mismo, a mí no querían servirme, no sé por qué. Le daba un penique por el servicio. Un día asistí a una escena extraña. Normalmente no veía gran cosa. No oía gran cosa tampoco. No me fijaba. En el fondo no estaba allí. En el fondo creo que no he estado nunca en ninguna parte. Pero ese día debí volver. Desde hacía ya algún tiempo me incordiaba un ruido. No buscaba la causa, porque me decía, Va a cesar. Pero como no cesaba no tuve más remedio que buscar la causa. Era un hombre subido al techo de un automóvil, arengando a los transeúntes. Al menos fue así como entendí la cosa. Berreaba tan fuerte que retazos de su discurso llegaban hasta mí. Unión... hermanos... Marx... capital... bifteck... amor. No entendía nada. El coche se había detenido junto a la acera, ante mí, yo veía al orador de espaldas. De repente se volvió y me cuestionó. Mirad ese pingajo, ese desecho. Si no se pone a cuatro patas es porque teme el vergajo. Viejo, piojoso, podrido, al cubo de la basura. Y hay miles como él, peores que él, diez mil, veinte mil—. Una voz, Treinta mil. El orador continuó, Todos los días pasan delante de vosotros y cuando habéis ganado a las carreras soltáis una perra gorda. ¿Os dais cuenta? La voz, No. Claro que no, continuó el orador, eso forma parte del decorado. Un penique, dos peniques—. La voz, Tres peniques. No se os ocurre nunca pensar, continuó el orador, que tenéis enfrente la esclavitud, el embrutecimiento, el asesinato organizado, que consagráis con vuestros dividendos criminales. Mirad este torturado, este pellejo. Me diréis que es culpa suya. Preguntadle a ver si es culpa suya. La voz, Pregúntaselo tú. Entonces se inclinó hacia mí y me apostrofó. Yo había perfeccionado mi tablilla. Consistía ahora en dos trozos unidos por bisagras, lo que me permitía, una vez acabado el trabajo, plegarla y llevarla bajo el brazo, me gustaba hacer chapucillas. Me quité el trapo, me metía en el bolsillo las escasas monedas que había ganado, desaté los cordones de mi tablilla, la plegué y me la puse bajo el brazo. ¡Pero habla, pedazo de inmolado! vociferó el orador. Después me fui, aunque fuera aún de día. Pero en general el rincón era tranquilo, animado sin ser bullicioso, próspero y conveniente. Aquél debía ser un fanático religioso, no encontraba otra explicación. Se había quizá escapado de la jaula. Tenía una cara simpática, un poco coloradota.
No trabajaba todos los días. Apenas tenía gastos. Conseguía incluso ahorrar un poco, para los ultimísimos días. Los días en que no trabajaba me quedaba tumbado en la cochera. Situada al borde del río, en una propiedad particular, o que lo había sido. Esta propiedad, cuya entrada principal daba sobre una calle sombría, estrecha y silenciosa, estaba rodeada por un muro, menos naturalmente por el lado del río, que marcaba su límite septentrional, sobre una longitud de treinta pasos más o menos. De frente, sobre la otra orilla, se extendían aún los muelles, después un apelmazamiento de casas bajas, terrenos baldíos, empalizadas, chimeneas, flechas y torres. Se veía también una especie de campo de maniobras donde soldados jugaban al fútbol, todo el año. Sólo las ventanas —no. La propiedad parecía abandonada. La verja estaba cerrada. La hierba invadía los senderos. Sólo las ventanas del piso bajo tenían persianas. Las demás se iluminaban a veces por la noche, débilmente, unas veces una, otras la otra, tenía esa impresión. Podía ser cualquier reflejo. El día en que adopté la cochera encontré un bote, la quilla al aire. Le di la vuelta, lo rellené con piedras y pedazos de madera, quité los bancos y me hice la cama. Las ratas se las veían negras para llegar hasta mí, por la inclinación de la quilla. Muchas ganas tenían sin embargo. Fíjate, carne viviente, porque yo era a pesar de todo carne viviente, hacía demasiado tiempo que vivía entre las ratas, en mis alojamientos improvisados, para que tuviera una vulgar fobia. Tenía incluso una especie de simpatía por ellas. Venían con tanta confianza hacia mí, se diría que sin la menor repugnancia. Se hacían el aseo con gestos de gato. Los sapos, sí, por la tarde, inmóviles durante horas, engullen moscas. Se colocan en sitios en donde lo cubierto pasa al descubierto, les gustan los umbrales. Pero se trataba de ratas de aguas, de una delgadez y de una ferocidad excepcionales. Construí pues, con tablas sueltas, una tapadera. Es formidable la de tablas que he podido encontrar en mi vida, cada vez que tenía necesidad de una tabla allí estaba, no había más que agacharse. Me gustaba hacer chapuzas, no, no mucho, así así. Recubrí el bote completamente, hablo ahora otra vez de la tapadera. Lo empujé un poco hacia atrás, entraba en el bote por delante, gateaba hasta la parte de atrás, levantaba los pies y empujaba la tapa hacia delante hasta que me cubría del todo. El empuje se ejercía sobre un travesaño en saliente fijado tras la tapa a este efecto, me gustaban las chapucillas. Pero era preferible entrar en el bote por detrás, sacar la tapa sirviéndome de las dos manos hasta que me cubriera del todo y empujarlo en el mismo sentido cuando quisiera salir. Como apoyo para mis manos coloqué dos grandes clavos, allí donde hacía falta. Estos pequeños trabajos de carpintería, si es posible llamarlos así, ejecutados con instrumentos y materiales improvisados, no me disgustaban. Sabía que acabaría pronto, y representaba la comedia, verdad, la de —cómo llamarla, no lo sé. Me encontraba bien en el bote, debo decirlo. Mi tapadera se ajustaba tan bien que tuve que hacerle un agujero. No hay que cerrar los ojos, dejarlos abiertos en la oscuridad, esa es mi opinión. No hablo del sueño, hablo de lo que se llama me parece estado de vigilia. Por otra parte yo dormía muy poco en aquella época, no tenía ganas, o tenía muchísimas ganas, no lo sé, o tenía miedo, no lo sé. Tumbado de espaldas no veía nada, apenas vagamente, justo por encima de mi cabeza, a través de los minúsculos agujeritos, la claridad gris de la cochera. No ver nada en absoluto, no, es demasiado. Oía solamente los gritos de las gaviotas que revoloteaban muy cerca, alrededor de la boca de los sumideros. En un hervor amarillento, si tengo buena memoria, las inmundicias se vertían al río, los pájaros revoloteaban por encima, chillando de hambre y de cólera. Oía el chapoteo del agua contra el embarcadero, contra la orilla, y el otro ruido, tan diferente, de la ondulación libre, lo oía también. Yo, cuando me desplazaba, era menos barco que onda, por lo que me parecía, y mis parones eran los de los remolinos. Esto puede parecer imposible. La lluvia también, la oía a menudo. A veces una gota, atravesando el techo de la cochera, venía a explotar sobre mí. Todo abocaba a un ambiente más bien líquido. El viento añadía su voz, no hay que decirlo, o quizá más bien las tan variadas de sus juguetes. ¿Pero qué es todo esto? Zumbidos, alaridos, gemidos y suspiros. Yo hubiera preferido otra cosa, martillazos, pan, pan, pan, asestados en el desierto. Me tiraba pedos, es cosa sabida, pero difícilmente seco, salían con un ruido de bomba, se fundían en el gran jamás. No sé cuánto tiempo me quedé allí. Estaba bien en mi caja, debo decirlo. Me parecía haber adquirido independencia en los últimos años. Que nadie viniera ya, que nadie pudiera ya venir, a preguntarme si marchaba bien y si no necesitaba nada, apenas ya me dolía. Me encontraba bien, claro que sí, perfectamente, y el miedo de encontrarme peor se dejaba apenas sentir. En cuanto a mis necesidades, se habían en alguna medida reducido a mis dimensiones y, bajo el punto de vista cualitativo, tan super-refinadas que toda ayuda resultaba excluida, desde ese ángulo. Saberme existir, por muy débil y falsamente que fuera, por fuera de mí, tenía en otra época la virtud de conmoverme. Se convierte uno en un salvaje, forzosamente. A veces se pregunta uno si estamos en el buen planeta. Incluso las palabras te dejan, con eso está dicho todo. Es el momento quizá en que los vasos dejan de comunicar, ya sabes, los vasos. Se está aquí siempre entre los dos rumores, sin duda es siempre el mismo pedazo, pero cáspita nadie lo diría. Me ocurría a menudo querer correr la tapadera y salir del bote, sin conseguirlo, tan perezoso y débil estaba, y muy en el fondo donde me encontraba. Lo sentía todo cerca, las calles glaciales y tumultuosas, las caras aterradoras, los ruidos que cortan, penetran, desgarran, contusionan. Esperaba entonces que las ganas de cagar, o de mear al menos, me dieran fuerzas. ¡No quería ensuciar mi nido! Lo que me sucedía sin embargo, e incluso cada vez más a menudo. Me bajaba los pantalones arqueándome, me volvía un poco de lado, lo justo para despejar el agujero. Labrarse un reino, en medio de la mierda universal, para después cagarse encima, era muy mío. Eran yo, mis inmundicias, es cosa sabida, pero aún así. Basta, basta, las imágenes, aquí estoy abocado a ver imágenes, yo que nunca las vi, salvo a veces cuando dormía. Creo que no las había visto nunca, en puridad. De pequeñín quizá. Mi mito lo quiere así. Sabía que eran imágenes, puesto que era de noche y estaba solo en mi bote. ¿Qué podía ser aquello si no? Estaba pues en mi bote y me deslizaba sobre las aguas. No tenía que remar, el reflujo me llevaba. Además no veía remos, habían debido llevárselos. Yo tenía una tabla, un trozo de banco quizá, que utilizaba cuando me acercaba demasiado a la orilla o cuando veía acercarse un montón de detritus o una chalupa. Había estrellas en el cielo, grato. No veía el tiempo que hacía, no tenía frío ni calor y todo parecía tranquilo. Las orillas se alejaban cada vez más, lógico, ya no las veía. Raras y débiles luces marcaban la separación creciente. Los hombres dormían, los cuerpos recuperaban fuerzas para los trabajos y alegrías del día siguiente. El bote no se deslizaba ya, saltitos, zarandeado por las olitas de alta mar incipiente. Todo parecía tranquilo y sin embargo la espuma se colaba por la borda. El aire libre me rodeaba ahora por todas partes, no tenía más que el abrigo de la tierra, y poca cosa es, el abrigo de la tierra, en esas condiciones. Veía los faros, hasta un total de cuatro, pertenecientes a un barco-faro. Los conocía bien, de pequeñín ya los conocía. Por la tarde, estaba con mi padre sobre un promontorio, me cogía de la mano. Hubiera deseado que me atrajese hacia sí, en un gesto de amor protector, pero en eso estaba pensando. Me enseñaba igualmente los nombres de las montañas. Pero para acabar con las imágenes, veía también las luces de las boyas, parecían llenarlo todo, rojas y verdes, incluso ante mi extrañeza amarillas. Y en el flanco de la montaña, que ahora desgajada se alzaba tras la ciudad, los incendios pasaban del oro al rojo, del rojo al oro. Yo sabía muy bien lo que era, era la retama que ardía. Yo mismo cuántas veces habría encendido el fuego, con una cerilla, siendo pequeño. Y mucho más tarde, de vuelta a casa, antes de acostarme, miraba desde mi alta ventana el incendio que había prendido. En esta noche pues, plagada de débiles parpadeos, en el mar, en tierra y en el cielo, bogaba a merced de la marea y las corrientes. Noté que mi sombrero estaba atado, por un cordoncillo sin duda, a mi botonadura. Me levanté del banco, en la parte de atrás del bote, y un enérgico campanilleo se hizo oír. Era la cadena que, fijada a la parte de adelante, acababa de enrollarse alrededor de mis caderas. Debí desde el principio practicar un agujero en las tablas del fondo, porque aquí me tenéis de rodillas intentando soltarlo, con la ayuda del cuchillo. El agujero era pequeño y el agua subiría lentamente. Todavía una media hora, en total, salvo imprevistos. Sentado de nuevo en la popa, con las piernas estiradas y la espalda bien apoyada contra el saco relleno de hierba que me servía de cojín, me tragué el calmante. El mar, el cielo, la montaña, las islas, vinieron a aplastarme en un sístole inmenso, después se apartaron hasta los límites del espacio. Pensé débilmente y sin tristeza en el relato que había intentado articular, relato a imagen de mi vida, quiero decir sin el valor de acabar ni la fuerza de continuar.




Tuesday, May 3, 2011

Sandra Milo / La amante de Fellini


Sandra Milo
LA AMANTE DE FELLINI

Sandra Milo, la bella actriz italiana, habla de su papel como Carla en 8 ½, y sobre todo de su pasión por Federico Fellini, su amante por diecisiete años. “Yo quería tanto dormir al menos una noche con él, para despertarme en la mañana, para encontrármelo al lado, para sentir su olor, el olor del sueño, del despertar, el olor del amor”, dice Sandra Milo en este bello retrato de toda la vida, de lo que fue y nunca más será.


La primera vez que vi a Fellini fue en Fregene. Era la una o la una y media de un día de verano. Él estaba en una sillita al lado de Ennio Flaiano leyendo las páginas de un guión. Yo pasé por ahí, y Flaiano, que me conocía, me llamó y me dijo: “Sandra, ven acá, te quiero presentar a Fellini”. Lo primero que me impactó fue esa voz sutil, suave, casi femenina, una voz demasiado pequeña para un hombre tan grande, para un cerebro así de grande. Yo estaba deslumbrada y encantada al mismo tiempo. Ya no sé qué me dijo ni qué le dije yo; se me ha olvidado por completo. Después, pasó el tiempo y lo dejé de ver.
Un día, me llamaron de la productora Rizzoli pues estaban buscando una actriz para el personaje de Carla, la amante de Mastroianni en 8½. Habían hecho un montón de pruebas con todo el mundo, actrices, personas comunes y corrientes, pero Fellini no estaba satisfecho, no encontraba lo que buscaba. Me dicen entonces que él quiere hacerme una prueba. En esa época yo estaba decidida a dejar el cine. Había hecho una película con Roberto Rossellini llamada Vanina Vanini, y los críticos la habían masacrado. Por eso, con gran dolor había decidido que no quería saber nada más al respecto. Entonces dije: “Lo siento, pero ya no hago más cine, estoy fuera del negocio”.


¿Y saben luego que pasó? Estando yo dormida una mañana, de pronto entró a las carreras la muchacha del servicio —una mujer muy chiquita, cuyo pelo parecía como si tuviera una cebolla negra encima de la cabeza— y me dijo casi asfixiada: “¡¡Señora, señora, aquí está Fellini!!”. Me pasó algo de ropa y me sacó de la cama hasta el vestíbulo. En efecto, allí estaban Gianni di Venanzo con su cámara, Piero Gherardi, el diseñador de vestuario, estaba Fellini, por supuesto, los electricistas, los camarógrafos. Yo dije: “¿Pero qué es esto?”, y él contestó: “Nada, que vinimos a hacerte una prueba en la casa”. Entonces, me sentaron y me arreglaron el pelo, me pusieron un sobretodo negro y un ramo de violetas en la cabeza. Después él me dijo: “¿No tienes una guitarra?”, y yo le respondí: “No, pero tengo un gato”. Y él: “Está bien, cógelo”. Entonces traje el gato, que era de peluche y tenía rayas negras y blancas como una cebra. Pero él, serísimo, me dijo: “Bien, póntelo debajo del brazo”. Yo me puse ese gato debajo del brazo, y encendieron las luces. ¡Oh Dios, qué emoción! Si ustedes nunca han actuado no podrían comprenderlo, pero apenas se encendieron las luces sentí que ése era mi mundo, que aquélla era mi familia. Era como si volara. Entonces hice lo que debía hacer el personaje y después que las luces se apagaron, y todo el mundo se fue, me quedé sola y me dije a mí misma: “Pero qué loca, se supone que no harás más cine. No te van a joder de nuevo”. Sin embargo, me llamaron y me dijeron: “Señora, Federico la escogió para el papel de Carla en 8 ½”. “Pero es que no lo puedo hacer”, dije. “¿Cómo que no lo puede hacer? Si quiere hablamos con su agente”. “Lo siento, no tengo agente y no lo quiero hacer”. Y me fui a Ischia, una isla, en invierno, porque no quería hacer la película ni ser tentada.
Entonces mi compañero de esa época fue a buscarme con un collar de diamantes de Bulgari y me dijo: “Deberías hacerla”. No sé si fueron los diamantes, si fue mi amor por el cine o mi amor por Federico, entonces no lo sabía, pero empecé a tener un sentimiento muy fuerte. Volví a Roma. Estaba vestida con el sobretodo negro de la prueba cuando fui a Cinecittà, donde se grababa la escena de la pensión a la cual llega Carla. Allí estaba Marcello Mastroianni, y también Federico. Yo venía con esa facha, un poco avergonzada. Entonces los dos vinieron a mi encuentro y me dijeron: “Bienvenida. Has vuelto a tu familia”. Fue maravilloso.


Sandra Milo con Marcelo Mastroianni
en 8 ½

Es difícil decir estas cosas, pero yo creo que en algunos hombres —tal vez en todos, pero en algunos de manera particular— hay un aspecto mágico, una cosa que no se toca, no se ve, pero que es como un imán que atrae las fuerzas del bien y del mal. Así era Federico. Es como el marinero que baila el tap en 8 ½. El pobrecito en realidad era un retrasado mental, pero Federico lograba a través suyo que pensaras en el puerto, en los viajes, en esas cosas, y todo con un simple baile. Fuera de allí, el personaje no era nada, no sabrías siquiera si lo hubieras notado, pero Federico lo había visto por dentro y había comprendido. Él entraba en tu interior como el viento cuando pasa a través del pasto; te buscaba, te escrutaba. Se daba cuenta de todo. Después se iba, porque su curiosidad, una vez satisfecha, terminaba. Partía detrás de nuevas conquistas, nuevas estrellas, nuevos meteoros.
Aunque conmigo no fue así. Fui su amante por diecisiete años. Yo lo amaba inmensamente, locamente, de una manera totalmente estúpida. No sé como explicarlo. De hecho, él me llamaba “bamboccia”. ¿Qué quiere decir bamboccia? Es un modo cariñoso de decir tonta. Porque yo nunca pude ser ni hablar como una mujer normal, que muestra un poquitico de cerebro. Nunca fui eso. Él me decía: “Despierta, bamboccia”. Como él se levantaba antes que yo, me quedaba con un montón de cosas que decirle. Lo amé mucho y él también me amó mucho. No sé si desde el comienzo, porque está claro que al principio le gustaba porque era joven y bella y probablemente porque esa forma de amor intenso lo atraía. De cualquier modo, él no podía comprender el secreto. ¿Dónde nace el amor? ¿En qué parte? ¿Cómo? ¿Dentro de qué se esconde? No lo comprendía, por lo menos entonces no. Acaso era eso lo que lo atraía. No sabría decirlo. Lo amé perdidamente y a él le gustaba. Creo que al comienzo él no me amaba. Era un diletante y esa curiosidad lo hacía buscar y buscar como si en las mujeres pudiera encontrar el secreto del mundo, de la vida, de... ¿quién sabe?

Sandra Milo y Giuletta Masina, esposa de Fellini

Yo lo comparaba algunas veces con Ulises, el gran viajero que busca y busca. Él hacía ese largo viaje a través de las personas y de sus historias y así obtenía conocimientos. Pero no le bastaba con su deseo, con su hambre de conocimiento. Aun así, lo amé. Por supuesto, pasamos por cosas horribles. Fui literalmente echada de su casa. Yo era muy amiga de Giulietta Masina, su mujer. La quería mucho y creo que ella también me quería a mí. Recuerdo que cuando nuestra relación estaba terminando —no discutíamos realmente, pero había tensión—, la situación era como estar subiendo y bajando escaleras. Un día en las estrellas, otro en el sótano. A veces me hacía sentir indispensable, maravillosa, como si me amara sólo a mí, como si yo fuera la única mujer. Pero después se las arreglaba para hacerme sentir nadie, la última de las mujeres, y así...
En esa época lo intuía pero no lo entendí realmente. Ahora estoy completamente segura. Él, todo sumado, era un hombre como los demás. Era un artista excelso, grandísimo, como pocos lo han sido, como Leonardo, como Miguel Ángel, pero había sacrificado al hombre en favor del artista, había puesto al hombre al servicio total del artista. Por lo cual, mientras el artista crecía y crecía y se convertía en un gigante, el hombre se volvía más y más pequeño, como si se lo hubieran comido o lo hubieran vaciado o extraído del artista. A veces yo sentía un gran dolor por eso, porque, sí, yo amaba al artista pero sobre todo amaba al hombre. Aun así duramos mucho tiempo.

Federico Fellini en 1955

Él tenía muchas casas adonde íbamos, albergues, hoteles, moteles, todas esas cosas que hacen las parejas clandestinas y que a mí me parecían maravillosas. Pero en las casas que tenía y a las que yo iba no había nunca una cama. Por ejemplo, en una en la Via Sistina, la alcoba tenía cortinas, tendidos, cubrelecho, pero no había cama. Así que se sentía siempre como una cosa provisoria, para el momento, algo que después se acababa. Yo quería tanto dormir al menos una noche con él, para despertarme en la mañana, para encontrármelo al lado, para sentir su olor, el olor del sueño, del despertar, el olor del amor. Pero a él eso nunca, nunca. Evidentemente, no sentía el mismo deseo.

Sandra Milo con Jean Paul Belmondo en 1960

Mientras tanto la vida continuaba. Yo hice más películas, después me casé, tuve hijos y dejé completamente el cine. Pero continuaba viéndolo. Lo veía siempre. Un día que tenía problemas personales, por primera vez cometí el error de llamarlo y desahogarme con él. Él me dijo: “Ah, yo tengo una buena amiga que lee la mano. Te la mando en seguida”. ¡Ay, Dios, Dios! Para él era irreal que los problemas fueran parte de la vida de una mujer, de un ser humano, cosas como pagar el teléfono, la cuenta del gas, el alquiler. Para él eso era irrelevante o simplemente no existía.
Se enfermó a causa de El viaje de G. Mastorna y lo atendieron en una clínica privada de Roma. En aquel período yo estaba en Grecia, tenía una hija con problemas, era la época del golpe de los coroneles, en fin, tenía muchos problemas. Federico me contó que una tarde estaba en la cama, y de pronto entró un niño con una cámara y le preguntó: “¿Dónde está, dónde está?”. “¿Cómo que dónde está? ¿Quién?”. “Sandra, nosotros sabemos que está aquí”. Me dijo que el niño fue al baño, abrió el armario y miró debajo de la cama. Eso lo divirtió muchísimo y lo hizo sentirse muy cerca de mí.
Poco después de eso regresé a Italia. Seguí teniendo problemas por la niña, luego hubo un período en que me interesó la política y después pasó el tiempo. Nos vimos, volvimos a querernos, yo lo amaba siempre. Naturalmente, el amor se había transformado, incluso se había convertido en una especie de fábula. No era tanto el hombre al que amaba como la imagen del hombre, ¿no? Entonces, un día suena el teléfono y me dice que quiere hacer Amarcord conmigo. Pero yo otra vez me había retirado del cine, me había casado, tenía niños y no quería hacer nada más sino dedicarme a la familia. Él me llama, yo voy a Cinecittà y juntos empezamos a caracterizar el personaje. Él había dibujado a la Gradisca con un vincha negra, con el pelo recogido hacia arriba y luego unos rizos negros que descendían sobre la espalda. Naturalmente, él pretendía que la representara así. Vino un maquillador y me puso una peluca con crespos. Entonces yo le pregunté: “¿Cómo se supone que es la Gradisca?”. “Bueno”, me contestó, “es una mujer... tú sabes... una mujer como la carne, como el vino, como la tierra, una mujer a la que le gusta comer, una mujer que tiene gran conciencia de su estómago”. “¿Y tú crees”, le respondí, “que alguien de ese estilo puede pasar una hora diaria haciéndose los crespos? ¡Las cosas no son así!”. “¿Ah, no?”, me dice, “¿y cómo te la imaginas tú?”. “Yo me la imagino con el pelo corto, negro y ondulado, muy natural en todo caso, porque una mujer que debe proyectar una imagen de vitalidad no puede perder tanto tiempo con esos rizos, haciéndose algo ficticio”. “Está bien”, dijo él, hizo que se llevaran la peluca y fuimos al Estudio 5 de Cinecittà. El Estudio 5, el más grande, era exclusivamente para él; hasta tenía un apartamento en la parte de arriba. Estábamos en invierno y el escenario estaba completamente desierto, excepto en el centro, donde había una cámara y unas cuantas luces. Era una especie de balón, de esfera de luz mágica. Caminé hacia allá, me puse un chal rojo y un collar de chenilla negra en el cuello e hice una pose así (frunce los labios). Él me miraba detrás de la cámara, en un primer plano, y de pronto me dijo: “¿Te parece que falta alguna cosa”. “Sí, creo que sí”. “¿Mi boina?”, me preguntó. “Sí, tu boina”. Entonces, me la puso en la cabeza y así nació el personaje de Gradisca.

Sandra Milo

Finalizada la prueba, nos encontramos al final de las escaleras de su apartamento y él me abrazó. Recuerdo que Federico estaba contra las escaleras y yo contra la puerta; detrás tenía el sol poniente. Me abrazó estrechamente y me dijo: “Dios, tengo la sensación de que no te veré más, que ha terminado, que...”. Recuerdo que me reí y le dije: “¿Por qué? si haremos la película, estaremos juntos otra vez”. Finalmente no pude hacer la película porque mi marido no quería —un marido italiano celoso—, por los niños y por otras cosas. Traté de decírselo a Federico pero no pude. Victoria Mancini, que era la mujer del Ministro de Obras Públicas, Giacomo Mancini, le dijo: “Mira, Sandra no tiene opción. Yo hablé con su marido y él no quiere que haga la película y, sobre todo, no quiere que te vea a ti. Ella tiene miedo de perder a sus hijos y por eso no hará la película”. Esto fue un domingo en la tarde. El lunes siguiente filmó todo el día, y después se enfermó. Estuvo veinte días en cama. Previamente me había mandado cien rosas grandísimas, con una carta bellísima, una carta melancólica, quebrantadora, llena de amor y nostalgia... Sí, todavía la conservo (¡las rosas no!).
Después, Franco Cristaldi, el productor del film, telefoneó a Magali Noël, que vivía en Suiza, y le dijo que fuera a Roma pues querían hacerle una prueba. La llevó a la producción, la vistió como Gradisca y se la mandó a Fellini. Federico la vio y le dijo: “Mira, Magali, tienes que tratar de imitar a Sandra lo más posible. Mírala bien”. Magali, que siempre ha sido una muchacha inteligentísima, me miró de pies a cabeza. Recuerdo que empezó a imitarme de manera muy precisa, copiando incluso los gestos de mi rostro. Después, ¿qué hizo Federico? Ella tiene una nariz muy hermosa, sutil, no como la mía que es ancha y alargada. Pues cogió unos algodones, se los metió en la nariz para agrandársela y que le quedara parecida a la mía. Al rato, caminando como camino yo, parecida a una pata, se presentó ante Federico y él le dio el papel en Amarcord.


Un día nos vimos y me dijo: “¿Sabes?, estoy escribiendo una historia, un personaje bellísimo para ti. Es algo que quiero hacer, contar la historia de una mujer extraordinaria”. “Ah, qué bueno”, le dije, “mira que esta vez sí haré la película, haré lo que sea para hacerla...”. Y así pasó el tiempo. Una noche nos vimos y llega con un guión. Extraño, porque yo nunca le había visto un guión, hice dos películas con él y nunca le vi un guión. Lo abrió y me dijo: “De verdad hice lo que pude por escribir la historia de una mujer extraordinaria, pero no pude. En realidad, me salieron muchas mujeres, pero son fragmentos de personajes femeninos. Si quieres, los puedes hacer todos”. Y me da el guión.
Me ofendí horrible, horrible. Después de tantos años conmigo y resulta que no sabía cómo era una mujer. Una mujer de verdad y carnosa, una mujer con sangre, sentimientos, con cerebro, con pensamientos, con deseos. ¿Creía que podía decirme que había escrito aquellos fragmentos, que me los daba y que podía escoger qué partes actuar? Cogí el guión, se lo tiré en la cara y le dije: “Yo no soy el fragmento de nadie”. Peleamos y no quise hacer la película. Me llamó varias veces pero no quise verlo por mucho tiempo. Más tarde hicimos las paces y entonces sucedió algo extraordinario, porque por primera vez desde que nos conocíamos —sí, me había dicho te amo, tesoro mío, todos esas cosas que se dicen—, pero por primera vez me dijo: “Sabes, por fin he comprendido que la única mujer que verdaderamente he amado en la vida eres tú, tú eres mi mujer, la compañera”. No podía creerlo porque en el intermedio habían pasado diecisiete años y ahora él me decía: “Quiero vivir contigo, pasar el resto de la vida contigo, quiero hablar de las cosas cotidianas, de las cosas pequeñas, pensar en tus hijos. Nos iremos a Estados Unidos. (Él nunca quiso vivir en Estados Unidos, iba, viajaba, pero jamás quiso establecerse allá, y mucho menos trabajar). Me pondré a estudiar, después haré de ti una actriz maravillosa, escribiré cosas para ti y estaremos juntos siempre...”.
No sé si es que las mujeres somos extrañas, pero ignoro qué cosa me ocurrió en ese momento. Debería haber estado feliz, decir ¡sí!, y partir, hacer las maletas, o incluso sin maletas irme con él. Pero no sé si la petición había llegado demasiado tarde o si no me sentía capaz de afrontar la vida con un hombre que, hasta para mí, había sido un amor como un sueño, un amante ideal con el cual tenía peleas, pequeñas discusiones, pero que no eran los problemas de la vida, los fastidios cotidianos. No sé, tal vez no supe afrontar una nueva cosa con él. Le dije que no podía, que ahora tenía una vida organizada, con mis tres hijos, con mi trabajo... incluso con él pero no como una relación concreta sino... —¿de qué manera decirlo?— abstracta. Él insistió mucho. Yo creo —lo he pensado con los años—, porque después no nos vimos por mucho tiempo (no podía verlo), que él había llegado a un punto en su vida en que había agotado todos sus recuerdos, toda su memoria, que había cerrado el círculo y que necesitaba un gran cambio de dirección, comenzar de cero una nueva vida, contar nuevas cosas. Y que, en el fondo, para dar ese salto necesitaba de mí, una persona que lo conocía y lo amaba.
Hoy tengo remordimientos de no haberlo hecho, de no haberlo escuchado lo suficiente, de no haberlo ayudado. Sé que habría podido hacerlo y que él habría experimentado un gran cambio. Ésa fue, al fin y al cabo, la primera vez que el hombre prevalecía sobre el artista. Creo incluso que le habría dado un vuelco a su trabajo de artista.
Ésta es mi historia con Federico Fellini. Todavía lo quiero muchísimo. Si voy a Fregene me parece verlo entre los árboles. A veces me llama, se ríe y después gorjea como si fuera un pájaro y yo también pudiera estar entre los árboles. Sé que está allí, que se divierte y que finalmente está contento y que... Pero eso ya no lo cuento. Esa parte, un poco misteriosa, un poco secreta, sólo me pertenece a mí.


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Monday, May 2, 2011

Fellini / Bianchina

Escultura de Dominique Regnier
Federico Fellini
BIANCHINA

A las cinco, bajo el Arco de Augusto… con esas palabras di mi primera cita de amor. Yo tenía quince años. Ella doce. Yo era negro, fantásticamente flaco, inmenso. Ella era rosada, minúscula, fresca. Se llamaba Bianchina. La amaba porque se daba aires de hada…
Durante mucho tiempo, sólo vi a Bianchina a través de las ventanas del salón donde se reunía su familia, en la planta baja de una vieja casa del centro de Rímini. Y aun la confundía con una u otra de sus seis hermanas. Amar sin saber exactamente a quién, es una experiencia que pone a prueba a un muchacho de quince años. Más tarde, la vida nos enseña que el amor es siempre revelado a seres que no existen…
Una tarde, junté todo mi coraje y escribí en uno de los vidrios de la ventana –al revés para facilitar la lectura– este mensaje perentorio: “A las cinco, bajo el Arco de Augusto”.
Después, a las cinco, con un ramo de flores en la mano me fui a esperar. Bajo el Arco de Augusto. Me preguntaba con angustia –ya mezclada a una curiosidad sospechosa–, cuál de las seis hermanas vendría a la cita. Todas se parecían como para equivocarse. Pero sólo una de ellas tenía el privilegio de perturbarme el corazón. Fenómeno curioso, por otra parte. Casi químico, diría. Pero que, no viendo sino confusamente a mi bienamada a través de los vidrios, a menudo disimulados con cortinas de tul, mis sienes empezaban a latir no sólo cuando la veía, sino también cuando “adivinaba” su presencia… ¡Era un poco como si me hubiera enamorado de un ectoplasma!
Fue Bianchina, quien vino a la cita. Supe más tarde que fue la única, entre sus hermanas, que había visto el mensaje garabateado en los vidrios de la ventana.
Por Bianchina, tuve acceso sin tardar a ese paraíso que todo hombre merece al menos una vez en su vida. De inmediato conocí el insomnio. Ese insomnio del que se quejan los enfermos, los viejos y los olvidados. Horas maravillosas de la noche robadas al sueño, ese sepulturero aprovechador de claros de luna. Por Bianchina descubrí montones de cosas. Los beneficios de la impaciencia. La largura de los minutos. El perfume de una cabellera de niña tendida sobre la hierba en las horas del crepúsculo. El efecto milagroso de un nombre repetido al infinito. Bianchina, Bianchina, Bianchina… Las largas conversaciones tranquilizadoras con alguien que ya no está allí…
Yo arrastraba a Bianchina, en horas de clase, a la campiña de los alrededores. Lo más lejos posible del mar, convertido para siempre en el reino tenebroso de la Mujer-Monstruo. Le tomaba la mano para ayudarla a correr sin caerse por los senderos inventados por las cabras. Sentía su pulso latir contra mi palma, que se ponía toda húmeda. Era el metrónomo de mi amor, gracias al cual yo componía sinfonías mozartianas imposibles de silbar.
A Bianchina le gustaban los cuentos con locura. Descubrí con éxtasis que la vida es más real cuando se la cuenta que cuando se la sufre. Entonces yo contaba, contaba… Bianchina me escuchaba, asombrada. Terminada mi historia, tenía que recomenzarla. Sin cambiar ni la más mínima palabra. Y al asombro de Bianchina seguía siendo el mismo. Comprendí, oscuramente todavía, que el amor que se siente hacia una mujer está en proporción directa con la cualidad de su asombro hacia nosotros. Si la admiración mata al amor, porque viene del entendimiento, el asombro lo exacerba porque viene del alma.
Un día decidimos huir. Yo iba a trabajar para Bianchina, lejos de Rímini, en alguna ciudad extraña donde podríamos tener la edad necesaria para legalizar nuestra unión ante Dios y ante los hombres. Sin razón precisa, optamos por Bolonia. Tanto dicho, tanto hecho. La esperé una mañana muy cerca de la estación, con un paquete de sandwiches debajo del brazo. Tomamos el tren. Era nuestro primer trayecto, en ferrocarril. Estábamos temblorosos, enfermos de excitación.
¡Nunca más los paisajes de mi región brillaron ante mis ojos con tan deslumbrantes colores! Durante el trayecto discutimos muy seriamente sobre el porvenir. Bianchina quería tener muchos hijos. Y un conejo. En cuanto a los chicos yo estaba de acuerdo. El conejo me entusiasmaba menos que la idea de tener un hermoso gato de ojos enigmáticos, que yo llevaría acurrucado en mi hombro. Pero a Bianchina no le gustaban los gatos, porque no comen ensalada. Quería también que yo me convirtiera en alguien muy importante, si fuera posible con un casco en la cabeza. Por un instante me vi en las calles de Bolonia, en uniforme de bombero, un gato bajo el brazo, el paso heroico. Comimos los sándwiches y bebimos del pico de una botella de naranjada, que nos ofreció una dama enternecida por nuestra edad y nuestros cuchicheos. Probablemente ella había decidido que éramos hermano y hermana. Luego el tren penetró en la estación. Y nos encontramos en Ravena. Muy lejos de Bolonia. Sobre los andenes de la estación, constatamos con inquietud que en Ravena no conocíamos alma viviente. Lo mismo hubiera sucedido en Bolonia. Pero hete aquí que estábamos en Ravena. Entonces Bianchina estalló en lágrimas. La sospeché de inmediato un tanto ilógica. Dado que no tenía en el bolsillo nada más que quince liras, Ravena o Bolonia daban lo mismo, le expliqué. Bianchina me miró con horror. Al saber que yo estaba desprovisto de recursos serios, se dejó atrapar por sonoros sollozos. Era evidente que ya no le inspiraba ni la menor confianza. Mujer al fin, la ausencia de riqueza la desconcertaba. Retomamos pues el tren a Rímini, adonde llegamos hacia el fin de la tarde. Mi madre tejía apaciblemente en el comedor, bajo la blanca claridad de la lámpara familiar. Posó sobre mí una mirada vagamente irritada y dijo “¡Federico, estás todo colorado! ¿Cuántas veces quieres que te pida que no vuelvas de la escuela a galope?”
Nadie, ni en mi casa, ni en la de Bianchina, se había dado cuenta de nuestra desaparición. Eso me ofendió profundamente. La felicidad de un viaje se mide en la violencia del retorno. Era, al menos lo que yo creía entonces. Hoy sé que si siempre se vuelve, es porque la tierra es redonda…



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Sunday, May 1, 2011

Polanski / The Ghost Writer



Roman Polanski
THE GHOST WRITER
Por Pablo Soriano

Roman Polanski es un maestro urdiendo intrigas. En su última película, sitúa a sus personajes en un escenario político.
Ewan McGregor es el escritor, “the ghost writer”, un escritor en la sombra o como le dice a Adam Lang: “Soy su negro”. Lang, ex Primer Ministro británico, interpretado por Pierce Brosnan, necesita que su nuevo “negro” —nunca llegará a pronunciarse su nombre— termine sus memorias. El manuscrito está bastante avanzado, pero su autor ha muerto ahogado en extrañas circunstancias. No está claro si fue un accidente o un suicidio. Lang parece sinceramente afectado.

Ewan McGregor

El director francés de origen polaco adapta la novela El poder en la sombra, de Robert Harris. Polanski utiliza ciertos elementos del relato original,  dirigidos a producir inquietud desde la primera secuencia. Un coche abandonado, un ferri, es suficiente para situarnos en una atmósfera de intriga. La cuidada banda sonora —a cargo de Alexandre Desplat— se funde con la acción, consiguiendo crear el clima necesario en cada momento.
El protagonista experimenta un salto en su carrera al pasar un mes trabajando con Lang y acceder al manuscrito de su predecesor. El escenario escogido para la realización del trabajo encaja a la perfección con las expectativas generadas al principio. Un cielo siempre nublado envuelve de luz plomiza una isla poco habitada de la costa Este de EEUU. El único acceso es el ferri donde murió el primer escritor. El viento y la lluvia refuerzan la sensación de angustia que estrangula a los personajes. La casa, fría, impersonal, parece formar parte del inhóspito paisaje que penetra en las estancias por los grandes ventanales. La esposa de Lang confiesa que a veces tiene la sensación de estar confinada en Santa Elena.


Olivia Williams

En seguida comienzan los problemas. Unas filtraciones destapan la implicación de Lang en una serie de secuestros cometidos por la CIA. Presuntos terroristas han sufrido torturas en cárceles clandestinas. Según el gobierno de EEUU, “técnicas mejoradas de interrogatorio”, entre las que se encuentra el waterboarding, donde se simula la asfixia por ahogamiento. La Corte Penal Internacional reclama a Lang para que testifique. El abogado de Lang le recomienda que no abandone EEUU. Es uno de los pocos países que no reconoce la jurisdicción de la Corte Penal Internacional, junto con Irak, China, Corea del Norte o Israel. Lang no tiene otra opción si no quiere que le juzguen por crímenes de guerra.
Las similitudes con Tony Blair son evidentes pero quien espere un biopic del líder laborista quedará defraudado. El propósito de Polanski no es profundizar en la historia reciente. La denuncia social es solo el telón de fondo para tejer la trama de investigación llevada a cabo por el escritor contratado para finalizar las memorias. El thriller político es el medio para desarrollar el carácter los personajes, crear un clima inquietante  y poner a prueba la credulidad del espectador. Es el inconfundible estilo de Polanski, cultivado desde hace décadas.

Olivia Williams y Kim Cattrall

El escritor mantendrá una estrecha relación con las dos mujeres más importantes en la vida de Lang: Ruth Lang, la esposa, interpretada por Olivia Williams (Sexto sentido, An education) y Amelia Bly, la ayudante personal, Kim Cattrall (Sexo en Nueva York). Dos personajes dominantes y arrolladores que confundirán al protagonista en medio de un juego de apariencias.  Su papel en la conspiración no se sabrá hasta el final.
La acción se centra en la lucha del escritor por saber la verdad. La historia acontece en pocos días, las secuencias se encadenan con fluidez, sin grandes saltos temporales. La colaboración incomoda con Lang se tornará en confrontación cuando descubra que miente sobre su pasado. La tensión alcanza  su punto más álgido cuando el protagonista huye del ferri presa del pánico. Sus perseguidores salen poco tiempo en pantalla y siempre en plano general. Está forma de distanciar el peligro no repercute en el ritmo e incrementa el suspense al convertir una acción típica en una situación ambigua. El espectador no está completamente seguro si lo que experimenta el escritor está fundamentado o no. La cámara sigue la huida de McGregor transmitiendo una sensación subjetiva, a la vez que muestra los espacios de forma natural.

Eli Wallach


Merece la pena destacar dos escenas, que articulan una reflexión escalofriante por medio de la hilaridad. En la primera, el escritor busca refugio en el porche de una casa huyendo de una fuerte lluvia. El propietario, un anciano,  sale a su encuentro. Es Eli Wallach, uno de los secundarios de oro de Hollywood. Ha participado en clásicos como Lord Jim, Vidas rebeldes o Los siete magníficos. Su aparición no es casual, pues su rostro envejecido nos recuerda la función autorreferencial del cine. Esto da pie a que su intervención actúe como un guiño a la obra de Polanski. Eli advierte a McGregor que la mujer que presenció el supuesto asesinato de su predecesor no le va a contar nada, pues está en coma desde que sufrió un accidente. Las pausas dramáticas nos transportan a un relato de terror. La inflexión lúgubre al pronunciar la palabra “coma” hace que recordemos los procedimientos de los brujos en la Semilla del Diablo. El mal está encarnado en el control de la información, los políticos son solo la fachada.

Pierce Brosnan

En la segunda escena, hay un plano que no forma parte de la progresión de la historia, pero que ilustra un concepto abstracto sin necesidad de dialogo. El escritor observa por la ventana cómo el jardinero se harta de trabajar contra el viento al barrer el suelo de la entrada. La lucha del protagonista es bien parecida. Su búsqueda de la verdad entra en conflicto con fuerzas invisibles que le pueden borrar de un plumazo. En la era de la información, los poderes fácticos están más expuestos a la luz, pero continúan siendo inaccesibles. Sería fácil ligar la trama de The Ghost Writer con el incierto destino de Julian Assange. Necesitamos perspectiva histórica para determinar el alcance de WikiLeaks, un hito del periodismo de investigación para algunos y simple chismorreo para otros. No necesitamos esa perspectiva para saber que los Estados sigue empleando la manipulación, el secretismo y a veces el crimen para gobernar el mundo. Polanski sólo abre una puerta para recordarnos lo que ya sospechábamos, pero lo hace con la mano de un maestro del cine, que ha experimentado en su propia carne las sucias maniobras de los políticos. La vida de Polanski se ha complicado, pero conserva su inspiración para producir terror y piedad, los dos elementos esenciales de la tragedia griega. The Ghost Writer confirma que Polanski es uno de los grandes. No quedan muchos. Hollywood ya no funciona como una fábrica de sueños. Se conforma con recaudar dinero.


FICHA TÉCNICA
Título original: The Ghost Writer
Dirección: Roman Polanski
Paises: Francia, Alemania, Reino Unido
Año: 2010
Duración: 120 min
Género: Thriller político
Interpretación: Ewan McGregor, Pierce Brosnan, Olivia Williams, Kim Cattrall, Eli Wallach, James Belushi, Jon Bernthal, Tom Wilkinson.
Guión: Roman Polanski, Robert Harris.
Productora: France 2 cinéma, France Télévisions, Canal+, CinéCinéma.
Música: Alexandre Desplat
Fotografía: Pawel Edelman

Pablo Soriano
Into the wild union, 9 de enero de 2011