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Monday, December 5, 2011

Tony Scott / Un mundo sin fin

Tony Scott
FICCIÓN

Otoño en la Edad Media

Visita con Ken Follett al rodaje, en la campiña húngara, de 'Un mundo sin fin'

No todos los días pones los pies en la Edad Media. ¡Lo que hubieran dado Duby, Le Goff o Huitzinga por vivir la experiencia! El suelo es de tierra y losas de piedra y está sembrado de hierbajos y desechos de mercado. Estamos en la plaza de Kingsbridge, flanqueada de casas y en dos de sus extremos por la indispensable catedral y el priorato. El medioevo, no crean, es incómodo, sucio y hace frío. Además te sientes algo inquieto. En cualquier momento se desata la peste negra, irrumpe un tropel de jinetes con las espadas desenvainadas, te ponen en la picota o te ahorcan por bruja. Y cuando no se te derrumba la catedral, se te hunde el puente. Hace un rato ha pasado un soldado con la librea del conde de Shiring que mostraba la tez lívida y unas heridas espantosas: tendría que estar muerto pero iba animado hacia la cantina. Aún más raro ha sido ver a esa chica resabidilla, Caris (Charlotte Riley), con un anorak de North Face sobre la túnica y hablando por el móvil. Me inclino para recoger un objeto que no debería estar aquí, una colilla de cigarrillo, y entonces veo, junto a la herrería, a un hombre maduro de pelo blanco que luce una sonrisa satisfecha. "Existía en mi cabeza ¡y lo han construido!", exclama. Es Ken Follett: el responsable de todo esto.

El novelista escribirá una tercera parte de 'Los pilares de la tierra'
Esto es el monumental set de rodaje de Un mundo sin fin, la serie televisiva de ocho horas basada en el best seller del mismo título, continuación deLos pilares de la tierra. Es una producción carísima -33,5 millones de euros-, en la que participan Tony y Ridley Scott, y con un reparto de lujo lleno de caras conocidas, incluida una de las chicas de Sexo en Nueva York, Cynthia Nixon (en el Medioevo, Petronilla), lo que no deja de ser algo desconcertante, pese a que en la Edad Media de Follet, con perdón, hay mucho sexo. Un mundo sin fin se rueda en los estudios Korda en Etyek -también se filma aquíLos Borgia, lo que lleva a que coincidas con algún guardia suizo (!) en los lavabos-, a veinte minutos de Budapest. El rodaje empezó en julio, está previsto que finalice el 15 de diciembre y la serie, que según los productores es muy respetuosa con la novela, se estrenará en verano. Se emitirá en España (Cuatro) en septiembre.
Para la ocasión se ha construido en medio de un prado en la campiña húngara una asombrosa réplica de la literaria ciudad de Kingsbridge, centro de las diversas tramas tanto en Los pilares de la tierra como enUn mundo sin fin, que transcurre dos siglos más tarde en la misma localidad. La ciudad, que ocupa una hectárea, es más pequeña que en las novelas, algunas casas solo tienen fachada y la falsa piedra del claustro se desmonta si la rascas, pero la atmósfera resulta impresionante. En el vecino río se han construido dos puentes, el de madera y el de piedra. En una pausa del rodaje, el cineasta Michael Caton-Jones (el director de la serie y que dirigió antes Rob Roy), explica que para el ambiente general -de la iluminación al vestuario- se han inspirado en los prerrafaelistas, lo que, dice, otorga una textura muy romántica a ese medioevo de oscurantismo, sangre y miseria característico de Ken Follet. Sorprende el cineasta al decir que no ha leído el libro. "Mi trabajo es hacer el filme", zanja.
Para el actor Rupert Evans, que encarna al monje Godwin, lo peor ha sido la tonsura. "No puedo dar la espalda a las chicas", bromea. Su personaje, opina, es una especie de fundamentalista, "un joven Hitler". Al peor tipo de la historia, el belicoso Ralph, lo interpreta Olivier Jackson-Cohen. "Empecé el rodaje con una violación y luego no he parado de cometer desmanes", explica. El conde Roland es Peter Firth. "Te pones ropa medieval, te dan una espada y un caballo y ya estás en el papel. Esto no es hacer Shakespeare, sino Ken Follet". Tom Weston-Jones es el constructor e inventor Merthin, el gran protagonista. Dice que ha descubierto un interés por la ingeniería a partir de su personaje.
Follet, que no ha intervenido como guionista ni como asesor, pero vuelve a hacer un cameo, muestra enorme fair play y dice que si la serie no cambiara cosas de la novela "sería muy aburrida". Del hecho de que algunos de los protagonistas tengan ideas y actitudes que parecen demasiado modernas, de la arquitectura al sexo, señala que no cree que psicológicamente la gente medieval fuera muy diferente de nosotros, solo algo más sucia.
Ken Follett reveló que proyecta escribir una tercera novela sobre la Edad Media, otra continuación de Los pilares, cuando acabe la trilogía iniciada con La caída de los gigantes. Así que será posible el regreso a Kingsbridge.




Tuesday, May 3, 2011

Sandra Milo / La amante de Fellini


Sandra Milo
LA AMANTE DE FELLINI

Sandra Milo, la bella actriz italiana, habla de su papel como Carla en 8 ½, y sobre todo de su pasión por Federico Fellini, su amante por diecisiete años. “Yo quería tanto dormir al menos una noche con él, para despertarme en la mañana, para encontrármelo al lado, para sentir su olor, el olor del sueño, del despertar, el olor del amor”, dice Sandra Milo en este bello retrato de toda la vida, de lo que fue y nunca más será.


La primera vez que vi a Fellini fue en Fregene. Era la una o la una y media de un día de verano. Él estaba en una sillita al lado de Ennio Flaiano leyendo las páginas de un guión. Yo pasé por ahí, y Flaiano, que me conocía, me llamó y me dijo: “Sandra, ven acá, te quiero presentar a Fellini”. Lo primero que me impactó fue esa voz sutil, suave, casi femenina, una voz demasiado pequeña para un hombre tan grande, para un cerebro así de grande. Yo estaba deslumbrada y encantada al mismo tiempo. Ya no sé qué me dijo ni qué le dije yo; se me ha olvidado por completo. Después, pasó el tiempo y lo dejé de ver.
Un día, me llamaron de la productora Rizzoli pues estaban buscando una actriz para el personaje de Carla, la amante de Mastroianni en 8½. Habían hecho un montón de pruebas con todo el mundo, actrices, personas comunes y corrientes, pero Fellini no estaba satisfecho, no encontraba lo que buscaba. Me dicen entonces que él quiere hacerme una prueba. En esa época yo estaba decidida a dejar el cine. Había hecho una película con Roberto Rossellini llamada Vanina Vanini, y los críticos la habían masacrado. Por eso, con gran dolor había decidido que no quería saber nada más al respecto. Entonces dije: “Lo siento, pero ya no hago más cine, estoy fuera del negocio”.


¿Y saben luego que pasó? Estando yo dormida una mañana, de pronto entró a las carreras la muchacha del servicio —una mujer muy chiquita, cuyo pelo parecía como si tuviera una cebolla negra encima de la cabeza— y me dijo casi asfixiada: “¡¡Señora, señora, aquí está Fellini!!”. Me pasó algo de ropa y me sacó de la cama hasta el vestíbulo. En efecto, allí estaban Gianni di Venanzo con su cámara, Piero Gherardi, el diseñador de vestuario, estaba Fellini, por supuesto, los electricistas, los camarógrafos. Yo dije: “¿Pero qué es esto?”, y él contestó: “Nada, que vinimos a hacerte una prueba en la casa”. Entonces, me sentaron y me arreglaron el pelo, me pusieron un sobretodo negro y un ramo de violetas en la cabeza. Después él me dijo: “¿No tienes una guitarra?”, y yo le respondí: “No, pero tengo un gato”. Y él: “Está bien, cógelo”. Entonces traje el gato, que era de peluche y tenía rayas negras y blancas como una cebra. Pero él, serísimo, me dijo: “Bien, póntelo debajo del brazo”. Yo me puse ese gato debajo del brazo, y encendieron las luces. ¡Oh Dios, qué emoción! Si ustedes nunca han actuado no podrían comprenderlo, pero apenas se encendieron las luces sentí que ése era mi mundo, que aquélla era mi familia. Era como si volara. Entonces hice lo que debía hacer el personaje y después que las luces se apagaron, y todo el mundo se fue, me quedé sola y me dije a mí misma: “Pero qué loca, se supone que no harás más cine. No te van a joder de nuevo”. Sin embargo, me llamaron y me dijeron: “Señora, Federico la escogió para el papel de Carla en 8 ½”. “Pero es que no lo puedo hacer”, dije. “¿Cómo que no lo puede hacer? Si quiere hablamos con su agente”. “Lo siento, no tengo agente y no lo quiero hacer”. Y me fui a Ischia, una isla, en invierno, porque no quería hacer la película ni ser tentada.
Entonces mi compañero de esa época fue a buscarme con un collar de diamantes de Bulgari y me dijo: “Deberías hacerla”. No sé si fueron los diamantes, si fue mi amor por el cine o mi amor por Federico, entonces no lo sabía, pero empecé a tener un sentimiento muy fuerte. Volví a Roma. Estaba vestida con el sobretodo negro de la prueba cuando fui a Cinecittà, donde se grababa la escena de la pensión a la cual llega Carla. Allí estaba Marcello Mastroianni, y también Federico. Yo venía con esa facha, un poco avergonzada. Entonces los dos vinieron a mi encuentro y me dijeron: “Bienvenida. Has vuelto a tu familia”. Fue maravilloso.


Sandra Milo con Marcelo Mastroianni
en 8 ½

Es difícil decir estas cosas, pero yo creo que en algunos hombres —tal vez en todos, pero en algunos de manera particular— hay un aspecto mágico, una cosa que no se toca, no se ve, pero que es como un imán que atrae las fuerzas del bien y del mal. Así era Federico. Es como el marinero que baila el tap en 8 ½. El pobrecito en realidad era un retrasado mental, pero Federico lograba a través suyo que pensaras en el puerto, en los viajes, en esas cosas, y todo con un simple baile. Fuera de allí, el personaje no era nada, no sabrías siquiera si lo hubieras notado, pero Federico lo había visto por dentro y había comprendido. Él entraba en tu interior como el viento cuando pasa a través del pasto; te buscaba, te escrutaba. Se daba cuenta de todo. Después se iba, porque su curiosidad, una vez satisfecha, terminaba. Partía detrás de nuevas conquistas, nuevas estrellas, nuevos meteoros.
Aunque conmigo no fue así. Fui su amante por diecisiete años. Yo lo amaba inmensamente, locamente, de una manera totalmente estúpida. No sé como explicarlo. De hecho, él me llamaba “bamboccia”. ¿Qué quiere decir bamboccia? Es un modo cariñoso de decir tonta. Porque yo nunca pude ser ni hablar como una mujer normal, que muestra un poquitico de cerebro. Nunca fui eso. Él me decía: “Despierta, bamboccia”. Como él se levantaba antes que yo, me quedaba con un montón de cosas que decirle. Lo amé mucho y él también me amó mucho. No sé si desde el comienzo, porque está claro que al principio le gustaba porque era joven y bella y probablemente porque esa forma de amor intenso lo atraía. De cualquier modo, él no podía comprender el secreto. ¿Dónde nace el amor? ¿En qué parte? ¿Cómo? ¿Dentro de qué se esconde? No lo comprendía, por lo menos entonces no. Acaso era eso lo que lo atraía. No sabría decirlo. Lo amé perdidamente y a él le gustaba. Creo que al comienzo él no me amaba. Era un diletante y esa curiosidad lo hacía buscar y buscar como si en las mujeres pudiera encontrar el secreto del mundo, de la vida, de... ¿quién sabe?

Sandra Milo y Giuletta Masina, esposa de Fellini

Yo lo comparaba algunas veces con Ulises, el gran viajero que busca y busca. Él hacía ese largo viaje a través de las personas y de sus historias y así obtenía conocimientos. Pero no le bastaba con su deseo, con su hambre de conocimiento. Aun así, lo amé. Por supuesto, pasamos por cosas horribles. Fui literalmente echada de su casa. Yo era muy amiga de Giulietta Masina, su mujer. La quería mucho y creo que ella también me quería a mí. Recuerdo que cuando nuestra relación estaba terminando —no discutíamos realmente, pero había tensión—, la situación era como estar subiendo y bajando escaleras. Un día en las estrellas, otro en el sótano. A veces me hacía sentir indispensable, maravillosa, como si me amara sólo a mí, como si yo fuera la única mujer. Pero después se las arreglaba para hacerme sentir nadie, la última de las mujeres, y así...
En esa época lo intuía pero no lo entendí realmente. Ahora estoy completamente segura. Él, todo sumado, era un hombre como los demás. Era un artista excelso, grandísimo, como pocos lo han sido, como Leonardo, como Miguel Ángel, pero había sacrificado al hombre en favor del artista, había puesto al hombre al servicio total del artista. Por lo cual, mientras el artista crecía y crecía y se convertía en un gigante, el hombre se volvía más y más pequeño, como si se lo hubieran comido o lo hubieran vaciado o extraído del artista. A veces yo sentía un gran dolor por eso, porque, sí, yo amaba al artista pero sobre todo amaba al hombre. Aun así duramos mucho tiempo.

Federico Fellini en 1955

Él tenía muchas casas adonde íbamos, albergues, hoteles, moteles, todas esas cosas que hacen las parejas clandestinas y que a mí me parecían maravillosas. Pero en las casas que tenía y a las que yo iba no había nunca una cama. Por ejemplo, en una en la Via Sistina, la alcoba tenía cortinas, tendidos, cubrelecho, pero no había cama. Así que se sentía siempre como una cosa provisoria, para el momento, algo que después se acababa. Yo quería tanto dormir al menos una noche con él, para despertarme en la mañana, para encontrármelo al lado, para sentir su olor, el olor del sueño, del despertar, el olor del amor. Pero a él eso nunca, nunca. Evidentemente, no sentía el mismo deseo.

Sandra Milo con Jean Paul Belmondo en 1960

Mientras tanto la vida continuaba. Yo hice más películas, después me casé, tuve hijos y dejé completamente el cine. Pero continuaba viéndolo. Lo veía siempre. Un día que tenía problemas personales, por primera vez cometí el error de llamarlo y desahogarme con él. Él me dijo: “Ah, yo tengo una buena amiga que lee la mano. Te la mando en seguida”. ¡Ay, Dios, Dios! Para él era irreal que los problemas fueran parte de la vida de una mujer, de un ser humano, cosas como pagar el teléfono, la cuenta del gas, el alquiler. Para él eso era irrelevante o simplemente no existía.
Se enfermó a causa de El viaje de G. Mastorna y lo atendieron en una clínica privada de Roma. En aquel período yo estaba en Grecia, tenía una hija con problemas, era la época del golpe de los coroneles, en fin, tenía muchos problemas. Federico me contó que una tarde estaba en la cama, y de pronto entró un niño con una cámara y le preguntó: “¿Dónde está, dónde está?”. “¿Cómo que dónde está? ¿Quién?”. “Sandra, nosotros sabemos que está aquí”. Me dijo que el niño fue al baño, abrió el armario y miró debajo de la cama. Eso lo divirtió muchísimo y lo hizo sentirse muy cerca de mí.
Poco después de eso regresé a Italia. Seguí teniendo problemas por la niña, luego hubo un período en que me interesó la política y después pasó el tiempo. Nos vimos, volvimos a querernos, yo lo amaba siempre. Naturalmente, el amor se había transformado, incluso se había convertido en una especie de fábula. No era tanto el hombre al que amaba como la imagen del hombre, ¿no? Entonces, un día suena el teléfono y me dice que quiere hacer Amarcord conmigo. Pero yo otra vez me había retirado del cine, me había casado, tenía niños y no quería hacer nada más sino dedicarme a la familia. Él me llama, yo voy a Cinecittà y juntos empezamos a caracterizar el personaje. Él había dibujado a la Gradisca con un vincha negra, con el pelo recogido hacia arriba y luego unos rizos negros que descendían sobre la espalda. Naturalmente, él pretendía que la representara así. Vino un maquillador y me puso una peluca con crespos. Entonces yo le pregunté: “¿Cómo se supone que es la Gradisca?”. “Bueno”, me contestó, “es una mujer... tú sabes... una mujer como la carne, como el vino, como la tierra, una mujer a la que le gusta comer, una mujer que tiene gran conciencia de su estómago”. “¿Y tú crees”, le respondí, “que alguien de ese estilo puede pasar una hora diaria haciéndose los crespos? ¡Las cosas no son así!”. “¿Ah, no?”, me dice, “¿y cómo te la imaginas tú?”. “Yo me la imagino con el pelo corto, negro y ondulado, muy natural en todo caso, porque una mujer que debe proyectar una imagen de vitalidad no puede perder tanto tiempo con esos rizos, haciéndose algo ficticio”. “Está bien”, dijo él, hizo que se llevaran la peluca y fuimos al Estudio 5 de Cinecittà. El Estudio 5, el más grande, era exclusivamente para él; hasta tenía un apartamento en la parte de arriba. Estábamos en invierno y el escenario estaba completamente desierto, excepto en el centro, donde había una cámara y unas cuantas luces. Era una especie de balón, de esfera de luz mágica. Caminé hacia allá, me puse un chal rojo y un collar de chenilla negra en el cuello e hice una pose así (frunce los labios). Él me miraba detrás de la cámara, en un primer plano, y de pronto me dijo: “¿Te parece que falta alguna cosa”. “Sí, creo que sí”. “¿Mi boina?”, me preguntó. “Sí, tu boina”. Entonces, me la puso en la cabeza y así nació el personaje de Gradisca.

Sandra Milo

Finalizada la prueba, nos encontramos al final de las escaleras de su apartamento y él me abrazó. Recuerdo que Federico estaba contra las escaleras y yo contra la puerta; detrás tenía el sol poniente. Me abrazó estrechamente y me dijo: “Dios, tengo la sensación de que no te veré más, que ha terminado, que...”. Recuerdo que me reí y le dije: “¿Por qué? si haremos la película, estaremos juntos otra vez”. Finalmente no pude hacer la película porque mi marido no quería —un marido italiano celoso—, por los niños y por otras cosas. Traté de decírselo a Federico pero no pude. Victoria Mancini, que era la mujer del Ministro de Obras Públicas, Giacomo Mancini, le dijo: “Mira, Sandra no tiene opción. Yo hablé con su marido y él no quiere que haga la película y, sobre todo, no quiere que te vea a ti. Ella tiene miedo de perder a sus hijos y por eso no hará la película”. Esto fue un domingo en la tarde. El lunes siguiente filmó todo el día, y después se enfermó. Estuvo veinte días en cama. Previamente me había mandado cien rosas grandísimas, con una carta bellísima, una carta melancólica, quebrantadora, llena de amor y nostalgia... Sí, todavía la conservo (¡las rosas no!).
Después, Franco Cristaldi, el productor del film, telefoneó a Magali Noël, que vivía en Suiza, y le dijo que fuera a Roma pues querían hacerle una prueba. La llevó a la producción, la vistió como Gradisca y se la mandó a Fellini. Federico la vio y le dijo: “Mira, Magali, tienes que tratar de imitar a Sandra lo más posible. Mírala bien”. Magali, que siempre ha sido una muchacha inteligentísima, me miró de pies a cabeza. Recuerdo que empezó a imitarme de manera muy precisa, copiando incluso los gestos de mi rostro. Después, ¿qué hizo Federico? Ella tiene una nariz muy hermosa, sutil, no como la mía que es ancha y alargada. Pues cogió unos algodones, se los metió en la nariz para agrandársela y que le quedara parecida a la mía. Al rato, caminando como camino yo, parecida a una pata, se presentó ante Federico y él le dio el papel en Amarcord.


Un día nos vimos y me dijo: “¿Sabes?, estoy escribiendo una historia, un personaje bellísimo para ti. Es algo que quiero hacer, contar la historia de una mujer extraordinaria”. “Ah, qué bueno”, le dije, “mira que esta vez sí haré la película, haré lo que sea para hacerla...”. Y así pasó el tiempo. Una noche nos vimos y llega con un guión. Extraño, porque yo nunca le había visto un guión, hice dos películas con él y nunca le vi un guión. Lo abrió y me dijo: “De verdad hice lo que pude por escribir la historia de una mujer extraordinaria, pero no pude. En realidad, me salieron muchas mujeres, pero son fragmentos de personajes femeninos. Si quieres, los puedes hacer todos”. Y me da el guión.
Me ofendí horrible, horrible. Después de tantos años conmigo y resulta que no sabía cómo era una mujer. Una mujer de verdad y carnosa, una mujer con sangre, sentimientos, con cerebro, con pensamientos, con deseos. ¿Creía que podía decirme que había escrito aquellos fragmentos, que me los daba y que podía escoger qué partes actuar? Cogí el guión, se lo tiré en la cara y le dije: “Yo no soy el fragmento de nadie”. Peleamos y no quise hacer la película. Me llamó varias veces pero no quise verlo por mucho tiempo. Más tarde hicimos las paces y entonces sucedió algo extraordinario, porque por primera vez desde que nos conocíamos —sí, me había dicho te amo, tesoro mío, todos esas cosas que se dicen—, pero por primera vez me dijo: “Sabes, por fin he comprendido que la única mujer que verdaderamente he amado en la vida eres tú, tú eres mi mujer, la compañera”. No podía creerlo porque en el intermedio habían pasado diecisiete años y ahora él me decía: “Quiero vivir contigo, pasar el resto de la vida contigo, quiero hablar de las cosas cotidianas, de las cosas pequeñas, pensar en tus hijos. Nos iremos a Estados Unidos. (Él nunca quiso vivir en Estados Unidos, iba, viajaba, pero jamás quiso establecerse allá, y mucho menos trabajar). Me pondré a estudiar, después haré de ti una actriz maravillosa, escribiré cosas para ti y estaremos juntos siempre...”.
No sé si es que las mujeres somos extrañas, pero ignoro qué cosa me ocurrió en ese momento. Debería haber estado feliz, decir ¡sí!, y partir, hacer las maletas, o incluso sin maletas irme con él. Pero no sé si la petición había llegado demasiado tarde o si no me sentía capaz de afrontar la vida con un hombre que, hasta para mí, había sido un amor como un sueño, un amante ideal con el cual tenía peleas, pequeñas discusiones, pero que no eran los problemas de la vida, los fastidios cotidianos. No sé, tal vez no supe afrontar una nueva cosa con él. Le dije que no podía, que ahora tenía una vida organizada, con mis tres hijos, con mi trabajo... incluso con él pero no como una relación concreta sino... —¿de qué manera decirlo?— abstracta. Él insistió mucho. Yo creo —lo he pensado con los años—, porque después no nos vimos por mucho tiempo (no podía verlo), que él había llegado a un punto en su vida en que había agotado todos sus recuerdos, toda su memoria, que había cerrado el círculo y que necesitaba un gran cambio de dirección, comenzar de cero una nueva vida, contar nuevas cosas. Y que, en el fondo, para dar ese salto necesitaba de mí, una persona que lo conocía y lo amaba.
Hoy tengo remordimientos de no haberlo hecho, de no haberlo escuchado lo suficiente, de no haberlo ayudado. Sé que habría podido hacerlo y que él habría experimentado un gran cambio. Ésa fue, al fin y al cabo, la primera vez que el hombre prevalecía sobre el artista. Creo incluso que le habría dado un vuelco a su trabajo de artista.
Ésta es mi historia con Federico Fellini. Todavía lo quiero muchísimo. Si voy a Fregene me parece verlo entre los árboles. A veces me llama, se ríe y después gorjea como si fuera un pájaro y yo también pudiera estar entre los árboles. Sé que está allí, que se divierte y que finalmente está contento y que... Pero eso ya no lo cuento. Esa parte, un poco misteriosa, un poco secreta, sólo me pertenece a mí.


Lea, además



Thursday, January 13, 2011

Anthony Minghela / Tom Ripley

Anthony Minghela
TOM RIPLEY

Anthony Minghela, el director de El paciente inglés, 
presenta una nueva versión de la obra de Patricia Smith.
Minghela ve en Tom Ripley la encarnación de las angustias del siglo XX.

Matt Damon, Jude Law y Gwyneth Paltrow

Cuando Anthony Minghella, oscarizado director británico por El paciente inglés, le dijo a Sidney Pollack que sí llevaría El talento de Mr. Ripley al cine, lo hizo entusiasmado por la idea de desnudar a un personaje amoral, angustiado, capaz de amar, pero más capaz de matar. Y es que este director, que concibe sus obras como productos delicatessen en las que mima cada plano, ha ahondado en los personajes que creara Patricia Highsmith. La nueva versión, protagonizada por Matt Damon, Gwyneth Paltrow y Jude Law, ha conseguido cinco candidaturas a los Oscar de este año.
Entre las estatuillas a las que aspira la película, que se estrena este viernes en España después de pasar por la sección oficial del Festival de Berlín, están la de la dirección artística, el diseño de vestuario y la banda sonora. Jude Law aspira al Oscar como actor secundario, y el propio Minghella, que hoy presenta el filme en Barcelona, como autor del guión adaptado.Este hombre obsesionado con la elegancia -"pueden acusarme de ser elegante, me encantan las cosas que son finas y me gusta que me identifiquen con ellas", dice- y también algo susceptible con sus kilos de más -"esa silla para gordos es en la que me tengo que sentar yo, ¿no?", dice al entrar en la habitación del hotel berlinés donde se desarrolla la entrevista- ha buceado con muchas bombas de oxígeno por la legendaria obra de la Hihgsmith.
"En esta novela está la angustia del hombre del siglo XX. No es sólo la historia de ese personaje criminal al que nunca coge la policía, es un paseo por el infierno de un hombre que muestra todas las frustraciones del presente: querer ser otro, mirarse en los espejos exteriores más que en los interiores, esta cultura de la venta que nos ofrece la gran oportunidad de explorar el miedo que uno se tiene a sí mismo y cambiarse por el de enfrente", reflexiona sonriente este hombre bajito, amable, con perilla de pincho y calva rapadita al cero.

Honrar el libro
"Lo difícil de adaptar una obra que amas es que trabajas con la obsesión de honrar el libro y la película", aclara el cineasta. Pero lo que pocos pueden negar es que Minghella ha sacado conclusiones contundentes sobre los personajes.
Una historia con enjundia en la que Minghella no pretende juzgar al hombre que esta vez lleva la máscara con la cara de Matt Damon. "Una de las cosas que más me cuestan en el proceso de una película es la elección del reparto. Yo me tengo que enamorar de los actores. ¿Y cómo lo haces? Te sientas con ellos, conversas y bebes. A Matt lo elegí porque me subyugó con su inteligencia. Yo tenía claro que no haría la película sin un Ripley que me convenciera mucho, y en Matt vi esa transparencia y esas sombras del personaje".


Jude Law y Matt Damon
Su elección era muy importante porque toda la película se ve a través del mundo de este hombre camaleónico, ambicioso, acomplejado, cruel y encantador. "Esta vez he robado la cámara y he hecho la película con el ojo de Ripley", continúa el director, "con su visión del mundo, con su forma de hacer las cosas, y no quiero que nadie le reeduque, sino que le acompañen en su infierno", dice. Sin embargo, esta opción es difícil de entender por algunos, sobre todo en Estados Unidos, donde la Academia de Hollywood ha escatimado a la película algunas opciones de peso para el Oscar. "El público americano no acepta bien que un criminal se libre de su castigo, y ése es Ripley, lleva el castigo dentro, pero no paga con la cárcel".
El talento de Ripley ha llevado a Minghella otra vez hasta el sol de Italia, como en los días en que rodó El paciente inglés, y le ha dado la oportunidad de llevar al cine un relato turbio y negro sin perder la fidelidad a su estilo luminoso y elegante, una apuesta arriesgada. "Me encanta Italia, mis raíces están en aquel país. Sin embargo, creo que soy más italiano de lo que pienso y menos de lo que me gustaría ser", dice jugando con los galimatías otra vez, como en su película.
Minghella ha puesto sobre la mesa una imagen de Ripley con tendencias homosexuales sinceras y heterosexuales cuando se trata del hombre que quiere ser. "Creo que la homosexualidad está en la superficie de la novela. Quizá no se lea en el libro claramente y yo no lo enfaticé por eso, pero lo veo en la descripción de las miradas, los gestos, que dicen muchas cosas", afirma este director que se había prometido a sí mismo escapar de las adaptaciones literarias, pero que sigue sin poder hacerlo. "De hecho, hay un libro, La montaña de oro, que me ha impresionado tanto que va a hacerme romper mi promesa de no volver a las adaptaciones", cuenta. Se trata de una visión cruel y descorazonadora de la Odisea de Homero trasladada a la guerra de secesión estadounidense que Minghella se ha decidido a trasladar al cine.


'La Cenicienta'
Patricia Highsmith, que dejó escritas cuatro novelas sobre Ripley, no ha sido la única referencia literaria que le ha servido a Minghella. "También he investigado en Los paraísos perdidos, en Macbeth, en La Cenicienta, y en varios libros en los que los personajes pierden la virginidad moral", cuenta.
"Las historias morales me interesan, por algo vivo con las bendiciones y las maldiciones que supone ser un director católico, alguien que cree en el purgatorio y en el karma, lo que le da capacidad de entender el alma de Ripley, de encontrar humanidad en la misma".
Pero también este director de tiempos pausados, amigo de la degustación del cine, de la creación de atmósferas cuidadas, revela sus referentes cinéfilos: "El Fellini de La dolce vita, Visconti, Kurosawa y Kieslowski, otro director también católico preocupado por la moral como gran misterio en su trabajo", se confiesa Minghella.
Alain Delon en A pleno sol
Bajo el oscuro sol
"Me encanta Ripley. Es tan diferente a mí". Matt Damon insiste en desmarcarse de su personaje en El talento de Mr. Ripley: un tipo amoral, un acomplejado social dominado por su deseo de ser otro. Los remordimientos atormentan al Ripley de Damon.
Un asesino muy distinto al que en 1959 interpretó Alain Delon en A pleno sol, la película de René Clement que convirtió al actor francés en icono de una juventud que deseaba reinventarse lejos del peso de una Europa gris y avejentada. Moreno, bello y cínico -y sin tiempo para remordimientos-, su personaje en aquella versión de la novela de Patricia Highsmith carecía de los ambiguos matices que 40 años más tarde le ha dado el californiano Damon.
La homosexualidad no latía en el personaje de Delon, que sin embargo era un Ripley mucho más sexual.
El triángulo que formaron Alain Delon, Marie Laforet y Maurice Ronet causó un fuerte impacto: anunció la peligrosa luz de los sesenta. La estética luminosa de la película, los cuerpos y el sol mediterráneo contrastaban con la oscuridad mental.
"En A pleno sol está la manera europea de ver Europa", dice Minghella. "En mi película está la visión americana, idealizada, sobre Europa. Clement era más contundente, más realista".


Monday, September 20, 2010

Tony Scott / Top Gun



Al aire, patos!

Top Gun, de Tony Scott

El cine de aviación, redimensionado hace ahora unos años por ese notable cine épico que fue Elegidos para la gloria, vuelve ahora a las pantallas con Top gun, que ya ha conseguido un nada despreciable éxito comercial allí.por donde sus aviones han cruzado. Top gun, vaya esto por delante (el aficionado debe andar prevenido), entronca con las cintas clásicas del género (y éstas, básicamente, son las de Howard Hawks, realmente espléndidas) sólo en el tratamiento de la amistad. Lo demás -su concepción plástica, la iconografía del héroe- es irresistiblemente moderno: literalmente irresistible.El título de la pelicula refiere un a supuesta escuela de aviación donde va a parar la crême de la crême de los pilotos estadounidenses, aguerridos jovenzuelos diestros en el manejo de los bólidos aéreos, deseosos de perpetrar las mayores hazañas bélicas. De hecho, los responsables de este filme se han sacado de la manga un enemigo invisible que mora en el océano Índico, huele a comunista por pilotar aviones soviéticos y que habrá de ser, sparring propicio para las escenas finales (supuestamente exaltantes; sólo exaltadas) de Tcp gun. Siguiendo, sin embargo, la tradición del cine de aviación reciente (el que empieza, para situamos, en esa célebre Batafla de Inglaterra), las secuencias del aire, más que otra cosa, ayudan al espectador no avezado en estas lides a la confusión: un montaje frenético y una técnica perfecta para las cabriolas de nuestros chicos disimulan en todo momento el tosco alarde narrativo. Vamos, que el vértigo aéreo te quita la respiración, pero a la hora de poner cruces al avión caído nunca sabes de qué lado ha sido.

Top gun

Director: Tony Scott. Intérpretes: Tom Cruise, Kelly McGiWs, Val Kilmer Anthony Edwards, Toni Skerritt. Guión- Jim Cash y Jack Epps, hijo. Música: Harold Faltermeyer. Estadounidense, 1986. Estreno en Madrid en el cine Bulevar.
Eso, claro está, no es lo peor. El mayor defecto no está en el aire, sino en el suelo llano, pues los hijos épicos de Lindhergh son también dioses de a pie. Nuestro héroe mayor (Tom Cruise, el de Legend, que con gracia pajaril ha saltado de hermano a hermano: de Ridley Scott a Tony Scott), representa las mayores virtudes del nortearnericano contemporáneo, que, una vez despojado de su caballo de batalla (el avión), sigue mostrándose soberbio a lomos de su aerodináinica moto, luciendo con soltura y autoridad unas significativas gafas de sol y conquistando a la más guapa del campamento.
Toda esta amalgama de heroicidades barbilampiñas y bobas ha sido dirigida por Tony Scott, sin el esporádico brillo que su imperfecta pero atractiva ópera prima, El ansia, destilaba. Todo queda en el aire.