Sunday, February 6, 2011

Eduardo García Aguilar / Ultimo tango en París


Eduardo García Aguilar


La escena de la sodomización por Marlon Brando, que la inmortalizó en la película El Ultimo tango en París, podría ser trivial en estos tiempos, 40 años después, pero en su momento tuvo el efecto de una bomba cinematográfica que revolucionaba los años de su precursora Brigitte Bardot. Maria Schneider se había convertido en la encarnación de la desbordada irreverencia de los años 60 y 70, los mismos de la revuelta de mayo del 68, el rock pesado y las latas Campbell de Andy Warhol.


La escena famosa del filme de Bertolucci se desarrollaba en un amplio apartamento cerca al metro Bir Hakeim, no lejos de la Torre Eiffel. Maria Schneider, o su personaje Jeanne, yacía sobre el tapiz, bella en sus 19 años, morena, el pelo ensortijado y un encanto erótico nuevo, lejos de las divas de la pantalla cinematográfica de los tiempos de Ava Gardner, Sophia Loren o Marylin Monroe.

Marlos Brando, a sus 48 años de edad, estaba en el apogeo de su gloria. Todas las mujeres del mundo morían por él, por ese cuerpo musculado de rudo malo volando como bólido en su motocicleta y por sus introspecciones de gran actor shakespeareano. Brando representa en la película el papel de un viudo triste y cínico que comienza a encanecer y teme la vejez ineluctable. Tiene la potencia erótica de un animal declinante y desesperado, de un macho alfa a punto de ser desplazado por la jauría de los nuevos sementales.



Ella, la víctima, está ahí. El personaje Jeanne representa todo lo que una muchacha del post-rock y el post-mayo del 68 puede representar de irreverencia y salto al vacío. Como ella, la nueva camada de nacidos en los 50 se lanza en auto-stop por el mundo y toma todos los alucinógenos y los alcoholes en largas sesiones de conciertos y sexo al aire libre. Como ella, el personaje sabe que el cuerpo se ha liberado como nunca y es intercambiable en el placer de una inmensa orgía mundial y perpetua, en los tiempos de antes del Sida.


El viudo musculado la aprisiona con sus fuertes brazos de bíceps metálicos. Le baja los jeans. Deja ver su bello trasero. La víctima se mueve y se debate ante el ímpetu. El hombre bloquea sus codos con sus manos implacables. Sobre el tapiz aparece la más famosa barra de mantequilla de la historia del cine. Toma un pedazo y lo unta en los pliegues de las nalgas de la bella asustada y procede a penetrarla en una larga escena pornoerótica que enmudeció al mundo entero y movilizó en su contra a papas, obispos, autoridades culturales, civiles y militares. La bella y la bestia. El macho y la virgen moderna, asustada, inerme, sorprendida hasta el hastío.
Ella, nacida ilegítima en 1952, de un padre actor, Daniel Gelin, que nunca la reconoció y de una modelo, se inició en la cinematografía, como todos los nacidos en los Sin Cuenta, al ver a los 15 años la gran película de Antonioni Blow Up, basada en un cuento de Julio Cortázar. Ahí también, bellas jovencitas inglesas retozan frente al fotógrafo en el estudio, insinuando sus cuerpos modernos de Twiggy frente a la cámara devoradora. Fueron las primeras niñas en no llegar a tiempo a casa a rendir cuentas a su padres y por el contrario, están ahí disponibles y eróticas ante el obturador mecánico y humano. Disponibles en su humanidad moderna, libre de prejuicios y anatemas.
Ella, toda alegría natural y belleza en ese rostro abierto al mundo, se había escapado de casa a los 15 años y recalado en París en los perversos medios de la publicidad y el cine. Allí la descubrió su precursora Brigitte Bardot, quien le dio posada y la ayudó en sus primeros pasos a la salida de la filmación de Mujeres (1969). La nena estaba perdida, pero por donde cruzaba, un halo de sensualidad, erotismo, sexo, o lujuria se desprendía e iluminaba el espacio, estremeciendo mujeres y hombres, como estremecía a ese viudo Marlon Brando, encerrado con ella en un apartamento para vivir un coito eterno, infinito, la cópula de toda una generación.


El Ultimo tango en París (1972), contemporánea de las incómodas Portero de noche, donde también surgió Charlotte Rampling, y de la excesiva y grotesca Gran Comilona, de Ferrari, se volvió un filme de culto y con él la muchacha de cabellos ensortijados pasó la gloria inmediata. Después Antonioni, el mismo de Blow Up, la pondría al lado de Jack Nicholson en Profession Reporter, otro de sus grandes papeles de su vida. Luego vendrían Baby Sitter de René Clement, Merry-Go-Round de Rivette, Weisse Reise (1978) de Schroder, Just a gigolo con David Bowie y La Derobade (1979) de Daniel Duval, antes de ser llamada por el malogrado Ciryill Collard, que muere de sida antes de los 40.
Con el peso de la leyenda y la fama implacables, la ilegítima Maria Schneider siguió rebelándose contra el mundo. Inteligente, incisiva, se entregó al alcohol, la cocaína y la heroína y sufrió una larga caída hasta que el cáncer se la llevó a los 58 años. Será enterrada en el Père Lachaise, donde están Jim Morrison, otro de los ídolos de su generación. Y en pleno siglo XXI seguimos viendo a Brandon y a Schneider atados por el sexo para siempre.

Eduardo García Aguilar
Blog literario desde París
4 de febrero de 2011

Friday, February 4, 2011

Eduardo García Aguilar / Adoración de Charlotte Rampling

Charlotte Rampling en El portero de noche,
de Liliana Cavani.
Eduardo García Aguilar
ADORACIÓN DE CHARLOTTE RAMPLING
EN EL TRÓPICO


Ver a la actriz Charlotte Rampling es siempre un placer estético e intelectual en el mejor sentido de la palabra, desde aquellas inolvidables películas Portero de noche y Los Condenados, que la hicieron famosa en los años 70, cuando inició una carrera caracterizada por filmes de gran factura, con guiones excelentes y temas profundos relacionados con la vida, el sexo y el amor en el mundo moderno, en terrenos del sadomasquismo de post-guerra.


En este verano, volver a ver Hacia el sur, la película de Laurent Cantet, filmada en 2005 en República Dominicana y Haití, nos vuelve a mostrar a Charlotte Ramplig, maestra en diálogos feroces que enfrentan la cruel realidad de intereses y precios, como ocurre en la también reciente Swimming Pool y otras obras maestras que ha venido filmando en los últimos años con directores nuevos y complejos.
Su personaje como actriz se acomoda muy bien a lo que ella misma ha sido, una intelectual depresiva que ve con claridad el desastre contemporáneo y que con artes de psicoanalista revela a través de la palabra las más fuertes mentiras y secretos en las que los seres humanos nos empantanamos y con los que terminamos conviviendo hasta la locura.

Helmut Newton, Charlotte Rampling, 1974

En sus varios matrimonios y tras episodios depresivos de los que salió por fortuna, Rampling ha vivido en las alturas y en el fondo y ha renacido ya en la fatídica edad de los cincuenta para volver a los escenarios y brillar con papeles perfectos para una mujer que se enfrenta al fin, al desastre corporal, pero que aún busca con cinismo el placer a toda costa e incluso llega a tener relaciones con un gorila.
En Hacia el sur varias mujeres de ese estrato de edad, académicas o divorciadas acomodadas, van con frecuencia a una playa haitiana donde conviven en vacaciones con muchachos negros de cuerpos de ébano que como dioses musculados nadan junto a ellas en la piscina o en el mar o las cabalgan en coitos supertropicales. A cambio de unos billetes, regalos o invitaciones, esos jóvenes se acuestan con esas mujeres, algunas de las cuales descubren allí por primera vez el orgasmo o la felicidad sexual que el frío mundo del norte, en este caso las ciudades canadienses o estadounidenses, les ha negado.


Charlotte, que en la película se llama Ellen, es la mayor de ellas, tiene 55 años y es una profesora en Boston de inteligencia y seguridad desbordantes. Gracias a esa seguridad y al cinismo que la caracterizan, seduce con regalos o dinero a los jóvenes de la playa que viven todos prendados de ellas y les ofrecen sus favores en el paradisiaco balneario, no lejos de la miserable capital dominada por los Tonton Macoutes, el tráfico, la droga, la violencia de bandas y la enfermedad. Llega Brenda, papel desempeñado muy bien por Karen Young, de 45 años, divorciada, y se desencadena la rivalidad entre ambas mujeres por el escultural Legba, actuado por Menothy Cesar.


Brenda lo fotografía desnudo en su lecho y en un juego de igual a igual logran entenderse como amantes sin tener pelos en la lengua para decirse lo que cada uno de ellos siente que es el otro. Brenda, la romántica, ha caído en las redes del aprendiz de bandido, lo cubre de regalos y por un momento siente que lo ama y es amada, aunque tal vez ame sólo en él su mirada de amor hacia ella, antes que la violencia llegue y se lleve al pequeño mafioso, baleado por un arreglo de cuentas en una playa mientras copulaba con una chica local.
Una simple tragedia banal en los países del tercer mundo, donde los hijos de la pobreza sólo tienen derecho a caer como moscas en medio de las balaceras, en territorios donde la vida no vale nada y todo es permitido para obtener un miserable puñado de billetes.
En Hacia el Sur está presente la tragedia, pero también la ciudad, las calles de la miseria, los tugurios, el calor atroz entre los detritus y el abuso de las fuerzas policiacas encarnadas en esos Tonton Macoutes, policía del régimen de Papá Doc, que sembró el terror entre los suyos antes de que llegaran otros apocalipsis.


Luego del levantamiento del cadáver de Legba, que Brenda besa en un último gesto de amor o narcisismo, hay un arreglo de cuentas verbal entre las mujeres. Ellen reprocha a Brenda querer jugar al «viscoso» y ridículo amor, cuando son sólo turistas que van a divertirse y a tirar. Pero al final están de acuerdo: Ellen regresará al altivo Boston de las universidades y Brenda seguirá buscando sexo venal y tardío en todas las islas del Caribe que piensa visitar de ahora en adelante una tras otra. Y queda el mar, el sol, el baile, el pasado y la fugaz presencia de esos cuerpos que sólo son carne para turistas y refugio de las balas asesinas de las mafias.


Eduardo García Aguilar
Blog literario desde París
21 de agosto de 2010



Triunfo Arciniegas / Conversación con Eduardo García Aguilar


Hotel Hilton, Berlín, 2006


¿Qué hace Eduardo en París?
CONVERSACIÓN CON EDUARDO GARCÍA AGUILAR
Por Triunfo Arciniegas

Nos hemos visto dos o tres veces, fugazmente, en ferias de libro, donde uno va de aquí para allá y se saluda de afán con todo el mundo. Siempre he sabido de Eduardo García Aguilar, ya sea por sus libros, por sus amigos colombianos, por su conexión con México, por París. Alguna vez me solicitó un cuento para una antología y le dije que no porque no quería que perdiera su condición de inédito, razón que nunca comentamos pero que sin duda aceptó y entendió. Como no es raro ahora, nos encontramos mucho más en  el ciberespacio. Leo su blog y me fascino con sus textos. Le pido permiso para publicar en el mío su manifiesto de adoración por Charlotte Rampling y su aprecio por Herta Müller, y así empieza la conversadera. Para no preguntarle una cosa hoy y otra mañana, elaboro la lista de mis curiosidades y, a pesar de su otitis y el invierno y los afanes de la vida cotidiana, se apresura a responder.
         
El niño Eduardo
y el mapa del mundo por recorrer
Desde la adolescencia supo que sería escritor. Ganó un concurso de cuento en el colegio y le dieron un libro de cuentos de Hemingway como premio. Tal vez sea la misma edición que atesoro en mi biblioteca en Pamplona desde esos mismos años, pues no solo de Charlotte Rampling y otras bellezas nos alimentamos. Léase Flaubert, Proust, Stendhal, Nabokov. Después de todas esas vueltas que da la vida, Eduardo García Aguilar publica Cuaderno de sueños (El Tucán de Virginia, 1981), una breve colección de cuentos, en México, siempre tan generoso con los extranjeros. Gana entonces el premio de cuento Los otros editores.  Con las novelas Tierra de leones (México, Editorial Leega, 1983), Bulevard de los héroes (México, Plaza y Janes, 1986), ya publicada en inglés con prólogo de Gregory Rabassa, y El viaje triunfal (Bogotá, TM Editores, 1993), también traducida al inglés y, además, al bengalí, conforma la trilogía que lo gradúa de escritor ante el mundo. Existe una cuarta novela, Tequila coxis (México, Colibrí, 2003), un homenaje al Distrito Federal, la amada y monstruosa capital donde vivió quince años.  
            Nació en Manizales, Colombia, y ha vivido en un sitio y otro,  en Bogotá, en Francia, en Estocolmo, en Estados Unidos, en México y otra vez  en Francia, dueño y señor de su estatuto de extranjero. Aunque mantiene la biblioteca repartida en los tres países más cercanos a su corazón de nómada, su vida y sus pasiones en realidad anidan en París, que va y viene en esta conversación. Vamos por el principio.

Berlín, 2006

*¿Qué hace Eduardo en París?

Aquí vivo y he vivido. París es el centro, la matriz, el lugar amniótico donde me siento a salvo. Porque soy extranjero, que es el estatuto que más amo, me diluyo en esa increíble variedad de habitantes de todos los orígenes, de todos los rincones del planeta, de todos los mestizajes, pobres, ricos, miserables. Aquí llegué de 20 años, aquí estudié, aquí aprendí a vivir, a conocer el mundo, a relacionarme con gente de todos los colores y tendencias y aquí he vivido los momentos más felices y los más terribles de mi vida. París está marcada en mi piel. Es mi hábitat animal en el más profundo sentido de la palabra, es mi zoológico personal, mi jaula propia. No porque sea bella y esté llena de historia, sino porque en ella he vivido la mayor parte de mi vida para bien o para mal.

*¿Cuándo llegó a París y por qué? ¿Cómo fue su primer día en París? ¿Qué esperaba y qué encontró? ¿Tenía la intención de quedarse o se fue quedando?

Llegué a París en abril en 1974 porque la Universidad Nacional de Colombia, donde estudiaba sociología, siempre estaba cerrada por huelgas y disturbios y me sentía asfixiado en ese país arcaico, cerrado y cruel. Además quería conocer el mundo. El primer día decidí guardar las maletas en un locker y caminé todo el día solo. A mediodía me bajé del bus Air France en la explanada de Invalides y vi por primera vez el Sena, el Grand Palais con sus cúpulas verdes de hierro, el Louvre, la emblemática Torre Eiffel, imágenes tan familiares de tanto haberlas visitado en los libros. Comenzaba la  primavera. Acababa de morir el presidente Georges Pompidou. Compré Le Monde y Le Nouvel Observateur y empecé a caminar, aunque los amigos franceses que me esperaban estaban preocupados por mi "desaparición", según me dijeron después. Era un grupo de espléndidos maestros trotskistas, encabezados por Madame Raganaud y su madre, una resistente comunista, que desde entonces fueron los mejores amigos, a quienes he visto envejecer y morir como una familia. Esa misma semana me mostraron los tugurios donde vivían hacinados como bestias los árabes que llegaron después de terminar la guerra de Argelia. Ahí descubrí el lado oculto de este país racista y que los negros y los árabes eran humillados y discriminados. Y las terribles heridas que habían dejado en los franceses tantas guerras perdidas.


El viaje triunfal, traducida al inglés
por Jay Miskowiec
y publicada por Aliform en 2009

*Tengo entendido que vivió en Los Ángeles y San Francisco. Qué envidia, carajo. ¿Qué hacía por allá? ¿Qué otras ciudades frecuentó?

Uno de los años más felices de mi vida lo pasé en California, en 1980. Primero en Los Angeles, donde viví con unas amigas en una casa en Loma Drive, cerca de downtown, el San Bonventure Hotel y la vieja bliblioteca municipal. En esta última leí por primera vez en inglés Lolita, de Nabokov. También estuve en un festival de cine en Century City y ahí vi al gran Joseph Losey. Asistíamos a maratones nocturnos de cine, por ejemplo series de películas de gladiadores o de guerras bíblicas y debates con jóvenes y viejos cineastas. De hecho ahí escribí una crónica para la revista Café Literario, que se publicaba entonces en Colombia. En la UCLA asistí a una conferencia de Octavio Paz y tuve una primera visión de la cultura sincrética mexicana, pero lo más importante fue descubrir la soledad de los mexicanos y los chicanos, la miseria de los trabajadores inmigrantes. Había playa y rock and roll, pero esa tristeza de los trabajadores, ese culto al trabajo, los salarios de miseria, el dominio del dios automóvil en las autopistas, me impresionaron. Por eso me fui de ahí a San Francisco, donde primero viví en el Hotel Western de la calle Leavenworth, cerca de Market street, con sus chicanos y low riders. Era un mundo de película, marginal, terrible y maravilloso a la vez. Inmigrantes chinos, camboyanos, filipinos. Droga y miseria en las calles, pero también mucha cultura alternativa. Después viví en una casa en Berkeley, en Virginia Street, con unos estudiantes y con amigos entrañables como Arturo Escobar, Susana Cabrales y Margarita Restrepo, viví una vida de balneario bronceándonos en Lake Anza y montando en bicicleta por la Bay Area, junto al Golden Gate. Berkeley todavía vivía las remanencias del hippismo y en los bares uno podía de repente ver a Carlos Santana o a su hermano haciendo solos de guitarra o grupos punk como Dead Kennedys... Además trabajé para el censo de Estados Unidos todo el año y ahí tuve oportunidad de conocer a mucha gente interesante. Era cerca del puerto, por Van Ness street, junto a esas calles hermosas por donde cruzaban los tranvías. San Francisco es inolvidable, el París del Pacífico. Una ciudad sísmica que fue destruida en 1906, anclada en una arquitectura victoriana y en la modernidad de los rascacielos junto al mar.

*¿Por qué se fue a vivir a México?

Hubo un momento en que a pesar de vivir en ese extraño paraíso que era San Francisco, sentí la necesidad de volver a un país hispánico que no fuera Colombia y donde pudiera escribir y publicar en revistas y periódicos y emprender la escritura de unos libros. Estados Unidos es muy pragmático, todo el mundo habla de dinero, de ahorrar, trabajar, acumular, y ese no era mi objetivo. Tenía hasta dos cuentas de banco, una en California Savings y otra en Bank of America. Entonces de un día para otro compré el boleto barato en el vuelo de Mexicana llamado Tecolote o La Lechuza, avión nocturno donde regresan los inmigrantes, y me fui al Distrito Federal. La primera semana me presenté en Excélsior con don Edmundo Valadés, el amigo de Juan Rulfo y director de la revista El Cuento, y le dije que quería escribir allí. Me pidió dos artículos de muestra. Desde entonces he sido columnista de Excélsior. Don Edmundo Valadés me dio toda la libertad. Hoy, en el Nuevo Excelsior, sigo escribiendo para la página cultural mi columna Café Paris.  En México me abrieron las puertas y publiqué todos mis libros, trabajé en Unomásuno y en el famoso suplemento literario Sábado, donde escribí centenares de artículos y ensayos literarios, que están registrados en el Diccionario de Escritores Mexicanos de la UNAM, participé en muchos congresos y ferias, fui jurado y viví una intensa vida literaria. Pero después de 15 años no quería oficializarme, volverme un escritor oficial, satisfecho de sí mismo, engreído, inflado, tieso como estatua. Quería una nueva aventura en una ciudad hasta donde el más grande genio del mundo es un anónimo en las calles. Y tiene gripe y se deprime.

*¿Por qué volvió a París?

Como viví mis años universitarios en París en una década espléndida de cambios y revoluciones, quería volver a vivirlo ya "grande", adulto, con un trabajo fijo y ver las transformaciones de la ciudad y su gente. Ha sido una experiencia comparativa muy  interesante. De hecho tengo un libro inédito de crónicas sobre París en esta primera década del siglo XXI, que no tiene nada que ver con el París de los años 70. Ahora es otra cosa. Antes los edificios estaban cayéndose y no los habían limpiado desde el siglo XIX. Ahora es un museo, todo lo limpian y lo renuevan cada año, cada esquina, monumento, estatua, gárgola, la pulen día a día. Es un inmenso museo o un escenario para los 60 millones de turistas que vienen cada año. Y además volví porque amo la literatura francesa de todos los tiempos y los libros de ocasión son baratos y hay miles de actividades culturales fascinantes. Frecuento los barrios de extranjeros, negros, paquistaníes, chinos, indios y asisto a sus fiestas multitudinarias como la que se hace en honor del dios elefante Ganesha.

*¿De qué vive?

Trabajo en la Agence France Presse, a donde entré en la oficina de México en 1986. Ahora estoy en la sede, a una cuadra de donde vivió Bolívar en la rue Vivienne en 1804 y 1806 y al lado de donde Stendhal escribió El rojo y el negro, mataron a Jean Jaurès y donde estaban los periódicos históricos del siglo XIX, en ese ambiente periodístico tan bien descrito por Maupassant en Bel Ami o por Balzac en Esplendor y miseria de cortesanas. Aquí a dos cuadras estaba el diario La Aurora, donde Zola escribió el famoso Yo acuso. Para mí ha sido una gran experiencia haber trabajado gran parte de mi vida en esta agencia, que es una de las tres más importantes del mundo al lado de Reuters y AP. Aquí he aprendido y sigo aprendiendo mucho. En este momento estamos todos trabajando con la revolución en los países árabes. Es un trabajo agitado y emocionante, colectivo, que mantiene en circulación el cerebro. El resto es literatura y arte. Caminar y tomar vino con los amigos en las barras de los bistrots. Y deprimirse y sufrir terribles gripes y otitis en invierno.

*Ya sé que es caro vivir en París. ¿Qué tan caro?

París es una ciudad muy cara, especialmente después de la llegada del euro. Para vivir correctamente aquí hay que tener un trabajo estable y cuidarse mucho de no derrochar el dinero en los bares y restaurantes, que son inmensamente costosos. Hay que ser administrador de sí mismo, siempre pendiente de pagos de facturas, impuestos, y requerimientos de todos los tipos. Francia es un país muy burocrático, lleno de papeleos, hay que estar siempre con carpetas a la mano y no descuidarse un instante porque si se olvida uno de enviar un correo, puede entrar en una verdadera dinámica kafkiana. Cada día aumenta la precariedad, hay mucha pobreza oculta y una soledad impresionante, hay miles de indigentes, personas que pierden el empleo o se divorcian o enviudan y entran en una espiral implacable de marginación, pierden todo, el sistema los tritura, los vuelve marginales. A esos cientos de miles que caen en esa espiral los ayudan muchas instituciones caritativas como los Restaurantes del Corazón o Emmaús, que sirven millones de comidas diarias para dar de comer a pobres, ancianos, jóvenes, niños, inmigrantes que medran en todo el país escondidos en sus precarios alojamientos o en la calle y debajo de los puentes, entre el frío y la soledad. Pero hay mercados y lugares donde se consiguen cosas muy baratas y supermercados como Leader price, donde compran los pobres, los desempleados y la clase media a bajos precios.

*Una pregunta obvia, Eduardo: ¿va a cine? ¿A conciertos de rock? ¿A qué otros espectáculos? ¿Algo curioso ha sucedido entonces? ¿Ha conocido a alguien famoso o especial?

Sí hay temporadas en que voy mucho a cine. No a ver novedades de Hollywood, que me interesan poco, sino cine de arte asiático, europeo o latinoamericano. También desde que tenía 20 años voy a los cines de la rue des Ecoles, en el barrio latino, cerca de la Sorbona, que se dedican sólo a los clásicos de la cinematografía. Ciclos de los años 30, 40, 50 y 60. Ciclos de los grandes directores. La esquina del cine Champolion es una delicia. Ahí una noche se me sentó en la butaca de al lado Claude Chabrol durante la proyección de una película de Hitchkock. Siempre hay alguna sorpresa que uno no ha visto hace tiempo o nunca ha visto. En lo que respecta a conciertos de rock, voy poco, pero en cambio voy a jams de jazz en la rue des Lombards, en el bar Baiser Salé, o al Caveau de la Huchette, que existe desde los tiempos de Miles Davis y a escuchar música popular francesa en Pigalle en Les Noctambules. Y voy a conciertos de mitos o leyendas como la gran Juliette Greco, la existencialista, que todavía está viva y bella. Por estos días hay conciertos de viejas rockeras como Mariane Faithfull o Pat Smith, por ejemplo. Pero se necesita mucha plata y mucho tiempo para ir a todo.

Günter Grass con Eduardo García Aguilar
Berlín, 2006


*Todos los grandes van o han pasado por París. ¿A quiénes ha visto? ¿Espió alguna vez a Cortázar, como él mismo hizo con Sartre? ¿Ha hecho los recorridos de La Maga por París? García Márquez en sus tiempos de pobre vio pasar a Hemingway por la otra acera y le dijo: "Adiós, maestro". ¿A quién ha visto en las calles de París?

De famosos, lo increíble es que uno se los cruza por la calle a todos. Por ejemplo, me he encontrado con Catherine Deneuve en alguna barra en la rue Saint Honoré, donde toma un café con su novio, cubierta por gran abrigo de piel. Otra vez me crucé con Dennis Hopper, al lado de una modelo que doblaba su estatura por Palais Royal. En mis tiempos de estudiante vi una vez en Saint Sulpice al mítico Papillon y en un café de Saint Michel vi como nos miraba con lascivia a mí y a mi amiguita de entonces el poeta Louis Aragon, cuando ya anciano y viudo, tras la muerte de Elsa Triolet, tenía el pelo largo y estaba a la deriva desatado en sus años finales. Decían incluso que se había vuelto homosexual. Por supuesto, en 1979 vi babeante a Jean Paul Sartre llevado del brazo por Simone de Beauvoir en el cementerio Père Lachaise, en el entierro de Pierre Goldmann, mientras tocaba congas Azuquita. Y era fácil ir a cursos y ver por ahí a Roland Barthes, Louis Althusser, Jacques Lacan, Michel Foucault, en esos inolvidables años 70. También cuando trabajaba en L’Express en 1975, entregando las prendas a las modelos para las sesiones fotográficas, en la sección Madame Express, vi llegar a Alain Delon joven, en pleno apogeo, ante la histeria de todas las empleadas de esa revista que casi se desmayaban a su paso. También tuve la fortuna de conocer y hablar con Julio Cortázar en Toulouse y perseguirlo y escrutarlo durante tres días, en 1978, cuando sólo salía con la cantante de protesta y novelista colombiana Alba Lucía Angel. Y recientemente estuve en casa de Edgar Morin, que es el lúcido patriarca nacional de la filosofía y el pensamiento en estos momentos en Francia. Me llevó en su carro por Normandía. Me ofreció tequila. Nos tomamos fotos. Me contó su vida y su amistad con Breton. Tiene 87 años y parece de 30. Es un tipo espléndido.
  
Tequila
Paris, 2010

*¿Tiene perro? ¿Tiene gato? ¿Tiene canarios? ¿Tiene pulgas? ¿Con qué animal vive?

Tengo a la adorable gata que se llama Tequila y la amo. Creo que el es el animal perfecto para convivir con escritores y poetas. Es una delicia cuando se sientan a tu lado mientras lees o escribes. Su mirada, su calma eterna de esfinges. No hay nada como un gato. Son curativos y nos hacen sabios y serenos.

*¿Qué hace un domingo en París?

Los domingos, cuando no trabajo, porque la France Presse nunca para, mi mayor placer en la mañana es ir a un típico mercado sobre ruedas donde hay productos y cosas traídas de todas las regiones del campo. La gente se agita para comprar quesos, productos marinos, verduras, carnes, platillos y objetos domésticos, flores, especias, pan y ropa barata de muy buena calidad. Es el campo que se desborda en todas las ciudades y pueblos los domingos, un campo que tiende a desaparecer por la industrialización agraria en el marco de la Comunidad Europea. Ahí uno se libera del odioso supermercado. Es una feria, una alegría, hay música, militantes que reparten hojas, vendedores de periódicos, loquitos, humoristas, todo puede ocurrir ahí. En la tarde me gusta ir a un mercado de pulgas, llamado Brocante, donde chécheres viejos, ropa, objetos, muebles, libros, se extienden por cuadras y cuadras donde uno puede encontrar cualquier sorpresa, incluso, por qué no, un Rembrandt por un euro. Cartas viejas, postales, bibelots, libros. Eso es lo que más me gusta. A veces sueño que en uno de esos mercados de chucherías encuentro todas mis cosas personales y objetos que tenía en mi estudio de Buttes Chaumont, cuando era un muchacho en mis 20 años. Es un sueño cíclico. Por fortuna guardo muchas cosas de esa casa, como una máquina Underwood de 1909.

*¿Cómo es su casa? ¿Qué tan cerca o tan lejos del centro de París? ¿Qué edificios, monumentos o calles o personajes ve todos los días cuando va al trabajo?

Vivo en la Place D’Italie desde hace 12 años. Cuando empecé el curso de francés de la Alianza Francesa, a los 15 años, lo primero que aprendí era que Monsieur Thibault vivía en el número 13 de la Place d 'Italie. Y bueno, aquí estoy en la Place d’Italie, cerrando el ciclo de lo que aprendí en el primer curso de francés. Me gusta mucho el lugar porque está muy cerca de la calle más bella de París, que es la medieval rue Moufettard y del barrio latino, a donde voy caminando. También está cerca de un nuevo polo moderno y universitario creado alrededor de la Biblioteca Nacional de Francia. Bajando por un lado, a cinco cuadras, están el río, los muelles, los barcos-peniches donde hay espectáculos, bares y conciertos. Por el otro lado está el maravilloso Jardin de Plantes, donde se sitúa el cuento Axolotl, de Julio Cortázar. Y al frente está la entrada al gran hospital La Salpetrière, donde trabajó Charcot y murió Lady Di. Por ahí transcurre gran parte de Los Miserables, de Víctor Hugo. También por aquí está el barrio chino. A tres cuadras vivieron Chou En Lai y Ho Chi Minh. Más abajo, en Avenue d’Italie, Günter Grass escribió El tambor de hojalata, y  a dos cuadras murió Jean Genet. Es mi barrio. En todos los cafés y bistrots me conocen. Desde las ventanas veo toda la ciudad en panorámica, porque vivo en un piso 12 de un sólido edificio moderno construido en 1969. A veces regreso al pie del trabajo: cruzo el Palais Royal y Pont des Arts, tomo la vieja rue de Seine, llego a Odeon, subo por Saint Michel hasta Panteón y de ahí bajo luego por Moufettard hasta llegar a la Place d’Italie.

*¿Qué es lo más raro que le ha sucedido en París? O lo más triste. O lo más feliz.

Lo más raro es haber sobrevivido en el intento. Lo más triste lo llevo en mi corazón. Lo más feliz, haber vuelto de nuevo después de 15 años de exilio, cuando todo parecía indicar que no regresaría nunca más a vivir aquí.

*¿Dónde tiene sus libros? ¿Cómo es su biblioteca? ¿Ahí está el libro de Hemingway que le dieron de premio cuando era un muchacho?

Tengo los libros esparcidos entre Colombia, México y París. Los de la adolescencia están en Colombia, en casa de mi hermano. En México tengo todos los libros que conseguí en las librerías de viejo de la capital y están muy bien en una casa no lejos de Coyoacán. Y aquí tengo los que he acumulado en París. Cada día llego a casa con uno o dos libros nuevos o viejos que me encuentro en una librería en el camino. El libro de Hemingway, Las nieves del Kilimanjaro, está en México.

*¿Volvería a vivir alguna vez en Colombia?

Nunca digas de este agua no beberé.

*¿Quénes son sus amigos en París?

Son tantos que no podría mencionarlos aquí y alguno se quedaría por fuera. Tengo amigos como en capas geológicas. Amigos que me conocieron aquí cuando yo tenía 20 años y están ahí siempre. Luego amigos conocidos en otros lugares del mundo que llegan aquí por las vueltas de la vida. Muchos nuevos amigos y amigas conocidas en este nuevo periodo de París. También hay amigos por grupos, los latinoamericanos de diversas nacionalidades, peruanos, mexicanos, argentinos, así como franceses de distintas regiones, gente de otros lugares del mundo que uno se cruza por ahí. Vecinos. Colegas. Escritores. Poetas. Es una ciudad manuable y si uno la ama es muy vivible. Es una terrible jaula de oro. Todo mundo se queja de vivir aquí y hace todo lo  posible por ser infeliz. Yo no.

Fiesta del elefante Ganescha
París, 2009
Foto de Angélika Simbaqueba

*¿Cómo son las parisienses? ¿Locas? ¿Descaradas?

Bueno, primero que todo París es una ciudad cosmopolita. Entonces los parisienses y las parisienses son de todos los orígenes, etnias y clases y se dan unas bellezas escalofriantes, desde blancuras prerrafaelitas hasta mestizajes exóticos de todos los matices. Se es parisiense cuando poco a poco la gente va adquiriendo ese glamour tan especial, que hace que con un simple jean y una camiseta, un foulard y una chaqueta de cuero, o un saco simple, la persona se vea espléndida. Hay un arte en la mezcla de los colores, que es muy especial, además del perfume, que también es muy preciso y tiene significados profundamente eróticos. Ahora, el parisino o la parisina, negro, asiático, árabe, eslavo, es discreto, no es bullicioso, la gente deja la efusividad para la intimidad. Hay un gran sentido de la individualidad y la discreción. Un temor de invadir y violentar al otro. No es bien visto abordar o dejarse abordar por desconocidos como sí ocurre en otros lugares el mundo. Los parisinos son depresivos en invierno y hedonistas en verano. La gente suele vivir sola y muchas parejas viven cada quien respectivamente en sus lugares. Como en todas partes del mundo viven aventuras secretas en hoteles anónimos. Pero el parisino también es el clochard, que ahora se llama SDF (Sin domicilio fijo), los marginales, los ancianos solitarios, la gente abandonada que duerme en la calle, huele mal y está cubierta de llagas. Muchos están deprimidos y no pueden amar ni besar. La soledad es la reina. El amor, el deseo, milagros súbitos. Las parisienses son bellas y terribles.

*¿Qué otra parte del mundo conoce y qué ha significado en su vida?

El viaje que más me ha marcado y significó un antes y un después en mi vida,  fue el que hice a la India, a las ciudades que baña el río Ganges: Nueva Delhi, Benarés, Agra y Calcuta. Ese viaje me dejó muchas incógnitas, la primera de ellas que me hubieran traducido El viaje triunfal en bengalí y que lo publicaran ahí mis amigos de Calcuta, o Kolkata como se le dice ahora. Allí estuve en la Feria del libro. Es gente espléndida. Los bengalíes parecen latinoamericanos. Son rebeldes y literarios. De ahí era Rabrindanath Tagore.

*¿En qué otra ciudad del mundo le gustaría vivir? ¿O París no se cambia por nada?

París es mi punto central por haber vivido aquí siempre desde los 20 años, con un largo período de exilio de 15 años en México. Sin embargo, me encanta Nueva York y algunos pueblos indígenas de México como Tepoztlán, Oaxaca o San Cristóbal de las Casas. Y por supuesto, la Costa Azul, en el Mediterráneo. Me gustaría vivir entre Niza y Menton, cerca de la frontera con Italia. Es una zona romana que fue dominada por España en los tiempos de Cervantes. Claro que París se puede cambiar cuando termina una etapa, se vuelve rutinaria o por razones económicas.

*¿Es cierto eso de “Siempre nos quedará París”?

Hasta ahora es una de las ciudades más conservadas y cuidadas del mundo. Pero como toda ciudad está llamada a desaparecer y ser una ruina hundida en un desierto como Nínive y Babilonia, Atenas, Troya, Karnak o Tebas.

París-Pamplona, 3 de febrero de 2011

Thursday, February 3, 2011

Emily Dickinson / Tres poemas


Emily Dickinson
TRES POEMAS

Traducción de José Manuel Arango


1719

Dios es un dios celoso:
no tolera
que juguemos —sin él—
uno con otro.


1523

Cuando nos vamos nunca lo sabemos.
Hacemos que cerramos la puerta y el destino
a nuestra espalda echa el cerrojo.
No volveremos ya.


1149

Cuando era una niñita notaba que la gente
de pronto desaparecía.
Y pensaba: se fueron a vivir regiones
remotas o a probar las soledades.
Ahora sé: visitan,
pueblan soledades.
Pero es porque murieron. Era el hecho
que la niña ignoraba.

Wednesday, February 2, 2011

Hemingway / Mi madre y el revólver


Hemingway, con la mirada perdida de la última época,
junto a la botella de vino y uno de sus amados gatos.

Ernest Hemingway
MI MADRE Y EL REVÓLVER[i]
Mi padre murió en 1928. Se pegó un tiro. Y me dejó cincuenta mil dólares. La cosa que más me molesta es que yo le había escrito una carta que estaba encima de su escritorio el día en que se mató, y creo que si hubiera abierto la carta y la hubiera leído no hubiera tirado del gatillo. Cuando le pedí a mi madre la herencia, ella dijo que ya la había gastado en mí. Le pregunté en qué forma. Dijo que en mis viajes y en mi educación. ¿Qué educación?, le pregunté. ¿La secundaria de Oak Park? Mis únicos viajes, le recordé, habían sido pagados por el ejército italiano. Ella no respondió; en vez de ello me llevó a ver el lujoso salón musical que había añadido a la casa. Por supuesto, allí era donde estaban mis cincuenta de a mil. Mi madre estaba loca por la música, era una cantante frustrada, y daba tertulias cada semana en mi salón musical de cincuenta mil dólares. Cuando yo estaba en la escuela me obligaba a tocar el cello, aunque yo no tenía ningún talento y ni siquiera podía seguir una tonada. Me sacó de la escuela un año para que pudiera dedicarme exclusivamente al cello. Yo quería salir a jugar al fútbol al aire libre y ella me tenía encadenado a aquella caja. Aun antes de su período de salón musical perseguía constantemente a las personalidades de la música, tratando de atraerlas a sus veladas. En una de esas ocasiones me encontré siendo mecido en las rodillas de Mary Garden. Como yo era grande para mi edad, fue una lucha saber quién mecía a quién, pero ella ganó. En cuanto a ese salón de cincuenta mil dólares, pude desquitar un poco mi herencia colgando allí un costal de entrenamiento y practicando con él todas las tardes, hasta que salí de Oak Park. Y esa vez, cuando me fui, fue para siempre. Varios años después, en época de Navidad, recibí un paquete de mi madre. Contenía el revólver con el que mi padre se había matado. Había una tarjeta en la que mi madre decía que pensaba que me gustaría tenerlo; no supe si era un presagio o una profecía.



* Contado en 1954 a A. E. Hotchner en 1954, viajando por el sur de Francia, y recogido en Papá Hemingway, del mismo Hotchner. México, Editorial Novaro, 1966. Norman Mailer, en el prefacio de Papá, una historia personal, de Gregory Hemingway, considera el libro de Hotchner “interesante pero distorsionado”. El lente gran angular del periodista distorsiona hasta su misma nariz, ya bastante grande, se burla Mailer. Al parecer, un lúcido discurso de Hemingway está tomado de una carta. “Citar una carta no impacta tanto como una conversación personal”, dice Mailer con razón. En este caso, la confesión de Hemingway sobre su madre ocurre en el Vendôme, en Aix-en-Provenza.  Dice Hotchner: “Más tarde permanecimos sentados a la mesa largo rato, bebiendo café y vino; Ernest consumió más vino del que yo lo hubiera visto tomar jamás”. Supongo que el periodista no se limitó a observar. ¿Cómo pudo retener en su cabeza repleta de alcohol una conversación de seis densas páginas? Las anécdotas del salón musical y el revólver apenas cubren una. En fin y sin contradecir a Mailer, otro mitómano que se iba de la lengua, digamos que los hechos son ciertos aunque no la exactitud de las palabras. Y mucho más ahora que recreamos los hechos en una lengua ajena.
  
Lea, además
BIOGRAFÍA DE HEMINGWAY


Tuesday, February 1, 2011

Hemingway / La razón de escribir



LA RAZÓN DE ESCRIBIR

De todas las cosas que han sucedido y de todas las cosas tal y como existen, y de todas las cosas que uno sabe, y de todas las cosas que uno puede saber, se hace algo a través de la invención, algo que no es una representación sino una cosa totalmente nueva, más real que cualquier otra cosa verdadera y viva, y uno le da vida, y si se hace suficientemente bien, se le da inmortalidad. Es por eso que yo escribo y por ninguna otra razón.


Escritorio de Hemigway en Key West

Nadie sabe lo que hay dentro de él hasta que intenta sacarlo. Si no hay nada, o muy poco, el choque puede matar a un hombre. Aquellos primeros años que pasé en París, cuando efectué mi fuga y renuncié a mi empleo de corresponsal extranjero del Star de Toronto para colocarme en la fila, sufrí mucho. Finalmente había tirado el trabajo de periodista del que tanto me quejaba y finalmente escribía las buenas cosas que me había prometido. Pero cada día los manuscritos rechazados regresaban a través de la ranura de la puerta de aquel cuarto desnudo donde yo vivía, sobre el aserradero de Montmartre. Caían a través de la rendija del suelo de madera, con la más salvaje de todas las reprimendas engrapada: la nota de rechazo impresa. La nota de rechazo es muy difícil de soportar con el estómago vacío, y hubo veces en que me senté a aquella vieja máquina de madera y leí una de esas frías notas que había sido añadida a un cuento que yo había amado y en el que había trabajado mucho, y en el que creía, y no podía menos que llorar.


El joven Hemingway
en una ambulancia americana
Italia, 1918

Uno inventa la ficción, pero lo que cuenta es de dónde la inventa. La ficción verídica tiene que salir de todo lo que uno ha conocido alguna vez, visto alguna vez, sentido alguna vez, aprendido alguna vez. Todo lo que me pasó en Italia figura en Adiós a las armas, en una forma o en otra. La muchacha de Turín con quien casi me caso es Catherine Barkley y también lo son algunas otras. Lo que el teniente Henry siente cuando Catherine se deja suelto el cabello y se mete en su cama de hospital fue inventado de aquella muchacha de Turín: no copiado, inventado. La verdadera muchacha de Turín era una enfermera de la Cruz Roja. Era hermosa y tuvimos un maravilloso idilio mientras yo estaba hospitalizado, durante el verano y el otoño de 1918. Pero nunca le hicieron una cesárea ni estuvo embarazada. Lo que pasó entre la enfermera de la Cruz Roja y yo es bastante cercano a lo que escribí en Un cuento muy corto. Quien realmente tuvo una cesárea fue Pauline. Sucedió mientras yo escribía Adiós en Kansas City. Así que eso es parte de Catherine; y Hadley es parte de Catherine. Pero la enfermera de la Cruz Roja fue la mayor parte de Catherine, más algunas cosas que no eran de ninguna mujer que yo haya conocido.