Friday, September 17, 2010

Almuneda Grandes / Ingrid Betancourt

Ocho meses separan estas imágenes:
su llegada al Elíseo el 14 de julio es el contrapunto a su estado en noviembre de 2007. / 
AFP

Ingrid




Si soy honesta, no puedo sustentar mi desconfianza en razones objetivas. Puedo decir, eso sí, que me conmovió Clara Rojas, que me conmovió su historia, su rostro, la emoción que transmitía en las pocas fotos que se dejó hacer, y su sobriedad, su silencio posterior. Los narradores sabemos que, aunque la verosimilitud no sea lo mismo que la verdad, puede llegar a arraigar en las conciencias con mucha más fuerza que lo verdadero. Por eso, porque mi conflicto con Ingrid radicaba en su inverosimilitud, y no en una verdad que desconozco, fui cautelosa. Por eso, y porque a veces me harto de mí misma, y de esa manía mía de llevar siempre la contraria.
Pero, si soy honesta, debo reconocer que nunca me creí a Ingrid Betancourt. La foto que se hizo con aquella túnica de tela de saco, el pelo lacio de las Magdalenas clásicas y una pulsera que evocaba la corona de espinas de Jesucristo, revelaba ya una personalidad tortuosa, pero no anticipaba la metamorfosis que convirtió, de un día para otro, a aquella Dolorosa en una rutilante estrella mediática. Y eso no me impresionó tanto como las declaraciones en las que Luis Eladio Pérez se atribuía a sí mismo, a su debilidad, a su desaliento, a su inferioridad física y moral, el fracaso de la fuga que compartieron, en un tono estremecedor por su dureza, próxima a la humillada sintaxis de las viejas autocríticas.
Ahora, los tres norteamericanos que convivieron con ellos en la selva como rehenes de las FARC, han escrito un libro que ofrece otra versión de Ingrid, la princesita frívola, arrogante y manipuladora que mangoneaba a todos, prisioneros y guardianes, en su propio beneficio. Es probable que sean injustos, aunque su experiencia les da derecho a serlo. Y es probable que yo sea más injusta aún pero, honestamente, ningún retrato de Ingrid Betancourt me parece tan verosímil como el suyo.

Tres compañeros de cautiverio 

acusan de traicionera a Ingrid Betancourt

Ex rehenes estadounidenses publican un libro sobre su vida en manos de las FARC

 Washington 28 FEB 2009
Tres contratistas del Ejército de EE UU capturados por la guerrilla colombiana de las FARC en 2003 y liberados en julio han querido desarmar el mito del heroísmo de Ingrid Betancourt, a quien acusan de dominante, egoísta e incluso traicionera en un libro de memorias en el que relatan sus 1.967 días de secuestro en la selva. El libro Libres del cautiverio salió a la venta ayer en Estados Unidos.
Marc Gonsalves, Keith Stansell y Tom Howes, contratistas de la empresa Northrop Grumman, sobrevolaban territorio rebelde en Colombia en febrero de 2003 para tomar imágenes aéreas de plantaciones y laboratorios de producción de cocaína cuando su avioneta fue abatida. Los guerrilleros asesinaron a tiros al piloto y a un sargento colombiano y tomaron al resto como prisioneros.
"Ingrid dijo que éramos agentes de la CIA 
y que nos quería fuera de allí"
Pasaron cinco años en cautiverio en varios campos de prisioneros de la selva, según su detallado relato, viviendo en unas jaulas dignas de animales, caminando a marchas forzadas, alimentándose de lo que encontraran, traficando con cigarrillos y luchando por unos alimentos escasos.
En julio de 2003, las FARC permitieron que un equipo periodístico les grabara para dar fe de que seguían vivos. En pleno proceso de rodaje, el traductor les reveló que uno de los guerrilleros les había dicho: "Si EE UU viene a rescataros, nuestras órdenes son masacraros". Finalmente, fueron liberados el pasado mes de julio, junto con Betancourt y otros 11 ciudadanos colombianos, cuando un grupo de militares les rescató haciéndose pasar por miembros de una organización de ayuda humanitaria. Entonces Betancourt, que en su día fue congresista y aspirante a la presidencia de Colombia, fue recibida por líderes de Estado e incluso candidata al Premio Nobel de la Paz.
El perfil de Betancourt como heroína de la libertad política entra en conflicto directo con las miserias relatadas por estos contratistas. "Me enteré a través de uno de los guardas de confianza que Ingrid les había mandado notas contándoles que éramos agentes de la CIA y que nos quería fuera de allí", escribe Stansell. Con esta revelación, no respaldada por documento o prueba algunos, Betancourt habría puesto en peligro la vida de estos tres empleados del Ejército.
Entre los tres trufan el relato de anécdotas menores, pero no mucho más favorecedoras: que si Betancourt robaba comida a los demás presos; que si se negaba a compartir libros o su transistor de radio, o que si debía organizar ella misma los horarios de baño.
Es Stansell, que en el pasado prestó servicio como marine, quien más críticas vierte sobre la célebre liberada. La define como una mujer dominante que vivía en cautividad como "si estuviera de campaña electoral", planificando constantemente cómo sería la vida en Colombia cuando ella llegara a la presidencia. Según este relato, ella y el político Luis Eladio Pérez "decían lo que los presos querían oír y no dudaban a la hora de mentir", con el único objetivo de dominar la situación en el campo y beneficiarse personalmente.
"Contaba lo egoísta que era Ingrid a cualquiera que le quisiera escuchar", según admite Gonsalves. Es este último preso quien muestra la cara más humana de Betancourt, que, según cuenta, pasaba largas horas del día encadenada, después de un fallido intento de fuga.
Aun así, también la retrata como una mujer desapegada de la realidad. "Ella pensaba que si habían construido aquel campo de reclusión era porque las FARC sabían que la iban a liberar pronto", escribe. "Parecía extraño que ella creyera aquella historia. Yo sabía que ella era simplemente una más entre cientos y cientos de colombianos cautivos".
La opinión de Stansell es, como todo en el libro, mucho más apasionada: "La jodida princesa se cree que las FARC han construido este castillo para ella solita". Stansell, al parecer, no toleraba afirmaciones de este tipo. Y se quejó con una frase que bien puede resumir cuál es su imagen de ella después de cinco años de cautiverio y miserias: "Cuán arrogante puede llegar a ser".




Monday, September 13, 2010

Juan Fernando Merino / Laura Restrepo o la indagación permanente

Laura Restrepo
o la indagación permanente
Por Juan Fernando Merino


La escritora colombiana Laura Restrepo (Bogotá, 1950), ganadora entre muchos otros galardones de los premios Sor Juana Inés de la Cruz en México y del Prix France Culture que concede la crítica francesa a la mejor novela extranjera, es sin duda una de las voces narrativas más importantes en el actual panorama de las letras latinoamericanas y una de las conciencias más lúcidas e informadas a la hora de examinar la encrucijada  que atraviesa Colombia y el continente.
Después de estudiar Filosofía y Letras y de obtener un postgrado en Ciencias Políticas, Restrepo fue profesora en la Universidad Nacional de Colombia, periodista, editora de un semanario e integrante de la Comisión de Paz nombrada por el presidente Belisario Betancur, antes de volcarse con entusiasmo y pasión a la literatura, en cuyo ejercicio, por cierto, nunca ha dejado de lado su bagaje periodístico, su visión política y su conciencia crítica.
La autora, cuya novela más reciente, La multitud errante, acaba de aparecer en inglés bajo el título "The wandering crowd", visitó recientemente Nueva York para ofrecer una charla en Barnard College, ocasión que aprovechamos para conversar de nuevo con ella, indagar algunos momentos de su trayectoria y repasar brevemente sus principales obras.


Periodista, novelista, viajera, política... ¿Podríamos empezar por cualificar brevemente los términos para tener una mejor idea de quién es Laura Restrepo?

"Periodista... Sí, durante años lo ejercí en los medios y ahora lo sigo ejerciendo en mis novelas, porque lo que estoy escribiendo ahora es ficción pero se apoya en reportajes y en un tipo de trabajo similar: una primera etapa periodística y una segunda parte de elaboración literaria".

 ¿Escritora?

"Bueno, considero la ficción como una manera de complementar la realidad. Una primera aproximación a través de los hechos que recojo con el periodismo y una segunda versión ya complementada y pasada por la interioridad y la subjetividad, por los sueños, por los deseos, lo cual es la ficción".

¿Viajera?

"Por placer, por vocación... pero a veces también por obligación. A los colombianos a veces nos toca hacerlo forzosamente".

Y participante activa  en la política colombiana...

"Fui miembro de la comisión de Paz, una comisión negociadora que por primera vez en Latinoamérica intentó una salida pacífica al conflicto armado entre las fuerzas insurgentes y el gobierno colombiano. Esto fue del 82 al 86. Y hablar de paz, hablar de salida negociada era algo prácticamente innombrable en América Latina. Un poco lo que está sucediendo ahora aquí. La negociación era un término sospechoso y entonces eso me significó el exilio, persecución política y otras cosas. Pero  lo que yo siempre propugné fue  una salida negociada al conflicto armado. Detesto las armas, de cualquier lado, vengan de donde vengan".

¿Una combatiente sólo con la palabra?

"No sólo con la palabra. También con la movilización, con la política. Me encantan la política como expresión de la conquista de un futuro y de una vida digna y mejor por parte de la gente, pero sí creo que tiene que ser por la vía democrática, por la vía política".

Rastreando un poco la historia familiar, encontré referencias a aquel abuelo autodidacta...

"Ah, sí. Se llamaba don Enrique Restrepo. No fue a colegio. Desde los 12, 13 años ya estaba ganándose la vida, y sosteniendo a sus hermanos, y aprendió inglés, francés, italiano, alemán, latín, griego... y tenía una biblioteca que cada día crecía... todavía se conserva en la casa de mi mamá, con tomos y tomos, por ejemplo de los metafísicos  franceses... ¡Una cosa extraordinaria! No se imagina uno cómo era la mente de esta gente, esa avidez de conocimiento que los llevaba del analfabetismo a una compenetración grande con los idiomas, con la cultura universal. Un personaje apasionante: fue escritor, fotógrafo, hacía perfumes... Tenía una vocación de universalidad que estaba tan vigente en esa generación de los abuelos".

En muchos escritos tuyos he encontrado menciones de tu  padre...

"Sí, era un personaje encantador, con una vitalidad muy grande, muy heterodoxo, muy desapegado a las instituciones, muy inclinado a vivir la vida con mucha libertad, pero siempre teniendo la familia como punto de referencia importante. Para él la felicidad estaba allí, en su mujer, en sus dos hijas... Tuve una infancia dichosa, conocí la felicidad durante la infancia."

En cambio pocas menciones de la madre...

"Éramos las tres tan fascinadas con mi padre... y él murió hace más de veinte años. Pero ahí está la presencia extraordinaria de mi madre, que me está acompañando aquí en Nueva York, que me ha acompañado en muchos de estos viajes que hay que hacer para esto de los libros. Los libros te llevan a muchos lados, y mi mamá me acompaña y es una viajera encantadora, muy vital, muy divertida. ¡No!, ¡qué tal yo viajando sin ella!

Y seguramente por la herencia paterna también una educación muy ecléctica...

"Sí, mucho, porque mi papá no creía en los colegios. Le parecía que era la mejor manera de hacer que los niños perdieran el tiempo... Además se movía mucho porque era comerciante, por muchos países. Y un hombre que creía mucho en lo de aprender por cuenta propia. Él también era un gran lector y nos hacía leer a mi hermana y a mí, nos llevaba a teatro, nos llevaba a conciertos, a conocer ruinas, ciudades, volcanes... Él creía mucho más en eso que en la rutina de un colegio y pienso que no le faltaba razón".

Otra experiencia importante debió ser la de profesora en un barrio humilde de Bogotá...

"Fue algo crucial. Entré muy jovencita a la universidad, a los quince años, precisamente por esto, porque terminé presentando todos los exámenes en el Ministerio.  Y a los 16 era profesora de una escuela pública en Bogotá, una escuela para varones. Los alumnos eran por lo general mayores que yo, sabían mucho más, habían leído más, entonces yo corría a tomar mis clases en la Universidad y lo que me enseñaban allá volaba al colegio y lo repetía. Y si me preguntaban algo en el colegio, les decía 'mañana les digo' y entonces les preguntaba a mis profesores en la universidad. Lo que les dije a mis alumnos desde un principio  fue: 'no sé tanto como ustedes' pero nos leímos un  montón de libros y los discutimos. Ellos me enseñaron mucho a mí. Fueron unos años extraordinarios".

Y supongo que también fue importante el hecho de salir del propio entorno...

"En las ciudades nuestras, como es bien sabido, las diferencias entre ricos y pobres son insondables. Hay tal vez mayor cercanía entre Nueva York y París que en una misma ciudad entre los sectores ricos y los sectores pobres, algo que es casi imposible de atravesar. De modo que la posibilidad de trabajar tan joven en una escuela pública con muchachos de otra clase social era como descubrir un mundo, algo que en esa época me resultaba fascinante. Mucho más duro, más difícil, pero también más rico en contenido. El mundo que yo había vivido era el mundo de los afectos, el mundo de la felicidad y el de la cultura, pero ese de allá me parecía que de pronto sí era el mundo real".

Una experiencia que llevaste casi a un extremo durante el tiempo que viviste en las comunas de Medellín.

"Eso fue sólo un mes... De todos modos fue una ventana insospechada. La oportunidad de salir de tu propio terreno, decidirte a entrar en los terrenos de los demás... y no sólo en términos geográficos sino también en términos morales, políticos, en términos de entender por qué los demás hacen lo que hacen... tal vez el ejercicio mental más difícil que puede hacerse. Y el más apasionante".

Que ha influido, supongo, en tu rechazo a  la injusticia, la explotación...

"Sí, claro; es que la experiencia de ver sufrir a la gente te marca para siempre. Y te hace consciente de que los países latinoamericanos tenemos que ponerle fin a la desigualdad en la cual vivimos. Y ahora también la desigualdad entre Norte y Sur, algo que no veo justificado".

Colombia sigue sumergida en una guerra intestina... como si no pudiera salir del pasado...

"Pero yo creo que la guerra en Colombia también tiene mucho que ver con el futuro. Nuestro país es escenario de guerras futuras. No sólo la nuestra. Muchas de las cosas que están pasando en nuestro país tienen que ver con nuestro atraso, pero también en gran parte con la globalización. Hay que tener en cuenta que todas estas guerras del narcotráfico están moviendo millones de dólares que no sólo están en Colombia sino  también en los bancos suizos, en la economía norteamericana. Colombia es un escenario donde se está dirimiendo una batalla mundial. Desde luego es mucho lo que está en juego."

Abandonando el terreno político... o mejor, trasladándonos a la conjunción política, periodismo y literatura hablemos de tus obras. Empezando por la primera de largo aliento, Historia de un entusiasmo...

”Es una especie de crónica del primer intento de negociación como solución del conflicto armado que se daba en América Latina. Y que ocurrió en Colombia".




En tu primera novela, La isla de la pasión, permanece un elemento periodístico...

"Es una novela histórica. Unos capítulos que corresponden a la investigación propiamente dicha, bien en los archivos o personalmente, y otros capítulos que ya son de recreación literaria, o sea que ya empezaba a verse la mezcla que después retomaría en todas las novelas, de elementos ficticios y elementos reales, de literatura y de periodismo, como en un juego permanente con el lector, un juego del gato y el ratón, de tratar de discernir dónde termina la realidad y dónde empieza la ficción, que yo pienso que es un juego lícito y que además es divertido. Y que si el lector está dispuesto a jugarlo se  presta para pasar un buen rato con un libro".


La investigación también está muy presente en Leopardo al sol. ¿Nos puedes contar un poco del génesis de esta obra?
Leopardo al sol, sobre los orígenes de la mafia en Colombia, es un tema que empecé a investigar inicialmente como reportera de televisión, después fue un artículo para una revista, a raíz de eso una programadora de televisión me llamó y me dijo que quería hacer una miniserie. Entonces empezamos a trabajar en los libretos, pero ya en ese punto, los personajes reales de quienes estaba contando la historia se negaron. Me mandaron decir que ellos no querían que sus historias aparecieran por televisión y que pondrían una bomba en la programadora. Y un abogado de ellos me dijo que televisión nada, porque sus mujeres y sus hijas veían televisión. Propuse entonces escribir una novela, y contestaron: "Sí, si es libro escriba lo que quiera que ellas no leen".



En la siguiente novela, Dulce Compañía, aunque la protagonista es una periodista, ya no está comprometida con la investigación política, sino con algo mucho más íntimo.

"Sí, claro, es más interior, de todas maneras se mantiene esa forma de ficción de una narradora que es periodista. En mis libros siempre hay una figura que es periodista o que investiga por alguna razón. El elemento común es una persona que llega a un lugar sin saber cómo son las características y que empieza a preguntar. Siempre hay alguien que empieza a indagar. En Dulce compañía se hace la misma investigación pero es la historia de una periodista que ha llegado a los 40  al margen de la fe religiosa y que tiene un reencuentro con esa fe de su infancia cuando la mandan a un barrio a investigar la aparición de un ángel".


En la novela siguiente, La novia oscura, se mezcla la parte de la intimidad de las personas con la parte política, económica...

"En esta novela yo quería que la investigación se diera desde la intimidad de la alcoba y por eso también era interesante unas protagonistas como las prostitutas que tienen una relación tan particular con sus propias almas y sus propios cuerpos. Está ese elemento, está la investigación del mundo del petróleo, de la explotación de las compañías extranjeras, los particulares códigos de la relación entre hombre y mujer que pasa por lados muy distintos a los que la moral ha decidido. Y la dimensión política de todo esto, que es la lucha antiimperialista en los países nuestros en los años 40 y 50, vinculado con la situación política actual. Yo quería ir desde lo más íntimo de la alcoba hasta una especia de visión panorámica".


La novela más reciente, La multitud errante, retoma otro de nuestros grandes dramas....

"Es una novela corta sobre el desplazamiento. En Colombia hoy en día tenemos internamente más de dos millones de desplazados huyendo de un lugar a otro, tratando de encontrar un lugar dónde asentar la vida. Y ese, yo creo, es el gran drama del mundo contemporáneo... las hordas que andan buscando la tierra prometida. Es también una historia de amor, un hombre que anda buscando a una  mujer que se ha refundido en el tráfago de la guerra y como trasfondo, todo el drama humano del desplazamiento".

¿Qué ocupa ahora tu escritorio?

"Estaba en Madrid hasta hace un par de días, y fui testigo, participé en movilizaciones enormes en contra de la invasión y la ocupación de Irak. En este momento, contemplando lo que el gobierno de este país está haciendo, en Irak, aquí,  en muchas partes, no logro concentrarme en la escritura. Es muy difícil escribir en medio de la barbarie".

Cronopios   

cronopios@cable.net.co







Sunday, September 12, 2010

Juan Fernando Merino / El vecino de mis vecinos

Noticias de la niebla
Nueva York, 2012
Fotografía de Triunfo Arciniegas
Juan Fernando Merino
EL VECINO DE MIS VECINOS

Nada más crucial cuando habitas una ciudad tan impredecible y riesgosa como Nueva York que conocer minuciosamente a tus vecinos. Íntimamente. Con mayor razón cuando el destino te ha llevado a vivir en el tercio inferior de Manhattan y a comienzos del nuevo siglo.
    No me refiero por supuesto a los vecinos de oficina, fábrica o aula, a los cuerpos que te rodean en el autobús o el subway o a los individuos que usurpan tu aire y tu espacio dentro de un elevador atestado, sino a esos vecinos: los habitantes del mismo piso en el edificio que ocupas: aquellos desconocidos que comparten contigo la latitud y la longitud de tus coordenadas exactas, tu rincón mínimo en el mundo: los únicos que escuchan tus sollozos o risotadas detrás de las paredes o por entre las rendijas de los ventanales que dan al patio interior: los únicos que podrían activar la llave de gas en la cocina una de aquellas madrugadas en que se queda entreabierta la puerta de tu apartamento.
    Cuando Nueva York es tu ciudad y tus coordenadas se inscriben en los parámetros mencionados no queda más opción que conocer rigurosamente a tus compañeros de piso y determinar el grado de riesgo que corres y las precauciones que debes asumir. Confiar en las personas que te rodean podría ser al peor de tus errores. Mis experiencias fallidas en edificios de varias ciudades de Estados Unidos y en un pueblo de Chile que en aquel entonces no tenía edificios me han enseñado la importancia de la secuencia, el método y la disciplina para llevar a cabo la indagación meticulosa de tus vecinos.
    Lo más importante es la disciplina.
    Lo más importante es la supervivencia.
    Esta vez no voy a fallar.

***

Ha llegado el momento de tomar cartas en el asunto. Ya no me quedan pretextos para aplazar la tarea: el jueves a mitad del día me despidieron del trabajo. De aquella oficina en el Upper West Side a la que no había faltado un solo día laboral en los últimos diez años. Nueve años, cuatro meses y cinco días para ser precisos. Dicen los periódicos y las emisoras de radio que la mitad de la ciudad se está quedando desempleada y eso fue justamente lo que repitió el jefe de mi jefe. De mi ex jefe. Lo cual no justifica en absoluto que me hayan despedido sin darme tiempo a vaciar los cajones y borrar del computador los mensajes y las fotos que nadie más debería ver. ¡Nadie! Pero no voy a permitir que una cosa afecte la otra. Al contrario, debería pensar que se trata de un guiño del destino, de una indicación patente de que no puedo posponer un solo día la tarea de seguimiento. ¿Qué es un despido más o menos en el gran esquema de las cosas? Poco. Los trabajos van y vienen, los jefes se jubilan, los despide alguien más o se suicidan... En cambio la indagación minuciosa del vecindario podría ser tu tabla de salvación, la clave para asegurar tu supervivencia.
    Entonces, ¿por cuál de los vecinos empezar la pesquisa? ¿Por el apartamento de la izquierda inmediata? ¿El segundo de la derecha? (el contiguo está desocupado, o eso parece). ¿Por la veterana actriz de teatro off-off-Broadway que siempre me dice hello, de vez en cuando esboza una sonrisa y una vez me deseó que tuviera un buen día? ¿O por la joven analista financiera del 7-H (o ejecutiva, o empresaria o manejadora de dineros ajenos; en todo caso con suscripción al Wall Street Journal, el Financial Times y Business Week) que nunca me saluda, jamás me mira más arriba del botón medio de la camisa y una mañana de junio incluso me dio la espalda en el elevador? También podría empezar por la viuda polaca que cinco veces al día saca a pasear por la avenida al perro lanudo (y mal peinado), por el cabrón del 7-D que todos los martes de tres y media a cuatro y media recibe en el dormitorio a mujeres que no llegan a la mitad de su edad, o a un tercio, algunas ni siquiera a la edad legal. O por el suizo de la bicicleta, la coleccionista de plantas y bonsáis del 7-B, el ajedrecista búlgaro...
    Por supuesto que hubiera querido investigar en primera instancia al viejo lujurioso del 7-D. Pero antes de concretar la metodología, el seguimiento, los horarios y las coartadas de emergencia, lo pienso mejor y decido cambiar de prioridades. Empezar por la actriz. Tiene que ser así: resulta muy sospechoso que un vecino te demuestre tanta cordialidad cuando te has quedado solo y con el ánimo por el piso. Si no estaba escrito, ya lo está: desconfía de la amabilidad ajena cuando te duele hasta el alma.

***

Han pasado seis días desde que me vi obligado a conocer íntimamente a mis vecinos. En vano. Una de las pocas conclusiones útiles de esta primera parte de la misión es lo poco útil que resulta la observación directa de otros ocupantes de un edificio. Después de tres días seguidos de sus noches —con breves intervalos para dormir diez minutos aquí, veinte allá, para comer un bocado, acercar o vaciar el balde con las necesidades humanas— vigilando la sala-comedor-alcoba de la actriz veterana, el sofá-cama de la suscriptora del Wall Street Journal, y las porciones de los cuatro dormitorios que se alcanzan a divisar desde mi ángulo, la información servible que he recopilado es muy limitada. Casi desdeñable. Porque la verdad es que me tiene sin cuidado que el lituano del 7-E y la novia del empleado del mta que alquila el 7-J ensayen posiciones eróticas múltiples mientras el pobre funcionario se gana el pan diario con el sudor de la monotonía. ¿Y qué me importa que la pareja serbia del 7-M consuma algunas noches botella y media de vodka y que luego intercambien ropas, roles y accesorios sexuales? ¡No es para eso que me desvelo! ¡Desde luego que no! Tampoco me interesa que el senegalés del quinto piso, la vecina franco-canadiense del 7-E y el dominicano barbado de quién sabe qué piso y qué edificio estén tratando de formar un grupo de rock. O de fusión-electro-pop-caribe. O de lo que sea. ¡Si son malísimos! Y además no tienen en su repertorio ni una canción original.
    Tantas horas en vela, comiendo alimentos extraídos de latas o ya fríos, sin estirar las piernas al sol y tan sólo para descubrir nimiedades como éstas. Enterarme de pequeñas miserias personales, secretos que no tienen importancia fuera del recinto en que ocurren, traiciones a sí mismos, coitos interruptus o desastrosos, banalidades, tristezas... Pero ni el menor aporte a la misión de ponerme a salvo. De protegerme de tal o cual vecino y de ese otro no tanto. Ni la más mínima pista que me indique cuál de ellos tarde o temprano se va a colar en mi apartamento para dejar abierto el gas, va a tratar de envenenar la pizza a domicilio de Domino’s, a introducir cristal molido en las botellas de Coca-Cola o de jugo Tropicana que Emilio el de la minitienda de la esquina me deja junto a la puerta los martes y los viernes.
    Tantas horas de observación exhaustiva y ni siquiera he logrado aclarar quién escribió aquella nota miserable que un amanecer hace doce días apareció clavada contra mi puerta.

Si Ud. no reduce el volumen de la música después de las ocho de la noche, de la máquina de escribir después de las diez y media y no deja de hacer ruidos guturales al amanecer, nos veremos obligados a acusarlo ante el supervisor del edificio. El piso Séptimo merece consideración y respeto.

Atentamente
Grupo de vecinos responsables

¡Grupo de vecinos! ¡Eso es falso! Con seguridad que no es un grupo. Que es un solo vecino. O vecina. Detrás de esa nota había uno pero no había dos. La dificultad es que puede ser cualquiera de ellos y son doce apartamentos, algunos con dos y unos pocos con tres ocupantes (los bebés, los niños menores de 11 y los inválidos están prohibidos en estas unidades habitacionales). Cualquiera de ellos pudo haber dejado la nota infame. Menos la franco-canadiense, que hace más ruido que yo y hasta más altas horas.
    Es indispensable pasar a otra etapa de mis investigaciones. Más moderna y tecnológica.

***

Si la observación visual y directa de mis vecinos resultó deficiente, la fase tecnológica fue aún menos fructífera. A pesar del comienzo prometedor. En la primera hora y cuarto de la nueva etapa de observación por internet reuní los nombres con que aparecen mis vecinos en el listado de arrendamiento del edificio y los respectivos sitios de estudio, empleo o desempleo. Sin embargo, el posterior seguimiento electrónico resultó nefasto. Siento vergüenza ajena de sólo pensar en las estupideces que descubrí sobre mis vecinos en googlepunto, librodecara.com, romancespunto, etcéterapuntonet. Lo cual a su vez resulta poca cosa si se compara con las banalidades con que me topé al entrar a sus cuentas de correo electrónico. No sabría por dónde empezar a burlarme, a insultarlos, así que no empiezo. Ni siquiera voy a revelar la ridiculez de los mensajes que le envía Rita, la novia del funcionario de Metro Transit Authority, a Kolicius el lituano. Desde una cuenta privada y confidencial de internet que sólo los dos conocen. Cierro sus comillas.

***

Me he visto en la obligación de hacer un paréntesis. De salir del edificio y del vecindario antes de que las cosas se compliquen aún más. Es por ello que tengo alquilado desde hace día y medio un cuarto de hotel en otro condado, fuera de Manhattan, lo más lejos posible de Union Square. No me importa que sea casi un albergue de ínfima categoría, un cuarto sin ventanas en los confines más desangelados entre Brooklyn y Queens. Al menos no se encuentra demasiado cerca de ninguno de los cementerios, que abundan en esta zona. De eso me aseguré desde un principio. No me gustan los cementerios. Ni el olor de sus árboles y arbustos; menos aún las flores para sus muertos. Es un olor que siempre me pone nervioso. ¿El nombre del hotelucho? No. En las páginas que siguen no voy a escribir el nombre ni el barrio ni la ubicación aproximada. En este momento no confío ni en ti.
    La desazón de fondo, el error grave que no me deja dormir, es que al salir tan precipitadamente del apartamento me calcé un mocasín marrón en el pie izquierdo y un zapato negro de cordones negros en el derecho. Lo grave es que en la sala de mi apartamento quedaron juntos y solos un mocasín derecho y un cuero izquierdo. Espero que aquello no despierte las sospechas de los detectives, bomberos y policías que a estas horas estarán revisando todos y cada uno de los apartamentos del séptimo piso. O de sus escombros.
    ¿Tendría por fuerza que haber pasado así? No lo sé. De verdad que no lo sé. Tal vez no.
    El caso es que esta vez, al igual que me sucedió en Saint Louis, en Alburquerque y en Vilcún, las cosas no salieron como había planeado. En parte por culpa mía, sí, por mi culpa, no lo voy a negar, pero sobre todo por el cansancio. Por culpa del agotamiento después de tantos días y tantas noches de desvelo.
    Pero volvamos al día D, del desastre.

***

Había suspendido la vigilancia directa de mis vecinos, aunque con ocasionales reincidencias. La electrónica-cibernética no iba tan bien; tampoco tan mal. Avanzaba. Pero todo se complicó cuando uno de los vecinos cometió un error garrafal y entonces no me quedó más remedio que pasar a la acción. Con o contra mi voluntad.
    Ocurrió más o menos así: una tarde que tuve que bajar al sótano a arrojar mi basura y mis desperdicios —que llevaban tres días y medio acumulándose— se rompió la bolsa de plástico por su propio peso y salieron rodando escalera abajo latas de aluminio, cartones vacíos, cáscaras de huevo y cortezas de fruta. Después de agrupar en el rellano lo que alcancé a recoger, volví corriendo a mi piso en busca de nuevas bolsas.
    ¡Fue allí cuando la pillé in fraganti! Una mujer joven y rubia que llevaba de la traílla un gato persa con la pelambre recientemente peluqueada excepto por la cabeza y la cola. Tenía los ojos clavados a la altura de la mirilla, hacía gestos extraños y mascullaba algo.     Un monólogo sin sentido, una oración, una letanía... ¡No! Nada de eso. De repente lo vi claro: lo que esta mujer hacía, aprovechando mi ausencia temporal (que debería haberse prolongado diez u once minutos si hubiera bajado hasta el sótano), era un conjuro. No había duda: la vecina del 7-E estaba lanzando contra mi puerta, mi apartamento, mi persona y mis pocas pertenencias un conjuro envenenado. Una maldición por estrofas.
    ¿La vecina del 7-E?
    Sí, sí, era ella; por supuesto que era ella. La rubia alta y esbelta del 7-E, la franco-canadiense aspirante a compositora y flautista de una banda, la vecina trasnochadora que se lanzaba a cantar, entre tema y tema de rock ácido, antiguas baladas irlandesas en lengua gaélica, a la una, dos, tres de la madrugada. Sí, claro que era ella. La del 7-E. Hélène.
    ¡Hélène!
    Sólo entonces recordé que una noche congelada, cuando regresábamos muy tarde y muy ebrios de sendas fiestas (o sea, ella de una fiesta con amigos o conocidos y yo de una libación larga y solitaria), me invitó a entrar a su apartamento. No recuerdo bien lo que se dijo, pero por la razón, los impulsos o las carencias que sean, aquella noche nuestros cuerpos se encontraron y se encajaron. Tuvimos o fingimos los orgasmos, da igual, pero antes de separarnos nos dimos un beso en la boca.
    ¡Lo juro!
    Mis labios lo recordarán hasta que todo lo demás sea el pasado. O hasta que sea un tanatorio.
    Fue un beso.
    Después ella nunca volvió a invitarme, a saludarme, a mirarme. Ni siquiera respondió a la postal de Aruba (comprada en un quiosco; nunca he estado en el Caribe) ni a la nota que introduje con dos alfileres en su buzón de correos.
    La verdad es que en su momento aquello me dolió, debo confesarlo. Me dolió muchísimo. Pero todo pasa. Ahora el episodio se me había olvidado por completo. Son ya semanas, o meses, quizás incluso un año desde que pasó aquello.
    Es tan sólo una coincidencia más. Hélène y yo coincidimos una noche en la cama (en realidad el suelo) como coinciden tantas personas en este edificio, lícita o ilícitamente, con voluntad y deseo o por pura inercia. O hábito. A veces por confusiones de la noche o zancadillas del alcohol. Poco más. Y casi nunca se besan, como he podido constatar durante estos días de observación y vigilancia.
    Pero llegado a este punto de mi misión, los sentimientos y la nostalgia no tienen absolutamente nada que ver.
    Porque la pillé in fraganti. Sin vuelta de hoja. De modo que era ella el vecino que pretendía hacerme mal. Hundirme más. Acabarme.
    Las cosas salieron mal. Lo siento. De verdad que lo siento. Lo repito por última vez: lo siento. Sólo que llegados a ese punto, entre la vecina del 7-E y yo el asunto no tenía otra solución posible. Era sólo cuestión de días. O menos. Quizás sólo de horas.
    Su estufa de gas o la mía. Había que decidirlo esa misma tarde.





Saturday, September 11, 2010

Juan Fernando Merino / Hora de cierre

Juan Fernando Merino
HORA DE CIERRE

Para Hugo Merino, un gran tío

“¡Paren las rotativas!”, profirió Gervasio Suárez, abriendo de un puntapié la puerta que daba a la sala de redacción y precipitándose hacia el escritorio de Ramoncito Benavides, el editor nocturno encargado.
“¡Que las paren! ¡Ya mismo!”, gritó Benavides, levantándose como un resorte y gesticulando en dirección de la zona en que se encontraban el flaco Gozálvez, Berenice, Sabelotodo Pérez, José Ricardo Villareal, ‘el poeta de los suburbios’ y Jacqueline Costa —o sea, la mesa de edición finisemanal en pleno—. Con excepción de Jacqueline, quien sin inmutarse siguió corrigiendo el texto que tenía en frente, los otros se pusieron en pie de inmediato, mirándose entre sí y contemplando la escena entre curiosos, sorprendidos y francamente alarmados.
Pero, pero, pero... ¿Las rotativas? ¿Pararlas? ¿A las 9 y 16 minutos de la noche, justo 14 antes del cierre de la última edición? ¿Y por petición de Gervasio Suárez, no precisamente el más confiable de los periodistas neoyorquinos y quien ya ni siquiera trabajaba en El Diario?
¡Aquí pasan tantas cosas! Con periodistas de 14 países de Latinoamérica y otros cuantos de allende la mar, el periódico parecía a veces —y más los fines de semanas— un curioso resumen desquiciado o un microcosmos caprichoso del continente, hasta tal punto que lo único que debería sorprendernos es que todavía hubiera alguien que se sorprendiera de las cosas que pasan... Pero esta repentina aparición de Gervasio no tenía ningún sentido, esto superaba cualquiera de las cotidianas locuras del periódico, y retirando los auriculares que por lo general me aislaban del estruendo imperante, me puse en pie para tratar de dilucidar desde la distancia lo que ocurría alrededor del escritorio de Ramoncito Benavides.
“¿Pero qué pasa, Gervasio?”, le preguntó Berenice, implícitamente apelando a la calma general con su tono siempre sereno y comprensivo.
“Ya he dicho que es un noticionón. ¡La portada de mañana!”, dijo con voz ansiosa, casi suplicante Gervasio Suárez, expulsado perentoriamente del periódico tres semanas y medias atrás, después de romper todos los records vigentes de advertencias orales y escritas, de reprimendas públicas y privadas.
“Y yo he dicho que paren las rotativas! ¡Y es una orden!”, dijo Ramoncito, exaltado, casi agresivo, por alguna extraña razón calándose su sombrero, acercándose a uno de los ventanales que daba a la calle Varick y clavando la vista en dirección de las recién inauguradas Torres Gemelas.
¡Esto tampoco tenía sentido! ¿Ramón Benavides autoritario, brusco, agresivo? Eso no lo habíamos visto nunca, jamás. Si Ramoncito, que sólo ejercía de editor nocturno durante las brevísimas vacaciones anuales de don Ave y las noches de viernes —víspera de la edición más escueta en contenido y anuncios de toda la semana— era un individuo absolutamente tranquilo, apacible, que no importunaba a ningún compañero a menos que fuese ex­cesivo el atraso en la entrega de un artículo, una traducción o una foto.
“¿Y cuál es la gran noticia, Gervasio?”, preguntó con sorna el flaco Gozálvez.
“El temblor que...”, empezó a responder el increpado, pero lo interrumpió Sabelotodo Pérez con una carcajada sonora que se extendió hasta que logró articular, también a grandes voces: “¿Que por fin encontraste trabajo, Gervasio? ¿Es ésa la gran noticia?”
“Que lo dejen dar la primicia”, ordenó Ramoncito regresando de la ventana y lanzándole una mirada furibunda a Sabelotodo. “Señores, hay que tener olfato para las noticias gordas cuando se producen. ¡Y he dicho que paren las rotativas! ”
“Ramoncito, hace ya muchísimos años que se eliminaron las...”, comenzó a decir Jacqueline, incorporándose lentamente de su silla y ahora sí empezando a preocuparse ella también.
“Por supuesto que lo sé... Lo sé mejor que nadie”, exclamó Ramoncito. “Quiero decir, que paren lo que tengan que parar, que llamen a la planta, que cambien la portada...”
“¡Terremoto en El Bronx!”, soltó de repente Gervasio Suárez, como quien lanza un escupitajo o una maldición. “¡Esa es la noticia, señores y señoras!”
“¡No! ¡No puede ser! ¡Llama a casa, Berenice!”
“¡Qué va! ¡No le hagan caso! En Nueva York no tiembla”.
“Imprevisto y devastador. Las consecuencias impredecibles. Aquí tengo el artículo listo. Lo escribí mientras atravesaba la ciudad en un taxi”.
“¡Cambien la portada!”
“¡Pero si son las 9 y 21!”
La cuestión se estaba poniendo más complicada y mucho más interesante con cada segundo que nos aproximaba al cierre. Había llegado el momento de acercarse y participar. ¿Gervasio habría estado bebiendo de nuevo? Porque precisamente una borrachera larga le había causado su primera suspensión sin pago hacia tres años y medio, en el 69, cuando llegó hora y media tarde a entrevistar al presidente del condado de El Bronx. ¿O habría sufrido una crisis emocional, mental o lo que fuera a raíz de su despido? Y por otra parte, ¿si la noticia fuera verdad? Dios bien sabía que Gervasio tenía sus flaquezas humanas, pero como periodista investigativo muy pocos le ponían la pata encima. Y ahora que me acordaba, dos años atrás había temblado en Astoria, un temblor pequeño, localizado, pero bien podría haber sido un presagio de un gran terremoto en El Bronx. ¡En periodismo nunca se sabe hasta que se imprime la última página!
“¡Las 9 y 23! ¡Qué hacemos, Ramoncito!”
Yo ya estaba más cerca del grupo, a la altura de La Bodeguita de En Medio —nuestra diminuta cafetería en la sala de redacción— y alcancé a ver el fulgor en la mirada de Ramoncito. Por supuesto me entró un mal presentimiento... Es que era el mismo fulgor que había visto en su mirada aquella única vez que salimos los dos solos a tomar copas, una noche de mediados de noviembre, justo después de que celebráramos en la sala de conferencias la tercera boda de don Rafa Pereira y el cumpleaños atrasado de Vicky Pelayo.
Tarde aquella noche, con los últimos parroquianos del café-bar Tequila’s, Ramoncito me había confesado que a él le aburrían profundamente los días en el periódico, las reuniones editoriales, las entrevistas rutinarias a políticos y tramposos, el inflaje de cables, la revisión de pruebas, la corrección de estilo, y todo lo demás, pero en cambio le encantaba, le apasionaba hasta la última fibra de su ser la hora de cierre, aquel fragmento mágico de la jornada en que los periodistas que habían estado dando vueltas por toda la planta y conversando de otras cosas por fin se concentraban en terminar las notas, en que el editor, el subdirector y el jefe de redacción se paseaban nerviosos, mirando aquí, acosando allá, tachando con un lápiz rojo titulares y encabezamientos, la hora en que parecían multiplicarse los cables de las agencias internacionales con su inconfundible traqueteo y el retintín de la campanita cuando se trataba de cables urgentes, en fin esa hora inefable en que todo podía cambiar, en que se crispaban los nervios y se cruzaban gritos de un lado a otro de la sala de redacción pidiendo que se redujera un titular o se eliminara un destacado.
“La verdad es que yo vivo para esa hora, para la hora del cierre”, me había dicho Ramoncito aquella noche de noviembre en Tequila’s, con los ojos vidriosos por la cantidad de Margaritas ingeridos. Y yo en ese momento lo comprendí perfecta, solidariamente —y no sólo con la solidaridad de los ebrios sino también la de los colegas—. Por otra parte, Ramoncito era uno de esos personajes desfasados, casi anacrónicos, y con su corbatín y chaleco, sus maneras corteses, sus hábitos de antaño parecía corresponder mucho mejor a la época de los linotipos, las rotativas, las operaciones a mano y palanca, mucho antes del arribo del periodismo electrónico. Perfectamente me lo podía imaginar en medio de una de aquellas películas norteamericanas de los años 50, cuando el jefe de redacción se aparecía en mitad del cuadro y gritaba ‘Stop the press!’ Y todo eso estaba muy bien y hasta resultaba entrañable... sólo que en este momento, atrapado en la película, la novela, o el disparate de Gervasio Pérez, Ramón Benavides se estaba jugando su cargo, su prestigio y la edición sabatina de El Diario La Prensa, el decano de los periódicos hispanos de Estados Unidos.
“¿Qué hacemos, Ramoncito, qué hacemos? ¡Son las 9 y 27!”, suplicó Villareal, ‘el poeta de los suburbios’, que al igual que Jacqueline y Sabelotodo había estado tratando infructuosamente de llamar a algún sitio en El Bronx para corroborar o desmentir la noticia.
“Lo que dijo el compañero Gervasio”, ordenó Ramoncito. “Nueva portada: Terremoto en El Bronx. Subtítulo: Daños considerables y consecuencias imprevisibles”.
“¡Pero te has vuelto loco!”, dijo Berenice interponiéndose entre Ramoncito y el flaco Gozálvez, quien parecía a punto de perder la paciencia o la cordura. “¿No te das cuenta de que Gervasio no está...?”
“No consigo línea, no consigo línea”, repetía Sabelotodo.
“Aquí hay otro cable urgente”, dijo Jacqueline. “Pero viene de Italia”.
“¿Sabes una cosa, Ramoncito?”, dijo de improviso Gervasio, asiéndolo del hombro suave, casi fraternalmente.
“¿Qué?”, preguntó a su vez Ramón, apartándose de la mano del otro.
“Que harías bien en medir las consecuencias de tus acciones”, respondió Gervasio, asegurándose de que estuviéramos escuchando todos los presentes. “Por el hecho de ser un simple editor nocturno de fin de semana no deberías estar enviando memorandums y acusaciones al editor, al jefe de redacción y mucho menos a Recursos Humanos... ¡Perjudicar a tus propios compañeros! ¡A tus colegas que se han quemado las pestañas contigo!”
“Pero…. Pero espera un momento, Gervasio, ¿y el temblor?”
“Ya vendrán a su tiempo los temblores y los terremotos y fuegos y derrumbes y epidemias... Por eso no se preocupen, que van a llegar. Y los que todavía estén por aquí, los van a ver y los van a lamentar”.
“Está completamente chiflado”, dijo Pérez, sacudiendo la cabeza y entrecerrando los ojos. “Les juro que si yo no tuviera esta mano derecha prohibida...”
Ramoncito Benavides se dejó caer sentado en su silla y se apretó la frente con la mano izquierda, con fuerza, como para impedir que se rompiera algún dique interno.
“Pero olvidemos el pasado”, dijo Gervasio, mirándonos uno por uno, los ojos lustrosos y un amago de sonrisa en el rostro. “¿Por que no vamos todos a tomar un par de copas al Tequila’s? Muchachos, ¡los he echado tanto de menos!”
“Esto era lo único que nos faltaba”, dijo Villareal, dirigiéndose a la nevera a buscar algo de tomar.
“¡9 y 30! Cerrada a tiempo la edición del sábado”, dijo Jacqueline Costa, acercando una silla para sentarse al lado de Ramoncito Benavides, quien en ese momento empezaba a recoger los papeles revueltos que cubrían su escritorio.

Nueva York, 14 de febrero de 2006

Juan Fernando Merino
Cuentista, traductor y periodista colombiano. Ha obtenido varios premios literarios colombianos, así como una beca nacional de novela. En España ha sido ganador de siete concursos de cuento, incluyendo los de Bilbao, Ponferrada y León. Es autor del libro de relatos Las visitas ajenas (1995) y la novela El intendente de Aldaz (1999). Entre 1987 y 1997 se desempeñó como jefe de traductores del Festival de Cine de Valladolid, y entre 1990 y 1996 estuvo vinculado con la editorial Anaya de Madrid, para la cual tradujo obras de Mark Twain, Daniel Defoe y Herman Melville, entre otros. Para editorial Norma ha traducido cuatro novelas de Roddy Doyle, así como obras de Coraghessan Boyle y Julie Hecht. Tradujo Ricardo II, como parte del proyecto Shakespeare por escritores. Además, seleccionó y tradujo Habrá una vez, magnífica antología de la joven narrativa norteamericana, publicada por Alfaguara. Actualmente vive en Nueva York, donde es colaborador de El Puente Latino e integrante de la Mesa de Edición del diario La Prensa.