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Tuesday, October 18, 2011

Cees Nooteboom / El holandés errante

Cees Noteboom
Medellín, 2011
Fotografía de Triunfo Arciniegas
Cees Nooteboom
EL HOLANDÉS ERRANTE

Por Jorge Fondebrider
Revista Eñe
Buenos Aires, 26 de agosto de 2011




Viajero incansable desde que era un adolescente y escritor prolífico, durante los últimos años, Cees Nooteboom, el holandés que más suena para el Nobel recorrió el mundo detrás de una obsesión: visitar las tumbas de los autores y filósofos que admira. De eso habla en esta charla en la que también repasa, con profundidad, humor e inteligencia, su vida durante la Segunda Guerra, su concepción de Europa y cuenta sus viajes a la Argentina, entre ellos éste que lo trae al Filba (Feria Internacional de Literatura de Buenos Aires).


Cees Nooteboom pertenece a una estirpe de escritores europeos que, como Elias Canetti o John Berger, se relaciona más con una suma de tradiciones fundamentalmente europeas que con una única nación. Muchas veces candidato al Premio Nobel de Literatura, es autor de más de cincuenta títulos, serie que comienza con la publicación de Philip y los otros (1954,  traducido al castellano en 2010) y llega hasta Los zorros vienen de noche (2011). Sus novelas, cuentos, relatos, poemas, libros de viajes y ensayos son todos géneros que confluyen en Tumbas de poetas y pensadores (2007), realizado en co-autoría con su esposa, la fotógrafa Simone Sassen, con quien ha recorrido el mundo entero para visitar las sepulturas de grandes escritores y filósofos de todas las épocas. Cuando se le pregunta cuál fue el origen de ese libro, Nooteboom responde: “El origen fue mi amor por Proust”, y ahí comienza una de las tantas historias que, dada la naturaleza digresiva de su charla, quedará contada a medias.
Sí, fuimos al cementerio de Pere Lachaise, en París, y yo le pedí a mi mujer que tomase una foto de la tumba de Proust. Y como salió muy linda, uno empieza a pensar… Después en los Estados Unidos, fuimos a la tumba del poeta Wallace Stevens, por quien siento un gran amor y... dicho sea de paso, descubrí en la revista Sur que Borges ya lo había traducido en 1944. Es increíble que estando en Buenos Aires, él lo haya encontrado en una fecha tan temprana.
-Permítame decirle que Borges reseñó “At Swim Two Birds”, la primera novela del irlandés Flann O’Brien, en 1938, seis meses después de su publicación en Dublín, cuando casi nadie se había enterado sobre la existencia de ese autor y de ese libro.
-Sí, sé que esas cosas están saliendo a la luz. Y es asombroso, porque en esa época no existía el New York Review of Books, no había Internet, por lo que el mérito es todavía mayor. A ver si me explico mejor: jamás diría que Buenos Aires en esa época estaba alejada del mundo, pero convengamos que estaba más concentrada en París que en los países de lengua inglesa. Por eso me resulta tan asombroso lo de Borges. ¿Cómo hacía para descubrir esas cosas? Porque puedo entender incluso que se interesara por Faulkner, pero me intriga saber cómo descubrió a Wallace Stevens.
-¿Y usted, qué es lo que encuentra en Wallace Stevens?
-Me fascina porque creo que era un filósofo –y no uno cualquiera– que consiguió llevar muy bien su pensamiento a la poesía. Como usted sabrá era un hombre de negocios, también un hombre de derecha. Y sin embargo, nada de eso importa cuando uno lo lee… Bueno, se podría llegar a creer que Stevens era cosmopolita porque, aparentemente sabía todo sobre la vanguardia francesa, pero lo curioso es que nunca fue a Francia ni a ningún otro lado. Sólo viajó a Cuba, donde vivía ese hombre, Julio Feo. El y Stevens mantuvieron una correspondencia muy interesante. Las cartas del cubano empezaban siempre con “Dear Don Wallacio” Y este Julio Feo, que debió ser muy joven, le escribió sobre Proust. Stevens en su última carta dice algo sobre una vaca en su jardín. Stevens buscaba el contacto con la vida real. Y el joven de alguna manera se lo aportaba… En fin, las ideas de Stevens me parecen muy interesantes; en cierto modo, una ficción suprema.
-Volviendo a “Tumbas de poetas y pensadores”…
-Sí, claro. Llegó un momento en que tenía diez fotografías de tumbas de escritores famosos y me pregunté qué tal si hacía un libro con eso. Había entonces que buscar dónde estaban esos poetas y pensadores. Por ejemplo, yo había traducido a César Vallejo al neerlandés…
-Sé que tradujo a varios poetas…
-A Antonio Machado, a Jaime Gil de Biedma, del italiano lo traduje a Cesare Pavese…
-Pero volvamos a Vallejo.
-Sí, Vallejo también No todos sus libros, pero sí muchos poemas. ¿Y dónde estaba Vallejo? Me puse a buscar. Yo sabía que había vivido y muerto en París, pero, ¿dónde estaba enterrado? ¿Y dónde estaban Strindberg o Pushkin? Fui averiguando esas cosas poco a poco.
-¿Qué observó de particular en las tumbas?
-Diría que hay algo así como dos especies de tumbas. En las tumbas de los que yo llamo “escritores latinos” siempre hay algo así como altares animistas. En la tumba de Vallejo, que está en el cementerio de Montparnasse –el mismo cementerio donde está Julio Cortázar– había un lápiz, papel y, por curioso que parezca, guantes de lana. En la tumba de Cortázar alguien había puesto una botella de ajenjo. En la de Samuel Beckett –que no es latino, pero que para mí pertenece a ese grupo– había un libro. Y uno se pregunta qué piensa la gente. ¿Que a la medianoche sale Beckett y recoge el libro? Y Antonio Machado… Ah, Machado está en Colliure, en el sur de Francia. Delante de su tumba hay un buzón de cartas. Es un buzón oficial y, como cuando fui no había nadie, pude abrirlo un poquito. Había por lo menos unas diez cartas. Entonces, ¿qué piensa la gente que le deja cartas a Machado? ¿Qué las va a leer?
-¿Cuáles son las otras tumbas, ésas que no son “latinas”?
-Las alemanas, por ejemplo.
-¿Y cuál es su teoría respecto de las diferencias que hay entre las tumbas “latinas” y las “alemanas”?
-No tengo una teoría, aunque diría que los alemanes –tanto los católicos como los protestantes– no son propensos al animismo. Esas tumbas alemanas son más severas. Pero quizás la nomenclatura se preste a error, ¿no? Vea Eugenio Montale, por ejemplo. A pesar de que Montale es italiano y, por lo tanto, católico y latino, su tumba está en un muro y, en consecuencia, no puede hacerse nada con ella.
-¿Qué otras cosas registró?
-Los malentendidos. La tumba de Joseph Brodsky, por ejemplo, en el cementerio que hay en la isla de San Michele, cerca de Venecia. Ahí había una cruz católica, pero Brodsky era judío. Con Elías Canetti pasó lo mismo, en su tumba había una cruz. Y, fíjese, la segunda vez que fuimos a ese cementerio, un año más tarde, las cruces habían desaparecido y las tumbas tenían lápidas comunes.
-Entiendo que la tumba de Brodsky no está lejos de la tumba de Ezra Pound.
-Efectivamente, Brodsky está cerca de Pound y Canetti está muy cerca de Joyce.
-Es la división del inframundo.
-Usted sabe que Canetti estaba furioso porque se tenía que morir. Realmente furioso. Y se nota en su firma, que es la que usaron para su lápida. También, en el caso de Robert Graves usaron su firma para la lápida.
-¿Borges dónde entra?
-Bueno, la tumba de Borges, que está en el cementerio de Plainpalais, en Ginebra, tiene apenas una lápida. Lleva una inscripción en anglosajón. El que me tradujo lo que dice fue Alberto Manguel.
-¿Sabe que acaba de salir un libro justamente sobre ese tema? Se llama “Siete guerreros nortumbrios” y es de Martin Hadis.
-Tengo que tener ese libro también. Desde que llegué, ya me compré un libro sobre los familiares ingleses de Borges. Creo que se llama Literatos y excéntricos: los ancestros ingleses de Borges…
-Es del mismo autor.
-Debe de estar obsesionado con Borges, ¿no? Pero esa gente siempre es interesante... ¿Sabe que en el libro de Bioy Casares sobre Borges se dice que, cuando Borges supo que se iba a morir rezó el padrenuestro en anglosajón, en inglés antiguo, después en francés y después en español. Dice eso. No sé de dónde sacó Bioy esa información. Dice que le llegó a través de un Jean-Pierre Bernès, que fue el editor de las obras completas publicadas por La Pléiade.
-¿En qué otros lugares estuvo buscando tumbas?
-En Samoa, para ver la tumba de Robert Louis Stevenson. Aprovechamos que estábamos en Japón. Desde allí fuimos a Tonga, que es donde se encuentra el extremo horario internacional. Por lo tanto, si usted vuela de Fidji a Tonga, son dos horas de vuelo. Pero si va de Tonga a Samoa, saliendo a las 4 de la tarde, llega a las 6 de la tarde del día anterior. Curioso, ¿no?
-Sin duda.
-La cuestión es que a Samoa fuimos sólo por Stevenson. Su tumba está en una montaña. Hasta allí cargaron el ataúd los aborígenes, atravesando la selva, trabajo que debió haber sido terrible.
-Y que bien podría ser una escena de una de las novelas de Stevenson.
-Pero la vista que tiene Stevenson desde donde está enterrado vale la pena. Es magnífica. Allá arriba, Stevenson está solo. De hecho, son varios los que están solos y sus tumbas son las más fáciles de fotografiar. Porque fotografiar tumbas es difícil, ya que la mayoría tiene otras tumbas a su alrededor que insisten en querer salir en las fotos. A partir de la disposición de las tumbas se podría hacer una especie de sociología de la muerte.
-¿Qué otros están solos?
-Por ejemplo, Baruj Spinoza, Paul Claudel y el vizconde de Chateaubriand. De este último tengo una anécdota. Resulta que él no quería su nombre en la tumba porque, por vanidad, pensaba que todo el mundo lo conocería. Pero yo vi que había franceses que llegaban y leían en la placa que hay junto a la tumba: “Aquí descansa un gran escritor francés. Respetad su silencio”. Y esas personas que estaban ahí se preguntaban de quién era la sepultura. Y no va uno y dice: “Ah, yo sé. Es la tumba de Maupassant”. Y yo pensé: “Bien hecho, esa es la recompensa a la vanidad”.
Nooteboom me cuenta que en el libro hay unas ochenta y tres tumbas, ordenadas por orden alfabético, y me aclara que faltan muchos. Cuando le pregunto por qué, me dice que por decisión de su editor alemán, quien le dijo que, dado que era un libro grande, con buen papel y buena impresión, iba a ser muy caro y nadie lo iba a poder comprar. “Entonces, paramos –me aclara–. Pero vamos a hacer un segundo libro.”
-¿Va a seguir viajando por el mundo como hasta ahora?
-Sí, claro. Toda mi vida viajé por el mundo. Empecé de joven, haciendo dedo por Europa.
-Justamente ahí quería llegar. Usted ha escrito mucho sobre el hecho de ser europeo. ¿Es consecuencia de su conocimiento empírico del mundo o algo a lo que llegó luego de una larga elaboración intelectual?
-Para contestarle tengo que ir más atrás y contarle algo que ya conté en varias oportunidades. El 10 de mayo de 1940 se produjo un bombardeo terrible muy cerca de nuestra casa. Como vivíamos al lado de un aeropuerto militar y mi padre era curioso, puso una silla en el balcón para ver el fuego sobre Rótterdam a lo lejos y a los paracaidistas que descendían sobre Holanda. Miraba como si aquello fuese un teatro y ante nosotros todo era devastación. Yo, que tenía 6 años, tuve mucho miedo, pero sobrevivimos. Sin embargo, a poco de terminar la Segunda Guerra Mundial, mi padre murió durante un bombardeo inglés sobre La Haya, que era donde vivíamos. Yo no estaba presente porque en el invierno de 1944 en las ciudades se pasaba mucha hambre y me habían mandado al campo con mi madre. Mi padre se murió a consecuencia de las heridas. Para cuando terminó la guerra, yo tenía 11 años y podía entender ciertas cosas. Después, viajando por mi cuenta, conocí Europa. Vi las ruinas de lo que había sido Alemania y descubrí que muchos no alcanzaban a comprender las consecuencias de lo que había pasado y de lo que habían hecho. No podían hacer el duelo. Lo único que podían hacer era decir: no lo sabíamos, no lo hicimos, no fui yo. Hasta que lentamente la cosa decantó. Y debo decir que ahí los alemanes resultaron ejemplares viendo lo que pasó y lo que sus padres o sus abuelos habían hecho. Fue entonces cuando surgió la idea de Europa para no repetir los errores de Versalles, que los castigó reduciéndolos a nada, lo que en su momento había dado origen a Hitler. Sin embargo, para entonces había una mitad de Europa que ahora estaba excluida. Tuve también otra experiencia que, diría, me forjó. Una noche de 1956 me encontré con dos fotógrafos, periodistas que me dijeron: “Hay una revolución en Hungría, ¿quierés venir? Tenés 10 minutos. Yo también era periodista y escritor en ciernes, y no pude rechazar la invitación. Cuando llegamos, lo que vi me cambió la vida y mi visión política. Ver a esos agentes de la policía secreta, mutilados en el suelo con dinero en la boca y la gente que los escupía. Y nosotros sabíamos que los rusos vendrían… Yo había sido izquierdista y estaba acostumbrado a estar del otro lado, pero después ocurrió eso. Recuerdo que hubo una reunión del sindicato de escritores que querían echar a un escritor comunista. Entonces les dije: están cometiendo el mismo error que ellos. Yo sabía que cuando los rusos cerraran la frontera estarían allí durante años. Y después, los cuerpos mutilados y los muertos en medio del movimiento de camiones y de soldados soviéticos que cerrarían el país por treinta años, mientras la OTAN y los Estados Unidos permanecían quietos. Haber visto eso y mi estancia en Berlín del Este, contribuyeron a que perdiera la inocencia. Después discutí muchísimo con mis amigos de izquierda.
-Usted me ha hablado del norte de Europa. ¿Cuándo descubrió el sur y qué le significó ese descubrimiento?
-Europa era un lugar triste cuando yo tenía 17 años y empezaba a viajar. Todavía estaba destruida, gris. Y yo empecé a hacer dedo. Recuerdo que fui a Arles y a Provenza –eso lo cuento en mi primera novela, un libro que ahora veo como muy inocente– y me dije que era así como había que vivir. Había luz, la comida. Y fui a Italia, que me pareció fantástica, una suerte de opera bufa. Y después a España que me enamoró a pesar de Franco. Ya ve, tengo de verdad una identidad europea.
-Sí, pero, ¿en qué consiste?
-En una serie de datos comunes que hacen que, cuando leo un diario en Italia, siendo holandés, sepa de qué se trata. También en poder leer a Franz Kafka, a Milan Kundera, o a Sandor Marai sobre una base de conocimiento compartido. Esa Europa, que los políticos torpemente quieren vender como si se tratara de algo excepcional, siempre existió. Voltaire hacía imprimir sus libros en Holanda y Mozart tocaba en París. Entonces, Europa, su idea como conexión cultural, siempre existió. Eso fue lo que les permitió a los políticos establecer una Comunidad Europea.
-¿Y qué lugar les quedó a los artistas y a los intelectuales?
-Siempre pensé en las palabras del poeta estadounidense Robert Lowell después de haber sido invitado a la Casa Blanca por Kennedy: “Sólo nos usaron como decoración para la vidriera”. Eso es lo que hicieron y hacen los políticos. Si no, fíjese cuál es el presupuesto para cultura en la mayoría de los países de Europa. Y en la actualidad, claro, la única cuestión real parece ser el dinero.
-¿Qué pasó con su libro “Cómo ser europeos”?
-Mi libro no fue entendido. Fue leído simplemente como un cuento de hadas. No sé si usted leyó En las montañas de Holanda.
-No. No lo he leído.
-Es un libro anterior, que no es político para nada. Es, precisamente, sobre el norte y el sur, pero esta vez sí con la forma de un cuento de hadas. Transformé a Holanda en un gran país que llegaba hasta los Balcanes, basándome en “La Reina de la Nieve”, un cuento de hadas de Hans Christian Andersen. Traté de escribir una parábola sobre el norte y el sur, uno híper organizado y desarrollado y el otro, caótico y atrasado. Digamos que en todas partes hay un norte y un sur. Ahora, en España, los catalanes no quieren pagar por los andaluces, y los italianos de la Liga del Norte no quieren pagar por los italianos de Sicilia. Alemania no quiere pagar por los griegos y en Holanda o Suecia surgen movimientos de ultraderecha que refiriéndose a los vecinos del sur, dicen: “No nos gusta esta gente. ¿Por qué tenemos que ayudarlos?”.
Durante la charla, que transcurre en inglés, Nooteboom pasa insensiblemente de una lengua a la otra. Como buen holandés, habla varios idiomas y cita en francés y en alemán, hace acotaciones en castellano, pero sólo escribe en neerlandés.
-Usted escribe en un idioma minoritario y ha sido traducido a muchísimos idiomas.
-En castellano mis libros fueron publicados por la española Siruela…
-Y son carísimos…
-…razón por la cual, ahora que he pasado a De Bolsillo en Random House, resultó más accesible al bolsillo de los argentinos y van a poder leerme.
-Puedo entender que la narrativa y el ensayo pasen bien de una lengua a otra. Pero, ¿qué pasa con la poesía?
-La poesía también ha sido traducida. Hay un libro, Así pudo ser, que he traído, pero que no está en América Latina. En Bogotá, leí de ese libro de poesía en la Casa Silva y les pregunté a mis amigos cómo les sonaba. Me dijeron que las traducciones les parecían bellas.
-Sé que, además de haber leído en Bogotá, también estuvo en el Festival de Poesía de Medellín.
-Una curiosa experiencia. Leí ante cuatro mil personas, lo que, para alguien como yo, que soy un poeta de cámara, resulta excesivo. Recuerdo que había un poeta turco que leyó algo sobre el Che Guevara y desató una ovación de la multitud. Pura demagogia. Agradezco la invitación que me hicieron, pero me siento más cómodo en otro ámbito.
-¿Todos sus poemas pueden ser traducidos?
-No. Sé que muchos son intraducibles debido a los dobles sentidos. Podría explicarlos, pero no sé si la poesía debe ser explicada… Ahora encontré una nueva editorial en España, llamada Calembour, y me van a traducir un libro de poemas en prosa llamado Autorretrato de (un) otro. Los españoles dicen que mis poemas pasan bien, pero es muy difícil juzgar. Creo que el estilo en otro idioma es una proposición difícil. Mi nuevo traductor se llama Fernando de la Banda, es un académico, es profesor de holandés o algo así y a mí me parece muy bueno.
-Supongo que su éxito debe tener origen en alguna traducción afortunada.
-Efectivamente. Mi vida cambió cuando los alemanes empezaron a publicarme. Un editor alemán convirtió a uno de mis libros en lo que la gente quería leer. Los editores de España, Francia e Italia han sido constantes. Ahora, supongo, también me podrán leer en la Argentina.
-Usted ya vino varias veces al país.
-Sí. De hecho, mi último libro trata en parte sobre la Argentina. Ya salió en Holanda, pero todavía no ha sido traducido. Es sobre un viaje en barco desde Valparaíso, hasta Montevideo, rodeando el Cabo de Hornos. Vale decir, estuvimos en Ushuaia. También, en Río Gallegos. Y nos conmovió tanto Ushuaia que, cuando dejamos el barco volamos de nuevo a Ushuaia y alquilamos un auto para viajar hasta Purmamarca.
-¿En qué circunstancias transcurrió ese viaje?
-Son las ventajas de ser famoso en Alemania. Me pidieron que diera dos conferencias en un crucero de los antiguos, no en esos de lujo que parecen hoteles flotantes. Lo hice con mi amigo Rûdiger Safranski. El escribió una biografía de Heidegger. Dimos juntos una charla y dos por separado para unas 25 personas. Eso pagó todo el viaje. Estuvimos aquí un tiempo. Recuerdo haber visto mi libro Rituales en español, en versión de tapa dura. Costaba 42 dólares y yo pensé: “Nadie va a comprarlo”. Yo era muy caro en ese momento.

FICHA
III Festival Internacional de Literatura de Buenos Aires
Fecha: del 9 al 18 de septiembre
Participan: John Coetzee, Cees Nooteboom, Luis Chitarroni, Andrés Barba, Kjell Askildsen y Luis Sepúlveda, entre otros.
Informes : www.filba.org.ar


Monday, November 22, 2010

Thomas Lynch / De poetas y tumbas

De poetas y tumbas

Thomas Lynch
DE POETAS Y TUMBAS
Por Adriana de la Espriella

El Malpensante N° 54

Mayo - Junio de 2004

Thomas Lynch es un escritor muy poco convencional. Sus días no sólo transcurren entre libros y manuscritos, como supone uno que transcurren los días de los escritores, sino también entre ataúdes y muertos. Desde hace cerca de treinta años, Lynch es director de la funeraria de Milford, una pequeña ciudad del estado de Michigan al nordeste de Estados Unidos. El oficio lo aprendió desde niño, al lado de su padre. Cada vez que se muere una persona en Milford, Lynch se encarga de recoger el cuerpo, de embalsamarlo, de organizar los detalles de la velación, de la ceremonia, de ordenar las flores, los obituarios y de llevar al muerto hasta la tumba, el crematorio o el sepulcro que hayan escogido para él los dolientes de turno. A diferencia de la mayoría de los mortales, Lynch tiene trato diario y directo con los muertos y con los vivos que los lloran. Los demás nos enfrentamos a la idea de la muerte y al hecho real y doloroso del cuerpo sin vida de una persona querida sólo unas cuantas veces en la vida, no todos los días.
Como escritor, Lynch comenzó siendo poeta. Tiene en su haber tres colecciones de poesía (Skating with Hea-ther Grace, Grimalkin & Other Poems y Still Life in Milford). El enterrador es su primer libro de ensayos; apareció en Estados Unidos en 1997 y obtuvo un éxito inmediato entre la crítica y los lectores. Fue galardonado con el American Book Award y fue finalista del National Book Award.
Para Lynch, el trabajo en la funeraria y el trabajo de escritor están íntimamente ligados. Como la pregunta sobre esta peculiar combinación de profesiones es inevitable, siempre responde que ambas cosas, la poesía y los funerales, tratan de lo mismo: de buscar palabras para lo inefable, para todo lo que necesitamos investir de sentido. El ejercicio cotidiano del oficio funerario es precisamente el hilo conductor de estos ensayos que hablan, naturalmente, de la muerte, de lo que significa como momento crucial de la vida, de lo que hacemos con los muertos y del sentido que ello tiene para los vivos, del amor y de la muerte del amor, del dolor, de las implicaciones éticas de las decisiones sobre el comienzo y el final de la vida, y de lo más esencial de la humanidad: la conciencia de nuestra mortalidad.
La escritura de Lynch es directa, sin concesiones ni sentimentalismos, lúcida y aguda, a veces melancólica, a veces perturbadora, atravesada por ese sentido del humor negro y certero que heredó de sus ancestros irlandeses y que produce risa y dolor. Los ensayos de Lynch producen el vértigo de verse empujado a mirar a la cara lo que es más real, nos obligan a pensar, a detenernos y a volver a empezar.
Por supuesto que Lynch no descubrió el tema de la muerte que, como dice la sabiduría popular y lo demuestra la inapelable realidad, es la única certeza de la vida. Pero su forma de hablar de ella es tan original que nos devuelve el asombro que producen las cosas que se miran por primera vez. Y la respuesta de la gente ha sido contundente. Antes de la publicación de los ensayos de El enterrador, por ejemplo, era impensable hacer una serie de televisión como Six Feet Under, inspirada precisamente en el libro y en la vida de Lynch. En la serie, cuyo eje temático es el trabajo en una funeraria, ca-da capítulo comienza con lo que rara vez pasaba antes en las series de televisión: muere un personaje. El enterrador conjuró el miedo y el pudor de hablar de la muerte con naturalidad, de nombrar todo aquello que por ser tan dolo-rosamente real, a veces preferimos ocultar.
Desde la perspectiva sobre la vida que puede dar el ejercicio cotidiano de embalsamar y enterrar, de oficiar el ritual de la despedida final, los ensayos abordan las grandes preguntas existenciales de la humanidad. Pero no se trata de elucubraciones abstractas o teóricas; son relatos de la vida cotidiana, historias de personas comunes y corrientes que se enamoran y se desenamoran, se enferman o temen enfermarse, sufren accidentes y violencias y se mueren, muy pronto o no tan pronto, pero invariablemente se mueren como parece que nos va a ocurrir a todos.
Con ocasión de la publicación en español de El enterrador, Thomas Lynch respondió unas preguntas para El Malpensante.

El estilo de los ensayos de El enterrador es muy original. ¿Tenía autores o libros específicos en mente cuando comenzó a escribir?

Después de la publicación de mi primer libro de poemas, mi editor en ese momento, Gordon Lish, me pidió “algo en prosa” para una revista literaria. Cuando le pregunté qué quería exactamente, me dijo: “Simplemente cuéntenos lo que usted hace”. “El oficio fúnebre”, el primer ensayo del libro, es el texto que escribí entonces. Unos años más tarde, John Lanchester, que era editor del London Review of Books, me preguntó si escribiría otros textos como ése, y así fue como comencé a trabajar en ellos. Después, Robin Robert­son, mi editor de poesía en Jonathan Cape, sugirió reunirlos en un libro. De manera que la idea del libro surgió porque hice lo que me pidieron. Y, por supuesto, también tenía la sensación de haberle prometido un libro como éste a mi padre. Me alegró cumplir esa promesa aunque pasaron cinco años después de su muerte.
En cuanto a influencias, uno de mis autores favoritos es el periodista estadounidense H. L. Mencken, así como el periodista irlandés Flann O’Brien. Los ensayos de Montaigne son maravillosos, como lo es su idea de que el ensayo es, en realidad, un esfuerzo, un intento, una prueba, una búsqueda. Me atrae la noción de que la propia forma del ensayo permite que el escritor hurgue en el lenguaje en busca de ideas que “suenen verdaderas”. El hecho de que el lenguaje pueda sostener grandes saltos entre conceptos e ideas dentro de un mismo ensayo es algo que también me atrae.
En términos de estructura, mi sensación es que la prosa se mide en frases y párrafos, así como la poesía se mide en versos y estrofas. En ambos casos es útil tener sentido para las sílabas y oído para la acústica de las palabras.

Es inevitable que se lo pregunte: ¿Cómo escogió las profesiones de enterrador y escritor?

Admiraba a mi padre y el papel que desempeñaba ayudando a la gente en momentos difíciles. Trabajar a su lado me enseñó muchas cosas y me hizo pensar que un trabajo entre personas en circunstancias extremas podría tener mucho sentido y ser instructivo. También me permitía tener tiempo suficiente para reflexionar sobre la naturaleza de las cosas.
Siempre he escrito. (No juego golf). Es una extensión de la lectura. Es como entrar a participar en la conversación. En 1980 comencé a escribir poemas para publicar. El poeta Michael Heffernan, un amigo y antiguo profesor, publicó su primera colección en 1979. Cuando tuve su libro entre las manos, tuve la sensación de que su trabajo, de cuyo proceso fui testigo, lo sobreviviría. Ese libro iba a permanecer en los estantes de la biblioteca, vivo, después de que él muriera. Y yo realmente quería dejarles algo a mis hijos para que supieran lo que pienso cuando me han visto la mirada distante y para afirmarles que tener ese tipo de inquietudes y de “preguntas abrumadoras” hace parte de la vida.
El hecho de que mis primeros trabajos fueran publicados fue un estímulo mucho mayor del que necesitaba y tener buenos editores me ha ayudado inmensamente.

¿Cómo fue el proceso de escoger el título del libro? La traducción al español es más bien libre porque no existe un equivalente exacto de Undertaking. Y después de leer el libro, uno se pregunta por qué califica los funerales de oficio tétrico o sombrío, según están descritos en el subtítulo en inglés (The Undertaking. Life Studies from the Dismal Trade).

Sí, undertaking es realmente un gerundio difícil de descifrar. Por un lado, tiene que ver con un sentido de deber y de detalle; por otro, con un sentido general de empresa; y por otro, con la noción de compromiso o promesa. Todos estos elementos se combinan haciendo eco a los títulos de los oficios ingleses victorianos —que eran particularmente vagos— como solicitor [abogado con funciones públicas] o chemist [farmacéutico] o victualler [persona con licencia para vender bebidas alcohólicas]. Los italianos lo llamaban creo queum becchino, palabra que evoca la imagen de un pájaro negro picoteando el cadáver, muy cercana a la imagen del hombre vestido de negro que era llamado para recoger el cuerpo.
Dismal trade es un tropo tomado ¿tal vez de Dickens? En todo caso, de ese siglo. Pero lo que tenía en mente cuando puse el subtítulo era el significado más antiguo de la palabra dismal, derivado de su raíz latinadies mali para “día malo” o “día oscuro”. Life Studies es el título de uno de los libros de Robert Lowell, también se refiere a especies de bosquejos anatómicos artísticos y me pareció que describía lo que traté de hacer con palabras. No me detuve mucho en eso. Todos los días salgo a caminar, y hacia el final de uno de esos paseos, el título me llegó a la mente.

Los epígrafes que dan inicio al libro provienen de una combinación muy sorprendente de autores: versos de dos poetas norteamericanos contemporáneos, Donald Hall y Jane Kenyon, una frase de Virgilio y una de Kurt Cobain. ¿Cómo hizo esta escogencia?

Conocí a Don Hall hace varios años, cuando él era profesor en la Universidad de Michigan, donde conoció y se enamoró de Jane Kenyon. El poema del que tomé el epígrafe se refiere en realidad a la muerte de su anciana madre. Esa tristeza fue una especie de ensayo del profundo dolor que significaría para él la muerte de Jane. Su libroWithout, y especialmente el poema que lleva ese nombre, siempre me ha parecido uno de los pocos libros centrados en el dolor de un hombre. Cuando uno lo lee junto con “Otherwise”, el poema de Jane, queda muy impresionado por el poder de la palabra y del lenguaje, incluso sobre ese tipo de tristezas. El año pasado estuve con Donald Hall en una conferencia aquí en Michigan. Está muy bien, Dios lo bendiga. Es muy bueno estar vivo mientras él está escribriendo poemas.
A mi hijo Sean le gustaba mucho Kurt Cobain. Pero las drogas y el alcohol terminaron con su vida. Cantar, como él: “Juro que no tengo una pistola” y después volarse la cabeza es, tristemente, la naturaleza de la adicción. Eso no me parece romántico, es sencillamente muy triste. Y Virgilio es, bueno, Virgilio. Siempre me ha gustado esa frase sobre “las lágrimas de las cosas”, lacrimæ rerum.

El lenguaje de sus ensayos está muy distante del tono que prevalece en la mayor parte de la literatura sobre la muerte, bien sea de orientación religiosa, espiritual o la de los libros llamados de autoayuda. ¿Cómo ha sido recibido por los lectores?

Existe la tendencia a hablar de la muerte bien sea en términos puramente científicos o recurriendo a consuelos sentimentales; es decir, a asumir que se trata de un evento exclusivamente biológico o exclusivamente psicológico. Lo primero es demasiado clínico y lo segundo demasiado melo-so. Los clérigos tienden a tratar la muerte como un evento sólo o totalmente religioso, y tristemente, algunas personas del negocio de las funerarias lo tratan como una venta más. La verdad es que la muerte es eso y mucho más: es un evento existencial que desafía todos los aspectos de nuestra humanidad. Yo aprendí a ver la muerte y a hablar sobre ella como lo hacía mi padre: como algo que les pasa a los muertos y a los vivos que los sobreviven, y nuestro trabajo es ayudar a los vivos a encargarse de sus muertos. El lenguaje que aprendí de él era sencillo, compasivo, cuidadoso y real. Fue una buena enseñanza.
Creo que los lectores responden a ese tipo de escritura porque no exige que sean de una fe determinada o de un sistema de creencias, ni que cambien sus heridas más profundas o sus sentimientos confusos por una especie de “tristeza light”.

Algunas librerías en Estados Unidos clasifican El enterrador en la sección de libros sobre religión mientras otras lo hacen en la sección de temas relacionados con la muerte y el morir. Rara vez está en la sección de ensayos. ¿Qué opina de que clasifiquen su libro de esta manera?

Las librerías que hacen esa clasificación son las grandes, Borders y Barnes & Noble. Yo preferiría que estuviera en lasección general de libros de no ficción o en la de ensayos. También lo he visto bajo “Psicología”, “Biografía” y “Autoayuda”. Pero esto dice más sobre los libreros de las librerías grandes que sobre el libro mismo. Las librerías independientes más pequeñas generalmente lo clasifican de manera correcta.

¿De qué manera están presentes sus orígenes irlandeses en su escritura?

Bueno, a los irlandeses les gusta la discusión, la conversación, el debate, el sonido de las palabras en la boca, moldear ideas. Supongo que el ensayo y la poesía deben algo de su atractivo a estos elementos. Tengo una casita en West Clare, Irlanda. De ahí salió mi tatarabuelo en 1890 para venir a Michigan. Es una casa tranquila cerca del mar. Cuando estoy allá me es más fácil escribir.

¿Cómo han cambiado las costumbres funerarias desde que está en el oficio?

La verdad es que he visto muchos cambios en las modas y los accesorios, pero pocos en los elementos esenciales. Las modas están ligadas a la cultura pop, a las fuerzas del mercado, a las afiliaciones étnicas y religiosas, y siempre están en movimiento. Los elementos esenciales parecen funcionar para todas las culturas, historias y geografías: alguien muere, a un grupo de personas les afecta esa muerte, alguien trata de encontrarle sentido en el contexto religioso o espiritual y alguien ayuda a organizar todo esto. El cuidado de los vivos y la manera de disponer de los muertos son los elementos centrales de la respuesta.
Me parece que la mayoría de las familias encuentra más significado en lo que hacen que en lo que compran o lo que ahorran. De la misma forma, la mayoría de directores de funeraria encuentra más sentido de propósito en la manera en que ayudan a una familia que en lo que le venden. Yo trato de estimular a las familias a que se involucren en el “hacer”. Siempre les digo, si van a enterrar a sus muertos, traigan una pala. Si van a cremarlos, traigan el fuego. Estén ahí, observen. Sean testigos. Recuerden.

Su ensayo “Tío Eddie, Ltda.” cuenta una historia sobre el negocio de limpiar los estragos de los suicidios para abordar la controversia suscitada por el doctor Jack Kevorkian, precursor del suicidio asistido de pacientes terminales. Como ambos viven en la misma ciudad, ¿alguna vez discutieron sobre estos temas? ¿Cree que el hecho de que Kevorkian hubiera sido condenado a prisión cambió la percepción de la gente sobre los problemas éticos involucrados en ese tipo de decisiones? Sus opiniones sobre este tema le han valido el calificativo de moralista de parte de algunos críticos, ¿cómo calificaría usted mismo su posición?

Nunca conocí a Kevorkian, a pesar de que yo trabajo en la misma zona en donde él “trabajó”. Kevorkian llevaba los cuerpos a uno de nuestros hospitales locales. Yo pasé muchas horas con el examinador médico que estuvo a cargo de la investigación de estas muertes y revisé con detenimiento los informes de las autopsias. Uno de mis poemas, “One of Jack’s” [Uno de los de Jack], publicado en un libro que se llama Still Life in Milford [Naturaleza muerta en Milford], está tomado, palabra por palabra, de las notas de la autopsia de una de sus víctimas.
Kevorkian y su abogado de entonces, Jeffrey Fieger, lograron descalificar a tres jurados aquí en Michigan, hasta que al fin el cuarto entendió de qué se trataba: dijo que Kevorkian no estaba “asistiendo” a la gente sino “matándola”. “Suicidio asistido” es un oxímoron, como “amor libre” o “masturbación asistida” (eso se llama una “relación”). Mientras el público consideró “la idea”, fue una discusión intelectual, alejada de la inmediatez de la vida real. Cuando vieron la realización de la idea en una transmisión de una de las cadenas de televisión, comprendieron que eso estaba mal y lo mandaron a la cárcel, que es donde debe estar.
Las cuestiones de la muerte digna, del cuidado paliativo, del trabajo con las personas desahuciadas, son o deben ser debatidas por la sociedad. Pero llegar al punto en el cual la única manera de liberarse del sufrimiento es liberándose del que sufre, me parece que quiere decir que debemos ponernos el desafío de buscar soluciones mejores.
Me veo a mí mismo como un peregrino de la moral y de la ética: trato de entender ese tipo de cosas. Pero la honestidad y la reflexión son más útiles que la polémica. No estoy seguro de haber adoptado determinada “posición”. Simplemente me inquieta la sabiduría convencional y quisiera escribir sobre ella de maneras que hagan a la gente pensar de nuevo.

En los créditos de la serie de televisión Six Feet Under dice que los libretos están inspirados en su libro. ¿Cómo se concibió la idea de hacer un programa de este estilo?

La verdad es que estoy muy impresionado con el trabajo de Alan Ball. Intercambiamos alguna correspondencia, y él ha sido generoso en el reconocimiento de mi trabajo. Una vez me escribió en una carta: “Lynch, al fin entiendo lo que usted parece haber entendido siempre: una vez que uno pone un cuerpo muerto en la habitación, es posible hablar de cualquier cosa”. Tiene razón, por supuesto, la presencia de la muerte deja a los vivos en libertad de hablar de las cosas más importantes.

¿Ha visto diferencias entre las personas religiosas y las no religiosas a la hora de enfrentar la muerte de un ser querido o cercano?

Creo que todos recurrimos a los símbolos, a las metáforas, a los rituales y al lenguaje que adquieren sentido para nosotros en una situación que suele no tenerlo. A las personas que viven en un contexto religioso, la fe les proporciona estos símbolos, metáforas, rituales y lenguaje. Para las personas no religiosas, aunque es probable que tengan que reinventar la rueda, existen muchos recursos en los textos seculares y humanistas. En ambos casos se trata del espacio que hay entre la muerte que le sucede al muerto y la muerte que les sucede a las personas ligadas al que murió. Yo diría que las personas sin religión se pueden defender, pero las personas sin fe tienen dificultades.

¿Cómo cree que ha influido su trabajo como escritor y como director de una funeraria sobre sus conceptos y actitudes frente a la muerte? ¿Ser testigo habitual de esta experiencia lo ha convertido en una persona religiosa o espiritual?

Creo que me ha hecho un hombre de certezas, dudas y asombro, que son para mí expresiones de fe. Y aunque siento un aprecio profundo por la religión —por el lenguaje que nos ofrece que facilita el camino— no soy especialmente devoto. Me siento agradecido por el lenguaje católico que recibí para enfrentar estos misterios, pero también estoy agradecido por la hermandad que siento con los judíos y musulmanes y por los humanistas laicos que, como todos los demás, aman, sufren, se reproducen y mueren. Y siento mucho que con tanta frecuencia estos lenguajes nos dividan.
Creo que la conciencia de la mortalidad, como la puntuación al final de una frase, da sentido a la vida. No es la vida, pero le da significado. Unos días parece un signo de admiración, otros un signo de interrogación, un punto, y hay días en que es como una serie infinita de puntos suspensivos...

¿Cuál será su próximo libro?

Estoy terminando un libro sobre Irlanda y los norteamericanos irlandeses. Se llama The Moveen Notebook [Cuaderno de Moveen] por la población de donde proviene mi familia. También estoy trabajando en un libro de relatos cortos y en otra colección de poemas.

¿Qué escribiría en su epitafio?

Eso se los dejo a mis hijos. Ellos tendrán que vivir con él. Yo no.