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Wednesday, March 16, 2011

Dos libros de Octavio Escobar


La otra Colombia, la de todos los días

Si uno tomara al pie de la letra a Fernando Vallejo –un gran novelista, dicho sea de paso-, Colombia no sería más que un país en ruinas, un montón de escombros, un territorio que se cae a pedazos en el caos de la ciega violencia que estremece el país desde hace décadas. Si, por otra parte, nos quedáramos sólo con los hechos más relevantes que llegan a las noticias de diarios y canales de televisión, la situación no mejora demasiado: secuestros, jefes guerrilleros abatidos, pero con unas FARC que continúan controlando el territorio, y un tráfico de drogas que no parece decrecer. El periodista italiano Roberto Saviano, gran investigador sobre las mafias del sur de Italia, es muy duro con Colombia y su gobierno, al que atribuye una complicidad sin medida con los grandes capos de la droga.
Pero hay, sin duda, otra Colombia, un país donde todo ello está presente, pero en una cierta lejanía, en una periferia donde están sólo lo que quieren estar (salvo que tengas la mala suerte de ser una de tantas víctimas inocentes, pero ese riesgo está más o menos presente en cualquier sociedad; de hecho, las frías estadísticas establecen que la vecina Venezuela es un país mucho más violento que Colombia, dato que desmiente una imagen muy asentada). Esa otra Colombia está presente en dos obras de Octavio Escobar Giraldo; una novela de 1995, Saide, accesible en Chile gracias a la edición española de Periférica de 2007, y Hotel en Shangri-Lá, una colección de cuentos de 2004 editada por la Universidad de Antioquía y disponible, lamentablemente, sólo a través de librerías online colombianas (o por encargo a algún viajero, que es como llegó a mis manos).
Saide es una novela policial y cabría, por tanto, esperar una dosis más de violencia desatada, pero no: es mucho más sutil, poco convencional, libre de tanto cliché que malogra tanta buena idea. Hay una mujer misteriosa, hija de un inmigrante libanés, cuya historia se reconstruye a partir de diversos testimonios; es que Saide ha muerto asesinada, y tras ella queda una estela de hombres que la amaron –o la desearon- e intentan tanto rescatar su memoria como esclarecer su muerte. Casi no hay policías en el desarrollo argumental; son otros, investigadores a la fuerza, quienes siguen una pista sudorosa de traiciones y engaños que transcurre sobre todo en Buenaventura,  una pequeña ciudad de provincia donde el fracaso de afuerinos y el éxito de locales tienen una sospechosa similitud. En esa amalgama de vidas que no encuentran la tierra prometida, que suma el refilón de la violencia que siega vidas al azar con los destinos truncados de seres humanos comunes y corrientes, Escobar Giraldo teje una ficción que habla, sobre todo, del lado de acá, de la Colombia de bares y correos, de estaciones de servicio, turismo familiar y restaurantes, y propone una historia triste, de frustración y secretos contenidos; una tragedia en tono menor; una gran novela policial que cumple con los requisitos del género y a la vez los supera, una novela local con alcance universal, como debe ser.

Hotel en Shangri-Lá es aún más atractiva en la línea de mostrar la otra Colombia, porque a la vez engancha con un escenario más universal, lo que acá conocemos como mall y en Colombia se llama megacentro. Sí, en torno al Megacentro Babilonia con sus cines, tiendas y el hipermercado –El-Hip, con el símbolo de un hipopótamo- giran los seis cuentos de este breve libro, con personajes que protagonizan alguno para reaparecer luego como secundarios, historias que se entrelazan de manera sutil y que conviene leer en el orden propuesto por el autor; en ese sentido, uno podría entender que el libro, más que una colección de cuentos, es una extraña forma de novela, puesto que además el último relato, si bien es el más desgajado de las temáticas del resto, aparece también como un cierre perfecto para todas las historias. Allí, en el último, asoman también la violencia y el terrorismo, pero desde una mirada que no explica ni justifica ni racionaliza, sino que enfoca los hechos desde –una vez más- la vida cotidiana de los personajes. La rebeldía ecológica de una hija poco más que adolescente y su relación de amor-odio con su hermana menor, una pareja mal avenida, los premios que entrega El-Hip a la compra número cien mil, un administrador de bares que los cierra y huye cada vez que le va mal en una relación amorosa, un vendedor con una fantástica memoria para la trivia que es confundido con un psiquiatra: allí está parte del universo de estos cuentos que ojalá, ojalá, alguna editorial de distribución regional rescate y ponga en circulación para muchos más lectores. Escobar Giraldo se lo merece.
(Publicado en El Post el 21 de octubre de 2010).
Posdata de febrero de 2011:
La buena noticia es que Periférica editó una nueva novela de Escobar Giraldo, Destinos intermedios; la mala es que la editorial mandó muy pocos ejemplares a Chile y se agotó. Es posible aventurar dos hipótesis: primero, que el boca a boca sigue siendo un mecanismo eficiente para recomendar libros y autores; segundo, que la inmigración colombiana a Chile busca autores de su patria. Sea como sea, habrá que esperar que llegue a Hueders, su distribuidor acá, la siguiente remesa.

12 febrero 2011

Tuesday, March 15, 2011

Octavio Escobar / Me gusta la gente que parece invisible

Octavio Escobar
Bogotá, 2010
Fotografía de Triunfo Arciniegas
Octavio Escobar
"Me gusta la gente que parece invisible"
Por JOHN JAIRO JUNIELES

"De aquel amor de música ligera,
nada nos libra, nada nos queda".
Gustavo Cerati, Soda Stéreo

Octavio Escobar no es aficionado a su rostro. Cuando los periodistas le piden una fotografía él siempre los remite a sus libros, en cuyas solapas no hay ninguna. Esa timidez ha alimentado un mito parecido con ciertos creadores raros, casi invisibles, como J. D. Salinger, Thomas Pinchon o Robert Walser, de los que apenas existen pocos retratos. Autores invisibles que han preferido mantener su imagen al margen del público, evitando que su rostro salte a los periódicos o la televisión en una centuria en la que todo pasa por los diarios y las seiscientas y pico líneas de la pantalla en color que hay en el salón de cada hora. Sólo quieren ser reconocidos por su nombre, o algo mejor: por sus obras.
           Escobar es autor de El último diario de Tony Flowers (1995), señalada por ciertos críticos especializados –entre ellos Raymond L. Williams—como un principio de renovación en la narrativa nacional. El autor dice: "Esa novela le interesa mucho a los estudiosos, la califican como postmoderna, no he podido saber si eso es bueno o es malo".
          Este médico, crítico de cine, escritor, y melómano, nació en Manizales en 1962. Ha publicado El color del agua (cuentos, 1993), Saide (novela, 1995); un libro de cuentos infantiles Las láminas más difíciles del álbum (1995); La posada del Almirante Benbow, compilación de narraciones (1997), luego con el volumen de cuentos De música ligera (Ministerio de Cultura, 1998), obtuvo el Premio Nacional de Cuento, seleccionado por un jurado compuesto por Mempo Giardinelli, Piedad Bonnet y Eduardo Camacho Guizado. Recientemente, a finales de 2002, obtuvo el Premio Nacional de Cuento de la Universidad de Antioquia gracias a su libro Hotel en Shangri-Lá, que saldrá publicado a mediados del año y la VIII Bienal de Novela José Eustacio Rivera, con El álbum de Mónica Pont.
          —En sus diarios Faulkner dice: "Tenía una palabra: amor, la llamaba. Pero he empleado las palabras durante mucho tiempo y sé que esa palabra es como las demás: sólo una forma de suplir una carencia". ¿Por qué empieza a escribir Octavio Escobar?, ¿también, como Faulkner, para suplir una carencia, para llenar un vacío?, ¿cuáles son los orígenes perceptibles de su vocación?
          —Empecé a escribir por el deseo de contar algo, incluso con la intención de contármelo a mí mismo. En la niñez fui un teleadicto y en un determinado momento quise inventar variaciones a los programas que veía, llevarlos más allá de la repetición de la repetidera. En la raíz de mi vocación, palabra que me asusta mucho, está la necesidad de contar, y como a muchos otros es también la insatisfacción con la cotidianidad, el deseo de algo distinto, no necesariamente mejor, lo que me impulsa a escribir. Tengo 40 años, estoy en ese límite de los 40 donde uno no sabe qué es.
          —La música, más allá de lo temático, tiene una gran presencia en su obra. ¿Cómo ha influido en sus creaciones, hasta qué punto es consciente de eso?
        —Diversas formas de lo que muchos denominan "cultura popular" participan en mi escritura porque son parte de mi vida normal: el cine, la televisión, la música.
          Al principio no era muy consciente de ello pero preguntas como ésta me hicieron entender que mis rutinas no son las rutinas de todos. Cuando escribo me gusta que mi prosa sea fácil para la lectura, incluso para la lectura en voz alta. Esa intención rítmica, si me permiten el término, me acerca más a la música. Creo que lo que ocurre con la música popular o ligera, si vamos a utilizar el título que saqué de la canción de Soda Estéreo, es que siendo una cosa banal, algo que no debería tener importancia, permite que la gente exprese muchísimas veces mejor sus sentimientos que si lo hiciera con los términos más filosóficos.
           —De música ligera, tiene relectores fanáticos y crecientes allegados, lo que da un cierto aire mítico al libro. Sus cuentos tienen una pasión común: el mundo juvenil. ¿Qué piensa de la juventud colombiana, esa que nació y vive en un país en guerra?
          —Me parece hermosa, con todo lo que es y lo que vive. Tal vez nosotros también fuimos así. Para mí lo de De música ligera es extraño pero satisfactorio porque el tiempo le permite a uno como corregir cosas, los escritores nunca estamos contentos con el resultado final, entonces tener la posibilidad de enmendar la plana, de otro lado, cuando la primera edición salió muchas personas mencionaban, te faltó esta canción, qué bueno hubiera sido que escribieras un cuento basado en tal cantante. En un determinado momento yo bromeaba y decía que iba a sacar De música ligera 2, pero finalmente sólo le agregué dos cuentos nuevos, uno de ellos es como el resumen de todas esas canciones que la gente me decía. Se llama “Himnos nacionales”, en el cual hay una serie de personajes en un bar y empiezan a poner canciones. El otro cuento nuevo que se llama “Dicen que la distancia es el olvido”, surge de una anécdota que me contaron y que tenía también como un nexo muy claro con la música. En el lanzamiento me di cuenta de que esa primera edición había tenido una serie de lectores un poco como entrando en esa órbita de los libros de culto, y me parece muy chévere volver a compartir con los lectores esa posibilidad de una segunda edición.
          —¿Cuál ha sido su experiencia como cinéfilo, qué descubrimientos técnicos ha hecho en el cine y la televisión, que luego ha incorporado a su forma de narrar?
          —El cine ha sido fundamental en mi vida y atraviesa todo mis procesos creativos; también, en un perspectiva menos consciente, la televisión. Son excelentes vehículos narrativos que aprendieron de la literatura y convirtieron los recursos que ésta les dio en procedimientos más rápidos, evidentemente más visuales, capaces de atrapar a los lectores de hoy. Escuela son Dickens y Orson Welles, Flaubert y The Simpsons, La Biblia y Tarantino. Cada escritor tiene sus temas y sus procedimientos, y yo lo respeto. El lector es quien decide.
           —¿Qué temas o fenómenos asaltan su interés actualmente como escritor?
 
        —La Colombia de hoy, particularmente la menos visible, la que no protagoniza, la que no se ve, ese ciudadano común y corriente que sufre las violencias a pedacitos, al que no le han puesto una bomba ni le secuestraron un familiar, ese colombiano que no sabe quién miente más, si la guerrilla o los políticos, que le tiene miedo a las FARC y a los paramilitares, que paga por los abusos de los unos, de los otros y de los de más allá, el que trabaja, estudia y lucha a pesar de que el futuro no se ve claro y algún ministro de hacienda determinará que lo boten a la calle. Esos hombres y mujeres que empeñan electrodomésticos, compran lotería, pagan impuestos, votan por candidatos en los que no creen, van a fútbol, ven telenovelas y desconfían de las entidad financieras pero se ven obligados a usarlas. Esos seres humanos casi invisibles de los que yo y casi todas las personas que me rodean son un ejemplo. Estoy trabajando en una novela que ya casi termino sobre la colonización antioqueña que es como el proyecto en el que estoy enfrascado. Tengo en remojo una novela novela juvenil que también le llegó la hora de terminarla. Yo, que he tenido una afición grande sobre la literatura policíaca, comencé hace poco una. Espero que al final del año los tres proyectos estén concluidos.
          Este escritor caldense le confesaba a Milcíades Arévalo en enero de 1996 (Puesto de Combate N° 50) cómo ocurrió su encuentro con los libros y sobre sus influencias: "De pronto porque fui teleadicto llegué tarde a los libros y eso obligado por un accidente automovilístico que me tuvo meses sin poder correr ni jugar fútbol, dos cosas que me encantaban. En ese tiempo me aficioné a la lectura, pero aunque en el hospital me regalaron El viejo y el mar, lo leí mucho tiempo después. Se me ocurre que debí comenzar con algo de Salgari, Verne o Stevenson, o con alguna biografía novelada".
          Dice admirar a muchos escritores, y la sola evocación de algunos de estos nombres nos permiten comprender por qué prefiere las frases concisas, las descripciones ajustadas, el tono irónico y a veces descreído de algunos de sus textos más relevantes: "Con el peruano Alfredo Bryce Echenique ejerzo una especie de apostolado desde que leí hace años Un mundo para Julius. Juan Carlos Onetti me obsesiona cada vez que me sumerjo en uno de sus libros, además es todo un personaje. A Edgar Allan Poe lo admiré siempre y no puedo negar mis buenos ratos con Borges, Cortázar, Quiroga y Julio Ramón Ribeyro, para circunscribirme un poco al cuento; o a Chejov, o Raymond Carver. Recuerdo mucho Tristes Trópicos, de Claude Lévi-Strauss. El largo adiós, de Raymond Chandler y El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad... Algunas novelas del mejicano Juan García Ponce me encantan lo mismo que Respiración artificial, del argentino Ricardo Piglia, Emperador del Amazonas, del brasileño Mario Sousa... Hace unos meses leí Leviathan, de Paul Auster que me impresionó, y de los norteamericanos recuerdo a Breat Easton Ellis y su impactante Menos que cero, a John Cheever –hermoso cuento “El nadador” – a Howard Philips, que de alguna manera inspiró mi primera novela, y a Scott Fitzgerald, que me ayudó a escribirla...


Cartagena de Indias
El Universal
19 de octubre de 2003

Monday, March 14, 2011

Octavio Escobar / Grillo


Octavio Escobar
GRILLO

Cuando terminaba la primaria, al frente del colegio, en una casa de postigos verdes, vivía una niña que apenas la comenzaba. Nunca supe su nombre pero todo el mundo le decía Grillo por su tono de voz bastante chillón y porque era muy delgada. Tenía el pelo largo y mantenía con su abuela, una señora bajita y dulce. Grillo casi nunca estaba en la calle. Una tarde que salí del colegio la vi recostada en el portón de su casa llorando. Era tan raro hallarla sola que me acerqué y le pregunté por qué lloraba pero no me contestó. Miré un momento hacia el final de la calle y pensé que era una tontería que estuviera ahí, intentando hablarle. Claro que es posible que eso se me ocurra ahora mismo y en esa época no pensara igual.
          Le pregunté otra vez por qué lloraba.
          –Mi abuelita está enferma –dijo dijo con esa voz suya de tono muy alto.
           –Pero se va a aliviar –contesté yo sin saber nada de nada.
           –No sé.
            –¿Quieres un helado?
           Hacía calor y me parecía triste que Grillo llorara, así que le pedí que se levantara y la llevé hasta la esquina para que comiera helado de coco conmigo. Tenía la costumbre de parar en la tienda antes de irme para la casa.
           –¿Qué tiene tu abuelita?
           –Está brava conmigo.
          No tuve tiempo de sorprenderme con la respuesta. Desde la casa de postigos verdes venía la abuela de Grillo y no se veía muy contenta ni tampoco enferma.
          –Ven para acá –le dijo a la niña sin brusquedad y ella obedeció pasando el helado a la mano izquierda y dándole la derecha.
          –Jovencito, usted estudia allí, ¿cierto?
          –Sí señora –respondí temiendo que mi invitación le molestara.
          –Y usted le compró el helado.
          –Sí señora –alcancé a decir antes de que Grillo dijera:
          –Es mi novio.
          Yo la miré asustado y la abuela sonrió. Grillo agregó:
          –Cuando yo sea grande nos vamos a casar y vamos a tener hijos.
          –¿Sí? Bueno mija, despídase pues de su novio.
          Grillo me sonrió con el helado en la boca e hizo adiós con la mano. Vestía una falda de flores que la cubría casi hasta los tobillos. Sus pasos eran firmes, erguidos, como los de una reina de belleza o una modelo. La vi otras veces en la puerta o en la ventana de su casa; sin hablarme cerraba el postigo a toda carrera. Antes de las vacaciones de medio año su abuela, un montón de tías solteronas que también la cuidaban mucho y ella, se fueron para otro barrio.
          Grillo fue la primera mujer que dijo que se quería casar conmigo. Me gustaría verla ahora, caminando como lo hacía desde pequeña, como si fuera una princesa, los cabellos largos y una hermosa sonrisa para saludar a los hombres que fuimos sus novios.