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Saturday, March 19, 2011

Jaime Bayly / El amor sin nombre


Jaime Bayly
EL AMOR SIN NOMBRE
Papeles perdidos

La periodista colombiana que me sedujo en un hotel del malecón de Santo Domingo y me aseguró que algún día yo sería presidente de mi país y ella, la primera dama.
El botones peruano del hotel Plaza de Manhattan que apareció uniformado en mi habitación con las frutas de cortesía y, para mi sorpresa, me ofreció otras cortesías que no pude rechazar.
El camarero francés de Lincoln Road al que pasé a buscar a las once de la noche apenas cerró su restaurante y llevé a un hotel decadente de la avenida Collins, en el que chilló extrañamente como una gata en celo.
La loca alcohólica con aires de millonaria estropeada que vino a verme en un teatro en Bogotá y terminó conmigo y su mejor amiga en la suite con chimenea de Casa Medina.
La insaciable estudiante pelirroja que estaba haciendo una tesis sobre alguno de mis libros y me usó como material de investigación en el hotel Intercontinental de Santiago, mientras yo trataba de investigar por qué ella gritaba tanto.
El modelo español que vivía en el Decoplage de South Beach y sólo me buscaba para sacarme plata y comprar más drogas que luego me invitaba y yo rechazaba con orgullo.
El modelo argentino que vivía en un piso muy alto de South Point, con vista a Fisher Island y a los cruceros que salían del puerto de Miami, y que había estudiado educación física y soñaba con ser un actor famoso y terminó siendo un actor famoso de telenovelas en México.
El modelo uruguayo que había sido Mister Universo y secretamente deseaba ser Miss Universo y no salía a la calle sin maquillarse y echarse laca en el pelo.
La estudiante de medicina de Portland, Oregon, que conocí en un vuelo entre Miami y Madrid y perdió el tren a Barcelona y vino a verme llorando a la suite del Wellington y a la que le dije “no te preocupes, sólo vamos a dormir”, sabiendo que mentía, que no íbamos a dormir nada.
La estudiante de literatura de la universidad Católica de Santiago que me decía “Gabrielito” por el personaje de mi novela La noche es virgen y que curiosamente resultó siendo virgen y no me dejó ver la final del mundial de fútbol (Brasil-Alemania) porque quería perder la virginidad.
El turista brasilero que se me acercó en la playa de Miami para decirme, sin disimular su magnífica erección, que quería bañarse en el mar conmigo.
El argentino rubio y delgado que conocí en la tienda de ropa Antique Denim de Palermo, la tienda más gay de Buenos Aires, y que odiaba mi corte de pelo y mis entrevistas de televisión y la ropa vieja y agujereada que me ponía todos los días y que me decía que algún día sería un diseñador famoso.
La chica distraída que decía que era mi hada protectora y me esperaba, pasada la medianoche, afuera del canal de televisión en Lima, y que vivía sin plata, ayudando a los niños con retraso mental y tratando de olvidar que su madre se quería suicidar cada cierto tiempo.
El joven banquero francés, recientemente casado, impecablemente peinado, que se sentó a mi lado en el avión, me dio su tarjeta y me dijo en perfecto español que nunca había estado en la cama con un hombre pero que, después de leer mis novelas, sentía una curiosidad creciente por vivir esa aventura, a escondidas por supuesto de su esposa.
La estudiante californiana que asistió a mis clases en Georgetown y siguió siendo mi amiga cuando ya no era mi alumna y se mudó a Nueva York para trabajar como fotógrafa y se enamoró de un banquero muy guapo del que me mandaba fotos en traje de baño.
La chilena misteriosa de apellido aristocrático que se fue a vivir a Los Angeles.
La preciosa actriz lesbiana que conocí en un café de la avenida Wisconsin, en Georgetown, en mi semestre de profesor.
El taciturno residente de Virginia que manejaba un BMW negro y me alquiló el primer departamento que tuve en Georgetown, hace más de quince años.
El profesor de gimnasia del hotel Plaza de Buenos Aires, tan solícito para mostrarme el sauna y alcanzarme las toallas al salir de la ducha.
La periodista de un canal cultural de Buenos Aires que me llevó una tarde de invierno a un restaurante a orillas del río, en San Isidro, y, leyendo un papel que no había escrito, me preguntó cosas que no nos interesaban, porque lo que a mí me interesaba saber era por qué le había puesto el nombre de un futbolista famoso (Bochini) a su perro.
La argentina que conocí en Amsterdam en un café de marihuana, que me dijo que era sobrina de uno de los hombres más ricos de su país y era una experta catadora de hierbas jamaiquinas y colombianas.
El estudiante de la universidad de Georgetown que se vestía como Dylan y fumaba como Dylan y quería cantar como Dylan pero que en la cama no podía ser como Dylan, lo que lo hacía llorar.
La joven madrileña que tenía un novio colombiano y había perdido a su madre recientemente y escribía cuentos muy tristes y que me pedía que nos sentásemos en la última fila de los cines vacíos de su barrio, en función de matiné.
El bombero voluntario de Chicago, de paso por Washington, que conocía las montañas del Perú mejor que yo y que hablaba un español rudimentario y conmovedor cuando hacía el amor.
La mujer muy tatuada y algo casada, muy joven, con aire lunático, que me pidió que le firmase un libro en la feria de Montreal y que más tarde me tocó la puerta de mi habitación y se quitó la ropa apenas le abrí, sin decirme nada, quizá porque tenía la calefacción encendida y hacía calor.
El tejano con sombrero que se alojó en el hotel Park Plaza de Miraflores y era idéntico a mí, lo que había descubierto viéndome en la televisión, de paso por Lima, y me dejó en la recepción del hotel un sobre con su foto para demostrármelo, y al que, sin dudarlo, llamé a Houston y fui a ver, en un acto obsceno de narcisismo mutuo.
El tripulante aéreo de nariz protuberante que me contaba los chistes más divertidos y quería ser un humorista famoso y se sabía los secretos de medio mundo y se sentaba a mi lado en los vuelos a Miami sin importarle que sus superiores le dijesen que eso estaba prohibido.
La agente inmobiliaria de Key Biscayne que me enseñó una casa frente al mar, se echó en la cama de la habitación principal y me miró como no imaginé nunca que esa bella mujer casada me podía mirar.
La agente inmobiliaria sueca de Key Biscayne, madre de tres hijos, recientemente divorciada, que me enseñó una vieja casa Mackle y me llevó luego al bar del Sonesta a tomar unas copas y rompió a llorar, recordando la traición de su ex marido, y me pidió que la abrazara.
A todas esas personas les dije que las amaba, y ahora no recuerdo sus nombres.



Friday, March 18, 2011

Jaime Bayly / Por ti muero ahogado

Shakira Mebarak Ripoll

 Jaime Bayly


Acabo de soñar con Shakira. Son las cinco de la mañana y estoy parado escribiendo en la cocina porque tengo el brazo roto y sentado no puedo escribir.
No es la primera vez que sueño con ella. Estoy enamorado de ella desde que la conocí. Y ya son años. La conocí cuando vino a Miami y no sabía hablar inglés y vivía en un apartamento y conducía un auto rojo convertible y quería conquistar el mundo con esa voz milagrosa que viene de siglos de sangre derramada en tierras libanesas y se entremezcla con el desgarro poético de ser colombiana y vivir asomada al abismo mirando curiosa y preguntándose si volaría como una mariposa en caso de saltar, que es como viven no pocos colombianos, hechizados por la tentación del abismo, cantando, pintando o escribiendo al borde mismo del despeñadero.
Nunca nadie me había mirado como me miró Shakira aquella noche y nadie volverá a mirarme así, ni siquiera ella, que ahora sabe que yo no valía esa mirada de fuego que quemaba las entrañas.

La joven Shakira
Me miró así porque era una niña sabia que se había sentado en televisión conmigo y había descubierto que había algo que nos unía profundamente. Yo estaba sobrecogido y hechizado como si hubiese descendido de los cielos Remedios la bella y cubierto de flores aquel estudio desangelado. Sus padres, sabedores de que llevaban un pequeño milagro que acabaría por embrujar al mundo, resignados a acompañarla en esa larga travesía, no parecían sorprendidos de que nos mirásemos con esa desesperación o ardor por saber qué era aquello que tan profundamente nos unía, si el amor o algo que aún no conocíamos y tal vez jamás conoceríamos.
Cuando se iba caminando deprisa, volvió a mirarme como si sólo yo existiera, como si fuera una amapola que ella quería oler y me dijo con la mirada que la llamase, que quería meterse y perderse en mí.
Pero no la llamé porque estaba casado y era infeliz y me sentía bisexual y no tuve el coraje de contarle todo eso y tampoco que me había enamorado de ella como nunca me había enamorado de nadie, de ningún chico ni chica.

Shakira
La niña de los pies descalzos
Y fue ella, como tenía que ser, quien me llamó un día y me dijo tímidamente (porque nadie supondría que esa niña que subyuga multitudes es de una timidez casi esquizofrénica) que me invitaba al cine a ver Titanic. Y yo, cobarde, tratando de evitar mi propio naufragio, que se hundiera el matrimonio con Sofía y ella se llevara a nuestras hijas a la ciudad del polvo y la niebla como acabó llevándoselas, le dije que no podía ir al cine con ella. Nunca más volvió a llamarme. Nunca más me miró como aquella noche, diciéndome si quieres, soy tuya, ven y atrévete y pruébame y no podrás dejarme.
Si hubiera tenido el valor de ir al cine con ella, tal vez hoy estaríamos juntos, tendríamos hijos y no seríamos felices porque ella lloraría en silencio cuando yo le dijera que además de sus caricias y sus besos necesito también el amor de un hombre que me quiera como no quiso o no pudo quererme mi padre, que me dijo desde niño que yo había nacido para ser un mariconcito, que es lo que en efecto fui con Shakira y terminé siendo hasta hoy, un mariconcito al que sin embargo le gustan extrañamente las mujeres.

Shakira y los ladrones

Luego Shakira conquistó el mundo y se enamoró de Antonio el noble y, fue inevitable, yo también me enamoré de él, porque es uno de los hombres más buenos, leales y valientes que he conocido y porque cuando nos sentamos a hablar de madrugada me hace llorar por lo puta y cabrona que ha sido la vida con él y, sin embargo, por la alucinante fortuna que tuvo al hallar en esa pequeña diosa libanesa a la curandera que ha restañado sus heridas y lo ama como no he visto que se amen nunca dos amantes, aunque es verdad que casi nunca salgo de casa y a casi todos los amantes que veo los veo en las películas, unos amantes bellos, arrojados, con esa pasión suicida y poética que tenían antes, cuando daban la vida por amor. Por eso los amo sin reservas y deseo que estén juntos y felices para que nos demuestren a nosotros, los cobardes y ermitaños, que el amor sí es posible, sólo que no lo conocemos porque nos falta coraje.
Que es lo que no le faltó a Antonio, coraje, cuando vio en mis sueños que estaba ahogándome en una playa mexicana a la que me habían invitado como a veces me invitan para reírse de las vulgaridades o extravagancias que digo. Antonio me vio ahogándome, Shakira a su lado, y no dudó en meterse a salvarme. Shakira se quedó aterrada porque las olas me envolvían, devoraban y lanzaban contra el fondo arenoso y tal vez pensó que ese mediodía perdería al amor de su vida, lanzado temerariamente a rescatar a un pusilánime como yo, que no merecía tamaño riesgo.
Y ahora en mis sueños (azuzados por las pastillas que trago cada noche queriendo ahogarme en otros mares procelosos) estaba Antonio a mi lado nadando, braceando, dándome ánimos, alejándome de las olas que me arrastraban, y me tomaba del brazo y me decía tranquilo, man, ya estás conmigo, ya estamos afuera, tranquilo, man, porque Antonio me dice man cuando tomamos vino y es mi hermano. Y ahora Antonio conseguía dejarme en un lugar seguro, con piso, y enseguida una corriente pérfida como el alma del mexicano servil que te halaga y luego traiciona se lo llevaba allí donde las olas le caían encima con saña y ferocidad y Antonio se ahogaba, se hundía, no encontraba fuerzas para volver donde mí y se dejaba abatir por esa maldita emboscada del destino.

Shakira
La Loba

Entonces pasaron dos cosas memorables que, recién despertado del sueño, recuerdo ahora con vergüenza y admiración. Vergüenza porque no fui capaz de atreverme a salvar a Antonio como lo hizo él por mí: me quedé parado, inmóvil, avergonzado de mí mismo, mirando cómo moriría ahogado mi amigo. Y me sentí un pedazo de mierda, un cobarde despreciable. Y admiración porque de pronto vi a una mujer pequeña, resuelta, ajena al miedo, entrando sin vacilaciones al mar, surcando las olas, segura de que enfrentaba apenas un peligro menor que ella sabría conjurar con el aplomo que los dioses le dieron para hacer siempre el bien y jugarse la vida por las causas más nobles, como salvar la vida de su hombre noble. Y así fue como Shakira se metió hasta donde reventaban unas olas enormes y recogió los escombros de Antonio y le dijo o cantó cosas al oído y fue más fuerte que la más chúcara y matonesca de todas las olas y lo sacó hasta la arena y lo revivió besándolo y sacándole el agua que Antonio había tragado y tragando ella esa agua salinosa como si fuera un pacto de amor eterno.
Yo miraba humillado y con ganas de pedirles perdón por ser tan poca cosa, un bicho miserable al lado de ellos.

Shakira
La bella

Y entonces ocurrió algo inesperado. Y es que Antonio recobró la lucidez y Shakira se puso de pie y vino hacia mí y pensé que me daría una bofetada por cobarde. Pero no: me dio un beso impensado y me dejó en los labios el sabor salado de los labios del noble y me dijo: Antonio y yo nunca dejaremos que te mueras ahogado. Y yo le dije: Pero tú nunca me amarás como la noche que nos conocimos. Y ella me dijo: Ahora te amo más, porque sé que eres lo que eres y me gusta que seas hombre y mujer y porque quizá algún día tendremos un hijo gay. Y miré a Antonio aterrado y él sonreía como si la idea le pareciera linda. Y yo quise besarlos a los dos, decirles que era suyo, todo suyo, pero entonces desperté sólo para recordar que la última vez que abrí los ojos tan repentinamente estaba ella, Shakira, acariciando mi rostro en un sillón rojo del hotel Mandarín de Miami, que fue otra manera de salvarme de morir ahogado, intoxicado por las pastillas que me devuelven al mar del que ya no sé si podré salir.


Jaime baylY
LOS PAPELES PERDIDOS

Wednesday, March 16, 2011

Jaime Bayly / Cosas que terminan en la basura

Evgenia Kaveeva, The smell of apples


COSAS QUE TERMINAN
EN LA BASURA

La última vez que estuve con Carlos Enrique Cisneros fue en Joe Allen, un restaurante de Miami Beach que le gustaba mucho. Parecía tranquilo, contento, aunque en él había siempre un aire de distancia impenetrable, tal vez el dolor de haber perdido a su padre ahogado tratando de rescatarlo a él, entonces un niño, en un río venezolano. Esto lo marcó fatalmente y creo que le impidió disfrutar de la inmensa fortuna que poseía. Viajaba muchísimo, tanto que me daba vértigo, y sólo llevaba consigo una mochila y cuando tenía que llevar más cosas no usaba maletas, las enviaba antes en cajas por correo rápido. Aquella tarde, la última que estuvimos juntos, lo noté contento porque se había enamorado de un mexicano y planeaban vivir juntos en la mansión de Palm Island, a la que tantas veces me invitó y nunca conocí, y en el departamento de Santa Mónica, porque Carlos Enrique, como buen Cisneros, no vivía en una ciudad, vivía en el mundo. Todavía no sé si la sobredosis que le quitó la vida fue deliberada o accidental. Quizá el mexicano lo dejó. Quizá se aburrió de viajar cada tres días con una mochila. Quizá sólo quería dormir y no despertó más. Lo recuerdo ahora como un buen tipo. Pero creo que la culpa de su padre muriendo ahogado tratando de rescatarlo le jodió la vida. Carlos Enrique me preguntó una vez: cuando entras a una reunión, ¿te gusta que todos sepan que eres bisexual? Le respondí: Prefiero no entrar a ninguna reunión, pero si estoy obligado a entrar, sí, me gusta que todos lo sepan. En eso somos distintos, me dijo.

A Patricia Téllez, íntima amiga y representante de Shakira desde que la cantante era una niña precoz en Barranquilla, la vi por última vez en un restaurante de Bogotá ya pasada la medianoche. Comimos delicioso. Pagó la cuenta. Me paseó por la ciudad en su camioneta Mercedes. Hablaba poco, era tímida, discreta, leal, generosa. Me ofreció su departamento para quedarme a dormir. Decliné. Me contó que estaba construyéndose una gran casa en una colina. Subimos a la colina. La vista era preciosa. Aquí me voy a retirar, me dijo. Pero no tuvo tiempo de retirarse. Me dejó en Casa Medina. A los pocos días la encontraron muerta en su cama. En su mesa de noche estaba el libro que le había regalado, El huracán lleva tu nombre. Me sentí doblemente culpable porque no la acompañé a dormir en su departamento y porque quizá lo último que leyó fue alguna página mía salpicada de cursilería.

A García Márquez lo conocí en casa de César Gaviria en las afueras de Washington en una cena en su honor. Hablamos brevemente. Fue amable y cordial. Tengo la certeza de que no volveré a verlo. Hice bien en no pedirle una foto ni una firma. Hice bien en decirle Gabo y tratarlo de tú. Hice bien en no preguntarle por qué Mario le dio ese puñetazo en México.

A Mario lo vi por última vez en un restaurante de Guadalajara hace ya tres años. Estaba exhausto porque venía de presentar su monólogo teatral. Éramos ocho o diez personas con hambre inmoderada. Un magnate mexicano, ennoviado con una modelo peruana muy enjoyada, pagó la cuenta. El pobre Mario no paraba de bostezar. Aquella noche, y antes en el lobby del hotel Hilton, fue particularmente cariñoso conmigo, tal vez porque comprendió que me había tratado con excesiva dureza cuando su hijo Álvaro renunció como asesor a la candidatura de Toledo. Nos despedimos en el ascensor. No he vuelto a verlo desde entonces. Después me llamó payaso, un maltrato verbal que pudo ahorrarse después de los que ya me había infligido, y por supuesto me dolió. Tengo la certeza de que no volveré a verlo, como no volveré a ver a su hijo Álvaro, que fue mi amigo por tantos años hasta que, sin darme explicación alguna, decidió darme de baja, como se dice en lenguaje policial. En venganza (porque no soy bueno para perdonar), estos últimos días en mi casa de la isla, arrojando cosas a la basura, tiré dos libros de Mario (La verdad de las mentiras y El arte de lo imposible) y todos los de Álvaro. También dejé caer a la basura la última novela de Boris Izaguirre, que me pareció falsa, artificial (como La mujer de mi hermano) y en represalia porque Boris me dijo en el hotel Claris de Barcelona que no tiene tiempo de leer mi última novela, aunque por supuesto sí tiene tiempo de ser jurado de Mira quién baila y deshacerse en elogios desmesurados antes las contorsiones de un ex torero devenido bailarín.

La última vez que me encontré con Almodóvar fue en los cines Princesa de Madrid. Lo vi haciendo la fila, a veinte personas detrás de mí, solo, sin aires de estrella, sin custodios. Me encantó que siguiera siendo un hombre que va al cine en función de matiné en día de semana. Cuando llegué a la boletería, compré una entrada para mí (Quemar después de leer, la de los Coen, que es genial, aunque menos que la de Philippe Claudel, I've loved so long, que espero que le den el Óscar a Kristin Scott Thomas por esa actuación delicada y magistral) y compré ocho entradas para ocho películas distintas que comenzaban alrededor de esa hora, las cinco de la tarde. Luego me acerqué a Pedro, me saludó con cariño, le pregunté cuál iba a ver, me dijo que Gomorra, me vio buscando la entrada de esa película entre las ocho que había comprado para él, dijo halagado pero qué dispendio, le di la entrada y me fui deprisa. Era lo menos que podía hacer por Almodóvar, era una manera de decirle gracias por tanto placer, por tantas películas geniales.

Con mi madre me reuní hace dos semanas en el hotel Country de San Isidro. Tomamos el té. La invité a pasar año nuevo conmigo en Miami. Días después me escribió un correo aceptando ilusionada la invitación. Pero ese día una amiga suya me había escrito: Si quieres a tu madre, ¿por qué te burlas de ella cuando escribes? Me pareció una impertinencia, más todavía porque esa odiosa señora no me había visto ni escrito en muchos años. Le reenvié ese correo agrio a mamá. Ella me respondió que su amiga era graciosísima y adorable. Le escribí a mamá diciéndole que prefería cancelar el viaje de año nuevo.

Ayer por la noche, en el aeropuerto de Miami, le di un abrazo a Martín y le dije que iré este lunes a Buenos Aires. Ahora creo que es mentira. No iré a Buenos Aires ni lo veré un buen tiempo. Necesito estar solo. Necesito escribir la maldita novela sobre mi padre que está torturándome. Necesito estar en la isla y pasarme días sin hablar con nadie, hasta que llegue de Vancouver mi hermano Javier, que además de hermano es mi amigo. Con él y su familia pasaré navidad y año nuevo. Antes de que llegue, creo que seguiré tirando libros a la basura. Me tienta arrojar los de Saramago, los de Cela, los de Auster, los de Umbral y los de ese japonés que se ha puesto de moda.

La última vez que estuve con Bolaño fue en una cafetería de Barcelona. Me dijo que le había gustado Los amigos que perdí, aunque entendí que le había gustado menos que Yo amo a mi mami, novela que presentó en esa ciudad un año antes de ganar el Herralde con Los detectives salvajes. Me dijo: ten cuidado con los adjetivos. Tiempo después, Jordi Herralde me invitó a cenar en Barcelona. Comimos pescado. Al regreso, en su Volvo blanco antiguo, me dijo que Bolaño se inventaba enfermedades para no viajar a cumplir compromisos literarios por Europa y que así no podía seguir ayudándole a difundir su obra en otras lenguas. Me dijo: en vísperas de viajes ya pactados y anunciados, siempre se enferma, y nunca sé si es una enfermedad real o imaginaria. Por eso, cuando, no mucho después, me contaron en un restaurante de Santiago de Chile que Bolaño estaba enfermo, dije que seguramente era un truco para no viajar y quedarse tranquilo en Blanes. Al día siguiente supe que había muerto y me sentí un idiota.

Jaime Bayly
PAPELES PERDIDOS