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Wednesday, September 28, 2011

Esteban Carlos Mejía / Adiós a los próceres


Rabo de paja
Adiós a los próceres y otros vainazos

Por Esteban Carlos Mejía
El Espectador, 24 de septiembre de 2011

Mi amiga Isabel Barragán anda de mal genio. “Es el equinoccio de primavera en el hemisferio sur”, dice, mientras saca libros del baúl de su carro y los empaca en un morral. Estamos en el parqueadero de la universidad donde dicta literatura aplicada o comparada. “Hoy desayuné fricasé de alacrán”. Los ojos le centellean en su cara casi perfecta. “Supe que estuviste en una charla con Pablo Montoya, en el pantanero ese de la feria del libro en el Jardín Botánico”, dice. “Fue la presentación en Medellín de Adiós a los próceres, edición de Grijalbo”. “¿Y qué tal?”. “Pues a mí me encantó”, digo, no sin cautela. “Es una colección de 23 semblanzas. Veintidós héroes y el que los fusiló. Historia patria vuelta ficción, una invención apócrifa, sin respeto por los acontecimientos”.
Me analiza con curiosidad. La miro a los ojos: “A Pablo Montoya, y son sus palabras, le ‘atraen más la incredulidad y la reserva que la ingenuidad y el ditirambo’. Tiene imaginación, memoria, gusto estético y erudición. Escribe con humor, sutileza e inteligencia, y cada texto es un manjar”. Las semblanzas son a lo Voltaire y en homenaje a Marcel Schwob y sus Vidas imaginarias. Le menciono las que más me gustaron. Antonio Nariño, traductor. Jorge Tadeo Lozano, zoólogo. Pedro Fermín de Vargas, farsante. Simón Bolívar, bailarín. Manuel Atanasio Girardot, abanderado. Francisco de Paula Santander, leguleyo. “¿No hay mujeres?”, me interrumpe, despectiva. “Tres, las mejores”, le contesto. “Antonia Santos, guerrillera. Policarpa Salavarrieta, espía. Manuela Sáenz, amante. Al final aparece Pablo Morillo, pacificador, el único que no se torció, cruel y desalmado desde que llegó hasta que se fue”. “Pablo Montoya escribe muy bien”, dice. “Su novela Lejos de Roma, en Alfaguara, 2008, me hizo reír y llorar, soñar y gozar”.
El baúl está lleno de libros, en cajas, en bolsas, sueltos. De repente, cambia de tema, impetuosa. “Me emputa la zalamería”, ruge. “A una matrona de la farándula cultural bogotana le dio por decir que Tomás González es dizque el secreto mejor guardado de la literatura colombiana”. “No está mal”, replico. “Menos cuando se pone a hablar de maticas y flores”, dice. “¿Cómo así?”. “Begonias, zapotes, Philodendrum andreanum, buganvilias, dalias, girasoles, cymbidium, totumos (Cresentia cujete), aguacates, lulos (Solanum quitoence), boñiga”. “¿Qué es eso?”, digo, boquiabierto. “Los caballitos del diablo, de 2003, editada por Norma, la extinta”. “Pero La luz difícil, su más reciente novela, brilla con luz propia”, digo. Se encoge de hombros: “A lo mejor. En todo caso, la literatura colombiana tiene otros secretos mejor guardados”. “¿Ah, sí?”, digo. “Al rompe le soplo seis, mijito. Miguel Torres, cuya novela El crimen del siglo es paradigmática. Roberto Rubiano Vargas, cuentista y novelista de culto. Lucía Estrada, poeta y poeta. Ramón Illán Bacca, carnavalesco. Evelio José Rosero, post-boom. Y Pablo Montoya Campuzano, semblancero mayor. ¿Cómo le quedó el ojo?”. Ay, equinoccio. Ay, primavera.




Tuesday, September 27, 2011

Esteban Carlos Mejía / A que te casco, ratón


Esteban Carlos Mejía
A QUE TE CASCO, RATÓN
El Espectador, sábado 27 de agosto de 2011


Mi amiga Isabel Barragán volvió a cumplir 33 añitos el 11 de julio. Increíble: no le pasa el tiempo. Su figura es inmejorable, ni un gramo de grasa, sólo músculos, bellos músculos, pura fibra, y la piel tostada y los ojos verdes siempre resplandecientes y los labios repolluditos. ¡Vade retro satana!
Me la encuentro en la puerta del gimnasio de la universidad donde enseña literatura aplicada, mitad ficción, mitad realidad. La sudadera se le pega al cuerpo, vibrante como cuerda de violín bien temperado, y... Mejor la saludo. “¿Mucha elíptica o qué?”, digo. “Artes marciales”, responde con firmeza. ¿Hapkido? ¿Kung fu? No averiguo. “¿Estabas combatiendo?”. “Sí, con mi marido”, dice y se le ilumina la sonrisa. “Lo casqué”. “¿Lo cascaste?”. “Por supuesto”. Me quedo perplejo. “¿Y eso?”, digo. “Es que friega mucho, es muy necio y manipulador”, contesta sin que le tiemble la voz. “Cuando se quiere hacer la víctima, lo hace perfectamente. Si le casco es porque se la ganó, por joderme tanto”.
Se pasa la mano por el pelo mojado. “Ustedes, los hombres”, dice con énfasis, “para molestar están solos, son muy necios, y cuando se deciden a fregar a una mujer no los para nadie, son insoportables,  agresivos y nos provocan reacciones que no podemos controlar”. “Pero tu marido es un alma de Dios”, digo, pensando más en mí que en él. “No hace milagros porque le da pereza”. “¿Y aún así le pegas?”. Se ríe: “Sólo acá en el gimnasio”. Me río  también: después de todo la vaina no es conmigo.
Cambio de tema. “¿Y qué estás leyendo?”. Abre el morral y saca Todos los nombres. “¿Te encaprichaste con Saramago?”. “¿Por qué no? Yo leo lo que me da la gana”. Agacho la cabeza. “Es una novela sobria, laberíntica, con un protagonista, don José, absolutamente conmovedor”. Me muestra algunos párrafos, resaltados en amarillo. “Tiene una trama sencilla y efectiva. Cuando la leí por primera vez, hace como doce o trece años, lloré a moco tendido, sin saber por qué. Ahora, no pude dejar de asociarla con El proceso, de Franz Kafka, o con El nombre de la rosa, de Umberto Eco. Con De senectute, de Norberto Bobbio, en sus pasajes más íntimos. Y con Borges, todo”. “¿Borges?”. “Sí, la Conservaduría General del Registro Civil, epicentro de Todos los nombres, es una Babel. Y Babel, para mí, es Borges”. Agrega con picardía: “Saramago maneja su sarcasmo”. “¿Mujeres que le pegan a hombres?”. Guarda el libro: alcanzo a ver su cinturón negro de karate. “No fregués o te casco”, dice, seria como una víbora, bendito sea mi Dios.