Showing posts with label Idea Vilariño. Show all posts
Showing posts with label Idea Vilariño. Show all posts

Wednesday, November 17, 2010

Idea Vilariño / Un huésped



Idea Vilariño

Un huésped

No sos mío
no estás
en mi vida
a mi lado
no comés en mi mesa
ni reís ni cantás
ni vivís para mí.

Somos ajenos
tú y yo misma
y mi casa.

Sos un extraño
un huésped
que no busca no quiere
más que una cama
a veces.

Qué puedo hacer
cedértela
pero yo vivo sola. 




Tuesday, November 16, 2010

Idea Vilariño / Tres poemas


Idea Vilariño
TRES POEMAS

ESO

Mi cansancio
mi angustia
mi alegría
mi pavor
mi humildad
mis noches todas
mi nostalgia del año
mil novecientos treinta
mi sentido común
mi rebeldía.

Mi desdén
mi crueldad y mi congoja
mi abandono
mi llanto
mi agonía
mi herencia irrenunciable y dolorosa
mi sufrimiento
en fin
mi pobre vida. 

EL AMOR

Un pájaro me canta
y yo le canto
me gorgojea al oído
y le gorgojeo
me hiere y yo le sangro
me destroza
lo quiebro
me deshace
lo rompo
me ayuda lo
levanto
lleno todo de paz
todo de guerra
todo de odio de amor
y desatado
gime su voz y gimo
ríe y río
y me mira y lo miro
me dice y yo le digo
y me ama y lo amo
- no se trata de amor
damos la vida-
y me pide y le pido
y me vence y lo venzo
y me acaba y lo acabo. 


DESPUÉS

Es otra
acaso es otra
la que va recobrando
su pelo su vestido su manera
la que ahora retoma
su vertical
su peso
y después de sesiones lujuriosas y tiernas
se sale por la puerta entera y pura
y no busca saber
no necesita
y no quiere saber
nada de nadie.




Monday, November 15, 2010

Idea Vilariño y Onetti / Una pasión

Idea Vilariño

Blanca Elena Pantin

Idea Vilariño y Onetti, una pasión


Los "Poemas de Amor" de la legendaria poeta uruguaya tienen nombre y apellido: Juan Carlos Onetti. La historia de ese libro, la pasión que lo gestó, se remonta a Montevideo a comienzo de los años cincuenta.
Hay escritores condenados a ser reconocidos por un solo libro. Ese parece ser el destino de la poeta uruguaya Idea Vilariño autora de pasionales poemas de amor que tienen nombre y apellido: Juan Carlos Onetti (considerado un clásico del género curiosamente ninguno de los poemas del libro fue incluido en la Antología Poesía Amorosa Latinoamericana editada por Biblioteca Ayacucho.
La historia de esas páginas se remonta a la década de los cincuenta cuando a la sazón no se conocían. La vida intelectual de Montevideo y Buenos Aires permitía esas convivencias en las que cada uno y por su lado se reunía con quien quisiera: Roberto Arlt, Jorge Luis Borges, Bioy Casares, las hermanas Ocampo (Victoria y Silvina), José Bianco... De esos años (1950) data Número, revista donde comenzó todo. Fundada por Emir Rodríguez Monegal, Mario Benedetti, Manuel Claps e Idea Vilariño, la publicación fue una de las pocas que reseñó con entusiasmo la aparición de La vida breve, un libro de Onetti que prácticamente ignoró la crítica de Buenos Aires. Conocerse como se conocían –al menos porque se habían leído– el encuentro no tardó mucho en precipitarse. Al fin y al cabo uno y otro eran el centro y epicentro de círculos intelectuales que ya los habían llevado poco menos que a los terrenos de la leyenda. Ella hierática. El, maldito. La pareja perfecta. El encuentro debió ser en un café del centro de Montevideo. La historia de lo que ocurrió entonces fue referida por Vilariño a María Esther Gilio y Carlos M. Domínguez en la biografía que ambos periodistas publicaron sobre Onetti (Construcción de la noche, Planeta 1993): 'Estaba seduciéndome a fondo con lo mejor de sí mismo y tanto que yo me quedé convencida de que aquello era la séptima maravilla. Esa misma noche me enamoré de él. Me enamoré, me enamoré, me enamoré'. Burro, perro, bestia.
Pero el encuentro definitivo demoraría algunos meses más. Mientras tanto cultivaron una correspondencia en la que se trataban ridículamente de Usted tomándose algunas licencias: 'Pasó el verano y no viniste', se atrevió a reclamar la Vilariño. De allí a lo inevitable: fueron amantes marcados por explosivas rupturas y reconciliaciones. 'Es el último hombre de quien debí enamorarme porque éramos lo más imposible de ligar que había. Nunca entendió el ABC de mi vida, nunca me entendió como ser humano, como persona. Y así teníamos nuestros grandes desencuentros. Si yo hablaba de algo sumamente delicado él me salía con una barbaridad. Decía cosas que me hacían echarlo, imposibles de soportar. Todavía me pregunto por qué aguanté tanto, por qué volví tantas veces. Nos peleábamos y volvíamos a juntarnos, lo echaba, regresaba. Una noche me llamó desesperado para que fuera a verlo. Yo estaba con alguien que me amaba y lo dejé por ir a pasar una noche con él. Y recuerdo que lo único que hicimos fue ponernos de espalda, leyendo un libro él, y yo otro. A la mañana siguiente le agarré la cara y le dije: sos un burro Onetti, sos un perro, sos una bestia. Y me fui'.
Burro, bestia, perro, a Onetti están dedicados todos y cada uno de los poemas de amor que escribió Idea Vilariño.
'Estás lejos y al sur/ Allí no son las cuatro/ Recostado en tu silla/ apoyado en la mesa del café/ de tu cuarto/ tirado en una cama/ la tuya o la de alguien/ que quisiera borrar/ –estoy pensando en ti no en quienes te buscan/ a tu lado lo mismo que yo quiero–./ Estoy pensando en ti ya hace una hora/tal vez media/no sé./ Cuando la luz se acabe/sabré que son las nueve/estiraré la colcha/me pondré el traje negro/y me pasaré el peine./ Iré a cenar/ es claro'
Relación definitivamente signada por el deseo, las aristas que pudieron o no construir aterrizaban en el sexo. A días y noches de encierro, sucedían meses sin saber nada uno del otro. Se mandaban al demonio una y otra vez. Un día –años después (1961)– las cosas fueron demasiado lejos. En esta ocasión la amenaza fue cierta: 'Si te vas –alertó el escritor– no me encontrarás a tu regreso'. La poetisa tomó las palabras como la amenaza de un loco que no entendía la gravedad de la noticia que acaba de recibir: el asesinato del profesor Arbelio Ramírez (eran los días de la visita del Che Guevara a Montevideo) y la llamada del gremio de profesores (Idea era profesora del liceo Vásquez Acevedo) convocando a una asamblea que no admitía demoras. 'Si vas, no me encuentras', repitió Onetti. Sin tomarse en serio el ultimátum, Idea se dirigió a la reunión: 'Pero en cuanto pude me escapé y regresé a casa. Cuando vi la luz prendida pensé que estaba pero cuando abrí la puerta sentí como si me golpearan en el pecho. Había dejado una nota insultándome y diciéndome un montón de barbaridades. Y mis poemas, unos poemas de amor que le había dado, estaban arrugados y tirados a los pies de la cama'. Un nuevo (último) encuentro sucedería en 1974 a raíz del terrible cierre del diario Marcha por la censura del régimen militar. El pretexto de la clausura del diario, al que Onetti estuvo estrechamente vinculado, fue la publicación del cuento ganador de un concurso en el cual fue jurado y en el que los militares leyeron un complot contra la dictadura. Onetti fue confinado a tres meses de cárcel y tratado poco menos que como un enajenado mental. A la salida de ese infierno recibió la visita de su antigua amante quien evocó el reencuentro en un texto que cedió para el libro de Gilio y Domínguez:
'Quedamos solos y callados. Callados. Pero yo no soy como entonces; algo aprendí; algo me enseñó el recuerdo; siempre sentí no haber tenido más madurez para tratarlo entonces. O es la diferencia entre estar y no estar enamorada. Nos moriremos sin aprender a hablarnos', pregunté. Siempre nos costó', dijo. Te acordás de aquella vez que llegaste, después de tanto tiempo y estuvimos veinte, treinta minutos sin hablar, sentados, yo en la cama y tú en la silla. Me inhibiste siempre en todo'. Sí', dijo. Tu también', dije. Una vez me dijiste que no podías comer ni hacer el amor ni... conmigo'. Sí', dijo. Y me miraba por momentos; por momentos volcaba la cabeza; se mordía el labios superior, con una expresión de impotencia, de desesperación? Así que yo no sé lo que es el amor. Vos sufrías de amnesia, evidentemente. La primera vez que entré a tu sala del Museo quedé loco por vos. Nunca entendí lo que me pasaba; pero estaba loco por vos'. Nunca me lo dijiste'. Nunca entendí aquel deseo de posesión, aquel afán dominador. (Yo no recordaba nada parecido). No te dejaba ir a clase (es cierto). No podía soportarlo. Y no se trataba de deseo; si no, no sentiría esta horrible ternura que siento por vos', escribió. Onetti y la Gilio hablan en el apartamento del escritor en Madrid. El narrador tropieza con "Poemas de Amor":
–Andá, leelo–, dice Onetti.
Ya no será/ ya no/ no viviremos juntos/ no criaré a tu hijo/ no coseré tu ropa/ no te tendré de noche/ no te besaré al irme/ nunca sabrás quién fui/ por qué me amaron otros./ No llegaré a saber/ por qué ni cómo nunca/ ni si era de verdad/ lo que dijiste que era/ ni quién fuiste/ ni qué fui para ti/ ni cómo hubiera sido/ vivir juntos/ querernos/ esperarnos/ estar./ Yo no soy más que yo/ para siempre y tú/ ya/ no serás para mí/ más que tú./ Ya no estás/ en un día futuro/ No sabré dónde vives/ con quién/ ni si te acuerdas./ No me abrazarás nunca/ como esa noche/ nunca./ No volveré a tocarte./ No te veré morir/
–¿Por qué dice Idea que nunca sabrás quien es ella?– pregunta la Gilio, acaso la periodista que más lo entrevistó. –No sé... Yo nunca sentí que ella estuviera enamorada de mí.
–No entiendo, ¿cómo que nunca estuvo enamorada? Y los poemas que te escribió?
–Yo no digo que no estuvo, sino que nunca sentí que estuvo. Yo creo que lo suyo es algo muy cerebral, intelectual.
–¿Nada más?
–También cama.




Saturday, November 13, 2010

José Miguel Oviedo / Vilariño y Benedetti / Coincidencias y contrastes


Vilariño y Benedetti
COINCIDENCIAS Y CONTRASTES
Por José Miguel Oviedo
Perú 21, 26 de mayo de 2009
La poeta uruguaya Idea Vilariño (1920) murió el 28 de abril de este año, y su compatriota y coetáneo Mario Benedetti dejó de existir el 17 de mayo. Estas son dos grandes pérdidas para la literatura de su país y para las letras de toda Hispanoamérica. Aunque no es fácil encontrar dos escritores más distintos que ellos dos –y la primera mucho menos conocida que el segundo–, se trata de dos de los más importantes miembros de la llamada 'generación del 45’, una brillante promoción de escritores uruguayos a la que pertenecían también los críticos Emir Rodríguez Monegal y Ángel Rama, el narrador Carlos Martínez Moreno, entre otros. Este grupo, llamado también la 'generación crítica’, trajo a las letras uruguayas un gran rigor conceptual y formal, una inteligente asimilación de modelos europeos y una profunda preocupación por la realidad y el destino histórico de América Latina. Estos rasgos se reflejaron en las paginas del célebre semanario Marcha, que, lamentablemente, desapareció durante la dictadura uruguaya, que por varias décadas reunió a un gran conjunto de escritores, periodistas, artistas y comentaristas culturales, quienes dieron un valioso testimonio de la actualidad nacional e internacional. Conocí a ambos en La Habana, en 1967, y poco después de haber comenzado a leer sus respectivas obras. Ese contacto me permitió ampliar y continuar frecuentando sus obras y, sobre todo, me permitió disfrutar con ellos horas de un diálogo enriquecedor. Idea era callada, discreta y tímida, una mujer encerrada en su oscuro mundo interior; Mario era sencillo, efusivo, afectuoso y fácilmente accesible, un hombre muy querible que amaba el directo contacto humano. A Idea no la volví a ver más, pero con él tuve encuentros fugaces en Madrid, México y otros lugares donde su largo exilio lo llevó. Idea Vilariño creó una rara poesía de la desolación y exigüidad verbal, en la que cada palabra omitida vale casi tanto como la emitida. Es un gesto radicalmente antirretórico que se basa en una condición escéptica de la condición humana o femenina –aunque no solamente femenina–, donde no hay una presencia divina que consuela ni salidas posibles sino una terca y agria realidad de días parecidos sin sentido, y parecidos unos a otros. El amor es el gran tema de Vilariño, pero como una pasión fría y cruel a la que se le ha arrancado toda su belleza y exaltación, aunque no su intensidad trágica: el deseo conduce a una certeza del desamparo y de la fragilidad irrisoria de todo. La autora publicó más de una decena de libros de poesías. Su producción puede dividirse en dos etapas: la primera, de menor interés, que se inicia con La suplicante (1945), y la segunda –que comienza con Nocturnos (1955)–, que es la que verdaderamente importa, ya que en ella alcanza una máxima concentración verbal gracias a un lenguaje al que se le ha quitado todo lo que no sea imprescindible: un esqueleto o un esquema mínimo para decir lo indecible usando metros breves, versos escuetos y, frecuentemente, una frase larga y acezante . Es difícil encontrar paralelos a la extrañeza y hondura de la obra poética de esta autora. La versatilidad y fecundidad de Benedetti son tales que no es exagerado llamarlo un polígrafo, pues escribió en todos los géneros posibles: desde los habituales (poesía, narrativa, teatro, ensayo) hasta los marginales (humor, traducción, letras para canciones), en muchas décadas de infatigable producción literaria y periodística que desborda sus numerosos libros y anda dispersa por periódicos y revistas de todo el mundo. Benedetti se define, pues, como un escritor que reacciona de manera inmediata a los acontecimientos que ha vivido, a veces con la riesgosa facilidad de un cronista. Su punto de vista es el de un observador lúcido de la clase media urbana, a la vez como parte de ella y como un crítico acerbadamente distanciado de sus mitos, cegueras y conformismos. En su primera etapa –destaca La tregua ( 1960 )– quiso ser un escritor latinoamericano que responde a las cuestiones urgentes de su historia, no importa dónde ocurran. Eso se aprecia en su novela Gracias por el fuego (1965), en la que utiliza su breve experiencia estadounidense para hacer la crítica de los modelos asumidos por la burguesía nacional. El asunto político cobró progresivamente más fuerza en su obra, adoptando muchas veces un corte militante y esquemático. Su activismo continental hizo que seguir viviendo bajo la dictadura de su país le resultase muy riesgoso y tuvo que exiliarse y buscar refugio en otros países, pasaje que él llama “desexilio” y del que ha dado testimonio en su novela Andamios, publicada en 1998. Al lado de sus indudables méritos, sus mayores defectos fueron su tendencia a prodigarse demasiado, a escribir y publicar con excesiva facilidad, y a caer en el mismo simplismo ideológico que celebran algunos pero que ha nublado la visión critica de tantos escritores latinoamericanos. Sea esto dicho sin dejar de reconocer, simultáneamente, que fue un hombre de letras cuya ausencia será lamentada por una gran multitud de lectores.



Juan Gelman / Idea Vilariño o la memoria de mañana


Idea Vilariño o la memoria de mañana

Por Juan Gelman
EL NUEVO DIARIO
Managua, Nicaragua - Sábado 02 de Mayo de 2009


La muerte de Idea Vilariño, a los 89 años, implica la pérdida de una de las principales poetisas uruguayas, que integró la emblemática “Generación del 45”. En este ensayo de Juan Gelman podrían quedan al descubierto algunas raíces de su poesía.


La poesía de Idea Vilariño es única en la lengua castellana por su temblor austero. Y mucho más. Hay quienes la dividen en etapas, pero su voz desde el inicio ha convocado a la memoria y la esperanza. Insiste en el arte de no dejarse morir, ese vértigo que sabe que va a morir. Ha vagado por los arrabales en ruinas del amor para encontrarlo en cada piedra. ¿Con qué comparar esa lealtad a lo que no se sabe y no se puede negar?Su poesía nos deja entrar, pero no salir. No hay trucos ni espejismos, hay espejos. Hace la memoria de mañana y funda un destino en la lengua. No informa, encuentra y logra que el otro participe en el encuentro. Internarse en ella es como tocar en vez de oír o ver “las materias desgarrantes”. Más que comunicación, hay comunión. El otro descubre en ella un espacio ignorado de sí mismo, ya bautizado para siempre con las palabras de Idea que lo develaron. Despierta lo que dormía en cada quien, le abre tierras que no sabía que tenía y por eso no sabía tener. Las inunda empujada por un hambre feroz e inexplicable en movimiento perpetuo. Es decir, tiene confianza en avenidas posibles de infinito.Buscar lo que ha muerto para que no se muera es una ética de la memoria. Es la ética de esta poesía. Es la estética de una escritura impecable que emociona y “hace brotar la fuente de la roca”, como quería Reverdy. Una escritura que sueña y por eso está perfectamente despierta. En la búsqueda de sus vértigos busca a todos y a cada uno de nosotros. ¿Somos sus vértigos? ¿Así le somos? ¿Qué nos mueve esta poesía? No enseña, nos hace ver lo que lo que no está allí. Lleva las palabras a la verdad y nos arrastra a ver el mundo sin nosotros.El fulgor que nace de la cicatriz de sus palabras aleja la desdicha. Es una hazaña del dolor. El envés indeseado y terrible del amor, esa bestia negra que aparece en sus vacíos es derrotada por esta poesía. Mata a esa bestia una desesperación en estado de delirio. ¿No alumbra acaso el dolor del amor? ¿Y qué otro cielo que el amor tiene la poesía? Amor y poesía se dan mutuamente razón de su existencia.¿Y ese extraño misterio de ser en la palabra y ser fuera de de ella al mismo tiempo? ¿Sobre cuánto valor y dignidad esta poesía se levanta? Idea Vilariño da todo sin conservar nada. Esto que algunos llamarían martirio es heroísmo, no el heroico -más supuesto que real- de los campos de batalla, sino el humilde de un hacer que quien lo hace sabe inexpresable. Perseguir la palabra para dar sin pedir. Como toda gran poesía, ésta abre sus puertas nunca dichas. El poeta crea lo que no es, lo saca del vacío donde flota y así da forma a lo que no tiene voz. ¿Pero qué voz es la de Idea? No está rota : es una pese todas las rupturas porque crea otras nuevas y les da palabra. “Nombrar alcanza”, dice. Y nombra con rigor, con una difícil sencillez que entraña el despojo más extremo. Esta poesía es una palabra de hueso a la intemperie, calcinada por los soles del amor y del dolor. ¿O es un único sol?Llama a la palabra más pobre, más escueta, más desprovista de peso material para convertirse en materia ella misma. Materia de belleza. Tiene un no que da fuerza al sí contra la precariedad de la vida y de lo vivo. Crea relaciones desconocidas antes, versos que no se habían escrito nunca. Da de nacer. ¿Sostener la palabra para atravesar el dolor? ¿Sostener el dolor para atravesar la palabra? “Verdad habla quien habla sombra”, sabía Paul Celan. “Los abismos me nombran”, dice Idea. Sí. Pero también siega “las mieses que el frío dejó intactas”. “Haberse muerto tanto y que la boca/quiera vivir un poco todavía”, dice. La palabra quiere a esa boca viva. “Este fardo sombrío/que me he echado a la espalda”, dice. ¿Será también la poesía, el demonio de las tradiciones árabes que monta al poeta para obligarlo a decir lo que en la lengua no existe? “El amor… ah, qué rosa, qué rosa verdadera”.Poesía lujosa de silencios cargados de sentido y de otro sentido, es decir, de más poesía. “Hoy me hundo en la nada”, dice. Y de la nada, de lo más deshumano y del “aire más duro”, extrae canto de la lengua para cerrarles el camino. Habla de la vida perdida en “tareas sin luz”. Entonces desgarra las entrañas de la sombra para que la luz entre y las abrigue. Ha quemado “los candores más íntimos”.Esta poesía calla sus palabras para que hablen y pone su cuerpo a lo que va a venir. No existe como territorio sino como tiempo interior y del deseo, atisbo de un mundo que hasta ahora han negado todos los sistemas. “Por qué soportamos esta historia”, esta “basura acumulada de los días”, dice. Los animales del amor tienen prohibido llorar. La poesía de Idea Vilariño da cuenta del enigma. Poesía que convierte a una pequeña habitación en todo el mundo. En este tiempo de la despasión muestra, clara, que sin pasión no hay palabra verdadera. Sólo la palabra sucia de pasión sabe vivir, puede vivir. “Soledad como una sopa amarga”, dice, y se alza contra el discurso del Amo que decreta la inexistencia del Otro. Es un habla de alteridad posible en su imposible, llena de viajes y contradicciones, de ascensos y descensos al infierno personal, que sabe que el otro participa de uno sólo para diferenciarse. Posee tal deseo y fuego de diamante que su mensaje se torna en total ausencia de mensaje para dar en sustancia de palabra ese lugar necesario para que la palabra nazca nuevamente. Cesa el lenguaje para darle paso otra vez. Trae vísceras profundas de la lengua. Gaspara Stampa, la gran poeta italiana del Renacimiento, quería “vivir ardiendo sin sentir el mal”. A Idea Vilariño sólo le fue concedido lo primero.




Lea, además

Juan Gelman / Premio Cervantes / Discurso
Juan Gelman / Se ha instalado todo un sistema para recortarnos el espíritu
Juan Gelman / El poeta de los ojos tristes
Obituarios / Juan Gelman
Verdad es / El último poema de Juan Gelman




Friday, November 12, 2010

Idea Vilariño / Lo que siento por ti




Idea Vilariño

LO QUE SIENTO POR TI

Lo que siento por ti es tan difícil.
No es de rosas abriéndose en el aire,
es de rosas abriéndose en el agua.

Lo que siento por ti. Esto que rueda
o se quiebra con tantos gestos tuyos
o que con tus palabras despedazas
y que luego incorporas en un gesto
y me invade en las horas amarillas
y me deja una dulce sed doblada.

Lo que siento por ti, tan doloroso
como pobre luz de las estrellas
que llega dolorida y fatigada.

Lo que siento por ti, y que sin embargo
anda tanto que a veces no te llega.





Thursday, November 11, 2010

Idea Vilariño / No te amaba



Glass
Alysa Moon

Idea Vilariño

NO TE AMABA

No te amaba
no te amo
bien sé que no
que no
que es la hora
es la luz
la tarde de verano.
Lo sé
pero te amo
ahora te amo
hoy
esta tarde te amo
como te amé otras tardes
desesperadamente
con ciego amor
con ira
con tristísima ciencia
más allá de deseos
o ilusiones
o esperas
y esperando no obstante
esperándote
viendo
que venías
por fin
que llegabas
de paso.



Wednesday, November 10, 2010

Idea Vilariño / Tal vez no era pensar

Anne Francis

TAL VEZ NO ERA PENSAR
Tal vez no era pensar, la fórmula, el secreto,
sino darse y tomar perdida, ingenuamente,
tal vez pude elegir, o necesariamente,
tenía que pedir sentido a toda cosa.

Tal vez no fue vivir este estar silenciosa
y despiadadamente al borde de la angustia
y este terco sentir debajo de su música
un silencio de muerte, de abismo a cada cosa.

Tal vez debí quedarme en los amores quietos
que podrían llenar mi vida con un nombre
en vez de buscar al evadido del hombre,
despojado, sin alma, ser puro, esqueleto.

Tal vez no era pensar, la fórmula, el secreto.
sino amarse y amar, perdida, ingenuamente.

Tal vez pude subir como una flor ardiente
o tener un profundo destino de semilla
en vez de esta terrible lucidez amarilla
y de este estar de estatua con los ojos vacíos.

Tal vez pude doblar este destino mío
en música inefable. O necesariamente...




Tuesday, November 9, 2010

Idea Vilariño / Amor

Oleo de Annick Bouvier

Idea Vilariño

AMOR

Amor
desde la sombra
desde el dolor
amor
te estoy llamando
desde el pozo asfixiante del recuerdo
sin nada que me sirva ni te espere.
Te estoy llamando
amor
como al destino
como al sueño
a la paz
te estoy llamando
con la voz
con el cuerpo
con la vida
con todo lo que tengo
y que no tengo
con desesperación
con sed
con llanto
como si fueras aire
y yo me ahogara
como si fueras luz
y me muriera.
Desde una noche ciega
desde olvido
desde horas cerradas
en lo solo
sin lágrimas ni amor
te estoy llamando
como a la muerte
amor
como a la muerte.



Monday, November 8, 2010

Idea Vilariño / Buscamos


 Idea Vilariño

BUSCAMOS


Buscamos
cada noche
con esfuerzo
entre tierras pesadas y asfixiantes
ese liviano pájaro de luz
que arde y se nos escapa
en un gemido.




Sunday, November 7, 2010

Idea Vilariño / Vive


Idea Vilariño
VIVE
Aquel amor
aquel
que tomé con la punta de los dedos
que dejé que olvidé
aquel amor
ahora
en unas líneas que
se caen de un cajón
está ahí
sigue estando
sigue diciéndome
está doliendo
está
todavía
sangrando.




Saturday, November 6, 2010

Idea Vilariño / Comparación


Idea Vilariño
COMPARACIÓN

Como en la playa virgen
dobla el viento
el leve junco verde
que dibuja
un delicado círculo en la arena
así en mí
tu recuerdo.


Friday, November 5, 2010

Idea Vilariño / Carta II


Idea Vilariño
CARTA II

Estás lejos y al sur
allí no son las cuatro.

Recostado en tu silla
apoyado en la mesa del café
de tu cuarto
tirado en una cama
la tuya o la de alguien
que quisiera borrar
-estoy pensando en ti no en quienes buscan
a tu lado lo mismo que yo quiero-.
Estoy pensando en ti ya hace una hora
tal vez media
no sé.

Cuando la luz se acabe
sabré que son las nueve
estiraré la colcha
me pondré el traje negro
y me pasaré el peine.

Iré a cenar
es claro.

Pero en algún momento
me volveré a este cuarto
me tiraré en la cama
y entonces tu recuerdo
qué digo
mi deseo de verte.
que me mires
tu presencia de hombre que me falta en la vida
se pondrán
como ahora te pones en la tarde
que ya es la noche
a ser
la sola única cosa
que me importa en el mundo.


Thursday, November 4, 2010

Idea Vilariño / Pensar



Idea Vilariño

Tal vez no era pensar, la fórmula, el secreto,
sino darse y tomar perdida, ingenuamente,
tal vez pude elegir, o necesariamente,
tenía que pedir sentido a toda cosa.
Tal vez no fue vivir este estar silenciosa
y despiadadamente al borde de la angustia
y este terco sentir debajo de su música
un silencio de muerte, de abismo a cada cosa.
Tal vez debí quedarme en los amores quietos
que podrían llenar mi vida con un nombre
en vez de buscar al evadido del hombre,
despojado, sin alma, ser puro, esqueleto.
Tal vez no era pensar, la fórmula, el secreto.
sino amarse y amar, perdida, ingenuamente.
Tal vez pude subir como una flor ardiente
o tener un profundo destino de semilla
en vez de esta terrible lucidez amarilla
y de este estar de estatua con los ojos vacíos.
Tal vez pude doblar este destino mío
en música inefable. O necesariamente...




Wednesday, November 3, 2010

Idea Vilariño / Si muriera esta noche



SI MURIERA ESTA NOCHE
Si muriera esta noche
si pudiera morir
si me muriera
si este coito feroz
interminable
peleado y sin clemencia
abrazo sin piedad
beso sin tregua
alcanzara su colmo y se aflojara
si ahora mismo
si ahora
entornando los ojos me muriera
sintiera que ya está
que ya el afán cesó
y la luz ya no fuera un haz de espadas
y el aire ya no fuera un haz de espadas
y el dolor de los otros y el amor y vivir
y todo ya no fuera un haz de espadas
y acabara conmigo
para mí
para siempre
y que ya no doliera
y que ya no doliera.


Tuesday, November 2, 2010

Idea Vilariño / Ya no


Oleo de Annick Bouvier

"Ya no", en la voz de Idea Vilariño

Idea Vilariño
YA NO

Ya no será
ya no
no viviremos juntos
no criaré a tu hijo
no coseré tu ropa
no te tendré de noche
no te besaré al irme
nunca sabrás quién fui
por qué me amaron otros.
No llegaré a saber
por qué ni cómo nunca
ni si era de verdad
lo que dijiste que era
ni quién fuiste
ni qué fui para ti
ni cómo hubiera sido
vivir juntos
querernos
esperarnos
estar.
Ya no soy más que yo
para siempre y tú
ya
no serás para mí
más que tú. Ya no estás
en un día futuro
no sabré dónde vives
con quién
ni si te acuerdas.
No me abrazarás nunca
como esa noche
nunca.
No volveré a tocarte.
No te veré morir.

(1958)

Idea Vilariño, Poemas de amor, en Poesía completa.
Montevideo, Cal y canto, 2007.





Monday, November 1, 2010

Leila Guerreiro / Perfil de Idea Vilariño

Ya no será ya no

Ya no será ya no

Un perfil de Idea Vilariño


El Malpensante No. 111
Agosto de 2010
Vivió y amó intensamente hasta los 89 años. Murió en abril de 2009, cuando ya todos se habían muerto. Dejó 300 páginas de poemas y la pulcra certeza de que fue una de las grandes –grandes– poetas del siglo XX en lengua española.




¿Quién era usted?
De quien dicen que plantaba jardines y los hacía florecer allí donde viviera. De quien dicen que era dura, implacable y hermosa, hermosa, hermosa. ¿Quién era usted, huérfana de madre, huérfana de padre, huérfana de hermano? Violinista. ¿Quién? Asmática, enferma de la piel, enferma de los huesos, enferma de los ojos. Profesora. Quién era usted, usted que hablaba poco y que habló tanto –tanto– de un solo amor de todos los que tuvo: de uno solo. Quién era usted. Usted, el as de espadas. Usted, que dejó trescientas páginas de poemas, nada más, y sin embargo. Usted, que se murió en abril y en 2009 y que a su entierro fueron doce. Usted, que dejó una nota: “Nada de cruces. No morí en la paz de ningún señor. Cremar”.

Usted: ¿quién era?

“No fue un acto de multitudes”, decía el artículo del diario El País, de Uruguay, que anunciaba que el 28 de abril de 2009 había muerto Idea Vilariño. Tres meses más tarde, el 24 de julio, el suplemento Culturaldel mismo diario le dedicaba una edición completa, y la nota de portada firmada por Rosario Peyrou comenzaba citando una frase del crítico Emir Rodríguez Monegal: “Algún día seremos recordados como los contemporáneos de Idea Vilariño”.


“Gaspara Stampa, la gran poeta italiana del Renacimiento, quería ‘vivir ardiendo sin sentir el mal’. A Idea Vilariño solo le fue concedido lo primero”, decía Juan Gelman en Idea Vilariño o la memoria de mañana.

Soledad “como una sopa amarga”, escribía Idea Vilariño. Que era poeta, que era uruguaya.

Pero quién era.
–Le encantaban las plantas y las fotos –dice Ana Inés Larre Borges, editora del libro Idea Vilariño. 
La vida escrita (Cal y Canto, 2008)–. Fotos de ella misma tenía muchísimas, las atesoraba. Creo que tuvo siempre una gran conciencia de sí. Como que cada gesto, cada decisión en su vida, era de quien se siente un personaje, una artista.


–Podía ser muy payasito –dice Numen Vilariño, su hermano menor, ahora de 80 años– pero también truculenta. Siempre con una gran fineza, pero era brava, inflexible. Llegaba hasta la crueldad con ella misma. En sus cosas, sus amores, era exigente hasta el odio. Nunca vi a nadie cambiar tanto de apego, desde sus compañeros de trabajo hasta sus amores. Eran siempre como apariciones fugaces de las que después no se sabía nada.

–Yo creo que ya muy joven tenía claro cuál era su proyecto –dice la periodista Rosario Peyrou, que la conoció bien y la entrevistó, con Pablo Rocca, para el documental Idea, dirigido por Mario Jacob en 1997–. La autenticidad. Una autenticidad que no quiere decir inocencia.



Cualquiera puede hacerlo. Ir a YouTube, teclear su nombre, dar play a alguno de los poemas –“Ya no”, “Estoy tan triste”, “Yo quisiera”–, pasar por alto imágenes de obviedad barata –una cabeza de muñeco, una mujer llorando sangre– y escuchar la voz de grieta, altiva en su desgarro: “Ya no será / Ya no / ... No sabré dónde vives / con quién / ni si te acuerdas. / No volveré a tocarte. / No te veré morir”. La voz hastiada. La voz suya.

“–¿Cuál es el estado presente de tu espíritu?


–Hace un tiempo que siento como si ya me hubiera muerto.

–¿Cómo te gustaría morir?

–Ya.

–¿Cuál es tu lema?

–Ninguno. Pero podría ser: ¿para qué?”.

Así respondía Idea Vilariño al cuestionario Proust (publicado en El espejo Proust, Santillana, 2005). 






Nació el 18 de agosto de 1920 en Montevideo, Uruguay, cuando habían nacido ya dos de sus hermanos –el varón, Azul, la mujer, Alma– pero no los menores: otra mujer, Poema, y el último varón, Numen. Todos ellos, su padre –Leandro Vilariño, poeta, anarquista– y su madre –Josefina Romani, enferma crónica, lectora– vivían en una casa de la calle Inca, con patio, plantas, animales. Después, por problemas económicos, debieron mudarse a Justicia 2275, a una vivienda chica que se alzaba junto a la Calera Oriente –“Cal en piedra, en polvo y en pasta, mezclas, arenas, pedregullos, portland, ladrillos, tejuelas, servicio esmerado para la ciudad y la campaña”– manejada por su padre.
–La casa de la calle Inca tenía un patio con jardín –dice Numen Vilariño–. Un fondo mágico con patitos en un estanque, higuera. Todos hacíamos música. Idea tocaba el violín, yo el piano, mi padre era poeta y nos recitaba poemas después de cenar. De Darío, de Almafuerte. Y pasamos de la calle Inca, con música y plantas y animales, a la calle Justicia, apretados, con el polvo de la cal que nos enfermó a todos.
Idea recordaría con felicidad la música, los versos, pero no la infancia. Aunque extrañaría las rosas fragantes y el árbol de magnolias en el que se escondía para leer (Tolstói, Dostoievski, Gorki, la poesía), aquellos años resultaron tristes, con su madre enferma, con la blancura fantasma de la cal, con Alma postrada por una luxación en la cadera. “Cuando yo nací, mi hermana ya estaba enyesada –les decía a Rosario Peyrou y Pablo Rocca–. Era una pequeña sufriente. Ella era la princesita y nosotros, en fin, los otros hijos”.
Escribía desde siempre –decía que desde antes de saber escribir– poemas armados con palabras que muchas veces no entendía pero cuyo sonido le resultaba fascinante. A los doce ya estaba enamorada: Rubén Cosito, de catorce –“precioso, elegante, bonito, con los ojos azules rasgados y una cabeza bien puesta que era una maravilla de ver”–, fue su novio por dos años, a pesar de la persecución de la familia.
–Idea lo quería mucho –dice Numen Vilariño–, pero eran chicos. Ella siempre se iba a la esquina con un noviecito, y siempre estaba como queriendo tener una libertad para la que no tenía ni edad ni experiencia. Quería romper esos límites. Era una marcha acelerada, una evolución sin medir las consecuencias.
No fue una marcha acelerada ni una evolución sin medir las consecuencias lo que la llevó a irse de casa, sino el asma. A los 16 tenía episodios monstruosos. En 1940, a una edad en que las señoritas se iban vírgenes casadas, se mudó sola.
–Tuvo que irse –dice Numen–. El médico le recomendó salir lejos del polvo de cal.
Así fue como Idea Vilariño dejó su casa y no volvió a tener una familia nunca, nunca, nunca más.


–Yo fui amiga de Idea desde el cuarto año del liceo, teníamos 16 –dice Silvia Campodónico–. Ella vivía en una casa delante de la calera, muy pobre. Eso de que le echaba el ojo a los hombres fue desde chica. Se asomaba a los balcones del liceo donde estudiábamos y se hacía de novios en la calle. Pero tenía un problema terrible, además del asma, y era el eccema. Cuando tenía eccema se transformaba en un monstruo. Hicimos juntas el ingreso a medicina, pero nos cambiamos a literatura. Las clases de filosofía eran con Emilio Oribe. Le compramos un libro de Paul Valéry, entre las dos. Idea le bordó la tapa. Bordaba impresionante. Y ya tenía intenciones con él. Don Emilio fue uno de los primeros amores que ella tuvo. Pero no sé cuándo empezó.
Se sabe, apenas, que fue en torno a 1940, y entonces ella habrá tenido 20 y él 46. “Este silencio profundo que siguió a su ida, esta vida mía solitaria, un poco triste, dan a veces la impresión de que Ud. no fue más que un sueño hermosísimo que ocupó una noche larga y extraña”, escribía en una “Carta a EO”, que se reproduce en La vida escrita. Pero antes –o después, o mientras tanto– había conocido a otro hombre, un argentino llamado Manuel Claps.
–Yo fui casada con Manuel, pero mucho antes se lo presenté a Idea –dice Silvia Campodónico–. Lo conocí en las clases y me pareció que Idea y él podían ser buenos amigos. Los presenté y ahí fue que se arreglaron. ¿Qué año sería ese? ¿1939?
“Yo estuve muy enamorada de Manolo –le dijo Idea Vilariño a la periodista uruguaya María Esther Gilio–. Él fue el primer hombre en todo sentido. Puedo decir que después de mi padre, fue Manolo quien me formó intelectualmente”.
–El problema entre nosotras surgió porque Idea fue muy poco sincera con los hombres –dice Silvia Campodónico–. Tenía tres o cuatro a la vez. Y yo una vez le dije a Manolo que ella tenía otros, y ella dijo que yo la había traicionado. No sé cuál era el problema que la llevaba a tener esas relaciones extrañas. Siempre decía que no quería, pero que “no sé qué me pasó y estuve con tal y con tal”. Después a ella se le pasó el enojo y nos hicimos amigas de nuevo. Y yo terminé casada con Manolo Claps.
–Hablaba de los hombres como de “mis caballeros” –dice Ana Inés Larre Borges–. Tuvo muchos amantes. No porque fueran clandestinos, sino por el tipo de relación que ella sostenía. Manolo Claps sí fue un novio. Pero me parece que se le superponía con otros. Se enamoraba bestialmente, y se enamoraban de ella. El amor que le interesó es el amor pasión. Un amor intenso, que tiene que acabar para poder ser.
“Ella misma se acepta con su forma y su vida / como un hecho sencillo, concreto, definido / y los hombres la buscan, la hieren o la olvidan / sin verla, sin saberla”, escribía en esos años.
Después, vino la época en que se murieron todos.


–Mi madre fue la primera –dice Numen Vilariño–. En 1940. Una falla cerebral. Se reclinó sobre el escritorio y se murió.
Siguió, en 1944, Leandro, el padre. Siguió, en 1945, Azul, el hermano mayor, por un problema de miocardio. A los 25 años Idea Vilariño era sobreviviente de una familia de enfermos crónicos y muertos tempranos, y un ser completamente adulto: alguien que ya no tenía a quién preguntar por su niñez.
–Nos quedamos enclaustrados, al lado de la barraca llena de cal y de polvo, por muchos años –dice Numen Vilariño–. Idea legalmente fue mi tutora. Ella siempre estuvo para mí, y también siempre me exigió de una manera un poco cáustica. Mi hermana Alma era un pan de dios. En cambio, de Idea yo siempre estaba esperando la guillotina.

Se dice mucho.

Que Idea no pensaba demasiado en sus hermanos. Que Idea se esforzaba por ayudar a sus hermanos. Que Idea sentía veneración por su hermana Poema. Que, en los últimos años, cuando vivieron juntas, Idea la trataba mal.
Se dice mucho.
Se llama Generación del 45, en Uruguay, a un grupo de escritores, poetas, críticos y editores que, al decir de Rosario Peyrou, fueron “cosmopolitas, inconformistas, rigurosos, introdujeron la literatura uruguaya en la modernidad... Realizaron una revisión crítica del pasado literario nacional, estudiaron y revalorizaron a los escritores modernistas del 900, fundaron revistas y editoriales, ejercieron el periodismo cultural, tradujeron y publicaron a los nombres mayores de la literatura europea y norteamericana de postguerra”. A esa generación, a la que pertenecieron Mario Benedetti, Ángel Rama, Emir Rodríguez Monegal, Ida Vitale y Juan Carlos Onetti, pertenecía Idea Vilariño. Fue la revista Marcha, una de esas publicaciones que fundan prestigios, la que fundó el suyo.
–Emir Rodríguez Monegal era el jefe de la página literaria en Marchay fue el artífice de la fama de Idea, de su legitimación –dice Ana Inés Larre Borges–. Creo que se enamoró un poco de ella también. Le publicaba poemas todo el tiempo, la señaló como la poeta de su generación.
El primer libro de Idea Vilariño se llamó La suplicante y, publicado en 1945, incluyó siete poemas. “En la arena caliente, temblante de blancura / cada uno es un fruto madurando su muerte”: diecisiete, diecinueve, veinte años: esa edad tenía ella cuando escribía versos así.


Vestía, de negro o de violeta oscuro, trajes y blusas –extrañamente, blancas–, y collares de perlas de una vuelta o de dos. Usaba a veces aros, a veces boinas. El pelo recogido en torzadas, rodetes, suelto al hombro. Las fotos del verano sugieren que se bronceaba demasiado, que alcanzaba un color de miel intenso, saludable, que eso la hacía sentir bien. Sus retratos son versiones de lo mismo: la frente un médano, los pómulos bruñidos, nunca sonrisas. Los ojos, hastiados más que tristes, o viendo algo que nadie más ve.
Trabajaba en la Sala de Arte de la Biblioteca del Museo Pedagógico.


Después llegó la enfermedad, y entonces todo eso importó poco.




Se sabe que, cuando empezó –una versión feroz del eccema que la laceraba– vivía en la calle Durazno 2258. El año del comienzo no está claro –1945, 1947, 1948– pero ella hablaba de “aquellos tres años tremendos que parecían tener solo un final posible”.

–Estaba en cama –dice Silvia Campodónico–. El agua del eccema traspasaba el colchón y mojaba el piso. Yo pensaba que esa locura de amor de ella venía de eso, de esa enfermedad, de la idea de muerte que le traería eso.

–Se le formaba agua debajo de la piel, y la piel caía como reblandecida, y había que estarle poniendo fomentos para sacar esa piel –dice Numen Vilariño.

“La piel se me necrosaba todos los días. Entonces me metían en una bañera llena de agua con no sé qué producto hasta que la piel se ablandaba. Esa piel caía y yo quedaba con una piel tan frágil que si me movía se rompía”, le decía Idea Vilariño a María Esther Gilio.
Aunque su hermano Numen asegura que él la cuidó –que se quedaba hasta las cinco de la tarde, cuando era relevado– dice la leyenda que un solo hombre podía ver a la vestal tapiada, entrar en el apartamento y hacer la ceremonia silenciosa: arrancarle la piel hasta dejarla en carne viva. Y que ese hombre –aunque viajaba a menudo a Buenos Aires, lo que habría dificultado aquel oficio de guardián– era Manolo Claps. “En la sensualidad, en el erotismo, lo que más me ha cautivado no es lo carnal. Recuerdo una atroz enfermedad en la piel que me mantuvo clausurada durante un largo tiempo. Y un hombre que venía todos los días. Me traía comida. Me peinaba”, le decía Idea Vilariño en 1983 a Hilia Moreira, para la revista Punto y Coma.
–Yo creo que hicieron de ella un personaje –dice Irina Bogdachevski, su amiga y traductora al ruso–. Ella no tenía empeño en ser infeliz. Lo que tenía era empeño en ser ella misma.
En 1949, ella, Manuel Claps y Emir Rodríguez Monegal fundaronNúmero, una revista literaria que se transformó en un referente y a la que se incorporó, después, Mario Benedetti, que sería su amigo hasta el final. Para muchos fue fácil entender el afecto y la afinidad política pero no el respeto intelectual entre esa poeta exquisita y ese hombre al que se acusaba de escribir para el póster. Ella, en todo caso, no mentía: “Te debo carta desde que te fuiste –le escribía a Benedetti en 1998–. Pero la cosa era que se trataba de una carta difícil. Porque te dije entonces que te escribiría sobre tu libro, y no sé cómo decirte que no me gustó”. En los años de Número los integrantes no se tomaban la molestia de ser educados para rechazar materiales de Neruda, de Borges, de Onetti. “Fuimos parricidas. Fuimos algo que debía suceder”, diría después Idea Vilariño.
Aquellos parecen haber sido años prolíficos: comenzó a dar clases de literatura, publicó Cielo Cielo (1947) y Paraíso perdido (1949), un puñado de poemas con aires modernistas en los que, sin embargo, ya se agitaba el desencanto: “Romántica / cabellos de azafrán y ojos de duelo / toda tormenta gris. Estaba loca. / Camino de la noche la marea / o camino del alma la inmolada / la sin luz la de amor la desolada / camino del candor la estremecida / la que odia y consiente / la que busca y no encuentra”. Publicó, también, un estudio sobre la obra del uruguayo Julio Herrera y Reissig, un poeta que, aun en sus antípodas, y siendo ella dueña de un oído de puma, la hipnotizaba con su sentido del ritmo: “Junio, el Rey más blanco, blanco néctar bebe; / bebe blanca nieve; / nieva blanca harina; / toma blancas hostias; llueve leve nieve; / canta las nevadas de la fe divina”.
“La década de los cincuenta es fundamental para mí –diría después–. Empieza la enseñanza, la militancia política. Me enamoro de Onetti”. 
Juan Carlos Onetti
Fue en el barrio de Malvín, Montevideo, un bar. Manuel Claps –que ya no era su pareja– le anunció que habría un encuentro con Juan Carlos Onetti, que por entonces vivía en Buenos Aires y acababa de publicarLa vida breve. En Construcción de la noche (Planeta, 1993), la biografía de Onetti escrita por María Esther Gilio y Carlos María Domínguez, el encuentro se recrea así: “Cuando Manuel Claps le avisó a Idea que en la noche se encontrarían con Onetti, ella dijo que con ese cretino no quería saber nada... Onetti tenía entonces una versión de Idea, por lo menos, estrafalaria”. “Él pensaba que yo era una mujer gorda –decía Idea Vilariño en el documental Idea–, vestida con colores fuertes y a la pesca de un hombre con quien pasar la noche. Él estaba esperando conocer a una persona bastante horrible, bastante barata. Entonces dice que se sintió sorprendido de ver a un ser delicado con una sonrisa giocondina. Y a mí me pasó lo mismo. Yo iba a ver a un tipo medio despreciable y me encontré con un tipo seductor y muy inteligente”.
Ella, que era discreta, que insistía en sostener que había concedido solo tres entrevistas a lo largo de toda su vida (contabilizaba una a Mario Benedetti, en 1971; otra a Jorge Albistur, en 1994; otra a Rosario Peyrou y Pablo Rocca en 1996, pero no las que dio a María Esther Gilio, a Elena Poniatowska, a Hilia Moreira, a Ignacio Cirio), diría, después y tantas veces, que esa misma noche se había enamorado: “Esa misma noche me enamoré de él. Me enamoré, me enamoré, me enamoré”. Onetti regresó dos días después a Buenos Aires, y empezó una correspondencia abrumadora. “Si se encuentra con Idea –escribía él–, pídale que me escriba, dígale que ella y yo estuvimos o estamos histéricos, que mi última carta era asombrosamente imbécil”. Idea le enviaba fotos de sí misma con frases como “estoy sola, dónde estás tú”. Él no ocultaba esas cartas a su mujer, Elizabeth María Pekelharing, con quien acababa de tener una hija.

“Éramos dos monstruos”, diría Idea Vilariño, mucho después. Ese año publicó su cuarto libro, una plaquette de cuatro o cinco poemas, todos anteriores a Onetti. Lo llamó Por aire sucio.


Las cartas. Sus cartas de belleza cancerígena, escritas con el desdén tóxico –irresistible– de una joven ya desencantada. A Pedro Salinas, en 1948: “No sabe lo que me cuesta escribir a usted, a Salinas, de negocios. Seguro que usted no sabe quién es Salinas para mí. Es un poeta. Es uno de los poetas que más he amado”. A Juan Ramón Jiménez, en 1948: “Aquí es el verano, la gloria. Todo está dorado, el aire, el amor; yo estoy dorada... quisiera, quiero recibir noticias suyas... Si no, se me hará sueño que lo vi alguna vez. Todo... Tengo su retrato y su rosas. Escríbame”. Y él, que le contesta: “Me gustaría verla ahora, haber seguido viéndola, querida Idea enlutada con verde mirar lento, para haber llegado a besarle de veras su corazón (que siempre puede besar el invierno a la primavera), y la quiero, la quiero, Idea Vilariño”.
Las cosas que hacía con sus cartas. Las cosas que le hicieron.


–Yo creo que la relación con Onetti fue una relación literaria, una relación para la biografía –dice Silvia Campodónico.
–Yo nunca pude saber si Idea lo quería. Fue la única persona que la maltrató de maneras muy bajas. Pero ella en un momento empezó a jugar un poco con esa situación –dice Numen Vilariño.
–Yo creo que si Onetti la hubiera elegido, ella hubiera dicho que sí, porque fue su gran amor, y ella lo fue construyendo como un gran amor –dice Ana Inés Larre Borges.
–Yo creo que a Idea lo que le importaba mucho era hacer una pareja tan especial. El mejor escritor, la mejor poeta. Él le propuso muchas veces casarse, pero ella dijo que no porque consideraba que una relación permanente era imposible –dice María Esther Gilio.
“Había un hombre que llegaba a mi casa sin aviso, a cualquier hora –le decía Idea Vilariño a Hilia Moreira, para la revista Punto y Coma–. Cerrábamos las puertas y las ventanas. Se detenían todos los relojes. Ya no sabíamos si era de día o de noche o si era sábado. Nos transformábamos en enemigos, en parientes, en desconocidos. En alguna oportunidad, llegamos a pasar días, encontrándonos a tientas, invocando algo que era como dar la vida. Era una experiencia de éxtasis... Una vez me propuso que nos casáramos. La propia intensidad y belleza de esos juegos los vuelve peligrosos, acaso al borde de una línea sin regreso. No son ceremonias que puedan repetirse a menudo”.
En 1953 Juan Carlos Onetti se separó, pero no para estar con Idea sino para casarse con Dorotea Muhr, Dolly, una mujer que su propia ex le había presentado.
–Idea me contó que él le dijo: “El jueves me tengo que ir a Buenos Aires” –cuenta María Esther Gilio–. Y ella le preguntó: “¿Por qué?”. “Porque me tengo que casar”. Y yo le pregunté: “¿Y vos qué le dijiste?”, y ella me contestó: “No debo haber dicho nada. Éramos muy especiales”.
En 1955 Onetti y Dolly se mudaron a Montevideo y empezaron a vivir en un apartamento helado, en el que él cultivaba oscuridad, alcohol, los cigarrillos. Idea, mientras tanto, trabajaba, escribía, enseñaba, vivía en una casa con luz, con biblioteca y piano, con las plantas.
–Una vez la encontré a Dolly con una bolsa llena de latas, y me dijo: “Voy a casa de Idea, porque Onetti va a vivir con Idea unos días y ella no le da de comer, entonces le llevo latas” –dice María Esther Gilio–. Le dije: “Pero Dolly, ¿cómo es que no te importa que Onetti tenga otras mujeres?”. Y me dijo: “Onetti trabaja con mujeres en sus libros. ¿Puedo pedirle que no conozca mujeres?”. Ella quería que él fuera feliz.
“Teníamos la relación más difícil y más imposible –decía Idea Vilariño en Construcción de la noche–. Es el último hombre de quien debí enamorarme... El sexo era para él una manera de explotarte, de torturarte, de revolverte el corazón y de hacerte decir hasta lo que no querías... Discutíamos, nos dejábamos de ver, pasaban meses, yo comenzaba otra relación y cuando estaba en lo mejor llamaba Onetti y se iba todo al demonio... Una noche me llamó desesperado para que fuera a verlo. Yo estaba con alguien que me amaba y lo dejé. Y recuerdo que lo único que hicimos fue ponernos de espalda, él leyendo un libro, y yo otro. A la mañana siguiente le agarré la cara y le dije: sos un burro, Onetti, sos un perro, sos una bestia. Y me fui”.
En 1954 Onetti le dedicó su novela Los adioses. Ella, porque el director de Marcha, Carlos Quijano, puso reparos a su poema “El amor”, de 1952 –“Hoy el único rastro es un pañuelo / que alguien guarda olvidado / un pañuelo con sangre semen lágrimas / que se ha vuelto amarillo”–, renunció a seguir escribiendo allí. En 1955 publicóNocturnos.

“Quisiera estar en casa / entre mis libros / mi aire mis paredes mis ventanas / mis alfombras raídas / mis cortinas caducas / comer en la mesita de bronce / oír mi radio / dormir entre mis sábanas. / Quisiera estar dormida entre la tierra / no dormida / estar muerta y sin palabras / no estar muerta / no estar / eso quisiera / más que llegar a casa”, escribe en “Volver”, de 1954.
“Mi desdén / mi crueldad y mi congoja / mi abandono / mi llanto / mi agonía / mi herencia irrenunciable y dolorosa / mi sufrimiento / en fin / mi pobre vida”, escribe en “Eso”, de 1950. “Si muriera esta noche / si pudiera morir / si me muriera / si este coito feroz / interminable / peleado y sin clemencia / abrazo sin piedad / beso sin tregua / alcanzara su colmo y se aflojara / si ahora mismo / si ahora / entornando los ojos me muriera / sintiera que ya está / que ya el afán cesó / y la luz no fuera un haz de espadas / y el aire no fuera un haz de espadas / y el dolor de los otros y el amor y vivir / y todo ya no fuera un haz de espadas”, escribe en “Si muriera esta noche”, de 1952.
Si hasta entonces sus poemas conservaban rémoras de modernismo, imágenes, adjetivos, Nocturnos inaugura una etapa “de versos breves, entrecortados, desprovistos de puntuación, regidos por una sencillez (aparentemente) franciscana, y cuyo ritmo íntimo parece descansar, casi siempre, en el... diálogo entre el dolorido Yo... y un Tú deseado apasionadamente y sin embargo inalcanzable: el Amante, el Mundo, la Muerte”, escribe Luis Gregorich en el prólogo a Poesía completa (Cal y Canto, 2002).
–Escribe en la lengua de todos los días, que es lo que hacen los buenos poetas del tango y que no era nada frecuente en el momento y menos en una mujer –dice Rosario Peyrou.
“Son pocos los temas de la poesía de Idea Vilariño –escribe Ana Inés Larre Borges en el prólogo a la antología En lo más implacable de la noche (Colihue, 2003)–. Una sed de absoluto que se sabe perdida, la conciencia de la muerte, la finitud del amor, la intensidad de algunas rebeldías y la intensidad también del deseo, pero sobre todo la terca actitud ética de mirar esos límites con valor, de no engañarse”.


“Siempre convivieron en mí la capacidad de hacer cosas, el amor por vivir y por hacer, y el desistimiento –decía Idea Vilariño a Jorge Albistur, en una entrevista de 1994–... En los tiempos en que hacíamosNúmero, me levantaba a las cuatro, a veces sin haber dormido, por mi asma. A las ocho estaba dando mis clases en Nueva Helvecia; a las dos de la tarde estaba en mi Sala de Arte de la Biblioteca del Museo Pedagógico. Y a la salida, a las ocho, había a menudo reuniones de Número. Sé hacer fuego, pintar paredes, traducir, hacer un jardín, enseñar a un perro, encuadernar, hacer ginebra. Me dividía entre el deseo de muerte y el amor por aquellas tareas y por la vida. Y el amor. Tanto que amé, tanto que me amaron. Y las clases y los estudios sobre ritmo al mismo tiempo que la poesía desgarrada. Y la necesidad de soledad y la militancia gremial y política”. Señalaba, allí, dos incoherencias: “Una, que sintiendo hasta las heces ese deseo de muerte que fue una constante de mi vida, no me haya matado. Otra, que careciendo de la más mínima necesidad de comunicarme, haya publicado... En cuanto a lo de seguir viviendo, me lo he explicado a veces como una consecuencia de las terribles enfermedades que periódicamente asolaban mi vida. Después de un año, de dos, de tres de padecimientos indecibles, sobrevenían unas ganas ingenuas y ardientes de vivir un verano más, de recobrar el uso feliz de mi cuerpo. Lo de publicar comenzó siendo circunstancial. A cierta altura, dejé de buscar explicaciones. Simplemente, seguí”.
En 1957 publicó Poemas de amor y lo dedicó –desembozada– “A Juan Carlos Onetti”.
Años más tarde quitaría esa dedicatoria, y él, ya viejo, sentiría rabia. Rabia.


“Amor / desde la sombra / desde el dolor / amor / te estoy llamando / desde el pozo asfixiante del recuerdo... con todo lo que tengo / y que no tengo / con desesperación / con sed / con llanto / como si fueras aire / y yo me ahogara / como si fueras luz / y me muriera. / Desde una noche ciega / desde olvido / desde horas cerradas / en lo solo / sin lágrimas ni amor / te estoy llamando / como a la muerte / amor / como a la muerte”, escribe en “Te estoy llamando”, de 1957. “Ya no será / ya no / no viviremos juntos / no criaré a tu hijo / no coseré tu ropa / no te tendré de noche no te besaré al irme / nunca sabrás quién fui / por qué me amaron otros... / no sabré dónde vives / con quién / ni si te acuerdas. / No me abrazarás nunca / como esa noche / nunca. / No volveré a tocarte. / No te veré morir”, escribe, en 1958, en esa enumeración atroz que es un poema y que se llama “Ya no”.



“Para esta poesía el amor es la experiencia más terrible y aniquiladora –escribe Rosario Peyrou en el prólogo de la antología Vuelo ciego(Visor, 2004)–. La voz que canta en sus poemas ya no es pasiva, no entra en el estereotipo tradicional de la ‘poesía femenina‘. Aunque la suya es una voz de mujer siempre reconocible, estos poemas hablan de una experiencia que cualquier lector, hombre o mujer, puede hacer suya”.

En “Cuatro notas en torno a la poesía de Idea Vilariño” (Dossier número 6, 2007) el crítico español Ignacio Echevarría dice que quizás “haya una forma de amor, y de desamor, que tuvo su sede original en el cuerpo femenino. La poesía mística, tan cargada de sensualidad, invita a esta pregunta, como invitan a hacérsela esos retazos de voz llegados de tantos siglos atrás y que suenan todavía con voz inconfundible de mujer. La misma pregunta vuelve a repetirse con la poesía de Idea Vilariño, que en su cada vez más absoluto desnudamiento arranca al lector, cualquiera que sea su sexo, un gemido de mujer”.


“–¿Cuál es el principal rasgo de tu carácter?

–El rigor.
–¿Tu principal defecto?
–La intolerancia.
–¿Tu ocupación preferida?
–Mis indagaciones sobre los ritmos poéticos. Las plantas”.
En esos años –fines de los cincuenta– sus días transcurrían entre la Biblioteca Pedagógica, las clases, la traducción (tradujo, con Rodríguez Monegal, un Hamlet que se considera insuperable), el análisis de la obra de Rubén Darío. Publicó, en 1958, un trabajo sobre la métrica titulado Grupos simétricos en poesía y estudió con ahínco las letras del tango, declarando su devoción por aquellos compositores que le gustaban mucho más que los poetas. “Lo que habitualmente se llama poesía no me gusta. Ser jurado de concurso es una experiencia frustrante porque me veo obligada a leer montones de esa cosa horrible”. “El ritmo es fundamental en todo hecho poético. Un poema es un franco hecho sonoro –sonidos, timbres, estructuras, ritmos. O no es”, le decía a Jorge Albistur.
En 1959 dejó la Biblioteca Pedagógica para dedicarse a la docencia en el Instituto Alfredo Vásquez Acevedo (Iava).
–Los que fueron alumnos dicen que era muy exigente y aburrida, porque eran clases magistrales, dictaba y todos tenían que copiar –dice Ana Inés Larre Borges.
–Sí, dicen que era aburrida. No fue mi profesora, pero la veía en el patio y era una mujer con un aura mítica –dice Rosario Peyrou–. Tenía atrás la leyenda de su relación con Onetti, con Manuel Claps, con Oribe, en una Montevideo de los años cuarenta. Y esa cosa de no importarle lo que decían hizo que su leyenda estuviera viva aún en los sesenta. Tenía una sexualidad muy libre pero muy discreta.
Anotaba, en una libreta, los nombres de todos los hombres con los que había estado. Cuando le preguntaron si eso no resultaba escandaloso, respondió: “A Mario Benedetti nunca le pareció escandaloso. Los demás pensaban que yo era una ordinaria”. Cuando le preguntaron si la poesía amorosa era el centro de su vida, respondió: “No. El centro de mi vida ha sido una corporalidad invasora, ávida, que asediaba mi trabajo de escritura”.


“Entonces / todo se vino / y cuando vino / y / me quedé inmóvil / tú / tú te quedaste inmóvil / lo dejaste saltar / quejándote seis veces. / Seis. / Y no sabes qué hermoso”, escribe en “Seis”, de 1970. “Dejá dejame hacer le dice / y cuando inclina / cuando va a hundir el rostro suavemente / en la dura pelambre / en la oscura maraña entreverada / sobre la piel tan pálida / ve el espejo es decir ve en el espejo / una cabeza rubia –no– dorada”, escribe en “El espejo”, de 1970.

“El suyo es un erotismo lleno de delicadeza que sin embargo no teme usar imágenes fuertes, audaces, palabras nunca antes usadas en el lenguaje amoroso femenino. Y justamente son esas palabras tan cuidadosamente elegidas las que transmiten esa impresión de verdad, de ausencia de afeites que deja su poesía”, escribe Rosario Peyrou en el prólogo de Vuelo ciego.


Era agosto de 1961. Cuando una bala destinada al Che Guevara –que daba una conferencia en Montevideo– mató al profesor Arbelio Ramírez. Idea Vilariño y Juan Carlos Onetti llevaban tres días de encierro en la casa de la calle Durazno, “iluminados todo el tiempo con luz artificial, casi sin alimentarse, amenazados de extenuación amorosa”, se lee en Construcción de la noche. En mitad de eso sonó el teléfono. Era una llamada del gremio de docentes para convocar a una asamblea. Idea se vistió, le dijo a Onetti que volvía en dos horas. “Cuando estaba por salir me dijo: ‘Si te vas, no me ves más’ –decía en Construcción de la noche–. Entonces volví. Me dice: ‘No, si te vas a quedar de esta manera es mejor que te vayas’. ‘¿Si? Bueno, entonces me voy’, y cuando llegué a la puerta agregó: ‘Te vas a arrepentir de esto. Vos sabés que yo no me puedo ir solo, pero me voy a ir de cualquier modo’. Conocía la manera de retorcerme el corazón. Regresé hasta él. Ahí nos volvimos a pelear y entonces sí, me fui”. Cuando volvió a su casa, tres horas después, Onetti ya no estaba. Había dejado una nota, insultándola, y los poemas de amor, que ella le había dado, arrojados a los pies de la cama. “Cuando empiezo a ordenar, llena de tristeza, encuentro la inyección que debía darse ese día. Como no podía interrumpir el tratamiento, me fui hasta su casa. Toqué el timbre y me atendió Dolly... ‘Pasá, me dice, pasá que Juan está muy mal’... Estaba desesperado y triste, ya no tenía nada que ver con aquel tipo que me había estado amenazando toda la tarde. ‘¿Y los poemas? ¿Dónde están los poemas?’, me preguntaba. ‘Creí que formaban parte del insulto’, le dije. ‘No, no’, dice, ‘se me cayeron, yo quiero esos poemas’ ”.

Por esos días, cuando Idea volvió para ver cómo seguía, Dolly le preguntó: “¿Cómo es que queriéndolo así, de esa manera, tú puedes andar después con otros?”. “Tú lo tenés y yo no –le dijo Idea–. Vivo sola, soy joven, a veces me paso años sin verlo, no puedo estar dependiendo de un hombre que se acuerde dentro de tres meses que existo. Ahora, lo que yo tampoco comprendo es cómo hacés tú para tolerar su relación conmigo y con otras mujeres”. “Mirá”, contestó Dolly, “lo que lo hace feliz a él, me hace feliz a mí. Yo quiero que él sea feliz”.
–Idea no fue ninguna víctima –dice Rosario Peyrou–. Para ser esposa de Onetti había que tener un grado de entrega y abnegación que ella no tenía.
“Porque me voy, dijo; porque estaré con D; porque querrías que viviese contigo. No, no, que se muriese por mí, tal vez. Vivir, no; no nos dejaríamos vivir”, anotaba Idea Vilariño en sus diarios, en 1959.
Sea como fuere, ese episodio de 1961 pareció marcar cierta distancia. Cierta, quizás, separación.
En 1963 Idea Vilariño rechazó un premio oficial –haría lo mismo con varios, y hasta 1987– alegando que discrepaba del criterio de formación de jurados. En 1965 publicó Las letras de tango. En 1966 un nuevo libro, Pobre mundo, que entre otras cosas reunía varios de sus poemas políticos: a Guatemala, a Vietnam, a Nicaragua, al Che. En 1967 volvió a Marcha, donde publicó un texto sobre la muerte de Guevara: “Nunca ya, creo que nunca ya, me importará la suerte ni la revolución ni la miseria, ni lo que sea, de Bolivia. Creo que me sonreiré con odio, dado el caso, que no toleraré que mi querido amigo boliviano me vaya a hablar de su revolución”. En 1968 viajó a La Habana como jurado del Premio Casa de las Américas. En 1970 adhirió al Frente Amplio, una coalición política de izquierda, y escribió la canción “Los orientales”, que devendría himno de la democracia y sería el punto de partida de un interés sostenido por escribir letras de canciones: lo haría para Alfredo Zitarrosa, Pepe Guerra, Daniel Viglietti.
–La relación con músicos populares abría una posibilidad de comunicación con un público grande que a ella le interesaba más por razones ideológicas que por halago de su vanidad –dice Coriún Aharonián, musicólogo y compositor que la conoció en los años sesenta.
Publicó Antología de la violencia (textos políticos y poéticos de diversos autores en torno a la violencia) y, en junio de 1973, el presidente de Uruguay, Juan María Bordaberry, disolvió el Parlamento con el apoyo de las Fuerzas Armadas y así comenzó una dictadura militar que duraría doce años. Ella no fue detenida pero perdió casi todas sus horas de clase.
–Se fue a vivir a Las Toscas, donde tenía una casa en un médano en el que había hecho un jardín impresionante –dice Irina Bogdachevski.
–En la casa de Las Toscas cada dos por tres se presentaba la policía –dice Numen Vilariño–. Y ella, a su vez, iba a otro balneario donde se reunía con gente del MLN.
El MLN, o Movimiento de Liberación Nacional, o Tupamaros, fue un movimiento de izquierda radical que tuvo como líderes, entre otros, a Pepe Mujica, el actual presidente de Uruguay, y a Raúl Sendic, de quien Idea era muy cercana.
Ese año, Juan Carlos Onetti, y otros miembros del jurado de un concurso organizado por Marcha, fueron detenidos por premiar un cuento que resultó subversivo para el gobierno de facto, que cerró la revista. Onetti, por problemas de salud, fue trasladado a un hospital. Allí, después de años sin verse, el 15 de marzo de 1974 Idea Vilariño fue a visitarlo. Esa misma noche escribió un texto que se reproduce enConstrucción de la noche y que empieza con Dolly dejándolos solos. “Quedamos solos y callados... Me miraba por momentos; por momentos volcaba la cabeza; se mordía el labio superior, con una expresión ¿ de impotencia, de desesperación? ‘Así que yo no sé lo que es el amor. Vos sufrís de amnesia. La primera vez que entré a tu sala del Museo quedé loco por vos’. ‘Nunca me lo dijiste’. ‘Nunca entendí aquel deseo de posesión. No te dejaba ir a clase. Y no se trataba de deseo; si no, no sentiría esta horrible ternura que siento por vos... Lo que nunca pude recordar, lo que nunca pude saber, fue cómo terminó lo nuestro, cómo te perdí de vista, qué pasó’ ”. Ella le recordó la noche de 1961, la muerte del profesor, la discusión, el abandono. “ ‘Mirá, dijo, yo borracho, lloré una o dos veces en mi vida, vos sabés; pero en seco, nunca. Y siento que voy a llorar’. ¿Qué hacía yo ahí supremamente conmovida, inclinada hacia él desde mi silla, impotente, desesperada? Pensé que tal vez era la última vez que lo veía. ‘Tengo sesenta y tres’, dijo. ‘Se supone que es la edad de la impotencia. Pero no estoy impotente, y me acuerdo de tu amor, de todo, de tu boca, como si hubiera estado anoche contigo’. Estábamos como declarándonos. Entre otras cosas le dije: ‘Tuve años tu robe de chambre, aquella que fue de no sé quién, y que tú usaste, colgada allí, recordándote. Durante mucho tiempo la olía a veces, hundía la cara en la seda hasta que perdió aquel olor’... temí que iba a llorar. Me levanté y quise tocarlo, tocar su mejilla con la mía. Apenas llegaba a él cuando me agarró con un vigor desesperado y me besó con el beso más grande, más tremendo que me hayan dado, que me vayan a dar nunca, y apenas comenzó su beso, sollozó, empezó a sollozar por detrás de aquel beso después del cual debí morirme... Estábamos como enfermos de emoción... Era lo de siempre; me tenía en sus manos, me partía en dos. No me olvidaba de L. ni de D. Si no, si hubiera cedido a mi emoción, creo que me hubiera arrodillado junto a la cama, y le hubiera dicho: ‘Lo que quieras, como quieras’ ”. Entonces entró Dolly e Idea dijo que tenía que irse. Cuando se acercó a saludarlo, Onetti la besó en la boca. “Ella me acompañó hasta la puerta, y no me volví a mirarlo. Esperé largo rato el ómnibus con ganas de llorar o de morirme”.
Onetti se iría, poco después, a España. Se verían dos veces más pero nada indica que, luego de esa noche, volvieran a encontrarse allí, en Montevideo.


–Ella me mostraba las cartas que le mandaba él desde España –dice Irina Bogdachevski–. Le decía que no podía vivir sin ella, y estaba en otro país con otra persona. Pero ella también era bastante cruel, definitiva: si no es así, entonces que no sea nada.

“Yo muy a menudo decía que no –le decía Idea Vilariño a María Esther Gilio–. Pero no tenía más remedio que decir no, salvo que estuviera dispuesta a dejar que me pisara la cabeza”.
“Cuando una mujer se siente amada totalmente, se entrega como una niña y es feliz siendo niña. Es el estado del amor”, le decía Onetti a María Esther Gilio, en 1965. En 1991, cuando Gilio le preguntó con qué poema de los que le había dedicado Idea se quedaría, Onetti dijo: “Ya no” y, hojeando Poemas de amor, se lamentó:
–Lo único que no me gusta de esta edición es que ya no me la dedica.
–Bueno, ella añadió ahí poemas que no son para ti.
–No me interesan las explicaciones racionales. Me interesa que ya no estoy más allí... Yo nunca sentí que ella estuviera enamorada de mí... No digo que no estuvo, sino que nunca sentí que estuvo. Yo creo que lo suyo era algo muy cerebral, intelectual.
–¿Nada más?
–También es cama.
–Pero supongamos que sea verdad, que ella no te amó. ¿Y tú a ella?
–Andá a saber. Sé que ahí hubo un alto porcentaje de cosa sexual.
La entrevista llegó a oídos de Idea Vilariño. “Me enojó mucho –decía en el documental Idea–. Tener todos esos poemas de amor ahí y estar exhibiendo tu corazón deshecho, y que él después con unas frases así, livianas, desdiga todo eso, lo niegue. Eso me chocó, me dolió. ¿Cómo podés decir que una persona que escribió eso tuvo un amor intelectual por él? No sé. Era difícil este hombre. Decía que creía que yo estaba creando un amor para la historia de la literatura. Algo tan imposible. Vos no podés hacer eso cuando estás queriendo tanto y cuando estás escribiendo las barbaridades que yo he escrito para él”.
–Hay un personaje público de Idea, que fue el que ella quiso crear, y yo prefiero no intervenir ahí, pero ella es mucho más que las dos semanas que pasó con One-tti –dice Jorge Liberatti, crítico literario y ex marido de Idea Vilariño, el único marido que esa mujer tuvo–. Nos casamos en 1975, nos divorciamos en 1986, aunque ya separaditos estábamos en el año ochenta y pico. Pero nos conocíamos desde 1968, y en ese año ya habíamos sido personas que se querían. Ella fue mi profesora en el Iava y me llevaba 22 años. Vivíamos en Las Toscas. Hacíamos manuales de literatura para estudiantes, traducciones. Hay una versión de Idea que es mitológica y mucho menos interesante que la real. Tenía ese aspecto complicado de la violencia política. Estuvo muy comprometida con Raúl Sendic. Yo no quería casarme, me daba miedo casarme con una persona tan mayor. Pero Idea me lo puso como condición. Cuando murió mi padre ella se asustó un poquito porque pensó que íbamos a tener que cargar con mi madre. Quizás quiso casarse para, no sé, ponerse en primer lugar. Y nunca quiso divorciarse. Me divorcié por cuestiones de orden económico. Ella veía venir la vejez, pobrecita. Sufría mucho. Todas sus mañas, sus enfermedades de la piel. Por eso, cuando veo parejas desiguales, les digo: “Miren que van a terminar mal”. Era muy trabajadora. Pintaba los mueblecitos, hacía las plantitas, y se ponía a traducir. Era un burro de carga. Y eso que el asma era un tema complicado. Llegaba a ahogarse mucho, y en Las Toscas no había médico. Yo le tenía que dar las inyecciones, un corticoide fuertísimo. Y luego tenía ese problema de sensibilidad y de huesos. Cualquier cosa que tocaba le sacaba un moretón. Pero yo creo que le hice mal. Ella se quejaba de que yo había interrumpido su carrera de poeta. Y era cierto. Ella era un bicho de la soledad. Y yo tenía conciencia plena de eso. Ésa fue mi parte mala. Yo le destruí la soledad.
 “Jorge había sido alumno mío –le decía Vilariño a María Esther Gilio–. Yo sentía que era muy joven para mí, pero estaba viviendo una época de allanamientos. La policía venía a cada rato a allanar mi casa. Dejé de lado los escrúpulos. Él se había expuesto varias veces por mí. Recuerdo un día en que llegamos a Las Toscas y nos encontramos veinte milicos, barriga en tierra, apuntando hacia la puerta de mi casa. Jorge atravesó esa escena y respondió al interrogatorio que le hicieron, cuyo final nadie podía prever”.
–Con Jorge pasó un tiempo muy tranquilo –dice Silvia Campodónico–. Pero no sé por qué se casó con él. No creo que tuviera un gran amor. No sé cuáles fueron sus grandes amores. Tal vez fue Oribe. Onetti creo que no. Cuando me dijo que se casaba con Jorge yo no lo podía creer. Si ella quería ser independiente. Me dijo que habían pasado años muy felices pero ella hablaba más bien por el lado sexual.
En 1980 Idea Vilariño publicó un nuevo libro. Lo llamó No y lo dedicó a Jorge Liberatti.
“Qué asco / qué vergüenza / este animal ansioso / apegado a la vida”. “Si te murieras tú / y se murieran ellos / y me muriera yo / y el perro / qué limpieza”. “Tendría que sentarme en un banquito / y esperar que termine”. “Cómo acepta la falta / de savia / de perfume / de agua / de aire. / Cómo”. “Inútil decir más. / Nombrar alcanza”.
En No los poemas no tienen título, se enumeran del uno a 58, nunca superan los once versos y están formados por palabras –perro, asco, banquito– llegadas de una galaxia limpia y triste que se despliega como un ruido blanco o un silencio perfecto. “Cada vez me prohíbo más desarrollar o explicar, y por lo tanto los poemas son mínimos”, le decía a Jorge Albistur. “Parece sencillo, pero es allí donde reside su misterio: con esos temas y ese lenguaje que casi no tiene diferencia con el más cotidiano, sería fácil caer fuera del ámbito de la poesía. Pero Idea imanta sus palabras de tal forma que las vuelve únicas”, escribe Rosario Peyrou en El País Cultural. “La técnica de la omisión de la anécdota llega aquí a su grado máximo”.
 Se dice mucho.

Se dice que ella se quiso divorciar porque no quiso ser su carga. Que no soportó que él llevara a vivir con ellos a la madre. Que la madre nunca fue a vivir con ellos y que fue él quien le dijo a Idea que se fuera de la casa. Que dejaron de hablarse por un devuélveme ese cuadro. Sea como fuere, las cosas entre Idea Vilariño y Jorge Liberatti quedaron tensas durante años y por eso, cuando él descubrió que en el collage de fotos que cierra La vida escrita –un recuento de todo lo que importa: Idea con Numen, Idea con Benedetti, Idea con Manolo Claps– había una suya –pescando, frente al mar–, la llamó y le dijo su extrañeza. Ella se rió, coqueta, y preguntó: “¿No fuiste mi marido?”.
No hay, en esa selección final, ninguna foto de Juan Carlos Onetti.
La técnica de la omisión de la anécdota llega, aquí, a su grado máximo.
Hacía cosas como éstas: permitir que Coriún Aharonián, entre febrero y agosto de 1998, la grabara leyendo sus poemas –con el fin de hacer un disco– y luego vetar, disconforme, el resultado. Rechazar, aun después de haberlas aprobado, todas las ilustraciones que Ana Inés Larre Borges le había sugerido para un libro llamado Última antología, en el que quiso incluir solo los poemas que le gustaban (eran pocos). Hacía esas cosas.


En 1981 murió su hermana Alma. En 1982, cuando atravesaba una situación económica precaria, quisieron proponerla a la Beca Guggenheim, pero se rehusó. “Por razones de moral política –le dijo a Jorge Albistur–. Siempre pensé que dentro de lo poco que pueden hacer los artistas está dar ejemplo de conducta. Pensaba que por ahí podían andar los dineros que mataban en Vietnam o en Granada”. Poco después, en 1985, la democracia volvió a Uruguay. El 18 de mayo Los Olimareños, músicos populares prohibidos durante de diez años, cantaron en el estadio Centenario, ante 50.000 personas, el himno que había escrito Idea Vilariño: “Los orientales”. Fue una noche de lluvia y ella estaba allí, rodeada de desconocidos que cantaban con garganta de leones aquello de “De todas partes vienen, sangre y coraje, para salvar su suelo los orientales”. Se sintió bien. Le pareció que había logrado alguna cosa. 

“Adriana y Néstor se conocieron hoy gracias a Idea Vilariño y el pvp”, dice el grafiti en una pared de Montevideo (el pvp es el Partido por la Victoria del Pueblo, de tendencia marxista).
“Idea te dejamos un beso. Siempre vas a ser una mostra”, decía la tarjeta rosa que cinco adolescentes dejaron sobre su ataúd.
El 24 de abril de 2008 el cantante del grupo de rock uruguayo Los Buitres, en mitad de un show, anunció que querían homenajear “a alguien a quien le hemos robado muchas cosas”. Mientras una foto de Idea Vilariño ocupaba las pantallas, ellos tocaron“Es decir”, un tema que le tienen dedicado: “Te quiero / te espero / rosa de mi rosal. / ¿Qué vieron tus ojos? / ¿Quién te hizo soñar? / Herir tus versos / no dejarlos ir”.

En 1985 muchos de quienes habían participado en Marcha fundaronBrecha, un semanario donde empezó a colaborar. En 1987 volvió a dar clases, ahora en la Universidad de la República, y viajó a la Sorbona como invitada. Pasó por Madrid y visitó a Onetti. No hay muchos registros de ese encuentro: solo una foto –él viejo; ella mirándolo con desdén o con ternura o las dos cosas– y una declaración, del año 2000, en la que dijo que aquel había sido “un encuentro fácil y hermoso”. Volvieron a verse una vez más, en 1989, en otro de sus viajes a Madrid. En 1990 vendió la casa de Las Toscas y compró otra en la calle Anzani 2129 Montevideo. En 1993, cuando Brecha publicó un artículo crítico sobre la revolución cubana, hizo lo de siempre: renunciar.
Y en Madrid, en mayo, en 1994, Onetti se murió.

“Quiere avisarme que él está internado, que está grave, que todo indica que esto es el final”, anota en su diario el 28 de mayo de 1994, después de recibir una llamada de Raquel, la prima de Onetti. El texto sigue con un ruego (ella, que no creía en nada: con un ruego): “Que no se dé cuenta. Nunca quiso ni pensar en la muerte. En un cti. No sabe estar enfermo. Que no se dé cuenta”. El 30 de mayo, después de hacer una llamada a Madrid, escribe: “Me atiende Paquita llorando. No hay esperanzas, no hay esperanzas”. Se queda allí, llorando, pero cuando la radio dice que ha muerto ya no llora. Se queda laxa, tratando de recordar. Empiezan a llamar los diarios, pero ella dice no, no, y solo atiende a los amigos. La llama Manuel Claps. La llama Mario Benedetti. Alguien, le dicen, vio a Onetti el 8 de mayo, delgado, piel y huesos. “¿Cómo yo no supe eso? Le escribí esa carta que, dice Mario (Benedetti), llegó cuando ya había muerto. Muerto él”.
Muerto él.
“De tarde dicen que ya lo incineraron. Es un poquito de cenizas, todo aquel hombre, el amor mío”.
El amor suyo.
“El amor mío”.

“Creo que la actitud más lúcida, más sana, es tener presente que la vida y el amor se acaban. Ver a los otros y a uno mismo caminando a la muerte, vivir el amor a término, tal vez hagan el amor y la vida más terribles pero también digo que los hacen más intensos y más hondos”, le decía a Mario Benedetti, en una entrevista publicada en Marcha en 1971.
“De Dios ni hablar. No es un problema, no es una preocupación. Todo se acaba. El amor, la vida, el mundo. Para hacer planes con tu obra o con tu cuerpo tenés que estar loco. Y bueno, ésa es la cosa. Nada de Dios”, decía en el documental Idea.
“Como un perro que aúlla interminable / que aúlla inconsolable / a la luna / a la muerte / a su tan breve vida. / Como un perro”, escribía en el poema número 44 de su libro No.

En los últimos veinte años no escribió demasiado. Sus libros se tradujeron al ruso, al inglés, al portugués, al alemán, al italiano y se reeditaron en español. En cada reedición agregó, a ese corpus –Nocturnos, Poemas de amor, Pobre mundo, No– algún poema: si en el principio Nocturno tenía dieciséis, en Poesía completa llegó a 41. SiPoemas de amor tenía una decena, en Poesía completa llegó a 67. Pero los agregados después de los años ochenta son muy pocos. En 1999 murió Manuel Claps. En 2003 viajó a La Habana para operarse los ojos, que siguieron sin ver. En 2007 murió su hermana Poema, que vivía con ella desde principios de siglo. Por motivos que prefiere no aclarar, y en una relación que nunca había sido fácil, su hermano Numen se distanció definitivamente.
–Idea era una persona muy hermosa, y tenía un grado de bondad muy especial, de fineza. Todas las cosas que se puedan decir son verdad. Pero en los últimos años nos alejamos mucho, por el entorno de ella y porque se puso más inflexible, más intransigente. Pero ella no hubiera querido vivir de otra manera.
 

Se dice mucho. Que Numen habría intentado vender la casa de la calle Anzani con ella en vida. Que en los años del final Idea no recibió más ayuda que la de una mujer adinerada, americana, Louise Popkins, ni más visitas que las de Ana Inés Larre Borges, Rosario Peyrou, Coriún Aharonián y pocos más.
Se dice mucho. 
–Una sola vez la vi desesperada –dice Coriún Aharonián–. Cuando en la etapa final de su vida una buena amiga le robó el arma calibre 22 que tenía guardada para quitarse la vida. Idea sentía que ése era el momento pertinente, pues su vida había perdido dignidad. El robo fue, al entender de esa amiga, una buena acción. Para ella significó lo contrario.
–En un momento se suicidó una poeta uruguaya y ella me comentó: “Yo tendría que haber hecho lo mismo” –dice Rosario Peyrou–. Pero quizás rozar la muerte y la enfermedad debe haberle dejado una apetencia de vida terrible. Porque lo que ella decía y escribía solo podía desembocar en el suicidio.
“Como un disco acabado / que gira y gira y gira / ya sin música / empecinado y mudo / y olvidado. / Bueno / así”, escribía en el poema número 47 de su libro No.

Cultivó, hasta el final, el amor de los hombres. Rubén Cosito, su novio de la infancia, reapareció en 1995. La llamaba a menudo, regocijado en lo que, decía, habían sido “ochenta años de amor”. El escritor uruguayo Felipe Polleri contó, en El País Cultural, que desde los primeros años del nuevo siglo hablaban cada noche. “La relación, casi siempre telefónica, entre un viejo de cincuenta y pico y una joven de ochenta y pico. Si la describo es para convencerme de que pasó: de que la quise y me quiso”.
–Al final yo no le tenía tanta simpatía –dice María Esther Gilio–. Decía cosas fantasiosas, como que el que había sido marido de ella, el día que se casó con otra, a las tres de la mañana llegó a su casa con una champaña en la mano y la levantó en brazos. Oíme. No. Alimentando su propio mito. Dejame.

El día de su cumpleaños –el 18 de agosto de 2008– Irina Bogdachevski la llamó por teléfono pero no la encontró. La atendió Selva, una empleada que la cuidaba desde hacía tiempo.
–Me dijo que la habían internado y que iba a estar bien. Días después Idea me llamó para decir que había vuelto a casa. Pero cuando llamé un mes más tarde, Selva me dijo que, como ya no se podía mover, había preferido ir a una casa de salud que era como una clínica y un geriátrico. “¿No piensa volver?”, le pregunté”. “Sí, sí, va a volver”.
–Estuvo ahí, muy sola –dice Ana Inés Larre Borges–. Íbamos a verla Coriún, Selva y yo. Esa soledad fue elegida pero también padecida. Por un lado todo el mundo hablaba de ella, y por el otro lado no había quien fuese a verla. Pero también fue su elección de vida. Una consecuencia de sus muchas elecciones.
–Los últimos fueron años duros para su amor propio –dice Coriún Aharonián–. Estaba en una habitación amplia y soleada, con vista al parque, pero ya no podía tenerse en pie. Tampoco podía leer ni escribir. La conversación era muy espaciada, porque la medicación le producía suspensiones en el habla, lo cual le daba mucha rabia.
Pasó diciembre, pasó enero. Se internó varias veces en un sanatorio –el Centro de Asistencia del Sindicato Médico de Uruguay– hasta que en abril de 2009 –el 28– la llevaron allí para operarla con urgencia –el intestino– y entonces se murió: Idea Vilariño se murió.
Pocos días después, el 17 de mayo, murió Mario Benedetti. El gobierno decretó duelo nacional y velatorio en el Congreso. Al panteón del Cementerio Central, donde lo llevaron, fueron dos mil personas.
Al funeral de Idea Vilariño, en cambio –empresa Rogelio Martinelli, Canelones 1450– no fue nadie. O sí: diez. Dos eran funcionarios del gobierno.

“–¿Qué quisieras ser?
–Un arqueólogo. Un artesano.
–¿Donde desearías vivir?
–En un médano frente al mar donde viví en Las Toscas, cuando aquello era un solitario paraíso.
–¿Tu sueño de dicha?
–La soledad”.
–Éramos pocos en el velatorio –dice Rosario Peyrou–. Después la llevaron al paraninfo de la universidad y ahí fue un poco más de gente. Pero al Cementerio del Norte apenas fuimos diez.

Selva, la empleada, fue la depositaria de las instrucciones: un papel en el que, con letra vieja, Idea Vilariño había escrito lo que esperaba de allí en más. “Nada de cruces. No morí en la paz de ningún señor, etc. Empresa Forestier Pose o Martinelli. Decir allí murió Idea Vilariño. Cremar”: la técnica de la omisión de la anécdota llegando, aquí, a su grado máximo. Selva le dio el papel a Coriún Aharonián y entonces él –y Ana Inés Larre Borges– salieron a buscar un ataúd sin cruces.