Friday, November 25, 2011

Premios Nobel de Literatura


LISTA DE PREMIOS NOBEL DE LITERATURA

Los Premios Nobel de Literatura han sido entregados en 104 ocasiones, desde 1901 hasta 2011. La siguiente es la lista completa de los afortunados.
2011
Tomas Tranströmer
2010
Mario Vargas Llosa
2009
Herta Müller
2008
Jean-Marie Gustave Le Clézio
2007
Doris Lessing
2006
Orhan Pamuk
2005
Harold Pinter
2004
Elfriede Jelinek
2003
John M. Coetzee
2002
Imre Kertész
2001
Sir Vidiadhar Surajprasad Naipaul
2000
Gao Xingjian
1999
Günter Grass
1998
José Saramago
1997
Dario Fo
1996
Wislawa Szymborska
1995
Seamus Heaney
1994
Kenzaburo Oe
1993
Toni Morrison
1992
Derek Walcott
1991
Nadine Gordimer
1990
Octavio Paz
1989
Camilo José Cela
1988
Naguib Mahfouz
1987
Joseph Brodsky
1986
Wole Soyinka
1985
Claude Simon
1984
Jaroslav Seifert
1983
William Golding
1982
Gabriel García Márquez
1981
Elias Canetti
1980
Czeslaw Milosz
1979
Odysseus Elytis
1978
Isaac Bashevis Singer
1977
Vicente Aleixandre
1976
Saul Bellow
1975
Eugenio Montale
1974
Eyvind Johnson, Harry Martinson
1973
Patrick White
1972
Heinrich Böll
1971
Pablo Neruda
1970
Aleksandr Isayevich Solzhenitsyn
1969
Samuel Beckett
1968
Yasunari Kawabata
1967
Miguel Angel Asturias
1966
Shmuel Yosef Agnon, Nelly Sachs
1965
Mikhail Aleksandrovich Sholokhov
1964
Jean-Paul Sartre
1963
Giorgos Seferis
1962
John Steinbeck
1961
Ivo Andric
1960
Saint-John Perse
1959
Salvatore Quasimodo
1958
Boris Leonidovich Pasternak
1957
Albert Camus
1956
Juan Ramón Jiménez
1955
Halldór Kiljan Laxness
1954
Ernest Miller Hemingway
1953
Sir Winston Leonard Spencer Churchill
1952
François Mauriac
1951
Pär Fabian Lagerkvist
1950
Earl (Bertrand Arthur William) Russell
1949
William Faulkner
1948
Thomas Stearns Eliot
1947
André Paul Guillaume Gide
1946
Hermann Hesse
1945
Gabriela Mistral
1944
Johannes Vilhelm Jensen
1943
El Premio Nobel de este año no fue concedido.
1942
El Premio Nobel de este año no fue concedido.
1941
El Premio Nobel de este año no fue concedido.
1940
El Premio Nobel de este año no fue concedido.
1939
Frans Eemil Sillanpää
1938
Pearl Buck
1937
Roger Martin du Gard
1936
Eugene Gladstone O'Neill
1935
El Premio Nobel de este año no fue concedido.
1934
Luigi Pirandello
1933
Ivan Alekseyevich Bunin
1932
John Galsworthy
1931
Erik Axel Karlfeldt
1930
Sinclair Lewis
1929
Thomas Mann
1928
Sigrid Undset
1927
Henri Bergson
1926
Grazia Deledda
1925
George Bernard Shaw
1924
Wladyslaw Stanislaw Reymont
1923
William Butler Yeats
1922
Jacinto Benavente
1921
Anatole France
1920
Knut Pedersen Hamsun
1919
Carl Friedrich Georg Spitteler
1918
El Premio Nobel de este año no fue concedido.
1917
Karl Adolph Gjellerup, Henrik Pontoppidan
1916
Carl Gustaf Verner von Heidenstam
1915
Romain Rolland
1914
El Premio Nobel de este año no fue concedido.
1913
Rabindranath Tagore
1912
Gerhart Johann Robert Hauptmann
1911
Count Maurice (Mooris) Polidore Marie Bernhard Maeterlinck
1910
Paul Johann Ludwig Heyse
1909
Selma Ottilia Lovisa Lagerlöf
1908
Rudolf Christoph Eucken
1907
Rudyard Kipling
1906
Giosuè Carducci
1905
Henryk Sienkiewicz
1904
Frédéric Mistral, José Echegaray y Eizaguirre
1903
Bjørnstjerne Martinus Bjørnson
1902
Christian Matthias Theodor Mommsen
1901
Sully Prudhomme

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Thursday, November 24, 2011

Tomás Eloy Martínez / El delirio del premio Nobel


Tomás Eloy Martínez
Addenda a “Para que nadie olvide
a Felisberto Hernández”
EL DELIRIO DEL PREMIO NOBEL

Felisberto escribió entre quince y veinte cartas a Reyna Reyes, que sería la última de sus esposas. Maestra célebre, autora de libros clásicos en los círculos pedagógicos del Uruguay (Psicología y reeducación del adolescente, 1954; El derecho a educar y el derecho a la educación, 1965; ¿Para qué futuro educamos?, 1970), Reyna impidió por pudor la publicación de esos textos y los leyó sólo parcialmente a unos pocos íntimos.
En abril de 1974 me leyó la más larga de todas ante un grabador y me autorizó a difundirla, después de verificar la fidelidad de mi transcripción. Esa carta tiene forma de relato y delata una secreta ilusión de Felisberto: ganar el premio Nobel. Fue escrita en la ciudad de Treinta y Tres, el 11 de agosto de 1954.

Reyna, querida niña mía:
Es necesario que conozcas una historia que descubrí esta mañana. Se refiere al Premio Nobel. Ha surgido la idea de un tal Hans Pfeiffer de que en vez de premiar a un creador con dinero se busque la manera de proporcionarle una felicidad más auténtica, más relativa a él mismo, y que no perjudique la obra que aún pueda realizar. Se ha comprobado que el dinero y la fama que resultan del premio trastornan la vida y la obra de quien no está acostumbrado a tenerlos. Entonces, la idea nueva consiste en no declarar a quien pertenece el premio hasta después de su muerte, y con el dinero del premio se cree un grupo de personas, psicólogos en su mayoría, que estudie y favorezca al creador y a su obra en el tiempo que le quede de vida. En síntesis: nada de fama, de dinero ni de ir a cobrarlos a Suecia.
El grupo de personas encargado de beneficiar al premiado se traslada al país de éste y busca la manera de proporcionarle una relativa felicidad que no inhiba su producción.

El primer ensayo está resultando alucinante
Tomaron para el ensayo a un creador de menor cuantía. Se dirigieron al país de él, simularon ser de una sociedad de arte internacional instalada en un lugar alejado de los principales centros y que fuera pintoresco. Citaron a varios artistas, entre los que estaba el designado: estudiaron su vida, su filosofía, su psicología, su metafísica, y empezaron a producirle, por medios un poco previstos y otro poco a experimentar, una especie de locura moderada en sus comienzos, hasta observar cuál procedimiento resultaría efectivo a los fines propuestos. He aquí lo que resultó: el creador, relativo pobre diablo, se encuentra, cuando ya estaba preparado para tolerar esa locura (un tanto paranoica, que ya no era moderada), con una mujer que le parece una diosa destinada a él. El poeta (llamémosle) tiene este primer encuentro cuando ya hace rato que ha anochecido. Cree que conoce a la divinidad desde mucho tiempo antes: ella en el mundo es considerada como una Reyna, y sus antepasados son Reyes, pero quiere aparecer sencilla y democrática.
Allí mismo, un hombre conocido por su genio en la época (Vaz Ferreira) la nombra su secretaria y tiene por ella una admiración en múltiples sentidos, y eso crea en derredor de la diosa envidias y persecuciones corrientes. El poeta tiene oportunidad de llegar a ella, la admira, pero la proximidad del hombre del cual ella es secretaria y la radiante belleza de ella producen en nuestro poeta una ilusión total, y se prepara para llevarla a su mundo abstracto con absoluta separación de la realidad.
Pero la divinidad insiste en atraer al poeta, y se retira a su mundo, y éste, en su idea paranoica tan bien organizada, siente una leve persecución en tonalidad positiva. Ella parece perseguirlo para hacerle bien. Entonces, sufre una nueva alucinación: hay dos amigos del poeta que también lo persiguen para el bien. En estado paranoico no sólo el poeta es elegido para el bien, sino que los cuatro personajes hasta ahora nombrados son de la mejor generosidad e inteligencia.
El amigo tiene un aspecto de otra época, con barba y sombrero aludo, y la esposa de éste es una gran poetisa que no siente envidia de nada ni de nadie (Alfredo y Esther de Cáceres). Estos amigos encuentran a la divinidad y preparan un plan para saludar al poeta.
En la primera escena, en un café de mala muerte, la divinidad cuenta su vida y empieza el deslumbramiento y la locura declarada del poeta. En esa noche y otras muchas no duerme, casi no se alimenta, cree que se afeita y en realidad se araña. Hay otras escenas parecidas en las que el poeta sigue asomándose a los ojos azules de la diosa, y esto aumenta su locura. Ella lo invita a su templo, que simula ser una clase a la que concurren jóvenes maestros que no se fijan en la edad del poeta: todos están pendientes de los labios rojos sobre dientes muy blancos y del más inteligente azul de los ojos de la divinidad.
En otra escena, la paranoia del poeta coordina hechos más irreales: él se encuentra con ella cuando una noche helada cae sobre un inmenso pabellón de rosas; el frío tiene el objeto de alejar a los guardianes y a otras gentes que no sean la pareja, pero ellos no tiene frío, y en pleno invierno ven rosas por todas partes. Allí recibe el poeta por primera vez los labios de la diosa en su boca y comienzan a comunicarse, y a estrecharse sus almas también, con la inocencia de los animales más salvajes.

La rivalidad se hace más intensa
Los amigos del poeta se regocijan. La poetisa teme por instantes los planes del esposo para salvar al amigo. Ella llama la atención a la diosa sobre un aspecto rilkeano del amor: el amor no es dado, hay que crearlo como una forma profunda de poesía integral, común a dos personas. En el instante en que el poeta tiene un principio de angustia, la diosa lo adivina: le envía una carta, lo calma, y el poeta piensa que es pura casualidad.
El poeta tiene que realizar un viaje. La diosa, como en una nueva casualidad, concurre en el momento de la partida, y graba aún más fuerte en el poeta el azul de sus ojos divinos. Y el poeta, en su viaje, no podrá ver ni el paisaje ni el cielo. Al llegar al punto final de su viaje se encuentra con una carta de la diosa, y cree leer lo siguiente: que la diosa lo había despedido agitando un pañuelo. El pañuelo se escapa de las manos de la diosa y vuela por el cielo que el poeta no pudo ver (sólo ve el azul de los ojos de ella), hasta llegar antes que el poeta a su destino. El poeta desdobla el pañuelo y mira, escrito, el encaje de los maravillosos: “Hubieron distancias entre tu soledad y la mía. Empiezo a creer que ya están salvadas”.
El poeta tiene toda la noche en los ojos la poesía en encaje del pañuelo. A la mañana siguiente lo pone en el césped, se arrodilla, y levanta la cabeza con los ojos cerrados para ver el azul de los de la diosa. Y le dice: “Diosa mía, si algún día descubro que no existes ni me quieres, tendré de nuevo la razón que he perdido, y ése será el veneno que me mate”.
Hasta aquí la historia leída. La traducción es tan monótona y pesada que si la vuelvo a leer no te la mando y te quedas sin carta, Reyna querida. De cualquier manera sabrás que no debes pedirme que te escriba mucho, y que el hombre que te ama es irremediablemente tu
Felisberto