Monday, August 29, 2011

Augusto Monterroso / Julio Cortázar, mago




Carol Dunlop y Julio Cortázar


Augusto Monterroso


JULIO CORTÁZAR, MAGO


 





I


Recibo un recordatorio de la Editorial Nueva Nicaragua acerca del libro-homenaje que prepara con el título de Queremos tanto a Julio, dedicado a Julio Cortázar y con testimonios de muchos escritores amigos a quienes se les ha pedido lo mismo. He enviado sólo media cuartilla, aduciendo que el afecto no es cosa de muchas explicaciones. Otra cosa sería -señalo en ella- si el libro llevara por título Admiramos tanto a Julio o algo así, caso en el cual el número de páginas de mi contribución sería muy alto.


Ya para mi obra, recuerdo el alboroto que en los años sesenta armó su novela Rayuela, cuando las jóvenes inquietas de ese tiempo se identificaron con el principal personaje femenino, la desconcertante Maga, y comenzaron a imitarla y a bañarse lo menos posible y a no doblar por la parte de abajo los tubos de dentífrico, como símbolo de rebeldía y liberación; y luego los cuentos de Julio, que eran espléndidos y que existían desde antes pero que gracias a Rayuela alcanzaron un público mucho mayor, y más tarde sus vueltas al día en ochenta mundos y, como si esto fuera poco, sus cronopios y sus famas; y uno observaba cómo, fascinados por las cosas que se veían en estos seres de una mitología que suponían al alcance de sus mentes, los políticos y hasta los economistas querían parecer cronopios y no solemnes, y lo único que lograban era parecer ridículos. De todo esto, y de sus hallazgos de estilo y del entusiasmo que despertó entre los escritores jóvenes, quienes a su vez se fueron con la finta y empezaron a escribir cuentos con mucho jazz y fiestas con mariguana y a creer que todo consistía en soltar las comas por aquí y por allá, sin advertir que detrás de la soltura y la aparente facilidad de la escritura de Cortázar había años de búsqueda y ejercicio literario, hasta llegar al hallazgo de esas apostasías julianas que provisionalmente llamaré contemporáneas mejor que modernas; y sus encuentros de algo con que creó un modo y ─hélas─ una moda Cortázar, con su inevitable cauda de imitadores. Los años han pasado y bastante de la moda también, pero lo real cortazariano permanece como una de las grandes contribuciones a la modernidad, ahora sí, la modernidad, de nuestra literatura. La modernidad, ese espejismo de dos caras que sólo se hace realidad cuando ha quedado atrás y siendo antiguo permanece.












II


Leo el Cuaderno de bitácora de "Rayuela" de Ana María Barrenechea, en el que se reproduce el manuscrito del plan original de Rayuela que Julio Cortázar obsequió a Anita, investigadora y crítica argentina y una de las primeras que se ocuparon (junto con Emma Susana Esperatti) de la literatura fantástica en Hispanoamérica. Pero el libro no es sólo eso. Trae además un estudio de crítica genética que me siento incapaz de resumir sin enredarme, por lo que prefiero copiar el primer párrafo de la introducción: Los pretextos de Rayuela:





Se ha dado la circunstancia de que Julio Cortázar me regaló el Cuaderno de bitácora de "Rayuela" (log-book como él mismo lo llamó en una ocasión). No es en realidad un verdadero borrador o sea una primera redacción de la historia novelesca. Es un conjunto heterogéneo de bosquejos de varias escenas, de dibujos, de planes de ordenación de los capítulos (como índices), de listas de personajes, algunos con acotaciones (predicados), que los definen, de propuestas de juegos con el lenguaje, de citas de otros autores (en parte para los capítulos prescindibles); rasgos positivos y negativos de los argentinos, meditaciones sobre el destino del hombre, la relación literatura-vida, lenguaje-experiencia, y aun fragmentos no muy extensos que parecen escritos "de un tirón" y que luego pasarán a la novela ampliados o con escasas modificaciones. En resumen el diario que registra el proceso de construcción de Rayuela con ciertas lagunas.





Es consolador y estimulante ver en la parte facsimilar del manuscrito los avances y retrocesos, las vacilaciones ante los temas, la caracterización de las personas, los adjetivos corregidos o suprimidos, los diagramas, las "rayuelas" con sus números y lo supuestos pies de un jugador imaginario dibujados por el autor, los planos de edificios que después serán descritos, todo ese proceso que hace sufrir (según vayan las cosas) o gozar (según vayan las cosas) a los cuentistas, los novelistas o los poetas. Recuerdo ahora la edición facsimilar, y he ido por ella, de The Waste Land (Harcourt Brace Jovanovich, N. York, 1971). Con las correcciones y cambios de éste que traduzco porque viene al caso:





Entre más cosas conozcamos de Eliot, mejor. Agradezco que las cuartillas perdidas hayan sido desenterradas. El ocultamiento del manuscrito de The Waste Land (años de tiempo perdido, exasperantes para el autor) es puro Henry James. "El misterio del manuscrito desaparecido" está resuelto. Valerie Eliot ha hecho un trabajo erudito que le hubiera encantado a su esposo. Por esto y por su paciencia con mis intentos de elucidar mis propias notas al margen, y por la amabilidad que la distingue, le doy las Gracias. Ezra Pound.





T. S. Eliot. Julio Cortázar. Dos autores auténticamente modernos, en estas dos publicaciones de sus manuscritos que se llevan apenas algo más de una década y en las que se puede ver algo (nunca puede verse todo) de su forma de encarar eso que algunos llaman creación y que tal vez no sea sino un simple ordenamiento, su respeto, o su irrespeto, qué diablos, por la palabra escrita; o su humildad, finalmente, ante la inmensidad de un sí o de un no que a nadie le importa pero que al artista le importa; de un párrafo que se conserva o que se suprime, las enormes minucias que diría Chesterton y que el lector, ese último beneficiario o perdedor invisible, apenas sospecha.












III


Visita a la tumba de Julio Cortázar en el cementerio de Montparnasse. Después del sinnúmero de veces que se lo habrán preguntado, el encargado de guardia sabe muy bien de quién se trata y nos indica el camino en el plano que los visitantes pueden estudiar en la pared, al lado de la puerta de entrada; y así, marchamos por la avenida principal en busca de Allée Lenoir tratando de llegar a la 3ª División, 2ª Sección, 3 Norte, 17 Oeste; pero en este primer intento uno se pierde en el laberinto de pequeños mausoleos y tumbas y, después de breves homenajes ante las de Baudelaire y Sartre, vuelve a la oficina de la entrada con Edgar Quinet sólo para confirmar que la información estaba bien pero que uno no había tomado la Allée Lenoir y regresa para ahora sí encontrar lo que busca; y ahí está, blanca, plana, dividida en dos partes iguales y con los nombres de Carol Dunlop arriba y Julio Cortázar abajo, más fechas.


Durante unos minutos recuerdo la última vez que vi a Carol, en Managua, mostrándonos sonriente sus fotografías de niños nicaragüenses; y a Cortázar aquí, en este departamento (4 rue Martel, C., 4º derecha) que él habitó y en el que por azares dignos de su imaginación vivo yo ahora y escribo estas líneas, cuando con B. y Aurora Bernárdez, en diciembre de 1983, acabado de regresar de las Naciones Unidas en Nueva York, a donde había ido a dar una de sus últimas batallas a favor del régimen sandinista, hablamos de literatura, de traducciones, de poesía, particularmente del autor de La ciudad sin Laura, Francisco Luis Bernárdez ("tan unidas están nuestras cabezas/ y tan atados nuestros corazones"), hermano de Aurora a quien casi le digo de memoria todo el soneto que tanta influencia tuvo en nuestra generación de aprendices de escritor:





Si el mar que por el mundo se derrama


tuviera tanto amor como agua fría


se llamaría por amor María


y no tan sólo mar como se llama;





 y de Italo Calvino y de la vez que cenamos con éste en esta ciudad en casa de Víctor Flores Olea hace tres años, y yo no hallaba de qué hablar con Calvino hasta que él, en las mismas, se animó por fin a decirme que conocía Guatemala y de ahí no pasamos, pues a mí se me hacía ridículo revelarle que yo conocía Italia.


Me despido en silencio y, otra vez sobre la alameda Lenoir y la avenida, regreso y cuento cincuenta y cinco pasos desde ésta al lugar en que se halla la tumba, en un acto de signo absurdo pero así fue. De salida, el guardia nos hace adiós con un gesto de inteligencia y complicidad que significaba que era donde él decía.


Diez minutos después, sobre la avenida Montparnasse, en el arroyo, vemos a decenas, cientos de miles de hombres y mujeres sudorosos que también cuentan sus pasos: jóvenes y viejos, rubios, morenos, negros, vestidos de pantalón corto y camiseta y con números visibles sobre el pecho, que han pasado, pasan y vienen corriendo con los rostros angustiados de quien huye de algo o, me entero, van tras algo: el final de una carrera de maratón, final que para algunos está llegando antes de lo previsto. Por la noche, en la televisión, todo ese esfuerzo ocupa en la pantalla cinco segundos y veinte palabras, casi un epitafio.









Los pasos de Cortázar





IV


Esos días en que B. y yo estuvimos en Managua se llenaron sin remedio del recuerdo, allí, de Julio Cortázar y su mujer Carol, Carol Dunlop, novelista (Mélanie dans le miror, por aparecer en la editorial Nueva Imagen traducido por Fabianne Bradu) y fotógrafa. Era lo normal. Allí, dos años antes habíamos recorrido las mismas calles, encontrado a los mismos amigos y discutido, o simplemente hablado, de los mismos problemas, lejanos o cercanos.


Y allí nos despedimos de Carol, sin saberlo para siempre, en casa de los Flakoll, admirando juntos las fotografías originales de lo que más tarde sería su libro Llenos de niños los árboles (con texto también suyo), que Cortázar nos mostró más tarde en su casa, en París, ya Carol muerta y Julio llamado a morir menos de dos meses después. Pero en esta presencia-ausencia había también la parte alegre, como esa tarde calurosa en que en la calle le dijimos, o B. le dijo: "Tío, cómpranos helado", y él nos lo compró con su caballerosidad, ceremoniosa a pesar de todo.






Augusto Monterroso

Pájaros de Hispanoamérica

Madrid, Alfaguara, 2002










Sunday, August 28, 2011

Edith Aron / La maga de Julio Cortázar

Edith Aron
Edith Aron
La maga de Julio Cortázar
Por Juana Libedinsky

Por primera vez, a los 80 años, habla la mujer que inspiró el personaje más famoso de la más famosa novela, Rayuela, del escritor argentino. Desde su casa en Londres, cuenta su historia íntima y enseña cartas que nunca fueron vistas por ojos extraños.


¿Encontraría a la Maga? Tantas veces me había bastado asomarme, viniendo por la rue de Seine, al arco que da al Quai de Conti, y apenas la luz de ceniza y olivo que flota sobre el río me dejaba distinguir las formas, ya su silueta delgada se inscribía en el Pont des Arts, a veces andando de un lado a otro, a veces detenida en el pretil de hierro, inclinada sobre el agua.
Julio Cortázar, Rayuela, 1963

Gerardo Orellana, Tinta 10

Ya no es la rue de Seine ni el Pont des Arts, sino un pequeño departamento en el elegantísimo barrio londinense de St. John’s Wood, a pocos metros de la Abbey Road que hicieron famosa los Beatles y cerca del magnífico Zoológico de la ciudad. Pero la Maga sigue siendo la misma. Sí, porque la musa de Cortázar, la misteriosa protagonista femenina que deambula por Rayuela, el personaje más famoso de su libro más famoso y con el cual le rompió el corazón a sus lectores existió y existe. Y es Edith Aron, una encantadora señora de 80 años que vive en el más completo anonimato, escribiendo en las madrugadas silenciosas, entre las cartas y recuerdos del hombre que la inmortalizó para la literatura.
"Una sola vez, cuando en el almacén cercano a mi casa una chica mexicana me dijo que era una gran admiradora de Cortázar y que la Maga era su ideal, como era tan simpática pensé en decirle quién era yo. Pero no lo hice. No es un tema del que me guste hablar, no lo necesito y, además, a los ingleses nunca les interesó. Pero ahora… bueno, digamos que soy una señora mayor. Quizá no esté para el próximo aniversario de Cortázar", aclara suspirando.

Ilustración de Nicoleta Tomas
Buscada

Cortázar dejó grabada la imagen de la Maga a los veintipico de años, con medias negras y zapatos colorados, fumando Gitanes y con el pelo despeinado. En 1963, en pleno furor de Rayuela, "todas las muchachas de la Facultad querían ser la Maga –recuerda Julio Ortega, editor de la edición crítica francesa de Rayuela y profesor de literatura de la Universidad de Brown–; y todos los hombres querían buscar su Maga, la fantasía masculina de la mujer enigmática que se relaciona con las fuerzas más intuitivas con una sabiduría inocente".
Hoy, los amigos de Aron siguen fascinados por ella y la describen como una extraña belleza, alta e imponente, de nariz aguileña, ojos brillantes que miran muy fijo y el pelo corto color azabache.
            "Nadie me da mi edad, ¿sabe?", aclara con evidente coquetería y un dejo de acento alemán en su castellano bien porteño, y en el cual se le escapa cada tanto un macanudo.
            "¿Qué me vio Cortázar? No sé, ¡yo era simplemente una chica buena y agradable!", aclara risueña.
            Edith Aron nació en el Sarre, una región en el límite entre Francia y Alemania, "que de no haber sido lamentablemente anexada por los alemanes hoy sería un pequeño país independiente como Luxemburgo", explica.
            De familia judía, poco antes de la Segunda Guerra Mundial emigró con sus padres a la Argentina, donde ya tenían parientes.
            "Fui al Colegio Pestalozzi, a cuyos profesores les voy a estar por siempre agradecida. Me permitieron mantener una identidad alemana como la de ellos, profundamente distanciada de la política e ideología nazi."
            En un barco de vuelta a Europa, en 1950 y con 23 años, conoció a Cortázar.
            "Yo estaba en tercera clase, no pasaba nada demasiado interesante y, de pronto, vi a un muchacho tocar tangos en el piano. Una chica italiana con la que compartía la cabina me dijo que me miraba y que como era tan lindo, por qué no iba a invitarlo a nuestra mesa. Pero estábamos sentadas con gente muy rara, el mozo era muy viejo y no me animé."
            Al poco tiempo, ya en París, entrando en una librería, Edith vio una cara conocida.
            "Cortázar me reconoció también, e intercambiamos unas palabras. Nos volvimos a cruzar en el cine, viendo Juana de Arco. Luego, en los Jardines de Luxemburgo. El estaba muy influido por los surrealistas, que creían que las coincidencias eran algo importante, así que me invitó a tomar algo, me leyó un poemita y hablamos de amigos comunes en Buenos Aires."

       
"Y era tan natural cruzar la calle, subir los peldaños del puente, entrar en su delgada cintura y acercarme a la Maga que sonreía sin sorpresa, convencida como yo de que un encuentro casual era lo menos casual en nuestras vidas, y que la gente que se da citas precisas es la misma que necesita papel rayado para escribirse o que aprieta desde abajo el tubo de dentífrico."
Julio Cortázar, Rayuela, 1963


Claro que no todo fueron encuentros casuales. "Cortázar trabajaba en una exportadora de libros en la esquina de mi casa en París, y venía a verme para almorzar. Era muy entretenido. Por ejemplo, me decía que le hiciera una ensalada azul. Yo no tenía idea de qué era eso. Entonces él tomaba cualquier ensalada y la llenaba de estampillas azules. Hacía todo el tiempo ese tipo de juegos, en los que yo nunca me sentí a la par. ¡Me acomplejaba porque él sabía tanto y yo sabía tan poco! No me decidí a irme a vivir con él justamente porque quería estudiar. Además, sabía que él admiraba mucho a Aurora Bernárdez, que estaba en Buenos Aires", confiesa con un susurro.
            "Con mucha discreción", aclara, sus recuerdos ya fueron publicados en 1999 en un libro que escribió en alemán, Las casas falsas, y publicado por una editorial de Heidelberg.
            –¿Usted estaba enamorada?
            –No lo sabía. Cierta noche Cortázar me dijo que Aurora vendría a pasar fin de año a París, y me preguntó qué era más importante para mí, Navidad o Año Nuevo. No sé por qué le dije que Año Nuevo, que Navidad la iba a pasar con mi papá. Cuando nos volvimos a ver, él había pasado Navidad con Aurora y se había decidido por ella. Fue sólo al perderlo que me di cuenta de que lo quería.
            –Pero usted ya estaba para siempre asociada a él por Rayuela. ¿Se siente identificada cuando lee el personaje de la Maga?
            –El me escribió diciéndome que había basado su personaje en mí, y nos pasaban, es verdad, cosas espontáneas como las de la novela. También hay algunos episodios, como ese en el que encontramos un paraguas viejo en las calles de París y le damos una ceremonia de entierro, que ocurrieron más o menos como los cuenta. Pero la Maga es un personaje literario.
            –¿Cortázar era tan buen mozo como se ve en las fotos?   
            –Bueno, de chico tuvo un problema en las glándulas que hacía que pasara el tiempo y se viera siempre igual, sus enemigos le decían Dorian Grey, como el personaje de Oscar Wilde, porque su aspecto nunca cambiaba. Tarde en la vida se hizo operar y sólo entonces, por ejemplo, le creció la barba. Me parece que le costó tanto tenerla que nunca más se la sacó. Por otra parte, no podía tener hijos. Tuvo otro tipo de hijos, los libros, pero no de los de carne y hueso, que son los que humanizan. Y él era demasiado intelectual. Incluso usaba anteojos de joven sin necesidad, hasta que Aurora lo convenció de que se los sacara…
            –¿Sintió celos por Aurora?
            –Nunca sentí celos por Aurora. Más adelante, ellos insistieron en que, de tanto en tanto, fuese a comer a su casa. Yo era la chica que había aprendido junto a él. Después de todo, eso era lo que más le gustaba hacer, por algo en la Argentina había sido maestro de escuela. Pero la primera vez reconozco que me levanté de la mesa, me encerré en el baño y lloré. Yo había estado sufriendo sin darme cuenta. Y sé que él estaba un poco preocupado. Con el éxito que le trajo Rayuela, sabía que un poco me usó. Y ganó.



"No necesito decirte quién es Edith, vos lo habrás adivinado hace mucho, ¿verdad? Entonces, ¿vos te imaginás Rayuela traducida por ella? (...) En Rayuela, te acordás, la Maga confundía a Tomás de Aquino con el otro Tomás. Eso ocurriría a cada línea..."
            Carta de Julio Cortázar a Paco Porrúa, extracto, 1964


La decepción

Edith Aron asegura que, a pesar de no haber sido la elegida, siempre le guardó un enorme cariño a Cortázar. Hasta que cierto día le sacaron las traducciones que ella estaba haciendo de sus libros al alemán y, peor aún, se enteró de este fragmento de la carta del escritor a su legendario editor, Paco Porrúa.
"Me hizo muy mal profesionalmente. ¡Yo trabajé en el Instituto Goethe de Londres, en el Imperial College! Creo que Cortázar me confundió con el personaje. La realidad es que para entonces mi madre –a quien yo no veía desde hacía diez años– estaba gravemente enferma en Buenos Aires. Tuve que ir a cuidarla y me demoré en entregar las traducciones. Eran textos muy buenos, los hice ver por expertos. Cortázar estuvo muy mal en hacérmelos sacar. Luego se arrepintió, pero yo ya tenía una rabia infinita."
            –¿Nunca más volvió a verlo?
            –Él decía que por el azar nos volveríamos a encontrar. Nos cruzamos en una Feria del Libro de Francfort. Y luego, un día en el metro londinense me lo encontré en el mismo vagón. Ya estaba con otra mujer, muy joven, llena de anillos de plata en los dedos, pero igual se sentó a mi lado y me preguntó de dónde venía. "De mi trabajo", le dije orgullosa. El me respondió: "¿No crees que este encuentro tiene algún sentido?" Y pidió que nos viésemos al día siguiente. Pero me había lastimado mucho, y yo ya no creía en la casualidad. Así que al llegar a la estación Picadilly le dije: "Me voy", y me bajé. Nunca imaginé que las próximas noticias que tendría de él serían las de su muerte, en 1984.
            –¿Por qué no creía más en la casualidad?
            –Una vez un rabino me dijo que ser judío es como una vacuna: funciona como defensa ante un momento crítico. Yo siempre fui muy liberal, nada religiosa, pero me parece que eso es verdad. Fíjese: yo acababa de leer a George Steiner respecto de una teoría del judaísmo que no acepta la coincidencia, y eso me sirvió para justificar no volver a verlo. Además, aparte de Cortázar yo tuve una vida muy linda. Soy la viuda de un artista inglés que trabajó un tiempito como corrector en el Buenos Aires Herald. Y tengo una hija, Joanna, que es cantante. Llegó a tener pasaporte argentino, que guardo con cariño. Como ella tenía dieciocho meses, le tomaron la foto y le hicieron estampar su dedito, aclarando, debajo: No firma aún. Es el último recuerdo que tengo del país, al que me encantaría volver, pero ya no puedo viajar mucho.
            –Una última pregunta que me desvela. El personaje de la Maga andaba despeinado, cocinaba mal y fumaba Gitanes. ¿Y usted?
            –No sé, creo que en una carta le escribí a Cortázar que estaba despeinada. Nunca fui una gran cocinera. Crecí en la Argentina, así que me sigo basando en el bife con ensalada. Y los Gitanes, bien fuertes, sí, me encantaban. Pero ahora, ¡sólo me dejan fumar Philip Morris Ultra Light!


Todas querían ser ella

"Todas querían ser la Maga." Julio Ortega es categórico. El coeditor de la versión crítica de Rayuela, publicada en París por la editorial Archivos, asegura que Cortázar jamás pudo prever la vehemencia que causaría en las mujeres. "Sus lectoras, las escritoras y críticas que se dedicaban a su obra parecían convocadas al modelo de musa benéfica –explica desde la Universidad de Brown, en Estados Unidos, donde es profesor de literatura hispana–. Su bovarismo (conversión de la realidad en literatura) resultaba peculiar: querían ser como la Maga, pero también hacer de Cortázar una suerte de Pigmalión capaz de descubrirlas y perpetuarlas." Ortega, que trabajó a partir de los manuscritos de Cortázar que hizo comprar a la Universidad de Texas, donde era profesor, recuerda: "En los años 60, las chicas se identificaban con la Maga. En esos años a los varones les daba reputación pasearse con El capital o En busca del tiempo perdido bajo el brazo. Para las mujeres, eso era Rayuela. Todo era fruto de la influencia del surrealismo: las chicas querían mostrar que, como la Maga, tenían un estado de disponibilidad para los milagros de lo casual".


De puño y letra

París, 8 de marzo de 1978

Querida Edith:

Tu carta no agrega nada nuevo, por desgracia, a una situación sin salida. Hace mucho que he dejado de entender lo que pasa con las ediciones alemanas, y sólo sé que Wittkopf trabaja en una antología de mis cuentos y que Fries traduce Rayuela. No tengo (ni quiero tener) ningún contacto directo con editores, que son siempre una fuente de líos. Y yo ya tengo demasiados líos en estos tiempos.
Sé que el problema con vos no se resolverá a pesar de cualquier esfuerzo, y que Sularkamp (ilegible) es una gigantesca máquina que no cambia su conducta una vez que la ha decidido.
Lamento que una vez más vuelvas sobre ese tema tan penoso para vos y para mí, pero te comprendo de sobra; solamente que ya es tarde para cambiar las cosas, y creo que tu correspondencia con Wittkopf te lo prueba de sobra.
Por favor, no vuelvas sobre el pasado, porque ya nadie quiere entender cosas tan complicadas y que parecen sin salida. Si yo puedo ayudar en el presente ya sabes que lo haré, pero esa historia detallada que me cuentas en tu carta no sirve más que para amargarte y amargarme. Y créeme que en estos tiempos la amargura es mi comida cotidiana. Hago lo que puedo por la Argentina y Chile, estoy continuamente en viaje para ayudar la causa de esos pueblos, y el resultado es siempre igual: tristeza y amargura. Y si el presente es así, ¿cómo agregarle el pasado y volver atrás en busca de arreglos que ya nadie entiende?
Me gustaría recibir de vos otro tipo de cartas. Hay tanto de vivo y de bello en tu persona, hay tantas cosas mejores que esa vuelta atrás en que te obstinas.
Espero que Joanna esté bien. Para vos, un abrazo fuerte y el cariño de
Julio



En la vida real

"No soy para nada una señora inglesa", confiesa Edith Aron, y ofrece la prueba más que contundente: no le gusta la jardinería. "Las únicas plantas que tengo son dos del desierto, que justamente me trajo de regalo un amigo porque dijo que eran las únicas que me podrían sobrevivir."
A pesar de que el personaje de La Maga es considerado una figura anti intelectual, ella es una mujer muy culta cuyos programas de fin de semana suelen incluir visitas a las exposiciones de avanzada en el Instituto de Arquitectura Contemporánea de Londres o un pequeño viaje para llegar a la inauguración de muestras de amigos artistas en Berlín. Es escritora, y trabaja en las madrugadas, rodeada de un silencio absoluto. Tiene dos libros en alemán en su haber, El tiempo de las maletas y Las casas falsas, publicados por una editorial de Heidelberg. Este último es, según ella, "sutilmente autobiográfico".
"Quise incluir un par de cartas de Cortázar; le escribí a Aurora, para pedirle su autorización, y me hizo esperar como dos o tres meses, pero me la dio."
Cortázar estuvo casado dos veces después de su matrimonio con Aurora Bernárdez, pero fue a ella a quien Edith Aron le escribió la carta de condolencia cuando se enteró, leyendo el periódico alemán Die Zeit, de la muerte de Cortázar.
"Fue curioso porque ella me respondió que ambas éramos mujeres judías que habíamos sufrido mucho. Me pareció que lo decía para consolarme a mí y como un gesto de amabilidad, ¡pero ella no era judía!"
A Edith le gustan sobre todo los cuentos cortos y no se cansa de releer a Kafka, Borges y, por supuesto, Cortázar.


LA NACION ON LINE
6 DE MARZO DE 2004




Friday, August 26, 2011

Julio Cortázar / Nicoletta Tomas / Los amantes

Voz y texto de Julio Cortázar
Imágenes de Nicoletta Tomas

LOS AMANTES

¿Quién los ve andar por la ciudad
si todos están ciegos?
Ellos se toman de la mano: algo habla
entre sus dedos, lenguas dulces
lamen la húmeda palma, corren por las falanges,
y arriba está la noche llena de ojos.

Son los amantes, su isla flota a la deriva
hacia muertes de césped, hacia puertos
que se abren entre sábanas.
Todo se desordena a través de ellos,
todo encuentra su cifra escamoteada;
pero ellos ni siquiera saben
que mientras ruedan en su amarga arena
hay una pausa en la obra de la nada,
el tigre es un jardín que juega.

Amanece en los carros de basura,
empiezan a salir los ciegos,
el ministerio abre sus puertas.
Los amantes rendidos se miran y se tocan
una vez más antes de oler el día.

Ya están vestidos, ya se van por la calle.
Y es sólo entonces
cuando están muertos, cuando están vestidos,
que la ciudad los recupera hipócrita
y les impone los deberes cotidianos.




Hèctor Abad / El minimalismo barroco de Ruven Afanador

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Ruven Afanador
EL MINIMALISMO BARROCO
Por Héctor Abad Faciolince

Con este texto se presentó anoche,  jueves 25 de agosto  de 2011, la exposición de retratos “Yo seré tu espejo” en el Museo de Arte Moderno de Bogotá. Una mirada de escritor al arte del fotógrafo colombiano más reconocido a nivel internacional.




A la poesía barroca le gusta el oxímoron: la luz oscura, el hielo abrasador, el fuego helado. La fotografía de Ruven Afanador está impregnada de esa misma condición contradictoria: es, al mismo tiempo, barroca y minimalista, o mejor, barroca de mente y minimalista de cuerpo. Las víctimas de Afanador tienen que aceptar que se las suba al altar de los sacrificios y, una vez allí, repetir y actuar todos los rituales (posiciones, ropajes, gestualidad, ornamentos) necesarios para llevar a cabo la ceremonia del retrato. En el altar tradicional de los sacrificios se extraía el corazón; en el altar de Afanador te sacarán el alma. Si no te entregas, peor para ti, pues será más doloroso, y en tu gesto inauténtico saldrá a flote tu condición de no persona, es decir, de vacío animado, de autómata.
Ruven Afanador no busca el parecido ni pretende retratar la esencia de cada cual. La cara, tu máscara más cara, no podrá seguir siendo lo que suele ser: una barrera de defensa, un enigma, o —en el mejor de los casos— el resumen de tu paso por el mundo. Tampoco va detrás de la personalidad. Ésta, dependiendo de si el retratado es capaz de entregarse, puede aparecer o no, pero ni siquiera es esto lo que importa. Afanador, en sus altares barrocos y minimalistas, escenifica un drama, un drama irreal que rompe la rutina. Miren, por ejemplo, las muletas que le entrega a la actriz Emily Blunt, las cuales nos sorprenden con una forma de cuadrúpedo herido, dislocado. Todo es simple ahí, pero nos asombra y, aunque es minimalista, la presencia barroca se manifiesta en los pliegues de la tela que envuelve el torso de la modelo, casi como un retazo de la túnica de Santa Teresa (en el éxtasis de Bernini) que más que arropar insinúa y descubre las formas del cuerpo. Un doloroso éxtasis barroco; barroco y descargado, todo al mismo tiempo.
Los pocos elementos del escenario no deben engañarnos. Es simple, aparentemente, como un juego de mesa oriental, pero al jugarlo vemos que es más complejo de lo que pensábamos. Los personajes se tuercen, se retuercen, invitados al juego por el fotógrafo. Hay muchas maneras de lograrlo. Incluso si eres tieso (en general escritores, políticos, gente que se tensiona ante las cámaras) la misma tiesura del personaje se convierte en una especie de torsión congelada. Ahí quedas, como un cuerpo anestesiado, congelado, ya listo para una disección anatómica.
Afanador, durante el juego que propone, no se descuida nunca. Juega sin descuidarse. Está concentrado en las herramientas, en los artificios de su arte. Cuida puntillosamente todos los detalles. De ahí que, técnicamente, cada foto sea impecable. Todos los tonos de grises, la iluminación y los contrastes están logrados con una maestría y una aparente carencia de esfuerzo que parecen naturales (obsérvese la foto de Bill T. Jones para apreciar esta característica con todos sus matices). Y aunque parezca natural, el resultado es casi irreal, como brotado desde las inaccesibles regiones de lo onírico. En la nitidez visual van desfilando personajes raros. Como una persona extraña que viéramos pasar por las calles oscuras de un sueño.
Son personajes raros, aunque sean famosos, porque están sacados de su contexto, y son otros bajo la mirada de Afanador. El mundo de la moda o las celebridades se llevan la parte del león en esta muestra, pero quizá por ese aire de anonimato que adquieren en sus fotos incluso los más célebres, creo que donde mejor se destaca su técnica y su magia es en los personajes completamente anónimos: oscuros novilleros de provincia, alguna cantaora decadente, muchachos sin historia en una calle lejana.
Se dirá que estas fotos, cuyo origen es casi siempre el encargo comercial de una revista o un periódico, adolecen de este “pecado original” lucrativo. Este punto de vista ético, más que estético, deja traslucir una gran ignorancia de los extraños caminos que siempre ha recorrido el arte. Recuérdese que la gran mayoría de los mejores retratos de la historia del arte (Rafael, Rembrandt, Van Dyck, Velázquez, Goya, Ingres), y las más grandes composiciones musicales, y no pocas novelas, también fueron hechos por encargo, es decir, por motivos comerciales. Los artistas serios siempre han vivido de su arte. El virtuosismo y la factura final de un retrato no se los puede juzgar por el resorte inicial, sino por el resultado final.
Por muy encargado que sea un retrato, Afanador lleva a sus fotos todo el peso de su doble historia. La colombiana de la infancia, la norteamericana de su formación profesional. La escenografía es muchas veces autobiográfica y remite a un mundo que puede ser básico, campesino, pero muchas otras veces alude a los fastos de la religión católica: a sus procesiones, rituales, a las torturadas torsiones de las imágenes de los santos, desde sansebastianes hasta santateresas. Una modelo no va donde Ruven Afanador para que él la muestre como ella se quiere ver. El juego entre el fotógrafo y el modelo es de “tú me das para yo darte”, y cuando más te entregues más sacaré de ti.
El resultado es este desfile de personas y personajes que nos cuentan una historia compleja, una historia donde lo masculino y lo femenino llegan deliciosamente entremezclados, con las fronteras borradas, en un juego creativo en el que todos aprenden, por un rato, a descolocarse, a ser otros por los caminos barrocos de la exageración, y por el sereno camino del minimalismo. Por contradictorio que suene, este camino artístico ha producido resultados asombrosos, en estos ambientes irreales, teatrales, que hoy, como hace ya mucho tiempo, merecen estar colgados en las paredes de un museo de arte contemporáneo. Espectador, mira con cuidado, y déjate llevar por el extraño ensueño de estos retratos. Busca y encuentra “húmedos labios a besar mil veces… Líneas de lujuriantes morbideces. Vientos que desmelenan cabelleras. Piel de flores anémicas, bellamente vestidas. Cuerpos flexibles, místicos, carnales, del mundano placer perecedero”. Puro barroco, pero barroco no cargado: barroco minimalista.

Exposición "Yo seré tu espejo"
Anoche, jueves 25 de agosto, el Museo de Arte Moderno de Bogotá inauguró la muestra “Yo seré tu espejo”, del fotógrafo colombiano Ruven Afanador.
Serán 80 retratos en blanco y negro, trabajos que escogió a lo largo de su carrera. La imagen más antigua data de 1989 y la más reciente tiene tan sólo dos meses.
Ruven Afanador donará al museo todas las fotografías y así dejará un importante legado a la institución y al país.
Para Afanador es muy importante y significativa esta muestra por el hecho de fortalecer ese cordón umbilical con su país de origen.
La exhibición no sólo incluye a celebridades internacionales, como Hillary Clinton, Mónica Belucci, Lenny Kravitz, Pedro Almódovar y Al Pacino, sino también a personalidades nacionales como Sofía Vergara, Gabriel García Márquez, Íngrid Betancourt, entre otros. De hecho, no todos son personajes públicos, también se encuentran personas menos conocidas.

Héctor Abad Faciolince
Especial para El Espectador
Bogotá, El Espectador, 20 de agosto de 2011 - 9:00 pm



 FOTOGRAFÍAS DE RUVEN AFANADOR

Monica Belucci

Quetin Tarantino y Al Pacino

Pedro Almodóvar

Gabriel García Márquez






Thursday, August 25, 2011

Jessica Lange / Filmografía







Jessica Lange



Filmografía








































Año


Título


Papel


Director


1976


King Kong


Dwan



1979


All That Jazz


Angelique



1980


How to Beat the High Cost of Living


Louise Travis



1981


Postman Always Rings Twice, TheThe Postman Always Rings Twice


Cora Smith



1982


Tootsie


Julie Nichols



Frances


Frances Farmer



1984


Country


Jewell Ivy



1985


Sweet Dreams


Patsy Cline



1986


Crimes of the Heart


Margaret Magrath



1988


Far North


Kate



Everybody’s All-American


Babs Rogers Grey



1989


Music Box


Ann Talbot



1990


Men Don’t Leave


Beth Macauley



1991


Cape Fear


Leigh Bowden



1992


Night and the City


Helen Nasseros



1994


Blue Sky


Carly Marshall



1995


Losing Isaiah


Margaret Lewin



Rob Roy


Mary MacGregor



1997


A ThousandThousand Acres, A Acres


Ginny Cook Smith



1998


Hush


Martha Baring


Jonathan Darby


Cousin Bette


Cousin Bette



1999


Titus


Tamora



2001


Prozac Nation


Mrs Wurtzel



2003


Masked and Anonymous


Nina Veronica



Big Fish


Sandra K. Bloom



2005


Broken Flowers


Dr Carmen Markowski



Don’t Come Knoking


Doreen



Nevermas


Katherine Pierson


Joshua Michael Stern


2006


Bonneville


Arvilla Holden


Christopher N. Rowley


2011


The Big Valley (en post-producció)


Victoria Barkley



2012


The Vow (en post-producción)