Wednesday, January 5, 2011

Alberto Duque López / Misteriosa Patricia Highsmith


Misteriosa Patricia Highsmith

Por Alberto Duque López

Es como un temblor en la superficie del agua tibia y azul del Mediterráneo, tan leve que sólo los espectadores más sensibles serán capaces de identificarlo. El temblor que produce el miedo a lo desconocido, que asoma durante uno de esos momentos llenos de sol, sexualidad, perversiones y decadencia en la película El talentoso Mr Ripley, cuando el millonario Dickie Greenleaf (el actor Jude Law) le pregunta a Tom Ripley (Matt Damon), cuál es su gracia, qué lo hace atractivo y el joven timador, sin pensarlo dos veces, le responde que convertirse en los demás, doblarlos, imitarlos, engañarlos a todos.



Hitchcock la ‘descubre’

Comienza imitando al viejo Greenleaf, el padre de Dickie, quien siente que la piel se le eriza, ya se siente amenazado, ya siente miedo como si estuviera enredado en la tela de una araña y adivinara que el enemigo se acerca.

Ese es el don de Tom Ripley, esa es su gracia: como si fuera un camaleón, mudar de piel y colocarse la sonrisa, los anillos, la ropa, las palabras, el olor, los perfumes, los jadeos, las obsesiones, los pensamientos, el alma y por supuesto el dinero de sus víctimas.

Ese es Tom Ripley, protagonista de cinco populares novelas escritas por una señora divertida, inmoral, perversa y muy popular, Patricia Highsmith, nacida en Forth Worth, Texas, el 19 de enero de 1921, a quien algunos recuerdan como una chica rara, solitaria, que defendía a los negros y los radicales, rodeada de gatos y guacamayas, alejada de los hombres. A los seis años se marchó a vivir a Nueva York, estudió periodismo, publicó su primer cuento a los 24 años en la revista Harper´s Bazaar y cinco años más tarde saltó a la fama de la mano de Alfred Hitchcock, quien adaptó su primera novela, Extraños en un tren.






Odio a la noche

Desde pequeña escribía cuentos sobre personajes que estaban amenazados sin saber cómo ni por qué, ni por quién, sólo que no podían dormir tranquilos, como ella, que detestaba la noche porque sentía que no podía respirar. Detestada por sus historias pesimistas y despiadadas, su conducta personal y sus ideas políticas contrarias al ideal del ‘sueño americano’, abandonó E.U. en 1963 y se escondió en una pequeña casa en las montañas suizas hasta su muerte el 4 de febrero de 1995, rodeada de gatos y guiones enviados por importantes directores que querían hacer películas con sus libros.

Un recuerdo personal

Todavía la recuerdo y especialmente ahora, cuando han estrenado esta película de Minghella. Todavía la recuerdo. En septiembre de 1982 pude conocerla durante una mesa redonda sobre novela negra en San Sebastián, España, con su rostro despedazado por las arrugas, sus manos manchadas por la nicotina, su voz de camionero retirado y sus ojos medio cerrados por el calor, que le provocaron algo que sólo cabía en una palabra: aprensión. O más bien, desasosiego.



Crónicas despiadadas

Para los amantes de la novela negra Highsmith es tan importante como Raymond Chandler, Dashiell Hammett, Chester Himes, James Ellroy, James Cain o Elmore Leonard. Sus libros hablan de hombres y mujeres en situaciones comunes que se tornan peligrosas y los obligan a defenderse con una moral egoísta, tramposa. Por eso, sus novelas y cuentos no divierten, ni alegran, ni siquiera entretienen porque encierran incomodidad, desesperación, anormalidad, soledad y amargura convertidas en crónicas despiadadas sobre la conducta humana.

Peligroso cinismo

Su nombre también es referencia de algunas películas de Michel Deville y Claude Autant-Lara, la citada Extraños en un tren de Hitchchcok, A pleno sol de René Clement, El amigo americano de Wim Wenders, El cuchillo de Claude Chabrol y otras basadas en sus novelas.

Ripley fue creado por Highsmith en 1955. Es su personaje más perverso, cruel, amoral, peligroso, cínico y dañino, un don nadie capaz de mentir, engañar y destruir para conseguir la buena vida a través de lo más tortuoso que alguien puede perpetrar: matar a otro y suplantarlo. Aparenta ser una persona culta que lee Shakespeare, toca Bach al piano, sabe comportarse en la mesa, resiste al vino y las comidas pesadas, se muere por provocar la más ligera aprobación entre los demás, especialmente los hombres apuestos y ricos, hacia quienes se dirige como un tiburón.



Arribista que mata

Este joven solitario fue creado por Highsmith como un reflejo de sus propias aprensiones y dudas, sin ser inmoral, ni sicótico, ni siquiera un enfermo mental porque sus acciones son racionales: “Lo considero un hombre tan civilizado que mata cuando tiene necesariamente que hacerlo. No tienen que admirarlo pero tampoco hay que censurarlo. Vive su vida, a su manera, no es un criminal, es un arribista obligado a matar”.

El sueño de Ripley

Ripley, inconforme con su vida, inicia el juego macabro de eliminar y suplantar al otro, duplicándolo, dejando un rastro que la policía es incapaz de seguir, engañando a la novia, los padres y los amigos de su víctima, imagen del sueño americano para un chico miserable.
Cuando el cerco se hace intolerable, Highsmith lo describe: “Odiaba tener que convertirse de nuevo en Thomas Ripley, un don nadie, odiaba volver a sus viejos hábitos, a experimentar otra vez la sensación de que la gente lo despreciaba y le encontraba aburrido a menos que hiciera algo especial para divertir a los demás, como un payaso, sintiéndose incompetente e incapaz de hacer algo que no fuese divertir a la gente durante unos minutos. Odiaba volver a su auténtica personalidad del mismo modo que hubiese odiado tener que ponerse un traje viejo, manchado y sin planchar, un traje que ni cuando era nuevo valía nada”.



Poder y felicidad

Cuarenta años después de la versión realizada por René Clement y Alain Delon, A pleno sol, regresan las fechorías de Ripley con la película del mismo realizador de El paciente inglés con cuatro jóvenes actores contratados antes de convertirse en estrellas: Matt Damon, Gwyeneth Paltrow, Cate Blanchet y Judd Law. Los fanáticos de Highsmith pueden alegrarse porque toda la maldad está intacta.
Muchos espectadores se preguntarán hasta dónde serían capaces de llegar para suplantar a otros para alcanzar el poder y la felicidad que la vida les ha negado. Si alguien cree que eso sólo ocurre en el cine, basta que recuerde la historia de Andrew Cunanan, famoso porque asesinó a su ídolo Gianni Versace. Durante los años anteriores, fue capaz de mentir e inventarse una vida de millonario en plantaciones filipinas. Como cualquier Thomas Ripley.




Tuesday, January 4, 2011

Patricia Highsmith / Mirando al abismo




Patricia Highsmith
MIRANDO AL ABISMO
Por Mª José Vilches Carrasco

A Patricia Highsmith no le gustaba destacar, y no deja de ser paradójico, pues destacó con luz propia por distintas razones; era corpulenta, desgarbada y fea, y su fealdad, hombruna y áspera, debió causarle verdaderos tormentos; era lesbiana, en años en que semejante condición se escondía con angustia de marginados; y la creadora de casi un centenar de novelas excepcionales, clásico entre los clásicos. Sus libros no dejan indiferente; pueden gustar o no, pero nadie puede leer una de sus obras y olvidar lo que ha leído. Tenía un magnetismo singular en el papel. Su estilo era austero, directo, sin alarde de florituras, casi periodístico, pero muy efectivo, de una claridad deslumbrante. Su primera novela, Extraños en un tren (1950), la situó directamente en la cúspide; mucho contribuyó, eso sí, Alfred Hitchcock, al trasladarla al cine un año después. Tenía veintipocos años, era su primera novela, y había nacido un mito.

En el prólogo de Los cadáveres exquisitos habla de un libro (The Human Mind de Karl Menniger) que encontró en la biblioteca de sus padres, y que leyó con profundo interés siendo adolescente. A él atribuye su interés por el tema y la psicología de sus novelas. Cuesta creer que la lectura de un libro pueda justificar la profunda –casi inédita– penetración psicológica de la autora. Más bien debió ser ese libro la pieza que completó el puzzle de su innato talento. Rosa Montero decía de ella que conocía los más oscuros abismos del alma humana; sus libros se apartaron del relato policíaco tradicional, desterró los sempiternos finales con el triunfo de la justicia y el bien, creó personajes inolvidables –nadie puede permanecer indiferente ante Tom Ripley- y mostró al mundo los recónditos escondites del mal y la locura. Sus asesinos no eran los tradicionales outsiders, eran gente corriente, amas de casa, escritores, policías, las personas anónimas y cotidianas que casi nunca protagonizan los libros. En realidad mostró al mundo la incómoda realidad de que un asesino subyace dentro de todos nosotros; que la frontera entre el delito y la legalidad puede cruzarse por cualquiera dándose las condiciones necesarias.

En Crímenes imaginarios, el protagonista fantasea con la idea de matar a su mujer; es, al cabo del tiempo, y en medio de una situación anómala, cuando cruza la barrera. Ese dulce mal nos lleva al descenso a los infiernos de un prometedor ingeniero, admirado por sus conocidos, cortés y amable, a quien la obsesión por una mujer inalcanzable termina por enloquecer. Sus criminales no son gente marginal, no son personas señaladas; hasta que la Highsmith les conduce a ello, han sido gente normal. Una humanidad oscura y tenebrosa, un criminal latente escondido debajo de cada alma; realidad muy incómoda, muy inadmisible para los americanitos enamorados del “sueño americano”. La Highsmith atacaba justo en la parte más sensible. Era notablemente misógina –sus personajes femeninos son aborrecibles casi siempre-, y sus temas recurrentes la culpa, la obsesión, la locura y, sobre todo, la existencia oculta, adormecida, pero latente, de un criminal en el alma de toda persona. Nada podía resultar más antipático al público norteamericano. Fue especialmente criticada por ello; y respondió exiliándose por voluntad propia de ese país de origen que encontraba postizo, en 1963.

En Europa la mentalidad que encontró fue muy distinta. Su producción más floreciente la escribió en su exilio. A pesar de eso, fue en Estados Unidos donde vio la luz su personaje más emblemático, Tom Ripley, nacido en A pleno sol (1955). Es una creación asombrosa, por muchos motivos. Ripley sí ha cruzado ya la barrera de lo ilegal. Con delitos de poca monta, con chapuceras estafas. No ha dado el gran salto. Herbert Greenleaf le conduce sin saberlo al camino del crimen. Le envía a Italia, a ver a su hijo, Dickie, con la intención de que convenza al joven de que regrese a Estados Unidos. La misión es un hallazgo para Ripley. Descubre cómo se puede vivir teniendo ingresos regulares. El estilo de vida de Dickie le seduce. Y cuando la relación con el joven está abocada a la ruptura, Ripley cruza la frontera. Toda la vida ha estado ahí la simiente. El esplendor de los días italianos junto a Greenleaf le precipita a su destino, y comete su primer crimen.

A estas alturas del libro, el lector está completamente del lado de Ripley. Su único deseo, a medida que avanza la acción, es que se libre de la justicia. El desenlace del libro deja a Tom Ripley –a ese estafador de poca monta de las primeras páginas- impune de sus crímenes, y disfrutando de la fortuna de Dickie Greenleaf, heredada por un testamento a su favor escrito por él mismo.

Aquí no hay justicia. Las víctimas quedan sin vengar. No hay policías sagaces que vean entre la maleza. Ripley ha cometido el crimen –los crímenes- perfecto. Está tan a salvo que en la secuela, La máscara de Ripley, vive una existencia de millonario, casado con Heloise, una rica heredera. En los sucesivos libros, la lista de víctimas de Ripley va ascendiendo.

Sólo por ese personaje habría conseguido Patricia Highsmith el lugar de oro que ocupa en la literatura. Más que género policíaco, el suyo sería el género psicológico, por el perfecto estudio de la mentalidad humana, sin prejuicios, sin convencionalismos. Ripley no hubiera podido salirse con la suya de una manera tan perfecta en manos de otro escritor; sería un asesino más que al final paga sus delitos –porque la regla de oro del género así lo exige-. La Highsmith se apartó de la norma, y su originalidad reside ahí. Ripley no es un psicópata; tiene sentimientos, odia, ama. Es profundamente amoral, y carente de escrúpulos; sus crímenes no son aleatorios, no son injustificados. Dickie es un obstáculo para la vida que quiere llevar. El crimen lo comete tras meditarlo unas horas; no siente más tarde remordimiento alguno. En ese sentido, sí acerca su mentalidad a la del psicópata. También mata por supervivencia pura. Pero nos atrae: es el lado oscuro que hace lo que nos gustaría no hacer... pero sí recoger los frutos. Es difícil no sentirse fascinado por este personaje. Es una creación insólita, un personaje digamos perfecto. El lector le acompaña en todas sus aventuras con el deseo de que salga adelante, que no sea capturado, que tenga éxito. De alguna manera, igual que Hitchcock hizo de sus espectadores unos mirones en La ventana indiscreta, Patricia Highsmith hizo de sus lectores entusiastas cómplices de un asesino. El éxito de A pleno sol hizo continuar al personaje. Ripley protagonizó otras cuatro novelas de la autora, aunque sin el gancho de la primera –La máscara de Ripley, El amigo americano, Tras los pasos de Ripley y Ripley en peligro-.

En 1960 escribe Ese dulce mal –llevada al cine, como casi todas sus obras, con la supervisión de la autora-. Es un complejo estudio psicológico sobre la obsesión, tema recurrente en sus novelas. En este caso, David Kelsey, un joven y prometedor ingeniero, parece tener todo a su favor en la vida. Vive en una pensión donde se le aprecia, en su trabajo está muy bien considerado, dispone de bastante dinero, goza de la simpatía popular. Todos los fines de semana sale de la pensión para visitar a su madre, recluida en un sanatorio para enfermos crónicos. Tres páginas después el lector descubre que la situación es muy distinta. No hay tal madre, no hay tal sanatorio. Hay una casa aislada en medio del bosque, donde flota el fantasma de Annabelle, la mujer de quien Kelsey está locamente enamorado, y con cuya presencia imaginaria comparte Kelsey el fin de semana. A través de sus cartas sabemos que Annabelle está casada, y mantiene con Kelsey una amable amistad, que él interpreta de la peor forma posible. A medida que se avanza en el relato, las cosas se complican. Kelsey es el amante rechazado que acosa incesantemente a la mujer de sus sueños, negándose a admitir que la relación no pasará de la mera amistad. El asedio al que somete a la joven es insistente, obsesivo, claramente patológico. Annabelle en ningún momento se plantea mantener una relación amorosa con él, mientras que Kelsey no puede olvidarla. El resto de la gente que le rodea es tan sólo una comparsa de sombras que percibe vagamente en medio de la bruma de su obsesión. Hay un crimen accidental, una confusión de personalidades –otro tema que se repite en la obra de la Highsmith- y un rápido descenso a los infiernos de la locura. Es de los mejores estudios psicológicos de la autora, y de los más absorbentes.

El grito de la lechuza(1962) tiene un argumento muy semejante al de Crímenes imaginarios (1965): una persona permanece oculta, mientras todo su entorno la da por asesinada, y un personaje central es acusado por todos como el asesino. Destaca el personaje de Jenny, claramente depresivo, de un temperamento crispado, que bordea el histerismo y la locura, pero al mismo tiempo poética hasta el lirismo.

1964: Aparece Las dos caras de enero. En esta ocasión, el ambiente del libro se traslada a Grecia. La Highsmith era una gran viajera, y una enamorada de Europa y sus monumentos clásicos. En este caso, y como ella misma refiere en su ensayo Suspense (1966), el primer propósito que tuvo para escribir esta novela era describir el palacio de Cnosos, que la había impresionado profundamente al visitarlo. Los personajes de esta obra son un estafador perseguido por la justicia en Norteamérica y su esposa, que se ocultan en Europa con una identidad falsa. Cuando están acorralados y van a ser descubiertos, un joven interviene y se convierte en cómplice de un crimen, creándose un incómodo triángulo de consecuencias fatales. En Cnosos muere la esposa, asesinada por accidente; y a partir de entonces, una especie de juego del escondite mortal enfrenta al viudo y al “amigo”. Es una novela trepidante, que nos lleva de viaje por media Europa, Grecia, París, siguiendo a estos dos enemigos mortales en su duelo.

El diario de Edith (1977) es una novela diametralmente opuesta, a la que muchos califican como su obra maestra, y que, dado el talante misógino de la autora, no deja de admirar, por el estudio perfecto, de gran delicadeza, de sutiles matices, de la personalidad femenina de su protagonista. Se desarrolla en Norteamérica, y su progreso es lento pero insidioso; el horror está camuflado, es sutil, se desliza bajo el argumento, en apariencia minimalista, hasta hacer explosión. Nuevamente, la sutileza de la Highsmith predomina. El diario de Edith se aparta de los thrillers trepidantes, estilo Las dos caras de enero o la saga de Ripley, para narrar una historia aparentemente tranquila, bajo la que se esconden bombas a punto de estallar. El progresivo descenso de Edith a la locura es lento, paulatino; tan sólo el lector va advirtiendo los sutiles detalles de su deterioro. En el centro de esa locura se encuentra el diario, a través del cual el lector asiste a la desintegración mental de la protagonista. Cuando comienza el libro, Edith es un ama de casa con una vida en apariencia resuelta, que va a mudarse desde Nueva York a un pueblecito de Pennsylvania. Las primeras pinceladas discordantes que nos advierten de que algo va mal se centran en Cliffie, el hijo. Es la manzana amarga, el eterno quebradero de cabeza de los padres. De hecho, es su fracaso en los exámenes de acceso a la Universidad lo que provoca que en el diario se produzca la “bifurcación”. Ese primer paso, como veremos, es decisivo; se abre así el camino hacia un mundo imaginario cuyo final es la locura. ¡Y de una manera muy simple! La autora nos lo cuenta con su sobrio estilo inconfundible. Edith escribe en el diario. Acaba de saber que su hijo no va a ir a la Universidad. Sabe que es algo irrevocable. Sus esperanzas –que no eran muchas, por otro lado- se extinguen. Y en la anotación de ese día decide fantasear, dejar que su imaginación resuelva el conflicto. Cliffie ha aprobado los exámenes con excelentes notas, todos están contentos, no hay nubes oscuras en el cielo. No es más que una anotación imaginaria, pero la autora desliza muy sutilmente el ominoso destino del que es preludio: “... Edith se sintió un poco inquieta... lo que acababa de escribir era mentira... Pero, ¿qué más daba? Y ella se sentía mejor después de haberlo hecho, un poco menos melancólica, casi alegre, de hecho.”

Así de simple se produce la caída de Edith. Lógicamente, esa primera “bifurcación” no reviste la severidad que más adelante cobra. Es un mecanismo de defensa contra el desánimo, sin mayor consecuencia. Es un “juego”. Pero los juegos, en la literatura de la Highsmith, tienen la peculiaridad de ser muy peligrosos. Muchas de las novelas de la autora han iniciado la acción con juegos imaginarios –El cuchillo, Crímenes imaginarios-. En El diario de Edith la tragedia se gesta a años vista, y de una manera soterrada. Con una prosa austera y lúcida, la autora va narrando los sucesivos golpes que la vida propina a Edith. Su relación conyugal se tambalea seriamente y se desploma; en el naufragio su marido se casa con otra, una mujer mucho más joven, y no se molesta en buscar un nuevo acomodo para George, su tío, que vive en la casa familiar casi desde que se trasladaron a ella. Edith soporta años de cuidados, de bandejas subidas al enfermo, de sábanas de hule para la incontinencia, de medicinas, en medio de una soledad yerma, donde no resulta consuelo alguno Cliffie, su hijo, que vagabundea metiéndose en problemas, con trabajos esporádicos y una afición excesiva al alcohol. A esa primera anotación falsa en su diario le han seguido otras; Edith escapa a una intolerable realidad, donde se mantiene anormalmente erguida, sumergiéndose en otro mundo imaginario donde su hijo cosecha éxito tras otro, está casado, tiene hijos y una vida familiar próspera que la sirve de consuelo. Tras una anotación imaginaria, vemos a Edith en el mundo real, de atmósfera tensa y cargada, asfixiante, luchando contra los problemas; la vemos firme, sosteniendo sola todas las cargas; el lector advierte, a través de ese diario anormal y patológico, de qué manera esa vida está minándola, conduciéndola a la locura, con mayor claridad que los demás personajes, aunque luces de alarma se enciendan de vez en cuando, como la escena en que Melanie, su tía, menciona que ve en ella “una tirantez” que no le gusta nada. Inmisericorde, el destino la castiga una y otra vez. La claustrofóbica atmósfera del libro resulta agobiante. Poco a poco, la caída de Edith va acelerándose, que el lector presagia como inminente; tras páginas y páginas de ominosa lectura, los abismos se abren ante ella. Pero no por menos esperado deja de sobrecoger el desenlace.

Mar de fondo (1981) es más cercano a novelas como Crímenes imaginarios que a El diario de Edith. La situación planteada es nuevamente un matrimonio que naufraga. Vic Van Allen y Melinda llevan varios años casados, y tienen una hija, Trixie. La pareja se lleva bien, en apariencia. Ella es abierta y descaradamente infiel con cada jovencito que aparece por el pueblo donde viven. Él es tolerante, y se muestra siempre exquisitamente cortés y atento, no sólo con su mujer, sino con los sucesivos amantes que va conociendo, porque Melinda, en vista de la apática actitud de su marido, no tiene reparos en llevarles a casa a cenar o a tomar unas copas, en infernales veladas donde el marido sufre el rosario de humillaciones a que le somete la situación. Todo el vecindario asiste con verdadero escándalo a las aventuras de esta esposa extravagante, mostrando hacia Vic no el típico desdén, sino compasión y simpatía. La paciencia casi sobrehumana de Vic al final se agota. Cuando comienza la novela, por primera vez en años, da un paso adelante para frenar el adulterio de su mujer. Ese primer paso es irrevocable, y conduce a los demás. Los años de aguante, de vivir situaciones intolerables, de respirar el aire denso de la compasión general, acaban por pasar factura. Y como casi siempre en las novelas de la autora, un paso, en apariencia sin importancia, desencadena un vendaval. El lector contempla con estupor a este marido inactivo, este cornudo consentidor y patético, y a medida que va profundizando en su relación marital adivina, anticipa, que el estallido de este hombre tranquilo y pacífico hasta la exageración va a ser terrible. Abiertas las compuertas del odio acumulado durante años, Vic se convierte en un asesino, y lo que es más estremecedor, un asesino que a los ojos de sus vecinos es incapaz de matar una mosca. No hay mejor coartada que gozar de una reputación intachable ante todo el mundo. El lector sabe que Vic ha dado finalmente el paso crucial, y presencia el inmenso valor de la imagen preconcebida que se tiene del personaje.

Nuevamente, el proceso psicológico que convierte a Vic de un marido resignado y pacífico en un asesino es perfecto hasta el más mínimo detalle. El primer paso no es una explosión de furia incontenible; lleva años conteniéndose, con la máscara puesta, con la cortesía hecha costumbre, y lo que hace es sugerir al último amante de su mujer que es el asesino de Malcolm McRae, cuyo asesinato aún está por resolver. No hay una intención concreta en Vic cuando hace semejante afirmación. Ni siquiera pretende asustar; es una especie de broma macabra, un comentario burlón, del que no espera consecuencias. Pero de hecho sí las tiene. Muestra de la catadura moral de los amantes de Melinda, que parece tener un talento especial para liarse con los hombres más vulgares que conoce, es el hecho de que su conquista de ese momento desaparece, aterrado. El abandono supone para Melinda un fuerte golpe, pero más aún para Vic, que se encuentra con que una actuación irreflexiva suya ha conseguido detener el enésimo idilio de su mujer. Tras ese incidente, la actitud de Melinda se hace beligerante, pero durante unos meses Vic nota una notable mejoría en su vida, desterrados los amantes parásitos que beben su licor y se aposentan en su casa, al amparo de su mujercita. Su comentario ha dado resultados inesperados pero muy beneficiosos.

No dura mucho. Finalmente se descubre al verdadero asesino de McRae, y Melinda vuelve a las andadas. Sin embargo, en esta ocasión, la actitud de Vic ha variado; su capacidad para afrontar las veleidades de su mujer está seriamente dañada. Los meses de calma han roto con su impasibilidad, y algo ha cambiado en su interior. No puede reanudar su vida de tolerante cornudo. Y en un arranque imprevisto –imprevisto hasta para él mismo- asesina a DeLisle, el nuevo amante de su mujer. Pero la suerte le sonríe, pues su crimen reviste apariencias de accidente, y Vic sale impune. No ante Melinda. Ella sabe perfectamente que su marido ha matado a DeLisle. Y a partir de entonces se inicia una terrible e insidiosa guerra entre marido y mujer. Sin embargo, Vic, el marido consentidor, resulta un rival formidable. Todo el pueblo –casi todo el pueblo, mejor dicho- está a favor de él, y las furibundas acusaciones de Melinda son acogidas con indignación. En ese momento, Melinda sabe que ha perdido la guerra: nada ha podido frente a la gran reputación de su marido, y la falta de pruebas. Y por enésima vez, conoce a otro hombre.

Éste parece el definitivo. Melinda quiere divorciarse, pero ya nada es como antes: su marido se escapa a su comprensión, es impredecible: Vic es un hombre sentenciado. Ha dado el paso definitivo, sus manos se han manchado de sangre; ese terrible hecho le sacude hasta lo más íntimo. Las compuertas del odio, de los rencores, del resentimiento, de tantos años sufriendo calladamente con la imagen de hombre impasible, dejan brotar incontenible un océano, que arrastra a este hombre al abismo... junto a su ligera y detestable esposa.


Otros ámbitos

Tras este repaso a sus novelas más destacadas, conviene no olvidar a la Highsmith autora de relatos. Es una maestra en la novela, pero no hay que desdeñar los relatos breves, muchos de ellos genuinas obras maestras. “Donde las dan...” es una pequeña joya, un magistral cuento que en pocas páginas condensa el deterioro de la relación amorosa de la pareja protagonista culminando con un final escalofriante. “Tener ancianos en casa” es una variante irónica, ligeramente humorística, de lo peligroso que puede resultar meter extraños en el hogar; resulta cómico que los enemigos sean aquí una pareja de ancianitos frágiles pero nada desdeñables. En el pulso de poder que se juega en la casa, sólo un desliz de los ancianos libera al matrimonio protagonista de una situación abocada al desastre... convirtiéndolos, por otra parte, en “asesinos”, por omisión. La justicia poética le encantaba a la Highsmith. “El buscador inquietante” nos presenta a un hombre con una “extraña” manía: traba amistad con mujeres para robarles algún objeto, por puro fetichismo. Ese pasatiempo “inofensivo” acaba desembocando en el crimen. “Espantoso despertar” describe con crudeza la vida de una familia desunida, minada por los maltratos y la frustración. “Despacio, despacio, a merced del viento”, por su parte, plasma en palabras el odio denso, vitriólico y terrible, de un temperamento vengativo.

Casi todos los relatos cortos de Patricia Highsmith adolecen de una tensión palpable, unas veces más sutil, otras expuesta con toda su crudeza; pero en el fondo de todos ellos reside lo mismo, la bestia oculta y dormida que espera los resortes oportunos para aparecer. Esa y no otra fue la filosofía de la Highsmith: todos tenemos el mal dentro de nosotros, todos somos capaces de matar, todos tenemos un abismo negro dentro. Absolutamente todos.

Encasillar a Patricia Highsmith en la literatura policíaca es, por tanto, un error de bulto. Quien se haya familiarizado con su obra sabe perfectamente que incluso en las novelas “policíacas” que escribió se apartaba de los cánones tradicionales. El crimen en el universo de la Highsmith no está planeado con gran anticipación, ni hay detectives sagaces, ni abundantes sospechosos, ni una explicación final donde se colocan todas las piezas del puzzle. En muchas ocasiones el crimen se comete por un impulso, nada premeditado –Ese dulce mal, Las dos caras de enero-, aunque la situación se haya gestado durante largo tiempo –Mar de fondo-. En ocasiones es absolutamente casual –El temblor de la falsificación-. Para el lector no hay lugar a la sorpresa final. El lector sabe perfectamente lo que está pasando, es testigo de los crímenes. Y que haya un cadáver no quiere decir en absoluto que sea una novela policíaca. Nada tiene que ver con el género obras como El diario de Edith, Gente que llama a la puerta o el relato “Tener ancianos en casa”. De hecho, en su producción se ven novelas y relatos de distintos estilos. Se podrían englobar en un “género” aparte los títulos donde aunque haya crímenes no hay estilo policíaco, como los mencionados antes; luego se encontrarían aquéllos en los que un encuentro casual o un malentendido desata una vorágine trepidante de acontecimientos: Rescate por un perro, El grito de la lechuza, Extraños en un tren, El cuchillo, la saga Ripley, El juego del escondite, Crímenes imaginarios. En otro “género” tendríamos obras más pausadas como El diario de Edith, Ese dulce mal, Gente que llama a la puerta, Mar de fondo, La celda de cristal.

En las novelas de Patricia encontramos diferentes tipos de psicología. Por un lado estarían los obsesivos –el David Kelsey de Ese dulce mal, el temperamental Greg de El grito de la lechuza, el padre fanático de Gente que llama a la puerta-. Luego, personas a quienes el desgaste que les causa una determinada situación les convierte en bombas de relojería; en ocasiones llegan al crimen –como el Vic de Mar de altura- y en otras, a la locura –Edith-. También tenemos los que a base de imaginar determinadas situaciones acaban viéndose abocados a ellas, como el protagonista de El cuchillo o Crímenes imaginarios. En el claustrofóbico mundo de la Highsmith acabamos encontrándonos todos. Caminamos en el filo de la navaja sin saberlo. A veces el estallido se produce a base de aguantar durante muchos años situaciones límite. En otras ocasiones, camuflado en un incidente sin importancia, nos espera una bomba. Nadie está a salvo. El crimen y la locura ya no son patrimonio exclusivo de los outsiders; todos podemos caer en él. Es un mensaje aterrador.

Autodestrucción. Esa es otra de las claves de las novelas de la autora. ¿De qué manera se puede llegar a ella? Muchas. A través del matrimonio –Mar de fondo, Crímenes imaginarios, El cuchillo-. Por una obsesión llevada al límite –El grito de la lechuza, Ese dulce mal, Gente que llama a la puerta-. Por un ambiente cargado y claustrofóbico –La celda de cristal- o por soledad –El diario de Edith-. No siempre llega la policía a interrogar. No siempre hay una investigación criminal. En ocasiones, el crimen está ahí, pero nadie, salvo el lector, que lo ha presenciado, lo sospecha: Tom Ripley suplanta a Dickie Greenleaf, y nadie sabe que en realidad ha muerto; George, el tío de Brett, ha sido asesinado, pero salvo Brett, nadie lo sospecha; Vic Van Allen ha asesinado al amante de su mujer en una piscina, pero todo el mundo cree que ha sido un accidente. En el fondo todo radica en lo mismo: las dificultades de relación entre las personas. Es innegable que los matrimonios que retrata Highsmith no son lo que aparentan la mayoría de las veces. Suelen ser un caldo de cultivo excepcional para la irrupción de la violencia. A veces, el divorcio no soluciona las cosas, como en el caso del protagonista de El grito de la lechuza, cuya mujer persigue a su exmarido con una saña obsesiva –la misma, de hecho, que padece Greg hacia Jenny-. No suele haber buenas relaciones; los matrimonios felices son escasos en su producción.

Otro punto a destacar en los personajes de Patricia Highsmith es la ausencia de “perdedores”, al menos en la forma tradicional. El único que sí lo es, aunque entre comillas, porque ha asumido su estilo de vida y lo acepta, es Cliffie, el hijo de Edith. El otro que podría ser, Tom Ripley, empieza siéndolo, pero el crimen le conduce directamente al éxito. Los demás están en buena posición, casi siempre, en el momento de iniciarse la acción. David Kelsey es un ingeniero competente –candidato al Premio Nobel, según sus amigos-. Vic Van Allen es dueño de una editorial. Edith Howland compagina sus labores de ama de casa con sus actividades en un periódico local como articulista de editoriales. Son personas asentadas, con empleos bien retribuidos que les permiten vivir con holgura –salvo a la pareja protagonista de Crímenes imaginarios, ciertamente; para cualquier regla hay excepción-. Comen en restaurantes a menudo, tienen una activa vida social, acuden a fiestas y las dan ellos, participan en la vida de la comunidad. Son parte integrante de la sociedad. A través de ellos conocemos a sus amigos; las amistades son muy importantes en la literatura de esta autora. Hasta David Kelsey, rumiando la obsesión que le llevará al crimen y a la locura, se relaciona con sus vecinos de pensión, cena con su jefe, con West y Effie. No digamos la activa vida social que lleva la pareja protagonista de Mar de fondo, incluso la de Crímenes imaginarios. Los amigos están ahí no sólo para animar la función, sino para animar o para desacreditar. Son muy escasos los personajes de la autora que estén aislados y no participen de sus amistades. En ocasiones son éstas las que dan la voz de alarma, como en el caso de Edith.

Libros de la talla de los mencionados no podían pasar desapercibidos al mundo del cine. De hecho, prácticamente todas sus novelas han sido adaptadas a la gran pantalla, con mayor o menor fortuna, casi siempre por directores europeos, y la propia Highsmith comentaba que sus adaptaciones favoritas eran la de Extraños en un tren y la exquisita A pleno sol (René Clement, 1960), en la que destaca especialmente la brillantez en la elección del casting, dando unos perfectos Tom Ripley y Dickie Greenlaf en la piel de Alain Delon y Maurice Ronet.

Alain Delon como Tom Ripley

Especulando...

Como hicieran antes y después que ella, también Highsmith dedicó un ensayo a describir cómo es el proceso de gestación de sus novelas; es un libro que se lee con suma facilidad, escrito con sencillez y encanto, pero que demuestra lo imposible que resulta definir con palabras la magia que los buenos escritores saben generar. Highsmith cuenta de dónde salieron los incidentes o detalles que le dieron la idea para determinadas novelas, su proceso de narración, consejos para autores noveles...; pero no describe, ni puede, a pesar de su maestría, dónde se genera, dónde se produce el chispazo del genio. Lo que no se puede describir ni contar es el talento.

Leer a Patricia Highsmith es disparar el nivel de adrenalina. El lector que se mete en la piel de los personajes llega un momento en que vive, casi de forma literal, las situaciones límite a que se enfrentan esos alter ego de ficción, pues la prosa de la autora secuestra al lector y le mete en la piel del personaje para que sufra la situación casi literalmente. En muchos momentos se siente el mismo azoramiento, la misma violencia, que el personaje. Ya metidos en la piel de Tom Ripley, su enfrentamiento con Freddie se vive como propio; la confrontación del protagonista de El buscador inquietante con sus dos víctimas cara a cara nos produce la angustia de momentos en que nos hemos visto puestos en evidencia; la agobiante atmósfera de la casa de Edith nos resulta perturbadora. Nadie se ha acercado, como Patricia Highsmith al abismo, y lo ha mirado tan intensamente para describirlo tan bien como ella, y nadie, salvo ella, ha sabido mostrarnos lo estrecha, lo ligera y lo sutil que es la línea que separa el crimen de nosotros. No se crea a salvo, nos dice desde su literatura, por llevar una vida ordenada y apacible, por creerse lejos del peligro: nadie es inmune, porque está dentro de nosotros, esperando. Lo único que podemos esperar es que el resorte adecuado no se pulse.


Bibliografía de libros analizados

Extraños en un tren (Strangers on a Train), 1950. Editorial Anagrama, Barcelona, 1990. Colección Compactos de Anagrama, num. 11

A pleno sol (The Talented Mr. Ripley), 1955. Barcelona, Editorial Anagrama, 1989

Ese dulce mal (This Sweet Sickness), 1960. Alianza Editorial, Madrid, 1997

El grito de la lechuza (The Cry of the Owl), 1962. Salvat Editores, Barcelona, 1994

Las dos caras de enero (The Two Faces of January), 1964. Alianza Editorial, Madrid, 1995

Suspense, cómo escribir un relato de ficción (Plotting and Writing Suspense Fiction), 1966. Barcelona, Editorial Anagrama, 1986.

El diario de Edith (Edith’ Diary), 1977. Barcelona, Editorial Anagrama, 1982

A merced del viento (Slowly, Slowly in the Wind), 1979. Editorial Espasa Calpe, Madrid, 1993. Colección Austral Selección

Mar de fondo (Deep Water), 1988. Barcelona, Editorial Anagrama, 1988

Los cadáveres exquisitos (Selección de relatos). Barcelona, Editorial Anagrama, 1991.









Monday, January 3, 2011

Elena Gosálvez / Diez años sin Patricia Highsmith


Diez años sin Patricia Highsmith

Por Elena Gosálvez


Patricia Highsmith.
Todavía la veo al otro lado de la mesa, cenando un cuenco de caldo y una litrona de cerveza. Con un solo cubito maggi cenábamos las dos. Hablábamos de Graham Greene y otros habitantes de su pasado o nos interrogábamos mutuamente, presas de la misma curiosidad voraz, propia de mis 20 años y de sus vibrantes 74. Me despedí de ella el 16 de diciembre de 1994. Cuarenta días después estaba muerta.
Yo no sabía quién era Patricia Highsmith hasta que un amigo común, el editor Daniel Keel, me comentó cenando en su casa de Zurich que buscaba a alguien que se mudara con una importante escritora norteamericana al Ticino suizo. Estaba enferma y necesitaba un ayudante que supiera inglés, tuviera carnet de conducir y fuera de plena confianza. "¿Qué hago? ¡No puedo poner un anuncio en el periódico!", comentó agobiado. "Iré yo", repliqué sin pensar. Pero era la propia Pat quien se encargaba de remunerar a su ayudante, y también de seleccionarle. Dani me cerró una entrevista para el sábado siguiente.

En el tren, llegando ya a la impresionante región de Centovalli, me terminé El temblor de la falsificación, el primer libro suyo que leía. Había visto en la televisión Extraños en un tren, la primera novela de Patricia que Hitchcock adaptó para la pantalla cuando ella sólo tenía 28 años, pero el libro entre mis manos tenía otra fuerza. En la estación me recogió un divorciado cincuentón que había sido el asistente de la autora durante un par de años, desde el principio de su enfermedad. "Pat es muy especial –me dijo–, pero yo he decidido meterme a monje".
Su casa de una planta era como una U construida con tres cajas de cerillas. Ella misma la había diseñado. Una amplia habitación con baño ocupaba cada palito de la U, dejando cocina y salón en el medio. Cada dormitorio tenía dos ventanales para salir al patio central y al jardín salvaje que rodeaba la construcción. Me senté en un sillón blanco junto a un gato gordo y naranja. Una mujer delgada, vestida con camisa de cuadros y pantalón de hombre y melena canosa hasta la barbilla, algo encorvada y con cara de huraña me saludó amablemente, esforzándose por sonreír.

"Gracias por venir. Dani me ha dicho que eres española pero hablas muy bien inglés y que quieres ser editora. Por cierto: ¿te gusta Hemingway?".
Supe que esa era la pregunta decisiva. Me quedé callada sin saber si era el momento de mentir. Seguro que ambos autores americanos enamorados de Europa habían sido amigos. "No", contesté tajante. Siempre es mejor decir la verdad, especialmente a la gente relevante, porque nadie suele ser sincero con ellos. "¡Odio a Heminway!", chilló Pat desde lo más hondo de su ser. "¿Puedes empezar el lunes?".
Durante las semanas siguientes me pude leer toda su obra cronológicamente, cogiendo las primeras ediciones directamente de la ordenadísima estantería. En el salón estaban sus diarios, que escribió religiosamente desde los 15 años hasta su muerte: más de cien cuadernos tamaño folio que en unos cuantos años se harán públicos. Leía hasta muy tarde, atrapada en su eterna búsqueda del crimen perfecto, en sus cuentos misóginos, en sus héroes reinventados...
Sobre las 9 de la mañana me despertaba la gata naranja Charlotte pidiéndome su desayuno: pulmones de vaca crudos. Los troceaba con las tijeras de cocina y los alvéolos explotaban en el silencio hasta que las noticias de la BBC se encendían al fin en el cuarto de Pat: un día más se había despertado. A los pocos minutos empezaba el estruendo de aquella máquina de escribir donde estaba terminando su última novela, Small G: un idilio de verano. Por superstición escribió toda su obra con esa misma máquina prehistórica. Me iba confiando los folios a un limpio impoluto para que yo se los pasara por fax a Daniel. Sabía que no le quedaba mucho tiempo. Dos veces a la semana la llevaba en coche al hospital de Locarno.
Extremadamente crítica con su obra, parecía que solamente estaba orgullosa de El temblor, también mi favorita. Su patria natal nunca consideró que la tejana escribiera literatura mayor. La gran editorial Knopf rechazó su genial obra El diario de Edith por no ser una novela "de misterio" y no saber "qué hacer con ella". Mientras, en Europa cada vez era más respetada, llegó a sonar muy fuerte para el Nobel, especialmente cuando se publicó Carol, y hasta los presidentes de gobierno la invitaban a cenar. Solamente las recientes películas basadas en su Ripley han sacado a Pat de secciones secundarias de las librerías de su país, una tierra que abandonó muy joven pero que nunca dejó de querer. Aunque miraba mucho el dinero, no le importaba pagar impuestos en dos continentes para mantener su nacionalidad, sus raíces.



Antes de morir quiso reconciliarse con la memoria de su padre, con quien debió de tener serios problemas en su primera juventud. De pronto le pareció injusto no haber firmado nunca con su verdadero apellido: Plangman. Tampoco olvidó la colonia de escritores que la becó para escribir esa primera obra que, sólo diez días después de ser publicada, Hitchcock compró por 6.800 dólares de entonces. "Cambió mi novela –me confesó–, pero siempre le estaré agradecida porque gracias a él pude seguir escribiendo y viviendo de escribir".
Nunca pudo aceptar que la moral hollywoodiense de la época no permitiera que el malo se saliera con la suya: para ella el antihéroe tenía que triunfar, al menos a primera vista. Sí que le gustaron, sin embargo, las primeras adaptaciones al cine de su serie Ripley, aquellas francesas protagonizadas por Alain Delon. Menos mal que no vio las posteriores, aunque al menos el Ripley protagonizado por Malkovich hizo un gran esfuerzo por respetarla.
Cuando Daniel publicó por primera vez una obra suya en alemán, en 1968, ella le advirtió de que "las críticas no eran muy buenas" y le dijo que esperaba que Diogenes "no perdiera mucho dinero" editándola. En Estados Unidos se estaban negando a imprimir su obra en tapa dura, porque la consideraban propia de bolsillo. Daniel nunca perdió el entusiasmo por su nueva autora, aunque le costó 10 años de buenas críticas colarla en las listas de los más vendidos.
En 1981 ella pagó la fidelidad de Daniel dándole los derechos mundiales de los libros que escribiera a partir de entonces, y a su muerte pasó la gestión mundial de toda su obra a Diogenes. "Tenemos una relación amistosa. Me llama en domingo y los dos estamos trabajando. Para él el domingo es un día más", comentó de él. Después de años, Pat le podía regañar por comprarle unas flores "obscenamente caras" ("y además odio las rosas"), o le podía decir a su mujer que el filete estaba seco mientras Daniel le explicaba qué pasaje de qué novela no le convencía.
Era algo arisca porque renunció conscientemente a muchas cosas para poder escribir, pero merece ser recordada tanto por su calidad literaria como por su personalidad. Pat era modesta, disciplinada, apasionada, detallista, salvaje, honesta... pero sobre todo agradecía profundamente su suerte: la de habernos regalado sus novelas.
Elena Gosálvez es editora de MR Ediciones (Grupo Planeta).




Sunday, January 2, 2011

Patricia Highsmith / Letras de un lesbianismo prohibido



elmagazin

Letras de un lesbianismo prohibido

Por: elmagazin

 Patricia HighsmithPatricia HighsmithPatricia Highsmith
Por Lorena Machado Fiorillo *
Tan leída como solitaria, Patricia Highsmith nació por accidente –así se lo confesó su madre- el 19 de febrero de 1921 en Fort Worth (Texas) pero creció en Nueva York, ciudad de la que escaparía alguna vez para radicarse en Suiza. Lesbiana, alcohólica, gran fumadora, introvertida y tildada de misántropa, iba en contra del estereotipo femenino de los 50. En su ensimismamiento creó uno de los personajes claves de la literatura de suspenso: Tom Ripley, el psicópata protagonista de cinco de sus novelas y, a la larga, su alter ego, con el que se convirtió en una de las mejores escritoras de la época. A pesar del éxito en la literatura, su vida fue un vaivén de frustraciones que la dejaron sumida en la extrema soledad en los últimos años, en los que sólo la acompañaban sus caracoles y su gata Charlotte.
Bella en su juventud, se sintió abandonada por su madre a los 12, cuando le tocó irse a la casa de su abuela durante todo un año, tiempo que aprovechó para devorar los libros de la vasta biblioteca y encontrar, entre tantos ejemplares, ‘La mente humana’ de Karl Menninger, que sería el comienzo de su pasión por los desórdenes psicológicos. También leyó a Dostoyesvki, a Dickens y a Poe. Pero al  regresar a la Gran Manzana debió enfrentarse con la realidad y aprender a vivir con su padrastro, Stanley, de quien tomó el apellido y al que le guardó un gran resentimiento. Así como lo haría con su madre desde que una confesión, donde ella aseguraba haber intentado abortarla, transformaría el vínculo en una relación tormentosa.
Aunque su vida familiar era casi una pesadilla, lo era más la culpa que la agobiaba por sus preferencias homosexuales, que llegaron a plasmarse en el bestseller ‘El precio de la sal’, un libro escrito a los 27 años, en el que contaba el amor entre dos mujeres –una joven vendedora y una divorciada- que construyen una historia con final feliz, algo sorprendente para ese momento en que el lesbianismo era objeto de condena. Lo hizo bajo el seudónimo de Claire Morgan y, muchos años más tarde, se reimprimiría con su verdadero nombre y el título de ‘Carol’. Sin embargo, habría sido su primera novela, ‘Extraños en un tren’, publicada en 1950, la que le daría prestigio en la socialité neoyorkina y aquella que sería llevada al cine por Hitchcock un año después.
La joven Patricia Highsmith

La joven Patricia Highsmith

El encanto que generaba Highsmith en sus novelas y cuentos se basaba en desarrollar el suspenso desde el punto de vista del asesino y no del detective. Atrapaba rápidamente al lector en un juego de situaciones cotidianas en las que el crimen era válido y pertinente, algo que lo convertía en cómplice de la doble moral o en la mente que desentrañaba el rompecabezas. “Más bien simpatizo con los delincuentes, los encuentro interesantes. A no ser que resulten monótonos y estúpidamente brutales”, había dicho la escritora, que prefería mantener un mínimo contacto con los demás pues afirmaba que su imaginación funcionaba mejor hasta el punto de no soportar que la señora de la limpieza estuviera en su casa ya que podía coartar su inspiración.
El novelista británico Graham Green la apodó ‘la poetisa del miedo’ y señaló que “había creado un mundo propio, un mundo claustrofóbico e irracional, en el cual entramos cada vez con un sentimiento de peligro personal, con la cabeza inclinada para mirar por encima del hombro, incluso con cierta renuencia, pues vamos a experimentar placeres crueles, hasta que, en algún punto, allá por el capítulo tercero, se cierra la frontera detrás de nosotros, y ya no podemos retirarnos”.
Era obsesiva. Revisaba una y otra vez sus textos. Con esa técnica, llegaría al pedestal literario -3 premios- con la primera entrega de la saga: ‘El talento de Mr. Ripley’, que fue concebida en su viaje al Viejo Continente y en la que relataba cómo un joven suplantaba a otro, luego de asesinarle. Incluso la obra también sería llevada a la pantalla grande por René Clément y daría paso a cuatro novelas más con las que se ratificó como la maga de la novela negra.
Patricia Highsmith odiaba la televisión. Entre sus hobbies estaba el llenar hojas y hojas de su diario contando cada una de las perturbaciones, de los besos rechazados, de las personas que veía o con las pocas con las que se relacionaba para usarlas como sus musas. Todo un legado que se tejía en esas páginas y que llegaron a acumularse en 8 mil folios que se encuentran actualmente en los Archivos Literarios Suizos en Berna. Aquellos que un día salieron a la luz y dejaron entrever los detalles más íntimos de quien vivió escondida tras las letras.
————————————————————————————————
*Periodista de El Espectador y editora gráfica de El Magazín.




Saturday, January 1, 2011

Patricia Highsmith / Las sombras sexuales


Patricia Highsmith

Las ‘sombras’ sexuales 

de la escritora que prefería ser hombre

Por Anxel Grove
16 noviembre 2011
Patricia Highsmith, 1942
Patricia Highsmith, 1942, retratada por Rolf Tietgens
La chica que posa desnuda en 1942 tiene 21 años y todavía se llama Mary Patricia Plangman. Cuatro años después adoptará legalmente el apellido de su padrastro y empezará a usar la identidad por la que todos la conocemos: Patricia Highsmith (1921-1995).
La foto, el ánimo de suave orgullo y autoconfianza de muchacha salvaje de la modelo son anomalías excepcionales: Pat, como prefería que la llamasen, odiaba su aspecto y sentía bastante asco hacia los humanos, sobre todo hacia las mujeres. “Son sucias, físicamente sucias”, dijo en una ocasión. “Me aburren”, añadió en otra.
Vivió obsesionada con el disgusto certero de que el mundo es una sociedad de detritus y dejó sin escribir la novela que quizá se acercase más a sus sentimientos profundos. Tenía claro que el personaje principal sería alguien aquejado de neurosis hacia los desechos: basuras, fetos, deposiciones biológicas, pañales, compresas, toallas de papel, tumores, órganos extirpados…
Pat en Nueva York, a comienzos de los años treinta
Pat en Nueva York, a comienzos de los años treinta
La “poeta de la aprensión”, como la llamó con exactitud Graham Greene, basó su imponente obra (más de veinte novelas, ocho colecciones de relatos y algún ensayo) en la perversidad del infundio, en el equívoco de la felicidad, en la creencia en el pesimismo más radical, en la adhesión a la idea de que sólo somos quienes realmente deseamos ser cuando residimos en la intranquilidad de la Bella Sombra, nombre revelador de la casita de alta burguesía, con clavicémbalo en la sala de música y obras de arte en las paredes, en la que vivía en los libros de Highsmith el más famoso de sus personajes, el encantador y amoral asesino Tom Ripley.
Sin llegar a insertar nunca una escena sexual en sus tramas, toda la obra de la escritora supura sexo y late como carne febril. Ripley tiene los ojos de un reptil y goza en un éxtasis frío cuando mata a seres “supestamente humanos”.
Hoy dedicamos la sección Cotilleando a… a las bellas sombras sexuales de Patricia Highsmith. Con ellas a mano es más fácil entender a una mujer que vivía con dos gatos porque los prefería a los humanos, tomaba una botella de whisky al día, se sentía como un hombre en un cuerpo de mujer e hizo el amor con muchas y con casi todas acabó peleada.
Acaso el tono de esta pieza abuse del cacareo rosa de los secretos de alcoba, pero, además de que todos los protagonistas están muertos y han hablado sin tapujos ante los biográfos de la escritora, considero que a Tom Ripley le encantaría este catálogo de las debilidades de su señora madre malencarada.
Rolf Tietgens
Rolf Tietgens
1. El amante gay. En el verano de 1942, Pat conoció al fotógrafo alemán Rolf Tietgens (1911-1984). Se prendó de su estilo (alto, bien parecido, moreno), aunque sabía que era homosexual y ella también lo era. “Algún día me casaré con un hombre como él”, escribió en su diario. Se dejó retratar por Rolf -el desnudo del inicio de esta entrada, por ejemplo- porque él consideraba que el aspecto de ella era “muy de chico” y Pat se sintió halagada por el piropo. Le confesó los grandes secretos del pasado: el borroso suceso de abusos deshonestos cuando tenía seis años (cuyos detalles no lograba precisar pero presentía como reales entre la niebla de los recuerdos), los contactos lésbicos en el instituto, el miedo a la locura, la falta de confianza en sus habilidades como escritora… Leían en voz alta a Kafka y, aunque pasaron muchas noches juntos, nunca lograron hacer el amor con penetración sexual, porque Rolf era incapaz de la erección con una chica. En 1953 volvieron a verse por casualidad en Nueva York y tuvieron un lío de una vez que, según Highsmith, “fue muy placentero”. Tietgens, que se dedicó a la fotografía comercial cuando aceptó que no estaba dotado para la artística, nunca olvidó a Pat.
Marc Brandel
Marc Brandel
2. El prometido traidor. El segundo hombre en la vida de Pat fue el escritor inglés de tercera categoría Marc Brandel (1919-1994), al que había conocido durante una estancia en la colonia de artistas de Yaddo. Él era tan insistente en mostrarle lo enamorado que estaba, que Pat se sometió a un delirante tratamiento de psicoterapia freudiana para intentar ser heterosexual. Llegaron a estar prometidos, viajaron a Inglaterra para que la novia conociese a la familia Brandel y señalaron una fecha para la boda: el día de Navidad de 1949. La ceremonia no llegó a celebrarse por las dudas de Pat, que no estaba convencida del todo. La amistad entre ambos se enfrió cuando Brandel cometió la bellaquería de publicar una novela, The Choice (1950), en la que uno de los personajes es una torturada lesbiana que deseaba ser escritora pero no pasaba de los guiones para cómics, trabajo que Highsmith hizo para ganarse la vida entre 1942 y 1943 (escribió tramas para episodios de, entre otros superhéroes, Golden Arrow, Spy Smasher y Captain Midnight). Lo más productivo que obtuvo Pat de su relación con Brandel fue conocer Europa, continente con cuya callada decadencia se quedó prendada. Desde 1963 hasta su muerte vivió en varios países europeos y está enterrada, por su expreso deseo, en un pequeño pueblo suizo.
Virginia Kent
Virginia Kent
2. La millonaria alcohólica. La mujer que hizo más feliz a Pat fue Virginia Kent (1951-2002), hija de una familia de la alta sociedad de Filadelfia, educada en París y habitual en los ecos de sociedad de la época. Se casó con un banquero pero se divorciaron en 1941 tras la intervención de detectives y fotógrafos pagados por el marido en un encuentro sexual entre Victoria y otra mujer. Pat la conoció tres años más tarde en una fiesta y fueron amantes inseparables durante dos años. Rompieron porque Virginia, alcohólica y autodestructiva, se lío con otra y Pat las econtró en la cama. Pensó en matar a su rival (“el crimen llena mi corazón esta noche”, escribió en su diario), pero decidió retirarse, concentrarse en escribir y cultivar el recuerdo de Virginia, que ocuparía en el futuro un lugar central en sus obras y cuya proyección puede verse, por ejemplo, en los personajes centrales de El temblor de la falsificación (1969), El diario de Edith (1977) y, mucho antes, en El precio de la sal, la novela sobre amores prohibidos entre mujeres que Pat publicó en 1952 con seudónimo (Claire Morgan) y se convirtió en un éxito underground entre los grupos de lesbianas en los años cincuenta [En 1990 republicó el libro con su nombre real y otro título, Carol].
Kathleen Senn y el libro que inspiró
Kathleen Senn y el libro que inspiró sin saberlo
3. Carol. Las más turbadora y hermosa de las muchas historias de amor de Pat fue platónica y no implicó ni siquiera un intercambio casual de palabras. En diciembre de 1948, pocos días después de haber empezado a trabajar en el departamento de juguetes de Bloomingdale’s, se quedó prendada de una cliente elegante y rubia con un abrigo de visón que eligió una muñeca para una de sus hijas y dejó el nombre y la dirección para que la enviaran. Pat, que no la había atendido porque estaba demasiado aturdida por el flechazo, tomó buena nota de los detalles y los anotó en su diario. Sentía que había experimentado “una visión” y estaba “enamorada” de ella. Al día siguiente se manifestaron los primeros síntomas de una varicela. “Con el germen vino la fiebre y con la fiebre vino el libro”. A partir de la clienta (de cuya imagen y rescoldo no podía apartarse) inició la redacción de El precio de la sal. Fue tanto el impacto que, dos años más tarde, Pat seguía obsesionada. Para completar la novela -un libro complicado y delicado, uno de los primeros en tratar abiertamente el lesbianismo-, se dedicó a espiar a la mujer, que vivía, con su marido e hijas, en un suburbio de Nueva Jersey. Pudo verla, siempre a escondidas, sin hacerse notar pero temblando de deseo. “Me sentí cerca del asesinato (…) El asesinato es una forma de hacer el amor (…) Quise asaltarla, poner mis manos en su garganta, que en realidad quiero besar, hacerle una foto, dejarla en un instante fría y rígida como una estatua“, escribió tras una de aquellas expediciones. El precio de la sal es la obra más autobiográfica de Pat, que combinó en la figura de una de las protagonistas, Carol, a varias de sus amantes, aunque la referencia inspiradora central fue la mujer de la juguetería, de la que nunca pudo olvidarse aunque sólo conocía su nombre, Kathleen Senn, y la dirección del domicilio familiar. Andrew Wilson, autor de Beautiful Shadow, la mejor de las biografías de la escritora, completó el epílogo de la historia. Kathleen Senn nunca tuvo oportunidad de leer la novela que inspiró. El 30 de octubre de 1951 entró en el garaje, cerró las puertas, encendió el contacto del coche y se dejó morir. Nunca supo que era la musa y el amor platónico de una escritora. Pat también murió sin saber que su Carol de la vida real, quizá incapaz de luchar contra las bellas sombras, se había suicidado.
Ellen Hill
Ellen Hill
4. La socióloga esnob. En 1951 Pat conoció en Munich (Alemania) a la socióloga Ellen Hill, inteligente, estirada y algo esnob. En la segunda cita hicieron el amor. Estuvieron juntas durante cuatro años seguidos y gozaron tanto como para olvidar las muchas crisis de celos y peleas. Ellen opinaba que Pat era “la mejor amante del mundo” y afirmaba que nunca había tenido sexo con nadie tan apasionado y experto. Viajaron y vivieron juntas en Italia, París y México. Los problemas eran constantes y Ellen criticaba a Pat cualquier descuido o nadería, pero el sexo lo solucionaba todo. Cuando Ellen intentó suicidarse por segunda vez en un ceremonial que parecía escenificado para llamar la atención, Pat decidió dejarla. Para entonces tenía un grave problema de alcoholismo porque, casi sin enterarse, había intentado mitigar la angustia y la presión de cuatro años de amor enfermo bebiendo sin parar. Entre 1954 y 1962 Pat abandonó una de las costumbres que más placer le producían: escribir cada día en su diario. Tenía miedo de que Ellen, como había sucedido durante su vida en común, lo leyese a sus espaldas y le echase algo en cara. La socióloga, que sobrevivió a su amante, no perdonó la ruptura y no asistió al funeral de Pat.
Mariom Aboudaram
Mariom Aboudaram
5. La falsa periodista. Entre 1975 y 1978 Pat estuvo liada con la traductora Mariom Aboudaram. La diferencia de edad (56 y 35 años) asustó a la novelista en un primer momento, pero Mariom la adoraba y había leído varias veces cada una de sus novelas. Traductora y escritora, había accedido a Pat con un engaño: le dijo que quería entrevistarla por encargo de Cosmopolitan, una soberana mentira. Durante su apasionado noviazgo hacían el mucho el amor, se escribían cuando estaban separadas y se hacían regalos de cumpleaños: en el caso de Mariom, delicados (un clavicémbalo), y en el de Pat, extraños (una fregona y una escoba). La escritora seguía bebiendo desde que se despertaba ginebra, whisky y cerveza (“pobrecilla, te has casado con una borracha”, decía a su pareja), se negaba a instalar calefacción en su casa de las montañas suizas y, según Mariom, era refractaria a las relaciones duraderas: “Tenía miedo a abrirse y convertir las relaciones en rutinarias. Necesitaba cambiar de pareja tanto como escribir un nuevo libro”. Cuando supo que sobraba en la vida de Pat, Mariom se apartó en silencio.
Tabea Blumenschein
Tabea Blumenschein
6. Madame X. Uno de los últimos affaires sexuales de Pat fue otoñal y descarado. Se lió en 1978 con la actriz alemana de películas lésbicas Tabea Blumenschein (estrella del film de culto Madame X), que tenía por entonces 25 años, cultivaba una estética punk y no establecía límites para sus experiencias vitales. Pat le gustaba (“es algo ruda, pero muy guapa, se parece a Gertrude Stein“) y la idea de mantener un idilio con una escritora de fama le gustaba más aún. Viajaron juntas a Londres, compraron discos en mercadillos y se pavonearon por algunas reuniones literarias en la ciudad. Pat se enganchó de modo enfermizo a su joven partenaire. “Me gustaría tirarte a una piscina y ahogarte. Lo haría con una sonrisa”, le escribió en una carta. “Tus besos me llenan de terror”, le dijo en otra.  Cuando la llama se apagó y la novedad dejó de serlo, Tabea cortó la relación por escrito, con un mensaje brutal pero honesto (“las cosas duran lo que duran”). Pat se hundió en una profunda depresión, un “abismo de miseria”.

http://blogs.20minutos.es/trasdos/tag/patricia-highsmith/


Lea, además




2011 / Postal de Año Nuevo





2011
POSTAL DE AÑO NUEVO

Bienvenidos a DE OTROS MUNDOS, un blog que pretende recoger expresiones diversas: literatura, fotografía, cine, y arte en general. Y mujeres hermosas. Y viajes y personajes.  Y entre tanta belleza y maravilla, de pronto habrá espacio para los asuntos terribles. La muerte, por ejemplo. Será un muro para escribir el dolor. En fin, ya veremos qué pasa por el camino, donde, según dicen, se arreglan las cargas.
 DE OTROS MUNDOS es, además, un testimonio de agradecimiento: tanto le debo a la vida. Es el territorio para manifestar la admiración por tantos seres hermosos que, de alguna manera, han permitido que la vida se abra pas0. Puede más el amor que la rabia, por supuesto.
   Será fácil advertir el predominio de la imaginación (el arte es su cosecha primordial) porque rindo pleitesía al principio de que la imaginación sostiene al mundo.
   Bienvenidos al año de gracia del 2011.

Triunfo Arciniegas
Pamplona, 1 de enero de 2011